hola! bienvenidos

martes, 27 de noviembre de 2018

JUGANDO A LAS MAMÁS





Porque las madres eran lo más parecido a Dios, nunca se cansaban ni se acostaban antes que nosotros, nunca se permitían el lujo de ponerse enfermas y eran nuestros propios médicos de cabecera que sólo con mirarte a los ojos sabían si tenías fiebre o te habías enamorado de una compañera de la escuela, quizá por eso, por todo eso, las niñas de mi generación querían ser las mamás de sus muñecas.

Recuerdo a mi hermana pequeña dejar a sus amigas del portal jugando a la comba, para rebuscar en el viejo arcón de nuestra abuela paterna Isabel su muñeca preferida y jugar a solas. Aunque a solas no, con su muñeca.

Antoñita, hoy Toñi en contracción de su verdadero nombre Antonia María del Consuelo, impronunciable para unos críos de entonces para los que el carnet de identidad era algo que no existía hasta pasados muchos años, pasaba horas y horas vistiendo y peinando a aquellas muñecas de trapo a las que hablaba como si fueran sus hijas, aconsejándolas y reprimiéndolas con las mismas palabras escuchadas por ella misma de nuestra madre. En los días de frío, cubría su boca con bufanda recordando la conseja de mamá para quien todas las enfermedades se cogían por la boca, les limpiaba las velas de mocos imaginarios y los churretes, y en los días soleados las lavaba con la suave caricia de la esponja para cambiarlas de ropa, también lavada previamente en su minúscula tabla de madera en el pilón del patio de la casa familiar que presidía un crucificado de piedra, para que lucieran radiantes a los ojos del vecindario. Luego, les intentaba dar de comer en una boquita cerrada que sólo su imaginación veía abrir masticando delicadamente los trocitos y migas de pan ofrecidos con la cucharilla de pasta del helado que celosamente guardaba para tal menester, y hasta confeccionaba trocitos de tela, a modo de pañal, que justificara el proceso de digestión que el acto de la comida anterior les había producido naturalmente.

Iba con ellas a las tiendas que había fabricado con cuatro piedras, algún trapo viejo y unas cajas de cerillas de cocina, donde simulaba el juego de comprar o vender a las que estaba tan acostumbrada cuando con nuestra madre acudía a los comercios reales de Sebastián y Paco Moya en la cuesta de la Risca, y les enseñaba a diferenciar la perra gorda de los dos reales y el tasajo de tocino magro del medio cuarterón de bacalao seco.

Mi hermana pudo acceder desde la muñeca de trapo a la más realista de la Mariquita Pérez aquel día de Reyes en que sus zapatitos encontraron encaramados una caja rectangular y supergrande que aparecía envuelta en papel de regalo de vivos colores, y con una pegatina imperceptible a sus espatarrados ojos infantiles que predicaba que su origen no era del Palacio de Oriente, sino del centro comercial más grande y deseado de la capital: Galerías Preciados.

Pero como todas las reinas, también a ellas se les fue cayendo la corona. La de trapo fue sustituida por la Marquita Pérez y ésta por la Famosa que se dirigía al portal de Belén en los anuncios televisivos.

Los nuevos tiempos le trajeron la Nancy, aquella rubia esbelta que a los chicos nos traía ensueños de las extranjeras que decían se bañaban en bikini en las playas de Benidorm, y que tenía una serie inabarcable de accesorios coleccionables que hacían más confortable y atractiva su vida y más prolongado el juego y el deber de las niñas para llenar su día con su batalla de trabajo y ternura.

Y así sigue esta mi única hermana, la pequeña, y toda aquella generación ejerciendo su legado de ternura maternal aprendida con respecto a nosotros, quienes pasamos de ser sus hermanos mayores a ser los sujetos de sus mimos y cariños cuando en nuestras visitas nos continúan preparando el embozo de la cama o el plato de andrajos o de croquetas con el esmero de un amor infinito e inconfesable que aprendieron jugando con sus muñecas.





domingo, 28 de octubre de 2018

EL HIPO DEL BARBERO



Mis días de lluvia en Mágina olían a migas y barbería. Era Alonso un hombre íntegro, formal y de exquisita amabilidad, pero con necesidades familiares que a veces le resultaban difíciles de atender en un pueblo de mil setecientos habitantes y con dos barberías más, la de Marcos y la de el tío Sardinilla, que estaban situadas en las zonas media y baja donde se concentraba la zona más poblada. 

También era cuando su máxima necesidad se producía, el momento en que esperaba ansioso que sus más adinerados clientes llegaran. En el instante en que tal evento se producía, comenzaba el ritual de colocarte aquel inmenso trapo blanco, a modo de cobertor, anudado al cuello, calentar el agua en el infiernillo eléctrico y mezclarla con el jabón en su bacina de afeitar hasta obtener aquel producto espumoso para amoldarla al cuello del cliente y comenzar a aplicarlo, con brocha de pelos de tejón, sobre la barba.

Escogía, escrupulosamente, la mejor navaja barbera y repasaba su hoja por el instrumento afilador o asentador de cuero mientras iniciaba cualquier tema intrascendente de conversación que solía girar sobre el tiempo, la muerte del último vecino o la desgracia de la última cosecha. Entrado en acción, comenzada a hipar con un ritmo acompasado que producía el normal descompás en su trabajo y entonces, llegado al punto de la garganta, formulaba el ruego, su ruego: "Oye, fulanito, ¿ podrías prestarme veinte mil duros?. Es que tengo unas cosillas por ahí que tengo que atender de manera urgente y estoy pasando una mala racha. Te las devolveré en unos meses y te lo agradecería toda la vida". El cliente, desvalido y en manos de una persona que rondaba su cuello con una hoja afilada de afeitar y con hipo, poca opción tenía y acababa accediendo a la petición más por miedo que por impulso caritativo.

 Cierto es que Alonso siempre y cuando pudo devolvió lo prestado, por lo que mantuvo su clientela doblemente agradecida, pues cuando llegaba el día de la devolución de lo prestado no solo le daban las gracias por la recuperación del dinero sino que, también, por conservar el pescuezo.

lunes, 24 de septiembre de 2018

BANDERAS AL VIENTO.




Nos hacían besarla, subirla y arriarla a la entrada y salida de la escuela. Nos hicieron jurar una bandera que el tiempo cambió sin reparar que era como besar a otra novia. Inconscientemente, fueron ellos los que introdujeron en nuestra alma la posibilidad de la promiscuidad, y cuando ésta se instauró en todos los países, naciones y pueblos, aquellos mismos intentaron reprimirnos decretando una Ley que restableciera obligatoriedad y orden de preferencia sin comprender que la nuestra, la que nuestra infancia defendía con ardor guerrero hasta la extenuación y el descalabro de la pedrada de la honda de esparto en la cabeza, era la de la calavera con dos tibias cruzadas.

Enarbolando la bandera pirata surcamos mares de rastrojeras abrasadas donde los únicos milagros de humedad brotaban de las lágrimas de los ojos de los burros de los segadores en los que las mariposas, sedientas, bebían.

