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martes, 26 de marzo de 2019

GREGUERÍAS JURÍDICAS.


Hoy la conflictividad es tremenda. Se discute todo. Somos más rebeldes, sabemos más de leyes que don Isidro, el secretario, María Dolores Fernández Novillo, la oficial, o don Cristóbal, el Juez y, claro, todo es cuestionable, recurrible o denunciable. Se reclama todo, incluso derechos inexistentes, insólitos y, además, muchas cosas hasta salen adelante.

Los juzgados antes de constituirse aparecen ya colapsados. No hay sentido del humor ni cabida a la ironía. Ahora los jueces son jóvenes muy preparados, pero se ve todo muy crispado. Así, no se puede trabajar. En mi tiempo había jueces divertidísimos y muy mayores. Algunos rozaban la senectud o, tal vez yo era muy joven y así me lo parecían. La primera vez que informé en la Audiencia Territorial de Granada, con tres Magistrados, veía que el Juez más cercano me animaba con la cabeza, mientras que el de la izquierda negaba. Salí desconcertado, hasta que supe que ambos tenían un tic, fruto de la edad.

Teníamos un miedo reverencial. La Sala imponía y recuerdo los prolegómenos de la entrada como espacios de tiempo eternos, interminables, donde era difícil controlar el temblor de las piernas y el birrete calzado en la cabeza. Hoy, un testigo al ser preguntado por el Juez si prometía o juraba decir la verdad de todo lo que supiera y por lo que se le preguntara, ha contestado: "¡Eso depende de lo que se me pregunte"!.

Ya no se producen situaciones tan graciosas como la de aquella pareja de gitanos que acudieron al Registro Civil cuando ella dijo al funcionario: "Aquí que el Curro y yo nos queremos deseparar, y venimos a que nos borre del libro de los casaos". O aquella otra que se produjo en un juicio de faltas por agresión y lesiones en la que al ser preguntada la perjudicada si era cierto que había recibido un golpe en la refriega, ella contestó: "En la refriega no, un poco más arriba, entre la refriega y el ombligo".

Sé de un camionero bilbaíno que vino a Sevilla, a juicio, tras un accidente. El Juez de la tierra y con su acento seseante, interrogó: "Explíqueme usté el suseso". ¿Que le explique mi sexo?¿Es que no se nota?", respondió el vasco con voz de trueno.

Dos individuos que se habían pegado, recurrieron a un testigo sordo. A cada pregunta que Don Cristóbal, el Juez de Distrito N-1 le formulaba, el testigo, con la mano en la oreja derecha decía: "¿Mande?". Don Cristóbal le hizo acercarse al estrado y le preguntó a gritos: "¡Que me diga usted por qué sabe que este señor pegó al otro!". Y el testigo contestó: "Por oídas".

En la actualidad, el material probatorio que se aporta al acto de la vista ha de ser acompañado mediante escrito detallado de las mismas. Ya no suceden episodios tan hilarantes ni graciosos como los sucedidos con respeto a la inmediación probatoria en aquel juicio por el robo de un loro que cantaba por Marifé de Triana. La dueña denunció al que se lo había quitado y, como carga de la prueba, llevó al ave a la Sala. Después de revolotear, le dio un picotazo al ladrón y con el fiscal bajo la mesa, se posó en el hombro de la señora y cantó "Torre de arenaaaaa". Aquello y no esto eran periciales irrefutables y objetivas.

Manuel Gila Puertas
Colgdo. Nº 802





miércoles, 16 de enero de 2019

La comadrona de don Gonzalo.


Siempre que comienza un año se espera que sea mejor que el anterior, eso se pide en los deseos y luego, pasa o no.  El último fue malo, muy malo, se fueron seres muy cercanos, de los que dejan vacío, soledad, nostalgia, y recuerdos que son parte de tu vida, que se tienen tan interiorizados y tan vivos que casi parece que con los que los compartiste no se han ido e inconscientemente rechazas que ya no los puedas revivir mas con ellos, y tú los sigues reviviendo como si ya no estuvieras aquí solo, sin ellos. Y de pronto, cuando dejas de soñar y vuelves a lo real, sientes la amargura de la ausencia y sigues en lo cotidiano, más solo, sin nadie con quien compartir las cosas que pasan en clave de intimidad, esa intimidad que solo dan las relaciones honestas y profundas que se han compartido a lo largo de la vida con tus seres más cercanos, sean familia o
amigos. Y se van yendo, y te quedas solo.

La tita María Paula se ha ido este ocho de enero en un hospital de Sabadell, fíjate tu lo injusta que es la vida; ella se tendría que estar yendo en el río Hútar,  donde se han ido tantos a los que ella ayudó a nacer, donde vivió sus mejores años de niñez y juventud, donde tuvo sus hijos y los crió junto con la niña de su hermana Gabriela y los niños de su Felipe, como llamaba a su hermano.

A todos les profesaba un amor inmenso. Los acogía, los comprendía y  los animaba, como solo lo hacen los buenos maestros, desde la autoridad que siempre emana del cariño y del respeto que ellos le profesan. Mi madre me decía que era casi más madre mía que ella misma, quizá en un exceso de agradecimiento a la ayuda que tuvo de ella desde que la conoció hasta su muerte. Yo, lo tomé muy en serio y le puse a mi primera hija su nombre. Creo que, mi madre lo entendió, aunque nunca me lo dijo.

Manolo, recuerda que ella nos hizo hermanos de leche al encajar la abundancia de leche de tu madre con la escasez de la mía. Ella no sabía que estaba asignando recursos de la forma más eficiente, solo sabía que un recién nacido pasaba hambre y ella sabía donde saciarlo, su inteligencia y la generosidad de tu madre evitaron mi malnutrición y permitieron que fuéramos hermanos de leche.

Tenía cien años, casi ciento uno, los primeros cuarenta y dos en Mágina y el resto en el Vallés de Barcelona, donde como tantos otros tuvo que emigrar en 1960. Mientras pudo, siempre volvía al pueblo con toda la familia donde, y pesar de los años y la ausencia, nunca perdió la condición de paisana, siempre fue María Paula, la comadrona de Don Gonzalo.

Ya no estaba para hablar con ella, su condición física y cognitiva fue empeorando con el tiempo (Señor, para que vivir tanto, decía ella), pero da igual, uno sabe que está ahí en algún sitio alguien que forma parte de tu vida, forma parte de tu  andamiaje, de la estructura de tu ser, ahora se ha ido y la vida se resquebraja  un poco más, bueno, en esta caso, mucho para mí.

Después de que en el año pasado me quedé sin los Marianos, primo y hermano, le pedí a este que fuera mejor, pero ya ves, la tita se ha ido y aquí seguimos un poco más solos.

