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. . .Para estar muerto no es imprescindible haber fallecido previamente. Hay múltiples formas de ser, estar o parecerlo. Cuando vives en el campo o lo has hecho de pequeño notas que la convivencia diaria con la muerte es tan evidente que se hace invisible o transparente a nuestros ojos. La cadena de la existencia, el ciclo de los animales, las plantas y los humanos que las cuidan va pasando sin remisión de eslabón en eslabón. Los campos y especialmente los pueblos están llenos de viejos, eufemismo empleado para hablar de la “tercera edad”, que se van mimetizando con el paisaje pasando a ser elementos históricos, mientras van haciendo las cuentas cada vez con menos dedos de la mano. “¿Y de tu quinta cuántos quedan?”, se preguntan unos a otros, viendo como se cierran promociones enteras de soldadesca, en sus tiempos jóvenes y dispuestos a hacer balates o coger aceitunas.
Junto al óbito físico total también está el parcial, la muerte en vida o una vida entera demasiado pendiente de su fin. Mi abuelo Pedro, el padre del mío, volvió de la guerra civil, la segunda en su cuenta, pues ya antes estuvo en África, con el brazo izquierdo cortado a la altura del hombro. Riesgos del oficio. Un trozo de su cuerpo subió al cielo cuarenta años antes que el resto. Con su vuelta murió la infancia de mi padre, quien con siete años pasó a ser el mayor de siete hermanos y el segundo hombre de la casa, pequeño, pero con dos brazos. Mi abuelo uncía las vacas con un sólo brazo y labraba con ellas con gran maestría, recuerdo una foto suya que había en el comedor del cortijo, tomada cuando participó como actor de relleno en una de las múltiples películas de los años sesenta realizadas en Almería. Aparecía haciendo lo que sabía: labrar la tierra con una yunta de bueyes. Imagino que a la gente del cine les pareció un caso curioso y por eso lo admitieron. También se liaba su cigarro con su única mano, aprovechando para ello las arrugas del pantalón. Maldecía con reiteración al coro de ángeles y santos que miraban para otro lado mientras él iba quemando su vida y se acordaba de las madres que les parieron a él y al supremo hacedor.
Mi padre, de oídas, tuvo una juventud inexistente demasiado pegada al suelo de los campos donde labraba o cavaba, pocos resquicios a la vida y a su lado amable. Me contaron que en un verano determinado aprendió a nadar de la forma habitual en el cortijo: una cuerda amarrada al cuerpo y empujón para hacerle caer a la balsa. Si se hundía se daba un tirón y así hasta que aprendía, se ahogaba o desistía.
De aquí, otro día, se fue a la playa, un día enterito al sol, después de una vida entera al sol, pero con camisa, chaqueta, pantalón y sombrero o gorra. Un día completo de playa, sin cremas ni sombrilla, le produjo quemaduras profundas en la piel y en el orgullo y asesinaron para siempre sus ganas de baños marinos. Murió con cincuenta y seis años, demasiado joven y a la vez ya demasiado viejo, los años no corren para todos al mismo ritmo. La tensión arterial le jugó una mala pasada, la misma tensión le había dejado muertas las piernas a su madre más o menos cuando yo nací. Siempre la conocí sentada en una silla o una butaca. Murió poco antes que mi abuelo, él se fue detrás rápidamente, maldiciendo su destino, como mi padre. Si tuvieron efecto el cielo debe ser un lugar maloliente.
Cuando yo tenía diez u once años me regalaron la bicicleta, mi primer vehículo. Como el cartero del zar di muchos viajes a partir de entonces a comunicar a los parientes y vecinos de cortijos cercanos las enfermedades o las muertes, y la hora del entierro, de mis abuelos u otros deudos del clan familiar. Para llevar el féretro a la iglesia del barrio más cercano, la correspondiente, había que dar una vuelta inmensa por el camino “oficial”, una vuelta casi redonda a los cortijos de alrededor, a hombros de hijos, hermanos o primos, que acababan reventados. Los niños, embarazadas y enfermos nos atajábamos por una vereda, el camino corto, y esperábamos a que llegase la comitiva en un cruce determinado.
Los niños no tenían ni tienen conciencia cierta de la muerte, de su infinitud en el tiempo. Yo recuerdo eso de mí mismo, pero mi hija pequeña, Cristina, me decía hace poco, con diez años de edad, que el fin del mundo sí que existe, que se acaba todos los días para los que se mueren. Incluso tenía ya un sentido irónico. Algo salió en la televisión de un homenaje a un escritor de muy avanzada edad, y ella comentó el lado negativo, con un poco de humor negro. Dijo; “Uhmm, cuando empiezan con los homenajes ….”. A su edad yo no pensaba tanto pero sí había visto ya la cara de varias personas muertas. Los lutos y el lloro eran de Bernarda Alba, mi abuelo por cierto era de un sitio cercano al cortijo donde se desarrollaron los hechos de “Bodas de Sangre”. Yo tenía que irme al cortijo de al lado a ver el episodio correspondiente de Heidi, Marco o Pipi Lanstrung. La tele estaba prohibida, la radio en voz baja, los hombres con camisa negra y las mujeres de arriba abajo con ese color, velos y pañuelos negros. Luto de ocho meses, luto de ocho años, empalmando uno con otro, la vida entera de negro, por dentro y por fuera.
Mi bisabuela, “la Mamica”, a quien conocí con cinco o seis años, no era diferente del común: menuda, mandil, toquilla y pañuelo negros, paso acelerado y pocas fiestas. También parece que sufrió algunas penas. De oídas, y a escondidas, tengo entendido que uno de sus siete hijos mato a otro en un accidente, un fratricidio sin intención, haciendo recular un carro contra un muro o una pared. De eso no se hablaba pero algo había. Si Lorca hubiera estado por allí seguro que habría escrito alguna cosilla. El cortijo era un lugar muy pequeño, visto ahora con ojos de adulto, ocupado por varias familias del mismo tronco. Tan pequeño que ahora sólo han podido construir un bloque de pisos en su solar. No me explico cómo podía caber tanto rencor dentro. En la vega de Almería, la que fue, lo poquito que queda, uno es de quien viene. Yo soy hijo de Antonio, nieto de Pedro el Manco y Carmen la Telares. Algunos me llaman todavía con el nombre de mi padre, desconocen el mío, pero eso no me importa. Todos mis muertos siguen vivos dentro de mí, nadando en mi sangre.
Un primo de mi madre también vio subir una pierna a las alturas celestiales, cambiándola por otra de madera, lo que a mí, en la tierna infancia, me llamaba mucho la atención. Si podía la tocaba con disimulo. Andaba con cierta cojera pero deprisa, algo de mal genio, yo creo que la pierna ortopédica era la parte más risueña de su figura. A pesar de ese impedimento para el maratón, una noche vino a avisarnos del pase al más allá de otro pariente común, con nocturnidad y urgencia, saltó la puerta metálica de la entrada al jardín, cerrada a llave y canto, con la agilidad de un torero que escapa de los cuernos de un morlaco. Seguramente todos hemos oído hablar del dolor del “miembro fantasma”, la sensación de picor o molestia en el brazo o apéndice que ya no tenemos. A veces el corazón muere cuando se va detrás de otro que no nos corresponde y ya nos duele toda la vida, como si aún lo tuviéramos en el pecho. Sí es cierto que late, pero sólo por obligación legal, no por convicción ni deseo.
A veces el ánimo no llega a fallecer pero desfallece y provoca una herida que nos va desangrando lentamente. Algún hecho nos produce un corte que nunca se cierra y que gotea cada vez que pinchamos en él. La señora que duerme conmigo desde hace tiempo (¡Dios mío!, ¿ya hace tantos años?), antes de entrar en esta coyunda, tuvo un accidente de tráfico, con varias vueltas de campana que estuvieron a punto de hacer sonar en su memoria las de la iglesia del pueblo. No pasó nada, toco madera (me podía haber quedado con la pierna del pariente; una pierna de segunda mano), salió ilesa del cuerpo pero tocada del alma y malherida en el aprecio a los viajes en automóvil. Desde entonces, que viene a coincidir con “desde que la conozco”, se agarra instintivamente e insistentemente al asa lateral de la puerta del coche, sobre todo si viene un camión de frente.
También se agarra fuerte cuando alguna niña va de excursión en autocar y respira a su vuelta. Muere un poquito y pisa luego el suelo con fuerza cuando abandona ese trasunto de presunto ataúd con cuatro ruedas y marcha atrás. Quizás exagero, seguro, pero repite “cuidado”, “cuidado”, “cuidado”, varias veces en cada kilómetro. Seguro que exagero (y además esta noche duermo en el sofá). En el invierno los pies de mi intrépida conductora parecen yertos, pero eso lo llevo en el sueldo.
Por otra parte, el abajo firmante, desde hace unos años, ha venido catando las amargas hieles de la desesperanza, que sonaría algo cursi si no fuera porque es cierto. Por una suma de pequeños rasguños se ha ido formando un ánimo bastante desmejorado. Como diría mi bisabuela, no estaba yo en paraje de muchos bailes en la plaza. Con un poquito de tendencia a las tablas, y con el rabo entre las patas, ya le iba tomando querencia al lado oscuro. Con la ayuda que Dios me dio y San Pedro me bendijo, y la de dos amigos del alma, pocos, pero con un corazón como el motor de un trasatlántico, vamos saliendo del hoyo. Gracias, de corazón. No hay nada mejor para los vivos que el contacto con otros iguales en aspiraciones, buenos deseos, sentimientos o enemigos. De lo contrario la cueva donde nos encerramos pasa sin dificultad a tumba provisional, en espera de la definitiva.
El negocio de la muerte alimenta a muchos vivos que andan por la calle con sus pies y no con ellos por delante. Incluso aquí se producen situaciones hilarantes, que ya es tener mala idea. Se conoce a gente interesante, curiosa, y se tira de la agenda, para comprobar el grado de éxito tras largos años de esfuerzo en tocar las narices a parientes, vecinos, compañeros de trabajo y otras gentes de mal vivir. Incluso alguno ha simulado su entierro, mirando luego desde el balcón de enfrente para darse el gusto de conocer quien vendría, quien lloraría más y que herencia merecía ser aumentada en su porcentaje de testamento. Alguno se ha muerto realmente al comprobar que no había ido ni el cura. Éxito completo. Iremos tomando nota.
En el entierro de mi padre yo tenía veinticinco años, mi hermano algunos menos y mis tíos se encargaron de todo. Oí como uno de ellos decía que tenía que salir con el encargado de la funeraria a ver un local donde estaban expuestos los modelos de apartamento en pino barnizado, castaño o nogal. El encargado le había dicho que había pocos y mi tío añadió que si no le gustaban esos que miraría en el “mostruario”. Yo me reí con cierto malestar interior por lo inadecuado.
Hace unos años me vi en un trance similar, era yo el que miraba el catálogo para mi suegro; el único hombre que quedaba en la casa era yo y eso parece que es cosa de hombres, como el brandy de la rubia y el caballo.