Si los chicos de mi generación se raparan todos a la vez la cabeza, no solo batiríamos el record Guinnes sino que demostraríamos al mundo con las cicatrices de las brechas cosidas con puntos de sutura, el más fiel juramento que jamás puede hacerse a una bandera.

Éramos alondras que, incontaminadas, buscábamos los lavaderos y las plazas donde sujetar el agua para bañarnos y jugar a la rueda para oír el canto de las muchachas; olíamos a paja y heno tibio nacidos del aliento de las bestias, no conocíamos mojón ni frontera y nuestra patria era la alegría de cada primavera, de cada día. Avanzábamos en manada en pos de conquistar un desvarío desplegando todas nuestras banderas del odio distendido. Hoy, frente al televisor y ante el juez, no es posible la fábula. Yace amortajada la ironía.

Y aquella generación, en nuestras cotidianas guerrillas, sólo tuvo por bandera la camisa sudada de nuestro amigo de pandilla.



sábado, 1 de septiembre de 2018

HASTA LUEGO MARIANO, NOS VEMOS EN EL JARDÍN

(Carta póstuma)


No voy a hacer un panegírico de lo que has sido, es innecesario, todo el mundo sabe que eras, por utilizar tres adjetivos, bueno, paciente y generoso. Con eso queda todo dicho. Te recordarán como un enorme campeón de la bonhomía y la tolerancia.

Yo, además de eso, te recordaré como el hermano que se crió, creció y vivió contigo los años de la niñez y la juventud, juntos, bajo el mismo techo, siempre en armonía. Que aprendimos juntos en la escuela, en la Universidad y en la Vida, a amar la lectura, la música, el cine, a hablar de todo, con o sin respeto, a discutir, a aceptar las decisiones de los padres, razonadas o no, y en fin, a ir por la vida con dignidad y molestando lo menos posible.

Y ahora te vas, o quizá sea más preciso decir que te llevan, y nos dejas sumidos en un pozo de pena y desolación. Me gustaría decirte adiós por seguiriyas, pero ya sabes que ni por voz ni por oído puedo, y me consuelo pensando que tal vez tu marcha sea muy mala para nosotros pero no necesariamente para ti.

Tengo creído que a la gente buena se la llevan antes. La quitan de sufrir en este valle de lágrimas. Ahora se vive mucho, quizás demasiado, y la mayoría malamente. La Iglesia quitó lo del Purgatorio hace algunos años, puede ser porque la gente lista de la Curia se dio cuenta que, con tanto vivir, el Purgatorio estaba en los últimos años de la vida.

Te has ido pronto "pal" Jardín, como decía nuestro admirado Beni de Cádiz. Alguien, seguramente tu madrina Carmela, ha decidido que  entraras directamente, acompañado por la Virgen del Carmen, sin estos últimos veinte o treinta años de penurias por hospitales, consultas y residencias, quién sabe si discapacitado y/o abstraído. ¡Pues sabes que te digo! , que mejor para ti y peor para nosotros.

Nosotros nos quedamos aquí, sumidos en dolor y desesperación y tú estarás allí, tan ricamente. Me figuro la alegría con la que te habrán recibido Tomás y el Pérez, y la sonrisa del tito Andrés, el tito Juan José, el tito Pablo y tu suegro Paco diciendo: ¡ nene, ahora si que viene un buen "ligaor"!.

Mariano, espéranos ahí, iremos cuando nos toque. Entretanto, te echaremos permanentemente de menos. Que la tierra te sea leve, querido hermano. Hasta luego, Mariano.




Por Juan Francisco Martínez Pérez.


Y todo esto ocurrió en la Fraga de Malvís, un fatídico 16 de Julio de 2018. 






sábado, 30 de junio de 2018

CHICHIVEO A LOS MÍOS.




Ahora que todos mandan, que somos menos inteligentes y cultos que aquellos quienes nos precedieron y que tras tantos siglos seguimos sin evolucionar creando nuevos dioses (el futbolista, el político, el banquero, el google...) y nuevos diablos (el tabaco, el colesterol, la obesidad...), recuerdo mi juego en Mágina.

Sentado en el tranco de la puerta y sosteniendo en las manos una larga correa de cuero de nuestro padre, los participantes nos agarrábamos a ella. "Mando, mando", decía el oficiante, a lo que a la consentida propuesta respondían los participantes: "¿qué mandas?". Se proponían pruebas casi imposibles donde el valor, el sacrificio y la ilusión de superar la prueba te curtían en el juego de la vida tratando de superar el obstáculo, el error, e ir aprendiendo para desafiar lo venidero. "Mando que me traigáis un buche de agua de la Fuente de la Seda, una hoja de moral de los Siete Caños y una rama de hinojo de la huerta de "jabelete".

Y todos desaparecíamos prestos al encargo. Bueno, todos no, casi todos porque siempre existían los listillos o listillas como Antoñita que cogía la bocanada de agua en el fregadero de nuestra propia casa y lo hacía pasar por la de la fuente de La Seda. Total, ¡casi como en la propia vida actual!.

El oficiante entonces, con el cinturón de cuero en ristre, vigilaba el tranco y las calles adyacentes en todas sus vertientes, accesos y perspectivas, pues cuando veía acercarse al participante con sus tres pruebas conseguidas, su misión consistía en espantarlo alejándolo del tranco inicial del juego a base de fustigarlo con latigazos para que no tocara la piedra del tranco y le quitara su reinado del "mando, mando". Era un juego sobre la ambición desmedida del "quítate tu para ponerme yo", un avance premonitorio de la vida de hoy en todos sus ámbitos políticos, sociales, laborales y familiares; una prueba que desde niño te enseñaba el juego de lo que el mañana te iba a proponer para que lo comprendieras y fueras asumiéndolo, pero que introducía un factor de redención y solidaridad mutua pues cuando te veías acorralado por el portador de la correa de cuero gritabas chichiveo a los míos!" para que el resto del grupo acudiera en tu ayuda y si, unidos, lograban reducirlo conseguías salvarte al tocar la piedra del tranco. Era una socialización del porvenir que hoy día nos impide y cercena la reacción frente a lo injusto, a la mediocridad, y favorece la recreación de nuevos dioses, de nuevos mitos con pies de barro que más temprano que tarde caen para ser sustituidos por otros en esta loca carrera de estulticia donde la burra siempre vuelve al trigo de su tremendo error o haciendo girar la noria del viejo pozo de agua estancada.

Continuamos rindiendo pleitesía a los becerros que hemos fabricado fundiendo nuestro propio oro y asumiendo un temor reverencial a los ídolos que nosotros mismos ayudamos a construir.

