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miércoles, 3 de diciembre de 2008

De profesión: Gestor



Dedicatoria:
A Miguel,
a quién confundi con mi muy mejor amigo.





I. Primum vívere, deinde filosofare.

El mío era un centro educativo democrático, donde todo el mundo guardaba las distancias hablando siempre de tú al resto de los seres humanos que estudiaban, enseñaban, fumaban o vegetaban en aquella institución acorde con las ideologías cuasilibertarias de nuevo cuño y que consistían en que allí no había problemas, todo iba bien. Si no era así, yo, Fernando, el Director, mandaba a Miguel Flanagan; cuatro voces y asunto concluído… ¡ hasta la próxima¡.

Y Miguel A. Flanagan no era un querubín, propicio a hacerle un funeral lacrimógeno a un lindo gatito recién atropellado por un conductor con más prisa que vista y conciencia. Si acaso, una patada, por si era de verdad lo de las siete vidas y su simbología céltica.

Había nacido en Málaga, en las inmediaciones de El Palo en una de las últimas cuevas del Cerrillo. Descalzo, sin ropa y nada que perder, fue recogido por las monjas del Hospicio al morir, de las fiebres, sus padres y sus hermanos cuando sólo tendría cuatro o cinco años. De pequeño, mientras estuvo en el orfanato ayudaba en la cocina, haciendo casi siempre de filtro de desperdicios, pues roía las hojas duras de las alcachofas, se comía los tallos de los rábanos y zanahorias y no dejaba un cuscurro de pan duro ni para los conejos. Tenía en su memoria y en su estómago algo de hambre retrasada. Pero también allí aprendió a medio leer y escribir con la ayuda de una joven maestra, Doña María de la Resignación, recién terminada, que auxiliaba a las monjas en la educación de los niños.

Allí estuvo hasta los catorce. Se puso a trabajar como cargador de la Fábrica de Hielo del puerto. A los diecisiete, deslomado, se enganchó a la Legión y se fue a Melilla.

Pasó más de ocho años allí, hasta su salida de las Fuerzas Armadas, los últimos tres con el empleo de Cabo Primero y consideración de Suboficial.

El motivo de su baja voluntaria fue un accidente de tráfico estando de servicio, que le deparó una ligera cojera y algo de rigidez en la pierna derecha, aunque un día, celebrando en su cuartillo de conserje el triunfo del Barcelona en la Liga ( aunque yo sea el Director del Centro y no me guste el fútbol, hay que llevarse bien siempre con el Conserje, pues es quien te abre la puerta cada día y el cargo cada cuatro años), me confesó, entre risas y medio llantos – ya que estaba cargadillo de aquel chartreusse verde que le encantaba tomar-, el verdadero motivo de su discapacidad.

Me contó que entonces estaba soltero, pero no dejaba de lado los placeres y atenciones femeninas, tanto por su puesto como por no dar de hablar en el cuartel sobre su hombría. Todos los sábados pasaba a Marruecos a fin de trabar “amistad” con alguna muchacha con necesidad de hacer dinero y disposición de ceder sus servicios a un precio por debajo de la mitad de sus colegas laborales de la plaza española. Según decía Miguel, así se cumplía con un doble objetivo: se ahorraba y se vigilaba al enemigo.

En una de estas incursiones sabatinas, cambió el efectivo metálico por la promesa de matrimonio y vivir en Melilla. La muchacha, acuciada por el hambre, vió el cielo abierto y Miguel, sus piernas del mismo modo. Se quedó a dormir, pero madrugó más que el sol y, al toque de diana, ya estaba en el cuartel mientras la joven mora dormía el sueño de la ilusión.

La aldea estaba de la frontera a menos de diez minutos en coche, casi en la linde. Por lo que al sábado siguiente, acuciado por la sangre alterada por la proximidad de la primavera, Miguel volvió al mismo sitio y con el mismo propósito.

Nada más bajarse del coche, se vió cercado por los parientes de la muchacha y le llovió una granizada de piedras y la amenaza de algo más grave. Echó a correr huyendo de los infieles como si fueran las tropas de Addelkrim y llegó a las vallas de división nacional cuando ya, casi lo cogían por la camisa.

Escaló, sudando, la alambrada pero con tan mala suerte que se enganchó la pierna derecha al voltearla, quedando colgado de ella, cabeza abajo, recibiendo una somanta de palos y piedras, que sólo terminó cuando llegó la patrulla de vigilancia al aviso del soldado de la torreta, que desde la garita vio lo que ocurría.

Entre dar parte al Sargento de Guardia y llegar a la altura de Miguel, pasaron más de veinte minutos en los que – según me confesó- se sintió morir y hasta desvaneció por el dolor de la pierna y la acumulación de sangre en la cabeza, cuyas secuelas siempre se harían notar a lo largo de su existencia.

Le montaron un Consejo de Guerra algo informal y el Capitán le aconsejó, con delicadeza castrense, que pidiera la baja por amor incompatible al de la Patria o, caso contrario, de allí se iría al Penal Militar de Fuerteventura hasta que se le cayera el pelo de oreja a oreja.

Recibió una pequeña compensación en metálico por esta jubilación anticipada, que hubo de darla – también a ruegos del mismo Capitán- a la familia mora ultrajada para contribuir a la Alianza de Civilizaciones, y volvió, de nuevo, a Málaga sin un duro, medio cojo de una pierna y escarmentado, aunque la experiencia le había dotado de un carácter socarrón, una mala leche envidiable y un cadenón de oro al cuello con el rostro, casi a tamaño natural, del Cristo de la Buena Muerte.

Algunos creían que su carácter era debido a su condición zodiacal de Géminis, pero yo siempre me dije: ¡ Mal enemigo¡.


Con lo poquito que de pequeño aprendió en la escuela y su currículum militar, a su vuelta encontró trabajo como Vigilante Jurado de la Fábrica de Cerveza. Esta ocupación le ocasionó varios roces con los proveedores y especialmente con los compradores mayoristas que aparcaban las furgonetas en medio de la calle impidiéndose el paso a la Lonja de unos a otros.



Con motivo de la huelga en la Cervecera, por el rumor de la absorción por una famosa multinacional del ramo y el exceso de polvo ambiental del silo de cebada en el muelle de descarga, acudió a la zona a sondear los ánimos la Concejala de Medio Ambiente. La señora, increpada por los manifestantes, se calentó la boca y dijo algunas inconveniencias con poco tacto político, por lo que pronto se vio rodeada y asediada por gritos y amenazas, echándose a correr para guarecerse en los almacenes vacíos.