El empleado fue muy atento: lo elegimos todo a medias entre los dos, modelo de tipo medio, precio medio y para la segunda parte una urna de color verde, como de aceituna, a mi suegro le gustaba mucho el aceite de oliva, mucho, y me pareció muy oportuno, de esa manera era como si sus cenizas reposaran en una tinaja. Además era del color del cuerpo, benemérito, que había dispuesto del suyo hasta que se jubiló y aún parece que después no se apañaba a soltarle del todo. El precio también fue de tipo medio, pero aún así fue una de las compras más grandes de su vida, hecha realmente por su viuda, más cara que el piso que compraron para vivir en Almería o el coche. El cielo tiene el metro cuadrado muy caro.
Todo salió bien y estamos muy contentos, dentro de lo que cabe. Un ambiente limpio, funcional, trato profesional, amable y respetuoso y una ceremonia religiosa en la capilla muy humana y cálida. Tan diferente de los entierros del cortijo que parecía otra cosa, aún siendo lo mismo. Cuando acabó la misa y salimos al “hall” de entrada, a la sala de recepción, la gente se fue yendo lentamente, dando el pésame. Estuve a un pelo de crear una situación incómoda. Ya se había ido casi todo el mundo, yo estaba como algo cansado y desesperado por salir de allí, miré a mi esposa y fui a decirle algo. Me puse blanco y me callé. Al lado estaba un pariente, Paco, con quien tengo confianza y le dije: “Mira, he estado a punto de meter la pata. Iba a preguntarle a mi mujer que dónde estaba su padre y que terminara ya lo que estuviera haciendo, que teníamos que irnos todos para la casa”.
Creo que lo comente luego con mi dueña pero ya no lo recuerdo. Una parte de mi memoria, la vital, parece que se ha ido muriendo mientras dedicaba el tiempo a los estudios, y los libros han ido apoderándose de los dominios reservados al recuerdo familiar, mientras huía de mí mismo hacia delante.
Hay también gentes que creen en la reencarnación, como si no hubiera ya bastante con una vida, al menos para los pobres. Ayer, por el paseo marítimo, junto a unos locales cerrados y abandonados, me crucé con dos primos, huérfanos ambos de madre política. Les saludé y se situaron, en ese momento, bajo nuestros pies dos hermosas cucarachas, en la flor de la vida. Un primo le dijo al otro; “Oye, ten cuidado, ya has oído eso de los budistas, de que los difuntos vuelven al mundo en otra forma. A ver si las pisamos y son tu suegra y la mía”. “Sí”, respondió el otro, con un brillo raro en los ojos. Me despedí y me marché andando lentamente, escuchando. No oía nada. Bueno, sí …¡Chof!, ¡chof!
El primo de suegra, Paco, me contó un día en su oficina, seria, de director de entidad comercial, que cuando él tenía diez u once años pasó por unas fiebres muy malas, terribles, no podía orinar y estuvo varios días en la cama, al borde de la muerte. Y me explicaba:
“¡Tiene cojones! ¡Y yo oyéndolo todo! Y el médico, diciéndole a mi madre; “Mire usted, el niño se muere, se nos va, no tiene remedio”. Y yo tieso en la cama, los ojos cerrados, tiritando, pero enterándome de todo. Yo me notaba que me iba. Era una sensación dulce, no te le puedes creer, muy dulce, muy dulce. Esas cosas no se olvidan nunca. No te lo puedes imaginar, muy dulce, mucha paz, muy dulce”.
Hay gente con un apego excesivo, insano, a estar sobre la tierra y no debajo de ella. Con mi abuelo Pedro fui muchas veces en varios años a visitar a un pariente, un cuñado suyo, a un cortijo cercano. “Vamos a ver a este hombre, que se está muriendo”. Su viuda en ciernes me daba siempre al llegar un par de onzas de chocolate que sacaba de una alacena muy cuidada, con puntillas de hilo, tazas, vasos y fotos. Murió, efectivamente, contra su voluntad, creo que cuando subió demasiado el cacao en la bolsa internacional de Franfurt, pero enterró previamente a mi abuelo y a la mitad de sus convecinos, la mayoría sanos y fuertes como robles.
Yo, en la próxima vida, quiero reencarnarme en león. Además de por la melena porque vi ayer en un reportaje de los que ponen a la hora de la siesta, que copula más de treinta veces cada dos días. Las hembras de su harén tenían cara de estar satisfechas. El macho del grupo, al menos en las imágenes, parecía estar todo el día cansado y somnoliento, no me explico la causa. De todas formas yo me tiro el día lo mismo que él, muerto de sueño, y no veo motivos, nunca paso de las veinticinco. Mejor será de cucaracha viril; puedes volar, cambiar de barrio, las hembras son ligeras de alas; no se puede pedir más.
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Bueno, ya estoy aquí, demasiado pronto a mi gusto, pero es lo que hay. No se está mal pegado al suelo, echaré un vuelecillo. ¡Hombre!, ese tío que viene por allí andando es mi primo. Le saludaré, a lo mejor ahora ya no me conoce, con mi nuevo aspecto. Pero, ¿qué va a hacer? Nooooo…¡Chof!
. . .Publicado por Fendetestas

Cuando lo rescataron de las listas del INEM, Nicolás Maldonado todavía creía que ser eurodiputado consistía en regentar clubes de alterne baratos. ¡Coño con la crisis¡, pensó.
La campaña electoral no se le hizo difícil. Recordaba sus tiempos como auxiliar de proxeneta, todo el día y gran parte de la noche, metido en aquella furgoneta con Said recogiendo a las jóvenes rusas de los pisos de albergue para trasladarlas a los "pubs", ya para comenzar o al término de la "jornada laboral". De todo el tinglado, lo único que Colasillo alcanzó averiguar fue que alguien las traía del este de Europa y tras recogerlas en Barajas, las acabada desembarcando en uno de aquellos pisos alquilados donde las recluía y a donde él y Said las recogían y regresaban cada día. Se apercibió de la libreta de muelle que había sobre la mesita de entrada de los pisos y que cuando en aquel día que, aprovechando la espera de las pasajeras, decidió indagar, descubrió una especie de calendario rudimentario donde figuraba el nombre de cada una de ellas con la hora de su entrada y salida. Lo que al principio creyó que era un simple sistema de fichaje laboral, pronto se le revelaría como un ingenioso mecanismo de control de incompatilibilidad que evitaba el ejercicio autónomo de la profesión, fuera de las horas del Club Lady Priston. Con tal bagaje, creyó que ya conocía bastante de Europa.
Aquel fatídico día en que la Tolokonnkova, llevada por un ataque de celos profesionales con su compatriota Valentina, decidiera romper con el miedo y la disciplina, se gestó el fin del Club Lady Priston, al tiempo que el principio de su destino. Tras la redada de la UCRIF, Nicolás no sólo perdió su trabajo, sino el brazo izquierdo como consecuencia de los golpes de vergajo que, sin destino concreto, se repartieron en la oscuridad del reservado hasta acabar encontrando en su cuerpo la única resistencia. Él, que se libró de la mili por no dar la talla, ahora presumía del arrancamiento del miembro superior izquierdo en acto de servicio a la Patria y por culpa de una granada de mano con espoleta retardada, de cuyo acto heroico decía estar en trámites de obtener reconocimiento, medalla al valor y paga.
El muñón nunca le supuso complejo. Antes bien, el hábil manejo adquirido le sirvió como improvisada funda del móvil y como atril de los pliegos mitineros de las arengas políticas, que le redactaban, durante la campaña electoral.
Aunque el momento más culminante de cada acto político en que intervenía siempre recordaría que no eran los vítores ni aplausos conseguidos ni el corrillo con sus correligionarios cuando, como acto de cierre, subían todos al escenario para repartir macetas de hierbabuena y cajitas de tomates "cherry" entre los asistentes, sino cuando a los compases del himno de la coalición política que lo redimió de treinta y seis meses de paro subsidiado comenzaban a sonar atronadoramente a través de los altavoces instalados en la torre del campanario, porque era la señal de que, al tiempo, se abrían las portezuelas traseras de la Iveco y comenzaban a afluir las exquisiteces del catering servido por el restaurante La Albahaca.
Nicolás, " Colasillo maldonao", de los Maldonado de la Rambla Morales de toda la vida, no es que fuera capaz de secar las bodegas de Padules y devorar hasta la mantelería, sino que siempre acaba limpiándose la boca y manos con la corbata a la que, como adminículo desconocido, no encontraba mejor utilidad, y utilizando la aguja metálica de las brochetas como mondadientes.
Pero la grandeza de la democracia es así. Aunque Nicolás no resultó elegido en las urnas, la resolución definitiva de aquel tema judicial sobre blanqueo de capitales y cohecho que llevada instruyéndose y enjuiciándose durante once años, terminó por mandar a los siete compañeros que le precedían en la lista electoral a la prisión de Soto del Real y a él, con sus huesos, a Bruselas.
Desde que a Paco, el hijo de Bartolo "El Masuso", lo hicieran alcalde del pueblo y en aquel Pleno Municipal le hicieran entrega del bastón de mando, Nicolás siempre había justipreciado la importancia que tiene dicha pieza para el pastor, la del báculo del preboste o el bordón para el peregrino; además de su intrínseco valor como ayuda para el ciego, cojo o el anciano y quitamiedos para el amedrentado. Así que, tras acudir a la capital para recibir el acta de eurodiputado electo, su primera visita fue a la bastonearía y sombrerería de la calle de Las Tiendas hasta salir apoyado en uno. A su regreso, los amigos de la peña se reían de él, por lo que hubo de justificar la compañía de su caro garrote en la desgracia o accidente, unas veces, y como regalo del mismísimo Antonio Gala, otras, pues, pensó que, a ese escritor lo conoce, como quien dice, todo el mundo. ¡ Expresiones de la democracia libertaria¡, le decían los amiguetes, que siguieron picándole hasta llegar a aquello de que ¿ a que no eres "macho" de ir con tu bastón al Parlamento Europeo?.
A punto estuvo de peder la apuesta y la fibra varonil de ese pundonor que las mujeres llaman machismo, a no mediar una de esas maliciosas casualidades de la vida en que tras una de aquellas noches postelectorales de francachelas y festejos, no encontró hombro pagado en qué "apoyarse" y hubo de recuperar la estática de la sobriedad con la estética del bastón. Salió a la calle creyendo que lo mirarían cuchicheantes, porque ya creía ser, si no el centro del mundo, sí el centro de Europa, pero sólo fueron las de unos chiquillos, aquellas palabras que lo transformaron.
- ¡Parece un gran señor¡-. Y aquellas palabras, despertaron su orgullo hasta el punto de pasar de ser un beodo a representar el digno papel de actor. Se dio cuenta que una cojera disimulada, contoneada con maestría y un bastón llevado con elegancia, sin petulancia, imprimía personalidad. Imagen, que llaman los asesores políticos a la sutil ciencia del engaño. Y así, ante la luna del espejo, aquella noche se dio a sí mismo el visto bueno y partió hacia el aeropuerto.
Para él era la primera experiencia aeronáutica y por eso tomó las debidas precauciones tan pronto tomó asiento en la zona Vip. Solicitó media docena de güisqui (en vaso ancho y con un sólo hielo, como le gustaba pedir) y esperó a que el sueño cumpliera su papel. Sin embargo, entre el nublo de los vapores etílicos y la presión de los atmosféricos, la reacción se alteró inversa, de tal forma que su acoso y persecución de las mozas por el pasillo y demás recovecos de la aeronave, no sólo estuvo en un trís de acarrear una tragedia aérea, sino un conflicto diplomático, tras la denuncia del Comandante del aerobús de la Compañía Air France, en cuya satisfactoria resolución hubo de intervenir la propia primera dama de la República, segunda de su vigésimo tercer Presidente.