Perdimos la enseñanza ancestral, perdimos la esencialidad y mientras creemos que nuestra avanzada cultura pasa por la robótica y el desarrollismo inteligente, seguimos con la mirada y la mente ancladas en las sombras desfiguradas de la realidad que pasa ante la puerta de la Caverna de Platón sin valor a realizar el corrimiento del velo de Schopenhauer, propiciando con nuestra pasividad e incultura la creación de nuevas realidades idealizadas que nos ofrecen, como sombras desfiguradas en la pared de la mente de nuestra caverna de incultura, los nuevos dioses, los nuevos señores feudales que atracan nuestras vidas y haciendas rapiñando y atracando la bolsa y la vida permitiéndoles hacer la suya más cómoda y lucrativa mientras nos resignamos a su derecho indiscutido de portazgo, a su imposición del diezmo o a su mordaza. Hemos pisado la luna, descubierto el átomo y la cadena genética del ADN, pero hemos olvidado que podemos gritar un chichiveo a los míos con la esperanza que seamos oídos por el resto del colectivo social. Somos menos libres que los vasallos medievales porque nos conformamos con el cambio formal sin darnos cuenta que lo estructural no ha variado sino que se ha maquillado e impuesto legalmente con nuestra pasiva aceptación y la falta de solidaridad ajena que también lo sufre mientras sigue creyendo que la sombra que ve reflejada en la pared de su caverna televisiva, internáutica o escrita, es la realidad que existe cuando sales a luz del campo abierto y libre.

En mi juego de Mágina las cosas eran diferentes porque el pacto del juego estaba claro y convenido en el propio reto de la prueba. A pesar de haberla conseguido, conocías que te esperaba superar el cinturón de cuero antes de salvarte tocando el tranco de piedra para tener el mando de la siguiente vez, y que siempre existía el recurso solidario del grito de chichiveo a los míos que te salvaba de la impostura aterradora del que mandaba con el cinturón de cuero, siendo consciente de que si conseguías llegar al tranco de inicio era perentorio tu poder y mandato porque otro con mejores habilidades te lo arrebataría en la siguiente prueba. Todo fluía con naturalidad como lo perecedero y cambiante de la misma vida, porque era tan real como verdadero.

En el Chichiveo nos enseñaron que en la mano del guardián solo había un cinturón de cuero al que había que superar, pero nunca nos advirtieron que los poderosos dioses de nuestro hoy serían como los toreros, que manejan en una mano el capote del engaño mientras en la otra esconden el estoque.





domingo, 3 de junio de 2018

VOLVER ENTERO ES LO QUE IMPORTA.


En su vida laboral había recorrido toda Europa y cuando fue abuelo, América del Norte. El principio lo vivió como ave migratoria, viajes de trabajo, aeropuertos, hoteles y reuniones tensas pero con el ánimo siempre dispuesto a negociar y los ojos espatarrados para empapar todos aquellos lugares que existían fuera de Albanchez de Mágina y que le resultaban tan inimaginables que lo hacían sentirse como explorador privilegiado en tierras ignotas. Lo segundo lo vivió no como gaviota sino como canguro: visitando a aquella hija que tomó su vuelo propio y paría en Estados Unidos, aunque él allí se sentía seguro no porque dominara el inglés y tuviera experiencia en visitar países extraños, sino porque siempre encontraba a algún albanchurro en la fila del "visa" que prudentemente le avisaba ¡ Chissss, chissss, Paquito, que soy el hijo de la "Ratona" y he venido a la boda de mi hija!.

Por eso, por todo eso, cuando aquel día en que ya el Gobierno le había concedido la cartilla de licenciamiento por jubileo me dijo que se proponía a conocer la otra mitad del mundo, me preocupó y me atreví a lanzarle una advertencia con el tono cariñoso y con el amor que únicamente se profesa a un querido hermano: .- Mira Paco, yo conozco a compañeros de trabajo que han estado en esos lugares extraños y me dicen que allí, o te matan  o te violan.-

Llegado el momento, se embarcó. Días eternos sin noticias y yo con un tentempié, una murga, un regomello en el estómago y un sin vivir. Al cabo de varios días que se me antojaron eternos, su primer wassap con una foto de un orangután de Borneo.


¡Mal empezamos!, comenté para mis adentros suponiendo que se había enfrentado a su presunto violador, aunque pronto mi duda se acrecentó al recibir dos días después otra foto de un gran lagarto indonesio al que de momento desprecié por puro desinterés. Además, que me pareció un derroche porque como no tardé en manifestarle, si de eso se trataba podría haberse ahorrado un pastón de dinero y sin salir de Mágina yo lo hubiera llevado a perseguir lagartijas al borde de la alberca de "La Alcatrofa" llevando una lupa de aumento que, al fin y al cabo, tampoco es para tanto. 




Pero Paco seguía insistiendo: que si ahora las "titis" - que yo creía que eran otra especie de monos, pero él se refería  a las jovencitas balinesas-; que si ahora el baile de mariposas con faldas amplias abiertas por los lados - que tampoco tienen que envidiar mucho a los refajos de las abuelas de Albanchez.


Y, al final... los bares junto al mar con las célebres camas balinesas. Me levanté como un resorte de la siesta y le advertí: .- Cuidado hermano, que ahí es donde te violan. Se hizo un silencio interminable en la comunicación.

Varios días después recibí un mensaje donde me decía que había vuelto y que nos veríamos en la boda del hijo de nuestro amigo Eduardo. Sentí una alegría indescriptible por saberlo vuelto de regreso. No quise entrar en intimidades y no formulé pregunta alguna, pero escribí a Eduardo y le dije que no me pusiera en la misma mesa de la celebración, porque en habiendo en el menú la típica morcilla embutida en tripa de res, su aspecto fálico podría ser susceptible de rememorar aficiones adquiridas en ultramar.

Vino elegantísimo al convite. Traje oscuro, corbata, chaleco y ese porte delgado y alto que nunca perdió y que hoy se adorna con una nutrida cabellera lisa teñida de plata que le confiere un cierto aire de galán de cine, tipo Gregory Peck.


Ante su insistencia de que había vuelto "entero" y que no estaba dispuesto a someterse a pruebas anatómicas de tipo alguno para demostrarlo, no solo me asaltó la duda por su negativa a la probanza, sino que además me trajo el recuerdo aprendido de  aquel aforismo jurídico que predica "excusatio non petita, accusatio manifesta". Nos dimos un abrazo delante de testigos y nos sentamos cada uno en nuestras respectivas mesas. 

Mientras me alejaba, le tiré un "te quiero" al aire y le grité:.- ¡ No te preocupes hermano, que lo más importante de todo es volver!.



martes, 27 de marzo de 2018

EL LEÓN DE MÁGINA






En mis más de cuarenta años de ejercicio profesional, hoy acabo de recibir una notificación judicial relativa a un proceso de familia en el que, tras haber tenido que oponerme y contestar a una demanda interpuesta contra mi cliente, se me señala un día próximo no para celebrar el juicio sino para que comparezcan demandante y demandado ante un Letrado Mediador y que, de no hacerlo, demos los letrados explicaciones al Juzgado. Dicha admonición me ha resultado irrisoria, pues el procedimiento no solamente debería haber sido anterior a la contestación para lograr ser efectivo sino que su imposición carece de sustento legal alguno. Me imagino que ser "progue" se ha instalado en la judicatura (no quiero imaginar que sea para trabajar menos e intentar evitar tener que estudiarse un pleito) y queremos parecernos a los americanos.