Seguro que se ha encontrado con Tomás, con Mariano y tantos y tantos otros a los que ayudó a traer el mundo; que estará atareada contándoles anécdotas y recuerdos que sólo ella pudo vivir incluso en su ausencia. Don Gonzálo la habrá acogido con un abrazo y ya estarán pergeñando algún centro materno-infantil celestial, pero allí lo tienen difícil porque no hay subvenciones, ni partos y los niños ya llevan alas.

Qué terrible paradoja. Alguien que ayudaba a que muchos vinieramos a la vida y, sin embargo, ni la propia vida pudo hacerla eterna. Será que eso que llamamos Eternidad reside solamente en nuestra alma.


Por Juan Francisco Martínez.
(El hijo de Felipe)

*

lunes, 17 de diciembre de 2018

Juegos de la Navidad







A mediados de los 50, a comienzos de diciembre, semanas antes de la Navidad oficial, los niños cogíamos tortas de musgo adheridas al peñón del Cerrillo de los Villares para adornar un belén de figuras entrañables que transitaban por un camino de aserrín que nos regalaba Benito, el hijo de Agustín el carpintero, y al que coronábamos con un matiz de polvo de talco para conceder realismo de la verdadera capa de nieve que cubría las casas y calles de nuestro pueblo, Albanchez.

También, por entonces, las postales navideñas comenzaron a llamarse vulgarmente christmas, pronunciado “crismas”. Cuando llegaban las vacaciones, las casas se llenaban de dulces, se dejaba de ir a clase sin estar enfermo, se escribía la carta a los Reyes Magos, y se podía ver en persona a Blas, el cartero, que solía portar un maletón de cuero grueso y recurtido lleno de postales navideñas, que llevaba siempre colgado en bandolera, incluso en los ratos en que compatibilizaba su función con la de alguacil junto con Joaquín.

Llegaba la Navidad y el estanco de Juan José, frente a la torre del reloj y de mi tía Rafaela la telefonista del pueblo, se llenaba de las caras de Ferrándiz como anuncio de las felices fechas que llegaban en unos años en que la vida era dura, sin apenas dispendios y con pocas celebraciones, pero en la que, para muchos, los sentimientos se vivían más a flor de piel. Junto a los crismas, la lotería, la música de los villancicos, escribir y echar la carta a los Reyes Magos y poner el belén eran hitos de la Navidad de los niños de mi generación.
Para "echar" las cartas, era imprescindible comprar el sello. Los sellos (hoy elementos casi desconocidos para aquellos menores de 25 años) también tenían su atractivo para los niños, ya que eran elementos codiciados… Aun usados, se aprovechaban para fines solidarios (aunque antes no se llamaban así y se preferían las palabras “caritativos” o “humanitarios”). Fernando el de "jarrucho" y yo los recogíamos y hacíamos paquetes de cien que atábamos con goma elástica y los enviábamos a una dirección concreta aunque desconocida. Se decía que eran «para los negritos» (hoy expresión políticamente incorrecta), o «para las misiones», y nosotros, ingenuos, no llegamos nunca a comprender la existencia de numismáticos aprovechados.

El texto de las tarjetas acostumbraba a escribirlo el que tenía mejor letra de la casa y, una vez concluido, se iba pasando a todos los miembros para que firmaran. Hoy resulta muy conmovedor constatar cómo convivían en el mismo espacio las letras inmaduras de los niños, las más redondeadas de los adultos, junto a las picudas de los más ancianos… Si había prisa, algunas veces se hacía trampa y la madre firmaba por todos imitando la letra de los distintos miembros, aunque muchas veces «se notaba».

Una vez terminado el proceso, venía el pegado de los sellos. Aunque en muchas casas había una especie de esponjita en un pequeño envase redondo que se mojaba con agua, los niños solían preferir hacerlo con el básico método del lametón, aunque dejara mal sabor de boca y a veces los sellos así pegados quedaran un poco torcidos.

El siguiente paso era pasar por la estafeta de Correos, aquel minúsculo cuartucho de la calle Calvo Sotelo en donde Carlos, con el habitáculo repleto de papeles y de cajas de mantecados "La Estepeña" de los que era representante local, con una desesperante parsimonia y prudencia se aseguraba, pesando la carta, de la tasa del sello antes de proceder al sellado, con artilugio mecánico, de su franqueo. Eran unos días de tanto ajetreo, que eran los únicos del año en los que no se veía a Carlos dar su vespertino paseo desde Albanchez hasta Gútar rechazándo ser recogido en el Dauphine verde por Valentín o por Pedrillo.

En la mayoría de los hogares, los christmas se convirtieron en importantes elementos decorativos, junto al espumillón, bolas y nacimientos. Algo más tarde llegarían los abetos, naturales o artificiales, que se unirían a la decoración navideña… En algunos salones pudientes, los christmas se situaban encima de la chimenea o sobre el televisor, que parecía ser su lugar natural, pero, como la mayoría de los hogares no lo tenían, se exhibían en la mesita de la entrada o en algún otro lugar destacado. Normalmente se colocaban abiertos por la mitad para que se mantuvieran de pie. Cuando era una cantidad importante, existía un orgullo inherente en exhibir ante propios y extraños lo que simbolizaban: la demostración fehaciente de tanta gente que se había acordado de ellos en esa época, consecuencia del gran afecto y consideración del que gozaba la familia.

En el núcleo familiar se solía comentar lo bonita que había sido la de Fulanita, se echaba en falta la del que siempre solía felicitar y este año no se había recibido, o se comentaba la diligencia de Zutano, siempre el primero que llegaba al buzón.

El mensaje solía ser estándar: «Feliz Navidad y próspero año nuevo»; los más lacónicos: «Felices Fiestas», el hoy olvidado “Felices Pascuas” y otros incluían mensajes personales más o menos informativos de la situación familiar. Muchas empezaban: «Espero que al recibo de esta estéis todos bien. Nosotros bien, gracias a Dios…». Algunos se salían un poco de lo normal: se escribían torcidos en ascendente, en la cara opuesta, o incluían una participación de lotería o algún billete, pero todos terminaban con palabras más o menos afectuosas dependiendo de la proximidad del destinatario: «Os quieren», «No os olvidan, «Con cariño», «Recibe nuestro afecto». En muchos casos, era la única toma de contacto anual entre parientes y amigos de localidades distantes.



