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domingo, 20 de junio de 2010

REENCUENTROS

PRIMER REENCUENTRO: Plasencia- Jarandilla de la Vera. (Comunidad Extremeña)


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Atravesé el puente mirando, de reojo, al río Jerte. De repente, el coche tomó la ascensión de una calle más bien estrecha y en el primer codo, a la derecha, me apareció la Puerta de Coria en toda su majestuosidad. Antes de adentrarme, reduje la velocidad y, casi al ralentí, comprobé que los retrovisores laterales del exterior no quedaran afectados por la angostura de las jambas pétreas del arco por el que se accedía a una tortuosa vía empedrada escrupulosamente limpia. Después, todo resultó relativamente fácil. A sólo unos metros, una señal rectangular que contenía en su interior el inefable triángulo - de base interrumpida y jalonado en sus vértices con los círculos que le confieren cierto aire de gorro de arlequín- indicaba, con el extremo en forma de flecha, que me encontraba en la dirección correcta:

Ascendiendo el último repecho que separa la Plaza de San Nicolás de la torre a través de la que se accede a la zona monumental de la ciudad, un giro de noventa grados y, apenas veinticinco metros de calzada empedrada, me enfrentan a un recinto conventual que no tardo en catalogar de estilo gótico tardío no exento de algún elemento renacentista.

Las cigüeñas son testigos mudos de mi torpe maniobra de aparcamiento, en batería, bajo el borbotón de margaritas que forman torrente por las paredes de la vetusta fachada del Convento de San Vicente Ferrer. Atravesé, con decisión, la puerta de madera de la que otrora fuera mansión de don Alvaro de Zúñiga y, tras toparme con la modernidad distorsionante de todo el recinto, representada por una puerta automática accionada por células fotoeléctricas, contemplo la placa metálica que inmortaliza la inauguración del Parador.

-¡ Jesús! – no pude dejar de exclamar -. Ni Fraga, ni Sánchez Bella ni ningún titular de Turismo. Ahora corta la cinta el mismo Ministro que corta el “bacalao” económico. Hasta las paredes de esta aljama y sinagoga han llegado los vientos del liberalismo económico.

Recorrí la distancia que me separaba del mostrador de la Recepción donde el empleado, ajeno a mi observación, luchaba tenazmente con la centralita telefónica encabritada y se deshacía en disculpas tras lamentar su previa negativa.

- Parador de Plasencia, le habla Juan Miguel. No, no. Lo siento. Ni doble ni individual. Lo siento, estamos completos hasta finales de Mayo. Gracias, lo lamento señor. Adiós, buenos días.

- Buenos días, señora. Dígame. ¿ En qué puedo servirle?- me espetó mientras con la palma de su mano derecha ahogaba el micrófono del auricular telefónico para retener la llamada entrante de la que, sin duda, iba a ser destinataria de su próxima negativa, cortésmente lamentada.

- Soy Mª Victoria Prieto. Me están esperando – respondí, mientras mi sonrisa socarrona me delataba, dejando traslucir el error que había cometido mi interlocutor al suponer que tenía ante sí a otra víctima de sus rechazos de admisión hospedera.

- Sí. Por favor, a la izquierda, siga el pasillo y luego a la derecha. En la Sala Capitular.

Abandoné la estancia y me adentré en un singular claustro con artesonado y esgrafiados, quedando anonadada ante la singular bóveda de crucería que apareció ante mis ojos. Perpleja estaba ante tanta belleza cuando una voz me sacó de mi abstracción.

- Poco más del año hace de su inauguración y de milagro pude conseguir habitación. ¡ Y a finales de marzo!. Todo un prodigio, únicamente reservado a los titulares de la tarjeta Amigos de Paradores.

Allí estaba. Sencillamente, majestuosa. Como recién sacada de una películas de Fellini, descendía con cierto porte regio la imponente escalera al aire que hacía realzar aquel portento de arquitectura medieval, como si su autor hubiera pensado en ella con ocasión de su construcción.

