En un futuro lejano
Manuel de la Milagrosa despertó recostado bajo un gran olivo en el que cientos de aceitunas brillaban bajo el sol del mediodía. Extendió sus brazos desperezándose mientras bostezaba incontrolablemente. Poco después se fue incorporando lentamente. Sus ojos repararon en aquella inmensa y escarpada sierra de color violáceo que tenía al frente y a la que unas armoniosas nubes blancas parecían acariciar. Esa visión le complació y suspiró fuertemente. No sabía en qué lugar estaba, pero tampoco le resultaba desconocido.
Se fijó en el olivo que lo había cobijado, sus estrechas hojas oleáceas estaban frescas y tersas. Agarró una rama y tiró hacia sí, rozó las aceitunas que colgaban y percibió su aroma. Volvió a suspirar y miró a ambos lados. La extensión del olivar era inmensa. - “Esto parece el Paraíso", pensó. - “Y lo es", susurró una voz en sus oídos. Se volteo intrigado, pero no vio a nadie.
Miro a todos lados y nada. -"Que raro", pensó, -"será que estoy dormido". -"Sí Manuel, duermes", susurró mucho más fuerte la voz.
Muy sorprendido y con incomodidad Manuel de la Milagrosa increpó con voz autoritaria: -"Dónde estás? quién eres?" De nuevo una voz indefinida sonó: -"Soy todo lo que ves y todo lo que no ves".
Manuel estaba desconcertado. Volvió a mirar a ambos lados, a la lejanía, al cielo, se miró sus manos y a la rama de olivo que había sujetado. La volvió a agarrar bruscamente. Un par de aceitunas se desprendieron cayendo al suelo. Las miró, se agachó y las tomó con cuidado. -"Este olivar es real, existe, lo estoy percibiendo…”, pensó mientras contemplaba las aceitunas en su mano abierta: –“…estaré soñando despierto? “
- “Si miras hacía fuera, sueñas, si miras hacía dentro, despiertas”, sentenció aquella voz aún con más fuerza.
Una sensación de temor empezó a recorrer el cuerpo de Manuel al ser consciente que estaba solo en aquel paraje. –“Pero qué? …que está pasando por Dios!"
De repente, como surgiendo de la nada, se percató que frente a él había una mujer que con los pies en un riachuelo parecía buscar con las manos algo dentro del cauce: -"Me has llamado?" preguntó sin levantar la cabeza. Tras decir esto salpicó súbitamente el agua y alzó su dedo índice señalando a una rana que desaparecía apresuradamente entre las piedras de un extenso vergel:-"Ves! se me ha vuelto a escapar!!", gritó.
La mujer, a la que Manuel hubiera analizado en otros tiempos como "del montón", salió del aguazal y palmeó las manos para limpiar el lodo que tenía entre los dedos. Entonces mirando al lugar donde la rana se había escondido negó con la cabeza y suspiró: "-Siempre hay alguien más listo que tú". Tras ello levantó con resignación la mirada y guiño un ojo a Manuel.
Manuel de la Milagrosa se quedó estupefacto: aquella mujer, aquel riachuelo, aquellas piedras, aquel vergel esplendoroso e incluso la propia rana habían aparecido de la nada o es qué antes había estado ciego? -"Así es Manuel, a veces no vemos aquello que no queremos ver", le replicó la mujer poniendo sus brazos en jarra mientras especificaba: “ aunque lo tengamos delante de las narices!”
Manuel empezó a farfullar con nerviosismo, estaba al borde del colapso. -“Eh…eh…qué…qué?, su corazón se iba acelerando y su mente divagaba a toda velocidad -"No me habrá dado un patatús y estoy delirando? ...o peor aún, me habré quedado tonto?...Ay, no! eso no, prefiero fenecer, morir, desaparecer! "
La mujer, al ver a Manuel con esa enardecida expresión en el rostro, se acercó y con voz serena dijo: -"Bien, para que lo entiendas, yo soy lo que tú llamas Dios"
Manuel la miró de arriba a abajo con la boca abierta. Incrédulo y a la defensiva se resistía a creerlo: - “Vaya, ahora va a ser que Dios es una mujer” ironizó mentalmente.
-"Tengo infinitas formas, pero sí, ésta es de mujer”, le replicó ella sin inmutarse.
Manuel seguía sin dar crédito totalmente desconfiando: -"No, si al final esto va a ser cosa del demonio y no de Dios”, ironizó mentalmente de nuevo. - "Dios pone el corazón y el diablo la memoria. Fíjate en eso y sabrás distinguirlas”, le contestó ella esbozando media sonrisa.
Manuel estaba perplejo. Él era creyente. Su educación en tierna edad había propiciado que lo fuera, aunque lo negase constantemente. - “Entonces, si estoy hablando contigo es que he muerto?” le retó intrépidamente sin querer saber la respuesta. –“El cuerpo es solo una sombra pasajera. Lo que eres nunca ha nacido y lo que no nace, no puede morir”, le contestó.
Manuel seguía boquiabierto, desde luego no era el aspecto que él pensaba que tendría Dios. Siempre había imaginado a Dios como un hombre de mediana edad y cuidada barba blanca que fumaba en pipa y emitía veredictos sentado tras un escritorio de regio porte arropado por una extensa biblioteca de buenos libros a la que daba luz una chimenea chispeante.
“-La forma en que tu piensas que es, no puede ser la forma que es en absoluto”, dictaminó ella. Dicho esto, se acercó extendiendo su dedo índice hacía Manuel y le tocó de forma suave pero firme una de sus sienes.
Manuel de la Milagrosa se estremeció. Como si un resorte se abriera en su cerebro empezó a entenderlo todo. Ese breve contacto con el dedo divino le dio una comprensión repentina que nunca antes había logrado. Abrió los ojos y quiso reconocer esa experiencia como la que siempre había estado esperando. Ya no le importaba si estaba en coma, tonto o muerto, en ese momento tenía la oportunidad de hablar con Dios. -"Por fin!... soy testigo de una Epifanía!!", gritó.
Su mente era un libro abierto. Quería hablar y las palabras salían sin pronunciarlas. Quería oír y las respuestas llegaban altas y claras. Y de esta forma una amena plática empezó a dar comienzo.
Continuará si hay más preguntas

