Pocos entonces sabían el nombre de Ferrándiz, aunque firmaba todas sus tarjetas en mayúsculas, y hoy posiblemente lo sigan desconociendo, pero puede afirmarse con rotundidad que nadie que fuera niño y no tan niño en estas décadas pudo olvidar este universo de imágenes y escenas beatíficas que quedaron grabadas en el imaginario colectivo de las navidades de antaño para no irse jamás, siendo parte inherente de los recuerdos navideños de un siglo, de una manera silenciosa e inconsciente… pero asombrosamente nítida en la memoria.

El sino de los tiempos acabaría con la costumbre doméstica de escribir felicitaciones en tarjetas navideñas, que parecía tan arraigada que jamás desaparecería. Llegó la prohibición de arrancar musgo por la presión ecologista, la laicalización del alumbrado para que nuestra sociedad fuera respetuosa y no hiriera los sentimientos de una cultura que degolla en su Día a un cordero mientras en nuestras casas se quemaron las artesas y se prohibió la matanza del cerdo; se asiste a clase con velo y se retiran crucifijos, y el abaratamiento de las conferencias telefónicas, la llegada de la mensajería móvil, wassap e internet y, por último, las redes sociales, acabaron de dar la puntilla al más mágico juego del año.

Y mientras hemos descargado el maletón de cuero de aquellos carteros como Blas o los carritos amarillos y azules del Servicio Público de Correos de hoy, ellos se encuentran con un ERE amenazante y nosotros con la pérdida esencial de un cariño, de un juego que nos acercaba y mantenía unidos y que ha quedado reducido y sustituido por el  frío, moderno y convencional emoticón que difumina lo que fue el verdadero juego expresivo de un sincero y profundo sentimiento.



martes, 27 de noviembre de 2018

JUGANDO A LAS MAMÁS





Porque las madres eran lo más parecido a Dios, nunca se cansaban ni se acostaban antes que nosotros, nunca se permitían el lujo de ponerse enfermas y eran nuestros propios médicos de cabecera que sólo con mirarte a los ojos sabían si tenías fiebre o te habías enamorado de una compañera de la escuela, quizá por eso, por todo eso, las niñas de mi generación querían ser las mamás de sus muñecas.

Recuerdo a mi hermana pequeña dejar a sus amigas del portal jugando a la comba, para rebuscar en el viejo arcón de nuestra abuela paterna Isabel su muñeca preferida y jugar a solas. Aunque a solas no, con su muñeca.

Antoñita, hoy Toñi en contracción de su verdadero nombre Antonia María del Consuelo, impronunciable para unos críos de entonces para los que el carnet de identidad era algo que no existía hasta pasados muchos años, pasaba horas y horas vistiendo y peinando a aquellas muñecas de trapo a las que hablaba como si fueran sus hijas, aconsejándolas y reprimiéndolas con las mismas palabras escuchadas por ella misma de nuestra madre. En los días de frío, cubría su boca con bufanda recordando la conseja de mamá para quien todas las enfermedades se cogían por la boca, les limpiaba las velas de mocos imaginarios y los churretes, y en los días soleados las lavaba con la suave caricia de la esponja para cambiarlas de ropa, también lavada previamente en su minúscula tabla de madera en el pilón del patio de la casa familiar que presidía un crucificado de piedra, para que lucieran radiantes a los ojos del vecindario. Luego, les intentaba dar de comer en una boquita cerrada que sólo su imaginación veía abrir masticando delicadamente los trocitos y migas de pan ofrecidos con la cucharilla de pasta del helado que celosamente guardaba para tal menester, y hasta confeccionaba trocitos de tela, a modo de pañal, que justificara el proceso de digestión que el acto de la comida anterior les había producido naturalmente.

Iba con ellas a las tiendas que había fabricado con cuatro piedras, algún trapo viejo y unas cajas de cerillas de cocina, donde simulaba el juego de comprar o vender a las que estaba tan acostumbrada cuando con nuestra madre acudía a los comercios reales de Sebastián y Paco Moya en la cuesta de la Risca, y les enseñaba a diferenciar la perra gorda de los dos reales y el tasajo de tocino magro del medio cuarterón de bacalao seco.

Mi hermana pudo acceder desde la muñeca de trapo a la más realista de la Mariquita Pérez aquel día de Reyes en que sus zapatitos encontraron encaramados una caja rectangular y supergrande que aparecía envuelta en papel de regalo de vivos colores, y con una pegatina imperceptible a sus espatarrados ojos infantiles que predicaba que su origen no era del Palacio de Oriente, sino del centro comercial más grande y deseado de la capital: Galerías Preciados.

Pero como todas las reinas, también a ellas se les fue cayendo la corona. La de trapo fue sustituida por la Marquita Pérez y ésta por la Famosa que se dirigía al portal de Belén en los anuncios televisivos.

Los nuevos tiempos le trajeron la Nancy, aquella rubia esbelta que a los chicos nos traía ensueños de las extranjeras que decían se bañaban en bikini en las playas de Benidorm, y que tenía una serie inabarcable de accesorios coleccionables que hacían más confortable y atractiva su vida y más prolongado el juego y el deber de las niñas para llenar su día con su batalla de trabajo y ternura.

Y así sigue esta mi única hermana, la pequeña, y toda aquella generación ejerciendo su legado de ternura maternal aprendida con respecto a nosotros, quienes pasamos de ser sus hermanos mayores a ser los sujetos de sus mimos y cariños cuando en nuestras visitas nos continúan preparando el embozo de la cama o el plato de andrajos o de croquetas con el esmero de un amor infinito e inconfesable que aprendieron jugando con sus muñecas.





domingo, 28 de octubre de 2018

EL HIPO DEL BARBERO



Mis días de lluvia en Mágina olían a migas y barbería. Era Alonso un hombre íntegro, formal y de exquisita amabilidad, pero con necesidades familiares que a veces le resultaban difíciles de atender en un pueblo de mil setecientos habitantes y con dos barberías más, la de Marcos y la de el tío Sardinilla, que estaban situadas en las zonas media y baja donde se concentraba la zona más poblada. 

También era cuando su máxima necesidad se producía, el momento en que esperaba ansioso que sus más adinerados clientes llegaran. En el instante en que tal evento se producía, comenzaba el ritual de colocarte aquel inmenso trapo blanco, a modo de cobertor, anudado al cuello, calentar el agua en el infiernillo eléctrico y mezclarla con el jabón en su bacina de afeitar hasta obtener aquel producto espumoso para amoldarla al cuello del cliente y comenzar a aplicarlo, con brocha de pelos de tejón, sobre la barba.