         Cinco casas mas arriba de la mía tras superar la de Bartolomé "el policía", Ramón "el loco pasolargo", Eufrasia "la moñiga" y la de Diego "el cortaor", en la calle Calvo Sotelo que hoy por mor del acendrado espíritu democrático de nuestros próceres políticos ha pasado a ser Federico García Lorca, vivía don León Arboledas Catena, hombre provecto, austero, provisto de pelo cano, luenga barba, chaqueta, impoluta camisa blanca, tirantes y poco hablador. Era el Juez de Paz de Albanchez de Mágina y al que solamente me dirigí aquel día en que una reventona luna llena osó posarse en lo alto del Castillo cuando mi padre me mandó a decirle: " Mire, don León, que dice mi padre que mire eso porque eso no son capaces de hacerlo ni los americanos".

         Don León nunca tuvo Sala, ni despacho ni visitó el Ayuntamiento. Recuerdo como cada día, excepto los lluviosos, sacaba su silla de enea de palos torneados a la puerta de su casa y se sentaba apoyándola en sus dos patas traseras y el respaldo vencido sobre la pared de la fachada. Sabía que la justicia era la que cada uno sentía en función de cómo se resolvieran sus problemas y conflictos, ya que la idea de justicia iusnaturalista, positivista y demás zarandajas, no tenía nada que ver con lo que en su vida longeva sentía y la experiencia le había enseñado.

         Es cierto que en aquellos tiempos la expresión de juzgados colapsados y administración ineficiente no existía, pero don León era consciente que para las gentes del pueblo no hay mejor justicia que la que ellos se dan.




         Aún no se había inventado la mediación pero él, anticipándose a los tiempos, la ejercía creando un espacio plácido y corriente para nuestros y sus vecinos. Inabordable y parco en palabras pero con las mismas que los vecinos utilizaban en las puertas de sus casas, haciendo de hombre bueno entre ellos, era consciente de que el valor de la palabra y de un apretón de manos eran tan o más sentencia que la del semi-dios del Distrito de Mancha Real con su toga negra y "puñetas" bordadas en la bocamanga; que el acuerdo alcanzado quedaba como lex inter partes y sus dictámenes como rectae rationis y la transactio o pacto alcanzado era pacta sunt servanda. Y así lo pronunciaba cuando, tras culminar amigablemente la resolución del pleito entre vecinos, los litigantes estrechaban sus manos sobre las cuales él ponía las suyas y, apretando las de aquellos, se lo advertía.

         No se si es que todo era tan fácil o, nosotros, desde nuestro punto de vista de niños, así lo veíamos. Pero si, debía de ser algo así porque aun puedes hablar con personas que, como yo, lo recuerdan todo fluido y fácil. Claro que eran otros  tiempos, el juez de paz era una autoridad, no solo moral, sino política. La gente no cuestionaba mucho, por no decir nada, esa autoridad, y normalmente aceptaban sus juicios y recomendaciones como sentencias inapelables. Hoy los paisanos son más rebeldes, saben más de leyes que Don Isidro el secretario, "el manquillo", y que Juanita "la de Juanarinas" o el juez de paz, más pedagogía que los maestros y claro, todo es cuestionable, recurrible o denunciable. La autoridad está en permanente estado de prevención, se tiende a la corrección política, que es una forma que se  han inventado para no llamar a las cosas por su nombre. En fin, no se que hubiera hecho hoy aquel juez de paz. Supongo que se adaptaría a los tiempos y todo sería más relativo, opinable, gaseoso que es lo que pasa cuando la autoridad bajo la que vivimos nuestra infancia desaparece y se acaban los referentes. Quizá por eso hoy, algún político, habla como cuando Lenin, añoran las opiniones contundentes, autoritarias, inapelables y cargadas de su razón. Se da cuenta después de tanto relativismo que algo de autoridad debe haber, alguien tiene que hacer de hombre bueno en las discusiones y todo el mundo debe aceptar su juicio.

Y eso, todo eso, ya lo sabíamos nosotros de chicos; lo mamamos con tipos como León que en su proceder nos enseñaba que lo importante en sí mismo no es vivir sino vivir correctamente, aunque nunca tuvo Sala, toga, ni despacho ni visitó el Ayuntamiento. Ni falta que le hizo.





domingo, 18 de febrero de 2018

El árbol de las mariposas.






En la escuela de Micaela todo era más difícil. Consistía en un edificio de planta donde la primera albergada a las niñas y la segunda a los niños. El patio de recreo no era sino el patio de luces del edificio que, para evitar encuentros, se distribuía en horarios diferentes para el asueto escolar.

Con los Grupos Escolares todo cambió. Mandados construir por mi padre, a la sazón su Alcalde, junto al Puente del Ojo en espacio yermo a la salida del pueblo y dedicados a su amigo el Gobernador Civil que los subvencionó, constaba de ocho aulas que se edificaron en dos niveles separados por un cortado mediante desnivel o pretil de piedra; cuatro para niños y lo mismo para el sexo opuesto, pero la hora del recreo era común y las podíamos ver.

Creo que fue ese tiempo y aquella oportunidad las que hicieron que los niños de mi edad fuésemos más promiscuos y que nos enamorásemos varias veces al año. Por septiembre nos quedábamos colgados de alguna chica del otro lado del desnivel que llevaba trenzas rubias y a la que asociábamos a una sirena saltando una comba hecha con algas marinas, esperando que su gracilidad se interrumpiera con la cuerda enganchada en la falda para poderle ver los muslos desde el "otro lado de la valla". O de alguna vecina, o la hermana de un amigo que en el verano dio el estirón desarrollado y en la que nunca habíamos reparado hasta ahora porque ya si marcaba pezones.

Los veranos solíamos cambiar de amor hechizados por la prima de algún amigo o de la hija del vecino que se fue a trabajar hacía años a Navarra y que tenía esa capacidad de seducción que solo tienen las niñas de fuera o las que vivían en el extranjero, que eran mucho más adelantadas según se decía entonces.

El problema era que todos nos enamorábamos de la misma y nos quedábamos con la boca abierta y el alma en los pies cuando el guapo del barrio o el hijo del Alcalde, con la adolescencia recién estrenada, la seducía ante nuestros ojos infantiles y no nos quedaba otro remedio que asumir que no teníamos madurez suficiente para tanto desengaño y que lo mejor era volver a jugar al fútbol en la Quebrá o trepar por los cerros.

Pasaron los años y la adolescencia nos dio el pasaporte para dejar de ser aspirantes y meros espectadores pasando a la acción de ser protagonistas de nuestras propias historias de amor.



