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lunes, 19 de septiembre de 2011

Una vida consagrada a los demás

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A Pedro,
Amigo y, cual Fendetestas




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Para dedicar la vida al prójimo, al otro, a los demás, no se necesita ser cándida novicia, enardecido misionero en la República Democrática del Congo, antes llamado Zaire, profesante de la orden religiosa creada por la Madre Teresa de Calcuta, bombero, o simple socorrista de piscina.

Existen personas que hacen de su vida una profesión a otra u otras personas a las que consagran todo su esfuerzo y hálito vital. Bien es cierto que esta afirmación admite los matices de un cuádruple enfoque, pues existen los que la consagran a vivir "por", a vivir "de", a vivir "tras", o a vivir "para" los demás

Aunque muchas veces, como en casi todo, existe la posibilidad de matizar el matiz. Es la teoría de la amplia gama de grises. Digo esto, porque los hay que no se sabe si viven "por" o "de" otro. Y me refiero aquí, no a los trasplantados de corazón, riñón o médula, que ya bastante tienen con darse prisa en vivir, para ellos solos, esa bendita segunda oportunidad que les tocó en la tómbola, injusta y caprichosa, de la vida sin pararse a pensar que son meros trasuntos de un muerto o un vivo generosamente despedazados, sino a las funerarias. Y es que, como dice mi amigo Pedro, el negocio de la muerte alimenta a muchos vivos que andan por la calle con sus pies y no con ellos por delante. Ellas viven por y de otros. Y además, son los únicas que no conocen época de recesión. Por eso, yo he pensado que, cuando sea mayor, no seré ni Registrador de la Propiedad, ni Médico Cirujano en el Hospital de San Jorge de Huesca, ni siquiera Director del Museo Naval del Viso del Marqués ( al fin y al cabo, como le dijo mi cuñado Ubaldo a su hijo cuando después de once años en la universidad privada le comunicó que había decidido dejar la carrera y poner un negocio de tatuajes en el Paseo Marítimo, "para comer y respirar, que de eso se trata, tampoco se necesita ser arquitecto"), sino sencillamente, empresario del tanatorio local, antes que muerto. En este oficio, el ladrillo sólo sirve para el envoltorio de la apariencia exterior, pero cuando has logrado conseguir una imagen de templo ateniense con el frontispicio triangular a lo Fidias en la portada y varias salas con "expositor" acristalado en el interior, ya no hay crisis que se resista pues la materia prima la tienes asegurada como en la teoría económicopolítica de Adam Smith sobre el concepto de producción a coste cero. Lo que ocurre es que en los libros de texto nos lo explicaban con ejemplos de fábricas embotelladoras de agua o de extracción de sal marina, que son actividades empresariales mucho menos "humanas" que la de la muerte. ¡A dónde va a parar¡. Sobre todo si te afanas en instalar una buena cafetería. La capilla también, por el qué dirán y porque siempre hay un cura en la familia al que una misa de difuntos extra le reporta un plus, así como una familia dispuesta a redimir, socialmente, al calavera de su pariente tieso. Yo he conocido a personas que, en vida, no es que fueran y se declararan ateos y apostatas convencidos, sino que durante el tiempo de su permanencia entre nosotros, maldecían a los coros celestiales y al supremo hacedor y a la madre que lo parió con tal vehemencia y asiduidad, que de existir el cielo, estará convertido en un estercolero maloliente, y que sin embargo sus familiares han pagado las misas de corpore in sepulto ( se dice así, ¿no?) más ostentosas que recuerdan los viejos del lugar. Por eso digo la importancia de lo de la capilla. Bueno, por eso y porque desde que conocí al joyero más importante de la capital que era el Presidente Provincial del Partido Comunista de España, uno ya está curado de espanto y de esperpento.

