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martes, 21 de abril de 2009

“Una familia como de encargo”

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Isidoro Vallecillo sonreía de oreja a oreja. Lo había conseguido. Había tenido tiempo suficiente para pensar y planearlo todo a conciencia. De sobra. Seis años a pulso y casi cuatro meses con el tercer grado.

En el talego todos hablaban bien de él. Siempre le hacían la misma pregunta y siempre respondía igual: “Por buena persona”. No daba más explicaciones. En realidad casi no recordaba nada de aquel día.
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En el juicio su abogado, magnífico, alegó la atenuante de posible trastorno mental transitorio, junto con sus antecedentes de orfandad, su infancia en un hospicio y una inteligencia casi “bordeline”. El informe del perito psicólogo era concluyente: sufría momentos de aislamiento, de “desconexión” – sí, eso fue lo que dijo-, pero no parecía estar dentro de ningún síndrome claro, no tenía conciencia del dolor infringido, pero no llegaba a ser técnicamente un psicópata. Aún así, tampoco era seguro que, en ese caso, si lo fuera realmente, tuviese una recidiva. A veces un episodio violento no tiene continuación. También estaba la presunción de inocencia: no habían encontrado el arma y sólo se presentaron pruebas circunstanciales. La recomendación del informe era el internamiento en un módulo vigilado de un hospital psiquiátrico para ver su evolución.

El Fiscal no lo vio claro. No le gustaba la mirada de Isidoro. El Juez, Don Laureano Hurtado Aldea-Alta, sí pareció atender a las recomendaciones, pero estaba atado de pies y manos. El informe era de parte, el Fiscal no cedía. No tuvo más remedio que aplicar la pena, pero en su grado mínimo, en lo más bajo de la horquilla. Don Laureano se portó como un padre, algo que Isidoro nunca tuvo. No se olvidó de él ni un solo día en su chabolo.

Cuando salió de permiso navideño no lo pensó ni dos segundos. Sintió la necesidad, la llamada de Madrid. Volver a verle, intentar saludarle. Nunca pudo darle las gracias. Además todo estaba ya decidido.

Cogió el primer autobús que pasaba por Nanclares con destino a Madrid y se presentó a las nueve de la mañana del lunes en los Juzgados de Plaza de Castilla. Entró como en su casa y preguntó por él. No llegaba hasta las diez. Salió y echó a andar hacia las dos torres, calle arriba. Siempre le habían llamado la atención, pero nunca se atrevió a entrar, ni siquiera a estar cerca o debajo de una de ellas. No le gustaban los edificios torcidos. No entendía como podían gustarle a nadie. Cuando estuvo delante de la puerta de cristales se sintió extraño, oía ruidos, parecían voces que provenían de algún sitio de su cabeza, pitidos agudos y notó que las piernas le flaqueaban. Echó a correr hacia atrás, volviendo los pasos. Se sentó en un banco al lado de la puerta de los Juzgados y sin darse cuenta se durmió.

Estuvo casi toda la mañana medio acostado en el banco, hasta que un poco escamado le despertó el policía de guardia de puertas.

¡Ya eran casi las tres!. Se incorporó con dificultad y casi mareado miró hacia la puerta. Don Laureano bajaba las escaleras con su cartera negra. Tenía cara de buena persona, como él. Fácilmente habría podido pasar por ser su hijo. Le reconoció de inmediato. Nadie olvida fácilmente la cara de su padre. Fue a decirle algo pero las voces le indicaron en voz baja que esperase a otro momento, más adelante.

Regresó al mismo banco el resto de días de la semana, hasta el jueves. La tarde anterior había alquilado un coche pequeño, un Opel Corsa blanco, nada espectacular, nada llamativo. Don Laureano aparcaba su Mercedes en un parking muy cercano, casi reservado a magistrados y abogados. Isidoro lo sabía, quería hacer las mismas cosas que él, moverse en su ambiente, y convenció al vigilante jurado del aparcamiento de que él era Procurador; bastó con citarle que llevaba prisa para un juicio por tercería de dominio y que el hueco que le venía bien era el que estaba un poco más allá del ocupado por el coche de Don Laureano Hurtado. Entró a media mañana, dejo el coche y a las tres de la tarde regresó, entrando en el aparcamiento detrás de Don Laureano, ambos saludaron al guardia y esté entendió que se conocían. Aquel procurador no era como otros, tenía cara de buena gente, con esa sonrisa y saludando al entrar y al salir. El coche le llamó la atención, pero le explicó que era el de su mujer, maestra en Palomeras Bajas. No era cosa de ir por allí llamando la atención.

Además, de algo le había servido a Isidoro el haber leído en la biblioteca del centro penitenciario varios ejemplares de las Memorias Anuales del Consejo General del Poder Judicial. Tenía tiempo libre de sobra. No entendía casi nada pero se sabía de memoria los nombres de cientos de magistrados, letrados, fiscales jefes y jefes de sala y la tipología de los delitos, faltas y sentencias más comunes.

