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miércoles, 2 de octubre de 2013

- EL OJO DE TAURO-

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Dicen que la sanidad va lenta si vas a través de la Inseguridad Social, pero, a veces, la cosa también se toma su tiempo yendo por el sistema privado.

Hacía ya cerca del año y medio que, tras un levantamiento de pasiones, a Aldebarán se le torcieron, entre otras cosas, las letras de los finales de los renglones. Parecía que le habían echado un mal de ojo y, con ello, se le había hecho algún mal en el ojo. La mera idea de perder la vista invadió y amedrentó su mente. Las consecuencias eran tan desoladoras que lo aterraban. Le empezó a picar, el ojo, y ese escozor iba creciendo a medida que notaba que su vista iba decreciendo.

El dictamen del médico oculista de su ciudad le fue expuesto en pie, junto a la escalera, en el mismo quicio de la puerta del consultorio:

- Los resultados de las pruebas, Aldebarán, dicen que has tenido algo así como un desprendimiento de retina pero un tanto rara y, por la tipología de la lesión que tienes, esto no tiene solución ni operación. Tu ojo puede ir degenerando con el tiempo, aunque algunas ocasiones esto se regenera, un poco, por sí solo.

Esas palabras le cayeron como una losa en el interior de Aldebarán. Y ese peso interior, el recordar esas frases sentenciales, lo bloqueaba ante cualquier posible acción. Dicen los que creen en los horóscopos que así son los Tauro, y nuestro Aldebarán no podía ser menos Tauro que los demás. Los picores, la pérdida de enfoque, las líneas torcidas… los temores, fueron protagonistas en la vida de cada día desde entonces. Incluso familiares cercanos le profetizaban que eso de perder un ojo estaba escrito en el libro de su genética.

Tuvo, no obstante, buen ojo en pensar que seria adecuado pedir una segunda opinión y, como Aldebarán –cosa ya sabida por todos los que lo conocen- no se andaba con chiquitas, si la segunda opinión era de una de las primeras eminencias mundiales en la materia, pues mejor. Pero, como el dictamen del oculista de su ciudad era corroborado con la pérdida progresiva de su visión, los picores del ojo malo en aumento y las líneas de texto cada vez más torcidas, Aldebarán ya prejuzgaba, ya sabía con certeza taurina, cual seria la segunda opinión y se justificaba ante las repetidas ocasiones en que le insistían en hacer un viaje hasta la gran capital, Babilonia La Grande, para visitarse de la vista:

- Para coger un avión, irme a la gran capital, que me vean en ese Instituto Ocular y que me digan lo que ya sé: “Que la cura va bien, pero el ojo lo pierde”. Pues, para eso, puedo esperar, que estos días estoy “liao” en otras cosas… todavía tengo que acomodar las cosas en el carrito de mi vida.
No fue hasta que, tras la excusa, o el señuelo, de ver las lucecitas navideñas que engalanan las calles, paseos y avenidas de Babilonia La Grande, que Aldebarán accedió a volar. Tal vez, también, porque en el fondo quiso estar cerca de su mejor amiga, Clea y su marido Alfanik, por estas entrañables y señaladas fechas. Y así, después de un año y pico de creciente picor en el ojo del Tauro, Aldebarán cogió ese avión pensando en que, tal vez, de paso, aprovechando la estancia junto a sus amigos, pediría hora en ese Instituto Ocular para una visita en una futura ocasión. Por cierto, cuanto más tarde, mejor.

Al llegar al aeropuerto de la gran Babilonia, tras los abrazos y besos de bienvenida que transmiten el cariño y sentimiento de un feliz reencuentro de las personas que se quieren con ojos limpios, Clea y Alfanik montaron a Aldebarán en el coche y, con la premeditación y alevosía necesaria, sin parar casi ni en los semáforos para evitar la huída (porque en esto de tirarse de un vehiculo en marcha para huir, Aldebarán ya tenía antecedentes) llevaron directamente al servicio de urgencias 24 horas de ese Instituto Ocular al Tauro y a su ojo tuerto. Sorprendido por ver, ante sus ojos, que estaba donde estaba; preso y custodiado por sus amigos; amenazado por un “de aquí no nos marchamos hasta que no sepamos qué tienes”, Aldebarán no tuvo otra opción que acceder a ser visitado. Pero no sin antes someterse, ante la recepcionista, a un interrogatorio de tercer grado donde le preguntaron hasta su profesión, sexo y talla de los calzoncillos.

- Oiga señorita, que yo vengo a que me visiten de la vista. ¿Qué tiene que ver esto con a lo que yo me dedique?

- Es que al Doctor Oculista le es de interés saber el tipo de profesión del paciente, porque en unos trabajos se fuerza más la vista y se “cansa más”…


Clea acompañó a Aldebarán en las consultas de los doctores del equipo médico que lo fueron atendiendo. Su compañía le calmaba el nerviosismo contenido y consolaba su preocupación. Procuraba ganar autoconfianza a través de sus ocurrentes bromas dialectales. A pesar de ello, le produjo cierta incomodidad cuando le preguntaron sobre su fecha de nacimiento. Tras repetir tres veces la frase en volumen decreciente “Veinte de mayo de mil novecientos dabadabada” la enfermera acabó por intuir un año cualquiera y decidió no desnudar más la intimidad de ese toro bravo que se sentía temblorosamente enjaulado.

Las primeras pruebas fueron esperanzadoras. Aunque en esto de los oculistas hay una mala costumbre de quererte suspender todos los exámenes: siempre te van preguntando acerca de las letras más pequeñas, de las de la fila de más abajo, hasta que te equivocas. Y a partir de ahí, te dejan por inútil.

De una sala de espera a la otra, de una consulta a la otra, de una enfermera a la otra… pero el Doctor Oculista, único. La primera espada, reconocida a nivel mundial, especialista en córnea, tras verificar los resultados de las pruebas, le confirmó que no tenía un problema grave, sino tres distintos:

* Si veía borroso era porque se tenía que comprar unas gafas nuevas, bien graduadas y, de paso, si eran más chulas, pues mejor.

* Si le picaba, era porque debido al fuerte viento que soplaba en su tierra, el ojo se le resecaba. O se ponía a llorar una vez al día o, algo más cómodo, se ponía lágrimas artificiales cuando notara esa sequedad ocular.

* Y si veía las letras de los renglones que se torcían era porque en la retina tenía un insignificante adelgazamiento de una capa que, en un punto muy pequeño, se tocaban otras dos… o algo así. Pero que era una cosa sin la menor importancia y que, por lo inapreciable que resultaba, no merecía la pena ninguna intervención quirúrgica ni tratamiento alguno.


El diagnóstico hizo levitar a Aldebarán, el rostro serio que mostró al bajar del avión se le había convertido, en un par de horas, en una brillante sonrisa. Atrás había dejado el desafortunado crédito de las palabras del oculista de su ciudad, el peso de la losa en su interior, el año y medio de angustia ante el miedo a perder la vista… y delante de él tenía la alegría del futuro. Un provenir esperanzador. Estuvo seguro que, como mínimo, en esos dos cortos días que le quedaban para estar en la Babilonia La Grande, junto a Clea y a Alfanik, percibiría con una mayor intensidad todos los cinco sentidos. Olores, colores, formas, texturas, sonidos, sabores… todo un mundo para seguir viendo, viviendo y disfrutando.

Al salir de ese Instituto Ocular, con ese ánimo reanimado, el frío del día de los Santos Inocentes no les pareció tan intenso. Caía una lluvia fina y soplaba un poco el viento. Alfanik abrió el paraguas que tenía en el maletero del coche y los tres juntos, bajo el mismo cobijo, pasearon por las calles de la gran capital viendo felizmente las lucecitas de la Navidad, como si de un premonitorio sueño se tratara.



miércoles, 31 de agosto de 2011

Reencuentro amoroso

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Tras tanto tiempo sin palpar sus formas, casi olvidadas...
Tras años sin transmitir el calor de las manos sobre esa superficie curvada...
Tras no conseguir recordar cómo sonaban sus canciones… la cogió con suavidad, la acercó a sus labios, hizo una inspiración profunda, cerró los ojos y la besó.
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Un dulce sonido fluyó de su interior.
No se había olvidado de cómo besarla.
Una armoniosa música llenaba el lugar, sus oídos y el interior de su corazón. Y esa canción del silencio le aportó gratos recuerdos de su juventud.

Y, luego, decidió ensayar con otros besos en busca de nuevas sensaciones, melodías y, en definitiva, nuevos momentos de su renovada juventud.

¿Magia? ....No.




Se trataba sólo de un instrumento para despertar una parte de su alma.



lunes, 28 de diciembre de 2009

El ojo de Tauro

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Dicen que la sanidad va lenta si vas a través de la Inseguridad Social, pero, a veces, la cosa también se toma su tiempo yendo por el sistema privado.

Hacía ya cerca del año y medio que, tras un levantamiento de pasiones, a Aldebarán se le torcieron, entre otras cosas, las letras de los finales de los renglones. Parecía que le habían echado un mal de ojo y, con ello, se le había hecho algún mal en el ojo. La mera idea de perder la vista invadió y amedrentó su mente. Las consecuencias eran tan desoladoras que lo aterraban. Le empezó a picar, el ojo, y ese escozor iba creciendo a medida que notaba que su vista iba decreciendo.