Miguel, que oyó el griterío, rescató a la concejala recibiendo en su cuerpo las piedras destinadas a la representante consistorial. La subió, de paquete, a su Derbi Campera y la llevó hasta la casa de la señora.

La concejala se deshizo en halagos y parabienes y, según me contó Miguel, él se quedó toda la noche de guardia en el portal del piso para evitar cualquier tropelía de algún sindicalista enardecido. Pero como todo es empezar la botella de “chartrés”, pronto tuvo que enmendar la historia y acabó confesándome que no era cosa de dejar sóla y en aquellas circunstancias a una mujer soltera, con buena presencia, servidora de la comunidad y, además, tan agradecida a su oportuna intervención, por lo que dejó en el portal la moto a salvo del relente y de indiscreciones y… subió al piso.

Fue con la intervención de aquel polvillo benefactor ( el ambiental del silo de la cebada, ¡ mal pensado¡) y una Bolsa de Trabajo del Ayuntamiento, cómo Miguel A. Flanagan llegó como Conserje al Instituto del pueblito catalán de Tosses, donde yo era Director.

He de confesar, que su proceso de adaptación fue rápido. No solo comenzó a apreciar, de mi mano, el gusto por el arte románico tras hacerle visitar, diariamente, el templo local, sino que él mismo cavó con sus propias manos, el hoyo donde planté aquel matojo de romero que ahora, convertido en sano arbusto, suelo acariciar cada mañana antes de dirigirme al Instituto a impartir clases de Historia de la Filosofía. Y al hacerlo, no puedo dejar de pensar en él al momento de olerme la mano.

Pero volvamos a nuestro relato.

Con el tiempo, nuestra amistad y nuestro trato fue creciendo y nos hicimos más cercanos. El me ayudaba con el trabajo de campo de mi tesis doctoral sobre la “Teofanía de los opuestos a la luz del evangelio sanjuanista en la construcción del pensamiento activo”, mientras yo le alentaba a sus inquietudes de gestor.

Con motivo de mi estudio filosófico acerca de la historia del pensamiento universal, Miguel me declaró el propio suyo. Según su tratado vital, para él las mujeres eran como los buenos vinos, aunque se escamaba de los altos precios. No era enólogo, pero estaba convencido que, como las uvas, había que estrujarlas bien para sacarles el fruto; a veces pisarlas, y siempre comerlas en sazón. Con los hombres, la cosa era distinta. Según él los había de tres tipos: Los que estaban por debajo de él a nivel profesional, titulación, graduación, ingresos, puesto laboral, barrenderos, inmigrantes y maricones, que eran simples inútiles, imbéciles y despreciables, por definición; los que estaban por encima de él, igualmente despreciables e hijoputas, pero con los que había que llevarse bien, por si acaso, y en tercer y último lugar, los iguales. Esos eran los peores, el adversario isoforme, los que pueden quitarte lo que es tuyo. Son temibles, soeces, traidores, envidiosos, ladinos, lameculos insistentes, tocaguevos insidiosos y, por ello, merecedores del mayor desprecio y disimulo.

Miguel era defensor de la vida a ultranza, sobre todo de la buena vida, especialmente si ésta podía ser la suya. Tras llevar más de tres años en el Instituto, decidió acometer la labor de mejorar su status.

Su roce con el sexo opuesto le abrió perspectivas de futuro. Comprobó cómo los fríos y rigores de los largos inviernos de la zona, eran enemigos naturales del cutis de las señoras. Y decidió dedicarse, de pleno, a la cosmética ecológica.

Fue, como siempre, en la ducha. Nada más caerle el primer chorro de agua fría, se le escapó un eructo, que le trajo a la boca el regustillo de los caracoles en salsa picante de la noche anterior. ¿ Caracoles?.... pero ¡ coño¡…, quiero decir ¡ eureka, he ahí mi futuro¡. Y emocionado, medio mojado y exultante, se enfundó el albornoz y, emulando al griego, corrió hasta mi casa, con la humedad helándole las piernas y lo que entre ellas tenía, para exponerme su proyecto: Cosmética facial reparadora con base ecológica de baba de caracol.

Tras pedirme disculpas por ir a molestarme a mí, a Mari Pili y a los niños que estábamos duchando a esas horas, me agradeció el interés demostrado y me dijo que empezaría a trabajar, de inmediato, en el proyecto. No supe decirle que no.

Construyó dos grandes jaulas de cristal de veinte metros cuadrados cada una, con una altura de dos metros y una malla fina de techo para que no entrara ni saliera ningún bichos más que los pertinentes. No obstante, los caracoles recolectados por los alumnos a los que conquistó para “su” causa, como buenos presos, cumplieron con la obligación moral de intentar escapar, según el antiguo método de saltar la valla, resbalando o chocando con la malla superior.

De la cría y recría, acaecida en julio, pasaron a la fase de engorde en agosto. Fue tanta la cosecha, que los habitáculos originarios quedaron insuficientes y obsoletos y, aprovechando las vacaciones estivales, sin encomendarse a nadie, Miguel decidió aprovechar el vacío gimnasio para construir, provisionalmente y hasta el comienzo del siguiente curso escolar, un enorme terrario. Antes del mes de Septiembre – pensó- realizaría la cosecha de baba y volvería a acondicionar las instalaciones del Centro que ya, entonces, empezaba a oler a cuadra.

Quiso la fatalidad, que no descansa los fines de semana, que un viernes al cerrar el Instituto, se quedara abierta la puerta principal del gimnasio. Por la misma, directa al patio, asomó en un principio tímidamente un ejemplar. Primero un cuerno, después el otro. Y enseguida salieron a tropel (es una forma de hablar) los restantes veintiún mil caracoles, seguramente asqueados de la pura peste y babas que chorreaban las paredes, bancos, espalderas suecas y plintos.

Coincidiendo con el comienzo del nuevo curso escolar, acertó a llegarse por allí el Inspector de Zona. Don Severo Justo y Mayor se presentó sin esperarlo, el primer día de septiembre. Conforme iniciaba la visita de inspección, sintió crujidos bajo sus zapatos, junto con un amago de resbalón amortizado por la cartera. Se agachó a ver qué era aquello, se le puso la cara blanca y me mandó abrir el gimnasio, que ya permanecía entreabierto.