Los primeros amores estaban llenos de besos en los portales o en la finca del "Careto" en la curva del puente de los tres ojos y del miedo a ser descubiertos y que nuestros padres se enteraran. Todo se hacía de manera furtiva, pero aquel beso se nos colaba hasta el estómago, nos quitaba el hambre y el sueño y ponía patas arriba nuestros valores y convicciones más firmes. Por ella renunciábamos a la inquebrantable pandilla de amigos, nos quedábamos colgados en el techo de la clase de don Francisco  cuando nos explicaba las leyes de Méndel y descubríamos la subjetividad del tiempo con semanas larguísimas alimentando la espera y sábados y domingos cortos.

Aquellos fines de semana llevaban el olor a amores recién estrenados, a colonia de tu hermano mayor y a amargura de esquina cuando, para no levantar sospechas, no podías concluir el regreso acompañándola hasta la puerta de su casa para darle el último beso.

Yo descubrí un lugar donde todo era perfecto. En la carretera de Albanchez a Jimena, jalonada con chopos negros pintados en su tronco con raya blanca fluorescente, en la curva antes de llegar a la alberca de "Pedrillo", uno de ellos estaba hueco en su parte posterior. Era una especie de cueva arbórea que no se por qué motivo siempre estaba invadido por las mariposas que en él se resguardaban. Era el lugar perfecto, el nido de amor de tantas y tantas mariposas....

El Progreso aconsejó que los álamos negros que iluminaban las noches de los conductores con su banda reflectante constituían un peligro para su seguridad en caso de choque frontal por salida de la vía, y se ordenó talarlos de todas las carreteras. Hoy sólo queda la misma carretera, pero sin árboles. Sin embargo, cada vez que regreso a Albanchez con mi mirada y mi corazón sigo buscando aquellas mariposas, aunque en realidad lo buscado sean aquellos amores perdidos.

           



miércoles, 13 de diciembre de 2017

MI " TATA ÁNGELA", HA MUERTO. VIVA ÁNGELA.




Dicen que los ángeles no tienen sexo, pero a ti, te pusieron Ángela. Tus alas me cubrieron. Tenías catorce años y te encargaron de mi custodia. Siempre fuiste mi guardadora, mi custodia, me avisabas de la actitud y el castigo previsto por llegar tarde; tu prudencia congénita. Adivinabas mi estado por la forma de mi flequillo, me amabas....

Nunca supe tu edad, pero se que ya nunca volverás a estar. Dicen que no se pierde sino lo que nunca se tuvo. Es mentira. Yo te tuve: te tuve y no te tengo. ¿Quién puede hacerse cargo de tal contradicción?

¿Pueden morir del todo alguna vez unos ojos que se han mirado tanto, se han entendido tanto, se han consolado tanto?.  Quizá tú ahora eres —si es que eres— más feliz que conmigo. Quizá tú trotas, en ese Paraíso, en el que nunca creíste, con mi madre y con mi hermano en los verdes campos del Edén. Pero durante ochenta y tres años me seguiste a dos pasos por este mundo que, sin ti, no es el mismo. Continuarán los pájaros y los amaneceres, el chorro de la fuente de la Seda ascenderá en el aire, como la vida, pero no estarás tú, Tata mía, tata mía. Nunca más, nunca más.

         Descansa en paz, "tata". Nadie jamás podrá sustituirte. 





miércoles, 25 de octubre de 2017

Una vida permitida






            Me cuenta mi amigo Marcos que ha vivido toda su vida porque se la han permitido. Que en lo único que no lo hicieron fue al engendrarlo pero después, tuvo que pedir permiso para jugar, para coger nidos, para llegar más tarde de los tres silbidos, para levantarse de la mesa, para no ir a misa, para salir con la pandilla ... y hasta para escoger novia.

            Que pidió permiso a la novia para poder seguir preparando el examen final de Derecho Canónico sin salir a pasear y después, en la mili, permiso de pernocta. Pidió permiso a su mujer para hacer la jornada laboral completa, para la entrevista de su vida, para visitar a sus ancianos padres, para no ir de tiendas o para prolongar la hora de llegada ante la celebración de la cena de jubilación de su amigo de infancia.

            Pidió permiso en el trabajo para justificar la ausencia en la enfermedad propia o familiar y en sus vacaciones; venia para poder defender sus razones ante los Tribunales, y a sus hijos para viajar unos días y, al fin, pidió permiso al Gobierno para jubilarse tras más de cuarenta años cotizados para poder recuperar parte de lo que ingresó en su hucha vital.

            Hoy, jugando la partida de dominó de los jueves en el Centro de personas mayores, mientras la gana cerrándola con la blanca doble,  me dice que se ha declarado insumiso y no piensa pedir más permisos para vivir, que lo que le resta le pertenece exclusivamente a el y hará lo que le salga de sus "reales". Y a mí, cuando pago el café del perdedor, me embarga la emoción de pensar que el bueno de Marcos no es que se haya declarado insumiso, sino que, al fin, ha decidido ser feliz.



lunes, 19 de junio de 2017

Pan, pelota y chocolate.






En donde ahora vosotros veis un parque con terrazas de bares y columpios, en los años sesenta nuestra generación gozaba de una extensión yerma e inundada del alpechín que derramaba la fábrica de aceite de doña María. Era el comienzo de la "carretera vieja" que conducía hasta la "Quebrá" y nuestro único campo de fútbol donde nos adiestramos y entrenamos para intentar, sin éxito, vencer a los equipos de Torres y de Jimena. Allí donde Paquito y Mariano, hermanos pero rivales en la formación de cada equipo, sacaban a relucir su mala leche, donde Tomás ejercía de excepcional cancerbero cubriendo con éxito nuestra portería con poca habilidad pero con un tamaño descomunal que agotaba espacio y donde el rebote de la pelota en el charco de alpechín manchaba la indumentaria de los participantes que propiciaba la tremenda paliza de nuestras madres tras pronunciar aquello de ¡y ahora, a ver cómo quito yo esto!..

Cuando llegábamos de la escuela de don Manuel Quesada o de Don Francisco, nos faltaba tiempo para echar la cartera a volar bajo el grito: "¡Mamá, ya estoy aquí, quiero merendar!". Era como la liberación en busca de la libertad de la calle que habíamos perdido dentro del aula donde la educación se basaba sobre el fundamento de la disciplina y la autoridad del maestro estaba a la misma o superior altura que podía tener entonces la influencia de tu padre "si te ha pegado el maestro, algo malo habrás hecho".

Los castigos estaban tan presentes en el aula como el crucifijo que presidía la pared principal. El maestro te daba tu recompensa en la palma de las manos si no sabías señalar en el mapa mudo dónde estaba Palencia o te cazaba distraído hablando con el compañero de banca. Siempre había motivo para impartir justicia.

En la clase nos ponían firmes, nos mantenían en fila como si fuéramos aprendices de soldados, nos ordenaban cuándo entrar y salir, pasaban lista a diario y te revisaban las manos a diario a ver si tenías las uñas limpias. Había un cuarto oscuro, al que en nuestra mentalidad infantil asociábamos al "cuarto de las ratas", donde llevaban a los indisciplinados que no tenían remedio.