En sus cuatro años de culiparlante, no se recuerda ninguna intervención de Nicolás en el hemiciclo europeo; excepción hecha de aquella moción de Directiva en la que abogaba por la sustitución de la estatua del Maneken-Pis por la del "Caganer" y que, a la postre, acabaría siendo ampliamente derrotada por el chauvinismo belga. Pero su intervención no cayó en saco roto, pues el tratamiento periodístico dado al tema en alguna región española, sirvió para sacar su nombre del anonimato y su candidatura a la reelección.
O, al menos, eso piensa él.
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..Escucha cariño, te contaré cómo conocí a Ricardo. Quizás ahora ya no te importe eso ni nada realmente de este mundo, ya sé lo que has pensado siempre de la vida, pero creo que es una buena ocasión ahora que estamos solos los tres.
¿Recuerdas cuando nos casamos; siempre un puntillo de acidez, de desconfianza, de ya veremos si esto funciona? Yo entonces sólo tenía ojos para ti y tú para mí. Pobres ojos.
¿Recuerdas cuando mi padre enfermó? No quisiste ir ni una sola vez a Murcia, siempre tan ocupado, la joyería no podía funcionar sin la cabeza del negocio. Mi padre murió y se fue abriendo una pequeña brecha en el muro de mi corazón. Después mi madre. Casi veinte años viviendo sola, autónoma, toda revestida de autosuficiencia, y de improviso quedó prácticamente inmóvil de cintura para abajo. Tampoco fuiste conmigo ni una vez a verla, ni siquiera por cumplir, por hacerme el gusto, en los casi dos años que pasó ingresada en la clínica. Allí, conmigo, estaba Ricardo dándole sesiones de fisioterapia a ella y algo de charla y esperanza a mí. Allí estuvimos juntos, uno a cada lado de la cama durante muchos, muchos meses, y poco a poco llegué a conocerle y a quererle como era, con sus manías y también con sus gracias y sus risas sin venir a cuento. Quizás sea un poco como tú y un poco como yo, un punto de encuentro en nuestra pareja, el vértice del triángulo, la cuadratura de nuestro círculo demasiado cerrado.
No creas que ignoro lo de Raquel. Sí, no hace falta que pongas esa cara tan seria e inexpresiva, fría como el mármol. Siempre lo he sabido. Si no es por ella, ¿por quién si no de repente empezaste a viajar a Córdoba el último fin de semana de cada mes, de viernes a domingo? ¿Crees que me tragué eso de que la Feria de Muestras de Joyería, que antes era anual, ahora se celebraba cada mes, uno tras otro?
Decías; “A comprar género y a ver las nuevas tendencias de orfebrería, este año sobre todo de oro blanco”.
¡Una mierda! Sí, eso. Ibas a ver a Raquel, incluso vi su cara en un folleto de la última Feria “real”; una azafata preciosa, cordobesa morena y de unos veinticinco años, que abría la primera página cantando las alabanzas del producto cordobés. ¡Vaya si te gustaba a ti el producto cordobés! ¿Crees que no me di cuenta de las prisas por salir de madrugada el viernes, con el Audi reluciente, brillante, vestido con chaqueta y corbata de seda? ¡Y eso tú que las odiabas casi tanto como lavar el coche!
Yo cerré los ojos y dejé correr. Me la estuviste pegando más de tres años y yo tragándome la bilis, los sapos y la desgana. Era evidente que la competencia era difícil, imposible; ella era más joven, más alta, más morena, seguro que más complaciente y seguro que siempre a punto. Tenía casi todo el maldito mes para depilarse, comprar lencería nueva, ir a la peluquería, al gimnasio y a la sauna. Cuando te dejó lo noté enseguida, se te cayó la sonrisa que te iba saliendo, tímida y casi temerosa, conforme iba avanzando el mes. De todas maneras parecíamos una familia casi feliz. Aunque una pareja sin hijos yo creo que no llega a ser familia, los hijos combaten el hastío y desplazan el egoísmo y las mezquindades. Pero bueno, eso ya pasó. A mí ya no me importa nada.
Lo mío con Ricardo era diferente. Se podría decir que cuando tú volvías el domingo por la noche de tu visita mensual venías oliendo a hembra, de tanto como habías entrado en ella. Te bañabas en su cuerpo joven, como en una nueva versión de Dorian Gray. Un vampiro que envejecía lentamente junto a mí y renacía, casi regresaba a la adolescencia, después de libar la sangre de Raquel, sus jugos más íntimos. Ella podría haber sido tu hija, casi tu nieta, la hija de la hija que nunca tuvimos.
Ricardo y yo no teníamos esos problemas, en parte porque los dos pasábamos, como tú, de los cincuenta, y los cuerpos pedían más una buena comida y una caricia que un rato de desenfreno y un adiós y hasta la próxima.
Mientras tú ibas a Córdoba, a ponerle nuevas joyas a tu tesoro, con la excusa de la actualización comercial, yo me iba a cuidar a mi madre a Murcia. Cuando ella murió su casa se quedó sola, desvalida. Mi madre tenía algo de pasión por ella, por sus macetas y su patio. Yo no quise venderla y acordamos salir los dos el viernes por la mañana, cada uno en su coche y en dirección contraria. Dirección Raquel, dirección Ricardo.
Las manos de él eran de verdadero oro, sus manos eran su trabajo, lo hacía bien, especialmente los masajes a las personas “mayores”. Yo, más que mayor, me sentía vieja, gastada por el uso, como una moneda rayada y roída, con los cantos lisos y sin filo. Ricardo, con un poco de aceite y sus manos, rescataba de mi piel el brillo y los reflejos que me recordaban mis baños en la playa, cuando iba a la Universidad y todos iban a la vez detrás de mí. Yo me fui al final con el más imbécil, el más presumido y también el que más me ignoraba. El único que lo hacía. Maldita condición humana.
Me propuse conquistarle y lo conseguí. Me llevé de premio a un hombre frío por fuera y helado por dentro, educado, razonable, pero gélido y duro como el oro, casi tan duro como el diamante. Nunca me gustaron las joyas y el destino me llevó a casarme con un orfebre.
Ricardo no sentía ningún interés por eso, ni por nada más, que yo recuerde, fuera de mí, de su trabajo y de la cocina. Como tú, siempre había estado solo, como tú, había crecido en una inclusa, tú en Granada y él en Murcia. Los dos siempre tan solos, tan diferentes en todo y tan iguales en eso. Tú fuiste más ambicioso, conseguiste becas para estudiar, financiación y montaste un buen negocio. Él únicamente quería ayudar a los demás, no hablar demasiado y cocinar. Era su delirio. Quizás echaba de menos las comidas que nunca le cocinó la madre que nunca tuvo, los bocadillos para el colegio, los postres especiales o las tartas de las fiestas de cumpleaños. Era un cocinero maravilloso. Para él monté en la casa de mi madre una cocina industrial, con un inmenso frigorífico americano de dos puertas, dos hornos eléctricos e incluso uno grande de leña en el patio, para hacer el pan, las ensaimadas y las tortas gallegas, rellenas de lo mejor que podíamos encontrar.
Después de comer quizás echábamos un rato en el sofá, pequeñas caricias, o en la cocina, llena de platos exquisitos que apenas podíamos comer. Entre bromas me decía siempre que lo nuestro era un verdadero amor “platónico”, con risitas al final de la frase. Las verduras de Murcia son una maravilla. Solíamos ir de vez en cuando por el Rincón de Pepe, a inspeccionar la carta. Armados como turistas japoneses le hacíamos fotos a los postres, a las carnes, incluso a la disposición de los manteles y los cubiertos; tomábamos notas para luego montar el Rincón de Ricardo en mi casa.
Llevábamos ya casi cuatro años: tú nunca fuiste a Murcia, él nunca había venido aquí. Imagino que algún cable maldito se cruzaría en vuestras cabezas, en el cielo o en el infierno, para llegar a coincidir esta mañana en la rotonda de la entrada norte de Almería. Cuando me llamó la policía no podía sospechar nada de esto. Me mandaron directamente al hospital. Al llegar a Urgencias y preguntar por ti, la muchacha del mostrador me dio directamente el pésame, sin mucho sentimiento, y me indicó el ascensor que bajaba al sótano, al depósito. En medio de una sensación de mareo y asfixia bajé ya sin esperanzas pero también sin lágrimas.
Después de reconocerte y observarte unos minutos el enfermero me comentó que el que estaba tapado a tu lado era el otro hombre, aún sin identificar, el que había chocado contigo al tomar la rotonda. Estaba cubierto y no sé por qué tuve interés en saber quién era el acompañante de mi marido en el camino al cielo. Levanté la sábana y caí al suelo después de ver la cara de Ricardo tan fría y blanca como la tuya. Cuando me despertaron me hice cargo de vosotros dos. Les di sus datos, los tuyos, expliqué que yo era vuestra única familia y llamé a la funeraria y aquí estamos ahora los tres, tranquilos, esperando que amanezca otra vez.

Aunque no os importe ya casi nada, no pongáis esa cara, tengo que deciros que esta gente se ha portado muy bien. Me han ayudado con los papeles y a elegir algo que pensé que os habría gustado a los dos.
Algo poco lujoso, de madera en tono suave, y para después en terracota, cada uno en su pequeña urna en el mueble del comedor. Quedareis muy bien, cómodos, los dos juntos. A mí ya sólo me queda esperar.-
Primer Premio “Candil Literario de Cuentos” 2006
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.Sr.Director, le agradeceré que publique la carta que adjunto en el periódico que tan acertadamente dirige. Estoy seguro de que no atenta contra ninguna norma ética y por supuesto no afecta a ningún político conocido. Yo, la verdad, no quería, bien lo sabe Dios, pero ella me insistió, me insistió tanto, que tuve que darle la razón.
“Ya verás tú lo que haces, Prudencio, pero esto no puede seguir así, nosotros no podemos continuar con esta carga en la conciencia y alguien tendrá que decírselo. Es tu jefe. Tú sabrás. Pero, claro, hay que hacerlo de forma que no hieras sus sentimientos, a nadie le gusta enterarse de que su esposa se la está pegando con el Subdelegado de Pozos y Minas , que está en el despacho siete del piso de arriba del Ministerio, justo encima del suyo. Don Virginio no se merece eso”.
Mi jefe, Don Virginio Humano, era el responsable del Departamento de Aguas Aéreas y Subterráneas del Ministerio de Obras Terrestres y Urbanismo (MOTU). Había venido a Almería hace unos 5 años, trasladado desde Cuenca, al parecer por problemas respiratorios. Necesitaba el clima marino y además un año antes había enviudado y quizás había sido bueno el cambiar de aires. Aquí, poco después, conoció a Margarita, la adjunta del Subdelegado, y poco a poco cayó en sus redes, acabando por casarse el año pasado, después de varios episodios que aún se comentan.
Bueno, lo cierto es que ella me insistió:
“Tienes que ser tú quien se lo diga, Don Virginio es una buena persona y no se merece eso. Pero claro, habrá que buscar una forma conveniente”.
