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jueves, 1 de enero de 2009

El Concierto de Año Nuevo (Cuento de Navidad para Paula)

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* Hoy que tú, Paula, ya no estás, ni Carmela, ni Valentín, saco a la luz este relato en la confianza de que, junto al tito Manuel y al bueno de Tomás, estéis viendo el Concierto Celestial


Ahora que estamos solos tú y yo. Ahora que, por unos breves instantes, has dejado de renegar de esa artritis que te atenaza las articulaciones de los pies y los brazos y te hacen sentir que “ no sirves para nada”; ahora, tita, quiero contarte un secreto: mi secreto.

Hace muchos años que he perdido mi juvenil intransigencia y hasta el bravo ardor con que solía defender mis opiniones y pareceres. Será la proximidad a esos cuarenta y diez años lo que ha descendido la vehemencia en mis postulados y que unos dan en llamar sabiduría, otros prudencia y los menos, aburguesamiento conformista. Pero sea como fuere, la verdad es que he aprendido a comprender que entre el blanco y el negro, existe una amplia gama de tonalidades grises y que nada es absolutamente verdadero ni falso, sino que existen nuestras verdades frente a las verdades de los demás.

Por eso, ahora soy, quizás, un poco más tolerante.

Pero eso no significa que haya renunciado a mis principios inmutables. Eso tampoco. Lo que quiero decirte, tita, es que me he visto en la necesidad de transigir, de tolerar, de adaptarme o de reciclarme – como ahora se dice- a las nuevas tendencias y modas. Eso no tiene ningún mérito por mi parte, sino que ha sido más bien fruto y logro de mis hijos. Sí. Como te lo digo. Estoy convencido que todos los padres de mi edad hemos adaptado nuestra mentalidad a los tiempos presentes por culpa o mérito de nuestros hijos. Sin ellos, ninguno de los de la generación pasada ayudaríamos en las tareas domésticas, ni integraríamos esa legión que forma cola en la charcutería del Spar los sábados por la mañana con la lista de la compra en mano. Ni toleraríamos las salidas de marcha de los fines de semana hasta llegar a casa a las tantas de la madrugada, ni la paga semanal, ni los vestidos de marca, ni tantas y tantas cosas...

No es producto ni de la televisión ni de los avances ni conquistas sociales del nuevo siglo. Son ellos, exclusivamente ellos, los hijos, los que nos han martilleado la cabeza con consignas uniformes aprendidas desde los patios de los colegios, hasta que han logrado hacernos pensar que se es más moderno, más joven y más “enrollao” mientras más te pliegues a sus caprichos y cedas en tu misión de desenvolver la vida de tu familia dentro de unos principios. Ahora, más que nunca, son ellos los verdaderos reyes de la casa. Todo se hace, se enfoca, se dirige y se desarrolla según sus propósitos, sus necesidades y sus deseos.

Sin embargo, tita, hay dos cosas en las que nunca han conseguido ni conseguirán hacerme ceder. Son esos dos pilares inmutables que me enraízan con lo que siempre fui y que me hacen sentir como la roca inaccesible que me enseñaron en mis juveniles años de internado en los Hermanos Maristas: El “ Sto inaccessa rupes” que reza bajo las tres violetas del símbolo anhelado de los antiguos alumnos.

Te cuento esto, porque a pesar de todos los envites, jamás consentí en comprarles una Vespino. Ese es mi primer principio que he logrado mantener inflexible.

Como tú ya sabes, todos pasan por esa época en que la posesión de una moto se convierte en su más preciado deseo y en el tormento de todas las sobremesas: “Es que a Fulanito ya se lo ha regalado su padre; que si a mi amigo Zetanito que saca peores notas se lo compraron para Navidad; que si soy el único de mis amigos que no lo tengo...”

Pero ahí, tengo que reconocer que he sido inflexible. Quizá el recuerdo de mi padre en su Lube roja por la curva sin peralte del Cerrillo de los Villares mientras mis amigos gritaban : “ ¡ Mira, las ruedas no tocan el suelo! y las muchas tardes pasadas en el Servicio de Urgencias de un monstruo hospitalario que dirigí y administré durante varios años, me curtieron en la convicción de que jamás compraría una moto a ninguno de mis hijos. Y eso, lo conseguí.

El otro asunto es más difícil. Conseguirlo me ha costado más tiempo y una lucha más denostada. Ese otro principio irrenunciable contra el que nadie ha podido, ha sido y es éste: ver la retransmisión televisada del Concierto de Año Nuevo.

Sí, tita. Porque para mí, el día primero de cada mes de Enero, nunca ha sido el inicio de un nuevo año, ni un día festivo de resaca por la Nochevieja anterior. No, no. Ese día era, ante todo, el día en que aseados y dispuestos, mi padre nos montaba en su Dauphine verde y tras encarar la Era de las Tontas y adentrarnos en La Trinchera, cruzábamos el Puerto y, entre parada y vomitera (¡ todavía los coches tienen ese olor nauseabundo!) llegábamos a Torres para felicitar al Tito Manuel.