Por eso, no era de extrañar que cuando sonaba el timbre o la campanilla saliéramos corriendo abandonando la autoridad del colegio para recuperar la libertad que entonces representaba el campo de fútbol de doña María.

Lanzábamos la cartera y cogíamos el trozo de pan y la onza de chocolate negro con la pelota bajo el brazo. Muchos nos llevábamos la merienda porque sin ella no nos dejaban salir, pero acabábamos dejándola olvidada en el tranco de la puerta o en las piedras que colocábamos haciendo el marco de las porterías. Corríamos mientras le dábamos bocados al pan y masticábamos el polvo de la tierra con mantequilla o con aquellas lonchas de chorizo Revilla que se pusieron de moda en los anuncios de televisión.

Allí afuera no había límites y las normas las poníamos nosotros. Jugábamos con los amigos de verdad, los que nosotros habíamos elegido y no con los que compartían banca en el colegio.

Salíamos a la calle oliendo a limpio, a goma de borrar y a lápiz tal y como habíamos regresado de la escuela, y unas horas después regresábamos con las manos negras, la cara llena de churretes, los faldones fuera y las rodillas magulladas, convertidos en auténticos "cehomos", como nos llamaban nuestras madres. Y aunque no sabíamos lo que significaba eccehomo, que era el término correcto, ya nos imaginábamos que tenía que ser algo muy grave a tenor de la paliza con zapatilla que nos atizaban con el castigo de aquella noche y la promesa, siempre incumplida, de que no volveríamos a pisar la calle.

Y desde el otro lado virtual, me responde Paquito imaginando que a aquellos niños del  partido de futbol en la "punta de la carretera", Ildefonso Aguayo, por citar a un ilustrado, les hubiera dado una charla sobre la esperanza en la mejora de las condiciones de sus vidas, comentándoles, por ejemplo, cosas como que todos llegarían a tener un coche mucho mejor que el de Doña María, que con el tiempo no tendrían que ir al teléfono a pedir una conferencia con su padre en Pamplona, que ellos tendrían un teléfono chiquitillo en el bolsillo por donde no solo podrían hablar, sino también verlo en una pantalla chica, que en sus casa habría un baño mejor que el de la casa de Doña María y que no se pasaría frío ninguno en invierno ni calor en verano, que todos tendrían unas cocina que se encenderían con solo apretar un botón y sin leña, que tendrían un armario con frío para guardar la comida, que la cuadra de su casa sería un garaje para el coche,... Que en la tertulia del Hogar del Jubilado es conversación habitual la piel tan fina que ahora tiene la sociedad porque cuando te pegaba una galleta el maestro en tu casa no lo decías porque era muy probable que tu padre te diera otra mientras que ahora, la sola bronca verbal de un maestro, no solo provoca la reacción grosera y violenta del alumno, también la de su padre. Todo por una sobreprotección que no entendemos bien porque después de todo, en nuestras condiciones y contexto, tampoco salimos tantos tarados. Es más, aún las añoramos con nostalgia.

Que nos declaramos incapaces de predecir cómo será la vida de nuestros nietos pero, eso sí, estamos seguros que materialmente será mucho mejor que la nuestra, aunque no somos capaces de ponernos de acuerdo en si también lo será emocionalmente. Que nosotros, en fin, a pesar de todo, nos acordamos con añoranza del campo de fútbol de la carretera, de la "chilanca de la quebrá", de la cueva de la harina,..... en realidad, de nuestra infancia.




jueves, 11 de mayo de 2017

NOS VAMOS YENDO




Y en esta inusual tarde de lluvia en la terraza del café Colón, reparo con mi contertulio en las imperceptibles torrenteras viales que se originan y llevan arrastrando multitud de burbujas, como náufragos con cabecita de cristal intentando asirse a la retama del ajardinado. Muchas de ellas se suicidan o estallan de pura alegría; otras, acaban despeñadas en la improvisada cascada del imberlón y siguen su ruta en la alcantarilla como simple líquido vivificador hasta su entrega gozosa al próximo mar.

Me dice José María que últimamente hasta presta más atención a las páginas de obituarios y esquelas de la prensa local que a los homenajes, porque aquellas ya le comienzan a ser familiares, puesto que aparecen nombres con los que compartió momentos, proyectos, ilusiones y actividades. "Nos vamos yendo, Manolo, nos vamos yendo, mecagoendíos", me dice este aragonés de pura cepa sin pena ni nostalgia, sino como constatación empírica de un hecho natural desde su perspectiva profesional de médico jubilado.

Que le produce extrañeza que concurra más a funerales que a ceremonias y actos intelectuales y lúdicos y que no haya encontrado "ningún muerto malo". Que son aquellos mismos quien en vida los denostaron y zancadillearon hasta el límite de la crudeza, sus propios "verdugos", los que hablen de la bondad del ya fenecido y las virtudes y méritos que en vida les adornaron. Queda pensativo y añade: "tuvieron toda una vida para demostrarlo y quieren repararlo en un momento".

Yo le respondo que a mí también me parece que no hay muertos malos, es como si en el tránsito al otro lado se redimiera todo; ¡pobrecillo! se suele exclamar, ¡con lo bueno que era!, aunque en vida hubiera sido un cabrón con pintas. Pero la muerte, nos humaniza e iguala; pobres, ricos, buenos, malos, altos, bajos, feos, guapos,... Es esa sensación lo que yo creo que redime todo lo malo que se haya hecho y borra los malos momentos pasados. Se recuerdan en general los ratos buenos, las alegrías y, el muerto se va con la comprensión e incluso el cariño de sus deudos, incluso de los que declararon odiarle en vida. Que a veces, cuando hablo con mi hermano Tomás o con mi madre les pido si pueden aclararme algo, pero no me dicen nada y que me lo tomo como un "¡déjate ya de tonterías!, ya te enterarás cuando te llegue el momento, como todo el mundo". Que vivir, en cierto modo, es un arte. Se está convirtiendo en un inventario de fechas, guarismos y rostros que se van recuperando o dejando en el desván del olvido, a medida que avanza el tiempo, a veces aliado, a veces enemigo, según la ocasión y el interés. Vivir es una travesía cada vez más pesada y fatigosa entre el dolor y el placer, tan cerca y tan lejos; entre el deber y el deseo de durar lo que se pueda, lo que nos dejen, oiga, lo que vayamos arrancando a la terca realidad. Y aquí seguimos, a la espera de que nos toque prefiriendo que sea muy, muy tarde.