Inútiles las justificaciones, el cafelito y hasta la asunción del cargo de la factura de la tintorería. Don Severo, acabó estrechando mi mano con una tirantez especial y se despidió manifestando su intención de desplazarse a otro centro cercano, indicando la necesidad de cumplir con sus atribuciones legales, lo que le impedía obviar el parte de faltas.

Y en saliendo por la puerta, salí yo del despacho y cargo de Director y Miguel del puesto de Conserje, y con ello, mis notas y apuntes para la tesis doctoral que llevaba preparando. Aún hoy día, no he vuelto a tener noticias suyas, pero el catedrático que dirige mi nueva tesina sobre “Don Quijote y San Francisco de Asís: dos Locos necesarios”, me recrimina el tratamiento ideológico que muestran los capítulos dedicados al sentido de la amistad en estos personajes objeto de mi estudio doctoral.


II. Guárdate de los Géminis y de los Idus de Marzo.

A veces el destino viene en forma de croissant.

Miguel entró en mi vida, sin darme cuenta, casi de puntillas.

Aprovechando un martes por la tarde que mis amigos cabalísticos me había dejado literalmente tirada sin previo aviso, se me ocurrió acercarme al MNC para sacar unas fotos de algunas pinturas del románico catalán que sirvieran para reproducir y de material didáctico para mis alumnas de las clases vespertinas de los jueves.

Nunca olvidaré que fue frente a las de San Clemente de Tahull cuando me topé con la única persona que permanecía, observándolas, totalmente absorta. Iba y venía de izquierda a derecha y de adelante hacia atrás como queriendo apropiarse de todas las perspectivas posibles. Así fue cómo, por vez primera, reparé en aquella cojera suya tan peculiar que, con ansia disimulada de dandy inglés, tenía hasta algo de presumida. Quiero decir que no sabías si iba a venir o a irse; si cojeaba adrede, o intentaba engañar a la baldosa próxima a pisar, en un aire de chulesca compostura.

Después, sin embargo, cuando me contó su discapacidad de nacimiento y cómo había sido objeto de dolorosas y crueles burlas de sus compañeros por todos los colegios privados europeos donde se educó, me trasmitió no sólo un sentimiento de profunda lástima, sino de culpabilidad por haberme mofado interiormente de su cojera. Y más me dolió aún cuando, tras tomarnos una taza de café y com-partir un croissant ( digo lo de com-partir en el sentido más literal de la palabra, pues mientras yo lo partía, Miguel se lo comía), me relató el maldito motivo de su lacra que revelaba, sin embargo, la grandeza de su corazón. Todo, por su pertenencia a los grupos de catequistas de Cáritas que practicaba con tanto anhelo y vehemencia los sábados por las tardes, aún a costa de renunciar a sus salidas y excursiones que los Hermanos del Beato de Champagnage organizaban con los chicos del internado. Miguel no. Él prefería leer cuentos y acompañar a viejecitas solitarias y niños desvalidos. Fue precisamente en una de estas visitas a un barrio marginal, cuando – según me contó- un contagio del bacilo le mordió la pierna en forma de poliomielitis, causándole aquella mal disimula parálisis infantil.

Tenía un genio y una voz de domador de caballos salvajes que desentonaban con su cuerpo menudo, y un nombre compuesto y equivocado contra el que luchó en todo momento. Le hubiera gustado llamarse, simplemente, Hilario.

Se lo presenté a Eduard y, al punto, congeniaron. Comenzó a venir por casa - sobre todo los miércoles que sabía que tocaba escudella- y se hizo tan familiar como el perro o el lorito del salón, al que tanto adoraba. Fue una lástima cuando con ocasión de unas vacaciones, Miguel decidió cuidárnoslo y se le escapara al grito de una canción de José Luís Perales. Debió de haber luchado mucho para impedírselo (¡pobrecito Miguel, con su impedimento físico¡), porque al momento de bajar la basura, pude observar cómo la bolsa de plástico sufría rasgaduras y se oradaba por motivo de los cañones de algunas plumas que, con gran pesar me dijo, arrancó in extremis en su intento desesperado de atajar la huída de la avecilla. Jamás olvidaré su compungido gesto ni aquel olor a carne chumascada que emanaba de la freidora de Miguel.

Aún recuerdo el día que visitamos con él Biota. Creo que ese viaje nos marcó a todos, pero para Miguel, recuerdo, fue como el punto de inflexión. Hubo un Miguel antes y otro después de Biota.

Con frecuencia salíamos los fines de semana Eduard y yo a visitar monumentos románicos del pirineo catalán. El Valle del Boí lo teníamos trillado y hasta poseíamos un arsenal fotográfico y participábamos en foros especializados intercambiando opiniones. Sin embargo, aquel mes de Mayo con ocasión de efectuar una entrega a un cliente en Monzón, decidimos visitar las zona aragonesa de las Cinco Villas y Miguel, como amigo y entendido, decidió acompañarnos. El viaje de ida fue todo lo ameno que puede deparar un acompañante que tiene la vejiga floja necesita evacuarla más veces que el coche repostar combustible, pero eso era algo que teníamos ya asumido como secuela de su parálisis infantil.

Sin embargo, a la vuelta todo fue silencio. Miguel estuvo mudo las tres horas y veinte minutos que duró el trayecto desde la iglesia de Biota hasta el portal de la casa. Tan sólo una vez que nos detuvimos para tomar un bocadillo y repostar, cuándo le hube preguntado qué era lo que más le había impresionado del templo de Santa María de Biota, me respondió, a secas,: la escalera. Con los años, llegué a entender que no se refería a ninguna escalera interior del templo, pues no la había, sino a aquella otra escala de electricista colocada en la portada sur, junto al tímpano, a la que todos los visitantes subían por turnos para fotografiar una señal o firma escrita en un modillón escondido y al que atribuían el valor de ser algo así como el Signum Magíster o autógrafo póstumo de un maestro cantero.

Tras unos días sin tener noticias de él, recibí un escrito donde me comunicaba que había iniciado una aventura empresarial de envergadura ligada con el arte románico, al tiempo que me rogaba le suministrara un cuadro de la Psicostasis de Biota pintada por mi, e inspirada en “ las imatges de Biota i elaborat totalment a mà, a la manera dels antics”, tal y como yo solía hacer con todas mis obras y reproducciones.

