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lunes, 10 de agosto de 2009

ESTANCIA II

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“Estimada Clara. Permítame que ya la llame por su nombre. Todos reconstruimos el paraíso donde podemos, allá donde encontramos nuestro propio reino. Uno puede reconstruir su paraíso casi en cualquier sitio, en un pequeño rincón donde nos dejen plantar algunas cosas que arraiguen en nosotros. Pero eso sólo se consigue a cambio de vivir, de mancharse, de llorar y de desear. Hasta ahora, usted ni siquiera conocía el dolor, sólo la estabilidad y la indiferencia. Casi todo era igual, porque casi todo era perfecto en su vida. Hasta ahora. Junto con esta carta, le envío un libro. Encierra una historia tan antigua como incomprendida. Y entre sus páginas, una flor de geranio púrpura que pude recuperar antes de retirar su tiesto de maceta al vertedero. Él como usted, Clara, se dejó arrullar por la imagen de una bella mariposa africana que, con el tiempo y tras ganar su confianza, acabó instalándose en el mismo corazón interior del esqueje y dejando ver su verdadero aspecto de gusano, taladró toda la planta. Yo, señora, también por un tiempo me sentí culpable por no haber sabido prevenir el azote de esa plaga a mi querida hijuela de esta especie geranio rosal, pero a veces nos culpamos de decisiones de otros seres amados sin detenernos a pensar que un consejo en contra de su decisión adoptada, sólo nos serviría como patente para recriminar que fue desoída, con lo que, en lugar de prevenir el daño, acaba por ahondar más su pena. Deje, pues de penar y ayude a su hija a comprender el valor de las lecciones aprendidas. Su fiel y leal amigo".

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. Así rezaba la segunda misiva de aquel hombre misterioso que encontró Clara tan pronto se hubo acomodado en la espaciosa habitación del hotel malagueño. No había comunicado a nadie su partida desde la ciudad califal, pero era más que evidente que alguien se había adelantado y la esperaba. Es más, se preguntaba no tanto por cómo había podido averiguar su destino, sino el hotel elegido para hospedarse. Y sin embargo, esta vez la sensación no fue de angustia, sino de curiosidad. Por la ventana de su habitación, justo enfrente, mirando al mar, divisaba La Malagueta y el Paseo de la Farola. Como un acto ya aprendido, rasgó el envoltorio del paquete y apareció el libro que anunciaba el misterioso mensaje. Al abrirlo, en su contraportada, la estancia fue invadida por un aroma suave, dulzón, casi balsámico, que le recordaron sensaciones y matices traídos de otro continente. Clara cerró los ojos, aspiró fuerte y exclamó : " Buenos días, Pelargonium graveloens. Tú que con tus pétalos de sangre eres el símbolo de la Preferencia, serás mi silente consejero". La mañana se abrió radiante. El olor a marisma y sal y el sonido de las gaviotas, contribuían a crear una sensación casi tangible, pues llegaba a paladearse y casi masticar la arena de la mar. Clara cogió el libro como único pertrecho y se encaminó al Puerto aprovechando aquella temprana hora en que los primeros rayos de sol refulgen en el horizonte antes de mostrarse inmisericordes. Bajó bordeando el Club Mediterráneo y se dirigió a la Fuente de las Tres Gracias. En el único banco seco de las gotas del primer rocío que encontró en la glorieta de los Jardines de Puerta Oscura, Clara tomó asiento, sacó el librito que la acompañaba y comenzó a leer. Debieron pasar unas dos horas aproximadamente, porque los rayos de sol se habían encaramado en el cielo y empezaban a fustigar sin piedad. Clara, atravesó el Parque y ascendió la calle Larios. Dedicó el grueso de la mañana a visitar la calle San Agustín y la Catedral de la Encarnación. A la noche, tras el cansancio que le supuso ascender a la Alcazaba y los jardines de Gibralfaro, pidió al servicio de habitaciones un consomé con yema y se dispuso a finiquitar su lectura. No menos de tres cuartos de hora fueron suficientes para que la laxitud de sus manos dejara escurrir el libro por el tobogán que conformaba su cuerpo agotado. Desparramado, quedó un apretujado bulto de papel bajo la cama: El Libro de Job.
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4 comentarios:

Alkaest dijo...

¿El libro de Job? ¡Jo tío, que pasada!

Como para animar a cualquiera, a eso se llama poner sal en la herida...

Salud y fraternidad.

juancar347 dijo...

Genial, la primera frase me parece sencillamente genial, sin desmerecer el párrafo al que pertenece y el resto de esta segunda parte.

Malvís dijo...

Ten paciencia, compadre, pues en proximas entregas, quiza puedas explicarte el por que de ese dichoso librito y no otro.

Y a ti, Juancar, agradecerte ese fina e intuitiva observacion. Puede que al final haya que recuperar el valor de lo que tu ya has empezado a apreciar.

Gracias, amigos

JOB dijo...

Si ayudo a una sola persona a tener esperanza, no habré vivido en vano.


Publicación 2006
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