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sábado, 4 de julio de 2009

La próxima vida

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Para estar muerto no es imprescindible haber fallecido previamente. Hay múltiples formas de ser, estar o parecerlo. Cuando vives en el campo o lo has hecho de pequeño notas que la convivencia diaria con la muerte es tan evidente que se hace invisible o transparente a nuestros ojos. La cadena de la existencia, el ciclo de los animales, las plantas y los humanos que las cuidan va pasando sin remisión de eslabón en eslabón. Los campos y especialmente los pueblos están llenos de viejos, eufemismo empleado para hablar de la “tercera edad”, que se van mimetizando con el paisaje pasando a ser elementos históricos, mientras van haciendo las cuentas cada vez con menos dedos de la mano. “¿Y de tu quinta cuántos quedan?”, se preguntan unos a otros, viendo como se cierran promociones enteras de soldadesca, en sus tiempos jóvenes y dispuestos a hacer balates o coger aceitunas.

Junto al óbito físico total también está el parcial, la muerte en vida o una vida entera demasiado pendiente de su fin. Mi abuelo Pedro, el padre del mío, volvió de la guerra civil, la segunda en su cuenta, pues ya antes estuvo en África, con el brazo izquierdo cortado a la altura del hombro. Riesgos del oficio. Un trozo de su cuerpo subió al cielo cuarenta años antes que el resto. Con su vuelta murió la infancia de mi padre, quien con siete años pasó a ser el mayor de siete hermanos y el segundo hombre de la casa, pequeño, pero con dos brazos. Mi abuelo uncía las vacas con un sólo brazo y labraba con ellas con gran maestría, recuerdo una foto suya que había en el comedor del cortijo, tomada cuando participó como actor de relleno en una de las múltiples películas de los años sesenta realizadas en Almería. Aparecía haciendo lo que sabía: labrar la tierra con una yunta de bueyes. Imagino que a la gente del cine les pareció un caso curioso y por eso lo admitieron. También se liaba su cigarro con su única mano, aprovechando para ello las arrugas del pantalón. Maldecía con reiteración al coro de ángeles y santos que miraban para otro lado mientras él iba quemando su vida y se acordaba de las madres que les parieron a él y al supremo hacedor.

Mi padre, de oídas, tuvo una juventud inexistente demasiado pegada al suelo de los campos donde labraba o cavaba, pocos resquicios a la vida y a su lado amable. Me contaron que en un verano determinado aprendió a nadar de la forma habitual en el cortijo: una cuerda amarrada al cuerpo y empujón para hacerle caer a la balsa. Si se hundía se daba un tirón y así hasta que aprendía, se ahogaba o desistía.

De aquí, otro día, se fue a la playa, un día enterito al sol, después de una vida entera al sol, pero con camisa, chaqueta, pantalón y sombrero o gorra. Un día completo de playa, sin cremas ni sombrilla, le produjo quemaduras profundas en la piel y en el orgullo y asesinaron para siempre sus ganas de baños marinos. Murió con cincuenta y seis años, demasiado joven y a la vez ya demasiado viejo, los años no corren para todos al mismo ritmo. La tensión arterial le jugó una mala pasada, la misma tensión le había dejado muertas las piernas a su madre más o menos cuando yo nací. Siempre la conocí sentada en una silla o una butaca. Murió poco antes que mi abuelo, él se fue detrás rápidamente, maldiciendo su destino, como mi padre. Si tuvieron efecto el cielo debe ser un lugar maloliente.

Cuando yo tenía diez u once años me regalaron la bicicleta, mi primer vehículo. Como el cartero del zar di muchos viajes a partir de entonces a comunicar a los parientes y vecinos de cortijos cercanos las enfermedades o las muertes, y la hora del entierro, de mis abuelos u otros deudos del clan familiar. Para llevar el féretro a la iglesia del barrio más cercano, la correspondiente, había que dar una vuelta inmensa por el camino “oficial”, una vuelta casi redonda a los cortijos de alrededor, a hombros de hijos, hermanos o primos, que acababan reventados. Los niños, embarazadas y enfermos nos atajábamos por una vereda, el camino corto, y esperábamos a que llegase la comitiva en un cruce determinado.