El dictamen del médico oculista de su ciudad le fue expuesto en pie, junto a la escalera, en el mismo quicio de la puerta del consultorio:

- Los resultados de las pruebas, Aldebarán, dicen que has tenido algo así como un desprendimiento de retina pero un tanto rara y, por la tipología de la lesión que tienes, esto no tiene solución ni operación. Tu ojo puede ir degenerando con el tiempo, aunque algunas ocasiones esto se regenera, un poco, por sí solo.

Esas palabras le cayeron como una losa en el interior de Aldebarán. Y ese peso interior, el recordar esas frases sentenciales, lo bloqueaba ante cualquier posible acción. Dicen los que creen en los horóscopos que así son los Tauro, y nuestro Aldebarán no podía ser menos Tauro que los demás. Los picores, la pérdida de enfoque, las líneas torcidas… los temores, fueron protagonistas en la vida de cada día desde entonces. Incluso familiares cercanos le profetizaban que eso de perder un ojo estaba escrito en el libro de su genética.

Tuvo, no obstante, buen ojo en pensar que seria adecuado pedir una segunda opinión y, como Aldebarán –cosa ya sabida por todos los que lo conocen- no se andaba con chiquitas, si la segunda opinión era de una de las primeras eminencias mundiales en la materia, pues mejor. Pero, como el dictamen del oculista de su ciudad era corroborado con la pérdida progresiva de su visión, los picores del ojo malo en aumento y las líneas de texto cada vez más torcidas, Aldebarán ya prejuzgaba, ya sabía con certeza taurina, cual seria la segunda opinión y se justificaba ante las repetidas ocasiones en que le insistían en hacer un viaje hasta la gran capital, Babilonia La Grande, para visitarse de la vista:

- Para coger un avión, irme a la gran capital, que me vean en ese Instituto Ocular y que me digan lo que ya sé: “Que la cura va bien, pero el ojo lo pierde”. Pues, para eso, puedo esperar, que estos días estoy “liao” en otras cosas… todavía tengo que acomodar las cosas en el carrito de mi vida.
No fue hasta que, tras la excusa, o el señuelo, de ver las lucecitas navideñas que engalanan las calles, paseos y avenidas de Babilonia La Grande, que Aldebarán accedió a volar. Tal vez, también, porque en el fondo quiso estar cerca de su mejor amiga, Clea y su marido Alfanik, por estas entrañables y señaladas fechas. Y así, después de un año y pico de creciente picor en el ojo del Tauro, Aldebarán cogió ese avión pensando en que, tal vez, de paso, aprovechando la estancia junto a sus amigos, pediría hora en ese Instituto Ocular para una visita en una futura ocasión. Por cierto, cuanto más tarde, mejor.

Al llegar al aeropuerto de la gran Babilonia, tras los abrazos y besos de bienvenida que transmiten el cariño y sentimiento de un feliz reencuentro de las personas que se quieren con ojos limpios, Clea y Alfanik montaron a Aldebarán en el coche y, con la premeditación y alevosía necesaria, sin parar casi ni en los semáforos para evitar la huída (porque en esto de tirarse de un vehiculo en marcha para huir, Aldebarán ya tenía antecedentes) llevaron directamente al servicio de urgencias 24 horas de ese Instituto Ocular al Tauro y a su ojo tuerto. Sorprendido por ver, ante sus ojos, que estaba donde estaba; preso y custodiado por sus amigos; amenazado por un “de aquí no nos marchamos hasta que no sepamos qué tienes”, Aldebarán no tuvo otra opción que acceder a ser visitado. Pero no sin antes someterse, ante la recepcionista, a un interrogatorio de tercer grado donde le preguntaron hasta su profesión, sexo y talla de los calzoncillos.

- Oiga señorita, que yo vengo a que me visiten de la vista. ¿Qué tiene que ver esto con a lo que yo me dedique?

- Es que al Doctor Oculista le es de interés saber el tipo de profesión del paciente, porque en unos trabajos se fuerza más la vista y se “cansa más”…


Clea acompañó a Aldebarán en las consultas de los doctores del equipo médico que lo fueron atendiendo. Su compañía le calmaba el nerviosismo contenido y consolaba su preocupación. Procuraba ganar autoconfianza a través de sus ocurrentes bromas dialectales. A pesar de ello, le produjo cierta incomodidad cuando le preguntaron sobre su fecha de nacimiento. Tras repetir tres veces la frase en volumen decreciente “Veinte de mayo de mil novecientos dabadabada” la enfermera acabó por intuir un año cualquiera y decidió no desnudar más la intimidad de ese toro bravo que se sentía temblorosamente enjaulado.

Las primeras pruebas fueron esperanzadoras. Aunque en esto de los oculistas hay una mala costumbre de quererte suspender todos los exámenes: siempre te van preguntando acerca de las letras más pequeñas, de las de la fila de más abajo, hasta que te equivocas. Y a partir de ahí, te dejan por inútil.

De una sala de espera a la otra, de una consulta a la otra, de una enfermera a la otra… pero el Doctor Oculista, único. La primera espada, reconocida a nivel mundial, especialista en córnea, tras verificar los resultados de las pruebas, le confirmó que no tenía un problema grave, sino tres distintos:

* Si veía borroso era porque se tenía que comprar unas gafas nuevas, bien graduadas y, de paso, si eran más chulas, pues mejor.

* Si le picaba, era porque debido al fuerte viento que soplaba en su tierra, el ojo se le resecaba. O se ponía a llorar una vez al día o, algo más cómodo, se ponía lágrimas artificiales cuando notara esa sequedad ocular.

* Y si veía las letras de los renglones que se torcían era porque en la retina tenía un insignificante adelgazamiento de una capa que, en un punto muy pequeño, se tocaban otras dos… o algo así. Pero que era una cosa sin la menor importancia y que, por lo inapreciable que resultaba, no merecía la pena ninguna intervención quirúrgica ni tratamiento alguno.


El diagnóstico hizo levitar a Aldebarán, el rostro serio que mostró al bajar del avión se le había convertido, en un par de horas, en una brillante sonrisa. Atrás había dejado el desafortunado crédito de las palabras del oculista de su ciudad, el peso de la losa en su interior, el año y medio de angustia ante el miedo a perder la vista… y delante de él tenía la alegría del futuro. Un provenir esperanzador. Estuvo seguro que, como mínimo, en esos dos cortos días que le quedaban para estar en la Babilonia La Grande, junto a Clea y a Alfanik, percibiría con una mayor intensidad todos los cinco sentidos. Olores, colores, formas, texturas, sonidos, sabores… todo un mundo para seguir viendo, viviendo y disfrutando.

Al salir de ese Instituto Ocular, con ese ánimo reanimado, el frío del día de los Santos Inocentes no les pareció tan intenso. Caía una lluvia fina y soplaba un poco el viento. Alfanik abrió el paraguas que tenía en el maletero del coche y los tres juntos, bajo el mismo cobijo, pasearon por las calles de la gran capital viendo felizmente las lucecitas de la Navidad, como si de un premonitorio sueño se tratara.


Por Fiz Cotovelo
Gràcia, día de Reyes de 2010

domingo, 18 de octubre de 2009

"No Flash. No Pedos."

Noticiero de Fiz Cotovelo en octubre del 2029
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Hace años, se permitía obtener fotografías del interior de las iglesias usando el flash. Pero ocurrió que a finales del siglo XX una parte del clérigo prohibió tomarlas con flash ya que, según alegaban, debían preservar las obras de arte de los continuos impactos de luz. A pesar de eso, muchos pensaban que se trataba de preservar los derechos de autor de sus postales, sus guías turísticas y sus catálogos que vendían en el quiosquillo de la entrada, donde cobraban también sus eurillos a los visitantes que no asistían a las horas de culto.

Pero el tiempo pone las cosas en su lugar, aunque no siempre se pone la cosa que uno quiere, ni siempre es ese lugar el que uno quiere.

Hace unos días, leí un estudio científico de la SaludyRománico Corporation© publicado en octubre de 2029 donde se demostraba que el deterioro de las pinturas de los interiores de los templos sólo se debe en un 0,02% a los miles de impactos lumínicos de los turistas ajaponesados. Sin embargo, el contacto de las obras pictóricas con los miles de metros cúbicos de gas metano procedentes de las digestiones anaeróbicas de los turistas influye en un 69% en la degradación de esas bellas imágenes de los retablos del rococó.

Este estudio, basado en la empírica y contrastado con avanzados cálculos fotométricos y organolépticos, empezó hace unos veinte años por un grupo de unos trece – o doce más uno – científicos del románico.

Allá por el año 2009, se encontraron por tierras sorianas un equipo de prestigiosos científicos procedentes de diversos rincones de la geografía hispánica para probar, cámaras en mano, que los templos no se derrumban por muchas fotos que se les hagan, con o sin flash. Antes de visitar cualquier ermita, iglesia, templo o monasterio románico, festejaban la ocasión con una opulenta comida. Ya sea sopa castellana, cordero asado, olla soriana o boletus segovianos, se procuraba bañarlo con un buen Ribera del Duero. Para postre, se terciaba unos mantecados de Almería y un Anís del Mono de Badalona.