Es una gran verdad eso de que la sangre tira. Con ocasión del último Puente de la Inmaculada y de la reposición del anuncio televisivo de una afamada marca alicantina de turrón, volvimos a Benabarre, pueblo de mis abuelos, por Navidad, y tras el ritual sensiblero de rigor, abandonamos el pueblo a toda pastilla en busca de civilización y cobertura del móvil hasta recalar en Biota tras tres años de nuestra anterior visita. No encontramos a nuestro amigo Miguel y todo era como si la tierra lo hubiera tragado. El estanquero del pueblo nos contó que a nuestra descripción respondía un señor que pasó por el pueblo hacía ya para casi año y medio y que obtuvo la plaza de Conserje del Ayuntamiento por “concurso de méritos”, aunque las malas lenguas (que siempre las hay y más entre las sanas gentes rurales) decían que fue la señora de don Dionisio, el alcalde, la que más méritos le encontró al concursante.

En los bajos de la falda de doña Dora ( que así se llamaba aquel volcán de magma latente enfriado bajo burka), parece ser que Miguel encontró amparo a sus más bajos instintos, y en los bajos de la Casa Consistorial el de sus necesidades más vitales, pues fue allí donde obtuvo una vivienda gratuita para su puesto de Conserje, con derecho al anexo local donde explotaba, con licencia municipal, una concesión administrativa, en régimen de exclusiva, para alquiler de escala para la fachada sur del templo románico local que, por el módico precio de 30 euros incluía un kit con foto del Signum Magíster y reproducción de la Psicostasis “totalment a mà, a la manera dels antics”.


En la Legión, cuando Miguel A. Flanagan llegó al cuartel, preguntó por el uso de un gancho que había en la puerta de entrada. La respuesta no se hizo esperar ni él llegó a olvidarla jamás: “ Aquí se viene a obedecer; cuando vayas a entrar, piensa que cuelgas los güevos en el gancho y te los vuelves a poner al salir”. Un gancho igual, como una percha, colocó en la puerta del cuartillo de la Conserjería municipal de Biota. Y él nunca usaba chaqueta, apostillaba el estanquero en su relato. ¡ Tan seguro estaba de su influencia y méritos con doña Dora....¡. ¡ Mal enemigo, mal enemigo¡, acababa diciendo el mañico.

Los malecidentes rumores sobre su progreso económico, sólo eran superados por los de la relación adúltera con la primera edil consorte. Pero ya se sabe que en cuestión de cuernos, la víctima es siempre la última en reparar en el peso de la cornamenta, aunque para ello haya de ladear la cabeza para traspasar los umbrales de la catedral de Santiago. Por otra parte, Benito, el único alguacil local, estaba convenientemente apercibido por doña Dora y untado por Miguel para ser el fiel cancerbero del exacto cumplimiento de los pingües derechos económicos que reportaba la concesión administrativa del uso de la escalera, pues ojo avizor, se empleaba a fondo contra cualquier osado turista que pretendiera fotografiar la dichosa firma epigráfica del modillón, usando escala, bien propia o bien ajena, que no fuera la “oficial”.

Acabó el estanquero su relato, al tiempo que la segunda botella y el tercer plato de embutidos ibéricos, señalando que sólo un hecho fue capaz de ser más recordado aún que las adúlteras relaciones. Consistió en el hecho acaecido aquel día en que apareció por allí un señor muy educado, con gafas y anorak entre malva y rojo que, portando su propia escala, se encaramó en lo alto del tímpano psicostásico, sin mediar palabra, encomendarse a nadie, ni pasar taquilla. ¡ Hasta aquí podíamos llegar¡, dice que los vecinos oyeron decir a Miguel con su voz de Júpiter tronante. Y constituyéndose in situ, respaldado por la autoridad del fiel Benito, pidieron explicaciones y los 30 euros al “cazador furtivo”. Mas de hora y cuarto tardaron en exponer las razones que a unos y al otro le asistían. Miguel A. Flanagan, su derecho de concesión administrativa en exclusiva, el otro, la autoría de su descubrimiento. En fín, que como en toda democracia, las diferencias se hubieron de resolver por la fuerza de la razón y ésta no era sino la Star, serie 90 mm Parabellum de Benito que acabó desenfundada por las artes del demonio y con un tiro al aire para rebajar los ánimos. Con tan mala fortuna que, como las armas las carga el diablo ( y más éste que hasta intenta hacerle trampa en la balanza al Arcángel), el disparo rebotó en la dovela derecha y tras percutir el pavimento de la plaza, se interesó por el lado izquierdo de la ingle de Miguel.

Dicen que resultó milagroso el hecho de que el “furtivo cazador del raro anorak” resultara ser cirujano eminente del Hospital General de Huesca; pero fuera como fuere, la verdad es que a una llamada suya, la ambulancia de Emergencias Sanitarias apareció casi al instante y se produjo su evacuación en perfectas condiciones asistenciales. Miguel fue ingresado e intervenido de urgencia, pero cuando pasó el efecto de la anestesia y el Cirujano quiso hacer las paces comunicándole el éxito de la intervención y su pronóstico fuera de todo peligro, sólo encontró una cama vacía, las guías del suero esturreadas y vertiendo líquido en el suelo, y el testículo izquierdo extirpado al paciente, dentro de un bote de alcohol presidiendo la mesita.



III. De vida beata.

La culpa fue de Maria de las Mercedes. Como casi siempre y de casi todo lo que no sale bien, la culpa fue de ella, que se encariñó con Miguel. Siempre le digo que su gran corazón y sus raíces andaluzas y confiadas, la pierden. Pero no me hizo caso.

Me llamo Jesús Lobo aunque en la comunidad me conocen más por el “señor Cuesta” y no sólo por mi profesión, que me obliga a saber lo que cuesta todo y cómo poder desgravarlo, sino por puras razones de azar. La fortuna, que me había sido tan esquiva el 22 de diciembre, seis días más tarde se me presentó de cara con ocasión de celebrarse la Junta Ordinaria de la Comunidad de Propietarios. Dijeron que no era una inocentada, sino que por sorteo, me había correspondido ocupar la Presidencia. Y allí se fraguó el principio del fin.