Los niños no tenían ni tienen conciencia cierta de la muerte, de su infinitud en el tiempo. Yo recuerdo eso de mí mismo, pero mi hija pequeña, Cristina, me decía hace poco, con diez años de edad, que el fin del mundo sí que existe, que se acaba todos los días para los que se mueren. Incluso tenía ya un sentido irónico. Algo salió en la televisión de un homenaje a un escritor de muy avanzada edad, y ella comentó el lado negativo, con un poco de humor negro. Dijo; “Uhmm, cuando empiezan con los homenajes ….”. A su edad yo no pensaba tanto pero sí había visto ya la cara de varias personas muertas. Los lutos y el lloro eran de Bernarda Alba, mi abuelo por cierto era de un sitio cercano al cortijo donde se desarrollaron los hechos de “Bodas de Sangre”. Yo tenía que irme al cortijo de al lado a ver el episodio correspondiente de Heidi, Marco o Pipi Lanstrung. La tele estaba prohibida, la radio en voz baja, los hombres con camisa negra y las mujeres de arriba abajo con ese color, velos y pañuelos negros. Luto de ocho meses, luto de ocho años, empalmando uno con otro, la vida entera de negro, por dentro y por fuera.

Mi bisabuela, “la Mamica”, a quien conocí con cinco o seis años, no era diferente del común: menuda, mandil, toquilla y pañuelo negros, paso acelerado y pocas fiestas. También parece que sufrió algunas penas. De oídas, y a escondidas, tengo entendido que uno de sus siete hijos mato a otro en un accidente, un fratricidio sin intención, haciendo recular un carro contra un muro o una pared. De eso no se hablaba pero algo había. Si Lorca hubiera estado por allí seguro que habría escrito alguna cosilla. El cortijo era un lugar muy pequeño, visto ahora con ojos de adulto, ocupado por varias familias del mismo tronco. Tan pequeño que ahora sólo han podido construir un bloque de pisos en su solar. No me explico cómo podía caber tanto rencor dentro. En la vega de Almería, la que fue, lo poquito que queda, uno es de quien viene. Yo soy hijo de Antonio, nieto de Pedro el Manco y Carmen la Telares. Algunos me llaman todavía con el nombre de mi padre, desconocen el mío, pero eso no me importa. Todos mis muertos siguen vivos dentro de mí, nadando en mi sangre.

Un primo de mi madre también vio subir una pierna a las alturas celestiales, cambiándola por otra de madera, lo que a mí, en la tierna infancia, me llamaba mucho la atención. Si podía la tocaba con disimulo. Andaba con cierta cojera pero deprisa, algo de mal genio, yo creo que la pierna ortopédica era la parte más risueña de su figura. A pesar de ese impedimento para el maratón, una noche vino a avisarnos del pase al más allá de otro pariente común, con nocturnidad y urgencia, saltó la puerta metálica de la entrada al jardín, cerrada a llave y canto, con la agilidad de un torero que escapa de los cuernos de un morlaco. Seguramente todos hemos oído hablar del dolor del “miembro fantasma”, la sensación de picor o molestia en el brazo o apéndice que ya no tenemos. A veces el corazón muere cuando se va detrás de otro que no nos corresponde y ya nos duele toda la vida, como si aún lo tuviéramos en el pecho. Sí es cierto que late, pero sólo por obligación legal, no por convicción ni deseo.

A veces el ánimo no llega a fallecer pero desfallece y provoca una herida que nos va desangrando lentamente. Algún hecho nos produce un corte que nunca se cierra y que gotea cada vez que pinchamos en él. La señora que duerme conmigo desde hace tiempo (¡Dios mío!, ¿ya hace tantos años?), antes de entrar en esta coyunda, tuvo un accidente de tráfico, con varias vueltas de campana que estuvieron a punto de hacer sonar en su memoria las de la iglesia del pueblo. No pasó nada, toco madera (me podía haber quedado con la pierna del pariente; una pierna de segunda mano), salió ilesa del cuerpo pero tocada del alma y malherida en el aprecio a los viajes en automóvil. Desde entonces, que viene a coincidir con “desde que la conozco”, se agarra instintivamente e insistentemente al asa lateral de la puerta del coche, sobre todo si viene un camión de frente.

