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viernes, 18 de junio de 2010

TERCER REENCUENTRO - Úbeda-Jaén. (Comunidad Andaluza).


“ Amadísima hermana en Cristo. El motivo de estas líneas es para informarles que, con ocasión de haber visitado el Palacio Episcopal para resolver asuntos ecuménicos, he recordado el motivo de su visita a nuestra iglesia de Alcubillas y aprovechando mi estancia en la capital de la Diócesis, he visitado el Archivo en donde he podido comprobar que el resto de la partida de bautismo que ustedes buscaban, hace referencia a los padres del bautizando, Celestino y Felisa quienes, naturales de Úbeda fueron vecinos de Calzada de Calatrava, donde tenían establecida una oficina de farmacia hasta su fusilamiento a principios de la guerra civil. El padrino del niño, don Enrique Calatrava, tío carnal del bautizado y natural de Úbeda (Jaén) y farmacéutico militar, advertido del parentesco espiritual y demás obligaciones que le concernían, se hizo cargo del huérfano.....- Alcubillas, a 25 de julio del año del Señor”.

Allí estábamos. De pie y rodeadas de un conjunto arquitectónico tan incomparable y sobrecogedor que, a pesar de la familiaridad que produce todo aquello que estamos acostumbrados a ver reproducido en postales y libros, parecía ahogarnos el espíritu. Nunca había visto tanta belleza junta por metro cuadrado. La plaza Vázquez de Molina de Úbeda presenta en su recinto trapezoidal la esencia del renacimiento español.
Enfrente de la Colegial, el Palacio que a mediados del siglo XVI fuera mandado construir por el secretario de Carlos I y Felipe II, don Juan Vázquez de Molina, alberga ahora en su planta superior el Museo Histórico Municipal. Habíamos contemplado la imponente fachada plateresca de la antigua casa del regidor y la cárcel del obispo donde ahora una glamurosa legión de profesionales del derecho hervían en sus continuos trasiegos de pleitos y transacciones y, dejando a la espalda las portadas de la Iglesia Colegial de Santa Mª de los Reales Alcázares, nos dirigimos al Archivo Municipal.

Tras identificarnos ante el ujier de la entrada, éste nos proveyó de una tarjeta de visitante que debíamos exhibir durante nuestra permanencia en dichas dependencias y, acto seguido, accedimos a la planta superior del edificio. Una vez allí, nos dirigimos al empleado municipal encargado del registro.

- Buenos días. Por favor, desearíamos saber si facilitándole sólo un nombre podríamos obtener información que pudiera contenerse en el Archivo Municipal.
- Eso depende – nos dijo el funcionario.
- Bueno, verá es que sólo tenemos un nombre. Muy largo, pero sólo un nombre y una fecha.
- Por eso mismo les digo que depende de lo que vayan buscando. Miren, hace unos años, se procedió a informatizar todos los registros del Archivo Municipal de manera que el acceso a la documentación se efectúa por diferentes archivos de datos: histórico, fechas, artístico, personajes...
- En realidad sólo sabemos que se llamaba Julio Benjamín, Francisco José Calatrava.
- Bueno, no es que sea mucho, pero tampoco toda la gente suele tener un nombre así
– dijo como confiado en haber encontrado una excusa que le permitiera poner a prueba el sistema de búsqueda de su ordenador.

Los repetidos clics del ratón informático, nunca se me antojaron tan intensos. En la soledad de la sala repleta de estanterías de madera, resonaban en mi cabeza como tañido de campañas. Y tras cada chasquido del ratón, una nueva pantalla que requería más datos. Me estaba pareciendo eterno, cuando las gafas del archivero se levantaron de la pantalla y dijo en tono satisfecho

- Bueno, aquí lo tenemos. Carpeta 125/GC.

Desapareció por la puerta lateral y al cabo de unos minutos regresó con una carpeta de cartón anudada con cinta roja.

- Por favor, pueden examinar su contenido en cualquiera de las mesas. Cuando acaben, rellenen esta ficha con sus nombres y dejen la carpeta sobre la mesa y yo me encargaré de recogerla. ¡ Ah, y por favor, no olviden entregarme la ficha rellena!. Es para la estadística. Ya saben.