Con la finalidad de ahorrar unos pocos euros, pues habían algunos miembros de la marca carolingia, o el fin de bromear y relacionarse con los amigos, pues habían miembros del al-andalus, o con intención ecologista pues habían algunos que veneraban a la Madre Tierra, decidieron hacer el recorrido entre iglesias compartiendo coche por grupos. La comida iba haciendo flatulencias en los intestinos de los científicos pero, por respeto, pudor y buenas maneras, el esfínter anal se apretaba para evitar que, si la ventosidad resultaba ruidosa o con olor nauseabundo, se produjera esa situación incómoda dentro del habitáculo reducido de un vehículo con ventanas cerradas.

Y fue al llegar a la iglesia de aquel pueblo de “cuyo nombre no quiero acordarme” que la científico-jefa de SaludyRománico Corporation© se apresuró para conseguir que la señora que guarda las llaves del templo accediera a abrirlo. Esa señora comunicó que, por orden del señor cura, estaba prohibido sacar fotos, con o sin flash. Tras la intervención del científico letrado argumentando que, por ese motivo, no se lo pedíamos al cura sino a ella, accedió a que, cada científico, sólo sacase un par de fotos sin flash del interior del templo. Así que el grupo entró rápidamente al interior para hacer esas fotos antes que la señora cambiase de opinión.

Con ese relajo, aprovechando la amplitud del interior del templo, la dispersión de los científicos románicos por los rincones y las voces de la señora controlando que no hubiera quien se le disparara el flash por error, los esfínteres de todos los científicos también se fueron relajando y el templo se llenó con unos cuantos metros cúbicos de gases intestinales que causaron un inevitable desmayo a la señora controladora.

Aprovechando que uno de los asistentes era médico, éste se aseguró de que la anestesia natural le durara el tiempo suficiente como para rastrear con el visor de las cámaras todos los rincones del templo y capturar imágenes hasta de las marcas de cantero de los sillares más escondidos del templo. Fotografías por doquier mientras se forzaban los pedos, en especial por algún científico esca-tológico, para prolongar el desvanecimiento de la guarda. ¿Un par? Un par de docenas de fotos por cada cámara fotográfica pudieron hacer los científicos hasta que la señora volvió en sí.

Cuando recuperó el conocimiento, el médico la atendió refiriendo la dolencia a una repentina bajada de tensión arterial. La señora, con síntomas de amnesia y post-anestesia, cerró la iglesia y se marchó con paso tortuoso hacia su casa.

El éxito del “método flatulento” se institucionalizó en el equipo de científicos. Templo que visitaban, pedos que se tiraban, guarda que anestesiaban y escaneado fotográfico que realizaban. Empezaron a ser artífices de una nueva moda que pronto cogió auge entre los autocares de japoneses turistas. Una foto, un pedo… metros y metros cúbicos de gas metano han ido impregnando hasta hoy las pobres pinturas de los viejos retablos.

Y así ha sido como, a partir del estudio elaborado por el equipo de los prestigiosos científicos de SaludyRománico Corporation© a lo largo del par de décadas de románica fotografía, con sus copiosas comidas correspondientes para no perder la costumbre flatulenta, el obispado ha tenido que añadir a la vieja norma de no usar el flash la prohibición de tirarse pedos en el interior de los templos.


Por lo visto, algunos de estos científicos románicos están diseñando actualmente un aparato que, colocado junto a la entrada de la iglesia, permitirá poner en culo en un espacio receptor donde el turista, antes de entrar, deberá expeler todos los pedos que pueda. Aseguran que así se podrá recoger el gas metano para convertirlo en fuente de energía para iluminar la iglesia con luz fría, hecho que permitirá fotografiar sin flash el interior de los templos y, a su vez, los ecologistas apuntan a que este nuevo invento recogegases es un invento perfecto para reducir el efecto invernadero y mantener la capa de ozono en la alta atmósfera de nuestro planeta.

Como decía al principio, el tiempo pone las cosas en su lugar. Aunque esta vez el tiempo ha añadido una nueva prohibición y un recogedor de pedos en la entrada de las iglesias.
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sábado, 22 de noviembre de 2008

Aquelarre

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Hacía un par de lunas que Kurabla y Draude habían organizado un encuentro con otros druidas seguidores de ritos celtas. Se acercaba el año nuevo de la tradición celta, una fecha idónea para un aquelarre que abriera las puertas de acceso al mundo de los espíritus. La ocasión debía aprovecharse ahora que venía de cara, pues su calva no permite agarrar por los pelos la oportunidad una vez ha pasado de largo.

Kurabla era una druida con profundos conocimientos en brujería, con probada experiencia en rituales de magia, blanca o negra (sin estigmas de racismo), de naturaleza práctica y de carácter profundamente crítico. Draude era conocedor de hierbas, especias y setas, de sus propiedades y sus potenciales. También era druida, aunque lo era por extensión de su pareja y, por tanto, tenía conocimientos bastante superficiales en estos temas.

Llegado el día previsto, media hora antes del amanecer, partieron en su carreta rumbo a la posada donde se produciría el encuentro. Tirada por un viejo percherón gris que adquirieron por catorce monedas de plata en un mercado equino hacía ya seis años, y cargando el atuendo y alimento justo y suficiente, el viaje podía realizarse en un día. Atado a una cuerda, en la parte de atrás de la carreta, llevaban su sabueso. Una perra fiel, sumisa e inseparable de Kurabla.

Al atardecer llegaron a su destino. Allí los aguardaba el posadero que los atendió consolando su estómago con una sopa castellana y dirigiéndolos a la habitación reservada para ellos. Esa noche los dos druidas descansaron bajo una colcha de lana y se reconfortaron del largo viaje efectuado. Viaje que habían hecho en un buen tramo bajo una fina y persistente lluvia, no menos adversa que el resto del camino, donde el húmedo frío que había reinado el día, bajo un cielo encapotado, les había llegado a hacerles padecer algunos síntomas de hipotermia.

Al día siguiente, a media mañana, llegó el gran chamán Al.leunam. Vestía turbante azul y túnica blanca con guarniciones doradas en el pectoral. Montaba un joven caballo árabe de lustroso pelo rojizo, bella figura y cubierto con una magnífica silla alforzada de color negro. El chamán procedía de las tierras meridionales de la península, territorio aún bajo los dominios musulmanes; había dedicado muchos años a la lectura, al estudio de la historia y de las leyes, era experto en la contemplación de templos y en el desvelado de enigmas célticos... en fin, que guardaba secretos jamás contados a los habitantes de su ciudad. Secretos que sólo compartía con amigos druidas en encuentros como el que se disponía a vivir.

Al.leunam había cabalgado todo del día anterior hasta llegar a una población cercana a la posada. Allí había pasado una noche en el palacio de unos príncipes cuyo linaje y posesiones se extendían por toda la península. Al.leunam, en sus viajes por tierras cristianas, frecuentaba descansar en los múltiples castillos y palacios de esa noble familia. Las costumbres, la higiene y la distinción de esos lugares se acercaban más a sus hábitos de exquisitez, propios de un chamán de su condición.
En aquel momento llegaba ya a la posada y divisaba a los amigos druidas, Kurabla lo saludó y le indicó que dejara su corcel cerca de la balsa pantanosa para que éste pudiera abrevar. Al.leunam aceptó cortésmente la propuesta y, tras bajar del caballo y sortear entre charcos e islas fangosas el trayecto hasta la entrada de la posada, saludó con un efusivo abrazo a sus ya viejos conocidos mientras comprobaba que el lugar pantanoso donde se encontraba distaba mucho de la tierra firme y seca que él prefería. “Esto, en palacio, no ocurre” les dijo mostrando su preciado calzado mojado, lleno de mierda y barro. “!Es que te metes en todos los charcos!”, le contestaron.

Apenas habían empezado a explicarse las últimas novedades de sus vidas, cuando llegaron en una caravana de cuatro asnos los otros tres invitados al aquelarre de fin de año. Eran el brujo Leafar, junto con las brujas Aciam e Ichuram. Leafar era un instruido hechicero con poder para comunicar con los dioses, con el mismo diablo, con la Madre Tierra y con el “más allá”. Aunque nadie sabía cómo se comunicaba, algunas leyendas lo comparaban al movimiento de bajada de la tapa en un artilugio con el que solía pasar largas horas de observación, como transmitiéndose señales mutuamente. Aciam era una menuda hechicera, oriunda de tierras musulmanas, ocurrente y catalizadora de hechizos y de relaciones. Era la mujer de Leafar, o más bien era Leafar su marido, ya que Aciam, como toda mujer que se preciaba, era la que ordenaba y conducía la vida de su pareja. Y por último, Ichuram, que con su indumentaria negra y su trabajado aspecto se percibía el pacto con Satanás. A pesar de esa visión misteriosa en la que sólo le faltaba la escoba y el sombrero alto acabado en punta, aparecía una bruja que curaba a la gente con plantas medicinales y exorcizando los malos espíritus usando sus poderes mágicos. El cuarto burrito y apreciablemente el más viejo todos, iba cargado con tres mantas enrolladas, un mugriento caldero, un par de cantimploras de barro y unas alforjas con lo que, supuestamente, serian los atuendos y utensilios necesarios para la ocasión.

