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jueves, 6 de julio de 2000

El peso de tu Aura

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In Memoriam
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Te fuiste pronto. Quizá demasiado pronto.

Como el que no ha sido de este sitio ( “ le rezo y le pido como a uno más”), lo abandonaste demasiado pronto.

A tu precipitada despedida, se dieron cita todos los que habías querido y te querían ( “ hasta los perros se van detrás de él”, decía Eufrasia).

Más flores y más curas de lo que hubieras deseado y un traje de maderamen más estrecho y lujoso del que, a tu gusto, hubiese requerido esta ocasión ( “ ligero de equipaje, casi desnudo, como los hijos de la mar”). Pero cuando la presencia de un ser querido nos abandona, su memoria ya pertenece al sentimiento de los demás, y aquel día no era momento para programar ceremonias, sino de sentir las carencias de lo que se nos quedó por ofrecerte.

Tu modestia te impidió acabar con las obras emprendidas. Es más, se diría que nunca empezaste ninguna. Sencillamente, te unías a las que estaban en marcha y con imperceptible trabajo inteligente las modelabas y transformabas para luego, despacito, casi de puntillas, dejarlas en manos de sus propios protagonistas.

... Tus hijas, tus ancianos padres ( “ ¡qué bien os tengo, ancianitos míos!”), tus amigos, tus alumnos, tus interminables tertulias, Cáritas y, sobre todo, María...

El gozo de saberte conquistador de todas tus ambiciones ( “ de mayor seré notario”) sólo me lo empaña el hecho de que también consiguieras tus presentimientos ( “ yo me moriré joven”). Pero más considero tu partida como macabro guiño de tu fino sentido del humor, que como irreparable y fatal pérdida. Porque con tu ausencia me abriste hueco y, rompiendo mi corazón, lograste deshacer mis promesas y ataduras.

Inexistente y descompuesta tu forma corporal, tu aura, omnipresente, me tira y arrastra; consigue llevarme al hogar paterno y fundirme en el abrazo desperdiciado, sentir tu presencia en las estancias de tu casa, beber de tu vino y besar a Carmen y a Mariquilla en una jiemnense tarde de compras. Y una vez más, lo consigues ( “ un día vendrá mi Manolo a casa”).

Tras tu pérdida, he subido los puertos y corrido los caminos que antaño nos separaron. Lo que hasta entonces había sido distancia que desune, ahora es torrente que fluye hacia los abrazos tanto tiempo reprimidos.

Y es que, de nuevo, vuelves a enredar en el lugar en que te ocultas. Seguramente has formado tertulia para ligar con influyentes celestiales a quien no dejas descansar en el terreno de tus complicidades.

Y mientras unos se debaten en vanos homenajes que te retengan en su memoria, otros sufrimos el tremendo peso de tu aura. Que ya, por dolernos, nos duele hasta el aliento.

No hubo ni hay momento en que no te hagas patente. Todo lo acaparas y lo presides. Si en vida fuiste el preceptor en mis juegos y el padre en mis días de estudiante de hotel y pensión, tu muerte sigue empeñada en involucrarme más y más en tu vida.


Si el puesto de alguien por nadie se cubre ¿ por qué me ofreces el testigo?.


Y es que, si tu vida fue un agotador ejemplo para la emulación inalcanzada, en la muerte, tu aura comienza a ser mi más pesado referente.

María, ¡ qué duro ha de ser vivir teniendo por compañera la santidad!.


Almería, 6 de Julio de 2.000

Publicación 2006
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