Tú te afanabas en la cocina para prepararnos aquella sopa de picadillo con huevo cocido, las albóndigas y el pollo o el conejo que tenías reservado para la ocasión y que habías criado en el corral del patio de abajo. Entre preparativo y preparativo, tus impenitentes quejas de que algo no estaba lo dispuesto que tú hubieras querido porque María se olvidó y que la peluquera no pudo cogerte a tiempo y los pelos te los tuvo que repasar Doña Mari Paz.

Pero pasados estos prolegómenos (siempre iguales y, sin embargo, siempre distintos), todos quedábamos sentados en la mesa de camilla. ¿ Recuerdas?. Allí la presencia y la figura del Tito Manuel que comentaba sus problemas con la cuadrilla de aceituneros, la cosecha de la Sierra o las bodas que tenía contratadas en el local del cine. También allí conocí de la existencia de Bolsillones, su eterno rival, y aprendí a distinguir a qué bar podía o no entrar dependiendo no de la tapa, sino de la marca de cerveza que sirviese: El Alcázar no, El Aguila sí. (¡Y mira que es buena cerveza El Alcázar!, eh tita). Pero sobre todo aprendí una cosa: a escuchar el Concierto de Año Nuevo.

Resulta paradójico que para alguien que no es melómano y que tiene una oreja frente a la otra hasta el punto de que ni en mi juventud fui capaz de arrancar un arpegio de guitarra, ejerza una atracción tan irresistible las imágenes de la Sinfónica de Viena interpretando los Valses de Straus. Y así permanecíamos allí, juntos todos en la mesa de camilla hasta que tras la última y sempiterna Marcha ( sí, esa que todos acompañan dando palmadas), comenzaban los saltos de esquí desde trampolín. Y con ellos, se abría la veda. Los manjares que habías preparado con tanto esmero comenzaban a afluir a la mesa y junto con ellos, los proyectos de todos, nuestros estudios, las inminentes carreras, el futuro..., en fín, los sueños.

Después, el tito le “ echaba paja a la borrica” y tú le increpabas porque no nos atendía. ¿ Recuerdas?: “ - No me explico lo de este hombre. Tenerse que echar ahí teniendo una cama. Y, además, por un día que no dé la cabezada. ¡Vaya manera de atenderos!.

Un poco más tarde, tras la zozobra por si la viajera de Jaén había traído a tiempo los rollos de película en aquellas cajas de hojalata, por fín la función de cine: El último cuplé, Fanfán el Invencible, Marcelino Pan y Vino, Los Diez Mandamientos, Esa voz es una mina... ¡ Cómo me hubiera gustado ver cómo acababan!.

De nuevo al Dauphine verde (¡No temas, Manolo que por la noche no se marea nadie!), la subida del Puerto y el regate de alguna liebre que desperezaba la somnolencia de los pasajeros y... ¡ otro año!.

Por eso, tita, ahora tú si puedes comprender mi intolerancia y mi intransigencia en este punto. Por eso, ahora que va a comenzar un Nuevo Milenio, y aunque en aquella mesa de camilla y a su alrededor falten el Tito Manuel y el buenazo de Tomás, olvídate, aunque sea por un instante, de esas tus piernas “que no te sirven para nada” y cógete fuerte de las manos de María, de Carmela y de Valentín porque dentro de poco va a comenzar, otra vez para todos vosotros, el Concierto de Año Nuevo.

Mientras tanto, mi irrenunciable principio tomará forma de mando a distancia y mientras ellos duermen su cotillón, yo volveré a vibrar con el Danubio Azul.














Almería, Navidad de 2.000


9 comentarios:

Baruk dijo...

El primero de enero es uno de los días estrella del año, casi todo el mundo lo recuerda con simpatía, pues bajo el lema de “Año nuevo, vida nueva” es el día de mayor predisposición a querer mejorar lo que no nos gusta de nosotros mismos.


Yo también recuerdo el concierto de año nuevo surgiendo de los recuerdos de la infancia. De pequeña pasábamos ese día celebrándolo en casa de mis abuelos y aunque yo no me entretenía en verlo, siempre lo escuchaba de fondo y tengo la imagen de mis familiares sentados delante del televisor viendo el concierto y los valses que lo acompañan.

Era tradición familiar disfrutar de ese día en casa de mis abuelos, una casa de pueblo con otras casitas adosadas donde vivian el resto de mis tios y primos.

Ya no queda nada de esa casa, la gran urbe la absorbió y recicló, ya no hay casa en el campo, ya no hay corral con gallinas, ya no hay jaulas para los conejos, ya no hay lavadero donde nos bañábamos en el agua fría, tampoco existe el sótano donde se guardaba el carbón y lugar donde en nuestra imaginación residían los vampiros y demás monstruitos, el camino de tierra que la bordeaba se asfaltó y a su alrededor empezaron a crecer bloques de cemento en lugar de flores.