Cuando llega el inevitable momento, siempre existe la figura del encargado que sólo vive y está "por" el muerto, aunque en realidad eres tú quien le importa. Comienza por enseñarte el muestrario y te explica la calidad en pino, cerezo, nogal, y la forma: rectángulo, bañera, etc. También te explica las diferentes formas y hasta material y color de las urnas. Son muy coquetas y hasta decorativas. Se pueden poner sobre el basal de la chimenea para que las cenizas del finado conserven el rescoldo que en vida ni siquiera tuvo. Y tú allí. Con cara de gilipollas o compungido, según se mire, preguntándote qué cojones le importa a tu suegro si su último pijama es de madera de pino o de albaricoque, cuando todavía tenía en el cajón de la cómoda, sin estrenar, aquellos dos de Pedro del Hierro que les regalaron sus hijas por Navidad aprovechando la oferta del dos por uno de Cortefiel; si es tipo bañera o carece de jacuzzi, o si las coronas han de llevar clavellinas, azucenas o la socorrida gerbera. ¡ Si allí donde va, sólo huele a muerto¡. Que las estrecheces las pasó en vida y ahora le importa una mierda si la última parcela le queda revenida y estrecha o se bambolea a hombros de los de su quinta. Y, piensas, ¡ joder, qué putada. Y él que nunca quiso ser torero porque le daba vértigo salir en hombros¡. Pero, en fin, acabas por entender la figura del encargado de la funeraria y que tiene una vida consagrada a los demás. Tan sólo cuando has hecho la elección y tira de calculadora, te das cuenta que las preposiciones "por" y "de" están tan cerca, que se confunden. Al final acabáis escogiendo todo a medias entre los dos: modelo de tipo medio, coronas medianas y media misa con réquiem, hisopo de agua bendita y pésame a la salida. Eso sí, ha de insistirse en el nombre del difunto. Digo esto porque en el último funeral al que asistí, el sacerdote se pasó la ceremonia entera hablando de las virtudes que en vida adornaron al ya partido de este mundo, Serafín, cuando todos los que allí estábamos habíamos ido a consolar a los familiares de nuestro amigo Juan. Al principio creíamos que nos habíamos equivocado de Sala de Velatorios; después, que era que el celebrante vivía y rezaba "por" otro y, al final, los menos, y entre el cabreo general de los dolientes paganos, acabamos pensando que era algo expresamente dispuesto por Juan que estaba simulando su propio funeral, mirando desde la ventana de enfrente, para comprobar quien había ido a su entierro y quien merecía aumentar su cuota testamentaria. Al final, todo se resuelve. El pariente indignado pide el libro de reclamaciones, mientras otros que compartieron años en la mesa adjunta del Negociado de Medio Ambiente, se alegran de comprobar el poco grado de memoria que fuiste capaz de generar tras tantos años de esfuerzo por mantener a raya los decibelios de los" pubs" ubicados en las bajeras de tu barrio y que tanto tocaban las narices a la vecindad.


Mi amigo José Antonio es, por contra, el paradigma de la persona o personaje que vive "de" otro. Su laringectomía, nunca fue obstáculo, óbice, barrera, cortapisa o valladar para conectar con el prójimo. Tras perder su juventud como vigilante jurado de edificios oficiales, intentar infructuosamente regentar locutorios y montar un negocio de inversiones de capital extranjero especializado en el de envío de divisas a países sudamericanos por parte de la colonia de cuidadoras de ancianos de su ciudad de origen, acabó recalando en el más próspero de todos los quehaceres y actividades profesionales: vivir para uno mismo, pero a cuenta y cargo de otro.

La casualidad no se presenta y llama a tu puerta a la hora de la siesta. Hay que ayudarla. Así, que dicho y hecho. De impoluto traje azul marino y bigote nacionalsindicatolicista, trepó en las últimas elecciones sindicales del gremio hasta colocarse como Presidente de la Junta de Personal. Las tarjetas de visita, pagadas a cargo del sindicato, le abrieron puertas y hasta alguna cuenta corriente que solapaba en uso con las subvenciones gubernamentales. Lo demás fue coser y cantar. Tras empeñarse a fondo en su labor sindicalista, aprovechaba las entrevistas del despacho oficial para sondear el terreno femenino disponible en el sector. Él decía que así contribuía a erradicar la discriminación laboral entre sexos, pero lo que en realidad promocionaba era su propia prospectiva de futuro, siempre considerando los posibles y la ascendencia de la futura becaria. En poco tiempo, no sólo recuperó el hábito perdido como guarda jurado de dormir a sus horas, sino que el vivir durante el día le despertó su fino sentido en el arte del flirteo, antes desaprovechado por mor del cuadrante de trabajo. Se especializó en el raro don de hacer coincidir en el instante preciso las magnitudes espacio-tiempo, y lo demás sólo fue cuestión de esperar.