También se agarra fuerte cuando alguna niña va de excursión en autocar y respira a su vuelta. Muere un poquito y pisa luego el suelo con fuerza cuando abandona ese trasunto de presunto ataúd con cuatro ruedas y marcha atrás. Quizás exagero, seguro, pero repite “cuidado”, “cuidado”, “cuidado”, varias veces en cada kilómetro. Seguro que exagero (y además esta noche duermo en el sofá). En el invierno los pies de mi intrépida conductora parecen yertos, pero eso lo llevo en el sueldo.

Por otra parte, el abajo firmante, desde hace unos años, ha venido catando las amargas hieles de la desesperanza, que sonaría algo cursi si no fuera porque es cierto. Por una suma de pequeños rasguños se ha ido formando un ánimo bastante desmejorado. Como diría mi bisabuela, no estaba yo en paraje de muchos bailes en la plaza. Con un poquito de tendencia a las tablas, y con el rabo entre las patas, ya le iba tomando querencia al lado oscuro. Con la ayuda que Dios me dio y San Pedro me bendijo, y la de dos amigos del alma, pocos, pero con un corazón como el motor de un trasatlántico, vamos saliendo del hoyo. Gracias, de corazón. No hay nada mejor para los vivos que el contacto con otros iguales en aspiraciones, buenos deseos, sentimientos o enemigos. De lo contrario la cueva donde nos encerramos pasa sin dificultad a tumba provisional, en espera de la definitiva.

El negocio de la muerte alimenta a muchos vivos que andan por la calle con sus pies y no con ellos por delante. Incluso aquí se producen situaciones hilarantes, que ya es tener mala idea. Se conoce a gente interesante, curiosa, y se tira de la agenda, para comprobar el grado de éxito tras largos años de esfuerzo en tocar las narices a parientes, vecinos, compañeros de trabajo y otras gentes de mal vivir. Incluso alguno ha simulado su entierro, mirando luego desde el balcón de enfrente para darse el gusto de conocer quien vendría, quien lloraría más y que herencia merecía ser aumentada en su porcentaje de testamento. Alguno se ha muerto realmente al comprobar que no había ido ni el cura. Éxito completo. Iremos tomando nota.

En el entierro de mi padre yo tenía veinticinco años, mi hermano algunos menos y mis tíos se encargaron de todo. Oí como uno de ellos decía que tenía que salir con el encargado de la funeraria a ver un local donde estaban expuestos los modelos de apartamento en pino barnizado, castaño o nogal. El encargado le había dicho que había pocos y mi tío añadió que si no le gustaban esos que miraría en el “mostruario”. Yo me reí con cierto malestar interior por lo inadecuado.

Hace unos años me vi en un trance similar, era yo el que miraba el catálogo para mi suegro; el único hombre que quedaba en la casa era yo y eso parece que es cosa de hombres, como el brandy de la rubia y el caballo.

El empleado fue muy atento: lo elegimos todo a medias entre los dos, modelo de tipo medio, precio medio y para la segunda parte una urna de color verde, como de aceituna, a mi suegro le gustaba mucho el aceite de oliva, mucho, y me pareció muy oportuno, de esa manera era como si sus cenizas reposaran en una tinaja. Además era del color del cuerpo, benemérito, que había dispuesto del suyo hasta que se jubiló y aún parece que después no se apañaba a soltarle del todo. El precio también fue de tipo medio, pero aún así fue una de las compras más grandes de su vida, hecha realmente por su viuda, más cara que el piso que compraron para vivir en Almería o el coche. El cielo tiene el metro cuadrado muy caro.

