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domingo, 27 de noviembre de 2011

El loco "Pasolargo"

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Nunca antes llegué a saber su nombre. Vivíamos a menos de cincuenta metros, separados tan sólo por la casa de Bartolomé, el policía, y, sin embargo, jamás pude pronunciar su nombre, porque lo desconocía.

Recuerdo cierto día que mi madre le decía a mi padre, en voz baja, como si pudieran oírle: "Mira, ahí va otra vez, pobre hombre". Noté en su voz una infinita compasión. Mi padre debía saber de quién hablaba, porque dejó lo que estaba haciendo, y se asomó a la ventana. Los vi a los dos mirando hacia la calle, en silencio. Era muy temprano, una de esas mañanas de invierno, blancas, frías, en lo que lo más fácil de todo es morir.

Recuerdo que pregunté: "quién es"?. Me subieron a una silla y me mostraron a un hombre joven que llevaba en brazos un bulto envuelto en una manta. Sus grandes zancadas hacían tremolar sus cabellos lacios, que se arremolinaban en la frente formando un profuso flequillo que, en forma de cortina, cubría parte del ojo derecho como si buscara abotonarse en el lóbulo de la oreja. Me explicaron que aquel hombre llevaba a su hijita a la casa de don Joaquín, el médico, cada vez que ésta tenía una crisis, lo que podía suceder a cualquier hora del día o de la noche. También me dijeron que, periódicamente, él también sufría crisis, pero que eran de otro tipo. Que cuando eso ocurría, permanecía varios días con la puerta cerrada por dentro, se amarraba a sí mismo con cinturones las piernas y las manos a los varales del cabecero de la cama y vociferaba imprecaciones contra todo y contra todos los vecinos del pueblo. Bueno, contra todos no, porque de mi madre y de mi hermano mayor siempre gritaba que eran unos santos.

La estampa de aquel hombre con la niña envuelta, a veces bajo la lluvia, corriendo con su flequillo al bies, hacia la Casa del Médico, había llegado a hacerse familiar desde el mismo día en que perdiera a su joven mujer de fiebres puerperales. Don Joaquín siempre le prestó asistencia. A veces, en las noches calurosas de verano, cubierto el cuerpo sólo por la bata blanca que prendía del brazo del perchero de la entrada sobre la que colgaba el fonendoscopio abrazado a su cuello. Otras, las largas y frías de invierno, en pijama de franela. Siempre atendió a la hijita de aquel hombre, pero nunca dio con lo que tenía.

Por eso, lo inaudito, no fue propiamente la muerte de aquella niña, sino el deseo de su padre de velarla en el zaguán, a puertas abiertas, sentado en una silla de enea al lado de la caja blanca, invitando a todos los niños del barrio a despedirla como si estuviera viva. Para muchos de nosotros fue nuestro primer muerto. También nuestra primera extremaución, aunque entonces únicamente sabíamos lo que decía Andrea "la moñiga" y Manuela la de luquillas: que aquel bultito que traía tapado entre las manos don Luis, vestido con sotana, alba y escapulina blanca y precedido por el monaguillo que agitaba la campanilla con prisa, era el viático.

No lo conocía, pero hoy, a doscientos kilómetros de aquella casa, mientras desayunaba, he reparado, entre el maremagnun de las propuestas electorales que publica el Diario local, en la nota necrológica de Ramón Catena Cobos a la que alguien encargó poner un entrecomillado: "el loco pasolargo".
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10 comentarios:

Anderea dijo...

"El loco pasolargo". Otra historia triste como la vida misma.

Ramón Catena Cobos, el personaje, me despierta una inmensa ternura. ¿Cómo no enloquecer si tu esposa fallece, tu niña enferma de algo que no se puede curar y finalmente ella también muere?

De enloquecer a cualquiera.

juancar347 dijo...

En realidad, creo que todos llevamos con nosotros el recuerdo de un pasolargo, que nos acompaña desde los abismos lejanos de la infancia. Uno de mis pasolargos, si se me permite comentarlo, se llamaba Paquito 'Foigrás'. Parecía un niño saludable, gordito, siempre comiendo bocadillos de foigrás -de ahí el apodo-,el más pequeño y además el único hijo varón de Paco, el guardia municipal. El resto de la prole, eran tres hijas, bastante más mayores. De la noche a la mañana, Paquito enfermó y murió. El padre se tragó la amargura como un puño, pero la madre enloqueció. A veces, cuando leo entradas como ésta, lo veo en mi mente como si fuera ayer: camiseta blanca, pantalones cortos hasta la rodilla, de color beige, zapatos marrones y calcetines blancos, el bocadillo de foigrás en la mano y la cara sonriente. No podías haber elegido mejor foto para ilustrar tu historia, que esa calle empinada de Albánchez, como un Vía Crucis, como aquélla, posiblemente, que en su desesperación recorría el 'loco pasolargo'. Un abrazo

Baruk dijo...