Despacio siguió a D. Laureano hasta su casa, un bonito tríplex adosado situado en la zona de expansión de Arturo Soria. Aparcó un poco lejos, lo suficiente para no ser visto pero tampoco tanto como para no poder observar a la esposa del juez cuando salió a recibirle. Era una mujer preciosa, una dama, elegante, sin excesivo arreglo. Llevaba un sombrero y unos guantes de goma, que usaría sin duda para cuidar el jardín delantero de la casa. Debería tener unos cincuenta años, aunque no se apreciaba ninguna arruga, solo la belleza de la felicidad y un brillante cabello rubio que pareció palidecer ante la sonrisa que dedicó a D. Laureano. Se querían, sin duda. Él les miraba, absorto y emocionado, prendado de aquellas muestras de cariño. Había elegido bien a sus padres.
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Isidoro durmió aquella noche dentro su automóvil, muy cerca de la casa. Era la víspera de Nochebuena y al día siguiente, sin duda, prepararían la cena familiar. Despertó con los primeros ruidos del alba y esperó pacientemente la salida y la marcha del juez a su trabajo.
A media mañana se arregló lo mejor posible, se cambió de chaqueta y pantalón con mucha dificultad y cuidado, se peinó y perfumó dentro del coche, lo traía todo preparado, y tocó al timbre. Le abrió la asistenta, una joven ecuatoriana, regordeta pero muy dispuesta y servicial. Llevaba sólo dos semanas en la casa y no conocía a la mayoría de los amigos de la familia. Isidoro se identificó como Procurador de los Tribunales y como portador de una documentación de interés solicitada por el Juez sobre un asunto de urgente investigación. La muchacha no se extrañó de la visita ni del aspecto del visitante; bien vestido, educado y entendido en leyes, sin duda era lo que decía. Hablaba con una fluidez y una elegancia natural que le ruborizaba y a la vez le atraía.

Isidoro entró en la casa detrás de ella. De inmediato, al volver la cabeza, y antes de que reaccionara, le cubrió la boca con un pañuelo y le hizo respirar a la vez algo que le envió por varias horas al mundo de los sueños y la ató con una cuerda de las que él ocultaba en su portafolios. Sorprendió a la señora por la espalda, en la cocina, narcotizándola y maniatándola. Volvió a por la criada, y las colocó a las dos, cada una en una silla, alrededor de la mesa del salón.

Esperó pacientemente la vuelta del juez a la hora de la comida del mediodía. Algo tarde, casi a las cuatro, éste regresó, ajeno a todo, y se encontró dormido y uncido a la mesa del comedor nada más entrar en la casa.
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Isidoro dispuso el mejor banquete que pudo imaginar, preparó el mantel, las copas y la vajilla de lujo que cogió de las vitrinas, se vistió con un traje del juez, con una corbata de seda; todo era de su talla. Sacó el champán, guardado en la nevera para la cena. Isidoro iba a celebrar una comida de navidad, la más importante de su vida, con su familia, una familia perfecta, como de encargo.

Nunca olvidaría aquel momento, sería su sueño eterno, todos en la mesa riendo, su corazón saltaba de alegría y sentía que estaba llegando el momento. Las voces volvieron a sonar: “Ahora” le dijeron. Sacó el revolver de su maletín, lo puso junto a la botella y sonaron dos chasquidos, dos ruidos secos, confundiendo y mezclando sobre la mesa la espuma del vino con la de su sangre.-



Fendetestas (08/11/2005)

7 comentarios:

Syr dijo...

Fende, amigo, habíamos quedado que nunca hablaríamos de tus problemas con la Justicia ni con tu Mujer.

Un fuerte abrazo

LAQUEDUERMECONPEDRO dijo...

Es que las mujeres tienen mucho peligro, las otras...¡claro!
Y esa tal Justicia que se iba, con el que más le pusiese en la balanza, con los ojos cerrados...¡No era buena compañía!...

¿Es qué ya lo sabe su mujer?...o ¿Es qué además tiene problemas con su mujer?...

¿Me permite que le tutee?

Oiga ... ¡¡Esto es un sin vivir!!

Malvís dijo...

Es lo que yo le dije. Que no se liara con la tal Justi.

PAUL SAMUELSON dijo...

Cuando todo el mundo está loco, ser cuerdo es una locura.

JOHN DRYDEN dijo...

La locura es un cierto placer que sólo el loco conoce.

Baruk dijo...

La realidad de cada uno es tan diferente a la de cada cual, que asusta.

Pilara dijo...

¡¡La Sole sí que es un elemento de cuidado!!
Cuando es impuesta puede reflejar el infierno más completo, aunque hay ocasiones que mejor "sole" que mal acompañado.
Esta "tipa",la Sole, no tiene problemas de sexo; en esencia y por Norma (ésta debe ser muy disciplinada) nos acompaña a todos cuando venimos y cuando abandonamos este mundo,completa que es la chica que nos escolta hasta la salida.
Acostumbra hacer visitas intempestivas. Te puede abrazar asfixiante ,es así de indiscreta, si te encuentras en público o rozarte cosquilleandote en lo más profundo. Lo que está claro es que la sobrellevas mejor cuando sabes que tienes a alguien cercano con el que chismorrear de tus debilidades ante sus devaneos.


No sé si lo sabeis,os lo cuento ahora, de pequeña le lloraba mucho a mi madre por mi nombre...no entendía porqué no me llamaban Soledad.

Un fuerte abrazo.


Publicación 2006
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