José María, algo agnóstico y de izquierdas de toda la vida, mientras capa la colilla de su enésimo cigarro, me confiesa veladamente su fórmula secreta. Dice que se afana cada día por ofrecer lo poco que en la vida aprendió, por compartir todo lo que tiene e intentar que la gente que ama y a la que conoce, sea feliz cuando estén con él. Que la vida es la mina del más precioso metal que hay que ir depurando para apartar la escombrera de la materia prima esencial y por eso recicla, a diario, el carrito de su vida y planta y riega su jardín de interior arrancando la mala hierba que nada aporta y succiona, ya que nadie ha tenido viaje de vuelta para explicarle lo que es la eternidad ni la vida celestial o infernal gozando de coros angelicales o sufriendo las llamas del averno y en lo único que está empeñado es en preparar su vida y su alma para realizar acciones que queden en la repetida memoria de los demás, sembrar, porque si alguien en un segundo tuviera un recuerdo de él, está seguro que nunca moriría pues será como un pájaro cuco habitando, eternamente, en el nido de los demás.




viernes, 7 de abril de 2017

El cine de Hilario





            Recuerdo mis tardes de domingo en Mágina porque siempre las asocio con el cine de Hilario. Superada la Plaza de José Antonio, donde los adultos proseguían su "ligailla" en el bar de los Rubios, teníamos que ascender sesenta escaleras hasta llegar a la empinada cuesta donde, a la derecha, se encontraba la entrada del cine de Hilario. Era una nave rectangular cementada, con techo de uralita agujereada, sin salida de emergencia ni medida alguna de seguridad, donde la pared del fondo estaba revocada con yeso para su función como pantalla. En el interior había sillas de madera plegables y al fondo una serie de escaleras de cemento que hacían de gradas de "gallinero,pero que no eran sino el acceso al cuarto de proyección.

            En invierno los mayores iban provistos de paraguas para evitar las goteras y mi tía Carmen, la maestra y esposa del médico, don Gonzalo, se hacía acompañar de dos alumnas pelotas que le llevaban un brasero. Algunos se llevaban la cena y hasta el cántaro de agua por si les apretaba la sed y se les secaba la garganta mientras acompañaban las canciones del "Pequeño Ruiseñor" o de Antonio Molina.

            Era todo un acontecimiento cuando se proyectaban aquellas películas del Oeste llenas de forajidos y deudas pendientes en las que siempre ganaban los buenos. La chiquillería se identificada tanto con sus protagonistas que, en un exceso de excitación, acababan convirtiendo las filas en una batalla campal (¡toma, toma..!), provocando que Hilario tuviera que abandonar la sala de proyección, vara de almendro en mano, para poner orden , cosa que también hacía cuando se presentía el beso del galán y su amada porque sus labios se acercaban hasta el corte de la censura, pero que llegaba tarde al prendido fuego de los espectadores exaltados que ya adivinaban el final. Más palos de Hilario con la vara larga de almendro y una advertencia: " Ya no os dejo entrar más!".




Y que conste que entrar en el cine de Hilario costaba dos reales de aquellos que tenían un redondel en medio y que algunos coleccionaban para ponerlos repujados en el cinturón y, además,  era todo un lujo en un pueblo de mil setecientas almas que no tenía Cuartel de Guardia Civil y tan solo un policía municipal, el buenazo de Joaquín, quien por agradar hasta se pasaba todas las mañanas haciendo que vigilaba en los Grupos Escolares para atravesar bajo el ojo del puente ,donde sabía que lo esperábamos para mearnos sobre su gorra de plato, pero era un lujo que nos igualaba a Torres y a Jimena, que también tenían cine.

            Los jueves Hilario era un puro nervio. Esperaba con impaciencia en la Era Nueva a que "la Chata" de los Pacomigueles - que era como se conocía al bus que efectuaba el trayecto diario de Albanchez a Jaén- trajera los rollos de película. Si llegaba, lo anunciaba el sábado con título y hora Eufrasio el pregonero, que antecedía su canto con toque de trompetilla por cada una de las esquinas y, llegado el ansiado momento, el domingo por la tarde, soñar era posible. Era el cine, el cine de Hilario. Aunque el sueño, para no llegar nunca a ser pesadilla, se interrumpía bruscamente con el cambio de rollo, para lo que se hacía un largo descanso en el que las sillas y los ánimos se recomponían, se comían pipas y las alumnas de mi tía Carmen avivaban y renovaban las ascuas de su brasero, ... ¡que para eso era Doña Carmen, la maestra!.

El resto de la semana seguía siendo rutinario: desayuno, escuela, recreo con leche en polvo y queso americano, guerrillas, bolas y cibilicerra en el tranco. Alguna borrachera de Hilario que provocaba alboroto y tuvo que ser reprendida por el alcalde, su gran amigo, con alguna que otra noche de calabozo y.... tiempo para soñar la próxima película.

            Después todo se complicó. Nos hicimos maduros, dejamos de soñar y dejamos de creer en las historias de vaqueros o romanos donde siempre ganaban los buenos. La ciencia ficción terminó robándonos nuestra sencilla realidad. Hilario cerró el cine, compró una máquina "comepiedras" y un camión con volquete. Consiguió del alcalde una concesión para triturar la montaña de la Serrezuela que soporta el castillo y se dedicó a vender gravilla con la que asfaltar la carretera que nos unía a Jimena. Había llegado el Progreso, pero perdimos nuestros Sueños.


lunes, 3 de octubre de 2016

UN BUEN HOMBRE




A veces pienso que nunca llegué a conocer bien a mi padre. Como cualquier adolescente estaba más preocupado por crecer y hacerme mayor que de comprender sus consejos, su forma de ser y comportarse, o de entender los motivos de sus decisiones. Sin embargo, lo que si recuerdo es la admiración y respeto que él sentía por aquel hombre, Andrés, a quien con frecuencia ponía de ejemplo. Siempre contaba de él la misma historia. En su juventud había sido el primer muchacho del pueblo a quien sus padres regalaron una escopeta de aire comprimido. Era el ídolo y atracción de toda la chiquillería, que porfiaban para que les prestara aquel artilugio que disparaba plomos con forma de diábolo o reloj de arena,  con los que alcanzaba a mucha distancia a los pájaros inaccesibles a los tirachinas. En una de esas algarabías de disputa multitudinaria por ser el adjudicatario de tan preciado préstamo a Andrés se le disparó el plomo de la carabina, con la mala fortuna que vació el ojo derecho de Fuensanta, la hija del panadero, quien, a pesar de salvar la vida, quedó tuerta. Andrés, que por entonces tendría dieciséis años, prometió que, en reparación de su culpa, se casaría con ella. Llegado el momento, aunque su familia había abandonado el pueblo, Andrés volvió y cumplió su promesa. Él era un hombre de palabra.

Un día, cuando yo tenía dieciséis años, Andrés apareció por el hotel donde yo trabajaba como botones desde los catorce. La repentina muerte de mi padre y la escasez de la pensión de viudedad de mi madre, habían sido factores decisivos para mi temprana incorporación al mundo laboral y, no pudiendo abandonar la casa ni a mi madre, aquel hotelito de las afueras del pueblo me pareció una buena opción.