- He tomado la 220 – prosiguió mientras bajaba los peldaños con aire de estar representando el papel de una doña Leonor de Pimentel actualizada. No tiene vistas a la vieja muralla, pero el patio interior le da más luminosidad. Además – añadió -, sólo pude reservar una noche. ¡ Si al menos hubiera podido lograr otra más!, pero a veces pienso que el personal de la Central de reservas está expresamente adiestrado para burlar, de ese modo tan sutil, las increíbles ofertas del Especial 2 Noches. ¡ Y más si intuyen por el timbre de la voz que no has cruzado la frontera de tener cumplidos los requisitos para la de Días Dorados! – remató con tono de inefable coquetería femenina mientras, inmóvil, con sus brazos abiertos, me incitaba a un caluroso abrazo, desde el último escalón.

Nunca llegué a confesarle que aquella aparición suya, bajando cadenciosamente la escalera, con su traje pantalón Mani de color rosa pastel complementado con baguette de Balenciaga de cuya asidera prendía un pañuelo de seda rosa asalmonado a juego con sus zapatos de medio tacón, me pareció sacada del más suntuoso reportaje del Hola.

Tras instalar mi ligero equipaje en la amplia habitación con doble cama provistas de dosel, mi compañera de habitación me puso en situación sobre la historia del origen de las paredes de aquel confortable recinto. Entendía que ser titular de la tarjeta “ Amigos de Paradores” la obligaba a un conocimiento profundo y erudito del origen e historia de cuantos visitaba, así como de extenderlo y propagar sus excelencias como si hubiese tomado voto de proselitismo. Por eso, fue tan sólo hasta que me hubo explicado con toda suerte de detalles el milagro operado por el recién canonizado santo, a quien se había encomendado el salvamento de Juanito de Zúñiga, cuando accedió a bajar al refectorio, desoyendo, hasta entonces, el indiscreto concierto de intestinos que delataba mi frugal desayuno ingerido seis horas antes.

Desde la mesa, situada junto a las puertas abatibles de madera por la que los camareros accedían en un ir y venir frenético a la cocina, gozaba de un lugar de privilegio para observar el amplio salón del refectorio cuya sobriedad quedaba realzada por el friso de azulejería talaverana del siglo XVI. Mientras, empleados ataviados con el traje típico de la comarca, nos daban la bienvenida con sendas copas de fino, al tiempo que nos brindaban las cartas. Fue entonces cuando, sin dejar de mirar la relación de viandas, inquirió:

- ¿ Y Carlos, sabes que has venido?.
- No – respondí. Cree que asisto a un Seminario sobre Osteopatía. Además - añadí, como intentando justificar mi proceder -, esto es algo que sólo tiene que ver con nuestros sentimientos y a nadie más incumbe – sentencié, haciendo especial hincapié en el posesivo.
- Justo – asintió ella al tiempo que retiraba la carta hasta ese punto indiscreto donde la incipiente presbicia delata la tozudez femenina rebelde a usar las bifocales. José Manuel – prosiguió -, supone que estoy en unas Jornadas de estudio del Anteproyecto de Ley para la Reforma de la liberalización sobre el establecimiento de oficinas de farmacia – añadió en solidaridad a mi actuar como si quisiera trasladarme su complicidad .
- Fíjate- añadí -, él que siempre me ha pedido que le acompañase en sus viajes y, sin embargo, para una vez que viajo lo hago a escondidas suyas.
- Deberías aprovechar cualquier ocasión para viajar. Haz como yo. En el fondo, pienso que es lo mejor de la vida. Lo único que da sentido a nuestra rutinaria existencia.
- No, si a mí gustarme, me gusta como a la que más – respondí. Pero primero con los niños tan pequeños y tan seguidos; luego, acabar con los estudios interrumpidos por mi precoz maternidad; después montar el negocio y, además... que tampoco hemos tenido nunca una situación económica para tirar cohetes. Lo tuyo es diferente. Siempre has estado bien económicamente y no has sabido de privaciones ni de preocupaciones de hijos.
- Pues deseo que puedas comprobar, ahora, todo lo que te has perdido.
- Eso fue, exactamente, lo primero que pensé al entrar en este precioso Parador. Cuánto me he podido acordar de las palabras de mi marido: ”Esa gente de los Paradores de Turismo, no contentos con haberse quedado con los castillos y conventos más bellos de toda España, ha tenido el gusto de saber escoger, también, aquellos parajes más impresionantes de nuestra geografía para emplazarlos. Merece la pena conocer la Red. Sirve para propiciar el reencuentro con nuestra historia, para aprender amar nuestra maravillosa tierra, su cultura y su riqueza gastronómica, al tiempo que la confortabilidad de sus instalaciones y su apacible ambiente, ayuda a encontrar nuestra propia paz interior”.
- Me alegro que te guste. Bueno, querida, si sigues siendo adicta al pescado, permíteme que te recomiende las tencas – dijo dando por zanjado el tema.

