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domingo, 8 de marzo de 2009

De nada y de nadie



Yo nací en San Pedro, un pueblo del pirineo catalán, habitado, según el maestro que nos instruyó, desde tiempos muy antiguos.

La nuestra, era la casa central del pueblo, que agrupaba los servicios municipales, siendo estafeta, taberna y farmacia, todo en uno.

El camino que iba a torcer nuestras vidas, pasó por la llegada al contorno de los "pantaneros". Un ejército de peones, albañiles y arquitectos, levantaron la presa que anegó mi adolescencia.

Varios se instalaron en el pueblo. Yo era entonces una niña, que ya sentía en su interior la inminente llegada de la madurez. Que leía con deleite unas líneas escritas a lápiz, sobre el yeso de una entrada, por un miliciano republicano:

"Aquí resistimos, yo, Juan Pérez y tres milicianos más, tres días, casi sin comida.
Te quiero Teresa.
Viva la República!"


Eran los recién llegados, muchos andaluces, inmigrantes en busca de trabajo. Los que se hospedaban en mi casa eran "jefes",traían una radio.

Mi madre la escuchaba embelesada; bueno, todos. Nunca vimos nada igual!.

Empezaron también a llegar revistas. Esperaba ansiosa al hombre que me las traía de Barcelona. A mi y a mi madre, que cada día descubría una nueva virtud en aquel mundo lejano, donde las señoritas estudiaban francés,"Fíjate, Cristina, francés!!"-me decía. Un mundo con radio, tranvías, ascensores, cuartos de baño de glacial blancura, suelos de baldosas relucientes...

Habiendo cobrado, algunos, las indemnizaciones por sus tierras inundadas, vi como, poco a poco, mis compañeras de juegos abandonaban la plaza, que fue quedando vacía.

Fueron cerrándose casas y creciendo, en la mía, el mismo nerviosismo que en otras.

"Manuel"-decía mi madre-"esto no puede ser. Aquí, ni estudiar pueden los niños. Vendamos las tierras, antes que nos quedemos solos en el pueblo."

Mi padre movía la cabeza en silencio, sin decir ni sí, ni no.
Fue que sí, y entramos a vivir en un piso horrible, en la zona industrial barcelonesa.

Mientras me acicalaba para ir a mi primera clase de escuela en la capital, mamá decía:"Que no se te note que eres de fuera".

Pasé largos días sin salir de casa. ¿Qué se hace en la ciudad?. En el pueblo hubiese sabido siempre qué hacer.

La antigua torre árabe que veía desde mi ventana, la sustituyó la altísima chimenea de la fábrica de papá.

Crecí viendo como mi hermano y mi padre se dejaban la piel en jornadas agotadoras para mantener el ritmo de vida que la ciudad, y mamá, imponían.

Mamá vivía en la gloria; por fin vivíamos como las personas, y no como animales en aquellos montes (cuya venta nos hizo "ricos").

Papá se buscó un huertecito, llevado, creo yo, por la nostalgia. Mientras, mamá lucía palmito en las cafeterías de postín, donde iban las "señoras".


**************

Me casé. "Que no se te note que eres de montaña", me decía mi madre, mientras arreglaba el vestido.

No tuve hijos y ahora estoy sola.

Recibí ésta mañana una extraña llamada:
-"Es usted Cristina Llevot?"
-Si..
-Posée una casa en San Pedro,¿no es así?.
_No. Allí vivían mis padres. Vendieron la casa hace mucho...
-No me consta que sea así. Al contrario, aparece usted como propietaria en el registro. Mire, represento a la firma que ha comprado San Pedro. Han vendido todos. Ya queda usted. No ha sido fácil encontrarla...


**************

-"Mamá, por qué no vendisteis la casa","Mamá, la casa..¿me entiendes?"-mamá tiene demencia y no sé si se entera de algo...
-"Nadie"-dice al fin-"nadie!...tiene que saber dónde vivíamos...a nadie le importa nada...miseria!...nada...nadie..."-y así la dejo.

Voy hacia San Pedro.

Aparco el coche para entrar en mi pueblo, cuarenta años más tarde.

Algunas casas derrumbadas taponan las calles; otras se ven despeñadas barranco abajo.