Durante el primer semestre tuve que enfrentarme a la contención del gasto comunitario, subida de cuotas y aplicación de derramas con las que acometer la renovación de la contrata del servicio de mantenimiento de los ascensores, desratización masiva del edificio y hasta el botellón de fin de semana que se nos había instalado en la contigua plaza, por donde campaban, sin miramiento, legiones de chaperos, putas y extranjeros. Pero todo lo acometí con éxito y resolución.

Lo que no pude prever fue el problema de la portería. Cómo iba yo a poder imaginarme que doña Hermenegildo, a sus sesenta y catorce años más que cumplidos, se dejara embaucar por Dimitrich, aquel portero nuestro de uno ochenta y dos, rubio, macizo, de ojos claros y treinta y dos abriles y muslos tersos curados en los fríos de la tundra siberiana. Las armas que empleó, siempre constituyeron un secreto mejor guardado que la fórmula de la Coca-Cola, pero lo único evidente es que, cual “currista” estepario, clavó en todo lo alto, completó la faena y el respetable (en este caso, la octogenaria) le pidió con insistencia la vuelta al ruedo, los trofeos y hasta “el rabo”. De esta forma, se produjo lo que los vecinos dieron en llama el “ síndrome Casillas”, pues Dimitrih pasó en un suspiro de portero titular a ídolo del vecindario que, consciente del nuevo status, comenzó a llamarle el vecino del sexto bé. O sea, todo un caso de ascenso laboral por promoción “interna”.

Así que, en plena canícula, heme aquí sin portero y con amotinamiento vecinal sobre quién retiraba la basura de las puertas. Siguiendo estudiadas técnicas de gestión empresarial norteamericanas, delegué la función de contratar nuevo portero en mi querida esposa y compañera Maria de las Mercedes quien, con la pragmática propia de las de su sexo y las páginas amarillas, no tardó en conseguir la dirección de una e esas E.P.Is (Empresas de Profesionales Informales) sita en la madrileña calle del Escorial, dedicada a tales menesteres.

Su gestor, Miguel A. Flanagan, pronto resolvió el problema, y tras enviarnos a un espécimen ( que a la postre resultaría condenado por camello dedicado al menudeo de coca y por violador en serie de menores y discapacitados), logró introducirse en nuestro hogar, en nuestras vidas y hasta en nuestro corazón, con la misma facilidad que la correspondiente comisión en su bolsillo.

Lo que vino después, he de abreviarlo. Me conquistó el mismo día de la entrevista inicial, pues viendo el cuadro de la Psicostasis de Biota que colgaba en la pared de su despacho, no pude resistirme a establecer su similitud estilística con otra que del Beato de Silos guardaba yo en el despacho hogareño, regalo de mi querida amiga Laura. El no hizo comentario alguno. Sólo me regaló, al despedirnos, una reproducción fotográfica del Signum Magíster que, con tiempo y dedicación, logré transliterar de la lengua gaélica y desvelar, en primicia, el nombre del maestro cantero.

Luego, vinieron las comidas, viajes a Soria y Segovia en busca de nuevas pistas gaélicas y hasta un proyecto de Circo Románico que elaboramos juntos con nuestra propia página web. Fueron días de vinos y rosas. Llegamos a tocar el cielo. Hasta el ámbito universitario se involucró en el proyecto y sacamos a la luz un foro internaútico que era la envidia de los rivales. Miguel pareció sonreír a la vida de nuevo y hasta comenzó a preocuparse de su imagen. Un gestor, pensó, no puede aparecer en público así como así. Y tal como lo pensó lo hizo, pues comenzó a hacer futing los fines de semana (como alternativa a las corridas que antaño sufriera por culpa de acreedores estafados), perdió peso y hasta se sometió a una intervención quirúrgica estética gutural para limar el tono atronador de su habla y sustituir sus cuerdas bucales gemelas a las del presentador de concursos Constantino Romero, por la más cálida y melíflua del presentador de telediarios de la tercera, Matías Prats. También pensó hacerse una liposucción por el mismo precio, pero acabó desechándola cuando a su mente le vino el recuerdo de aquellos buenos duros ganados en tiempos difíciles haciendo de Santa Claus en la campaña navideña del Carrefour. Era el más eficaz y el más deseado por la multicional, por sincero. Nada de imitaciones, colorantes ni edulcorantes. La voz y la barriga, auténticas y sin trampa ni cojines de relleno. Además, sólo llenaba el saco con caramelos mentolados fuertes de marca Pictolín, con lo que conseguía economizar y el doble objetivo: mejoraba las faringitis y evitaba que los pequeñuelos repitieran.

Ofertamos varios servicios, desde conocimientos básicos del arte románico, tienda virtual donde se ofrecían reproducciones de la Psicostasis del templo de Biota con certificado de garantía de su manufactura “totalment a mà, a la manera dels antics“, conocimientos sobre restauración según técnicas de un cantero ejerciente, algo de legislación, y hasta apoyo psicológico. Todo el paquete incluido en la cuota de socio al que, como premio de fidelidad, caso de superar los dos primeros años de permanencia, se le realizaba, de forma gratuita, la declaración anual del impuesto sobre la Renta de las Personas Físicas y del Patrimonio. El IVA, como siempre, aparte.

El servicio de consulting y legislación estaba a cargo de un picapleitos del tres al cuarto que, especialista en extranjería y exequatur de sentencias vaticanas, funcionaba en régimen de asociado de la franquicia “In Véritas virtus, On lain”. No era nada eficaz, pero por iguala de sesenta y tres euros al año, daba postín a la página. Lo del gabinete psicológico era otro cantar. Miguel, conciente de que el trato en el foro, con sus ataques, desgasta hasta las mentes más estables, había contratado a Mari, una mujer joven, casi no llegaba a la treintena y en plena sazón. Con el cabello algo pelirrojo, en rizos voluptuosos y figura de gacela, se movía por la sede social como una deidad ubicua y concupiscente. Cuerpo de diosa y lengua de serpiente y con esa técnica propia de los psicólogos y otros loqueros, incomprensible para los no iniciados en los misterios del psicoanálisis y el neocognitivismo, se limitaba a susurrar, con su voz encantadora, su diagnóstico profesional cada vez que aparecía en el foro un asiduo visitante embozado tras el nik de “Canecillo”: ¡ Este tío- decía la psicóloga-, no es que sea tonto; es que es gilipollas¡.