Ella, que en otra vida anterior habría podido ser consejera de Lucrecia Borgia, me lo soltó de repente:
“Tienes que hacerlo como la otra vez. Que sí, que tú escribes muy bien y ya sabes que Don Virginio es como tú, siempre lee el periódico en la cafetería a la hora del desayuno, empieza como tú, con el artículo de Manuel Alcántara, luego los sucesos, las esquelas y por último las Cartas al Director. Seguro que es capaz de leer entre líneas; cuentas lo que le pasa a un vecino, le cambias los nombres, pero dices lo más importante. Él lo entenderá y no pasará por la vergüenza de ser el último en enterarse”.
Claro, ante esto no hay quien pueda alegar nada. Las mujeres tienen un poder especial, mi abuelo decía que eran de azúcar (bueno, decía otra cosa, pero no me parece correcto entre caballeros). Ella me insistió y yo que no. Que a nosotros qué nos importa, si sólo estamos de la casa al trabajo por las mañanas y por las tardes a llevar a las niñas a la piscina, al baile, al pediatra, a las fiestas de cumpleaños y a casa de tus amigas. Cada uno con su vida que haga lo que quiera.
Yo, que vine trasladado de Correos hace tres años, estoy muy bien aquí con mi negociado de Aguas Menores.
También se lo puede decir Rafael Manuel, el imbécil del jefe de negociado de Aguas Mayores; está mas cerca de su despacho, es su hombre de confianza, su mano derecha y mitad de la izquierda. Pero no, él está soltero; tendré que ser yo.
Don Virginio, mi jefe, es un hombre de costumbres castellanas, de poco más de sesenta años. Como ya le dije antes, vino de Cuenca, viudo y sin hijos. Bueno, lo de viudo, más o menos, más bien que menos. La cosa se destapó cuando Juan García, el conserje, recibió de allí una invitación de un amigo de la mili, para asistir a la boda de su hija. Juan no quería ir, no había visto a su amigo desde que estuvieron en el Sahara, pero su mujer insistió. Al llegar, Cuenca es muy pequeña, le esperaba su amigo, conserje también pero en la delegación del Ministerio de Salud y Obras Menesterosas.
“Hombre Juan, cuánto tiempo, y a propósito, tú que vienes de Almería, ¿no conocerás a Don....?”.
La historia era una pena, una verdadera pena. Don Virginio se había casado hacía diez años con Doña Carmelina, farmacéutica, rubia y veinte años menor que él. Ella era de educación estricta y él estaba todo el día en la oficina, mañana, tarde-noche y partes del sábado; el peso de la responsabilidad. Ella tenía en la farmacia a una sobrina del alcalde que no había donde colocar, y se pasaba todo el día en su chalet, en una preciosa zona residencial a las afueras de Cuenca, lo que no distaba más de tres kilómetros de la farmacia.
Un puro jardín era el barrio y es así como conoció a Nelson Wenceslao (el Guajiro le llamaban, para acortar), un joven inmigrante cubano que se buscaba la vida como jardinero de exteriores y las más de interiores.
Y pasó lo que tenía que pasar. Doña Carmelina, joven de rígida educación, no era muy amante del vicio de fumar, lo justo, el pitillo reglamentario de los sábados, pero aquel turgente puro habano de después de la siesta le había descubierto placeres insospechados. Cuenca es muy pequeña; el divorcio fue rápido y Don Virginio tuvo que marcharse con el cigarrillo entre las piernas para no ser la mofa de sus bienintencionados vecinos.
Lógicamente, en la oficina nadie sabe nada, nadie dice nada y Juan solamente se escribe con su amigo para contarle sus problemas con la próstata, a nadie le interesa la vida de nadie.
Y ahora pretende ella que yo le diga que su esposa, la de ahora, se la pega. Hombre, lo suyo con Margarita se veía venir. Recuerdo que hace casi tres años, recién llegado yo de Correos, y aprovechando la celebración del Día de Andalucía, fuimos a Murcia, lógicamente al Corte Ingles.
Aquello parecía el Paseo, la mitad de mis parientes, con sus respectivas, estaban allí.
Lógicamente, todas habían pensado lo mismo. Después de admirar una preciosa, preciosa, camisa de casi veinte mil pesetas, tuve que admitir que ella tenía buen gusto, que hacía juego con el pantalón, divino, que se acababa de comprar y que las cosas buenas duran una barbaridad. Lógicamente, lo cargué todo a la tarjeta y ya pasó a ser un asunto interno del banco.
Justamente al salir, bajando al parking, allí estaba Don Virginio, ayudando a Margarita a cargar unas bolsas grandes con edredones y unas más pequeñas que parecían de ropa interior de esa que sale en las películas que a mi cuñado tanto le gustan y que ve hasta cuando están codificadas; dice que con las gafas de sol mejor que el cinemascope. Yo por supuesto no dije nada en la oficina, bueno ella se lo dijo a la mujer de Juan, pero no hay cuidado.
Por eso le digo que me veo en la obligación de pedirle que publique la carta que está en la hoja siguiente. Por favor, aunque incluyo una fotocopia del carnet de identidad, le ruego que en la firma sólo ponga las iniciales; ésta es una ciudad muy pequeña y todos nos conocemos. No quiero que pase como la otra vez, que ya le dije yo a ella que no teníamos que meternos en lo del Jefe de Correo Bastante Urgente. ¿Qué nos importaba a nosotros lo de su mujer y el guardia jurado de la puerta?. Tanto ir a Madrid, tanto ir a Sevilla y mientras su mujer con el de la porra. Pero bueno, ella insistió, ya sabe lo de aquello que tienen de azúcar. Ella insistió. Era una cuestión de conciencia.-
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.“¡Maldito ascensor! ¡Se ha parado!”.Grité para mi interior con todas las fuerzas de que fui capaz. Sin embargo algún susurro debió escaparse de mi boca, ya que mi acompañante ocasional me miró.
Siempre le había tenido miedo a los ascensores, o al menos respeto. No. Era miedo. No tengo por que negarlo a nadie y menos a mí misma. Incluso llegué a perder una buena ocasión de compra de una oficina por el hecho intranscendente de estar en un piso doce. Era realmente una ganga de una subasta, pero fui incapaz. Me costó una buena bronca con mi marido, tan perfecto, tan inmovilista, tan sabio, tan previsor y tan lleno de incomprensión hacia los pecadillos ajenos. Ni una palabra de aliento (“lo tuyo son tonterías, caprichos de mujer histérica, desocupada y sin valor, una miedica”). Acabé comprando una oficina mucho más pequeña, más cara, en el edificio más nuevo y tecnológicamente preparado de la ciudad, pero situada en la segunda planta. Hacía caso de lo que dicen los carteles del Hospital: “Cuide su salud haciendo ejercicio. Use las escaleras”.
El “don listo” de mi marido, psicólogo aficionado, me “ordenó” que al menos usara el ascensor una vez al día para ir “liberando los miedos de mi subconsciente”. Le hice caso para dejar de oírle renegar al menos durante un tiempo y lo usaba al acabar la jornada por la tarde. Realmente no era tan malo, no pasaba nada y siempre bajaba acompañada de Trinidad. Mi despacho estaba en la segunda planta, como he dicho, pero sólo tenía cincuenta metros cuadrados, el resto, más de trescientos, eran de su compañía.
Junto a mi placa profesional, “Eloisa Escudero. Asesoría laboral y fiscal”, se encontraba la suya, casi se rozaban, “Trinidad Moreno e Hijos. Consignatarios de Buques”. Todos los empleados subían y bajaban por las escaleras, apresurados, eran jóvenes y enérgicos. Yo, rondando ya los temidos cuarenta y con algo de barriguita, no mucho, no vayas a creer, subía y bajaba a mi ritmo.
Sin embargo, todas las tardes, a las ocho y media, descendía de mi cielo en esa máquina infernal, procuraba no pensar y salía corriendo hacia la puerta de la calle. Ya he dicho que nunca lo hacía sola, siempre bajaba acompañada de Trinidad Moreno, la persona que dirigía la empresa vecina. Como un derecho especial ejercido sólo por los más altos dignatarios de su empresa siempre usaba el ascensor.
A su lado yo parecía la ascensorista de las películas con uniforme a botones y gorrito. Trinidad vestía impecablemente, con el típico maletín negro de mano, mirada seria, casi hosca, gesto adusto y el saludo internacional acostumbrado, cortes pero frío e impersonal. Nunca me miraba a mí pero yo llevaba admirando su cuerpo, su elegancia natural, sus ademanes, durante los seis meses que llevábamos “conviviendo” en el ascensor todas las tardes. Sin embargo siempre pensé que era, sencillamente, inaccesible. Era impensable que una persona así, tan perfecta de verdad, pusiera sus ojos en mí.
Coincidí varias veces con su secretaria tomando el café de media mañana, todos bajábamos al mismo sitio, buen café, buen precio. Me contó lo que quería saber, todo lo que sabía, de la persona que pagaba sus nóminas, muy poco: Había heredado la empresa de su padre, que lo hizo a la vez del suyo. No había cambiado de nombre en más de setenta años. En su caso, cuando nació tuvieron algunos reparos, pero la mentalidad comercial prevaleció. Aspectos personales: matrimonio casi de conveniencia, aunando capitales para la consolidación del negocio, dos hijos, buen chalet, buen coche, todo el tiempo era poco para el trabajo. Incluso sus diversiones eran parte del juego: el Club de Golf sólo era una ampliación de la sala de juntas.
Pensé todo eso durante menos de diez segundos. El ascensor no se movía y de repente se apagó la luz del techo, quedando sólo un pequeño piloto rojo. Cogí el teléfono móvil para llamar a mi marido. Llamé, insistiendo, pero no respondía nadie. Sentí escalofríos, un ahogo extraño y comencé a gritar, a respirar alocadamente, a llorar. Miré, entre las lágrimas, a Trinidad y vi algo diferente en sus ojos. Se volvieron tiernos, dulces, amigables, casi amorosos.
Las piernas se me fueron doblando, sentí una flojedad cada vez más fuerte. Noté que Trinidad se colocó detrás de mí, me agarró por debajo de los brazos y fuimos cayendo lentamente, resbalando, hasta quedar con las piernas estiradas, mi espalda apoyada en su pecho y la suya en la pared del ascensor.
De su boca, que tanto me atraía, antes tan seria y firme, se dejó oír una voz temblorosa, que intentaba ser tranquilizadora: “No te preocupes Eloisa. Yo cuidaré de ti. Desde que te conozco te deseo con toda la energía que se acumula en el universo. Relájate un poco”.
Apoyando sus palabras, sus manos volaron sobre mi cuerpo como mariposas con alas de seda, acariciaron mi pelo, con extrema suavidad, avanzaron por mi cara y tomaron posesión de mí. Yo sólo pude emitir un suspiro profundo, mezcla de alivio, asombro y consuelo.
Con las yemas de los dedos fue realizando pequeños círculos en mis labios, en mi barbilla, en mi corazón, que iba agitándose y acalorándose por momentos. Volaron sobre mi cuello, como palomas se posaron en mi pecho. El corazón ya se salía de él. Nunca había sentido nada igual, ni siquiera parecido, con ningún hombre. Una descarga eléctrica saltó en la base de mi cerebro y recorrió a la velocidad de la luz toda mi columna vertebral, imposible de controlar, libre, hasta terminar en mis piernas, que temblaron como en un terremoto de emoción y placer.