Tras ocupar las estancias de la posada, se reunieron en el comedor para disfrutar juntos de una buena comida y conversar sobre sus temas comunes. El posadero les ofreció unos chuscos de pan y una vasija con aceite procedente de unos olivos de Úbedum. Por reconocer su proximidad con el origen de ese selecto producto, el chamán se alegró de manera evidente, pero pronto descubrió que habían puesto a macerar unos boletus en su interior con el fin de darle aroma al aceite, y lo que le habían conseguido es un aceite con doscientos gusanos moviéndose en él. Como la vasija no tenía la embocadura adecuada para dosificar cuidadosamente el óleo, el intento de Al.leunam acabó en un chorro de líquido con boletus y gusanos sobre el chusco abierto. “Esto, en palacio, no ocurre: mi vasija tiene una embocadura perforada por donde vierto la cantidad justa y limpia sobre el pan” pensó Al.leunam. Pero tras haber hecho tan efusivo recibimiento al posadero cuando anunció la procedencia del olium, Al.leunam se vio obligado, con disimulo de las arcadas, a tomarse el pan con el aceitón, proteínas incluidas.

El posadero anunció que su mujer había preparado unos garbanzos para la ocasión. No había engaño en que eran garbanzos, pero tampoco había engañifa que acompañase el puchero. Todos comieron los garbanzos sin prestar mayor atención al plato. Todos menos Al.leunam, que no recordaba haber comido nunca unos garbanzos-garbanzos, sin más, ya que en palacio los garbanzos solían acompañarlos con otras exquisiteces. Aunque eso no se pudo comparar con el churrasco seco que se sirvió a continuación. Era igual que se quisiera normal, al punto, muy hecho, pasado o achicharrado. El resultado era el mismo: un trozo de vieja ternera dura como una suela de zapato.

Ante esa comida, todos se quedaron un tanto hambrientos y el chamán estuvo tentado de enviar un maleficio a la cocinera, pero Aciam salió conciliadora de la situación y propuso que ella, junto con las otras compañeras, se encargarían de cocinar la cena de la noche de fin de año. Así el aquelarre previsto aseguraría mejor el éxito de contactar con el más allá.

Tras la comida, los druidas se dispusieron a curiosear por las estancias abiertas de la posada. Kurabla ofreció a su querida sabuesa los restos del churrasco y ésta se los comió tras un largo esfuerzo que, finalmente, zanjó engulléndolos. En un viejo cobertizo, junto a los corrales, los posaderos tenían un número importante de vasijas de barro. Todas llenas de nada. ¿De nada?, ¡No! Del fondo de una de ellas, Kurabla extrajo algo negro. Se trataba de un murciélago muerto que, seguramente, había caído en ese cántaro y, sin capacidad para arrancar el vuelo desde ese desaventajado lugar, acabó pereciendo y desecándose. Tras mostrarlo al grupo de brujos, y ante la cara de repugnancia de Al.leunam que describía su pensamiento de “esto, en palacio, no ocurre”, Aciam replicó ocurrente “nos lo llevamos para la cena”, y se lo guardó en el zurrón de piel que llevaba colgado a todas horas en su espalda.

Luego, al cruzar el patio, en dirección a las habitaciones, resultó que el perro del posadero se había ensañado con la sabuesa de Kurabla. En medio de la pelea de los canes, se encontró Al.leunam medio atropellado por los saltos y revuelcos de éstos prácticamente sobre él. Kurabla dio unas autoritarias órdenes a su sabuesa y ésta se retiró de la pelea. No obstante, la blanca túnica de Al.leunam dejó de ser toda blanca. “Esto, en palacio, no ocurre” pensó una vez más y, sacándole cortésmente importancia al tema y disculpándose por su torpeza, expuso que se iba a asear y a vestirse adecuadamente para el aquelarre.

Al.leunam se fue hasta el riachuelo que ladeaba la posada, allí procuró lavarse un poco con esa agua fría. Acostumbrado a los baños de palacio, con balsas de agua calentada a leña o en aquella ocasión que disfrutó de unas aguas termales, no pudo dejar de pensar que echaba de menos los castillos del príncipe, y se preguntaba cómo era que Kurabla siempre lo ponía en estos charcos. Después, se dirigió a su habitación, se quitó la túnica manchada para ponerse una túnica limpia y se sacó el turbante azul para ponerse un turbante negro. Ahora ya estaba aseado para disfrutar del aquelarre.

Aquella tarde se dedicaron a los preparativos, Kurabla salió a recolectar setas. No le fue difícil encontrar unos boletus y alguna muscaria para hacer una pócima con dotes alucinógenas. Ichuram la acompañó en el recorrido por el bosque y se dedicó a coger las plantas apropiadas para la fiesta: mandrágora, beleño y estramonio básicamente, aunque cogió también secretamente algunas bayas y se las guardó celosamente envueltas en un pañuelo. El resto del grupo, subieron a lo alto de la colina cercana a la posada, allí Aciam fue preparando el caldero para la cena de gala y los demás acopiaron leña para alimentar una hoguera durante toda una noche.

Aciam encargó a Al.leunam y a Draude localizar algunos ingredientes imprescindibles: una pluma de águila, un par de sapos vivos y una cola de lagartija. Ambos pensaron a la par “yo no cataré este brebaje”, así que ambos aceptaron ir a consultar al posadero si disponía de esos ingredientes que, curiosamente, tenía guardados en la despensa la cocinera. Dada la rapidez y la sorprendente fortuna con la que habían obtenido esos poco habituales ingredientes, decidieron tomarse unas copas de aguardiente de tubérculos sentados junto al hogar de la posada. Allí Al.leunam empezó a filosofar sobre cosas como que si sólo que haya una persona buena en la faz de la tierra, ya vale la pena vivir en ella, a ejemplo de Sodoma y Gomorra, que sólo que hubiera habido un hombre justo en esas ciudades, valía la pena salvarlas. También se extendió en su valoración de la gente auténtica por las vivencias, más que por su estatus social. Draude lo escuchaba asintiendo sus razonamientos y, mientras se calentaban por fuera y por dentro a base de fuego y aguardiente, llegaron Kurabla y Ichuram con los productos recogidos del bosque y marcharon todos juntos hacia la cima de la colina donde se celebraría pronto el ritual de brujería.


El principio de Alfa

Ya anochecía. Tras desaparecer el rojizo Sol por el horizonte, se percibió en segundos una bajada de temperatura en el ambiente. Se evidenciaba el frío. El cielo estaba despejado: sería una noche serena. Seguramente no helaría: por las fechas del año nuevo celta no solía helar en esos territorios. La luna llena favorecería la iluminación del escenario. Y también el fuego. La hoguera ya se levantaba por encima de la colina, como prolongación de la tierra hacia el cielo. Como llamando a los mundos superiores, con sus llamas, para que, desde sus atalayas, abrieran las puertas que conectan este mundo con el más allá.

Leafar iba añadiendo leña al fuego mientras rezaba repetitivamente una especie de conjuro e iba dando vueltas levógiras en torno a la hoguera. Aciam removía el caldero con una larga pala de madera de olivo y, al ver llegar al resto de brujos, les solicitó impaciente el resto de ingredientes, sobre todo la cola de lagartija, imprescindible para dar el sabor apropiado al brebaje. Pronto se pusieron a cocer todos los productos. Mientras, se recitaban los hechizos repetidamente. No tardó en que las palabras de los seis brujos se empezaron a confundir en una sola voz. Entonces, iba subiendo el volumen de su fuerza y la pócima se iba cargando de energía. Las burbujas de la ebullición rompían como chisporroteos en el aire y el aroma a boletus con mandrágora, el hedor a muscaria con beleño y estramonio, las vibraciones mágicas del murciélago disecado, machacados previamente en el mortero con la cola de lagartija y las pieles de los sapos recién sacrificados, hacían que la atmósfera que envolvía ese lugar embriagara ya a todos los seis druidas.

Con ese punto de exaltación, con el estado alterado de la conciencia en la que se iban empezando a encontrar, Aciam ofreció un puchero de la pócima a cada uno. El estado de flipe de los brujos invitaba a tomárselo sin pensar en su contenido. Los seis brindaron alegres por la Madre Tierra y por el nuevo año, y se engulleron de un trago el pestilente brebaje.

Empezaron los cantos, los bailes y los delirios. Brujos y brujas se abrazaban y danzaban mientras entonaban un canto rítmico, corto y cíclico. La pala de olivo, impregnada con la pócima y junto con los restos del ungüento obtenido en el mortero, era restregado por las entrepiernas y mucosas corporales. Las vueltas levógiras en torno a la hoguera ayudaban a llamar a las puertas del inframundo y a iniciar algunos contactos con almas en pena que deambulaban por esos entornos esperando la ocasión de entrar en el purgatorio.