Escogía, escrupulosamente, la mejor navaja barbera y repasaba su hoja por el instrumento afilador o asentador de cuero mientras iniciaba cualquier tema intrascendente de conversación que solía girar sobre el tiempo, la muerte del último vecino o la desgracia de la última cosecha. Entrado en acción, comenzada a hipar con un ritmo acompasado que producía el normal descompás en su trabajo y entonces, llegado al punto de la garganta, formulaba el ruego, su ruego: "Oye, fulanito, ¿ podrías prestarme veinte mil duros?. Es que tengo unas cosillas por ahí que tengo que atender de manera urgente y estoy pasando una mala racha. Te las devolveré en unos meses y te lo agradecería toda la vida". El cliente, desvalido y en manos de una persona que rondaba su cuello con una hoja afilada de afeitar y con hipo, poca opción tenía y acababa accediendo a la petición más por miedo que por impulso caritativo.

 Cierto es que Alonso siempre y cuando pudo devolvió lo prestado, por lo que mantuvo su clientela doblemente agradecida, pues cuando llegaba el día de la devolución de lo prestado no solo le daban las gracias por la recuperación del dinero sino que, también, por conservar el pescuezo.

lunes, 24 de septiembre de 2018

BANDERAS AL VIENTO.




Nos hacían besarla, subirla y arriarla a la entrada y salida de la escuela. Nos hicieron jurar una bandera que el tiempo cambió sin reparar que era como besar a otra novia. Inconscientemente, fueron ellos los que introdujeron en nuestra alma la posibilidad de la promiscuidad, y cuando ésta se instauró en todos los países, naciones y pueblos, aquellos mismos intentaron reprimirnos decretando una Ley que restableciera obligatoriedad y orden de preferencia sin comprender que la nuestra, la que nuestra infancia defendía con ardor guerrero hasta la extenuación y el descalabro de la pedrada de la honda de esparto en la cabeza, era la de la calavera con dos tibias cruzadas.

Enarbolando la bandera pirata surcamos mares de rastrojeras abrasadas donde los únicos milagros de humedad brotaban de las lágrimas de los ojos de los burros de los segadores en los que las mariposas, sedientas, bebían.

Si los chicos de mi generación se raparan todos a la vez la cabeza, no solo batiríamos el record Guinnes sino que demostraríamos al mundo con las cicatrices de las brechas cosidas con puntos de sutura, el más fiel juramento que jamás puede hacerse a una bandera.

Éramos alondras que, incontaminadas, buscábamos los lavaderos y las plazas donde sujetar el agua para bañarnos y jugar a la rueda para oír el canto de las muchachas; olíamos a paja y heno tibio nacidos del aliento de las bestias, no conocíamos mojón ni frontera y nuestra patria era la alegría de cada primavera, de cada día. Avanzábamos en manada en pos de conquistar un desvarío desplegando todas nuestras banderas del odio distendido. Hoy, frente al televisor y ante el juez, no es posible la fábula. Yace amortajada la ironía.

Y aquella generación, en nuestras cotidianas guerrillas, sólo tuvo por bandera la camisa sudada de nuestro amigo de pandilla.



sábado, 1 de septiembre de 2018

HASTA LUEGO MARIANO, NOS VEMOS EN EL JARDÍN

(Carta póstuma)


No voy a hacer un panegírico de lo que has sido, es innecesario, todo el mundo sabe que eras, por utilizar tres adjetivos, bueno, paciente y generoso. Con eso queda todo dicho. Te recordarán como un enorme campeón de la bonhomía y la tolerancia.

Yo, además de eso, te recordaré como el hermano que se crió, creció y vivió contigo los años de la niñez y la juventud, juntos, bajo el mismo techo, siempre en armonía. Que aprendimos juntos en la escuela, en la Universidad y en la Vida, a amar la lectura, la música, el cine, a hablar de todo, con o sin respeto, a discutir, a aceptar las decisiones de los padres, razonadas o no, y en fin, a ir por la vida con dignidad y molestando lo menos posible.

Y ahora te vas, o quizá sea más preciso decir que te llevan, y nos dejas sumidos en un pozo de pena y desolación. Me gustaría decirte adiós por seguiriyas, pero ya sabes que ni por voz ni por oído puedo, y me consuelo pensando que tal vez tu marcha sea muy mala para nosotros pero no necesariamente para ti.

Tengo creído que a la gente buena se la llevan antes. La quitan de sufrir en este valle de lágrimas. Ahora se vive mucho, quizás demasiado, y la mayoría malamente. La Iglesia quitó lo del Purgatorio hace algunos años, puede ser porque la gente lista de la Curia se dio cuenta que, con tanto vivir, el Purgatorio estaba en los últimos años de la vida.

Te has ido pronto "pal" Jardín, como decía nuestro admirado Beni de Cádiz. Alguien, seguramente tu madrina Carmela, ha decidido que  entraras directamente, acompañado por la Virgen del Carmen, sin estos últimos veinte o treinta años de penurias por hospitales, consultas y residencias, quién sabe si discapacitado y/o abstraído. ¡Pues sabes que te digo! , que mejor para ti y peor para nosotros.

Nosotros nos quedamos aquí, sumidos en dolor y desesperación y tú estarás allí, tan ricamente. Me figuro la alegría con la que te habrán recibido Tomás y el Pérez, y la sonrisa del tito Andrés, el tito Juan José, el tito Pablo y tu suegro Paco diciendo: ¡ nene, ahora si que viene un buen "ligaor"!.

Mariano, espéranos ahí, iremos cuando nos toque. Entretanto, te echaremos permanentemente de menos. Que la tierra te sea leve, querido hermano. Hasta luego, Mariano.




Por Juan Francisco Martínez Pérez.


Y todo esto ocurrió en la Fraga de Malvís, un fatídico 16 de Julio de 2018. 






sábado, 30 de junio de 2018

CHICHIVEO A LOS MÍOS.




Ahora que todos mandan, que somos menos inteligentes y cultos que aquellos quienes nos precedieron y que tras tantos siglos seguimos sin evolucionar creando nuevos dioses (el futbolista, el político, el banquero, el google...) y nuevos diablos (el tabaco, el colesterol, la obesidad...), recuerdo mi juego en Mágina.

Sentado en el tranco de la puerta y sosteniendo en las manos una larga correa de cuero de nuestro padre, los participantes nos agarrábamos a ella. "Mando, mando", decía el oficiante, a lo que a la consentida propuesta respondían los participantes: "¿qué mandas?". Se proponían pruebas casi imposibles donde el valor, el sacrificio y la ilusión de superar la prueba te curtían en el juego de la vida tratando de superar el obstáculo, el error, e ir aprendiendo para desafiar lo venidero. "Mando que me traigáis un buche de agua de la Fuente de la Seda, una hoja de moral de los Siete Caños y una rama de hinojo de la huerta de "jabelete".