Al punto, acercóse el jefe de sala y, nota en mano, interrogó educadamente sobre nuestras pretensiones gastronómicas.
- ¿Eligieron ya las señoras?.
-
Sí. Ponga en el centro un surtido de jamón y chacinas de cerdo ibérico de D.O. Dehesa de Extremadura, para compartir.
- ¿ Puedo sugerirle un surtido de matanza verata?- se atrevió a terciar el maître, dando réplica a la que pronto apreció como una elección propia de una perfecta gourmet como la que había sido formulada por mi compañera de mesa y mantel.
- Depende de lo que lleve- me atreví a intervenir, sospechando que ese momento había marcado el fatal golpe a mi dieta de las 1.500 calorías.
- Consiste en una tabla con porción de lomo, tasajos, morcillas calabaceras, patateras, chorizos, cortezas, costillas en adobo, taranga y mondonga que, aderezados con nuestro “ Pimentón de la Vera”, ha sido secado al sol.
- Hecho, buen hombre – decidió la otra comensal a quien la línea de su figura corporal dejó de importarle el mismo día que el de la concepción. Después – ordenó -, unas tencas entalegadas para ella y yo intentaré dar cuenta de una caldereta de cordero.
- ¿ Para beber?- insistió el hombre sin dejar de apuntar la comanda, agasajado por haber impuesto su sugerencia.
- Una jarrita de vino tinto de Pitarra – remató al tiempo que rechazaba con complaciente autosuficiencia una exquisita carta de vinos que agrupaba, ordenadamente, D.O de Rioja, Ribera del Duero, Priorat y Somontanos junto con extremeños de Dehesa Bermeja y Lar de Lares, entre otros. Después, como queriendo justificar su elección ante el maître que oficiaba de jefe de ceremonias, añadió:
- Siempre he opinado que en la mesa como en el vestir, lo importante es encontrar el contraste adecuado para no romper la armonía. Es como meter a un traje de Gianfranco Ferre un bonito cuerpo comprado en Zara. Todo se reduce a demostrar gusto en la elección.

Tras indicarle el número de habitación a la que debería cargar el importe, acabaron los prolegómenos y la excursión gastronómica, y comenzó el festín. En su transcurso, y aderezado por los elogios que dedicó a la preparación de los platos y algún que otro aventurado pronóstico sobre sus componentes condimentarios, me fue desgranando el motivo de su cita que, hasta entonces, me había mantenido en secreto, sabiendo, como sólo ella sabía, que mi malsana curiosidad se convertiría en su mejor aliado para conseguir su propósito de acudir a la reunión por ella convocada.

- Te preguntarás por qué hoy y aquí, en Plasencia. Pues bien. Hace cosa de un mes, recibí esta carta del Director de este mismo Parador en la que me invitaba a visitar este lugar con el fin de hacerme entrega, personalmente, de un encargo que le había sido confiado. Así que pensé que nadie mejor que tú, para compartir este momento. Por eso te hice venir.
- ¿ Y...? – balbuceé mientras rebañaba el sofrito de pimientos que guarnecía mi tenca y el trozo de pan se adentraba en los confines del plato como si de explorar tierras vírgenes se tratara .
- Pues, hija, que me quedé con la miel en los labios. Cuando, al llegar, pregunté por el Director del Parador, el recepcionista se encargó de comunicarme que había dejado dicho que me reuniera con él en Jarandilla de la Vera, donde había debido trasladarse para atender asuntos de suma urgencia.
- ¿Qué piensas hacer? – pregunté.
- Ir en su busca, no te quepa la menor duda. No se hacen casi mil doscientos kilómetros para jugar al corre-que-te pillo.
- ¿ Tomarán postre las señoras, café tal vez? – preguntó una joven de ojos grandes ataviada con falda negra sobre sayo rojo moteado.
- Yo tomaré pudding de castañas y a ti te recomendaría que no dejaras de probar unos rapápalos en leche con canela.