Encuentro mi casa con la puerta abierta; mis revistas amarillentas por el suelo, fuera de su maleta.
Recojo unas cuantas, muy emocionada.

Entro y llego hasta la cocina, y su banco junto al fuego, en el que, tras el duro día, papá, aquel hombre cansado, a petición nuestra, tocaba el acordeón, antes que hubiese radio."Qué queréis-decía a veces-me criaron para trabajar, y otra cosa no se hacer."

Aún quedan cacharros de mamá, platos, cubiertos, ropa en las cajoneras...

Al entrar al dormitorio de mis padres y ver todavía la cama, me enternecí, y lloré en el silencio absoluto...

Y mi cuarto estaba vacío; quedaban botellas, restos del bar y farmacia...un reloj que marca las nueve y veinte....Quizás se paró al dejar la casa...

Aún pude leer entre lágrimas:
-"Aquí resistimos, yo, Juan Pérez, y.....Te quiero, Teresa. Viva la República."

******************

Muy amable, el señor que ha comprado el pueblo, junto a la torre que lo preside, me explica su proyecto. Cuando se marcha, la nostalgia me invade.

-Escapamos de aquí como del fuego-pienso, sorbiéndome unas lágrimas amargas-. Salimos casi de noche, como aquel que se avergüenza...no llevando nada con nosotros. Ni ropa, más que la puesta, ni el recuerdo siquiera nos llevamos, en aquella huída hacia adelante...

El relumbrante sol de la nueva vida, dejaba a nuestras espaldas la más oscura de las sombras.

San Pedro mira, desde una roca imponente, su barranco de árboles centenarios de verdor incomparable.
.
Un húmedo silencio de bosque encantado lo envuelve todo...vierte su esencia a raudales aquí la naturaleza... y nosotros salimos huyendo.



Huyendo, Dios mío...huyendo de nada...de nadie...

10 comentarios:

Malvís dijo...

A veces, su corazón tiene razones que nuestra razón no comprende.

Un canto a nuestros recuerdos más íntimos, preñado de tierna nostalgia que nos ayuda a sentir que nuestra vida, merece la pena de seguir siendo vivida.

Sabes, amigo, que me ha gustado mucho. Pero necesitaba decírtelo.

Pilara dijo...

A veces nuestra vida nos ahoga, el ambiente que nos rodea se nos hace cargado, falto de expectativas. Pensamos mundos mejores, con promesas de futuro y buscamos entornos que nos ayuden a crearnos y creernos en una "nueva realidad" que nos proporcione un poco de oxígeno que nos permita seguir adelante. El pasado no desaparece, es el sustrato sobre el que se edifica
el nuevo nivel y siempre permanecerá ahí en el subconsciente. Habrá situaciones que nos harán caer en la cuenta de que el tiempo es otro pero nosotros seguimos "enraizados" a todo lo que creíamos olvidado.

Un cariñoso abrazo.

pallaferro dijo...

Escondido tras el ambiente de nostalgia que has sabido impregnar en tu relato, me he imaginado que transpiraba también algo de ti, de tu vida, o de la de alguien muy cercano a ti.

Confío que no hayan nuevos pantanos que inunden tu vida.

Un abrazo.

Baruk dijo...

...Quién sabe?

Quizá era necesario que Cristina viviera esa parte de su "existencia" para poder empezar de nuevo con otra visión distinta de la vida, valorar lo que antes le hubiera pasado desapercibido y poder decir sin miedo a equivocarse... lo bueno estaba por venir, lo bueno empieza ahora!

Bonita historia

Un abrazo

Riviere dijo...

Muchas gracias por vuestros comentarios.
Pallaferro:Soy hijo-nieto de "pantaneros",mi vida corrió un rumbo diferente al de aquellas gentes.
Pero,ántes de que me liára con el románico,visité pueblos y traté con gente desplazada,creéte que hubo gente,que se desarraigó sin pudor alguno,al brillo de la naciente sociedad industrial.
Que "abjuró",que negó tres veces,haber nacido en tales lugares.
La triste vergüenza de su humilde origen,provoca en el hombre situaciones esperpénticas...
Te das cuenta Pallaferro,que entré en casas donde estában en la pica de la cocina los platos del último desayuno...de hace 30 años...Las gavillas de trigo en el zaguán...
Las hostias amarillentas en la sacristía...la ropa del cura...
Habían huído con lo puesto!
Y eso a mi,me puso muy triste...la tristeza,de hecho,es el sentimiento que no puedo evitar ante un pueblo abandonado.