Y todos desaparecíamos prestos al encargo. Bueno, todos no, casi todos porque siempre existían los listillos o listillas como Antoñita que cogía la bocanada de agua en el fregadero de nuestra propia casa y lo hacía pasar por la de la fuente de La Seda. Total, ¡casi como en la propia vida actual!.

El oficiante entonces, con el cinturón de cuero en ristre, vigilaba el tranco y las calles adyacentes en todas sus vertientes, accesos y perspectivas, pues cuando veía acercarse al participante con sus tres pruebas conseguidas, su misión consistía en espantarlo alejándolo del tranco inicial del juego a base de fustigarlo con latigazos para que no tocara la piedra del tranco y le quitara su reinado del "mando, mando". Era un juego sobre la ambición desmedida del "quítate tu para ponerme yo", un avance premonitorio de la vida de hoy en todos sus ámbitos políticos, sociales, laborales y familiares; una prueba que desde niño te enseñaba el juego de lo que el mañana te iba a proponer para que lo comprendieras y fueras asumiéndolo, pero que introducía un factor de redención y solidaridad mutua pues cuando te veías acorralado por el portador de la correa de cuero gritabas chichiveo a los míos!" para que el resto del grupo acudiera en tu ayuda y si, unidos, lograban reducirlo conseguías salvarte al tocar la piedra del tranco. Era una socialización del porvenir que hoy día nos impide y cercena la reacción frente a lo injusto, a la mediocridad, y favorece la recreación de nuevos dioses, de nuevos mitos con pies de barro que más temprano que tarde caen para ser sustituidos por otros en esta loca carrera de estulticia donde la burra siempre vuelve al trigo de su tremendo error o haciendo girar la noria del viejo pozo de agua estancada.

Continuamos rindiendo pleitesía a los becerros que hemos fabricado fundiendo nuestro propio oro y asumiendo un temor reverencial a los ídolos que nosotros mismos ayudamos a construir.

Perdimos la enseñanza ancestral, perdimos la esencialidad y mientras creemos que nuestra avanzada cultura pasa por la robótica y el desarrollismo inteligente, seguimos con la mirada y la mente ancladas en las sombras desfiguradas de la realidad que pasa ante la puerta de la Caverna de Platón sin valor a realizar el corrimiento del velo de Schopenhauer, propiciando con nuestra pasividad e incultura la creación de nuevas realidades idealizadas que nos ofrecen, como sombras desfiguradas en la pared de la mente de nuestra caverna de incultura, los nuevos dioses, los nuevos señores feudales que atracan nuestras vidas y haciendas rapiñando y atracando la bolsa y la vida permitiéndoles hacer la suya más cómoda y lucrativa mientras nos resignamos a su derecho indiscutido de portazgo, a su imposición del diezmo o a su mordaza. Hemos pisado la luna, descubierto el átomo y la cadena genética del ADN, pero hemos olvidado que podemos gritar un chichiveo a los míos con la esperanza que seamos oídos por el resto del colectivo social. Somos menos libres que los vasallos medievales porque nos conformamos con el cambio formal sin darnos cuenta que lo estructural no ha variado sino que se ha maquillado e impuesto legalmente con nuestra pasiva aceptación y la falta de solidaridad ajena que también lo sufre mientras sigue creyendo que la sombra que ve reflejada en la pared de su caverna televisiva, internáutica o escrita, es la realidad que existe cuando sales a luz del campo abierto y libre.

En mi juego de Mágina las cosas eran diferentes porque el pacto del juego estaba claro y convenido en el propio reto de la prueba. A pesar de haberla conseguido, conocías que te esperaba superar el cinturón de cuero antes de salvarte tocando el tranco de piedra para tener el mando de la siguiente vez, y que siempre existía el recurso solidario del grito de chichiveo a los míos que te salvaba de la impostura aterradora del que mandaba con el cinturón de cuero, siendo consciente de que si conseguías llegar al tranco de inicio era perentorio tu poder y mandato porque otro con mejores habilidades te lo arrebataría en la siguiente prueba. Todo fluía con naturalidad como lo perecedero y cambiante de la misma vida, porque era tan real como verdadero.

En el Chichiveo nos enseñaron que en la mano del guardián solo había un cinturón de cuero al que había que superar, pero nunca nos advirtieron que los poderosos dioses de nuestro hoy serían como los toreros, que manejan en una mano el capote del engaño mientras en la otra esconden el estoque.





domingo, 3 de junio de 2018

VOLVER ENTERO ES LO QUE IMPORTA.


En su vida laboral había recorrido toda Europa y cuando fue abuelo, América del Norte. El principio lo vivió como ave migratoria, viajes de trabajo, aeropuertos, hoteles y reuniones tensas pero con el ánimo siempre dispuesto a negociar y los ojos espatarrados para empapar todos aquellos lugares que existían fuera de Albanchez de Mágina y que le resultaban tan inimaginables que lo hacían sentirse como explorador privilegiado en tierras ignotas. Lo segundo lo vivió no como gaviota sino como canguro: visitando a aquella hija que tomó su vuelo propio y paría en Estados Unidos, aunque él allí se sentía seguro no porque dominara el inglés y tuviera experiencia en visitar países extraños, sino porque siempre encontraba a algún albanchurro en la fila del "visa" que prudentemente le avisaba ¡ Chissss, chissss, Paquito, que soy el hijo de la "Ratona" y he venido a la boda de mi hija!.

Por eso, por todo eso, cuando aquel día en que ya el Gobierno le había concedido la cartilla de licenciamiento por jubileo me dijo que se proponía a conocer la otra mitad del mundo, me preocupó y me atreví a lanzarle una advertencia con el tono cariñoso y con el amor que únicamente se profesa a un querido hermano: .- Mira Paco, yo conozco a compañeros de trabajo que han estado en esos lugares extraños y me dicen que allí, o te matan  o te violan.-

Llegado el momento, se embarcó. Días eternos sin noticias y yo con un tentempié, una murga, un regomello en el estómago y un sin vivir. Al cabo de varios días que se me antojaron eternos, su primer wassap con una foto de un orangután de Borneo.


¡Mal empezamos!, comenté para mis adentros suponiendo que se había enfrentado a su presunto violador, aunque pronto mi duda se acrecentó al recibir dos días después otra foto de un gran lagarto indonesio al que de momento desprecié por puro desinterés. Además, que me pareció un derroche porque como no tardé en manifestarle, si de eso se trataba podría haberse ahorrado un pastón de dinero y sin salir de Mágina yo lo hubiera llevado a perseguir lagartijas al borde de la alberca de "La Alcatrofa" llevando una lupa de aumento que, al fin y al cabo, tampoco es para tanto. 