Pero el producto estrella de nuestro Proyecto industrial románico eran los viajes guiados. Miguel, en combinación con Benito, que desde el hecho del disparo fortuito resultó expedientado y apartado del cuerpo de Policía Local y ahora se ganaba la vida ejerciendo de taxista pirata, contrataban para la ocasión un autocar y, transformado con su gorro color caquis, se imbuía en su alter ego como guía de los pasajeros, micrófono en mano. Con las amistades del cura de la Colegiata de Elines y de la de Vallejo de Mena, realizó los dos primeros fines de semana románicos, que constituyeron un gran éxito. Animado por la repercusión conseguida y como le encontrara el gusto a viajar “de gratis” por todas las ventas y villorrios al reclamo de la clientela que aportaba a cuentos restaurantes y mesones de ruta visitaba con ocasión del grito de los ocupantes ¡ para chófer queremos mear…¡, decidió ampliar la cartera prestacional de servicios con la introducción de lo que dio en llama Románico Accesible. Consistía dicho producto en una submodalidad del anterior ( con lo que ni Benito ni el viejo autocar cambiaban, los exprimía más y los rentabilizaba) pero con la novedad de estar dirigido a clientes potenciales de “otro nivel”. Deberían ser paralíticos cerebrales, espásticos y de buena familia dispuesta a dejarse vaciar la cartera a cambio de poder colocar al pariente para poder aprovechar el fin de semana esquiando en las pistas de Baqueira y Veret, por ejemplo. Ello, le aseguraba a Miguel un alto beneficio, a la vez que conseguía otra comisión por el uso imprescindible de los conserjes que eran los encargados de empujar y trastear con las sillas de ruedas y el transporte de los pasajeros especiales.


El resultado fue estupendo si obviamos el percance ocurrido con ocasión de la visita guiada al Monasterio de Piedra. Allí, al atravesar el puente de madera sobre el Lago de Los Espejos, la tarima, al peso de la columna de sillas de ruedas cedió y uno de los “clientes” cayó al agua. A los gritos de auxilio, fue rescatado por los operarios de la piscifactoría truchera de las inmediaciones, si bien, y dada la espasticidad y nula movilidad de la víctima, hubieron de emplear garfios atuneros para “trincarlo de donde fuera”, con tan mala fortuna que fueron a anclarlo de la entrepierna. Los desgarros físicos fueron considerables y acabaron convirtiéndolo en eunuco a su pesar, pero como diría Miguel, lo importante es que había salvado la vida y “lo otro” debería considerarse tan sólo como daños colaterales, pues en un ser de “aquella forma” la pérdida de los genitales era algo inocuo por afuncional. Lo que nunca dijo es que, tras amenazar a la Administración con interponerle demanda por responsabilidad patrimonial a consecuencia de defectuoso funcionamiento de los servicios, obtuvo para sí y en concepto de gestor organizador, una indemnización de 120.000 euros de la Junta Regional Aragonesa, mientras a los padres de la víctima le resolvían su protesta enérgica invitándoles a pasar un fin de semana gratis en el Hospedería de La Dolores, en la cercana localidad de Calatayud.


Todo iba bien. Hasta que con ocasión de una intervención que hice en el foro explicando mi descubrimiento y transliteración del Signum Magíster como correspondiente al Maestro Ailbe, recibí un requerimiento, por burofax con acuse e recibo, de la Sociedad Nacional de Autores en la que se me pedía el abono de 234 euros por derechos de uso de la patente y derechos de propiedad intelectual legalmente registrada. Inútiles cuantos argumentos y documentos esgrimí. La firma y su transliteración estaban registradas en el Registro de la Propiedad Intelectual e Industrial y no podía hacerse uso, ni de una ni de otra, sino con permiso de su autor y previo pago.
Lo malo no fue pagar, sino comprobar el destinatario de mi tasa: don Miguel A. Flanagan.


Después de aquello, comprobar que aquel mueble del Circo Románico, siempre cerrado bajo llave celosamente guardada, y asegurado en varios miles de euros por contener – se suponía- la miniaturoteca con nueve reproducciones de Beatos y al que Miguel solía denominar el Estante de la Ribera Sacra, no era sino una bodega con los mejores vinos de reserva de las mejores cosechas de la Ribera del Duero, casi ni me dolió.

Podría haber utilizado el bate de béisbol aplicándolo a la entrepierna de Miguel, procurando un ligero escorzo hacia el lado derecho, pero como soy hombre pacífico que me gusta resolver los temas hablándolos, preferí hablar con el dueño de mi Restaurante Chino favorito que, por módico precio, me procuró los servicios de unos paisanos suyos expertos en artes marciales.

La policía lo achacó a un ajuste de cuentas…..


IV. Sic transit gloria mundi.

Que en una pequeña capital de sureste andaluz donde todos nos conocemos, aparezca de repente en el Club de Mar un individuo vestido de impoluto blanco, bastón de bambú y con el rostro del Cristo de la Buena Muerte, casi de tamaño natural, en oro puro colgando del cuello, no es para pasar desapercibido. Menos aún, si el individuo en cuestión, cojea de la pierna derecha.

Así se presentó Miguel en Almería. De la noche a la mañana. Nadie sabía de donde salía, pero pronto corrió el rumor de que era un rico empresario y accionista mayoritario en varias empresas navieras que había recalado en Almería buscando abrigo y reparación para su lujoso yate, y sol para reavivar el brillo de sus canas.

Sea como fuere, no tardó en hacerse una figura familiar del paisaje urbano y portuario que, con su elocuencia y sabiduría extraída de la experiencia vital, acabó conquistando los mejores salones sociales de aquella capital provinciana.

Recuerdo que nuestro primer contacto no fue, precisamente, algo que pudiéramos considerar fácil ni agradable. Al preguntarle por su dedicación u oficio, se limitó a contestarme: ¡de profesión, Gestor¡. Después me habló de su teoría sobre la vida según la cual es una guerra de la que siempre regresamos heridos de muerte y, seguidamente sobre la de los amigos y el interés simple. Yo me limité a ofrecerle mi tarjeta de visita y no fue hasta mucho tiempo más tarde cuando la vida me volvería a reencontrar con Miguel. Y efectivamente, herido de muerte, como se verá.

Supe con el paso del tiempo que con ocasión de la celebración del Día de las Fuerzas Armadas, el 30 de mayo, fue Miguel invitado por el Comandante de Marina a la ceremonia religiosa que tradicionalmente es celebraba por el cuerpo en el Santuario de la Patrona, la Virgen del Mar. Miguel quedó anonadado ante el templo santuario y su claustro adosado que, fruto de la desamortización, ahora cumplía funciones de Escuela de Bellas Artes y lugar donde terminaba todo catering oficial que se preciara.