Todo salió bien y estamos muy contentos, dentro de lo que cabe. Un ambiente limpio, funcional, trato profesional, amable y respetuoso y una ceremonia religiosa en la capilla muy humana y cálida. Tan diferente de los entierros del cortijo que parecía otra cosa, aún siendo lo mismo. Cuando acabó la misa y salimos al “hall” de entrada, a la sala de recepción, la gente se fue yendo lentamente, dando el pésame. Estuve a un pelo de crear una situación incómoda. Ya se había ido casi todo el mundo, yo estaba como algo cansado y desesperado por salir de allí, miré a mi esposa y fui a decirle algo. Me puse blanco y me callé. Al lado estaba un pariente, Paco, con quien tengo confianza y le dije: “Mira, he estado a punto de meter la pata. Iba a preguntarle a mi mujer que dónde estaba su padre y que terminara ya lo que estuviera haciendo, que teníamos que irnos todos para la casa”.

Creo que lo comente luego con mi dueña pero ya no lo recuerdo. Una parte de mi memoria, la vital, parece que se ha ido muriendo mientras dedicaba el tiempo a los estudios, y los libros han ido apoderándose de los dominios reservados al recuerdo familiar, mientras huía de mí mismo hacia delante.

Hay también gentes que creen en la reencarnación, como si no hubiera ya bastante con una vida, al menos para los pobres. Ayer, por el paseo marítimo, junto a unos locales cerrados y abandonados, me crucé con dos primos, huérfanos ambos de madre política. Les saludé y se situaron, en ese momento, bajo nuestros pies dos hermosas cucarachas, en la flor de la vida. Un primo le dijo al otro; “Oye, ten cuidado, ya has oído eso de los budistas, de que los difuntos vuelven al mundo en otra forma. A ver si las pisamos y son tu suegra y la mía”. “Sí”, respondió el otro, con un brillo raro en los ojos. Me despedí y me marché andando lentamente, escuchando. No oía nada. Bueno, sí …¡Chof!, ¡chof!

El primo de suegra, Paco, me contó un día en su oficina, seria, de director de entidad comercial, que cuando él tenía diez u once años pasó por unas fiebres muy malas, terribles, no podía orinar y estuvo varios días en la cama, al borde de la muerte. Y me explicaba:

“¡Tiene cojones! ¡Y yo oyéndolo todo! Y el médico, diciéndole a mi madre; “Mire usted, el niño se muere, se nos va, no tiene remedio”. Y yo tieso en la cama, los ojos cerrados, tiritando, pero enterándome de todo. Yo me notaba que me iba. Era una sensación dulce, no te le puedes creer, muy dulce, muy dulce. Esas cosas no se olvidan nunca. No te lo puedes imaginar, muy dulce, mucha paz, muy dulce”.

Hay gente con un apego excesivo, insano, a estar sobre la tierra y no debajo de ella. Con mi abuelo Pedro fui muchas veces en varios años a visitar a un pariente, un cuñado suyo, a un cortijo cercano. “Vamos a ver a este hombre, que se está muriendo”. Su viuda en ciernes me daba siempre al llegar un par de onzas de chocolate que sacaba de una alacena muy cuidada, con puntillas de hilo, tazas, vasos y fotos. Murió, efectivamente, contra su voluntad, creo que cuando subió demasiado el cacao en la bolsa internacional de Franfurt, pero enterró previamente a mi abuelo y a la mitad de sus convecinos, la mayoría sanos y fuertes como robles.

Yo, en la próxima vida, quiero reencarnarme en león. Además de por la melena porque vi ayer en un reportaje de los que ponen a la hora de la siesta, que copula más de treinta veces cada dos días. Las hembras de su harén tenían cara de estar satisfechas. El macho del grupo, al menos en las imágenes, parecía estar todo el día cansado y somnoliento, no me explico la causa. De todas formas yo me tiro el día lo mismo que él, muerto de sueño, y no veo motivos, nunca paso de las veinticinco. Mejor será de cucaracha viril; puedes volar, cambiar de barrio, las hembras son ligeras de alas; no se puede pedir más.
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Bueno, ya estoy aquí, demasiado pronto a mi gusto, pero es lo que hay. No se está mal pegado al suelo, echaré un vuelecillo. ¡Hombre!, ese tío que viene por allí andando es mi primo. Le saludaré, a lo mejor ahora ya no me conoce, con mi nuevo aspecto. Pero, ¿qué va a hacer? Nooooo…¡Chof!
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Publicado por Fendetestas

15 comentarios:

Malvís dijo...