Mudas y casi sin dar crédito, recogimos la vieja carpeta que aquel hombre nos entregaba. Al fín las dos parecíamos tener consciencia de que habíamos obtenido el éxito en nuestra búsqueda. Desatamos los lazos de cinta roja que mantenían cerrados los dos trozos de cartón que conformaban la carpeta y ante nosotras aparecieron una serie de papeles amarillentos y manuscritos encabezados por uno que llevada la siguiente inscripción: Hoja de Servicios.

Comenzamos a leer y cada renglón nos conmovía más.

"...Nacido en Alcubillas (Ciudad Real) el 31 de marzo de 1.914, a virtud de oposición efectuada y convocada por O.C de 1 de febrero de 1936, aprobó la totalidad de los ejercicios y obtuvo nombramiento de Farmacéutico-Tercero Alumno de Sanidad Militar, figurando en el décimo lugar de opositores aprobados. Por Orden del 10 de Julio de 1936, publicada en el Diario Oficial del Ministerio del Ejército de 15 siguiente y firmado por el entonces Ministro de Defensa, Excmo. Sr. Casares Quiroga, se dispuso su alta en la Academia de Sanidad Militar el día 1 de Octubre de 1936, desde cuya fecha comenzaría a devengar el sueldo correspondiente. Iniciada la contienda civil, ante la imposibilidad de asistir a la Academia de Sanidad Militar, el día 4 de Noviembre de 1936 se presenta ante la Comandancia Militar de Jaén haciendo constar que había sido promovido al empleo de Farmacéutico Tercero de Sanidad Militar y, evacuada consulta a Madrid sobre si dicho Oficial debe ingresar en la Academia, se le contesta que quede en su localidad de residencia en espera de lo que se le ordene. Con fecha 19 de enero de 1.938, se le incorpora a la Jefatura de los Servicios de Úbeda donde prestó sus servicios como Alférez Farmacéutico hasta el mes de Abril en que se le promueve a Teniente Farmacéutico pasando a prestar sus servicios a la Jefatura de Sanidad Militar de Jaén, como Jefe de Laboratorio de Higiene y Desinfección del IX Cuerpo de Ejército, hasta el día 1 de Abril de 1.939. El día 4 de abril regresa a su localidad de residencia donde permanece hasta ser requerido para su incorporación a filas en el reemplazo de 1940, desconociéndose su grado y condición de militar. Procedente de la Caja de Reclutas de Jaén, causa alta en el Regimiento de Artillería nº 15, el día 28 de agosto de 1940 como falto de incorporación, por cuyo motivo se le instruye expediente siendo destinado a la 6ª Batería destacada en Los Barrios (Cádiz). Se marcha de la Batería sin permiso, alegando se le desconocía su condición y graduación militar, siendo detenido e ingresado en el calabozo del Regimiento de Artillería de Costa de Algeciras. Por nueva deserción se le recarga el servicio obligatorio, siendo destinado para cumplir dicho recargo al Regimiento de Artillería nº 30, de guarnición en Tetuán, en donde es indultado el 18 de julio de 1944, pasando a la reserva, como soldado, fijando su residencia en Úbeda (Jaén)."

- Era nuestro abuelo Paco, el maestro - balbuceé.
- Sí era él, pero lo que aquí dice es que no era maestro precisamente.
- Entonces, ¿porqué daba clases a los niños?. Todavía me acuerdo, como entre nubes, que nos ponía a muchos niños pequeños en unas viejas mesas de camilla y nos enseñaba a leer y hacer cuentas. También había otros más mayores que los preparaba para el ingreso en el Instituto ¿ recuerdas?..

- Sí, claro que me acuerdo, pero también recuerdo lo extraño que resultaba que mamá nunca nos llevara a los Grupos Escolares con los demás niños y que nuestro abuelo no fuera al colegio como los demás maestros, ni tuviera una de aquellas casas que tenían los maestros en el Grupo Escolar y que eran todas iguales; y que cuando doña Petronila iba a la casa de nuestro abuelo para avisar de la visita del Sr. Inspector, ese día no tuviéramos clase...
- ¿ Es acaso la historia de una depuración política?-
inquirí
- Alguien ha querido que hiciéramos todo este recorrido para reencontrarnos con nuestra propia historia – asintió ella.