Fue el olor del incienso lo que despertó el olfato y el instinto empresarial que Miguel llevaba dentro. Nada más acabar la ceremonia oficial y llenado el estómago con los suculentos canapés generosamente servidos a costa del erario público, su cabeza se puso a funcionar más ligera aún que su vientre, algo suestecillo por culpa de aquella bechamel amarilla con que le habían servido la ración de calamares. Sentado en el trono de Roca, pronto comprendió el campo empresarial que se abría ante sus ojos, pues en observando la ceremonia religiosa, no pudo dejar de reparar en una pléyade de señoras de la alta sociedad ricamente enjoyadas que, con el nombre de “Camareras o Damas del Camerín de la Patrona” tenían el raro privilegio de ser las únicas que vestían y desvestían a la Santa Virgen del Mar, reparaban sus lujosas y carísimas vestimentas bordadas en oro y plata enjaezadas con pedrería preciosa, colocaban ramos diarios de flores (siempre de color blanco) y hasta llevaban la agenda de las bodas que en dicho lugar sagrado se celebraban, sometidas a turno riguroso y con gran lista de espera.

Y dicho y hecho. A las pocas semanas después, he aquí que tenemos a Miguel integrado en la estructura protoeclesiástica y con más mando en plaza que el propio padre prior benedictino titular del santuario. Quedó encargado de la agenda de los oficios litúrgicos ad extram ( como a él le gustaba decir) que no era sino el señalamiento y otorgamiento de fecha, día y hora de las bodas y bautizos que, previa generosa comisión, era mutante, tanto más cuanto más generosa fuera la feligresa en cuestión. También se ocupaba del ornato floral que acabó subcontratando en exclusiva con la firma Decoración Floral Lales, previo estipendio generoso, así como el apartado de alfombra roja, reclinatorios aterciopelados para los padrinos a los que, según cómo y cuando, se les permitía colocarse junto al altar; el coro, velas, iluminación total o parcial del templo.., etc.

Pero pronto descubrió la generosidad de su corazón. O al menos así llegó a pensarlo todo el mundo, pues no era raro verlo cada tarde, con una piara de ancianas beatas visitando iglesias y otros monumentos religiosos e incluso dirigiéndolas en el rezo del rosario. Tenía un organizado planning de visitas domiciliarias para las ancianas solitarias a las que, en los frecuentes días invernales de sol, solía incluso sacar a pasear a la Rambla con sus taca-taca. Nadie se extrañó que siempre las eligiera muy mayores, viudas y sin hijos o con ellos en el Dorado haciendo fortuna, pues sus modales y generosidad estaban fuera de toda sospecha, máxime teniendo en cuenta que – como todos creíamos- era un multimillonario de la banca y bolsa en busca de un poco de sol para su piel y de compañía para su espíritu solitario.

Fue aquel condenado Inspector de Hacienda recién llegado a la capital, don Crispín A. Travesado, quien con motivo de una inspección rutinaria – según siempre dijo y mantuvo- levantó el velo. Y al hacerlo, no sólo descubrió los caudales relictos de las fallecidas beatas, sino sus legados y últimas disposiciones testamentarias en las que siempre e indefectiblemente, aparecía un único y mismo beneficiario: Miguel A. Flanagan.
De esta forma, se le descubrieron propiedades en toda la calle Trajano, dos pisos superiores en la calle Real, media manzana del Paseo de Almería y hasta una vivienda de gran lujo y cuatrocientos cincuenta metros cuadrados en la madrileña calle de Sor Ángela de la Cruz cedida en arrendamiento a un concesionario de vehículos de alta gama.

Igualmente, aparecieron en los registros domiciliarios docenas de figuras en marfil, crucifijos engastados en oro y esmeraldas, cuadros de firmas famosas y hasta tallas en miniatura de las más famosas vírgenes que, realizadas en maderas nobles, solía pasear el mes de Agosto procesionando por las calles céntricas de la capital, totalmente vestidas con ricos mantos, bajo palio y hasta provistas de sus damas con mantilla y peineta, costaleros de alquiler y acompañadas de la Banda Municipal de Ohanes expresamente contratada ad hoc.

El hecho, en sí mismo considerado, no habría tenido importancia de no haberse detectado por el Padre Villanueva, prior de la comunidad dominica, una partida de pesticida oculta en el pozo ciego que permanecía, desde siempre, tapado en el centro del claustro y al que no supo encontrarle explicación. El no, pero la policía sí. Se exhumaron los cadáveres de las últimas veintisiete beatas miembros del cuerpo de “Camareras” fallecidas en el curso del último año y medio y la autopsia reveló restos del pesticida en cuestión. Revisados los testamentos de todas y cada una de las víctimas, la instrucción sumarial se dirigió no sólo hacia el universal beneficiario de las herencias, sino al despacho jurídico que figuraba como su invariable albacea: Gabogados.

Nos procesaron a los dos, pero Miguel pudo pagar su fianza y evadió la prisión con cargos con la sola obligación de pernoctar. Después de las vacaciones navideñas, Miguel no regresó al Centro Penitenciario El Acebuche enviando una notificación de baja por enfermedad (“trastorno adaptativo”) con un plazo de remisión y tratamiento de seis meses.

El médico forense le recomendó dar largos paseos, comprarse un perro (que no sé por qué extraño motivo bautizó con el nombre de “ Mongui”) para tener la obligación de tener que salir a la calle todos los días al menos un par de veces, y salir a pescar, pero sin alejarse mucho de la orilla. Solía irse al Cabo de Gata. Concretamente al Arrecife de las Sirenas.

En una de esas tardes, no regresó más.

Lo declararon en rebeldía primero, después en ausencia legal y al final, se produjo su declaración legal de ausente. A mí y al Médico Forense nos juzgaron y nos cayeron un año y seis meses de prisión y tres años de inhabilitación.

Yo tampoco he vuelto al Arrecife de las Sirenas. Me da no se qué y además, lleva casi tres años con demasiado movimiento, pues es rara la semana que no aparece allí un centenar de inmigrantes arribados en patera desde las costas africanas.