Saludos a todos.

Pilara dijo...

Quizás era su forma de "quedarase" de algún modo allí, de no romper lo cotidiano. Que su deseo de un futuro mejor no les hiciera desmantelar también su "día a día". Como último recurso para que su presente quedara intacto ante la incertidumbre que les causaba su porvenir. Que todo quedase suspendido en el tiempo, esperando tener algo seguro si se producía un posible temido, o en el fondo deseado, regreso.

Un fuerte abrazo.

Alkaest dijo...

¡Que extraño es el ser humano!
Unos avergonzándose por ser de pueblo -porque alguien los hacía avergonzarse-, huyendo de él hacia un hipotético futuro mejor -porque alguien, en el pasado, había hipotecado su presente-.
Y otros, como yo, tristes por ser sólo "de capital", por "no tener un pueblo".
Tardé mucho en enterarme que yo, también, "tenía un pueblo", a pesar de haber nacido en la ciudad. Y no solo uno, sino dos, el correspondiente a cada progenitor.
Eran pueblos lejanos, de los que, a pesar del obligado desarraigo, llegaban cartas de vez en cuando, fulanita casó, mengano murió, al tío tal le pasó ésto, a la prima cual aconteció aquello.
Notas discordantes y extrañas en la melodía de la infancia. Cuando, al fin, tuve ocasión de conocer uno de ellos, el de mi madre, fue en la peor edad, la adolescencia. Esa edad en la que todo es confusión, en la que los valores, a medio construir, valen poco, en la que los intereses y sentimientos son tan intensos que nos abrasan, en lugar de calentarnos.
No pude disfrutar del pueblo, al menos tanto como había soñado. Yo habría necesitado "ser de pueblo" en la edad temprana, cuando todo está por descubrir y cada descubrimiento es un mundo dentro del mundo. Así llegué a la conclusión, de que solo pueden saborear un pueblo o los niños, unos inconscientes irresponsables, al fin y al cabo, o los viejos, a quienes la edad y lo vivido, a veces, solo a veces, permite volver a disfrutar de una inconsciencia e irresponsabilidad infantiles.
El otro pueblo, el paterno, solo llegué a visitarlo avanzada la edad adulta, cuanto todos los parientes ya habían desaparecido, tragados por el tiempo y el olvido. Tampoco pude saborearlo, fue una simple visita turística disfrazada de nostalgia. Mi tiempo para "ser de pueblo", se había esfumado irremediablemente.
Ahora, me conformaría con ser, simplemente, "provinciano" habitante de una pequeña capital de provincias, tranquila, de cómodo bullicio "controlado".
Se que tampoco podrá ser, nací "niño capitalino" y dejaré la existencia como "anciano capitalino", añorando siempre dos pueblos que, en sentido estricto, nunca fueron míos.

Moraleja, el ser humano siempre quiere lo que no tiene, o tiene lo que no quiere. Vale.

Firmado. Un niño de capital, con alma de niño rústico.

Salud y fraternidad.

Riviere dijo...

Gracias por su comentario,Sr.Alkaest,que valoro como de quien viene.
Por mi parte debo decir,que fuí un nómada en mi niñez,y tuve pueblos para hartarme,pues aparte del nativo,tuve otros adoptivos,ya que se construyeron varios pantanos en aquel tiempo.
También he vivido en la ciudad,pero no es de mi gusto.

Saludos.

Pilar Moreno Wallace dijo...

siempre he pensado que la ciudad te aparta de la naturaleza. No hay nada más satisfactorio para mí que la "comunión" con la vida que encuentro fuera de los sitios tan poblados. Tengo la suerte de estar cerca del espacio libre, no todo lo que quisiera ...

esca dijo...

Me recuerda tu relato,al señor José,salió huyendo del hambre de su pueblo al gran termitero,charlando con el el bajo la sombra de una encina de su recobrada vida en su pueblo con su jubilación,le pregunté ¿pero hace cuantos años se fue del pueblo? a lo que me contesto,mira hijo me fui hace ya muchos años pero mi corazón siempre se quedó en el pueblo.
Un saludo a todos Esca


Publicación 2006
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