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lunes, 10 de agosto de 2009

ESTANCIA III

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El día había amanecido desapacible. La lluvia de la noche había cedido su protagonismo al viento de Poniente que se encargó de trasportar las nubes a gran velocidad dejando el cielo completamente despejado. Sin embargo, Clara hubiera preferido un día gris de lluvia a aquel insoportable viento que enredaba sus cabellos o los hacía flotar como en un etéreo mar de sargazos. Con movimientos continuados para despejar sus ojos de la maraña de cabello tejida por el viento, Clara contemplaba desde el perfilado roquedo de más de ochocientos metros de altitud, la Ciudad del Santo Rostro tendida en la falda del impresionante cerro de Jabalcuz. Desde la fortaleza, podía divisar de manera nítida la Catedral, el barrio de la Magdalena, Iglesia de San Ildefonso ... y al fondo, sus bosques de olivares y hasta el discurrir de los ríos Guadalbullón en su entrega gozosa al Guadalquivir. Había decidido repentinamente conocer Jaén. Tomó aposento en el Parador de Turismo para poder disfrutar de las vistas y pasó la noche durmiendo de un tirón. Se despertó sin noción de espacio ni del tiempo, pero descansada y sobresaltada por el trallazo del viento en los postigos de su ventana entreabierta. Ayuna, salió del establecimiento en busca del muro de la Torre de las Troneras como necesitada de sentir el azote del aire fresco en su cara. El primer pensamiento fue hacia su padre. Ahora, lo veía como un hombre admirable. Afilado, menudo y enjuto, siempre tuvo la cabeza llena de proyectos quiméricos. La vida no había sido justa para con él, pero sin embargo, el día de sus noventa y tres cumpleaños en que Clara le preguntó qué le hubiera gustado ser en la vida, le contestó que cuidar el campo. Esas palabras, siempre tranquilizaron a Clara, porque sabía que él concluyó sus estudios de Bachillerato en el Colegio Sacromonte de Granada y marchó a Córdoba para estudiar Veterinaria. Que fue en su segundo año de carrera universitaria cuando la guerra primero y la muerte de su padre y de su único hermano poco después, obligaron a tomar la elección, quizá, más difícil de su vida. Dejó las haciendas familiares al cuidado de su vieja madre e ingresó en el ejército franquista con la graduación de Alférez Provisional. Con el sueldo, pudo vivir aquellos años difíciles y hasta ayudar a su madre, y con las estrellas de su bocamanga, expulsar a los republicanos que el ejército popular había hecho alojar en su propia casa. Cuando todo acabó, él no aceptó continuar su carrera militar. Sólo un diploma y una bala alojada en el tobillo del pié izquierdo, le recordarían toda su vida aquel episodio. Volvió a casa, cuidó a su ajada y vieja madre y aprendió las labores de la tierra con tal pasión que acabaría amándola más que a nada en el mundo. Su vida luego se redujo a la procura de una buena educación para sus hijos y al mejor abonado para sus olivos. Siempre se sintió orgulloso de lo conseguido, pero Clara siempre se preguntó si aquel sacrificio, aquella elección, le había merecido la pena. Por eso, cuando escuchó de sus labios aquella respuesta, descansó tranquila y recordó los felices momentos vividos. Aprovechó la mañana ventosa para dedicarla a pasear. Visitó sus plazuelas y callejas más típicas, se detuvo ante el patrimonio íbero que alberga su Museo Provincial y hasta tuvo tiempo para acudir a los Baños Árabes. Todo transcurrió con la relativa apacibilidad que procura un día sin sorpresas pero invadido de remolinos de viento cambiante en la calle Campanas. Clara, sin embargo, lejos de disfrutar de esa tranquilidad llegaba a mostrarse inquieta. Aquello que otrora la desconcertaba, ahora sin embargo lo notaba a faltar. No quería pensar que el espía anónimo, el caballero de los pelargonios, se había despistado o, aún peor, se hubiera olvidado de ella o no quisiera seguir molestándola. De pronto, un fuerte sentimiento de pena, ansiedad y contrariedad se apoderó de ella. Es verdad que a veces se sintió incomodada e invadida en la intimidad por aquél desconocido, pero el olor de la fragancia de las flores que le enviaba... Al final acabó admitiendo en su interior, que también extrañaba sus cartas. Unos textos que ella encontraba breves, quizá ñoños y extemporáneos, pero cargados de un profundo conocimiento de su persona que lejos de incomodarla, alimentaban su ánimo, su autoestima. Eran pasadas las seis de la tarde, cuando se encaminó a la Catedral de la Anunciación de María. Atravesó la puerta principal y se dirigió a Trascoro. No estaba interesada en el armonioso conjunto de su variedad de mármoles traídos desde Cabra hasta Carrara, sino que se sentía atraída por la contemplación de un cuadro: La Sagrada Familia, de Maella, conocido popularmente como "el cuadro de las tijeras" porque augura buena suerte a quien las encuentre, dentro de una escena en la que San José tiene a su hijo en brazos, mientras la Virgen sentada, permanece atenta, tal vez insegura por no ser ella la que guarde en su regazo al pequeño. Parece estar pidiendo a San José que le devuelva al Santo Infante, temerosa de que algo pueda ocurrirle. Estaba absorta en su contemplación e inmersa en el juego de la búsqueda, cuando un penetrante olor a ácido de limón, invadió la estancia. Pareció desaparecer el perfume, mezcla de incienso, humedad y de cera que habita en los recintos sagrados y Clara, como movida por un resorte, giró su cabeza hacia el punto donde una anciana trasladaba un gran tiesto de arcilla apenas visible por la planta de geranio que, con carnosas hojas rizadas, estaba cubierta de unas florecillas menudas de color violeta. La mujer llegó a su altura, hizo una genuflexión convencional fruto no más por la costumbre que por la artritis, y dejó el tiesto al lado, tapando la manzana del cuadro que venía siendo objeto de la observación de Clara. Cogido del brote mayor, tierno y más joven, prendía un sobre, y dentro una carta:

" Amiga, Compréndalo. No morimos, sólo cambiamos. La vida ha de seguir. Y cuando el tiempo haga su labor y con serenidad vea la perspectiva, piense que él está en usted, en sus genes. Y en los de su hija que conocí por fotografía. Borges decía que la vida se puede vivir porque el dolor no se acumula. Y desde luego es un gran mecanismo de supervivencia. Volverá a amanecer. Y tiene amigos y aficiones para seguir adelante; con una cicatriz más en el alma, claro. Pero nos caben muchos costurones en ese sitio. Para algunos, la vida es una guerra de la que siempre volvemos heridos. Sin embargo, para mí, es otra cosa. Es, sencillamente, el espacio que media entre dos autobuses: el escolar y el del INSERSO. Yo creo que la vida es demasiado fácil. Ese es el secreto. Y quien lo conoce, prolonga su tiempo entre el autobús escolar y el de los jubilados a la deriva. Entre medio, sólo merecen la pena los felices momentos vividos. Toda la vida transcurre en un momento. Y en la fugacidad del momento, unos ojos empañados se transforman a veces en límpido espejo que, al traspasarlos, permiten tocar el alma. Otras veces, en cambio, la vida se reduce a un gran fulgor. Un resplandor entre dos oscuridades. ...Y cuando en pocos segundos el alma percibe cómo se han comprimido el resto de minutos que atesora un día, queda cual marca grabada en fuego, como signo inequívoco de un momento de oro. La gramola del tiempo a la que como esclavos nos sometemos, sigue sonando la misma letra en una vuelta distinta, como insistiendo en el cauce cronológico de los hombres, idénticas situaciones en vidas diferentes. ¿Conseguiremos romper el bucle con la muerte o debemos hacerlo mientras dure el fulgor?. Implorando obtener esa cuantía que permitirá recobrar esa edad de oro perdida, suplico amiga mía, por el tiempo y el espacio, donde la música es percibida sin otro instrumento que nuestro propio corazón. Pues sólo anhelando conseguir más momentos de oro..., vivo. Anhelantemente suyo". Esta vez y como sin saber por qué, aquel Pelargonium crispum, sumió a Clara en una profunda Melancolía.

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Z

5 comentarios:

juancar347 dijo...

'Toda la vida transcurre en un momento'. Me recuerda el sueño de San Virila. No sé por qué me da que al final voy a conocer al misterioso escritor antes de que lo saques a la luz...

Alkaest dijo...

"No te quedes atrás recogiendo flores para guardarlas; sigue andando y las flores permanecerán radiantes a lo largo de tu camino".
(Rabindranath Tagore, "Pájaros perdidos").

Salud y fraternidad.

Malvís dijo...

De nuevo, gracias por vuestros comentarios y, sobretodo, por estar ahi esperando al cartero.

Clara espera cada entrega, cada carta, que le ayude a reconciliar su atormentado animo. Vosotros, al hacerlo, habeis abandonado el mero papel de lector-expectador para involucraros en el relato tanto como su propia protagonista.

Espero que el cartero siga llegando puntualmente y que su carta os satisfaga.

Felices Estancias, amigos

juancar347 dijo...

Procura que así sea,porque éste, aún a sabiendas de que no servirá de nada, pondrá una demanda a Correos. En realidad, a medida que esperamos las cartas de Clara, añoramos también esa (carta o señal) que lleve también nuestro nombre...

Baruk dijo...

La amistad es más frágil y más rara que el amor. Por eso, hay que salvarla como sea.


Publicación 2006
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