Hablando con Guillermo Torralba, Capitán del Servicio de Inteligencia de la 242ª Comandancia de la Guardia Civil en Almería, con el que coincidí en el dentista, me comentó que era raro; que antes no pasaba, sobre todo por la dificultad y lo abrupto de los roquedales y de la misma costa. Me dijo que era un punto de llegada inusual por la estrechez de la entrada en las calas y por lo alejado de otros puntos habituales del Poniente almeriense. “ La verdad – me dijo- vienen todos derechos salvando las piedras y de noche. Este hecho insólito sólo se puede explicar de tres maneras: o como si hubieran estando toda la vida pescando allí, o como si existiera una carretera pintada en el agua con tiralíneas, o como si “alguien” amante y conocedor profundo del Arrecife le trazara en origen la singladura”.


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En Almería, en el Puente de la Inmaculada Constitución del 2006.





16 comentarios:

BARUK dijo...

A veces la realidad supera la ficción.

Alkaest dijo...

¡Carayu! Ahora me entero que existe éste blog y que aquí puedo leer tus "obras completas".
¡Maldita sea mi ignorancia informática! ¡La de cosas sabrosas que me he perdido durante tanto tiempo!

Salud y fraternidad.

Malvís dijo...

No perdiste nada, amigo, sino que fuí yo quien gané con tu visita, que me honra.
Y te diría aún más si no lo consideraras como impertinencia: que aquí, en la diversidad de esta fraga (ya que la real es tan próxima a tu lugar soñado de veraneo)nos complacería abrir un rinconcillo donde poner alguno de tus pensamientos que, a buen seguro, a muchos nos serviría de lección y consuelo.

Hasta cuando quieras...¡

SAlud y románico

Riviere dijo...

Estimado señor:
Debo confesarle que su relato me ha impresionado vivamente,por el tono de la historia,en mi opinión,rocambolesca y tragicómmica,y por la manera que se cuenta.
Reconozco a algunos de los protagonistas,y lamento el daño moral que les ha hecho el individuo que describe usted tan acertadamente.
Sujeto que muestra una capacidad depredadora,que haría palidecer a las más aventajadas rapaces peninsulares.
Lo cierto es que he pasado unos días con cara de bobo,pues si ya eran escasas mi fe y esperanza en la condición humana,los hechos relatados las han hecho aun más exiguas.
Siempre he preferido escarmentar antes en piel ajena que en la propia,"Abre el ojo,que asan carne!" me he dicho,es un aviso su historia que me pone en guardia ante alguna gente que vive sobre el país...

A su disposición quedo..

Reciba mis saludos y mejores deseos.

Malvís dijo...

Gracias, señor Riviere. Es muy considerado y me honra, no sólo el hecho de su lectura, sino que la misma haya podido despertar determinados sentimientos.

Sabe que quedo a la recíproca y nada me gustaria más que frecuentaran esta fraga virtual, no sólo con sus comentarios, sino con cualquier producción, pensamiento o relato que, le aseguro, será bien recibido.

Salud y románico

KALMA dijo...

Un relato mágico, esta bruja te dice que te fíes de los gemminis, son buena gente, jjjj. Aquí una nueva seguidora en escoba, un abrazo.

Aurum dijo...

Wow O.o he quedado algo anonadado tras ver cuantos quebraderos de cabeza puede cusar una misma persona y quanta mala folla, y perdon por la expresion, puede llegar a tener.

Estos Geminis... Broma broma, que son muy majos!

Pilar Moreno Wallace dijo...

¡Vaya historia! un relato estupendo que me atrajo hasta el final. Saludos.

Henri Ambossat dijo...

Gran relato y con mucha dosis de humor.

Anónimo dijo...

Apreciado Malvis: tu relato me ha traído a la mente algunos otros de ese llamado "realismo maravilloso" hispanoamericano, fascinante en la forma y escalofriante en el fondo. Y si, efectiva y desgraciadamente, he reconocido la parte real del mismo, ese personaje al que también confundí con amigo (y de cuyas garras, por suerte, escapé a tiempo) y algún otro. Compartimos, pues, sentimientos, aunque no sean las mismas experiencias, y mi sincero agradecimiento es por ello doble: el placer de la lectura que me has brindado y la confianza que has depositado en mí. Espero no defraudar esta última.
Larga vida a este blog.
Un afectuoso abrazo.

RIVIERE dijo...

Riviere no aprueba los comentarios anónimos.

Anónimo dijo...

Fui remitido a este artículo por su autor desde otro sitio y, ante la posibilidad de que mis palabras le comprometiesen de algún modo, he recurrido al anonimato. Como no está en mi ánimo causar ningún problema, ruego sea retirada mi intervención, ya que yo no puedo hacerlo.
Mis sinceras disculpas.

RIVIERE dijo...

Perdone si es tan amable mis modos, anónimo remitente, tan sólo expreso mi punto de vista y creo entender el suyo aunque no lo comparta, no soy nadie aquí para reprocharle su actitud.
No se lleve por favor una falsa idea de mi comentario que nace de la sinceridad, no de la acritud.

Malvís dijo...

Anónimo, como deja aclarado en su comentario ( que profundamente agradezco)se limita a preservar su identidad para evitar comprometerme. Eso es un rasgo que aprecio y le honra. Porque no olvidemos que, como bien dice, no sólo reconoce en el relato al personaje y ha compartido sentimientos, aunque no experiencias. Y es que, estamos ante un corsario de conciencias, un pirata de almas y un bucanero de sudor ajeno con quien, lejos de enfrentarse,hay que divertirse. Retratarlo, revivir la figura del "pícaro" y exponerla para disfrutar con ella diseccionándola.
Por eso, hasta ahora, ya la tenemos cojo de una pierna, sin un huevo, calvo, con soriasis y con un signum magister grabado en el lomo.

"Este" Anónimo ha entrado en la Fraga de Malvís y sólo saldrá de ella con sus comentarios, cuando él lo decida.

Un abrazo y bienvenido

pallaferro dijo...

Tu tranqui, queriddo "anónimo", que nuestro Rivi es de gatillo rápido y dispara a todo lo que se mueve, jejeje!!!

Pero nada, que estamos encantados que estés por aquí.

Un abrazo,

Anónimo dijo...

Gracias a todos; me quitáis un gran peso de encima, pues lo cierto es que hace mucho tiempo soy vuestro secreto (mejor que anónimo) admirador y temía haber empezado con mal pie al empezar a presentarme.

Felices (y divertidos) sueños.


Publicación 2006
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