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sábado, 9 de agosto de 2008

Martín "El laureado"



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.En Zécanbla, como en cualquier pueblecito, existen tres figuras indispensables: un tonto, un erudito y un héroe local.

El papel de héroe local lo desempeñaba, por designación histórica y popular, el hombre de las tres Emes: Martín Muñoz Moya.

Procedente de modesta y honrada familia, Martín había nacido en el pueblo el día 1 de Julio de 1.819, siendo sus padres Juan Ramón y María Francisca. El día 14 de febrero de 1.838, con dieciocho años desertó del arado al que su padre lo había uncido cuatro años antes y, sentó plaza en Jaén para servir como voluntario en el ejército por tiempo de dos años, siendo destinado al Regimiento Provincial de Sevilla, en el que ingresó el día 2 de febrero del mismo año.

Sus padres nunca le perdonaron aquella deserción agraria, porque ninguno de sus antepasados había rebasado los límites del pueblo donde nacieron, y porque la falta de los fuertes brazos del mocetón, obligaron a Juan Ramón a tener que labrar personalmente las escasas tierras que había heredado su esposa y que constituían el patrimonio familiar. Era la primera vez que en la familia de Juan Ramón alguien había accedido a la propiedad de unos olivares, lo que le relevaba de la tradicional función de peón por cuenta ajena y de la vergonzante rutina de colocarse en el Pabellón de la Era Nueva todos los días desde las 8 de la mañana hasta las 12 del mediodía por si era reclutado como mano de obra para la faena de alguna finca de los Señores de Arranz.

Ahora, Juan Ramón, se levantaba cada día y tras “matar el gusanillo” con dos copas de anís Las Cadenas en la vecina tienda de María la de Montesinos, emparejaba la bestia y, tras apretar el cincho de la albarda y sobreponer el serón de esparto, arreaba la recua hacia sus propiedades para hacer las labores propias de la estación. En los meses de Diciembre y Enero, se le veía ufano subido a horcajadas entre los dos sacos de aceitunas atados a lomos de la mula camino de la Cooperativa, pestuga en mano mientras con la otra sujetaba su perenne Caldo de Gallina. En los meses siguientes y como si la vida siguiera la monótona parsimonia de la gigantesca noria, podía vérsele cargando el hacha para despestugar y cortar; la sulfatadora de mochila para curar la Mosca Mediterránea, el arado, la grada con sus pinchos de hierro, el trillo... En la época de recolección, los cabujones del serón venían repletos con cestos de mimbre conteniendo los productos de su huerta que servía no sólo para el consumo diario sino para que Juana Francisca preparara en el lebrillo los excedentes de la cosecha y comenzara a embotellarlos en conserva para guardar en la cámara las provisiones que servirían de sustento en el crudo invierno cuando toda la Naturaleza duerme en Zécambla.

Por eso, Juan Ramón nunca entendió ni perdonó la decisión de su hijo Martín, cuando éste una noche, tras asearse en la palangana de hojalata como ritual de abluciones antes de dirigirse a la Taberna de Perrete para hacer la ligailla, balbuceó:

- Padre, yo no seré un destripa terrones. A mí lo que me tiran son las armas y mañana partiré a probar suerte en el ejército. Seré militar.

Inútiles resultaron cuantas amenazas, primero, y consejos después, salieron de la boca de Juan Ramón con los que intentaban persuadir a su hijo de la bondad de la vida del campesino; y más ahora, que él no estaría obligado a echar peonadas para otros porque podrían vivir y ganar el sustento con el patrimonio y pequeña hacienda que heredó su madre. Todo sería, dentro de unos años, para él y con ese patrimonio podría mantener una familia el día en que escogiese alguna buena moza de las que en el pueblo había en edad casadera. Probablemente y si elegía con cuidado, también su futura esposa pudiera aportar algunas matas de oliva con lo que el patrimonio aumentaría y le aseguraría una vida con futuro sin tener que depender de nadie. Así, los días de lluvia holgaría entre migas de harina recién cocidas al fuego de la chimenea de su propia casa y partida de dominó en el Casino.

Mientras apretaba la correa de la maleta de madera, Juana Francisca recordaba las historias contadas por su abuela materna que refería que un pariente lejano había servido en la Guerra de Cuba, donde llegó a ser Sargento de la guarnición de Guantánamo y en ellas les pareció encontrar la repentina vocación de Martín. Seguramente llevaría el ardor guerrero en la sangre, y ya se sabe que la sangre tira mucho.