Pero Paco seguía insistiendo: que si ahora las "titis" - que yo creía que eran otra especie de monos, pero él se refería  a las jovencitas balinesas-; que si ahora el baile de mariposas con faldas amplias abiertas por los lados - que tampoco tienen que envidiar mucho a los refajos de las abuelas de Albanchez.


Y, al final... los bares junto al mar con las célebres camas balinesas. Me levanté como un resorte de la siesta y le advertí: .- Cuidado hermano, que ahí es donde te violan. Se hizo un silencio interminable en la comunicación.

Varios días después recibí un mensaje donde me decía que había vuelto y que nos veríamos en la boda del hijo de nuestro amigo Eduardo. Sentí una alegría indescriptible por saberlo vuelto de regreso. No quise entrar en intimidades y no formulé pregunta alguna, pero escribí a Eduardo y le dije que no me pusiera en la misma mesa de la celebración, porque en habiendo en el menú la típica morcilla embutida en tripa de res, su aspecto fálico podría ser susceptible de rememorar aficiones adquiridas en ultramar.

Vino elegantísimo al convite. Traje oscuro, corbata, chaleco y ese porte delgado y alto que nunca perdió y que hoy se adorna con una nutrida cabellera lisa teñida de plata que le confiere un cierto aire de galán de cine, tipo Gregory Peck.


Ante su insistencia de que había vuelto "entero" y que no estaba dispuesto a someterse a pruebas anatómicas de tipo alguno para demostrarlo, no solo me asaltó la duda por su negativa a la probanza, sino que además me trajo el recuerdo aprendido de  aquel aforismo jurídico que predica "excusatio non petita, accusatio manifesta". Nos dimos un abrazo delante de testigos y nos sentamos cada uno en nuestras respectivas mesas. 

Mientras me alejaba, le tiré un "te quiero" al aire y le grité:.- ¡ No te preocupes hermano, que lo más importante de todo es volver!.



martes, 27 de marzo de 2018

EL LEÓN DE MÁGINA






En mis más de cuarenta años de ejercicio profesional, hoy acabo de recibir una notificación judicial relativa a un proceso de familia en el que, tras haber tenido que oponerme y contestar a una demanda interpuesta contra mi cliente, se me señala un día próximo no para celebrar el juicio sino para que comparezcan demandante y demandado ante un Letrado Mediador y que, de no hacerlo, demos los letrados explicaciones al Juzgado. Dicha admonición me ha resultado irrisoria, pues el procedimiento no solamente debería haber sido anterior a la contestación para lograr ser efectivo sino que su imposición carece de sustento legal alguno. Me imagino que ser "progue" se ha instalado en la judicatura (no quiero imaginar que sea para trabajar menos e intentar evitar tener que estudiarse un pleito) y queremos parecernos a los americanos.

         Cinco casas mas arriba de la mía tras superar la de Bartolomé "el policía", Ramón "el loco pasolargo", Eufrasia "la moñiga" y la de Diego "el cortaor", en la calle Calvo Sotelo que hoy por mor del acendrado espíritu democrático de nuestros próceres políticos ha pasado a ser Federico García Lorca, vivía don León Arboledas Catena, hombre provecto, austero, provisto de pelo cano, luenga barba, chaqueta, impoluta camisa blanca, tirantes y poco hablador. Era el Juez de Paz de Albanchez de Mágina y al que solamente me dirigí aquel día en que una reventona luna llena osó posarse en lo alto del Castillo cuando mi padre me mandó a decirle: " Mire, don León, que dice mi padre que mire eso porque eso no son capaces de hacerlo ni los americanos".

         Don León nunca tuvo Sala, ni despacho ni visitó el Ayuntamiento. Recuerdo como cada día, excepto los lluviosos, sacaba su silla de enea de palos torneados a la puerta de su casa y se sentaba apoyándola en sus dos patas traseras y el respaldo vencido sobre la pared de la fachada. Sabía que la justicia era la que cada uno sentía en función de cómo se resolvieran sus problemas y conflictos, ya que la idea de justicia iusnaturalista, positivista y demás zarandajas, no tenía nada que ver con lo que en su vida longeva sentía y la experiencia le había enseñado.

         Es cierto que en aquellos tiempos la expresión de juzgados colapsados y administración ineficiente no existía, pero don León era consciente que para las gentes del pueblo no hay mejor justicia que la que ellos se dan.




         Aún no se había inventado la mediación pero él, anticipándose a los tiempos, la ejercía creando un espacio plácido y corriente para nuestros y sus vecinos. Inabordable y parco en palabras pero con las mismas que los vecinos utilizaban en las puertas de sus casas, haciendo de hombre bueno entre ellos, era consciente de que el valor de la palabra y de un apretón de manos eran tan o más sentencia que la del semi-dios del Distrito de Mancha Real con su toga negra y "puñetas" bordadas en la bocamanga; que el acuerdo alcanzado quedaba como lex inter partes y sus dictámenes como rectae rationis y la transactio o pacto alcanzado era pacta sunt servanda. Y así lo pronunciaba cuando, tras culminar amigablemente la resolución del pleito entre vecinos, los litigantes estrechaban sus manos sobre las cuales él ponía las suyas y, apretando las de aquellos, se lo advertía.

         No se si es que todo era tan fácil o, nosotros, desde nuestro punto de vista de niños, así lo veíamos. Pero si, debía de ser algo así porque aun puedes hablar con personas que, como yo, lo recuerdan todo fluido y fácil. Claro que eran otros  tiempos, el juez de paz era una autoridad, no solo moral, sino política. La gente no cuestionaba mucho, por no decir nada, esa autoridad, y normalmente aceptaban sus juicios y recomendaciones como sentencias inapelables. Hoy los paisanos son más rebeldes, saben más de leyes que Don Isidro el secretario, "el manquillo", y que Juanita "la de Juanarinas" o el juez de paz, más pedagogía que los maestros y claro, todo es cuestionable, recurrible o denunciable. La autoridad está en permanente estado de prevención, se tiende a la corrección política, que es una forma que se  han inventado para no llamar a las cosas por su nombre. En fin, no se que hubiera hecho hoy aquel juez de paz. Supongo que se adaptaría a los tiempos y todo sería más relativo, opinable, gaseoso que es lo que pasa cuando la autoridad bajo la que vivimos nuestra infancia desaparece y se acaban los referentes. Quizá por eso hoy, algún político, habla como cuando Lenin, añoran las opiniones contundentes, autoritarias, inapelables y cargadas de su razón. Se da cuenta después de tanto relativismo que algo de autoridad debe haber, alguien tiene que hacer de hombre bueno en las discusiones y todo el mundo debe aceptar su juicio.