Abandonamos el Archivo sin dejar de comentar aquellos hechos tan nuevos para nosotras e intentando justificar determinadas reacciones y sucesos a los que en su día no encontrábamos razón y ahora parecían adquirir una nueva dimensión. Ahora comprendíamos los miedos, los prudentes silencios y hasta las frecuentes ausencias de pensamientos incomunicados de mi madre. También su irrefrenable terquedad para que una de las dos estudiara la carrera de Farmacia; el esfuerzo en conseguir instalar una Oficina y hasta su testamento... Aquel testamento que, por incomprendido, propició nuestro distanciamiento, nuestra ruptura y el rompimiento de unos lazos tan fuertemente alimentados entre dos únicas hermanas.

Eran casi las dos de la tarde de aquel caluroso día de agosto cuando, después del descubrimiento de nuestro antepasado, nos disponíamos a traspasar la fachada neoclásica del palacio que, mandado hacer por el deán Hernando de Ortega, ahora alberga las instalaciones del Parador “Condestable Dávalos”. Accedimos a un bello patio porticado con doble galería y, rebasadas las mesas de forja dispuestas para un relajante aperitivo, accedimos a un comedor lleno de la luz que penetra por el patio interior acristalado adornado de macetas en flor y cuyas paredes están cubiertas de hiedra. Junto al vino de bienvenida, se agolparon, en un instante, pequeñas cazuelitas de barro con un sinfín de aperitivos que abarcaban la gastronomía de toda la provincia y que, conteniendo andrajos, pipirrana, ochíos, espinacas o naranja con aceite de oliva, era más que suficiente para saciar nuestra necesidad de comer. Porque aquel día, ninguna teníamos un especial apetito y sin embargo la sensación que se hacía sentir en nuestro estómago obedecía a un engaño de sentimientos.

No podría referir cual fue el menú de aquella ocasión. Quizá los efectos de las jarritas del vino de Torreperogil o la gran cantidad de sensaciones, me impidieron prestar atención a todo lo que no fueran referencias a nuestra infancia, a los recuerdos de nuestros padres y, en fín a comprender muchas de sus decisiones que en otro tiempo fueron mal interpretadas por ambas y que sólo atinábamos a ver en ellas intenciones interesadas que, tenidas por injustas, premiaban más a una hija en detrimento de la otra. Ahora, todo se nos aparecía como diáfano y comprensible. No se trataba de recompensar a nadie en detrimento de la otra, sino de recuperar la esencia de la familia. Una familia rota por la guerra civil que quería recuperar la tradición farmacéutica tan dolorosamente interrumpida.

Me hubiera gustado haber permanecido más tiempo en Úbeda para contemplar, en su esplendor, la Capilla del Salvador, la Casa de los Manueles y la de los Salvajes, El Convento de San Miguel con su Oratorio de estilo barroco o el Palacio de Vela de los Cobos donde se encierra la esencia del genio Andrés de Vandelvira, pero ni en el mismo Parador ni en hospedería alguna, fue posible encontrar habitación debido a la gran afluencia de visitantes congregados en torno al Congreso Anual del Aceite de Oliva cuyas jornadas se venían realizando en el incomparable marco del Hospital de Santiago.

Así las cosas, con un estómago pesado por la tremenda comida, una cabeza en constante ebullición por los pensamientos y recuerdos agolpados y un calor sofocante en el coche por rotura del aire acondicionado, puse rumbo a Jaén con el sólo ánimo de encontrar retiro y reposo.