Si no hubiera estado apoyada en Trinidad me habría desmayado sin remedio. Una ola de calor siguió a ese chispazo sacando a mi cara todos los colores que llevaban aletargados varios años, esperando a la lluvia de besos que comenzó a caer sobre mí. El fuego me consumió en lo más profundo de mi cuerpo, de mi alma de mujer.
Era suya, sin pensarlo, sin buscarlo, aún casi sin desearlo, pero inevitablemente era suya. Cerré los ojos dejándome hacer, viajando por mi pasado hasta el cálido útero de mi madre, de donde regresé aturdida. Toda una vida de normalidad, de amor normal, nada de locura, pasión descafeinada. Nunca un segundo valió tanto como una vida. La dulzura de su mirada me atraía hacia Trinidad. Éramos dos personas casadas, con hijos, responsabilidades y había incluso algo más que habría debido separarnos.
Seguía estando en su regazo, rodeada de sus brazos, notando su respiración, tan convulsa como la mía. Sentía su mirada en mi pelo, que me atravesaba cada centímetro de la piel, de los huesos, de la carne, de las vísceras. Todo mi yo era suyo para siempre. Así se lo juré. Hasta la última gota de mi sangre roja y caliente.
Después de varios minutos de silencio cómplice, de reflexiones calladas, nos levantamos. Nuestras miradas buscaron la otra boca, nuestros labios los ojos. Por cada sonrisa un beso, besos profundos, calientes y húmedos, suaves en labios de terciopelo rojo brillante, cariñosos. Volaron las palomas y nos enlazamos en un abrazo que habría fundido los metales, creando una nueva aleación, con nuestros cuerpos, del mineral con el que se fabrica el amor.
El sonido impertinente del teléfono móvil me devolvió al mundo de los ascensores rotos, que había conseguido olvidar. Lo cogí sin ningún ansía, a pesar de ser el único vínculo con el exterior. Contesté con varias afirmaciones y colgué. Trinidad me miró, interrogándome. Le contesté:
“Es mi marido. Dice que no me preocupe, que ha saltado la alarma del ascensor y él, que me esperaba abajo, ha avisado al servicio técnico. Llegarán rápidamente. Estaba salvada, como siempre, gracias a él.”
Y le añadí, con una mirada de cariño profundo:
“Soy muy feliz. Contigo me he sentido una persona completa. Te puedo asegurar que no entiendo aún cómo has podido fijarte en mí, que soy tan poca cosa. Nunca lo hubiera pensado, no me explico qué ha podido ver en mis ojos una mujer como tú.”
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Mira, si no fuera por la cuestión del bocadillo realmente no se habría notado casi nada.
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Bueno, casi nada o nada tampoco es cierto. Era evidente la diferencia en algunas ropas, en algunas caras, un acento algo extraño y ya está.
De jamón, de atún y de queso. Habíamos dejado guardados los últimos para los alumnos que venían del otro centro educativo.
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Resulta que aún siendo de un barrio con alta población gitana solamente venían niños y niñas hijos de inmigrantes, nacidos ya aquí o recién llegados, sin tener en cuenta todavía el método de ingreso en este nuestro primer mundo.
El éxito de los años anteriores nos animaba a seguir con el camino. Nos parecía bueno para todos, una forma diferente de abrir algo las mentes. Como en el anuncio, hay otros mundos, pero parecen peores, hay otros mundos, pero resulta que el más atractivo es éste. Está muy bien lo de la tradición, lo de los valores y el patrimonio cultural, pero es difícil pensar con la barriga vacía o con los pelos del cogote erizados por si vienen a por ti. La mayoría de los que vienen de por ahí fuera buscan mejorar en sus necesidades, lo que deviene a veces en hacerlas más grandes. La vorágine del consumismo, antes desconocido, ataca a todas las personas que se acercan a cualquier superficie comercial de gran tamaño y, claro, también a ellos, en eso no somos tan distintos.
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En los niños no se traslucen esos problemas. La única diferencia era que los de fuera pedían “atón”, con un baile de vocales, y los de aquí “de jamón”. Los profes del pueblo comían jamón, los de allí, los monitores y monitoras, le entraban al atún y al queso. El zumo no tenía color cultural, suena casi igual, naranja, y les gusta a todos. Eso y el fútbol.
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El taller de más éxito es el que se practica con un balón y un equipillo en cada mitad del campo. El gol es la salsa que calienta y exalta los ánimos . Los equipos se hacen mixtos y aquí no hay tampoco colores, alguna patada, algún agarrón, y al final se entregan las medallas. A todos les gustan las medallas. Es normal, son niños, o al menos gente joven y pasan de muchas ataduras que todavía aprietan la mente de sus mayores.
Aquí, en mi centro, no hay muchos inmigrantes matriculados. Iba a escribir “demasiados”, pero ignoro cuál sería la tasa o el tanto por ciento que hace pasar la cifra de lo aceptable, lo permisible, a lo ya superador de las expectativas, lo realmente insoportable a los ojos de muchos; el porcentaje que nos llevaría a ser nosotros la minoría, a pasar de ser “nuestro” a ser “de los otros”.
Resulta que en este centro, sin demasiados alumnos inmigrantes, hay varios de este grupo que son de los que generan más problemas, y a la vez, algunos de los mejores alumnos o alumnas también son extranjeros, lo que choca. ¿Será si acaso porque los niños que se empeñan en ser puñeteros nacen donde les da la gana a ellos, ya sea en Almería, en Nador, en Murcia o en Lituania? Con lo que entramos en algunas otras disquisiciones y sutilezas, que llevan quizás al fondo del asunto. A ningún profesor le gusta trabajar con tensión, con alumnos sin interés, no se hacen distingos, ya sean de color blanco, negro, amarillo o de rayas verdes y blancas. Resulta que pasamos ahora ya a tratar con personas no con números de visado, de pasaporte o con entelequias y aquí las diferencias empiezan en el nombre propio.
Como ya se viene haciendo desde hace varios cursos, la experiencia ayuda en los talleres y realmente funcionan. Es curioso, los alumnos, ellos solos, acaban por olvidar que el otro es el otro. Cuando yo les dije al grupo que tenía asignado, antes de recibir a los visitantes, que no tenía muy claro lo que haríamos en el “taller de convivencia”, sugerí buscar temas de interés común. La propuesta, la demanda más rápida y evidente, era la esperada, nada de filosofía o del encuentro de las culturas : “¿Cómo ligan ellos?”. Yo les dije, “hombre, me imagino que lo mismo que aquí”.
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A mí los niños que vinieron, los varones, no me parecieron especialmente guapos (la misma opinión tengo sobre los “míos”), las niñas en cambio sí me resultaron más agraciadas (más de los mismo con las “mías”). Es decir, queda claro que no soy racista, si acaso machista, tampoco lo creo, solamente hombre, quiero decir varón. Antes de irse, antes de irnos todos, uno de los míos vino con una visitante, buscando un papel donde apuntar un teléfono o una dirección y yo pensé: “no está mal, así que de cultura y antropología no habremos aprendido mucho, pero el que sí ha funcionado es el taller de ligoteo”. La convivencia es así, no hay que buscar nada extraño. Parece que estaban todos contentos, los profesores, los alumnos, las profesoras, las alumnas e incluso el director.
Por allí apareció una periodista, entrevistando a las autoridades, con las cámaras de la televisión autonómica, multitud de fotos, más periodistas ¡Qué barbaridad! ¡Yo no sé dónde estaba la noticia! Ni los unos tenían cuernos ni los otros iban vestidos con traje de torero o de gitana, se reían lo mismo, con la misma vergüenza inicial y el cachondeo progresivo. La risilla que les iba entrando minaba lentamente los pilares de la diferencia y unía sus intereses en lo fundamental de su edad, que no es otra cosa que el ir ahondando en lo que antes se llamaba el misterio de la vida y las relaciones humanas y que ahora se trata sin tapujos en los múltiples chats de internet.
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Por cierto en el campo de la informática no se deja ver inicialmente, a primera vista, el origen del usuario y está derribando murallas; pese al engaño contumaz y al disimulo de los defectos, si se conecta con alguna persona que hace mella en nuestro ánimo se le llega a conocer sin haberle visto la cara ni una sola vez.
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Hace unos días, en un centro comercial de la ciudad, vi cogidos de la mano a dos personas, quizás se habían conocido en la red que tiende a pescarnos a todos. No tenían nada de especial o de escandaloso, sin embargo me llamaron la atención, y eso que yo soy moderno, coeducativo, y todas esas cosas que decimos cuando queremos quedar bien y aparecer en la foto como “progres” y demócratas. A mí me llamaron la atención y puse ojos y orejas al servicio de mi insana curiosidad.
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Resulta que iban de la mano un hombre, joven, alto, de unos treinta años, con unos rasgos faciales norteafricanos y un español chapurreado con un acento especial que denotaba su origen magrebí, y una mujer, también joven, rubia y que hablaba con acento de haberse criado en Andalucía y aún más en Almería. Yo pensé que hace unos años eso habría sonado raro, raro. Seguramente incluso a alguien le habría parecido preocupante.
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Sin embargo allí nadie pareció darse cuenta, todos los clientes seguían comprando, iban a lo suyo y ellos, la pareja, a lo propio, sonrientes ambos. Yo no escuché mucho de lo que hablaban por puro respeto a su intimidad, lo justo, pero hacían planes, hablaban también de un tercero, un tal Mohamed, que tenía problemas para venir a España. Ellos pensaban ayudarle, buscarle un trabajo y quizás una novia, alguna amiga de ella.
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Unos amigos buscando la forma de ayudar a otro. Normal. Nadie diría que era un inmigrante peligroso, un forajido, sino un señor cualquiera, preocupado por el bienestar de otro señor deseoso de conocer el país donde no le va tan mal a otros que han llegado antes.
Después de la compra fuimos a comer a un restaurante chino donde ya nos conocen, además los hijos del dueño habían sido alumnos míos en años anteriores. Son muy amables todos, especialmente los niños, y me saludan muy educadamente. Incluso intentaron que mi hija aprendiera algo de su idioma. Yo, que soy muy torpe para eso, sólamente recuerdo que “hola” se dice “Ni Hau”, o algo así, con la hache inspirada ¡Qué difícil! Sin embargo los condenados niños hablan un español perfecto y un chino endemoniadamente rápido, además de inglés y un poco de francés. Piden los platos, los rollitos, el arroz, con una jerga incomprensible, fulgurante, y discuten con los mayores, a veces en voz alta, con un idioma que imagino no será muy diferente del que se está hablando en ese momento en Cantón o en Pekín.
Lo más curioso es que ahora, en los fines de semana, tienen contratado de camarero a José Luis, un muchacho del barrio, y parece que se apaña bien con ellos. Le viene bien para pagarse la universidad y el tío, que es listo, es incluso capaz de aprender idiomas. Antes de él tenían a una muchacha rumana, Válery, muy agradable y guapa, que siempre nos traía caramelos al terminar. Como sigue por aquí, nos vemos por la calle de vez en cuando y nos saludamos con agrado. Ya ves, si no nos conocemos de casi nada, pero parece que nos caemos bien (también es cierto que, no lo niego, es atractiva o a mí me lo parece y me alegra verla). Yo le sonrío sin artificio, de corazón, y ella me devuelve el brillo de sus ojos.