Andrés llegó sólo y, a diferencia del resto de los huéspedes, no traía más equipaje que una mochila. Vestía ropa de cazador y llevaba una flamante y reluciente escopeta vacía de munición doblada en forma de V invertida colgada de su hombro izquierdo. Se registró en el hotel y yo le seguí camino de su habitación intentando ayudarle con la mochila. Me pasó su brazo libre por encima de los hombros y me pidió detalles del pueblo, de algunos vecinos, sobre si aún vivían o no, sobre la última cosecha de almendras o el veneno que había matado al quebrantahuesos aparecido en el Coto de los Hurones, en el Caño del Aguadero. Tuve la sensación que era él quien me acompañaba aunque fuese yo el que abrió la habitación y le mostré la estancia. Después de abrir las dos hojas del amplio balcón, repasó por unos instantes la fisonomía y paisaje del Aznaitín, que se veía desde allí, y me preguntó:

- ¿ Cómo te llamas?.

- Valentín-Alberto, señor. Pero todos me dicen Valentín, contesté.

- Te llamas lo mismo que a quien te pareces, Valentín. Yo me llamo Andrés, replicó

- Que tenga un buen día, don Andrés, dije tras colocar el ligero equipaje encima de la cómoda mientras me disponía a abandonar la habitación. Él, se me quedó mirando. Luego pareció recordar algo, esbozó una sonrisa y metió la mano en el bolsillo. Al tiempo que me daba unas monedas, me dijo:

- Tú llámame como quieras, pero mi nombre es Andrés, solo Andrés.

Durante su estancia entre nosotros nunca salió a cazar. Dedicaba el tiempo a dar largos paseos matinales desde Chavayanque hasta la Caldera del Tío Lobo para enjugarse la cara mojándose las manos en los "chilancones" del río y departir largas horas sobre la recolecta de plantas aromáticas que aquel huraño vecino que nunca visitaba el pueblo hacía pasar hervidas por la imponente tubería que servía de serpentín. Otras veces recorría toda la falda del Aznatín e iba hasta Cuadros, y desde allí subía a la Fuente del Espino, en pleno corazón de Sierra Mágina. Por las tardes le gustaba el Salón del Santo, desde cuyos grandes ventanales se divisaba un mar de olivares, al mismo tiempo que mareaba el periódico o subrayaba el libro que estaba leyendo, hasta que al atardecer, comenzaba su paseo entre los pinos hasta la hora de su frugal cena.

Era precisamente esa hora del atardecer la que yo más esperaba. Liberado de mis obligaciones por el escaso trajín de huéspedes, aguardaba en la puerta a que Andrés iniciara su paseo por el pinar. Él, consciente de mis intenciones, me buscaba con la mirada y movía la cabeza hacia un lado. Era la señal. Entonces yo le seguía un poco rezagado hasta que me pasaba un brazo por los hombros y comenzaba a hablarme de la importancia de la instrucción, de que la vida es un precioso regalo y desperdiciarla el más terrible de los pecados, de la igualdad y solidaridad de los seres humanos, y de mi derecho y deber de superarme mediante el esfuerzo y la disciplina porque a todos se nos ha dado el don de poder elegir...

En uno de esos paseos me contó que a su padre, ya mayor, le había tocado el Gordo de la Lotería. También que hacía años enviudó de la mujer más bella que jamás había visto en cuantos lugares frecuentó en sus muchos viajes por el mundo y a quien más amó en su vida, y por esa razón ahora viajaba sólo y ligero de equipaje. Fue entonces cuando me atreví a cuestionar sus consejos y, armándome valor, le dije:

- Mire, don Andrés, todo eso está muy bien, pero yo creo que sólo hay dos clases de gente: los ricos como usted y los pobres como yo.

- Yo no soy ni más rico ni menos que tú, Valentín. No hace falta ser rico para tener cuanto quieras, porque la verdadera riqueza está ahí, contestó mientras con su dedo índice presionaba con fuerza sobre mi corazón.

Aquella tarde me dijo que conocía las habladurías que corrían sobre él, pero que no era ni un rico estrafalario, ni un loco, ni un beato, ni maricón, ni anarquista ni nada. Que lo que intentaba, y no sin poco esfuerzo, era llegar a ser algún día un buen hombre, aunque no sabía si lo conseguiría. Que pronto se marcharía de allí y que esperaba que yo también lo hiciera, porque a pesar de que aquél fuese nuestro pueblo, la vida me esperaba al otro lado. Cuando le pregunté por qué llevaba siempre aquella escopeta tan reluciente colgada del hombro si quería ser un buen hombre, me contestó textualmente, "porque venía con el traje".

Se marchó cuatro días más tarde. Le acompañé hasta la curva del Barranco del Miedo, y hubiera ido con él al fin del mundo. Al despedirnos me dijo:

-Toma la mochila, Valentín. Es para ti. Es mi regalo de despedida. Creo que de tanto cargarla ya te pertenece más que a mí. Úsala siempre bien.

Vi alejarse su coche mientras me invadía un extraño sentimiento de gran aflicción, que rápidamente fue sustituido por el de la sorpresa recibida al abrir la mochila y encontrarla llena de billetes grandes.



Unos meses después de su partida quedé huérfano de madre y yo también abandoné el pueblo. No he vuelto hasta hoy, viudo y jubilado. Mis colegas y  compañeros decidieron hacerme un homenaje y no se por qué motivo elegí este mismo hotelito rural donde trabajé como botones. Hoy he leído la prensa en el mismo sillón del Salón en que él se sentaba. He recorrido el mismo paseo que hacíamos juntos cada tarde y hasta he sentido su brazo rodeando mi hombro y el ligero peso de la mochila que siempre le llevaba y que cambió mi vida. Luego he visitado a Diego, el único que queda de la pandilla de entonces. Juntos hemos recordados anécdotas, travesuras y amoríos de la infancia, y me ha dicho que le contaron que aquel cliente del hotel con quien yo paseaba murió, pero que no por accidente traumático, sino de muerte natural, muy natural. Se contaba que el día en que murió no vestía su traje de cazador, sino que apareció en el casino de la Capital vestido de esmóquin, y ante la extrañeza de sus amigos de tertulia por la novedosa vestimenta, respondió diciéndoles: "No. No voy a ninguna parte. Es que voy a morirme y quiero estar vestido para la ocasión". A la mañana siguiente Beatriz, su empleada de hogar, lo encontró encima de la cama muerto. Plácidamente muerto. "Siempre cumplía lo que decía, acabó el relato Diego. Era un hombre bueno, un hombre de palabra".

A mi homenaje de jubilación han asistido muchos colegas. En sus discursos han hablado de mi reconocido prestigio internacional y de los méritos y avances logrados por la medicina gracias a mis trabajos de investigación y descubrimientos en el campo de la cardiología, pero en ninguna de sus palabras he podido encontrar respuesta a si había conseguido o no ser un hombre bueno. Por eso, cuando pasada la medianoche vino a recogerme en su coche mi nieto Andrés, mientras recorríamos el trayecto de la puerta a la entrada del hotel que flanquean los pinos, me atreví a preguntarle:

- Oye, Andrés, ¿tú crees que soy un buen hombre?.

Mi nieto, absorto en sus pensamientos, no contestó, aunque ahora que lo pienso, quizá no lo hizo no porque estuviese distraído, sino porque comprendió que la pregunta no era para él.







Publicación 2006
Creative Commons License
Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.