El brebaje provocó el vómito a uno de los druidas, Draude, y los demás lo imitaron sin ningún esfuerzo. Era el efecto normal de la ingestión de la muscarina con otros enteógenos. No obstante ahora ya habían asimilado todos los componentes mágicos y alucinógenos de la pócima. Los druidas empezaron a ver cómo los objetos se deformaban, como los árboles aumentaban de tamaño hasta parecer gigantes. El estado de euforia se apoderaba de su mente, los cantos eran entregados al ritual con una convicción que atravesarían el umbral que los trasladaría al más allá y contactarían con el príncipe del averno.

En ese estado de trance, de pronto, como en una levitación, viajaron volando los seis juntos hasta una piedra agujereada que se encontraba en medio de un campo, a modo de mojón de límite entre dos territorios. Allí, en el centro del círculo que formaban los brujos, un macho cabrio fue percibido. Éste conectó mentalmente con Leafar durante un par de segundos e, inmediatamente después, el cabrón se esfumó. Entonces, Leafar trasladó al chamán y a los dos druidas, como si se tratara de dos paquetes compactados de información, todo esa sabiduría que había recibido del mismo demonio. Un paquete hacía referencia a la estirpe de Lucifer y otro a una serie de ritos y mitos de una orden religioso-militar que se constituiría algunos siglos más tarde, en el futuro. Tras ese momento de éxtasis, los seis brujos volvieron súbitamente junto a la hoguera, en lo alto de la colina. Sus corazones latían en fuertes pulsaciones, las respiraciones eran cortas y rápidas, jadeantes. Sus cuerpos temblaban, aunque no tanto por el frío nocturno que les invadía sino por la reacción de la experiencia de haber contactado con el diablo. Se sentaron agrupados en el suelo, frente al fuego. Leafar acabó de poner los cuatro últimos leños que les quedaban. Ichuram ofreció masticar una baya a cada uno para ayudarlos a depurar las toxicidades de los enteógenos consumidos. Se cubrieron las espaldas con unas mantas y permanecieron en silencio, observando juntos el juego aleatorio de las llamas y retomando, poco a poco, el estado conciente de la mente.

Fue entonces, cuando la luna llena estaba por el cenit de su eclíptica, que los seis druidas se propusieron que labrarían una inscripción junto a la piedra agujereada. Algo así como “En este campo hay fania de juntarse los bruxos y las bruxas a sus abominaciones llevadas por el misterio del demonio”.


El final de “O meiga”


La hoguera se había convertido en una pila de brasas medio encendidas. El cielo empezaba a clarear por oriente apagando las infinitas luces que habían presidido esa noche desde el firmamento el aquelarre. Los seis druidas habían ido recuperando la vida consciente dejando atrás el ritual mágico. Cuando, por fin, el Sol apuntó en el horizonte, Leafar dijo “!Feliz año nuevo a todos! y, entre besos y abrazos, los seis brujos se felicitaron efusivamente. Y Leafar añadió “¡Que la Madre Tierra nos dé un año de buena suerte a todos!” y los seis druidas se encontraron inmersos en un baño de alegría recibiendo el año nuevo celta.

En aquel preciso momento y surgiendo del bosque, apareció una tropa de soldados que galopando fueron rodeando a los brujos. El capitán de la escuadra con voz fuerte e imponente mandó : “En nombre de Dios y por el poder que me otorga la Santa Inquisición, quedáis arrestados y seréis juzgados por vuestras prácticas de brujería”. Los seis druidas fueron maniatados y llevados presos corriendo tras el trote de los caballos hasta la iglesia del pueblo. Toda la buena suerte augurada por la llegada del año nuevo estuvo en correr sin caerse, puesto que los jinetes no se hubieran detenido y hubieran arrastrado al que se cayera hasta el pueblo.

Frente a la puerta porticada de la iglesia, bajo una arquivolta esculpida con los ocho pecados capitales, se instaló el tribunal de la Inquisición. Torturaron a los brujos hasta que confesaron sus prácticas de brujería, su relación con el diablo y su devoción por la Madre Tierra. Entonces, fueron condenados a muerte por acción del fuego sagrado de la hoguera inquisidora.

Al llegar esa misma noche, en el rollo de la Plaza Mayor del pueblo, sobre un montón de leña, fueron atados de espaldas a la misma picota los seis brujos, dándole la vuelta entera. Luego, fueron untadas sus ropas con brea y, tras dar una última oportunidad de retractarse de su relación con Satanás, fueron quemados vivos hasta desaparecer entre las llamas. Contaban los soldados que contemplaron la escena, que las últimas palabras que oyeron salir de la pira fueron: “...esto, en palacio, no ocurre!!! ¿Porqué me meteré yo en estos charcos?!!”

Esa dramática muerte de los seis brujos selló con lacre un lazo de unión entre ellos. Aunque eran de procedencia diversa y, tal vez, se podía observar alguna diferencia social, entre ellos se produjo un vínculo virtual. Un fuerte vínculo que se extendería más allá de sus vidas y de sus muertes. Vínculo que, tal vez, con los años, con los siglos, volvería a reunirlos en una vida futura de un modo similar. Seguramente con mejor fortuna, ya que peor no podría ser y la ley del equilibrio es universal. Tal vez al principio, la reunión de los brujos se produciría de un modo virtual, como telepático. Tal vez más adelante, la reunión se materializaría en similares experiencias, en los mismos puntos del espacio y en los mismos días del ciclo anual.

Y tal vez ese lazo de unión, ancestral, sería reconocido por ellos mismos al verse. Al reconocerse. Como si se hubieran conocido “desde siempre”.
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Por Fiz Cotovelo.

Gràcia, 1 de novembre de 1008
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sábado, 18 de octubre de 2008

La Tierra sin Piedad

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Tal vez porque la vida en el campo no era fácil para la gente de la posguerra, o tal vez porque el carácter de esas gentes de la meseta central viene dominado por tozudos genes, que Ernesto Rodríguez, ya de chaval, no había quien lo dominara. O dominase.

En las mañanas frías de invierno, su padre se marchaba a trabajar con el tercer canto del gallo. Nada que ver con San Pedro que negó tres veces conocer a Jesús antes que cantase, o cantara, el gallo. Pero las tradiciones pesaban, o los genes, pues hacía ya muchas generaciones que el primer canto del gallo era el despertador familiar, el segundo era de aviso que llegaría el tercero y, al tercer quiquiriquí el cabeza de familia debía partir en busca del sustento familiar. Con más razón entonces, en época de escasez y pobreza, no estaba el tema como para ir rompiendo las tradiciones, sino para ir a recolectar la resina de los pinares, la madera de los sabinares o lo que se terciaba.

Ernesto también madrugaba a diario. Su madre acostumbraba a darle para desayunar pan migado y la mitad de la leche que les daba la cabra. Luego partía a pie hacia el colegio del pueblo vecino. En menos de tres cuartos de hora se podía llegar, o menos aún para Ernesto ya que le gustaba atajar tiempo y camino cruzando los campos y el riachuelo que marcó el límite fronterizo, hacía ya unos años, entre los unos y los otros. Que ahora, tras esa incivil guerra, todos eran los mismos, o al menos así lo decía el Gobernador.

Ernesto andaba campo a través, pisando su tierra natal, unas veces labrada, otras en barbecho, unas veces embarrada, otras resquebrajada, unas veces de calor radiante, otras de helado rocío... Sin apenas darse cuenta Ernesto ya aprendía antes de llegar al colegio. Y también en la vuelta a casa, momentos en que podía observar los animales de su entorno, unos salvajes como los corzos, las liebres o los buitres, y otros de corral como los de la venta cercana al apeadero del tren. Ernesto, con apenas algo más de una década de vida, tenía una gran riqueza interior. Sus días estaban llenos de experiencias, de vivencias, de contacto con su tierra, su gente, su flora y su fauna.

Tras la llegada de tiempos de paz, había sido necesario reconstruir el país y, a la par, educar al pueblo. Se trataba de crear empleo en obra pública, como la construcción de la red ferroviaria o de las escuelas nacionales, para promover la circulación económica de la nueva moneda en las familias que lo habían perdido todo – parientes incluidos- y también se trataba de dar un nivel cultural medio, por no decir mediocre, al vulgo, para mantenerlos alineados bajo unos valores y modales que evitaran, o evitasen, la rebelión en contra del régimen. Toda una estrategia maquiavélica que, además, entre otras muchas, estaba aliñada con temas como el fútbol que, a modo de “opio de la sociedad”, servía para distraer el foco de atención y de preocupación del pueblo llano.