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Ahora trabaja en una inmobiliaria y va vestida como una ejecutiva de Nueva York o París, lo sé porque estuve buscando un piso hace unos meses y me la encontré detrás de su mesa, luchando por sus comisiones, pero tan simpática como siempre. No le compré el piso, pero me sigue saludando. Está bien.
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Si me toca la lotería primitiva, además de comprarme el ático con vistas a la playa, me gustaría ir a China, a ver la Gran Muralla. Dicen que se puede observar desde el espacio exterior. Claro que tampoco pruebo la suerte todos las días. Hoy es viernes y toca.
Por un euro se puede soñar. Es barato soñar. El dueño del estanco donde sello los boletos me dice con su acento argentino que “la próxima vez vos tendréis suerte”. Me gusta ir allí porque tiene cosas extrañas, junto al tabaco y los productos habituales. Cosas típicas de su tierra, como el mate y el dulce de leche y botes de esos especiales para hacerse el mate. Se pasa el día chupando del cacharro ese, con esa cosa que parece una pajita metálica, repujada y adornada como una montura de paseo.
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Siempre le digo que mi acera, la suya, la nuestra, es internacional, más que una terminal de aeropuerto. Sales de hablar con un argentino y le compras el pan y algunos refrescos a las niñas rusas de al lado, andas un poquito y tropiezas con los chinos y el bazar de un pakistaní y más adelante entras de lleno en Nador o en Marrakech. Él se ríe, “vos tenés razón, pero qué se la va a hacer, es la vida”. Y el negocio le va bien. Muy bien. Tanto que ha comprado dos pisos en el edificio contiguo y los tiene alquilados, uno a un grupo de colombianos que se buscan la vida montando muebles de cocina y el otro a un matrimonio mejicano, bastante joven, que están abriendo un pequeño negocio de venta de frutas y verduras.
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Y es lo que él dice; “Allí en Buenos Aires la plata ya no valía nada. Te mueres de hambre y no te dan ni agua”. Aquí no tiene queja. Los niños al colegio a los dos días de haber llegado. Se adaptaron muy bien, vinieron muy pequeños y ya están en el bachillerato. Hace un par de años se trajo de allí a su madre y la ha puesto al cuidado de una muchacha rusa o lituana, de por ahí arriba, que era enfermera o auxiliar de clínica en su país.
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Cobraba muy poco y se intentó venir a España como pudo. Primero parece que le engañaron con algo raro, con un contrato que era para otra cosa, lo que tú piensas, pero se pudo escabullir del enredo al llegar aquí y ahora no le falta trabajo. Cumple bien y es seria. También es guapa, pero eso a las señoras mayores que cuida no les molesta. Ya te he dicho que es seria y honrada. No creo que se fíen de mucha gente para dejarla en su casa por la noche, vigilando su sueño.
Como le dije a mi estanquero lo de ir a ver la Gran Muralla me comentó que para conocer obras humanas que se puedan ver desde el espacio no hay que ir muy lejos, sólo unos treinta kilómetros. Se refería a los campos de invernaderos del Poniente almeriense, el famoso mar, más bien océano, de plástico. Él conoce la zona porque estuvo trabajando allí más de dos años, cuando llegó a Almería, en un almacén de envasado de productos hortícolas. Metía en las cajas, con su bolsa o su embalaje, los pepinos, tomates y pimientos que luego se comían en Alemania. Él hacía su turno y todo lo que pillaba, horas extras y fines de semana, y fue formando un pequeño ahorro. Se trajo después a la mujer y a los niños y se enteró por casualidad de lo del estanco, en venta por la jubilación del dueño. Se entrampó hasta los ojos pero le salió bien. Como sabe lo difícil que es empezar le ayuda un poquito a los que llegan, especialmente a los argentinos, y está montando una asociación.
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También es cierto que el idioma ayuda y la gente parece que le mira mejor que a los que no entiende, prejuicios humanos de todos los sitios, como sí tu vas a un pueblo del interior de un país africano y, haciendo un chiste, pasas a ser el blanco de todas las miradas. Pero el idioma lo aprenden rápido, sobre todo los niños. A mi centro han llegado hace poco dos hermanos rumanos que no sabían ni palabra, pero que jugaban bien al fútbol.
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Ya no son vistos como inmigrantes sino como jugadores internacionales a fichar por el equipo local, donde ya juega Felipe, que vino de Guinea y es un buen defensa, y Hassan, un argelino que es el mejor portero que hemos visto en muchos años. Han tardado muy poco en aprender los saludos, las bromas, los nombres de los niños y especialmente los de las niñas.
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Además, todos ellos son altos y guapos, fuertes y simpáticos con lo que se las llevan de calle. Es cierto que también han tardado poco en aprender los insultos, los tacos y las primeras frases para desenvolverse por aquí. Eso lo primero. Lo normal. Hay que vivir. Y si no, imagínate tú que te vas a otro país, a Argelia, a Lituania o a la chimbamba, no por gusto, sino por narices, las del hambre, el progreso o la “presión” ¿Tú qué harías allí para buscarte la vida?
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... Pues claro. Normal.-
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A Gargolita,
Aceitunera altiva. ..El fontanero de casa se llama Juan. Algo frecuente y hasta cierto punto normal, porque, vamos a ver, ¿ quien no conoce a un fontanero que se llame Juan?. Lo que ya no es tan frecuente, ni hasta cierto punto normal es que, con los tiempos que corren, la razón social que aparezca rotulada en su furgoneta de trabajo sea tal que : " Fontanería Fortuna".
Días pasados, recibí una solemne y formal invitación a comer en casa de Pedro y Antonia, matrimonio amigo. A ver si me explico. Me refiero a que ambos son amigos comunes míos. Entre ellos dos, son simplemente eso, matrimonio. En el mensaje del móvil, que sustituía al pliego de cartulina de papel berjurado, se me indicaba fecha ( sábado, por supuesto), lugar ( la casa de invierno), hora del evento ( "a eso de las dos y pico o tres de la tarde") y el menú ( rabo de toro estofado). También hacía alusión a los pertrechos que eran, no sólo menester, sino imprescindibles aportar: boca, hambre y unas palabras de agasajo que regalaran las orejas del cocinero/a. El rabo, me decía en el mensaje, lo ponían ellos.
Andaba presto a acudir a tan imprevisto festín, cuando las normas de la elemental educación y el recuento de meses con los dedos de ambas manos, me aconsejaron, con sabiduría y prudencia, que me tocaba ducharme. Ya que no habrás de poner nada en el banquete - me dije-, ve, al menos, limpio. Es lo menos que puedes hacer por unos amigos. Y dicho y hecho.
Aflojándome la correa del pantalón estaba, cuando ¡ oh, dios mío¡, miro, reparo, me fijo y encuentro con el suelo de la rinconera de la cocina, de líquido, cubierto.
Fue mi primer impulso - correa en mano, como estaba- ajustarle las cuentas a la mascota, pero cuando la serenidad de ánimo disipó la primera niebla de la ira, comprendí, por la magnitud de la inundación, que aquello era demasiada meada incluso para Mongui.
Y aquí es donde aparece Juan. Bueno, exactamente aquí y entonces no, pues se trataba de un sábado y de un fontanero que, como todos, no trabajan los sábados ni en caso de emergencia inundatoria de la mismísima Alcazaba, porque lo aprovechan para irse de weekend a la casita, con chimenea, que tienen en Abrucena. Pero a lo que iba. Que tras catorce llamadas fallidas y acabar por aprenderme de memoria la última de los Estopa, que es la que te sale en espera de llamada hasta saltar el contestador, ahí me tienes en pantalón corto, chanclas playeras y fregona en ristre.
¿ Fregona? ¡qué digo yo, :" la salvaora"¡. Jamás un adminículo tan humilde y poco ponderado, merece más el reconocimiento de la humanidad. Cuando próximos al comienzo de este nuevo milenio, las revistas científicas serias se devanaban en sesudas encuestas y trabajos demoscópicos a fin de obtener el criterio unánime del elemento que más había contribuido a la liberación femenina y a la igualdad entre sexos, recuerdo que acabaron proclamando vencedora, por k.o. técnico, a la píldora. Se basaban, según los sabios expertos, en que ningún otro invento había producido en la mujer un cambio tan radical, al permitirle controlar sexualidad y procreación, elevando ésta a un acto responsable que, separándolo del mero imperativo de impulso sexual, lo transformaba en conducta voluntaria...blá,blá,blá. Y no está mal, no. Pero ¿ que me dicen la humilde fregona?. Sí, sí, la fregona: ese artículo de droguería que, cuando lo compras, tanto cuesta introducir en el carrito del Carrefour y que acaba por enemistarte con el que te precede en la cola de la caja de pedidos de servicio a domicilio.
Y es que, ese día, comprendí que Manuel Jalón está necesitado de una estatua de cuerpo entero. Aquí o en Zaragoza. Es más, yo diría que cada pueblo y ciudad de España, deberían dedicarle una calle. Como a José Antonio o a Federico García Lorca, pues al fín y al cabo, todos inventaron algo, pero nadie como el riojano. Acostumbrado como estaba a tener el mundo a sus pies para lustrarle las botas y la vara de mando, no se arredró en convertirla en mocho para rescatar a nuestras mujeres del suelo para que pudiéramos admirarle las rodillas. Luego, como ellas son listas, se limitaron, simplemente, a pasar el testigo al homo erectus. Y aquí me tienes, recogiendo los ciento cincuenta litros del termo de VPC, que hacía aguas por la picadura del calderín.
Antonia, que por vocación y genética está siempre presta como el SALVAMAR, acudió en mi rescate y, entrada la anochecida, aparece con el "tape" de rabo de toro que dejó en su mesa mi inesperada ausencia. El aspecto, delicioso. Pero como uno es de pueblo y tiene confianza con los amigos, aunque desfallecido por las siete horas que duró el achique, tuve, sin embargo, la necesaria fuerza y coraje para hurgar en la entrepierna del marido antes de atacar la vianda; pues encontrando entero a Pedro y no siendo época de cartelera taurina, a lo más peor que podría ser, sería rabo de canguro. Y algo debió sospechar mi buen amigo, porque al despedirnos y agradecer con agasajo las dotes culinarias de su esposa, va y me dice: " ¡ hombre, p´a una cosa que tengo buena¡". Quiero pensar que se refería a su consorte....
Bueno, que me pierdo. Que estaba en lo del calentador y mi fontanero Juan.
A las nueve de la mañana, llega el artista (léase, el profesional de fontanería), y tras oscultar la panza cilíndrica del "paciente", emite su diagnóstico inapelable: " Pos esto va a ser que la cal, que es mu mala, ha picao el calderín". Hasta ahí perfecto, doctor, ¿...y?. "Pos que o cambiamos el calderín, o ponemos un calentador nuevo. Yo que usté compraría uno nuevo porque de haber recambio de calderín, va a salir lo comío por lo servío". Y tú, como ya llevas tres días sin agua en casa, te afeitas con agua mineral de Lanjarón y te lavas los dientes con gaseosa La Casera, le dices que él es el profesional; con lo que su profesionalidad se inclina por no complicarse la vida, porque el cliente es el que la tiene ya bastante complicada, y se va al almacén distribuidor por un calentador nuevo. Tan nuevo, tan nuevo, que hasta el precio ha variado ostensiblemente y cuando le pides que te de la factura para poder reclamar la garantía, va el tío y te dice que la garantía es él; que no te la puede dar porque lo ha sacado del distribuidor a su nombre y así su asesor fiscal se lo desgrava. Y en ese momento te preguntas si es que tú siempre has sido así, o es que te han visto cara de gilipollas; si has contratado a un fontanero o a un inversor bursátil, o si te controlas o lo ahogas escaldándolo en el calentador nuevo.