Angela, la tata, nos decía de pequeños que todas las otras vidas están en ésta.

De mayor comprendí que vivir cada día es morir un poco.

Por eso, ¡ VIVE¡

Baruk dijo...

Querido Malvís,

...."vivir cada día es morir un poco", pero morir un poco en la vida simplona para nacer un poco en la vida más plena.

Es otra vida, como decía tu tata, pero esta en esta..

Besucos

pallaferro dijo...

Después de la lectura, me ha parecido como si me hubiera adentrado en el pensamiento de “elqueduermeconantonia” durante unos momentos de su ensimismamiento.

He recordado algunas cosas que ya me había contado, y he descubierto muchas otras que cuentan de cómo es él.

En la vida, vas sumando vivencias y recuerdos. Éstos a su vez, nos definen i conforman lo que somos. Y también nos van proporcionando un cristal de color a través del cual percibimos la vida.

Gracias por dejarnos ver con tus gafas.

Un abrazo,

Riviere dijo...

Muy sentido y humano tu relato,que me ha recordado algunas cosas de mi niñez,quizá por que son comunes a todos los niños.
Si existe la reeencarnación,cosa poco probable,yo quisiera ser una meretriz notable,claro y pronto:puta de lujo(Por varias razones que no voy a dearrollar ahora).Y si hubiese de ser un animal,por favor,que sea alguno de los hermafroditas,que los hay y varios.Adoptando el sexo que a mi se me antoje.(Macho,en viendo que se acerca un león,ni que sea almeriense).
Saludos.

LAQUEDUERMECONPEDRO dijo...

Estimado Riviere, tu deseo de reencarnación en meretriz debe ser muy corriente en el género masculino; pues yo, desde bien pequeña, recuerdo oir a mi padre (un santo varón sin lugar a dudas)
afirmar que si en otra futura vida fuese mujer sería más puta que "María Martillo".
No sé quien sería la tal María pero debía de ser bastante comedida a pesar de su "vida alegre"...cosa que deduzco por los deseos que mostraba mi progenitor, hombre dado a pocos excesos, a superarla...

Y es que ya puestos las cosas se hacen bien o ... no se hacen.
Quedarse a medias ha dado muy mala impresión en todos los tiempos.

Un fuerte abrazo a todos.

Alkaest dijo...

Entre todas las cosas "naturales" -o que eran sentidas antaño como más naturales-, y que ha desnaturalizado la vida moderna, no cabe duda que está el acto ineludible de morir. Parece como si abandonar este valle de lágrimas estuviese mal visto, aunque a más de uno le regalaríamos encantados el billete de ida, sin vuelta, ni aunque jurase reencarse en inocente mariposita.
Se ha perdido la naturalidad, que otras culturas y civilizaciones tuvieron respecto a este suceso. Ahora de eso se habla como de paso, de tapadillo, con vergüenza. O con un descaro y despego más vergonzosos todavía.
Y pensar que los romanos iban a los cementerios, a celebrar comilonas sobre la tumbas de sus difuntos (bueno sobre las cenizas), mientras recordaban los buenos y malos momentos de sus parientes.
Y no es que diga que ese suceso haya que verlo de forma alegre, porque triste es, pero una vez pasado el mal trago de los primeros momentos... Preferiría que viniesen a comer y beber sobre mi tumba (bueno sobre mis cenizas), cantando mis alabanzas y denostando mis ruindades, antes que caer en el olvido y la indiferencia de quienes me conocieron.
Porque la peor muerte no es la física, la peor muerte es el olvido...