Clara Portocarrero y González de Perceval, era la única hija y heredera universal de don Facundo Portocarrero Fornovi, empresario del mármol, inventor del silestone y unas de las potencias exportadoras más insignes a nivel regional. Acababa de pasar los treinta y ocho abriles. Virginal, de rara belleza, interior e inescrutable, era proporcionalmente tonta al grado de su fortuna, lo que en su caso entrañaba ímproba dificultad y no poco mérito. José Antonio, con veintinueve años y mucho mundo, se cruzó en su camino como un torbellino de pasión y encandiló, sin remedio, a la hija del empresario. No es que fuera de su agrado y más de un disgusto se cobró, pues no en vano sus amigos de tertulia y dominó en el Casino aún comentan que se le oía a don Facundo referirse a su yerno como la única "china" en su vida que nunca pudo extraer y colocar lejos de su cantera, pero al final, para evitar morir sin herederos, y a la vez dar buen nombre a lo que saliera de la barriga de su hija Clara, ya en crecimiento imparable, no le quedó otro remedio que otorgar el permiso correspondiente. El resto, es de imaginar. Don Facundo acabó cediendo en años a la naturaleza y en cuartos y fortuna a su primogénita hábilmente asesorada por José Antonio quien, como administrador, siempre ha considerado que debe gozar del patrimonio como suyo puesto que sólo él es quien lo mueve, mientras que su mujer, a fin de cuentas, sólo ha puesto en el negocio el dinero, la casa, la herencia y un parto que resultó ser bastante fastidioso no se sabe bien si por su condición de cuarentona primeriza o por estrechez de caderas, que ambas cosas tenía.

Mas no sólo existen casos como el de mi sindicalista amigo. A veces, en este rinconcillo del sudeste hispano donde la patera arriva con cada noche de Levante mientras la oronda luna llena y la Patrullera de la Benemérita se distraen mirándose en el Mar de Alborán, el fenómeno inmigratorio ha puesto en el tapete social del Poniente, una de las variantes más jugosas de esta modalidad de vida consagrada a vivir de otro.

A Natacha, sólo le bastó el tiempo de tomarse el bocata de choppep con panceta que le facilitó el miembro de la Cruz Roja Española, para integrarse de pleno derecho en la madre patria. Dejó la mochila bajo la manta, por lo que todos creyeron ver un grave caso de hipotermia, y cuando llegó la dotación del 061, la Kornizszcaya ya se encontraba durmiendo entre cálidas sábanas de la habitación de un hotel que pagaba el camionero que la recogió en el túnel de Bayyana. Al fin y al cabo, él como ella, venía de lo más alejado de Europa de dejar la carga de hortalizas extratempranas, y llegaba cansado y de vacío.

Con diecinueve años, alta, rubia y dos poderosas razones, intercambiaron humores, pareceres y reflexiones. Rompió el matrimonio feliz del camionero quien no solo tuvo que dejar su casa, sino hasta el trabajo cuando se enteró que el constitucional beneficio de la duda no podía atribuírselo a la moscovita, porque ya su jefe se encargaba de beneficiársela sin dudar un instante, durante los trayectos que, cada vez más lejanos, le comisionaba. Las hortalizas, fuera la distancia que fuera, habían de llegar frescas, mientras la amiguita post-gorbachobiana se sazonaba a base de ascender en la pirámide socioeconómica que ella asociaba al tamaño de la billetera del nuevo conocido que se cruzara en su camino.

El hombre de campo almeriense, que siempre ha sido un ecologista vocacional y un cazador instintivo, contemplaba ahora aquellas bandadas de rumanas, rusas, eslovacas y polacas, como inmensas y providenciales colonias de avecillas migratorias que invernaban buscando comida y cobijo, digamos, en las partes más húmedas del Sur, y que, en ausencia de veda, todo les estaba permitido. Al fin y al cabo y en el argot cinegético, los había quienes las miraban no como fenómeno social del siglo, sino como piezas cinegéticas y las consideraban como combinación de ave de vuelo y animal de pelo: en plata, un conejo con muslos y pechuga. El fenómeno llegó a ser tan popular y generalizado, que hubo más divorcios entre los vegueros, que en la alta sociedad marbellí. Algunos, que incluso habían sido compañeros de mili en la Legión, acabaron enemistados de por vida por culpa de esa tan inusitada "cesión ilegal de mano de obra", pues según el resultado de la cosecha de calabacín que publicara la pizarra de la Lonja y de la extensión del invernadero, se tornaban de patrón en patrón con mayor frecuencia.

Algunos le llamaban a este fenómeno " interculturalidad", otros, "integración social", o exponente interracial de la Alianza de Civilizaciones, pero mi abuela Isabel, que por su edad no sabe nada de esas cosas, suele ofrecer el rezo del tercer misterio gozoso del rosario del primer y penúltimo día de cada semana, por tantísima puta suelta. Pero como decía Pedro, psicólogo y de erudición contemporánea, la visión correcta del tema pasa por entender el fenómeno, no tanto como objeto de estudio de Seminario sobre integración cultural, desarraigo afectivo o mecanismo de superación del temido síndrome comportamental de Ulises, sino como algo mucho más simple, una forma como cualquier otra de consagrar su vida a los demás, ya sea viviendo de, sobre o bajo otros. O dicho de otra forma, supone respetar un nuevo concepto de fidelidad donde se trata de hacerlo siempre con el mismo aunque, a ser posible, cada noche con un hombre diferente.