Aunque lo bueno estaba por llegar. Rompe el embalaje, arrastra el cilindro al rincón indicado y rosca dos tomas, la entrante de la general y la saliente para distribuir el agua calentada. ¿ Cuanto? ¿ Ha dicho seiscientos treinta y cinco euros?. Pues sí. Exactamente eso. Y entonces es cuando la confusión se apodera de tí, porque no aciertas a comprender si lo de "Fortuna" proviene de la rama paterna o de la profesional.
Como me pilla en situación comprometida y el interlocutor es un armario que me saca cabeza y tres cuatros, me acerco al cajero más próximo, que más que dinero me suelta insultos, pues la tarjeta de débito está hecha unos zorros. Aunque yo no me doy por enterado. O es que a ver si ahora vamos a tener que pensar que los Bancos son de ese tipo de instituciones que te regalan paraguas cuando sale el sol y te lo quitan cuando comienza a chispear. ¡Pues no¡. Si hay crisis hay que ser solidario. Como mi banco y como Juan, el fontanero, que por ayudar, hasta se ofreció a llevarse el calentador viejo...
Hasta ahí podíamos llegar, amigo. Este se queda aquí conmigo aunque no caliente, pero con la situación que se avecina no me vendrá mal para llenarlo de agua, sal, ajo y tomillo y echar en remojo unas aceitunas de cornezuelo.
.
...........Y es que, cuando la crisis te muerde la pantorrilla,
o te las sabes ingeniar o te metes a fontanero.

Me encuentro a menudo mejor que en el mundo civilizado, entre la gente que ignora la palabra “aislamiento”
(V. VAN GOGH)
El Hombre del Tiempo había previsto, con mucha antelación, que el sexto verano de este Nuevo Milenio sería especialmente estable.
Esto, traducido al lenguaje vulgar, equivalía a entender que, en aquel rincón del sureste andaluz, sería especialmente caluroso.
Quizá por eso, ya en los albores del mes de mayo, las autoridades municipales habían mantenido reuniones al más alto nivel político y habían acordado la adopción de una serie de medidas que deberían ser aplicadas, con todo rigor, en las localidades y núcleos costeros bajo la influencia directa de su demarcación territorial.
Se publicaron Bandos, y toda la prensa y medios de comunicación social provinciales, se hicieron eco de las decisiones políticas que emanaban de los poderes públicos locales detallando, con profusión y minuciosidad, las medidas adoptadas para combatir lo que ya se preveía como el principal azote que, sin duda, sufriría el litoral.
No hubo oposición. Aquellas medidas se habían adoptado por unanimidad y sin distinción del color político de los integrantes que conformaban el espectro de la Corporación. Los había de derechas, de izquierdas e incluso un influyente grupo político de independientes que reivindicaban una mayor cuota de autogobierno y autonomía para aquella próspera localidad costera. No obstante, todo el paquete de medidas había sido asumido por acuerdo unánime, fruto de un elaborado proceso de lo que, en consonancia con el término en boga en aquella época, se había dado en llamar, eufemísticamente, “ pacto municipal de estado” (otros lo llamaban, simplemente, “talante”).
Y sin embargo, todo resultó inútil.
Con la llegada de los primeros días del calendario meteorológico estival, las tardes se hicieron más largas y las horas de luz, casi eternas.
La anormal ausencia de vientos del Este y de marejadas en la vecina Isla de Alborán, unido a un habitual e insultante cielo azul, impoluto, hacían de aquel rincón un destino apetecible y envidiable.
En sus noches de claras lunas llenas, el mar permanecía casi inmóvil, y sólo el arrullo de una tímida ola de espuma blanca que besa la playa, rompía el hechizo de aquel pedazo de mar que, ahogado en la bahía, asemejaba un tremendo espejo en que la Luna acudía, puntualmente, a mirarse ensimismada ante su propia belleza.
La aglomeración urbanita con la producción de miles de toneladas de residuos que la ostentación de su opulencia genera, viene en hacer el resto. Y es que, lo que para la rutinaria y cotidiana actividad de una sociedad desarrollada sólo merece el concepto de basura, constituye, para otros, un precioso tesoro que les sirve de reclamo y ejerce un poderoso efecto llamada.
Quizá por eso, por todo eso, fueron llegando a oleadas.
De haber sido posible, se habrían podido contar por miles. Pero su propia condición lo impide.
Tampoco podría decir de dónde procedían, porque siempre viajan sin papeles ni equipaje. Lo que sí puedo afirmar es que llegaron por doquier y en los medios de transporte más inverosímiles.
Los había de ambos sexos, de todos los tamaños, edades y colores. Incluso, para algunos, se trataba de su primera travesía aventurera.
Aunque predominaba el color pardo, también los había de color negro azabache que, a la luz crepuscular, irisaban un tono entre verdoso metalizado.
En su égida, habían sorteado a sus enemigos naturales y los remedios químicos institucionales, aguardando, agazapados, en pestilentes lodazales y charcas infectas donde el carrizo y el tupido junco le sirven de cobijo y se erigen en naturales cómplices desinteresados que se niegan a delatarlos.
Durante la noche, reponen las escasas fuerzas que restan tras la agotadora singladura, libando jugo de los cardos que crecen en las frescas riberas.
No siempre la fortuna les sonríe. Muchos perecen en el intento y otros quedan atrapados en el propio néctar que eligieron como sustento reparador. Pero eso no los detiene. Es aceptado por todos como si fuera parte del precio que se ha de pagar. Por eso, nadie ni nada detiene a los que sobreviven.
Y al fin... la recompensa.
El olor de la abundancia que se pudre al sol de los contenedores, invade todos sus sentidos y les confirma que han hecho realidad su sueño: han alcanzado el litoral.
En la sosegada hora de la siesta, casi todos duermen.
Del interior de las habitaciones, rezuma un fuerte olor, mezcla de sudor, yodo y salitre marino, que embriaga a la turba de los recién llegados. Éstos, se reagrupan, se dividen y dispersan acudiendo a los huecos de los ventanales que se abren como celdas en las torres de apartamentos que pueblan el caótico urbanismo de la especulación.
Agazapados en el exterior de la persiana, esperan el momento propicio.
Cuando el ronquido se hace lento, arrastrado y profundo, el sudoroso cuerpo rezuma todo su efluvio estival. Entonces, se lanzan en tromba sobre el cuerpo que, desnudo, yace dormido. Lo toman, lo recorren de punta a punta y, en su alborozo, invaden las cuencas oculares, las comisuras de los labios y lamen con sus lenguas las oquedades del sexo embriagador. Después, zumban y revolotean. Se apropian de la estancia y del cuerpo que, en la laxitud, se desparrama sobre el lecho empapado.
Ebrios de placer, ninguno se apercibe de que, como si se tratara de un movimiento reflejo más de los muchos que le han precedido para espantarlos, esta vez la mano busca debajo de la mesita de noche. Tantea y encuentra el arma que guarda preparada y dispuesta. Después, un dedo índice oprime, con más rabia que fuerza, el botón del aerosol y del bote escapa una nube perfumada letal. Al minuto, todos se agitan, se convulsionan, y enloquecen el aire con sus zumbidos agónicos. Caen al suelo. Muertos.
De nuevo, los mosquitos interrumpieron la siesta. De nuevo, se revela inútil el Bando Municipal que declaró la guerra a las moscas y mosquitos. De nuevo, es verano en Aguadulce.
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EPÍLOGO:
Si has leído de tirón el artículo sin caer en la tentación de pasarlo por impresora de marca japonesa.
Si pasado a papel impreso de mediana calidad, no lo has dedicado al uso poco digno, aunque higiénico, que los clásicos reservaron a la mano izquierda (salvo caso de necesidad en que valdría la indulgencia).
Si al leerlo, por azar, viste, en algún momento, el reflejo de ZP o rememoraste los ancestros del nunca bien ponderado Caldera.
Si durante su lectura alguna vez pensaste lo que yo pienso que pensabas
Si, además de todo eso, sufres por los colores de la camiseta roja y blanca del Poli…
Hijo mío, tú serás….. Torrente!!!.
..
.Desde que la generación del Seat 600 inventara la moda de veranear, la civilización patria sufrió el ataque de una nueva plaga.
.Es cierto que cruzar la CN-340 en una angostura rodante llevando parienta, niños, maletas, colchonetas, hamacas playeras, nevera, perro y suegra ( por este orden, que no es aleatorio), no sólo constituía, de por sí, un mérito, sino que, además, era un crisol donde se fundía y purificaba el carácter de una entera generación ( " Manolito, sácate el dedo de la nariz y cuidado donde pegas la pelotilla"; " Pepe, ten cuidado con ese, que tiene muy mala pinta; mira que seguro, esta mañana su mujer lo ha puesto ya calentito en la calle porque lleva cara de mala leche. Así que no vayas a adelantarlo, vaya que se pique", " Papá, para que quiero mear"), aunque sus protagonistas no fueran conscientes de lo que su novedosa actitud estaba propiciando.
Con el paso del tiempo y el desempleo de psicólogos ( artífices más creativos del lenguaje que la propia María Moliner), lo que antes era el regreso de unos días en el pueblo o en la playa, el zafarrancho hogareño para quitar el polvo acumulado en el sofá descubierto de la previsora sábana que quedó olvidada con la prisa de los últimos momentos y las pastillas de la tensión de la abuela, y el agotamiento de hileras de los tendederos que a veces procedían de innecesarias lavadoras, pero presumía ante el vecindario de superarlo en días de disfrute, se reconvirtió en un grave problema. Es decir, que en aquellos tiempos, tras pasarte una semanita en tu pueblo y volver al curro, aquello como que fastidiaba, cabreaba o jodía - según el grado de sensibilidad de cada cual-, pero que ahora, tras pasarte quince días en Las Islas Maldivas, va y te deprime. Lo que antes era puro malhumor, hoy constituye una verdadera enfermedad, un síndrome.
Si en mis tiempos se me ocurre decir a mi padre que, tras estar una semana en Torremolinos comiendo espetón y revolcándome en la arena, sufro de un síndrome postvacacional, de la ostia que me pega me endereza el carácter. Y es que, para alguien que nunca vió el mar y tenía un año que se quedaba corto para tanta faena, eso era algo tan incomprensible como una librería de catecismos en Moscú. Y si te sentías agotado, pues para eso estaba la taberna de Perrete para tomarte unos chiquitos de vino peleón con garbanzos tostaos, o el bueno de don Luís, el cura, que dentro y fuera del confesionario te daba recetas sin cobrar y te recordaba que el verano también se pasa bien a base de misal y rosario (" ¡Rosario, tráeme el misal¡").