La carretera de Jaén-Albacete, asemeja un cortafuegos de asfalto entre el bosque de verde luna de sus olivares, con miles de plantas de tronco retorcido, dispuestos en perfectas hileras primorosamente trazadas por la mano del hombre. Como quiera que el calor era insoportable y los tobillos sufrían la hinchazón de una no muy buena circulación del riego sanguíneo producto no tanto de la edad como de mi triple condición de madre, no tuve más remedio que aprovechar el desvío de Mancha Real para visitar un taller mecánico al objeto de intentar paliar la avería del aire acondicionado de mi vehículo. La operación de rellenado de líquido refrigerador y sustitución del manguito picado que provocó su vaciado, la aproveché para contemplar su floreciente industria de la madera y la reconversión operada en las naves industriales que antes se dedicaron a la industria química de fabricación de detergentes y ahora son ocupadas por el ensamblaje de muebles. Mientras intentaba aliviar mi digestión con la ingesta de alguna infusión digestiva, visité una almazara donde adquirí auténtico aceite de oliva de la denominación de origen Oro Mágina.

Tras coronar el empinado repecho, aparqué en lo alto del Cerro de Santa Catalina desde donde pude contemplar, a mis pies, toda la ciudad del Santo Reino. No tuve problema en obtener habitación y tras acomodarme en su amplio salón de arcos ojivales de cuyo techo cuelgan lámparas de hierro en armonía con las armaduras que presiden la estancia, pedí un amontillado de Lopera y me dispuse a recomponer las vivencias del día.

El silencio invadía toda la estancia y por las ventanas del gran salón se filtraba un tenue rayo de luz que hacía proyectar sombras chinescas sobre la pared de piedra al iluminar las dos armaduras medievales. Comprendí, ahora más que nunca, la figura de aquel abuelo tolerante, con educación y modales de castellano viejo que nunca tuvo un mal gesto ni una mala palabra para nadie; que fue generoso, pero tan triste y distante que siempre me pareció que habitaba en el mundo lejano de sus propios pensamientos, ajeno, siempre, a cuanto acontecía a su alrededor. Comprendí, entonces, que su reloj se había detenido un día de abril del año 1939 y que ya su vida dejó de tener sentido para enredarse en una pesadilla que tuvo que combatir con la ficción de superponer la vivida en su pensamiento. Era la lucha de lo que pudo haber sido contra lo que fue y en la que él había llevado la peor parte. También comprendí porqué aquella eterna insistencia de dirigir una vocación desde pequeñas y que todos los esfuerzos y dineros dedicados a la adquisición de la Oficina de farmacia de mi hermana mayor, nunca fueran entendidos por mi madre como una aportación inoficiosa en detrimento de mi futuro, sino como justa reparación de la injusticia histórica de la que había sido objeto su padre. Sentí vergüenza de mis comportamientos mezquinos que me llevaron a discutir ante los Tribunales de justicia la justeza de la voluntad de mis progenitores y lamenté, amargamente, tantos años de alejamiento, de abrazos y besos reprimidos y desperdiciados y me juré, allí mismo, que lo primero que haría sería visitar su tumba, y reanudar la relación con mi única hermana.

A la última hora de la tarde y cuando me disponía a acceder al contiguo comedor del Parador, el Salón de la Cúpula era ya un hervidero de pequeños que, acompañados de sus jóvenes padres, habían invadido el recinto y lo utilizaban para sus juegos. Los arcones, las armaduras, los arcos y bóvedas eran lugares perfectos para escondites que, sin embargo, no ofrecían el menor secreto para ser descubiertos por el “quedado”, lo que delataba que era el Parador un lugar habitual en la tarde de los domingos para los jiemnenses.

Me extrañó mucho comprobar que en la carta de este Parador se incluía, junto a las migas, los galianos, la pipirrana o el ajoharina, una variada gama de platos internacionales, lo que ponía de relieve el espectro de clientela extranjera venida al reclamo de su alejamiento del mundanal ruido que hacía gala del acierto con que habían procedido los árabes al denominar Geen o “Paso de Caravanas” a la ciudad de Jaén. Fuera de la forma que fuere, y como quiera que no disfrutaba del consejo de mi cosmopolita hermana, me atuve a los consejos del cheef y disfruté de unas magníficas espinacas esparragadas en aceite de oliva virgen y un biscuit de brevas de Jimena.

