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lunes, 10 de agosto de 2009

ESTANCIA IV

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Clara llegó a Granada en pleno día de Corpus. La ciudad se encontraba festiva y engalanada. Olía a hinojos y juncia, pero sin embargo ella no lo percibió. De no haber reservado con antelación, hubiera tenido serias dificultades de alojamiento, pero ahora podía divisar toda la ciudad desde la atalaya de la terraza de un precioso hotel cercano a la Alhambra.

Tenía previsto visitar los Jardines románticos del Patio de los Mártires, la Alhambra y los del Generalife, tocar sus matas de arrayanes y perderse por sus laberintos de setos de romero en flor. Querría haber paseado por la ribera del Darro y del Genil, en los Tristes o en la Bomba, penetrar en la cuevas del Sacromonte y perderse vagabundeando por las plazuelas del Albaicín para concluir el día sentada en el antepecho del muro de la Plaza de San Nicolás para fotografiar las renombradas puestas de sol mientras la Torre de la Vela se tiñe de color de latón de cobre. Sin embargo, pasó todo el día recluida en su habitación. Presa de un estado ansioso, por algo que rondaba su cabeza y no acababa de estructurar bien, sentía un gran malestar consigo misma que acabó por ponerla melancólica. Siempre le ocurría así. Cuando creía no comprenderse a sí misma, entraba en un estado de abatimiento

El constante choque con esta sociedad que nos envuelve, la añoranza de un estado de "libertad animal" al que hay que frenar y dominar, y los recientes sucesos vividos, hacía que, a veces, ganara el lobo a la mujer, y cuando uno de ellos ganaba, el otro se deprimía hasta que encontraba el modo de volver a surgir. Y en eso estaba Clara. No es que tuviera problemática bipolar, pero era excesivamente reflexiva y de mente sana y resistente.

Conocía que aquel rincón era el preferido de Carlos Cano y que a él subía cada tarde para mirar y admirar su Realejo del alma. Se sentía como un dios todopoderoso divisando, desde aquella imponente terraza, toda Granada a sus pies y con el fondo de su fértil vega. Buscó en la caída de la noche el que consideró como el mejor de los maquillajes para sus ojos hinchados, y solo entonces, con la anochecida como aliada, Clara decidió abandonar su habitación y pedir ser servida en una mesita dispuesta en aquella terraza.

Y allí estaba. Como esperándola para darle consuelo. Junto a la vela encendida que imbuía a aquella mesa velador un aire entre romántico e intimista, un jarroncito abombado de cuello alto y estrecho servía de estuche decorativo a un precioso esqueje de geranio de color morado. Casi con un movimiento mecánico, Clara rozó sus pecíolos y se limitó a murmurar " Buenas noches, Pelargonium grandiflorum", sin salir de su estado de casi abstracción.


" Querida amiga y confidente

Cuando uno repasa su vida con frialdad, sin mirarla con el signo de lo inevitable, le parece un vestido hecho de harapos, de casualidades frágiles, decisiones leves como zurcidos que diseñan una vida dibujada con la ligereza de una puntada sobre la tela y que, sin embargo, pesa como una piedra sobre el que la ha vivido.

La mayoría de nosotros tendemos a subestimar nuestros recursos interiores. Estamos más capacitados de lo que creemos. Si tuviéramos esto presente, los demás podrían adquirir este conocimiento casi por contagio. Alcanzar el éxito sin alcanzar la autoestima, es sentirse como impostor que espera ser descubierto.

Lo trágico es que la mayoría de las personas buscan la autoconfianza y el respeto en todas partes menos dentro de sí mismas. El individuo no es el adversario de la comunidad, sino su pilar más esencial.

Por eso, uno de los regalos mas grandes que puedo hacerle esta noche, no es mi modesto geranio de pensamiento, sino mi negativa a aceptar el pobre concepto que de sí misma tiene, en lugar de zambullirse en su interior hasta llegar al sí-mismo más profundo e intenso de su alma.

Si tuviera el coraje de permitir que los demás vean su entusiasmo o pasión, implícitamente les estaría comunicando que la pasión es un valor y que ellos no deberían reprimir la suya. Si les dejara que vieran con qué pasión persigue sus metas e intenta vivir su vida, transmitiría su propia aprobación a su aptitud para superarse apasionadamente por alcanzar una meta. Si honrara con orgullo los inmensos valores de que está adornada, gritaría a los demás que tienen derecho a honrar los suyos. Si tuviera queridísima amiga, en fin, la integridad de ser quien esencialmente es, podría transmitir esa integridad a los demás.

Desconsoladamente suyo"




6 comentarios:

juancar347 dijo...

En realidad, creo que no dejamos de ser todos Clara, porque, ¿qué resorte tan persistente e infranqueable nos hace, por regla general, ocultar quienes verdaderamente somos?. No importa lo comprometidos que estemos o creamos estar con la honestidad o con nosotros mismos; lo cierto es que nunca terminamos de mostrarnos tal y como somos.
¿Has puesto en el correo la V Estancia?. No seas como yo y dale a la pluma.

Malvís dijo...

Ya tiene franqueo y direccion. Un poquito mas larga, pero sin abusar, que en una publicacion seguida, todo hubiera cansado. Ademas, lo importante no es el marco geografico, que tambien, aunque no pase de ser una mera anecdota donde ubicar a la protagonista y dar una pincelada para el conocimento de este Sur tan sublime, sino intentar hacer una introspeccion en un animo atormentado al que hay que ayudar con todo el cariño. Y para eso, hay que intentar describir el sentimiento y mandar el mensaje. El calado mayor de la historia debe residir en el texto de la carta que se acomode a cada momento de estado animico del personaje.

Un abrazo

Riviere dijo...

Ésta es la que más me ha gustado...de momento...

Un abrazo.

Malvís dijo...

Quiza, amigo, porque tu ya conoces que el secreto de la fuerza reside en el interior de cada uno. Y que lo unico que hay que hacer es que alguien sea capaz de estimular las potencialidades que el ser humano atesora adormecidas.

Un abrazo

Clea dijo...

Somos más que cerebro o cuerpo, la verdadera esencia reside en el alma, que es eterna.

Mara dijo...

Bellísima entrada.
Gracias por compartir.


Publicación 2006
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