Ya no queda nada para revivir ese día, sólo recuerdos que reaparecen con más fuerza el día de Año Nuevo, en el preciso momento que por la televisión dan el concierto y el vals del Danubio Azul.

Malvís dijo...

Describes a la perfección el sentimiento nostálgico que inspiró esa vivencia en un día, hoy ya lejano.

Tampoco quedan las personas. Lo más importante. Hoy, de todo aquello, sólo queda María. Quizá el nudo en el que reside ese Cuento dedicado a Paula...

carmina dijo...

El mundo al que nos transportan los valses de Straus siempre es enriquecedor.
Enhorabuena, por vuestras vivencias.
Un beso, y feliz año nuevo para todos los amigos del Mundo de Malvís. carmina

PILARA dijo...

Es una tradición también en mi caso... y en mi casa, comenzar el Año Nuevo con el citado concierto.Me gustaba cuando lo dirigía Karajan,tenía una fuerza y un dominio tan armonioso y eficaz que me sobrecogía...Pasado el tiempo compruebo que Zubin Mehta también me gusta.
Me deslumbra la elegancia de la sala y la distinción de los espectadores, pienso en lo difícil que les habrá resultado conseguir unas entradas pagando unos precios astronómicos y me siento muy satisfecha viendolo desde la tranquilidad de mi hogar, escuchándolo tal vez tomando el desayuno en bata y zapatillas, todo un lujo al alcance de cualquiera que sepa apreciarlo.

Me encantan los valses y las polcas que por unos momentos te transportan a la Viena Imperial y te hacen bailar en hermosos palacios imaginarios y espero con ilusión la Marcha Radetzky que la escucho atentamente y pienso que es como una metáfora musical de la vida que pasa con distintos tempos pero siempre siguiendo su ritmo lleno de vitalidad e imparable dejandonos a los espectadores nuestro momento de intervención sólo acompañando con palmadas los acordes de la marcha inexorable de la existencia... que por otra parte me parece animosa e ilusionante.

Este año hay un nuevo director de orquesta... los actores cambian pero la música... la vida sigue siendo la misma, la continuaremos acompañando con nuestras alegres palmadas al son que nos marca su ritmo marcial.


Besos y Feliz Año Nuevo!!

Fiz dijo...

Uf!

Capto muchas tradiciones, nostalgias, recuerdos....

Y yo sin ver nunca el concierto de año nuevo!!!

(¿Me habré perdido algo?)

Malvís dijo...

Precioso, Pilara. Dan ganas de enmarcar: "los actores cambian pero la música... la vida sigue siendo la misma". A veces es bueno compartir incluso lo intrascendente aunque sólo sea por escuchar lo que pensamientos captados en un particular momento, son capaces de sugerir en personas como tú.

Y a tí, amigo Pallaferro, no te lamentes. Seguro que no te has perdido nada. Lo que ocurre es que ... estarías descorchando botellas.

LAQUEDUERMECONPEDRO dijo...

Recuerdo que con diecisiete o dieciocho años fui a pasar la noche vieja al pueblo con mi tía y su hermana Adela siempre tan entrañable y acogedora, mi primo Jose tenía unos cuatro años y aquella noche se lo pasó en grande, estaba que no cabía en sí de la alegría de vernos a todos tan contentos besándonos y deseándonos Feliz Año Nuevo. Al día siguiente cuando lo levantamos y como cada mañana tuvo que realizar las rutinas de cada día de arreglo y puesta a punto y vió que entre todos recogíamos los restos de la fiesta de la noche anterior el pobre niño con cara de desesperación y no poca desilusión preguntaba que dónde estaba el Año Nuevo, le contestabamos que aquello era el año nuevo y el nos trataba de convencer diciéndonos muy razonadamente:"Pero si esto es igual que ayer...Yo quiero saber dónde está el AÑO NUEVO"

Fue toda una lección de realidad.

Hoy Jose tiene ya treinta y tantos y seguro que ya no se preocupa por saber el paradero del nuevo año...Sabe que comienza cada día...al levantarnos e intentar retomar la rutina que dejamos aparcada con el "sueño" de la noche anterior.

Un fuerte abrazo.

Anónimo y sigo dijo...

Deberíamos bailar todos los bailes con suma pasión, pues nunca sabemos cúal va a ser el último vals.

Ray dijo...

Hermoso y emotivo relato, Syr. Yo también me enganché a la tradición del Concierto de Año Nuevo gracias a un familiar muy querido, mi abuelo Raimundo, músico de profesión y "rojazo" de convicciones (hasta el punto de que su discografía la formaban casi exclusivamente compositores rusos); desde entonces raro es el día de Año Nuevo que me lo pierdo: hay tradiciones que son como el hilo que cose los retales de que está hecha la vida.

Gracias por compartir tu sensibilidad y, con ello, alentar la propia.

Un abrazo "Radetzky", :-)


Publicación 2006
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