La escuela

Ernesto tenía la suerte de ir a esa escuela, a pesar que algunos días no podía asistir porque debía ayudar a su padre en el trabajo. No obstante su padre procuraba por todos los medios que Ernesto fuera, o fuese, al colegio. Hacía ya un par de años que esa escuela nacional era de nueva construcción, la inauguración salió en el Nodo de los cines de las principales capitales y era mixta, cosa que se vendió como un hecho vanguardista. Pero mixta sólo en apariencia puesto que aplicaban el lema de “juntos pero no revueltos”. El Arquitecto tuvo que construir, por orden del Gobernador, dos alas independientes en el edificio para albergar a los niños en unas aulas y a las niñas en otras bien distantes. Bajo un mismo techo, puertas cerradas con llave separaban las zonas de cada sexo. Sólo los profesores tenían libre acceso a todo el colegio, sin embargo era ampliamente sabido que si un niño se adentraba en la zona de las niñas, o viceversa, pesaba el castigo de encerrarlo en el cuarto de las ratas. Nunca nadie había regresado de ese cuarto, aunque tampoco ningún alumno del colegio recordaba haber ido a tal lúgubre lugar. Con la amenaza era suficiente, puesto que con los castigos habituales de los golpes de regla en los dedos o ponerse de rodillas con los brazos en cruz y con un libro en cada mano, bastaba para tener a (casi) todos a raya.

El patio del colegio fue el mejor espacio para el flirteo. A pesar que el Gobernador dictó al Director de la escuela establecer horarios distintos de recreo, éstos acabaron siendo consecutivos y, los maestros de las niñas que, por cortesía y deferencia, eran las primeras en acceder al recreo, solían alargar con algún cigarrillo más y dejando solapar su tiempo con la salida en estampida de los niños al patio. Esta intencionada tolerancia era limitada a breves minutos. Momentos en que Ernesto, igual que la gran mayoría de los niños, desarrollaban a marchas forzadas sus habilidades conquistadoras. También eran minutos que usaban las niñas para poner a prueba sus nuevas artes de coqueteo. Y entre esas niñas estaba Piedad, la hija del Farmacéutico, que destacaba por su temprana madurez, tanto en lo físico como en lo mental.

Ernesto había descubierto las niñas y, entre las niñas, había descubierto a Piedad. Llevaba unos meses que aparecía en su mente, cada vez más a menudo, hasta que se dio cuenta que estaba colado por ella. A partir de ese momento, a pesar de la corta edad de Ernesto, su vida empezó a cobrar sentido, aunque también le empezó a cambiar el sentido de su vida en más de una dirección.

Como todo lo prohibido es tentación para el hombre, los compañeros de la clase incitaron a Ernesto a entrar en la zona de las niñas. Ernesto quería mostrar su hombría y valentía, sobretodo ante Piedad, por lo que aceptó el reto. Cogió la llave maestra que sabía que su profesor guardaba habitualmente colgada de un clavo en el fondo del cajón de su mesa, se dirigió al final del pasillo del piso superior donde había una de las puertas fronterizas y... traspasó el umbral para adentrarse en el mundo prohibido de las niñas. Ernesto estaba nervioso, aunque su paso era decidido, sus amigos lo observaban sonrientes desde lejos, en zona segura. Aunque su aventura le duró poco, ya que justo doblar el pasillo para bajar las escaleras que conducían a las clases de las niñas, tropezó con su propia torpeza y bajó rodando las escaleras rompiendo el silencio negro terciopelo que se respiraba en el lado oeste de la escuela hasta aparecer justo a los pies del Señor Director y, con el empuje del descenso, arrolló a éste quedando abrazados en medio del vestíbulo del pabellón femenino. Justo entonces fue cuando asomaron por las puertas de las clases las maestras y las niñas, viendo en posición ridícula al Señor Director y descubriendo a Ernesto, un niño, en zona de niñas.

Mientras el Señor Director cogía por la oreja a Ernesto y se lo llevaba gritando “!Rodríguez, ahora mismo va usted al cuarto de las ratas!”, Ernesto dirigió su mirada hacia Piedad y ella lo correspondió con una sonrisa complaciente, aunque Piedad se ruborizó por su timidez y desvió pronto la mirada hacia el suelo en un amago de disimulo.

Tras recibir unos azotes y zarandeos, el Señor Director lanzó a Ernesto al fondo de la sala de castigos, cerrando de un portazo mientras voceaba “!Aquí le van a comer las ratas, así que prepárese, Rodríguez¡”. Ernesto pensó que había entrado en la zona de las niñas como un elefante en una cacharrería, aunque le había merecido la pena del anunciado castigo porque Piedad se había enterado de su hazaña. No obstante ahora se sentía dolido y molido, y encima atemorizado por estar en un cuarto oscuro, encerrado, y esperando que aparecieran los asquerosos roedores a devorarlo.

Fue entonces cuando descubrió que el lugar olía de una manera especial. Le recordó la ración del vaso de leche que, cada día antes de salir al recreo, les daban a todos alumnos por orden del Gobernador con el fin de garantizar la nutrición de la población infantil de la posguerra. Con el paso de los minutos, los ojos se fueron acostumbrando a la oscuridad y pronto comprobó que el cuarto de las ratas no era más que la despensa donde se guardaban apilados los sacos de la leche en polvo. El cáñamo de los sacos estaba roído por muchos lugares y se había derramado bastante polvo por el suelo. Ernesto pensó que posiblemente fuera obra de las ratas y que por este motivo el cuarto hubiera, o hubiese, recibido este nombre. Pero esto también tranquilizó a Ernesto porque pensó que las ratas ya estaban suficientemente bien alimentadas como para pretender comérselo a él. Acto seguido, Ernesto se auto sugirió la idea de probar el polvo, primero se chupó el dedo y, con el dedo humedecido, captó algunos gránulos de leche y se los puso en la boca. El gusto de leche le sorprendió: “Es más suave que la de nuestra cabra, pero mucho más intensa que el vaso que nos dan cada día a media mañana” y pensó que todo era cuestión de la cantidad de agua que bautizaba la leche. Entonces, cogió un puñado ayudado con las dos manos y se lo zampó de un golpe dentro de la boca. En pocos segundos, empezó a encontrarse la boca llena de leche, con los gránulos que se le pegaban en la lengua, en el paladar, en la garganta, en los dientes, en los labios, ... allá donde había algo de humedad en su cavidad bucal se apelmazaba todo un vaso de leche concentrada. Ernesto se asustó y escupió todo lo que pudo. Necesitaba agua para salir de ese apuro, pero estaba encerrado y castigado, así que se tuvo que ir tragando lentamente ese polvo grumoso mientras pensaba en la mirada sonrojada que le había dedicado Piedad cuando el Señor Director se lo llevaba tirándole de la oreja. Había valido la pena, y encima había recibido recompensa.

Desde aquel día, todas las tonterías, monerías, burradas y gamberradas del colegio eran hechas por Ernesto. Los viajes al cuarto de las ratas eran prácticamente diarios, Ernesto había aprendido a tomar dosificado el polvo de leche. Con este aporte de nutrición, su cuerpo y su mente crecían a un ritmo superior a la media nacional que, como ésta era una media baja, en realidad él estaba por la media media.

Cuando, pasados un par de años, Ernesto tuvo que dejar la escuela para ayudar a su padre, había florecido ya un joven e ingenuo amor entre él y Piedad. La escuela había aportado el matraz a la química de su amor. No obstante, el padre de Piedad no aceptaba que la hija del Farmacéutico pudiera establecer relación alguna con el hijo de un humilde recolector de resina. La madre de Piedad estaba sometida a la represión del cabeza de familia. No tenía opinión propia visible aunque, en el fondo, lo aceptaba; como aceptaba resignada todo lo que le imponía el Farmacéutico. Así que Ernesto recibía los consejos del cura – que era el mismo en todos los pueblos de esa diócesis - y Piedad recibía los consejos del cura y de su padre para que abandonaran, o abandonasen, su joven amistad. Pero estas presiones causaban en ellos el efecto contrario. Las adversidades les hacían unir sus corazones cada día un poco más.

Tuvieron que pasar unos cuantos años guardando obligadas distancias. No sólo por pertenecer a dos pueblos separados por campos y un riachuelo, sino porque por una parte el trabajo de Ernesto, junto con su padre, no respetaba los festivos si querían algo más que el plato de legumbres en las comidas o algo más que una sopa castellana en las cenas. Por otra parte porque Piedad tuvo la oportunidad de asistir a diario a la escuela unos años más aprendiendo quehaceres, reservadas sólo para las mujercitas, como cocinar, coser y lavar; aprendiendo a escribir con plumilla en su cuaderno hasta evitar los manchones de tinta y las faltas de ortografía, y trabajando el catecismo para convertirse en una recatada “católica, apostólica y romana” que permitiera, o permitiese, asistir junto con sus padres a la misa de las doce los domingos y fiestas de guardar luciendo el mejor vestido, limpio y planchado.



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Las fiestas

Y llegó el verano que Ernesto alcanzó la mayoría de edad civil, aunque la mayoría física y mental ya la había alcanzado bastante tiempo atrás. Ese verano Ernesto se propuso asistir a las fiestas del pueblo de Piedad y, en el baile que se celebraría la noche del sábado, sacar a bailar a Piedad ante las miradas de todos y declararle su amor. Era su apuesta, su reto, su tozudez. Decidió que o la conquistaba de una vez por todas, o marcharía a la capital en busca de una nueva vida.

