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sábado, 18 de septiembre de 2010

Paradojas en escabeche

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Vanidad de vanidades, caza de viento. Así es, querido amigo, como empieza el relato que me dispongo a contarte. No se si lo calificarás de cuento o de historieta; llámalo como quieras. En definitiva lo que cuenta es lo que te cuento y no como lo cuento.
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Encontrarás una serie de reflexiones a las que sólo les une lo paradójico y como se mantienen con una naturalidad asombrosa, además de que son ideas de taberna. Sí, del templo que es esta taberna, porque sólo aquí parece que, con los vapores del vino, se abren las orejas y se escucha con atención lo que te dice este al que nunca has visto y no conoces de nada, pero que a través de la conversación se convierte en el depositario de tus saludos más vehementes. Quien gusta del vino en soledad, aborrece la compañía de los que conoce, con la expectativa de conocer a alguien a quién escuchar o que escuche, olvidando la realidad conocida y construyendo una nueva, que por ser momentánea y efímera, infla el ego que, de esta manera, permanece a prueba de vanidades ajenas.
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Bueno, hecha la presentación, amigo pide algo al tabernero, yo te recomiendo estas paradojas en escabeche regadas con vino de la tierra.
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Yo… candil de puerta ajena
Que trajín

De templo en templo
De taberna en taberna
Te he buscado fuera
Cuando te tenía dentro

Le pregunte a las tres estrellas
Le pregunte al aire, al agua, a la tierra y al fuego
Con mercurio probé
Odio plomizo y amor áureo pensé
Rompí las cadenas
No necesito agua regia ni piedra filosofal
Amor, esa es la transmutación
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Fue una fría tarde de invierno cuando entablé conversación con Gabriel. Él estaba sentado donde lo estas tu y, por cierto, si viene te recomiendo que le cedas el sitio, no porque te lo exija, sino por respeto. Sí, querido amigo, el respeto a la antigüedad del alma, ese respeto cariñoso que sale de dentro y que antepone un Don y un usted natural al que, en la profundidad de su mirada, te deja entrever una ternura atemperada por los años que se convierte en firmeza de carácter y muchísima sabiduría. No creo necesario describirte a Gabriel, creo que lo mejor es que esperes a que venga y tú mismo lo veas, no obstante, si te diré que no es mayor en edad.

La primera conversación comenzó al ritmo de lo que en ese momento aparecía en la televisión. Un –vaya mierda de programas -por mi parte, y otro –que puedes esperar con los tiempos que corren –por la suya. Ahora parece, pensé, que la meteorología ha dejado de ser lugar común para asaltar al que se sienta a tu lado, es mejor hablar de la basura de la caja trovadora. Pero curiosamente abandonamos rápido los estereotipos para hablar de nosotros mismos. Me llamó la atención que en una primera aproximación abriera su corazón sin barreras y con una confianza que sólo podíamos tener con los años, algo que, sorprendentemente, únicamente ocurre en la Taberna.
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Pero bueno, a lo que iba, comenzó a hablarme de su familia, de su mujer y de sus hermanos, de su padre, de su niñez, de sus primeros trabajos. Cuando me habló de algunas de sus experiencias, noté como la expresión de su cara se tornaba triste, al tiempo que casi pasaba de soslayo, intentando borrar de su memoria el recuerdo triste, dándose cuenta de que sin que yo se lo hubiera pedido él había comenzado a hablar.
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Derivé la charla hacía la muerte que es el olvido y, claro, muerte de experiencias. No quiso continuar. Qué curioso, quién había empezado con el recuerdo ahora prefería volver a los estereotipos. Le insistí, y fui yo quién le abrió mi corazón. Sírvete lector y compañero de paradojas en esta Taberna, de lo que le dije y ahora te digo a ti.

Somos el resultado de nuestras experiencias. Desde que empezamos a guardar nuestros primeros recuerdos, son éstos los que van perfilando nuestra personalidad, nuestro carácter y nuestro yo. No sabemos cuando ese yo aparece haciéndonos sentir diferentes a los demás. La diferencia, querido compañero, está en cómo hemos convertido la experiencia exterior, que nos llega a través de los sentidos, en interna y por tanto diferenciada de la de otros. En el momento en que compartimos la experiencia interna con alguien, esclavizamos parte de nuestro ser, de nuestro yo egoísta, y si ese alguien nos traiciona entonces estamos ante la verdadera traición pues perdemos parte de nosotros mismos. De ahí la negativa a entrar en la huella del olvido del amigo Gabriel.