Un caso distinto completamente es el de Dolores Almazán. La "Yoyes", consagró todos sus días y noches a vivir tras de otro. No es que fuera sumisa y de apocado carácter, sino que desde que el acné de la pubertad le estallara como cráter piloso, decidió que de ser algo en la vida, sería o mujer barbuda en el Circo Price, o detective privado. Montó su propio chiringuito y a remolque de Susana Novillo, abogada especializada en violencia machista y cuernos comunitarios, su carrera profesional resultó imparable y sus servicios garantía de sentencias conocidas como dictadas al tipo de José Mª "El Tempranillo", pues siempre conseguían trasladar el rico patrimonio del marido para enriquecer a su pobre mujer. Todavía se recuerda el caso de la Asociación de Mujeres Vituperadas en que Yoyes aportó la prueba fundamental que propició la condena de la psicóloga asesora por maltrato psicológico, y que ella, a la que también acabó cayéndole una orden de alejamiento, nunca admitió su culpa y siempre mantuvo que fue por acercarse tanto a la verdad.

También el que esto escribe, hubo unos años que dedicó su energía vital y consagró su vida y persona poniéndola siempre al servicio y detrás de otra. Y no me refiero a la legítima, porque en la época a la que vengo a relatar aún no estaba casado. Me vengo a referir a mi época de guardaespaldas de la Concejala de Régimen Interior. Desde aquellos tiempos, aún sigo conservando el hábito de desconfiar de todo y de todos, de colocarme siempre en el interior de los edificios en zona desde la que divise la puerta, sentarme con la espalda apoyada en la pared y mirar los bajos de todas las cosas. Esto último empezó siendo por motivos de seguridad, pero una vez que la representante consistorial tomó conciencia de su puesto como servidora pública, acabé haciéndolo solamente los lunes, miércoles y viernes de cuatro a seis. También dejé de enfocar mi vida personal tras la concejala protegida, pues según y cómo, comprendí que todas las posturas y posiciones son mutantes y la tregua terrorista permitió que pudiéramos cambiar los planes.

Sin embargo, de todas las personas que consagran su vida a estar siempre tras el prójimo, la que más me ha subyugado es la de Don Alfredo. Titular del Juzgado Tutelar de Menores, don Alfredo se colocaba con tal donosura las puñetas de la toga en las sesiones de vista oral de la mañana, como la malla de profesor de aeróbic en las vespertinas del gimnasio del Club de Mar. Más que sentencias y resoluciones, don Alfredo dictaba la moda. Fiel convencido de la reinserción social del menor y de que la gran culpable de su descarrío es siempre la sociedad, era más partidario de imponer a los reos penas consistentes en trabajos en beneficio comunitario (al fin y al cabo, la comunidad somos todos y más con estos chicos de hoy día, tan altos y guapos) que las que supusieran internamiento, pues a nada conducen, se malean y acaban por convertirse en carne de cañón. Y es que, don Dito, que así lo conocían tanto las madres de los impúberes sometidos a su jurisdicción como los alumnos aspirantes a Nacho Cano, no es que fuera gay, es que era, sencillamente, maricón.


Pero el caso más claro de generosidad, de vida consagrada y entrega total es el de Filomena, mi tía política, y ex mujer de mi tío carnal Enrique Espadas. Nadie como ella vivió para el otro. Ya se que muchos de vosotros pensaréis que en todo matrimonio, la esposa contrae esa impagable tarea (lo de impagable lo he copiado de Letizia, claro) inculcada desde la cuna y el colegio concertado de monjitas, que se resume en no tener otra vida que vivir para el señor de la casa y esos puñeteros hijos que, cuando el error genético, la casualidad o el señor del butano se alían con una y le salen guapos y listos, siempre se parecen a la familia materna. Pero no se trata de eso, no. Lo de mi tía Filo es el summum de una vida entregada y vivida en su integridad para con mi tío.

Según pude saber, fue con ocasión de una Semana Santa cuando se conocieron. Acuciada por tanta procesión y olor a incienso y cera quemada, Filomena fue a buscar nuevas sensaciones a la periferia madrileña. Fue allí, en aquel pueblo serrano, donde paseando por la carretera del Calvario a la Quebrada encontró a Quique cuando, aburrido como ostra perlera, venía éste de sobar la armónica que por Reyes le regalaron. El paquetito impresionó a la forastera que ya no paró hasta cerciorarse que sabía tocarla (la armónica, claro). Teniendo en cuenta los tiempos que corrían y la edad de los protagonistas, no será difícil imaginar al lector lo que inevitablemente ocurrió. Dicen que cuando Jesús murió, bajó a los infiernos y hubo tres días de caos porque el mundo quedó a merced de nadie, pero mi tío Enrique piensa que el que debió dejar el sepulcro vacío fue otro y todavía está a la espera de salir del averno para que alguien ponga remedio a todo esto.