Su recomendación tomó forma de comanda y tras dos chupitos de kirch de El Cabrero, abandonamos el refectorio y el rígido plan de las 1.500 calorías.

La tarde resultó electrizante. Sin apenas tiempo de digerir las fastuosas viandas de la tierra que nos habían servido en el almuerzo, tomamos rumbo a Jarandilla por la N-110.
- Otros accesos son más cómodos, querida, pero ninguno tan espectacular como éste – dijo en el momento que encaminaba el vehículo que conducía, por una carretera que serpenteaba el curso caprichoso del río Jerte.

De repente, tomó un desvío a la derecha y comenzó el ascenso interminable de una minirruta tan empinada como fascinante. En el ascenso, la vegetación que flanquea la tortuosa carretera, comienza a espesarse y los bosques de castaños y robles se hacen más y más tupidos. Desde las alturas, la panorámica se hace grandiosa. A un lado, el valle del Jerte. En la vertiente contraria, el del Tiétar con todo su espléndida magnificencia. Cercanos a coronar el Piornal, la estación primaveral eleva a la categoría de arte la expresión de la naturaleza, y la policromía estalla como una sinfonía de color. Al blanco puro y aromático de los cerezos, le sucede, en forma escalonada, el color plomizo del roble y, junto a los cauces, el suave amarillo de las choperas que dejan entrever el azul de las aguas.

Pese a lo tortuoso del camino, dirigía el coche con la soltura de quien es perfecta conocedora de lo que pisa y hasta mis miedos eran contrarrestados por su animosa conversación, trufada con convenientes observaciones sobre el paraje que se proponía atravesar. Me relataba historias de cuantos pueblos habían atravesado aquellos valles a lo largo de los tiempos e intentaba justificar su asentamiento, ya en el culto a la abundancia y pureza de sus aguas, en la fertilidad de sus tierras o en lo abrupto de su orografía defensiva. ¡ Hasta el que fue el hombre más poderoso del mundo conocido, lo eligió como destino! – había dicho mientras atravesábamos una zona de increíble belleza por sus gargantas y ollas de aguas cristalinas, relativamente cercanas al Monasterio de Yuste.

Era de atardecida, cuando detuvo el coche en la explanada situada bajo la torre del Castillo de los Condes de Oropesa. Ascendimos la escalera adosada a la rampa y penetramos, bajo el arco de piedra que sostiene el sobrio escudo imperial, en recepción.

- Buenas tardes, ¿ el Sr. Director del Parador...?.
- Buenas tardes – respondió el recepcionista al tiempo que se incorporaba desde detrás del mostrador -. Disculpen, don Tomás no se encuentras aquí. Lleva varios días de baja por enfermedad. Si en algo puedo serles útil.

El cielo y las bóvedas del recinto parecieron venírsele encima. Tras ganar resuello, dirigí una mirada a mi compañera de viaje quien, reponiéndose de la contrariedad, acertó a contestar:
- No, gracias. Es un asunto de carácter personal – añadió al tiempo que buscaba la salida.

De repente, como si un sexto sentido actuara de resorte, volvió sobre sus pasos y preguntó:
- Entonces, en ausencia de Director ¿nadie asume la función de dirigir este Parador?.
- Naturalmente, señora. Provisionalmente nos visita dos días por semana don Jesús, el Director del Parador de Plasencia.
- Avísele urgentemente, por favor. Dígale que la Sra. de Carrillo desea verle y que ha venido expresamente atendiendo a su carta.
- Si son tan amables, giren a la derecha y, cuando salgan al patio verán una escalera a su lado izquierdo que conduce al bar. En unos minutos se reunirá con ustedes don Jesús.