¿Cómo distinguir? ¿A quién puedo y a quién no debo contar según qué cosas? Realmente, con lo que me cuentas y que sale del patrimonio de tu memoria, me enriquezco, pero ese enriquecimiento sería injusto si no fuera recíproco. Ahí está la verdadera amistad, en querer compartir parte de nuestro yo de tal manera que continuamente crezca hasta que nos cueste trabajo reconocernos. Frater qui adjuvatur a fratre quasi civitas firma, con murallas de roca maciza que repelen los envites del azar. Es la caridad de sentimientos y, como decía, de experiencias, sin temor a su pérdida, convirtiéndonos en confesores al tiempo que penitentes, para crear una auténtica comunidad de Vida.

Los alimentos hacen crecer y mantenerse a nuestro cuerpo, tienen distintos sabores que se agotan en el momento en el que los comemos, y no todos tenemos los mismos gustos y no nos saben igual. Van a parar al estomago, y de allí sólo se extrae lo que es beneficioso y nos mantiene, desechando el resto. Del mismo modo, la experiencia de los sentidos es alimento del alma que va a parar al estómago de la memoria.
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El sabor de los recuerdos puede ser amargo o dulce, pero hemos de tener claro que lo importante no es el sabor que se agota en la ingestión, sino el alimento. Procesado el recuerdo en la memoria, es ese alimento el que llega al alma y una vez allí puede o no coincidir con el sabor dulce o amargo de la experiencia. Momentos tristes pueden recordarse con alegría. Así, le dije a Gabriel que me parecía una persona llena de alegría, cuya conversación me alimentaba hasta el momento de llegar al olvido, pero que no debía olvidar sino retomar el recuerdo, digiriendo la tristeza en alegría y convirtiendo en estiércol todo lo demás.
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Por Furacroyos, el topito de la Fraga

12 comentarios:

Malvís dijo...

Nuestra Fraga crece. Con la llegada de las primeras lluvias y a las puertas de un nuevo solsticio, Furacroyos ha decidido abandonar sus galerías subterráneas para deleitarnos con un precioso relato. ¿ Vivencias de taberna, alquimia o, simplemente un callado grito del subsconsciente?.

Lo he releído, querido topito de la Fraga, y me han venido al recuerdo unas palabras que un día escribí para mi nieto: que es allí, precisamente en lo subterráneo, donde se refugian y habitan todos los seres mágicos desplazados por la incredulidad y el pragmatismo de los hombres.

Bienvenido a nuestra Fraga y larga vida a Furacroyos

OMAR KHAYYAM dijo...

SOLAMENTE EN LAS TABERNAS
encontraréis
placer y tranquilidad.
Solamente en las tabernas
veréis
hombres desinteresados e íntegros,
hombres perfectos.

Si observáis de ojos abiertos,
sin prejuicios,
con alma libre,
veréis pureza,
veréis bondad
hasta en los más impíos
de los frecuentadores de la taberna.
...
JUNTO A LOS TONELES DE VINO
abandonamos los ropajes de asceta.

Y nos sentimos bendecidos
al tocar el piso de la taberna,
que elegimos libremente.


Si bebes vino,
lo harás en rueda de amigos,
o apretando en los brazos
a una niña risueña,
toda alegría y llena de gracia,
rosadas las mejillas,
los ojos tiernos…

Cuidado,
pues si aquella que has preferido
empieza a mostrarse vivaz,
traviesa y suelta de lengua,
saldrá contando sus extravagancias,
alabándose de los mayores excesos…

¡Amigo!
Bebe mansamente,
a pequeños sorbos.
Saborea despacio
la bebida,
concentrado,
con toda unción.
...

Si, por casualidad,
bebe vino el mendigo,
empieza a vislumbrar en sus andrajos
la nobleza de los emires.

Si lo hace el cordero,
pronto se siente,
en su debilidad,
más valiente que el león.

Bebiéndolo el anciano,
su alma quebrantada
recuperará la pujanza varonil
de la adolescencia.

Mientras si lo bebe el joven,
sentirá en sí
todas las deficiencias
de la decrepitud.

¡Oh! ¡Que Alá le conceda
larguísima vida!
...
RENUNCIA A TODO
en este mundo—
fortuna, honores, poder.

Desvía tus pasos
de todo camino
que no conduzca
a la taberna.
¡Nada pidas
ni desees
sino vino, canciones, música, amor!

Noble y hermoso mancebo,
coge el odre,
empuña la copa.

¡Bebe!
Pero, ¡cuidado!
¡No seas frívolo,
no hables en vano!