Por eso me cuenta, en primera persona, su historia personal que, como en todos los cuentos, la primera parte siempre sale bien. Que si cartas diarias, juramentos de amor eterno, besos furtivos, planes de futuro, árbol de las mariposas... ¡ Hasta ahí todo normal¡. Luego, con el reencuentro en la Universidad buscada de propósito para hacer coincidir la pasión vocacional con la otra, los primeros contactos íntimos y los cabreos más importantes que van emparejando el carácter y dejando claro quien es el que manda en la relación. Y no sólo eso, sino que así va a ser siempre. Pero ella, ya desde entonces, le deja claro, en cada mensaje, que sólo vive para él. Que no es que prefiera salir con las amigas y alternar de vez en cuando con los vecinos de residencia, pero que si lo hace es para no distraerle en las horas que tiene asignadas para preparar el examen de Derecho Canónico. Que no es que prefiera la discoteca al paseo romántico con chubasquero, sino que lo hace pensando en que se comunique y se distraiga mientras escucha los últimos grupos y temas musicales de moda, cosa muy importante para relacionarse aunque acabe arruinándole el presupuesto mensual y le prive del desayuno hasta el próximo giro postal que, como es habitual, llega con retraso.

Pero en fin, como no hay mal que cien años dure, a los cinco siguientes se encontró con un título bajo el brazo, una novia impaciente y un mercado laboral que se le antojaba inaccesible. Y cuando con los "méritos" de su expediente académico y la recomendación de aquel paisano que de joven tuvo mucho que agradecer a un tío abuelo suyo que mitigó los duros años de la postguerra regalándole, a escondidas, botellas de aceite de su maquila y ahora trabaja de Ordenanza en el Ministerio de Trabajo y Relaciones Sindicales, acaba consiguiendo plaza de Letrado Sindical en Gerona. Y allí se planta no sin sobresaltos, pues tras dar una cabezada en Despeñaperros y despertar en la Siete Veces Inmortal, oye hablar de una forma rara, pongamos que diferente, y se sobresalta pensando que se ha pasado la frontera de sopetón.

Y que cuando la democracia y la píldora traspasaron los Pirineos, a mi tío lo vuelve a pillar la vida con el paso cambiado, tres hijos y un sueldo congelado por cuatro años y seis meses (casi una condena de prisión menor) porque tuvo la mala idea de trabajar para el Movimiento Nacional y el Sindicato Vertical que era lo único que entonces existía y que, además, era lo único legal y correctamente político del momento. Pero que entonces, surge ella que siempre vive para tí. Y te susurra al oído la conveniencia de pedir un traslado y cambio de destino a otra ciudad con mayor calidad de vida que, no se por qué, siempre coincide con aquella en la que viven sus padres. Y allí te vas. Y te encuentras que ahora sigues teniendo los tres mismos hijos, el mismo sueldo de hace cuatro años y seis meses y, además, a tus suegros y a esa cuñada tuya que, como el monzón asiático, siempre está para ayudar. A tu mujer, que solo vive para ti, también. Es entonces cuando animado por el núcleo familiar que siempre vio en él posibilidades, se plantea la ídem del pluriempleo. Que sorteando horarios, legislaciones y competencia, ejercitó la profesión dejándose las pestañas en insomnes noches de plazos por vencer y ruedas desgastadas en infernales carreteras que no le aseguraban llegar a tiempo de fichar en la actividad pública, pero que le proporcionaban el sutil placer de considerarse un plusmarquista olímpico, pues mientras el atleta tarda en recorrer los cien metros lisos ocho segundos y siete décimas, él, que salía de la oficina a las tres de la tarde, llegaba a su casa a las dos y cuarto para no dejar fría la comidita que su esposa había preparado para él . Pero gracias a eso, los bancos te conceden la hipoteca y empiezas a sentirte importante porque ya debes dinero a alguien que ha depositado su confianza en ti por, al menos, veinticinco años garantizados que es más que lo que dura un matrimonio, aunque, eso sí, sea por otro tipo de interés: del doce setenta y cinco por ciento TAE, (que me pregunto yo, qué coño será eso).