Y eso, todo eso, ya lo sabíamos nosotros de chicos; lo mamamos con tipos como León que en su proceder nos enseñaba que lo importante en sí mismo no es vivir sino vivir correctamente, aunque nunca tuvo Sala, toga, ni despacho ni visitó el Ayuntamiento. Ni falta que le hizo.





domingo, 18 de febrero de 2018

El árbol de las mariposas.






En la escuela de Micaela todo era más difícil. Consistía en un edificio de planta donde la primera albergada a las niñas y la segunda a los niños. El patio de recreo no era sino el patio de luces del edificio que, para evitar encuentros, se distribuía en horarios diferentes para el asueto escolar.

Con los Grupos Escolares todo cambió. Mandados construir por mi padre, a la sazón su Alcalde, junto al Puente del Ojo en espacio yermo a la salida del pueblo y dedicados a su amigo el Gobernador Civil que los subvencionó, constaba de ocho aulas que se edificaron en dos niveles separados por un cortado mediante desnivel o pretil de piedra; cuatro para niños y lo mismo para el sexo opuesto, pero la hora del recreo era común y las podíamos ver.

Creo que fue ese tiempo y aquella oportunidad las que hicieron que los niños de mi edad fuésemos más promiscuos y que nos enamorásemos varias veces al año. Por septiembre nos quedábamos colgados de alguna chica del otro lado del desnivel que llevaba trenzas rubias y a la que asociábamos a una sirena saltando una comba hecha con algas marinas, esperando que su gracilidad se interrumpiera con la cuerda enganchada en la falda para poderle ver los muslos desde el "otro lado de la valla". O de alguna vecina, o la hermana de un amigo que en el verano dio el estirón desarrollado y en la que nunca habíamos reparado hasta ahora porque ya si marcaba pezones.

Los veranos solíamos cambiar de amor hechizados por la prima de algún amigo o de la hija del vecino que se fue a trabajar hacía años a Navarra y que tenía esa capacidad de seducción que solo tienen las niñas de fuera o las que vivían en el extranjero, que eran mucho más adelantadas según se decía entonces.

El problema era que todos nos enamorábamos de la misma y nos quedábamos con la boca abierta y el alma en los pies cuando el guapo del barrio o el hijo del Alcalde, con la adolescencia recién estrenada, la seducía ante nuestros ojos infantiles y no nos quedaba otro remedio que asumir que no teníamos madurez suficiente para tanto desengaño y que lo mejor era volver a jugar al fútbol en la Quebrá o trepar por los cerros.

Pasaron los años y la adolescencia nos dio el pasaporte para dejar de ser aspirantes y meros espectadores pasando a la acción de ser protagonistas de nuestras propias historias de amor.



Los primeros amores estaban llenos de besos en los portales o en la finca del "Careto" en la curva del puente de los tres ojos y del miedo a ser descubiertos y que nuestros padres se enteraran. Todo se hacía de manera furtiva, pero aquel beso se nos colaba hasta el estómago, nos quitaba el hambre y el sueño y ponía patas arriba nuestros valores y convicciones más firmes. Por ella renunciábamos a la inquebrantable pandilla de amigos, nos quedábamos colgados en el techo de la clase de don Francisco  cuando nos explicaba las leyes de Méndel y descubríamos la subjetividad del tiempo con semanas larguísimas alimentando la espera y sábados y domingos cortos.

Aquellos fines de semana llevaban el olor a amores recién estrenados, a colonia de tu hermano mayor y a amargura de esquina cuando, para no levantar sospechas, no podías concluir el regreso acompañándola hasta la puerta de su casa para darle el último beso.

Yo descubrí un lugar donde todo era perfecto. En la carretera de Albanchez a Jimena, jalonada con chopos negros pintados en su tronco con raya blanca fluorescente, en la curva antes de llegar a la alberca de "Pedrillo", uno de ellos estaba hueco en su parte posterior. Era una especie de cueva arbórea que no se por qué motivo siempre estaba invadido por las mariposas que en él se resguardaban. Era el lugar perfecto, el nido de amor de tantas y tantas mariposas....

El Progreso aconsejó que los álamos negros que iluminaban las noches de los conductores con su banda reflectante constituían un peligro para su seguridad en caso de choque frontal por salida de la vía, y se ordenó talarlos de todas las carreteras. Hoy sólo queda la misma carretera, pero sin árboles. Sin embargo, cada vez que regreso a Albanchez con mi mirada y mi corazón sigo buscando aquellas mariposas, aunque en realidad lo buscado sean aquellos amores perdidos.

           



miércoles, 13 de diciembre de 2017

MI " TATA ÁNGELA", HA MUERTO. VIVA ÁNGELA.




Dicen que los ángeles no tienen sexo, pero a ti, te pusieron Ángela. Tus alas me cubrieron. Tenías catorce años y te encargaron de mi custodia. Siempre fuiste mi guardadora, mi custodia, me avisabas de la actitud y el castigo previsto por llegar tarde; tu prudencia congénita. Adivinabas mi estado por la forma de mi flequillo, me amabas....

Nunca supe tu edad, pero se que ya nunca volverás a estar. Dicen que no se pierde sino lo que nunca se tuvo. Es mentira. Yo te tuve: te tuve y no te tengo. ¿Quién puede hacerse cargo de tal contradicción?

¿Pueden morir del todo alguna vez unos ojos que se han mirado tanto, se han entendido tanto, se han consolado tanto?.  Quizá tú ahora eres —si es que eres— más feliz que conmigo. Quizá tú trotas, en ese Paraíso, en el que nunca creíste, con mi madre y con mi hermano en los verdes campos del Edén. Pero durante ochenta y tres años me seguiste a dos pasos por este mundo que, sin ti, no es el mismo. Continuarán los pájaros y los amaneceres, el chorro de la fuente de la Seda ascenderá en el aire, como la vida, pero no estarás tú, Tata mía, tata mía. Nunca más, nunca más.

         Descansa en paz, "tata". Nadie jamás podrá sustituirte. 





miércoles, 25 de octubre de 2017

Una vida permitida






            Me cuenta mi amigo Marcos que ha vivido toda su vida porque se la han permitido. Que en lo único que no lo hicieron fue al engendrarlo pero después, tuvo que pedir permiso para jugar, para coger nidos, para llegar más tarde de los tres silbidos, para levantarse de la mesa, para no ir a misa, para salir con la pandilla ... y hasta para escoger novia.

            Que pidió permiso a la novia para poder seguir preparando el examen final de Derecho Canónico sin salir a pasear y después, en la mili, permiso de pernocta. Pidió permiso a su mujer para hacer la jornada laboral completa, para la entrevista de su vida, para visitar a sus ancianos padres, para no ir de tiendas o para prolongar la hora de llegada ante la celebración de la cena de jubilación de su amigo de infancia.