Fendetestas dijo...

Enhorabuena por el relato, espejo donde se refleja la calidad de un buen escritor, y no sólo de cosas románicas-románticas.

Solamente los niños y los borrachos dicen la verdad (suponiendo que ésta exista, ya me queda poco de niño y espero no llegar a lo otro).
La verdadera verdad es que no hay nada seguro en este puñetero mundo, sólo el infinito que queda después de él. Mientras tanto los amigos ayudan a hacer leve el tránsito.
Un abrazo.

juancar347 dijo...

Unos sabios consejos, bien aderezados con esencia de genuina Literatura, que habrá que aplicar la próxima vez que el alma naufrague en el recuerdo y vaya a parar a la isla de la taberna. Me alegra saber que Omar Khayyam ha resucitado: el mundo, quizás ahora más nunca, necesita verdaderos poetas. Un abrazo a todos

KALMA dijo...

Hola! Es sabio Furacroyos, no hay como una copa para pasar a la fase exaltación de amistad, jajaja. El alimento del alma es la experiencia, dulce o amarga, pero vivida. Un beso.

Pilara dijo...

Señor Furacroyos, un buen método de conservación este del escabeche.

Ya lo dijo Ortega y Gasset : ”Yo soy yo y mi circunstancia, y si no la salvo a ella no me salvo yo.”
Parece paradógico que en ocasiones nos ahogue nuestra propia intimidad; quizás sea que de estar tan oculta se enmohece, fermenta , se desborda y es por eso que buscamos “recipientes” donde, como a los viejos vinos, oxigenarla y que no acabe envenenándonos. No podemos evitar confesarnos. Es tan beneficioso “airear” nuestros adentros, que llegamos a ignorar que están en carne viva y olvidamos que nosotros de por sí somos vulnerables.

Estimado Juancar, no hay nada mejor que te recuerden para permanecer pululando en el exclusivo mundo de los vivos.

Muchos besicos.

juancar347 dijo...

Totalmente de acuerdo contigo, Pilara. Un abrazo

Baruk dijo...

Una de las cosas que más temor me produce, es poder experimentar lo que Dante escribió en su Divina Comedia: “No hay mayor dolor que recordar los tiempos felices desde la desdicha”.

Supongo que una buena actitud para triunfar ante esa temida frase, pasaría por esa especie de receta prodigiosa que te inspiro la compañía de Gabriel: no olvidar, sino retomar el recuerdo, digiriendo la tristeza en alegría y convirtiendo en estiércol todo lo demás.

Aunque por descontado, tienes que ser un "Sansón" para abrir las fauces a ese león.

En definitiva, que me quedo con esa idea, y como no, con el poema “alquimico” y la clave que revela, la única diferencia entre el plomo y el oro, es tan sólo la dosis de amor que cada uno posee. Me ha encando.


Bienvenido a esta Fraga Furacroyos, espero que escaves profundos túneles.

FURACROYOS dijo...

Queridos amigos, ¡qué sorpresa! Me habéis animado mucho. No esperaba una bienvenida al mundo de Malvis tan grata, y unos comentarios que... hacen cobrar vida a un texto que ya es vuestro. Especialmente la referencia a Khayyam me ha hecho recuperar su lectura:
Cuarteto XLV (RUBAIYAT)
¡Sí! El vino que con lógica absoluta puede refutar las setenta y dos sectas rivales entre sí; el sutil alquimista que transmuta, en un instante, en oro, el plomo de la vida.

De nuevo gracias por la acogida.

Anónimo dijo...

Buenas a todos:

Y yo os pregunto despues de haber leido este precioso relato.

¿que es preferible?

1ª Opción: Haber tenido y haber perdido. Sufriendo lógicamente.

2ª Opción: No hbaertenido nunca que perder, no teniendo por tanto.

Un abrazo.

Baruk dijo...

Estimado anónimo, creo que la difícil cuestión que planteas ya era discutida entre los sabios de la antigüedad y ya entonces había opiniones para todos los gustos.

En todo caso, yo me quedo con:

3 Opción: Tener y no haber tenido nunca que perder.

El resto de opciones no me son tan interesantes.

Abrazines

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Alkaest dijo...

Ya lo dijo Juan de iriarte, en el siglo XVIII, y yo lo suscribo completamente:

"No riegues, ¡Oh caminante!,
con lágrimas mi sepulcro;
que las lágrimas son agua
y el agua no es de mi gusto".

A buen entendedor...

Salud y fraternidad.


Publicación 2006
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