Con esfuerzo, pero que acabas por integrarte en la nueva capa social del penúltimo destino (pues no en vano, el último sigue estando en manos de tu viuda que a la postre es la que decide si te inhuma o te incinera). Se produce el fenómeno deísta, pues empiezas siendo el yerno "de", el marido "de", el padre "de"... pero como le dijo mi amigo Antonio Martínez a Paquinín que siempre se quejaba de estar a socaire de su suegro: " Pues coño, Francisco, haz alguna fechoría tan gorda, tan gorda, que todo el mundo hable no del suegro de Paquínín, sino del yerno de don Servando el de la Telefónica". Y es que, cuando los niños crecen, te conceden la segunda hipoteca del chalecito de la playa y empiezas a ser criticado en el periódico local, es cuando te sientes plenamente realizado. Bueno, eso y cuando tu amante esposa que no ha dejado ni un sólo día de vivir para tí advirtiéndote de la maldad de todos aquellos con los que te relacionas, de los vecinos, de los clientes, deudos y parientes (a los ha a esas alturas has debido dejar de hablar para garantizar tu bienestar), decide que como ya tiene tiempo libre de sobra porque ha finalizado con sobresaliente cum laude el doctorado de la crianza, ahora quiera trabajar. Y la colocas. Pero en un sitio y con un jefe que, aunque tanto le debe a mi tío, a ella no la trata como se merece, por lo que hay que fundirlo, expedientarlo y arrojarlo de este mundo a los sones de una tonadilla tunantil. Y como eso no basta, pasa a ser la cotidiana confidente de los asuntillos que se cuecen en la sombra y de los que tú nunca te diste cuenta porque confías en tus amigos y subordinados de escalafón. Pero como ella vive sólo para tí, te desvela las intrigas palaciegas y acabas comprendiendo que nunca debiste tener amigos ni compañeros de trabajo, y te preguntas cómo pudiste prescindir tanto tiempo de su sabiduría psicológica, porque gracias a que se dedica a estar viviendo para tí, has dejado de ser el tonto de baba que has venido siendo durante los últimos veinte años en que toda la gente te apreciaba.

Como es muy escueto y parco en palabras, acaba diciéndome mi tío, para abreviar, que lo demás, casi carece de interés porque se produce esa etapa de normalidad conyugal en que con el biplaza recién estrenado y los chicos fuera de casa, te dedicas a conocer España en gozosos fines de semana. Y entonces, reparas en cuánta razón tenía don Ildefonso, el maestro de la escuela de tu pueblo, cuando la definía como un destino en lo universal, porque allá donde fueras, pueblo, villorrio, ciudad o autonomía, tu destino es la tienda de Zara, por lo que no aciertas a comprender la diversidad patria y empiezas a maliciar que eso que los políticos llaman respeto a la singularidad de las señas de identidad, es un perfecto camelo para chupar de las competencias y hacer de su capa un sayo. Porque dime tú a mi, - acababa preguntando mi tío Enrique- en qué se diferencia el Zara de Pontevedra del de Mérida, si hasta las cajeras tienen el mismo uniforme negro, el mismo corte de pelo, el mismo tic despegando el adminículo de seguridad de la prenda, y hasta la misma mala leche que acaba por rayar la banda magnética de la Visa para que te veas obligado a pagar al contado ( ¡oiga, señora, que no tengo toda la tarde, y, además, que me está formando cola¡). ¡ Encima, no te digo yo...¡. Lo único bueno que sacas de todo esto, según me dijo, es que al final, tu experiencia y el google saben discernir dónde el bueno de Amancio Ortega ha puesto su tienda frente a un monumento histórico artístico y te camelas a la parienta para visitar Soria y hacerle comprender que como no se puede fumar dentro, tienes que esperarla en la puerta mientras repasa la última temporada; tiempo que tu empleas en sacar de hurtadillo unas fotos a la fachada de Santo Domingo para luego presumir con tus compañeros de foro. Eso sí, que lo que peor que llevaba es que cuando la hospedas en los mejores Paradores, ella acaba diciendo que no te comprende. Que cómo después de toda una vida dedicada y consagrada a tí, has sido capaz de llevarla a un sitio tan viejo y enmohecido, que los castillos están demodé y los monasterios huelen a incienso y no a 212 de Carolina Herrera. Total un fracaso, y los ahorros y el sudor de un trimestre tirados irremisiblemente, a menos que tengas la suerte de encontrar abierta la nave de Rielves o el mercadillo de Consuegra y puedas enmendar tu mala programación con las compras de última hora para la despensa conyugal, aunque la distancia y el calor diezmen el cargamento de hortalizas y frutas adquiridas a un precio de "rincón del gourmet del Corte Inglés", pero más frescos y con olor más ecológico que las de la tienda de Carlos, en la esquina de tu propia casa. A dónde va a parar. No tiene ni color.