Estas fiestas eran esperadas con impaciencia por los habitantes los pueblos del entorno. Hasta venían los familiares emigrados a ciudades lejanas para celebrarlas. Tal vez porque las peñas que se organizaban competían en el concurso de zurracapote para ver quien hacía la mejor bebida refrescante a base de vino, limón y azúcar; tal vez porque los tradicionales juegos de cucaña provocaban la afluencia de niños y jóvenes afanosos de recibir un buen chapuzón; o tal vez porque su Alcalde conseguía, desde su nombramiento oficial por parte del Gobernador, traer a la pista de baile la Banda del Ejército para tocar el repertorio seleccionado de músicas bailables. Por un motivo u otro, todo el mundo veía las fiestas como el final de un túnel, un punto y aparte en las tareas del campo, en el trabajo en las fábricas de la capital, o en el curso escolar. Unos días de permitido desenfreno de la vida de represión y duro trabajo que, aunque unos más que otros, todos llevaban.

Ernesto se había hecho miembro de la peña de Los Celtas desde hacía unos meses, esto le permitió participar, el primer día de las fiestas, en el intercambio de vasos de “limonada” con otras peñas. Eso animó a Ernesto. Los primeros vasos de zurracapote le entonaban alegría y compartía bromas con otras peñas, pero hacia el mediodía, bajo el sol de las canículas, los nuevos vasos de refresco se fueron convirtiendo en veneno hasta coger una buena chuza. Ernesto se dio cuenta que perdía el equilibrio, fue zigzagueando por la calle Mayor hasta llegar a los soportales de la plaza donde, tras escoger el primer rincón que vio, se desplomó allí mismo y se quedó dormido, por decirlo de alguna manera.

Horas más tarde, cuando despertó, tenía la cabeza bajo una presión de tambor. Todavía se encontraba bajo los efectos del alcohol, pero se creyó capaz de ponerse en pie y dirigirse a la multitud del centro de la plaza. Estaban haciendo un juego de cucaña que consistía en meter un palo en un agujero mientras se bajaba por una rampa sentado en un carro de cojinetes. Los que no conseguían tal propósito recibían el chapuzón automático de un cubo de agua convenientemente llenado por el Alguacil. Allí fue cuando Ernesto, en medio de las risas del coro que animaban a los participantes, se dio cuenta que estaba también Piedad, alegre, sonriente y acompañada de unas amigas que también reconoció de sus pocos años pasados en la escuela. Ernesto se decidió a participar en el juego para captar la atención de su amada. Pero, al emprender el descenso sobre el carrito, el palo se le trabó en un saliente de la rampa con tan mala fortuna que el otro extremo le atestó un punzante golpe en la cara que casi le rompe una muela y, como era de suponer, al llegar al final del corto recorrido, no acertó poner el palo en el agujero de la tabla por lo que obtuvo de premio una repentina ducha que lo dejó empapado. A pesar de todo, Ernesto pensó que estaba de suerte, la bofetada recibida y el cubo de agua fría lo habían reanimado un poco de su resaca y, cuando desvió la mirada hacia Piedad mientras se levantaba chorreando del carrito, observó que ella lo saludaba con un movimiento de cabeza y con una mirada sonriente que le llenó el corazón. Como si se tratase de un acto reflejo, Ernesto le lanzó un beso al aire. Un instante después él se arrepintió de su reacción de muestra de afecto, aunque ella recibió con emoción tal atrevimiento realizado por Ernesto ante las miradas de todo el pueblo. Sin duda, entre ellos se había catalizado la química del amor.

Ernesto volvió a casa, durmió de nuevo durante un par de horas, se lavó y se puso el traje que su padre usaba en los eventos especiales y tomó el café bien cargado, de aroma y cariño, que su madre le había preparado. Hacia el anochecer, emprendía de nuevo, ya sobrio, el viaje hacia el baile. Esta vez, para no ensuciarse, siguió el camino carretero en lugar de cruzar los campos y el riachuelo. Tenía la impresión que esa noche pillaría a Piedad. Aunque en realidad era Piedad la que estaba segura que esa noche pillaría a Ernesto.

Cuando Ernesto atravesaba la plaza de la picota, que marcaba la entrada al pueblo como recordando a los visitantes que las fuerzas de la ley hacían justicia en ese lugar, empezaron a sonar los primeros acordes de la Banda del Ejército. Ernesto observó cómo un hormigueo de gente salía de todas partes y se dirigía, con vestidos engalanados, hacia la plaza Mayor. Él se sumó al río humano hasta desembocar en una plaza repleta de gente. Nunca antes Ernesto había visto tanta gente junta. “Pero, entre tanta gente, ¿Cómo encontraré a Piedad?”, se preguntó mientras, de puntillas, oteaba por encima de las cabezas de la multitud.

Pero Piedad también lo buscaba a él y, como el toro a lidiar, sabía por qué puerta entraría a la plaza. Así que Piedad sólo tuvo que dejarse encontrar poniéndose casualmente ante el radar visual de Ernesto. Con dos caras de sorpresa, de “!Ostras!, ¿Tú por aquí?, ¡Qué casualidad!” se saludaron ambos enamorados, aunque ambos sabían perfectamente que los dos se estaban buscando.

Ernesto y Piedad entablaron conversación, recordaron los tiempos de escuela, flirtearon entre risas, miradas y roces, bailaron algunos pasos dobles, intentaron algún movimiento con las jotas, y rieron. Rieron con la complicidad de dos enamorados.

Cuando se acercaba el final del baile, Ernesto y Piedad decidieron retirarse hacia el mirador del pueblo. La música en susurro rompía la oscuridad de la noche de tímida luna creciente. Y fue allí, bajo un manto de estrellas como testigo, que Ernesto declaró su amor a Piedad. Y ella lo aceptó correspondiéndolo. Los corazones de ambos latían saliendo del pecho hasta que se abrazaron y se fundieron en un dulce beso. La química de su amor había llegado a la fase de levitación.

Esos segundos de éxtasis se rompieron de pronto por el estrepitoso ruido de una escopeta. Piedad y Ernesto, sobresaltados, reconocieron pronto, por los gritos que oían procedentes de la silueta negra, que quien se les acercaba a paso rápido en la oscuridad era el padre de Piedad. Ernesto se puso delante de Piedad para encararse al Farmacéutico y explicarle sus honestos deseos e intenciones para con su hija, pero el padre de Piedad estaba fuera de sí, lanzaba ira y enojo por todos los sentidos, amenazó de muerte a Ernesto si lo volvía a ver a menos de diez pasos de su hija y se llevó a Piedad cogiéndola con fuerza por el brazo y arrastrándola hacia el pueblo. Piedad iba sollozando “!Por favor, Padre!, ¡No!, ¡Déjeme querer a Ernesto!”. Pero todo fue inútil. Ernesto se dio la vuelta como para no ver, pese a la oscuridad, ese triste espectáculo que lo desgarraba por dentro y rompió a llorar desconsoladamente. Solo y en la oscuridad física. Solo y en su oscuridad mental.

Pasó la noche en el mirador del pueblo reflexionando sobre lo ocurrido y, al final, tomó su decisión. Pasó por casa para contar lo ocurrido a sus padres y, al tercer canto del gallo, tras abrazar a su madre y estrechar la mano de su padre, Ernesto partió hacia el apeadero para coger el primer tren hacia la capital.

La capital

Emigrar a la capital era un recurso ampliamente utilizado por los campesinos en esos años de hambruna. Era una opción de búsqueda de dinero para sobrevivir que solía ser mejor que la opción de empecinarse a ganar el sustento a base de cultivar la tierra, más si éstas eran arrendadas a terratenientes. Sin embargo, la emigración de Ernesto tenía un fundamento distinto, era una huída ante una impotencia. Impotencia por no poder acceder a la hija del Farmacéutico debido a ser hijo de un humilde recolector de resina. En todas las épocas ha habido estatus sociales y, en estas épocas de crisis, las diferencias entre clases se acentúan aún más.

Pasados unos días, Ernesto había encontrado trabajo como peón de carga en una fábrica textil. Ernesto le pegaba duro al trabajo. Había aprendido de su padre lo que significaba madrugar, obedecer órdenes y sudar hasta caer el día. Seguramente la idea de ganar estatus social y económico para alcanzar la aceptación del padre de Piedad le motivaba a trabajar con ansias de prosperar. Aunque Ernesto sabía que la cosa no era fácil ni rápida.

Pasadas un par de semanas del percance en el mirador del pueblo, Piedad fue a visitar la madre de Ernesto. Se había enterado de su marcha a la capital y quería saber cosas de él, cómo se encontraba, qué hacía, cómo estaban ellos tras esa marcha repentina ocurrida, con toda seguridad, por culpa de su padre, el Farmacéutico.

La madre de Ernesto le dejó leer la carta que había recibido de su hijo, en ella le contaba donde se encontraba y que había empezado a trabajar. La madre de Ernesto apenas sabía leer y no sabía escribir, así que, con astucia de alcahueta, propuso a Piedad que le ayudara a redactar las cartas de respuesta a su hijo. De este modo se mantuvo en secreto el amor entre Ernesto y Piedad, bajo la complicidad de los padres de Ernesto y bajo el secreto guardado a los padres de Piedad. De este modo, los dos amantes mantuvieron correspondencia durante largo tiempo, manteniendo aletargada la reacción de la química de su amor.