La fortuna quiso recompensar mi torpe aliño organizativo cuando, con ocasión de rebuscar en el bolso la llave de la habitación para disponer cargar en cuenta la factura de la cena, vine a dar en la mesa con todo su contenido, entre el que el atento camarero se apercibió del “ pasaporte” de Circuitos Gastronómicos de Paradores y, tras examinar los sellos dispuestos en los cajetines por Plasencia, Manzanares, Almagro y Úbeda, me la devolvió sellada con el de Jaén anunciándome que no había lugar a abonar cantidad alguna.


Me retiré a mi habitación y me dispuse a dormir. Me encaminé a la antesala que conduce a Recepción y subí la pequeña escalera que conduce al rellano que precede al saloncito del torreón donde estaba ubicada mi habitación: la nº 22. Me quedé mirando sin atreverme a entrar y me sorprendí al contemplar que la manivela se movía sola. Asustada, desanduve los escalones sin perder de vista la puerta mientras escuchaba como una voz que me hablaba. La noche no fue mucho mejor. Tras haberme calmado y culpar de mis visiones a la morcilla y los andrajos de Úbeda, intenté abordar de nuevo mi habitación. Durante toda la noche, noté como espaciosamente se producían llamadas sucesivas a la puerta y que la manivela se movía sola, y sin embargo, las cuatro veces que me levanté a abrirla, a nadie encontré en la puerta. Seguramente, las vivencias de la jornada me producían una sensación de duermevela que, entre pesadilla y pesadilla, llevaban a mi imaginación reproducción de sucesos con tanta fidelidad que hasta me pareció oír voces de todo punto reales. Al final, el sueño me venció y el día se desperezó con un sol radiante que invadía la estancia. Mientras me preparaba la factura, el conserje esbozó una sonrisa y musitaba entre dientes algo relativo al fantasma de Canterville.

...............................................................**********
De vuelta a casa, encontré a Carlos a punto de irse al despacho.

- ¿ Ya de vuelta? - me dijo mientras besaba mi mejilla.
¿Qué tal el Congreso, alguna técnica novedosa?.
- Sí. Esta vez ha sido fantástico – respondí con un tono de inaudita ilusión. Me parece haber recuperado la ilusión de mis primeros años de ejercicio. Como si me hubiera reencontrado con mi primitiva vocación.
- Me alegra oirte decir eso. Todos necesitamos un reencuentro con nosotros mismos en algún momento de nuestras vidas. Bien, ahora debo marcharme porque me espera un cliente importante, pero esta noche me contarás todo lo que de extraordinario parece haberte ocurrido. Te lo noto en la mirada.

Después, me besó dulcemente y con aire pícaro, desapareció cerrando tras de sí la puerta de la casa.

Al entrar en el despacho, descubrí un dosier encima del escritorio y una curiosidad insaciable se apoderó de mí. Yo, que nunca había prestado atención a los papeles de mi marido, me sentí, de repente, atraída por aquella carpeta. La cogí y al abrirla me encontré con varios documentos que al examinarlos detenidamente, pude comprobar que se trataban de una partida original de nacimiento, una hoja amarillenta de servicios prestados, un viejo diario oficial del Ministerio del Ejército. Todos eran conocidos por mí y aparecían perfectamente relacionados por orden y numerados en su margen superior derecho. Al final, varios folios escritos a ordenador:

"A la sección 3ª de la Sala de Contencioso-Administrativo de la Audiencia Nacional. Recurso nº 36.736...

........ ... Que, mediante el presente escrito y en nombre y representación expresada de los herederos y causahabientes de Don Julio Benjamín, Francisco José Calatrava y de Torres, promuevo demanda en solicitud de reconocimiento y aplicación de los beneficios que concede el Real Decreto-Ley 6/78, de 6 de Marzo por el que se regula la situación de los militares que tomaron parte en la Guerra Civil y, en sus méritos, se declare el derecho a que se reconozca la condición y carácter de profesional del Ejército con la graduación y haber regulador de Coronel Farmacéutico, por ser este el empleo que le hubiera correspondido, de haber continuado en activo, con las consecuencias inherentes a dicha declaración y condenar a la Administración Militar a reconocerlo así, y estar y pasar por ello...”.