Y cuando la vida es un completo solaz porque has asumido que eres sexualmente más activo con el medio cuerpo que se encuentra por encima de la cintura que con el otro medio que está por debajo de ella ( de la cintura); que si tú no te cuidas de poner el recambio de papel higiénico aunque no seas el usuario mayoritario del mismo, te puedes ver en situaciones comprometidas; que la pasta de dientes has de exprimirla desde el fondo hacia arriba y levantar siempre la tapa completa del váter, aparece el síndrome menopáusico. O dicho más finamente como a la "sin papeles" que duerme con mi amigo Pedro le gusta decir, aparece la psicología inversa: entrar con la ajena para salir con la suya, que no es que se trate de una nueva modalidad de infidelidad o despiporre en la tercera edad ( que para eso ya se inventó el Inserso, hombre), sino de una máxima en el arte de la prudencia que el maestro Baltasar Gracián definiera como "estratagema para conseguir; importante dissimulo porque sirve de zebo la concebida utilidad para coger una voluntad ya que parécele que delante la suya cuando no es más de abrir camino a la pretensión agena".

Vuelven entonces las cosas a ponerse mejor, porque la que siempre ha vivido para tí, redobla su estratagema y te hace ver que si continúas con ese ritmo de trabajo, ahora que ya no lo necesitas tanto porque tus hijos tienen que buscarse la vida por ellos solos, se te pasará el último tren de la vida. Y que te pone, a diario, la canción de juventud aquella de Serrat que hablaba de una tal Penélope sentadita en el banco de pino verde del andén con sus zapatitos de tacón, y que tú no sabes si lo hace por recuerdos de mejores tiempos pasados que ya no volverán o por joderte, aunque a final acabas comprendiendo que a lo mejor es por ambas cosas ya que a veces se confunden. Y que como tú no acabas por arrancarte, porque todavía te ves medianamente capaz de ayudar a tus hijos que se debaten en el maremágnum de sus primeras hipotecas ampliadas, te gustan tus trabajos, piensas que la salsa de tu vida de ahora está en arrastrar el carrillo de tu nieto por plazas y terrazas de bares donde presumir de genes, y ves más próxima tu jubilación a la que quieres llegar topado de cotización, pues te resistes. Y ahí es donde sale la "suya".

En fin, que para no cansarte más, amigo, un día lo llama un abogado que le dijo conocer a su mujer, y tras quedar una tarde con él, acabó firmando un documento justo, de reparto de la sociedad legal de gananciales ( que ni es sociedad, sino a lo sumo cuenta en participación; ni legal, porque has intentado defraudar todo lo posible; ni de gananciales, porque el que único que ganaba en ella era el mismo que también perdía) en el que ella se atribuye todas aquellas pequeñas cosas que no tienen más valor que el puramente sentimental y son las que echaría de menos: las tarjetas de crédito, las cuentas corrientes, los bonos y letras del tesoro, las acciones de Repsol ( ¡ coño, si llega a saber lo que iba a subir el gasoil, seguro no lo firma¡) y las claves de las cuentas que tenía en paraísos fiscales..., y él, con todo lo demás, es decir, las hipotecas y créditos personales y hasta los apuntes de las compras a prueba, de la libretilla de cuentas pendientes en las tiendas de ropa.

Hasta aquí, todo normal. Pero sin embargo, que un día recibe la notificación de apertura de expediente disciplinario por incompatibilidad de oficio público con actividad privada. Y es entonces, cuando se da cuenta que lo que en más de treinta y tres años no pudieron incompetentes compañeros de profesión celosos de su cuota de mercado, ni políticos rastreros que escondían rencores preconstitucionales bajo consignas moralizantes de higiene social, lo ha logrado ella. Recuerda que no hay astilla mejor que la de la propia madera, pero que luego, cuando se sosiega y reflexiona fríamente, cae en la cuenta que no es eso, que lo que pasa es que es un mal pensado y que tiene razón su amiga Consuelo cuando dice que levanta pasiones, porque allá donde esté su queridísima ex, sigue viviendo para él. Al fin y al cabo, ella nunca quiso que trabajara tanto. Aunque en su fuero interno, según me confesó, lo que sigue creyendo mi tío de sí mismo es que en realidad lo que le ocurrió, fue que jamás supo superar con éxito su metamorfosis vital y no llegó a alcanzar su total trasformación en crisálida que le permitiera endurecer las alas en su fase de mariposa para poder volar y trascender de lo mundano, habiéndose quedado reducido a impenitente capullo.