            Pidió permiso en el trabajo para justificar la ausencia en la enfermedad propia o familiar y en sus vacaciones; venia para poder defender sus razones ante los Tribunales, y a sus hijos para viajar unos días y, al fin, pidió permiso al Gobierno para jubilarse tras más de cuarenta años cotizados para poder recuperar parte de lo que ingresó en su hucha vital.

            Hoy, jugando la partida de dominó de los jueves en el Centro de personas mayores, mientras la gana cerrándola con la blanca doble,  me dice que se ha declarado insumiso y no piensa pedir más permisos para vivir, que lo que le resta le pertenece exclusivamente a el y hará lo que le salga de sus "reales". Y a mí, cuando pago el café del perdedor, me embarga la emoción de pensar que el bueno de Marcos no es que se haya declarado insumiso, sino que, al fin, ha decidido ser feliz.



lunes, 19 de junio de 2017

Pan, pelota y chocolate.






En donde ahora vosotros veis un parque con terrazas de bares y columpios, en los años sesenta nuestra generación gozaba de una extensión yerma e inundada del alpechín que derramaba la fábrica de aceite de doña María. Era el comienzo de la "carretera vieja" que conducía hasta la "Quebrá" y nuestro único campo de fútbol donde nos adiestramos y entrenamos para intentar, sin éxito, vencer a los equipos de Torres y de Jimena. Allí donde Paquito y Mariano, hermanos pero rivales en la formación de cada equipo, sacaban a relucir su mala leche, donde Tomás ejercía de excepcional cancerbero cubriendo con éxito nuestra portería con poca habilidad pero con un tamaño descomunal que agotaba espacio y donde el rebote de la pelota en el charco de alpechín manchaba la indumentaria de los participantes que propiciaba la tremenda paliza de nuestras madres tras pronunciar aquello de ¡y ahora, a ver cómo quito yo esto!..

Cuando llegábamos de la escuela de don Manuel Quesada o de Don Francisco, nos faltaba tiempo para echar la cartera a volar bajo el grito: "¡Mamá, ya estoy aquí, quiero merendar!". Era como la liberación en busca de la libertad de la calle que habíamos perdido dentro del aula donde la educación se basaba sobre el fundamento de la disciplina y la autoridad del maestro estaba a la misma o superior altura que podía tener entonces la influencia de tu padre "si te ha pegado el maestro, algo malo habrás hecho".

Los castigos estaban tan presentes en el aula como el crucifijo que presidía la pared principal. El maestro te daba tu recompensa en la palma de las manos si no sabías señalar en el mapa mudo dónde estaba Palencia o te cazaba distraído hablando con el compañero de banca. Siempre había motivo para impartir justicia.

En la clase nos ponían firmes, nos mantenían en fila como si fuéramos aprendices de soldados, nos ordenaban cuándo entrar y salir, pasaban lista a diario y te revisaban las manos a diario a ver si tenías las uñas limpias. Había un cuarto oscuro, al que en nuestra mentalidad infantil asociábamos al "cuarto de las ratas", donde llevaban a los indisciplinados que no tenían remedio.

Por eso, no era de extrañar que cuando sonaba el timbre o la campanilla saliéramos corriendo abandonando la autoridad del colegio para recuperar la libertad que entonces representaba el campo de fútbol de doña María.

Lanzábamos la cartera y cogíamos el trozo de pan y la onza de chocolate negro con la pelota bajo el brazo. Muchos nos llevábamos la merienda porque sin ella no nos dejaban salir, pero acabábamos dejándola olvidada en el tranco de la puerta o en las piedras que colocábamos haciendo el marco de las porterías. Corríamos mientras le dábamos bocados al pan y masticábamos el polvo de la tierra con mantequilla o con aquellas lonchas de chorizo Revilla que se pusieron de moda en los anuncios de televisión.

Allí afuera no había límites y las normas las poníamos nosotros. Jugábamos con los amigos de verdad, los que nosotros habíamos elegido y no con los que compartían banca en el colegio.

Salíamos a la calle oliendo a limpio, a goma de borrar y a lápiz tal y como habíamos regresado de la escuela, y unas horas después regresábamos con las manos negras, la cara llena de churretes, los faldones fuera y las rodillas magulladas, convertidos en auténticos "cehomos", como nos llamaban nuestras madres. Y aunque no sabíamos lo que significaba eccehomo, que era el término correcto, ya nos imaginábamos que tenía que ser algo muy grave a tenor de la paliza con zapatilla que nos atizaban con el castigo de aquella noche y la promesa, siempre incumplida, de que no volveríamos a pisar la calle.

Y desde el otro lado virtual, me responde Paquito imaginando que a aquellos niños del  partido de futbol en la "punta de la carretera", Ildefonso Aguayo, por citar a un ilustrado, les hubiera dado una charla sobre la esperanza en la mejora de las condiciones de sus vidas, comentándoles, por ejemplo, cosas como que todos llegarían a tener un coche mucho mejor que el de Doña María, que con el tiempo no tendrían que ir al teléfono a pedir una conferencia con su padre en Pamplona, que ellos tendrían un teléfono chiquitillo en el bolsillo por donde no solo podrían hablar, sino también verlo en una pantalla chica, que en sus casa habría un baño mejor que el de la casa de Doña María y que no se pasaría frío ninguno en invierno ni calor en verano, que todos tendrían unas cocina que se encenderían con solo apretar un botón y sin leña, que tendrían un armario con frío para guardar la comida, que la cuadra de su casa sería un garaje para el coche,... Que en la tertulia del Hogar del Jubilado es conversación habitual la piel tan fina que ahora tiene la sociedad porque cuando te pegaba una galleta el maestro en tu casa no lo decías porque era muy probable que tu padre te diera otra mientras que ahora, la sola bronca verbal de un maestro, no solo provoca la reacción grosera y violenta del alumno, también la de su padre. Todo por una sobreprotección que no entendemos bien porque después de todo, en nuestras condiciones y contexto, tampoco salimos tantos tarados. Es más, aún las añoramos con nostalgia.

Que nos declaramos incapaces de predecir cómo será la vida de nuestros nietos pero, eso sí, estamos seguros que materialmente será mucho mejor que la nuestra, aunque no somos capaces de ponernos de acuerdo en si también lo será emocionalmente. Que nosotros, en fin, a pesar de todo, nos acordamos con añoranza del campo de fútbol de la carretera, de la "chilanca de la quebrá", de la cueva de la harina,..... en realidad, de nuestra infancia.





Publicación 2006
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