Es curioso, pero por mucho tiempo que pase siempre se recuerda al primer personaje loco que aparece en la vida, tal impresión causa semejante visión cuando se es crío.

Así que tu no lo olvidarás mientras vivas, aunque ya, ese loco, pasó de largo.

Abrazines

KALMA dijo...

Hola! Me ha entristecido la historia, sabes hay locuras que se entienden y comparten, pobre hombre que por más prisa que se daba...
Estoy con lo que comentan todos y es verdad, es curioso que siempre recuerdas a una persona "loca" en la vida, aunque no la conozcas pero cuando tiene ese aire tan especial se te queda en la cabeza.
Yo nací en un barrio de Vallekas y recuerdo a "El Lele", un hombre con un atraso mental que le impide hablar bien, siempre ha sido un currante y además muy simpático, hasta el punto que en el Pozo tiene una calle "Lele del Pozo" porque si hay personaje popular ese es él, jo, y me sale el cargo de conciencia de bruja, recuerdo cuando era muy pequeña y andaba con mis compinches que le cantabamos algo así como "el Lele pelele no tiene pilila" y se ponía de mal humor, incluso intentaba darnos algún sopapo, pero su torpe cuerpo nunca alcanzaba a tocarnos... Pues sabes, lo queremos todos y no los conocemos en realidad ninguno.
Besotes.

Malvís dijo...

En torno a una figura real de la infancia, fallecido hace mucho tiempo, soltero, y del que aún sigo sin saber su nombre, he reconstruído esta ficción, quizá, con el ánimo de intentar encontrarme explicación a los personajes "locos" con los que cotidianamente nos cruzamos o de sacar de vosotros aquellos otros de vuestra infancia de los que nunca supimos la razón de su "locura". A veces, porque llego a pensar que no ha sido ni es por una trágica amargura esa sus almas desgajadas y rotas, sino porque purgan un pecado ajeno: la terrible cordura de nosotros, los idiotas.

Un abrazo

Esca dijo...

!!Cuantos de nosotros nos creemos estar cuerdos¡¡
y es que en nuestra locura está la chispa de la vida que nos hace continuar con una sonrisa,
Los cuerdos tienen la locura contenida,cuando aflora en parte te hace mas feliz,
Pero esto es otro tipo de locura,el desgraciado loco Pasolargo tiene que estar loco para soportar esa vida,
Un buen relato Malvis,

Anderea dijo...

"[...] la terrible cordura de nosotros, los idiotas".

Nuestra cruel cordura, cuando nos abandonan la comprensión, la empatía, la con-pasión, el cariño, la tolerancia, la alegría,... y nos dejamos dominar por el miedo, la impotencia, la venganza...

Me ha dolido tu expresión, Malvís. Por ti.

Un abrazo.

Missis B. dijo...

Si chico se llamaba Ramón,cuando jugando se entraba en el zaguan de pasolargo la pelota,solo yo podia entrar a por ella,pues yo era la hija de la señora y no me hacia nada.besitos a todos .

Fendetestas dijo...

Es bueno reír, parece que las personas y las hienas son las únicas que lo hacen (los políticos están a medias entre ambas categorías, descojonándose de nuestros sueldos mientras alpargatan los suyos por si vienen malos tiempos). Como dice Baruk...·"Si yo tuviera una escoba...".
A ver si el bueno de Ramón le echa ganas y barre un poquito de esta crisis que dicen que hay por aquí y nos permite sonreír. El viejo refrán podría cambiar: "Quien bien te quiere...te hará reír". Buen relato, con enseñanzas de provecho.

Saludos y unas risas (que son gratis, por ahora, como todas las cosas que son importantes de verdad). Un abrazo urbi et orbi.

Anónimo dijo...

Es un comportamiento lógico, cuando hablamos de enfermedad mental, su concepto aglutina un buen número de patologías de muy diversa índole, la desesperación es un resorte que propicia situaciones como la que describes. Trágica historia. Un saludo


Publicación 2006
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