A Ernesto le pesaban los genes de su testarudez. Pronto ascendió a carretillero, luego a mozo de almacén y no tardó un año en que lo hicieran jefe de la sección expediciones. Aunque a partir de allí, era muy difícil de prosperar ya que carecía de estudios y de padrinos. Las cartas de recomendación eran ajenas a su entorno social y Ernesto observaba que el entorno estaba lleno de recomendaciones, de ascensos injustos. Los amigos conocidos del Gobernador contaban con prioridad de designación en los cargos de mando de las industrias de la capital. Los que aparentemente eran los dueños de la empresa, resultaban ser propietarios del capital, más no del poder de gobernar la industria, puesto que esto era reservado a designios de los amigos del Gobernador. Finalmente, o el patrón se hacía amigo del Gobernador, o éste se veía obligado a “vender” su fábrica.

Cada sábado a última hora de la tarde, después de haber trabajado seis días de sol a sol, Ernesto subía la escalera de paso japonés hasta la oficina de la empresa donde el patrón le daba un pequeño sobre de papel marrón con su sueldo semanal, un par de billetes doblados y unas monedas. Sus ahorros aumentaban, más aún cuando Ernesto averiguó de qué manera podía incrementar su parte de destajo, a base de etiquetar las expediciones bajo una codificación por clientes. Pasado el tercer verano en la capital, Ernesto se vio capaz de invertir sus ahorros en la entrada de una vivienda en al que, tras firmar ciento veinte letras al antiguo propietario, éste le entregó las llaves del reino. Un cuarto y último piso, con vistas a la fábrica textil.

Aunque Ernesto frecuentaba el contacto a través de las epístolas con Piedad, apenas había ocasión ni vacación estival para que Ernesto pudiera, o pudiese, volver al pueblo. Sólo podía hacer un par de cortas escapadas al año, una por navidades y otra por pascua. Desde unos meses antes, los dos amantes preparaban la estrategia para encontrarse en un recóndito lugar cerca del riachuelo y lejos de las miradas de las gentes del lugar. De enterarse alguien, las noticias no tardarían en llamar a la puerta del Farmacéutico. A pesar del frío, y de la nieve en alguna ocasión, Ernesto y Piedad anhelaban los breves momentos de sus encuentros. La espera de la fecha convenida se les hacía eterna, aunque les ayudaba a superar los días y las adversidades que les deparaba la cotidianidad de sus vidas.

Piedad había empezado a trabajar de maestra en la escuela donde ellos se conocieron. Habían cambiado un poco las cosas allí: el cuarto de las ratas ya no frecuentaban las ratas, ni los sacos de leche en polvo, empezaban a utilizar el plumier con lapiceros de colores y los tiempos de recreo de los niños y las niñas se habían fundido. Aunque no las clases, que continuaban separadas bajo las directrices del ya casi anciano Señor Director. Piedad también se había hecho catequista. Los fines de semana se dedicaba a preparar a los niños para recibir la primera comunión, aparte de ayudar al cura en los asuntos del despacho parroquial redactando con suma pulcritud, de puño y letra, con plumilla y tintero, las actas de bautismo, bodas y defunciones de toda la diócesis. Se encontraba satisfecha de sus logros, eran fruto de su inteligencia y esfuerzo, aunque sabía que sin el apoyo de su padre estos cargos difícilmente les hubieran, o hubiesen, sido otorgados.

Ernesto empezaba a estar harto de las injusticias del mundo laboral, el ambiente de trabajo en la fábrica textil se había enrarecido hasta llegar a límites insospechados, donde la inmunidad de los amigos del Gobernador y los fulminantes despidos de los no-amigos del Gobernador eran cada vez más habituales. También se veía inmerso en el anonimato de la capital. Estaba solo en medio de casi doscientas mil personas. Y si le pasaba alguna cosa o no, a ninguna de éstas le importaba lo más mínimo.

Ernesto recordaba sus años en el pueblo, cómo se enamoró de Piedad. Las experiencias vividas en el campo, en la escuela, junto a su padre, junto a su madre. Recordaba su tierra y se le enternecía el corazón. Deseaba volver a su pueblo para vivir cada día respirando el aire limpio y fresco, notando el contacto con la naturaleza, pasando campo a través para atajar caminos y pisar la tierra, viendo las liebres correr, los corzos pastoreando a lo lejos. Y por tradición, o por genes, salir cada mañana de su casa a trabajar al tercer canto del gallo.

Por estas fechas, coincidió que Ernesto recibió una carta en la que Piedad le contaba que su padre había fallecido en un fatal accidente de caza. Parece ser que recibió un disparo fortuito de un compañero, a juzgar según las declaraciones de los demás testigos cazadores. Aunque también Piedad le explicaba que, como su padre por menos de un pimiento armaba un chandrío, a ella no le extrañaría que hubiera, o hubiese, sido un premeditado ajuste de cuentas. Piedad estaba apenada por ello, pero veía la luz del final del túnel de su vida de atadura paternal a rienda corta.

Ahora ambos, por fin, veían la oportunidad de juntar sus vidas, no sólo sus corazones como lo llevaban haciendo durante ya demasiado tiempo.

La tierra

Ernesto no dudó en tomar la rápida decisión. Hizo el equipaje y cogió el primer tren. Apenas doce horas después de haber leído la carta, Ernesto llegaba a la escuela. Los chillidos de juego infantil que se percibían le dieron a entender que era la hora del recreo. Rodeó el edificio hasta llegar a ver el patio repleto de niños y niñas. Ernesto buscó a Piedad entre los maestros que estaban en un coro, de pié, junto a la escalera de acceso al patio. Pero no estaba ella. Justo le había llegado el desánimo de su desconcierto cuando oyó a su espalda “!Ernesto!”. Se giró y, como un niño que contempla por primera vez un acontecimiento pirotécnico, Ernesto se encontró con Piedad. Ella lo había visto llegar y había salido de la escuela a su encuentro. Piedad se le acercaba corriendo, Ernesto se quedó parado un par de segundos, casi sin reaccionar, boquiabierto, contemplando cómo los cabellos de Piedad le brillaban con el sol, cómo abría los brazos mientras repetía su nombre, cómo de bella era su Piedad. Un instante más tarde Ernesto reaccionó, dejó su maleta en el suelo y corrió hacia Piedad fundiéndose en un fuerte abrazo. Ambos notaron la emoción, el amor, el palpitar de sus corazones. Se miraron a los ojos, sus miradas húmedas hablaban de te quiero, de por fin juntos, de para siempre juntos. Y se besaron. A pesar de las miradas de las niñas, los niños, las maestras, los maestros, el Señor Director y un buen grupo de gente del pueblo que ya se habían percatado de la situación. De pronto, el Señor Director gritó “!Rodríguez! ¿No le da vergüenza? Besar a la Señorita Piedad aquí, en público.” Pero todos los espectadores, bajo la complicidad que invitaba la situación, rompieron en un largo aplauso a los novios y el Señor Director se vio inducido a aplaudir también aceptando la excepcionalidad del caso.

Tras unos meses de intensivo noviazgo, la química de su amor llegó a la coagulación del matrimonio. Piedad y Ernesto se casaron en la iglesia parroquial del pueblo y, ante las miradas de todos, Dios incluido como testigo, firmaron su compromiso de amarse y respetarse toda la vida.

Ernesto obtuvo rentas de su vivienda de la capital y, cual hijo pródigo, sus padres lo apoyaron incondicionalmente en todo. Nunca se había imaginado que andar campo a través en su infancia le había sido un señuelo, como lo fue su amor por Piedad, para querer vivir en esas tierras. Se dedicó, por vocación y en devoción, a la recolección de los productos de la naturaleza según la época del año y la oportunidad laboral que encontraba: resina, setas, espárragos trigueros, cangrejos de río o madera de sabinares. También cuidaba de su huerto, que le proporcionaba las hortalizas y legumbres para su familia, y cuidaba de su pequeño corral que le proporcionaba huevos, carne, ...y el servicio de despertador que, por tradición, o por genes, lo arraigaba a sus progenitores.

Un anochecer, Ernesto y Piedad fueron hasta el mirador. Se sentaron en las rocas próximas al precipicio y se dispusieron a observar la puesta de sol. Juntos, viendo como el disco solar se ocultaba tras el horizonte rojizo, se cogieron de la mano en silencio y absorbieron en su memoria esos momentos. Momentos que los llenaba de felicidad. Y recordaron el primer beso con el que fraguaron su compromiso de amor, en ese mismo lugar, unos cuantos años atrás.

Ernesto sabía que esa era su tierra y Piedad su mujer. Para toda la vida. Allí habían nacido los dos. En esa tierra se había producido toda la química de su amor. Y en ese pueblo de la meseta central envejecerían juntos hasta que llegara, o llegase, el día en que como dijo el cura, en nombre de Dios, la muerte los separara. O separase.

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Y se unirían con su tierra, formando parte de ella.



Gràcia, octubre de 2008
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Publicación 2006
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