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Malvís. Mojácar, Almería, septiembre de 2011. Hemos logrado pasar las vacaciones. Luego ..., dios y la política económica de Zapatero, dirán.


MMM

La preciosa fotografía que encabeza el relato y en mi opinión obra maestra, esta tomada por del Sr. Clemente (Cleychar) de ojodigital.com

7 comentarios:

Alkaest dijo...

Este es un enjundioso, práctico y sentencioso monográfico sobre la "entrega" al prójimo, que debería declararse de lectura obligatoria, tanto en las universidades, como en las tertulias de "marujas", en la hora del "recreo" de los geriátricos, o en el descanso del "bocata" en la fábrica. Solo un defecto le encuentro: el epílogo.

Teniendo en cuenta que al actual gobierno le quedan, como vulgarmente se dice, "tres telediarios", mejor sería que empezases a afilar la "faca" para despellejar al que viene detrás...
Al margen de ideologías, agradecimientos estomacales, o simpatías inmotivadas, recuerda el refrán que decía Eteróclito de Alejandría, "el viejo": "Otro vendrá, que bueno me hará".

[Posdata: según me piden las vísceras, soy tan agnóstico en política como en religión, así que no se pretenda ver en esta puntualización querencia alguna hacia ninguna ideología, partido, o creencia, sino todo lo contrario].

Salud y fraternidad.

Fendetestas dijo...

El relato es muy emotivo y me trae recuerdos y sensaciones impactantes. En mucho es un reflejo de distintas realidades, que a la fuerza es la que manda y condiciona la vida real. Esperemos que los problemas diarios, como el gobierno, vayan pasando a mejor vida o morir en el intento (al final siempre gana el intento). Como decía un famoso cantante, finado, "la vida es eso que pasa mientras nos empeñamos en hacer planes".

Un abrazo muy afectuoso y "p'alante hasta que el cuerpo aguante".

Baruk dijo...

A mi me sugiere esta historia la inconfesable confesión de una de las existencias autoculpadas de seguir el juego a una sociedad moralmente inmadura.

Consolémonos, no hay mal que cien años dure, ni capullo que no contenga mariposa. Porque vinculando la deducción final del personaje, pienso yo, que mientras se reconozca la condición de capullo, siempre hay tiempo de que salga la mariposa. Lo malo son aquellos que creyéndose mariposas, no han salido de capullos.


Salud y buenas alas!

Furacroyos dijo...

Dejando a un lado el título, porque acabo de leer el relato, y no quiero precipitarme con la simpleza de una primera impresión, he de reconocer el privilegio de aquél que tenga la oportunidad de conocer al "Tío" descrito. En esta acasión, el verbo afilado, la descripción mordaz, la injuria... me han pegado al sillón, esperando que la ruedecilla del ratón me diera más.

Malvís dijo...

Querido Alkaest. Conservo la navaja grabada en la hoja con el nombre de mi padre que mi hermana me entregó como testigo. Y no dudes que la utilizaré tanto en Soria para coger setas románicas, como para "despellejar", lúdicamente, al porvenir. Gracias por tu elogioso comentario que me está reportando derechos de autor entre universitarios, marujas y abueletes.
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Fende. Cada día es un intento del que procuramos ir saliendo airosos.

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Baruk. Creo que dices una gran verdad, pues la introspección es lo único que puede reconciliar al ser humano. El "conócete a tí mismo" puede ser una gran receta que te ayude a dormir a pierna suelta sin tener que revolotear mostrando los colores de unas alas que desprendidas del polvillo que las envuelve, acaban cortando el vuelo.

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Furacroyos. Todo es cuestión de tiempo; de ese ritmo que en la Marca carolingia te enseñan con una simple frase: póc a póc. No fue, sino el tiempo lo que me hizo ir conociendo a mi tío Enrique Espadas. Quizá con el tiempo te lo vaya presentado en el Colón, frente a un vaso de wisky, para que os vayáis conociendo.

Gracias por vuestros comentarios y un abrazo.

pallaferro dijo...

Atrás van quedando las preposiciones que ya han ido cayendo en desuso y otras nuevas locuciones nacen ante nuestros horizontes.

Así que ... durante tiempo indefinido y mediante la consagración de la vida en pro del propio corazón, hay que ir tras la felicidad, vía cultivo de la amistad.

Un abrazo,

Malvís dijo...

Si en tu campo, los neutrines esos han dejado atrás la teoría de la relatividad, por qué no voy a hacerte caso en un nuevo uso, más actualizado, de una propuesta tan sugestiva.

Por lo que se nota, tú la vienes practicando.

Un fuerte abrazo


Publicación 2006
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