Accedimos a un magnífico patio lleno de plantas y de enredaderas que trepan a la altura de la segunda planta del edificio como queriendo mirar por los balcones de las habitaciones y que, carente de ornatos, presenta la sencilla sobriedad que únicamente confiere la piedra. Al frente, tres salones de estar, uno de ellos con chimenea y pulcramente adornado con cerámica del Puente del Arzobispo. A mano derecha, la puerta por la que se accede a la zona de habitaciones que, en otro tiempo, tuvieron el enorme privilegio de alojar a Carlos V ó a Alfonso XIII.

Apenas hubimos tomado asiento junto a la armadura que se encuentra colocada al lado izquierdo de la enorme chimenea de piedra que preside la sala y nos hallábamos admirando el artesonado de madera y los estandartes que cuelgan de las paredes del salón, cuando del comedor contiguo apareció un hombre de mediana edad, no muy alto, de calvicie incipiente que, vestido de riguroso traje negro y camisa crema sobre la que resaltaba corbata roja de fantasía, con exquisitos modales, se dirigió hacia donde nos encontrábamos y, mano extendida, efectuó las presentaciones:

- Buenas tardes, soy Jesús Atienza. A sus pies señoras. Siento que hayan tenido que hacer tan largo viaje, pero los imponderables...

Esbozamos una convencional sonrisa y la conversación se reanudó mientras volvíamos a ocupar nuestros asientos en torno a la amplia mesa de madera sobre la que fue servido, con premura, un aperitivo solicitado a sus instancias.

- Verán, señoras. De haber sabido las actuales circunstancias, quizá no habría enviado la carta. Se lo digo sinceramente. Lo que ocurre es que ¡ quién iba a imaginar lo que me ha pasado!. Les refiero esto, porque hace cosa de dos meses y estando destinado como Jefe de Administración del Parador de Turismo de Puerto Lumbreras, en Murcia, apareció en el buzón de sugerencias un sobre cerrado que iba dirigido a la atención de la Sra. de Carrillo. Farmacia. Riaza (Segovia). Al principio, el director depositó el sobre en recepción con el encargo de que fuera entregado al cliente que respondiera a dicha identidad que, seguramente, lo reclamaría al echar de menos su entrega por entender que sólo un error o un despiste podía motivar su aparición en el buzón de sugerencias en lugar de en el correspondiente casillero de habitaciones. Después, como transcurrieran los días y nadie lo reclamaba ni tampoco la relación de visitantes ni de reservas permitiera identificar a su destinataria, de recepción pasó al departamento de administración con encargo de hacer las averiguaciones necesarias que permitieran su envío, por correo, tan pronto se conociera el domicilio correcto al cual debería ser remitido y que, a la luz del dato que figuraba en el sobre, nos permitía ser optimistas sobre la escasa dificultad que podía ofrecer obtener la dirección de la oficina de farmacia de una localidad segoviana no muy populosa.
- Debo confesarle que eso fue lo que más me sorprendió. Cómo había dado conmigo. Pero ahora que lo cuenta, lo tengo claro.
- Efectivamente. Y eso es lo que debí de haber hecho, si los acontecimientos no se hubiesen precipitado. Me explico. A los pocos días, recibí una carta de la Secretaría de Estado de Comercio y Turismo del Ministerio de Economía por la que se me promovía a Director del Parador de Plasencia y lo de después... ya casi lo pueden imaginar.
- ¿ La Secretaría de Estado del Ministerio de Economía?
– interrumpí.
- Sí. Es de donde depende nuestra Dirección General – me contestó, sin apercibirse del sofoco bochornoso que me recorría el rostro y que delataba lo que ahora comprendía como una estúpida observación lanzada ante la placa situada a la entrada del Parador de Plasencia, fruto de mi imperdonable ignorancia.
- No sabe lo que nos alegramos – terció, oportunamente, Lina.
- Enhorabuena – abundé.
- Gracias, gracias. En fin – prosiguió -, que con tanto jaleo y preparativo hasta hacerme un poco con las riendas y aterrizar en este puesto, el santo se me fue al cielo. Así que, cuando a primeros de este mes y al poner en orden mis últimos papeles me encontré con el sobre, sentí el remordimiento de no haber cumplido el último encargo recibido al frente de la Administración de Puerto Lumbreras y, sólo de pensar que podría tratarse de algo urgente, creí morirme de agobio y de una inexcusable falta de profesionalidad. Después, busqué su dirección, señora, y le envié la carta que ya conoce.
- Sí, pero Ud. me citaba en Plasencia y a punto estuve de darme el viaje en balde.
- Mil perdones de nuevo. No sé si le han contado a ustedes que el titular de la dirección de Jarandilla está enfermo y con la Exposición Carolus, no hay más remedio que atender los preparativos. Así que...En fín, señora, aquí tiene el famoso sobre – y sacando un sobre de tamaño cuartilla de una carpeta de sobremesa, me hizo su entrega, con toda la ceremonia propia del mensajero real que acaba de dar por cumplida su importante misión.