Instruído en el manejo de las armas, Martín salió con su regimiento el día 18 de julio del mismo año de su incorporación de operaciones por las provincias de Ciudad Real y Toledo, encontrándose en las acciones sostenidas contra los carlistas en Villarrubia y Malagón en los días 23 y 24, respectivamente, continuando de operaciones militares hasta el mes de Diciembre, que pasó con su Regimiento a Guadalajara.

Las escasas noticias que a sus padres le llegaban, confirmaban que Martín había estado de guarnición en Alcolea y Sigüenza hasta el día 1 de Julio de 1.839 en que partió de operaciones, nuevamente, por esta última provincia. También se conoció cómo el día 21 de Enero de 1.840 se halló en la acción de Alcaraz y el día 24 de Abril de aquel mismo año, tomó parte en la librada en las inmediaciones del Puerto de San Pedro.

Sin embargo, fue durante las Ferias y Fiestas de 1.840 cuando comenzó la verdadera historia de Martín, con la que ascendería al trono de la fama local y que, con el tiempo sería la causa de su nombramiento de hijo laureado y predilecto de la Villa de Zécanbla.

Estaban celebrándose las fiestas locales cuando el día 10 de Mayo, llegó a Zécanbla la terrible noticia: La Capitanía General del Regimiento de Sevilla comunicaba a Juan Ramón y a Juana Francisca que, habiendo tomado parte Martín en la operación librada en Valdeolivas, había sido hecho prisionero de guerra y conducido en calidad de tal por la facción del cabecilla Palacios.

Martín permaneció prisionero hasta el día 15 de Junio siguiente en que, batida la partida del cabecilla Palacios en Olmedilla por el Excmo. Sr. Mariscal de Campo don Manuel de la Concha, logró fugarse en el acto de ser fusilado por sus enemigos, presentándose el mismo día a sus jefes, por cuyo motivo fue condecorado con la Cruz de plata de la Orden Nacional de San Fernando de Primera Clase, continuando de operaciones por aquella región hasta el día 1 de septiembre, que pasó al Distrito de Andalucía y tres meses después a la guarnición de Cádiz.

La hazaña de Martín corrió por el pueblo como reguero de pólvora en el día de San Francisco. El Alcalde y la Corporación en Pleno, celebraron reunión con asistencia de todos los vecinos entre los que figuraban los padres de Martín como invitados especiales y como tales se les permitió ocupar sendas sillas en lo alto del estrado a la derecha de la mesa de la Alcaldía-Presidencia.

El acto tenía por objeto someter a votación plenaria la conveniencia de nombrar hijo predilecto al vecino Martín Muñoz Moya, por sus notables méritos contraídos en servicio a la Patria.

Abierto el acto y explicada su finalidad, el Alcalde concedió el uso de la palabra a Ildefonso Aguayo, erudito local que desde que enviudara, había dedicado sus días a la noble tarea de leer e interpretar los escasos legajos históricos que el Ayuntamiento poseía como mudos testigos de su historia, lo que pronto lo convirtió en asesor imprescindible de la Corporación Municipal en aras a preservar la pureza de la tradición. No había función, acto o festejo en que no se le tomara audiencia o parecer sobre cómo, cuándo o dónde era más acertado o conveniente desarrollarlo, según constaba en la tradición manuscrita. Su fama aumentó, cuando el notario del pueblo vecino le solicitó el favor de utilizar sus servicios como corresponsal de notaría, de modo que, concentrando todas las necesidades de los vecinos en un único día, avisara al fedatario cuando hubiese asuntos en los que fuera menester su servicio al objeto de poder desplazarse un único día a la localidad y así despachar todos los documentos públicos de una sóla tacada, haciéndo su desplazamiento en jamelgo lo menos gravoso para sus posaderas y lo más oneroso para sus bolsillos.

Aguayo aclaró su voz de barítono decadente y, tras carraspear para concentrar la atención de sus convecinos, principió:

- Queridos vecinos, nos hemos reunido aquí en torno a la figura insigne de un héroe: nuestro amigo y vecino Martín Muñoz Moreno. Y digo héroe, porque pocos como él han merecido ser distinguidos con la Cruz de Plata de San Fernando.
- Para los que no lo sepáis – continuó-, la real y militar Orden de San Fernando, fue creada por las Cortes Generales en el año 1.811, y en el 1.815 fue modificada y confirmada por Fernando VII. De ahí su nombre -apostilló el conferenciante-
- Esta Orden tiene cinco clases de Cruces, de oro para los generales y oficiales y de plata para las clases subalternas del ejército. La Cruz tiene cuatro brazos iguales con dos puntas cada una y un glóbulo de oro en cada punta. En medio de la Cruz hay un escudo redondo en cuyo centro puede leerse: AL MERITO MILITAR; y en el reverso: EL REY Y LA PATRIA. Dentro del escudo está la esfinge de San Fernando con manto encarnado, esmaltada en las de oro y grabada en las de plata.