Una descarga fugaz recorrió mi cuerpo. Ahora comprendía todo: el trozo de pergamino, la partida de bautismo incompleta, sus silencios, sus viajes...
Fui corriendo al cuarto de baño y casi instintivamente volví la cara a la bañera y allí estaba, como siempre. Y sin embargo, sólo ahora le encontré sentido a aquella pecera de cristal llena de botecitos campaniformes con tapón redondo verde que contenían líquidos de color blanco, verde, azul o dorado y que tan habituales habían sido para mí en los cuartos de baño de los Paradores de Turismo que visité.

Por fín, comprendí lo que Carlos había dicho. Comprendí la importancia del reencuentro con el pasado, con la Historia, con la tradición, el linaje, la familia y... conmigo misma.

Aquella noche fue la más romántica de los últimos diez años de matrimonio vividos con Carlos. Cuando llenos de pasión recorríamos el pasillo hacia el dormitorio, sólo acerté a decirle:

- Carlos, quiero hacer contigo la ruta de los claustros.
- La haremos, amor mío, la haremos.

Luego, con nuestros cuerpos entrelazados, comenzamos a decir alternativamente, de beso en beso: Seo, Alcalá de Henares, Cuenca, Chinchón, Almagro, Guadalupe, Mérida, Trujillo, Ávila, Zamora, León, Santiago....

7 comentarios:

Clea dijo...

Después de tanto tiempo ya puedes reencontrar este relatillo y sacarlo del baúl, sacudirle el polvo y ponerlo en bandeja para servirlo para la cena.
Y lo mejor de todo ...que aunque cueste de masticar, ya nunca se te podrá indigestar.

Besines
PD. Mi opinión: sorpresivo.

+

Fiz dijo...

Detrás de toda historia, siempre hay alguien que se encarga de hilvanarla...

Y esta historia es... para dejar "Parado" a cualquiera!

Un abrazo,

JORGE MANRIQUE dijo...

Recuerde el alma dormida,
avive el seso y despierte
contemplando
cómo se pasa la vida,
cómo se viene la muerte
tan callando,
cuán presto se va el placer,
cómo, después de acordado,
da dolor;
cómo, a nuestro parecer,
cualquiera tiempo pasado
fue mejor.

Pues si vemos lo presente
cómo en un punto se es ido
y acabado,
si juzgamos sabiamente,
daremos lo no venido
por pasado.
No se engañe nadie, no,
pensando que ha de durar
lo que espera,
más que duró lo que vio
porque todo ha de pasar
por tal manera.

Alkaest dijo...

Hace ya mucho tiempo, se escribió un libro titulado "Gran Hotel", que luego fue llevado al cine. En el, se contaban las historias de diversos personajes que se iban alojando en el establecimiento.
La idea que yo saqué, entonces, era que los hoteles, léase ahora paradores, solo tienen la importancia que les proporcionan las experiencias, allí vividas, por las personas que ocasionalmente los habitan.
Leyendo este relato de paradores, y al margen de la enjundia que poseen los personajes, o la espesa sustancia de la historia, me ha pasado lo mismo que con aquella película.
Me reafirmo en creer que los hoteles, solo tienen la importancia que tengan las vivencias de sus clientes. El resto es tramoya, más cara, más barata, pero tramoya...

Salud y fraternidad.

Malvís dijo...

Coincido contigo en todo, amigo y maestro. Los lugares y los momentos no son importantes por sí mismos, sino por quien te hace valorarlos y sentirlos como únicos e impereceros.

¿ Conoces el Parador de Jaén o Can Cortada?.

Baruk dijo...

Pues Can Cortada sí, a ver si el parador de Jaén lo podemos conocer en breve, seguro que es un lugar mágico y encantador.

Besines

Anónimo dijo...

Bonita historia, y bonita maenra de contarla.

Solo desd e la pespectiva se puede ver la historia de los sucedido a uno mismo, y ya no parece lo mismo.


Publicación 2006
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