Por cierto en el ámbito del humor negro, pero real, conozco la anécdota de una persona que fue al entierro de un vecino, y al dar el pésame a los deudos, se puso tan azorada que en lugar de decir: "lo siento mucho", se le escapó un: "salud para verlo hecho un mocito". La confusión, el regocijo, y los espantos fueron variados. Todavía se recuerda en el lugar tan magno suceso, ni que decir tiene que sucedió en un pueblo de al-Andalus.

Y ya puestos a pedir, me gustaría, para la próxima vida, ser un humilde y voraz ratón de biblioteca. No, no, en sentido figurado no, un ratón de verdad, para poder devorar, por placer, todos los libros que me he tenido que "tragar" en esta, por obligación. ¡Ah, que dulce venganza!

Salud y fraternidad.

Pilara dijo...

No es serio pasarse la vida medio muerto...le quita solemnidad al trance definitivo y encima causa dolor innecesario y sufrimiento gratuito...

Está bien eso de celebrar la muerte, es un paso que todos tendremos que dar en esta vida, de "facto" es el último que pienso llevar a cabo. Y puesto que es algo de lo que una vez llegados a este mundo nadie se puede librar, habrá que aceptarlo del mejor talante posible...
Ya puestos no hay que tomarse a mal que con las emociones, las tensiones y los nervios del momento a alguno un poco azorado se le escape en lugar de un sentido pésame un esperanzado enhorabuena que sea para bien...¡Para algo estamos de celebración!

Un fuerte abrazo.

Fendes vivitoycoleandoapesardelgobierno dijo...

Muchas gracias a todos por vuestros inestimables comentarios.Es costumbre de los vivos hablar de los que ya van dejando libre su plaza de garaje; pocas satisfacciones quedan, en la espera, más reconfortantes.

Mi deseo es que todos tengais una laaaaaarga vida (y yo que la vea) para contemplar cómo avanza el destino de la humanidad; una marcha imparable hacia la modernidad, la equidad, igualdad, fraternidad, solidaridad y todas esas cosas ... (me temo lo peor). Un abrazo.

Syr dijo...

El otro dia entro por el balcon de la terraza una de esas cucarachas aluas y voladoras. Dude entre aplastrarla o fumigarla con spray moderno.

Al final decidi llamar por el movil a Pilara para que decidiera.

Comprendi que el telefono es otra forma de "matar".

Alkaest dijo...

Puede que, al final, tenga razón el pesimista. Pero, mientras tanto, lo pasa mejor el optimista...

Salud y fraternidad.

Pilara dijo...

Queridísimo Syr, "matar"... supongo que el tiempo, es simplemente un espejismo momentaneo. En primera instancia tienes la impresión de que has salido victorioso de la escaramuza , pero a la larga es un contrincante invencible que acaba ganando todas las guerras...
A pesar de todo, los años alguna experiencia te dan, hay que entregarse a la vida y después ...¡¡Que te quiten lo "bailao"!!...

¡ Eso, eso ..."la vi´en rose" que dice el Sr. Alkaest !
Hay que poner siempre bonito color a la existencia que después el tiempo ya de por sí lo deja todo bastante ajado...y a nosotros hechos unos zorros... aunque, bien pensado, llegados a este punto las féminas quedamos peor paradas ... ¡¡ dichosa polisémia!!

Un cariñoso abrazo.

Alkaest dijo...

¡Comadre Pilara! ¡No nos toquéis la polisemia...! Que si empezamos a "polisemizar", podemos acabar como el rosario de la aurora: sin plumas y cacareando (¿O eso era el gallo de mórón?)...

Salud y fraternidad.

CESAR GLEZ.-RUANO dijo...

La muerte puede consistir en ir perdiendo la costumbre de vivir.

BALTASAR GRACIAN dijo...

La muerte para los jóvenes es naufragio y para los viejos llegar a puerto.

E. JARDIEL PONCELA dijo...

Pues, para mí, la muerte tiene una sola cosa agradable: las viudas.


Publicación 2006
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