Fue mi primer impulso rasgar el sobre recién entregado y ver su contenido; pero los modales de que hacía gala aquel hombre y el hecho de no ser yo la destinataria, me impidieron revelar la impaciencia que me corroía el espíritu mientras observaba cómo el sobre quedaba depositado, sobre la mesa, junto al vaso de Martini, casi vacío.

Habíamos entrado en el terreno de lo privado para preguntar a nuestro contertulio sobre su pueblo de origen que lo delataba por su acento andaluz, su carrera profesional y, de ahí, pasado a las alabanzas sobre su meteórico ascenso a un puesto de tanta responsabilidad “pese a su edad”, cuando nuestra ya distendida conversación fue interrumpida por el mismo empleado de recepción que nos atendiera a nuestra llegada quien, aproximándose a toda prisa, carraspeó diciendo:
- Perdón. Don Jesús, el señor Comisario de la Exposición ha llegado. Le espera en recepción.
- Si me disculpan, señoras. No saben cuánto lo lamento, pero el deber me llama. Una vez clausurada en Toledo, ahora comienza el periplo del V Centenario del Emperador en tierras extremeñas de Jarandilla y Yuste. Por cierto ¿ se quedarán con nosotros esta noche?.


Y sin dar tiempo a obtener nuestra respuesta, abandonó la estancia.

Cuando salíamos, el tranquilo patio de armas que apenas una hora antes habíamos atravesado, era ahora un auténtico zoco. Una legión de empleados con mono azul se movían, frenéticos, entre grandes embalajes de madera de los que extraía toda clase de objetos, armaduras, relojes, arcones y estandartes. Al fondo, en la sala decorada con objetos de cerámica se podía ver, a través de la ventana que da al patio, a un don Jesús efusivo enfrentado a tres hombres de traje azul marino y pelo engominado.

A medida que la tibia tarde del inminente abril se extingue, el frescor del Río Tiétar se extiende agradablemente por toda la vega; los mosquitos y las típulas se mezclan en sus vuelos inestables con las mariposas que aprovechan las últimas horas de luz libando las flores que, copiosamente, cubren todos los rincones del campo. Lentamente los sonidos de las sombras, sustituyen a los del día, y el reclamo gárrulo de los críalos, la estrofa de la abubilla y la cadenciosa llamada del cuco, el zumbido de las moscardas y el vuelo brillante de los escarabajos, se troca por el ulular de los mochuelos, el aflautado reclamo del autillo, el rasgueo de los grillos, el zigzagueo de los pavones nocturnos y los chasqueos metálicos de los murciélagos que, recién abandonado el letargo invernal, se entregan a una interminable persecución de polillas, mosquitos y efímeras, yendo y viniendo, apresurados, porque están zurciendo las sombras dispersas para que no quede claridad ni rendija en el traje negro de la noche.


En esta hora incierta entre el día y la noche cuando los cuervos y palomas torcaces llegan desde muy lejos a reposar entre la fronda, los árboles quedan quietos y los animalillos regresan a sus guaridas, abandonamos Jarandilla de la Vera. A la mañana siguiente, nos despedimos y, traspasada la Puerta de Trujillo cada vehículo tomaba caminos diferentes.

2 comentarios:

Fiz dijo...

Oye, Victoria.... ¿Y el sobre? ¿Qué contiene el sobre?

!Venga, venga! !Sígueme contando!

Victoria dijo...

Oye Fiz, es muy tarde ya. Mejor vete a dormir y mañana te cuento, vale?

Venga. Bona nit


Publicación 2006
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