A continuación, tomó el uso de la palabra el Sr. Secretario del Ayuntamiento quien, desenrollando cuidadosamente una especie de pergamino, comenzó su lectura con la pompa y ceremonia que solo utilizaba en las escasas visitas del Gobernador.

- Sr. Alcalde-Presidente, Sr. Cura, Sres. Concejales y vecinos todos del pueblo de Zécanbla: Seguidamente y con la venia de la Ilustre Corporación Municipal, paso a dar lectura íntegra y literal de la Real Cédula por la que se concede al vecino de esta villa, don Martín Muñoz Moya, la Cruz de Plata de San Fernando.

Entonces, fijando sus diminutos ojillos en el papel que había comenzado a desenrollar, prosiguió:

- “ REAL CÉDULA.- Doña Isabel II por la gracia de Dios y por la Constitución de la Monarquía, Reina de las Españas y en su Real Nombre la Regencia Provisional del Reino: Por cuanto en consecuencia de lo prevenido en el Reglamento de 10 de Julio de 1.815, y atendiendo al mérito distinguido que vos, don Martín Muñoz Moya, soldado del Regimiento Provincial de Sevilla contrajisteis, pasándose a las filas leales en el acto de ser fusilado por los enemigos en cuyo poder os hallabais prisionero el día 15 de Junio del año 1.840.- He venido en nombraros Caballero de la Orden de Plata de Primera Clase de San Fernando.- Por lo tanto, mando a los Capitanes Generales de las Plazas y demás Jefes, Oficiales y soldados de los Ejércitos y Armada.- A los tribunales, Jueces, Autoridades, Intendentes y Comisarios de Guerra y a cualquier otra persona de todas clases fueros y condiciones que os hallen y tengan por tal Caballero de la Cruz de Plata de dicha Orden guardándoos todas las distinciones y prerrogativas que a esta gracia corresponden y os deben ser guardadas y así mismo mando que el Capitán General Gobernador en Jefe a quien corresponda en donde os halléis sirviendo, os ponga la expresada Cruz de Plata, con las formalidades designadas previo juramento que debéis prestar a la Constitución, si ya lo hubieseis hecho mediante la presente Real Cédula.- Dado en Palacio a 1 de Julio de 1.840.- El Duque de la Victoria, Presidente”.

Concluida la lectura entre aplausos, vítores y gritos de admiración al prócer y héroe local, se abrió debate sobre el título, cargo o puesto que habría de otorgársele a tan preclaro vecino, una vez que terminado el tiempo de su empeño en el Ejército, fuese baja por pase a expectación de licencia absoluta, por cumplido, y Muñoz regresase a su pueblo.

Todos los vecinos hicieron sus aportaciones y propuestas. Los había desde los que proponían concederle el cargo de administrador vitalicio de los pastos comunales de todos los montes públicos del término municipal, hasta la concesión de una recolecta municipal para la adquisición de cabezas de ganado con derecho a pastoreo. Al final, el Alcalde, queriendo premiar y distinguir al que tales lauros había alcanzado, propuso darle un cargo en el Ayuntamiento, pero encontrándose con la carencia absoluta de instrucción de Muñoz, se le concedió el de sereno.

Cuentan que el laureado Martín desempeñó dignamente el puesto de sereno del Ayuntamiento de Zécanbla hasta el año 1.874, siendo jubilado con el haber de 7,50 pesetas mensuales y que, como había adquirido alguna cultura por el roce con los escribientes del Ayuntamiento, se dedicó a la enseñanza de párvulos hasta su fallecimiento ocurrido el día 12 de Marzo de 1.890, a consecuencia de enteritis ulcerosa.








PPor Malvís.
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5 comentarios:

pallaferro dijo...

Curiosa historia que nos deja ver que la vida es una ruleta...

¿Està todavía vacante el puesto de sereno, o hay algún otro hijo de este pueblo (Olbeup ?) que pueda ser declarado héroe local por sus hazañas en la "guerra"?

Un saludo.

Malvís dijo...

Hola, amigo.

Pues según me cuentan, ya sólo está vacante el puesto de sacerdote, porque has de saber que los de este lugar, no tenemos cura.

pallaferro dijo...

Je,je... muy bueno.

Pero es que a mi me expulsaron del seminario... ¡cachins!

Malvís dijo...

Pues no sabes lo que te pierdes, porque la plaza lleva aparejada el derecho a misal y Rosario.

Anderea dijo...

¡Me la pido!


Publicación 2006
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