Ahora no. Te has pasado ochenta y cinco horas en aeropuertos mirando a ver si cambiaba el " Delayed" de la pantalla que anuncia la salida de tu vuelo que tenías contratado desde febrero; has perdido cuatro días en el viaje transatlántico y otros dos entre el traslado de hotel al aeropuerto, pero las vacaciones de 5 días y 6 noches en el Caribe por 3.175 euros, en hotel de media pensión, ha merecido la pena. ¡Joder que si lo ha merecido¡. Y si no, que se lo pregunten a Vicente, el vecino del cuarto B que se tuvo que chupar enterito el vídeo. Eso sí, que para hacerle más ligero el trago, le pones un mojito porque te has traído la receta original. El ron también, lo que te sirve para contarle a Vicente la anécdota aquella del aeropuerto cuando te registraron la maleta y lograste, no obstante, escamotear la botella al agente de Aduanas.
Luego, la historia se repite, y pasas por el vídeo y por el mojito a toda la charpa de amigos y a la familia. Entonces reparas en lo que dan de sí 3.175 euros, pues llevas treinta y siete días contando los dos días y medio hábiles que estuviste en el Caribe.
Sin embargo, lo que siempre me ha dejado perplejo es que, tras la arrolladora alegría, tardes de vídeos y mojito y presumir de poderío, cuando el protagonista llega a su puesto de trabajo, se le pone cara de avinagrado y empieza a escupir al personal. Se supone que debería ser una balsa marina, un querubín, más, sin embargo, tan pronto como entra en su despacho corrido y ocupa la mesa asignada, se transforma en monstruo. Empieza por padecer el síndrome de Aladino, pues apenas lo rozas, le sale el genio.
Eduardo, catalán él y no obstante amigo, decidió este año armarse de valor y doblar el mapa hispano "hasta donde las pelas aguantaran". La Providencia y la bajada del precio del crudo se aliaron con él y acabó aterrizando en el Sureste. Cansado, cohibido y sin aire acondicionado, tardó en integrarse en su nuevo destino el tiempo que medió entre distinguir un surtidor de una gasolinera y una "tapa" de una ración. Después, conoció paisaje y paisanaje y ya nada resultó igual en su vida. De vuelta, soñaba con rincones como "La bien pagá", " La borrachería" o "La Charca" y sus pesadillas más grandes se limitaban a la angustia que sufría con ocasión de cada consumición pedida, pues dudaba entre acompañarla con espeluznaos, trigo, acelgas esparragas, berza o rabo de toro... Tras dos meses de silencio, cuando me interesé por su salud, únicamente pude obtener una tajante respuesta del Jefe de Recursos Humanos de su empresa: " Estar, está. Ha vuelto de vacaciones exultante y muy creativo aportando ideas originales y novedosas obtenidas, pero, oiga, se encuentra preso del síndrome postvacacional; apenas si habla, ha colocado un inmenso indalo presidiendo su mesa de trabajo y ha presentado ciento treinta y siete curriculum de trabajo en diversas empresas de Almería. Dice que lo de la ingeniería de telecomunicaciones está bien, pero que ya prefiere trabajar sacando miel de los paneles de las colmenas de la alpujarra o estudiar el proceso de la lucha biológica contra las plagas que afectan al pimiento de invernadero". Y aún hay más, me confirma su mujer que ya ni practica el tiro con arco, sino que de vuelta a casa, cada tarde pasa por el súper a comprar hierbabuena fresca con la que macerar el fondo de su mojito. Luego, sentado en la terraza, retorna a su estado de postración, mira el cielo, aspira la pajita y suspira profundamente mientras exclama: ¡ Amanece, que no es poco¡.
Y es que, a estas alturas, hasta mi amigo Pedro, que ha salido de su letargo acedioso, se dedica a macerar ideas para componer relatos y ha sustituido la marihuana de sus tiestos por hierbabuena para componer mojitos. El otro día, mientras degustábamos un delicioso pulpo del Zapillo en salsa, me confesó que a él el síndrome postvacacional le había salido por lo sexual, ya que tantas horas de playa a pezón desnudo habían descubierto su bisexualidad: es decir, que había comprendido que le gustaban las rubias y las morenas. Éste buen amigo, también me invitó a probar su mojito, pero conociéndolo como lo conozco, estoy tentado a declinar la invitación, pues me malicio que me tendrá preparada la silla de tres patas que guarda en la terraza reservada a las visitas.
Pero a mí, ya ese mal ni me afecta. Aquí estoy frente al ordenador como ayer, esperándolas venir. Quizá sea porque nadie como Mayra, la madre de mi nieto, sepa darle el punto al mojito. Quizá, porque haya entendido que a mi vuelta al trabajo encontraré adversarios, que no enemigos, pues el peor enemigo que tengo es mi propio corazón que acabará matándome. O tal vez sea, porque asumo que la vida no es sino una pista de obstáculos que siempre acaba en un hoyo.
Así pues, amigos, ¡ ha llegado Septiembre¡. ¡ Es la guerra¡.
Publicado por Malvís.
Figura prehistórica con múltiples e imaginativos significados. A mi modo de ver, todo un esquema gráfico de estrategia vital. Una visión espacial del HOMBRE protegido en su caverna, en su centro de PODER, que le resguarda y acuna, que le oculta y ampara, y desde donde se proyecta hacia el exterior, en pos de un mundo hostil en el que se introduce primero tímidamente con precauciones y miedos, y luego se expansiona abarcando todo lo que con sus manos y conocimiento le es posible DOMINAR, que por su representación es cada vez mas amplio...yo diría INFINITO.
( Antonia Alonso, Benahadux 16 de mayo de 2006)
Por Malvís
I N D I C E
Página
INTRODUCCION.
Consideraciones Generales………………………………………………… 3
CAPÍTULO I
Génesis de un mito…………………………………………………………… 5
CAPÍTULO II
Origen de un vocablo………………………………………………………... 8
CAPÍTULO III
Representaciones del símbolo……………………………………………… 11
CAPÍTUO IV
Identificaciones del símbolo……………………………………………….. 15
CAPÍTULO V
Génesis de un nombre……………………………………………………… 20
CAPÍTULO VI
Teoría Matricéntrica: del Indalo a la Indala…………………………... 22
CAPÍTULO VII
Teoría Totémica-Protectora: El Hombre del Arco Iris…………….... 24
CAPÍTULO VIII
Teoría Axial: Del Indalo al Sirio……………………………………….. 27
CAPÍTULO IX
Una Propuesta Constructivo-Integradora: Del “monigote” al
Orden Natural……………………………………………………………. 31
NOTAS DEL AUTOR…………………………………………………… 39
BIBLIOGRAFÍA Y ENLACES DE INTERÉS………………………… 41
I N T R O D U C C I Ó N
CONSIDERACIONES GENERALES.
Para todos, almerienses o no, el Indalo es el símbolo de Almería.
Podría serlo la Alcazaba o el Sol de Portocarrero (1). Pero no, es ese hombrecillo o “monigote” de brazos extendidos que sostiene un arco.
Son muchos los elementos que se han combinado en el tiempo, desde el movimiento pictórico renovador del arte surgido en Almería en 1.946, pasando por el eco provocado en los primeros viajeros románticos, que lo encontraron pintado en color ocre en las fachadas encaladas del pueblo de Mojácar, y terminando por los camiones almerienses que surcan las rutas de la vieja Europa transportando sus hortalizas extratempranas, los que han aportado la esencial difusión de este símbolo que hoy día comienza a ser utilizado hasta por quienes no saben ni siquiera de donde viene.
Finalmente, su elección el 2 de julio de 2001, por procedimiento de encuesta popular, como mascota oficial de los recientemente finalizados XV Juegos del Mediterráneo, ha servido como definitivo impulso para su consagración como símbolo del nombre de Almería por todo el mundo. Se trata de un Indalo multicolor que conocido como “Indalete” fue presentado por su autor, el publicista sevillano Antonio Esquivias, de la siguiente manera:
“ Una original interpretación personal de símbolos o conceptos, ya existentes, iconográficos o no, aceptados universalmente como representativos de Almería y con los requisitos básicos de diferenciación y capacidad de comunicación, es el punto de partida para la creación de la propuesta. Mediante un tratamiento gráfico sencillo, con colores básicos que, no por casualidad, coinciden con los del logotipo, se ha combinado el Indalo con el sol como parte del activo de su industria turística, transmitiendo simultáneamente otros conceptos no gráficos, inherentes a la forma de ser de nuestra gente. La mascota que se propone es, sobre todo, una apuesta por el color, aportando gran cantidad de connotaciones, todas ellas positivas, que su uso conlleva, incluyendo las del tótem de la suerte, atribuidas al icono símbolo de Almería por antonomasia: hospitalidad, amistad, simpatía, alegría, apertura a todos y a todas, universalidad, etc., y, sobretodo, una indudable efectividad como vehículo de comunicación visual”.
La operación de mercadotecnia, no sólo ha ahondado en la búsqueda de multitud de formas y aplicaciones, sino en la concienciación de que se trata del “logo” por excelencia de los habitantes de Almería y en la consideración fetichista y folclórica de la buena suerte.
CAPITULO I
GÉNESIS DE UN MITO.
Narra Sebastián F. PÉREZ ALCALÁ (2) que, cuando en 1.946 nace en Almería el Movimiento Indaliano como grupo renovador del impulso de las artes de aquella provincia, el grupo de hombres y mujeres que lo constituía y que estaba integrado por literatos, poetas, arqueólogos y, especialmente, pintores, buscaron una seña de identidad, un tótem protector.
Si hacemos caso a María Dolores DURÁN DÍAZ (3), la paternidad de este símbolo habría de serle atribuida al arqueólogo Juan Cuadrado, quien un día presentó un ídolo prehistórico. Era éste una estatuilla que representaba un rostro sonriente con incisiones representando barba, bigote, cejas y pestañas, con una curiosa copa como sombrero, de donde partía una pluma o penca.
Este falso ídolo se tomó como amuleto de la Tertulia y, por su parecido con el conocido de uno de los contertulios, llamado Indalecio, se le denominó indalo.
Este ídolo prehistórico presidió las reuniones, la Tertulia pasó a denominarse Indaliana y a su impulso, Movimiento Indaliano.
Más tarde se descubrió que el tal ídolo nada tenía de prehistórico, sino que lo habían hecho unos gitanos. Fue entonces cuando Juan Cuadrado – continúa relatando Mª Dolores DURAN- tomó conocimiento de un dibujo en la Cueva de los Letreros (Vélez-Blanco) que representaba una figura humana con los brazos extendidos y unidos por un arco y las piernas abiertas, y lo tomó como emblema dándole el nombre del anterior ídolo.
Llegados a este punto, se hace necesario referir que en el norte de la provincia de Almería, se encuentra la región de los Vélez, con un gran número de refugios rupestres, muchos de los cuales han sido declarados “ De gran interés cultural” por la Consejería de Cultura de la Junta de Andalucía. Uno de estos refugios es la Cueva de los Letreros que, situada en el centro del Cerro Maimón en Vélez Blanco, a unos 164 kilómetros de la capital almeriense, fuera declarada Monumento Nacional desde 1.924 y recientemente, en el año 1.988, Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO.
La Cueva de los Letreros, fue dada a conocer en 1868 por Antonio Góngora y Martínez, quien apreció en sus paredes muchas figuras de animales muy perfilados y mujeres con brazos y piernas torcidas, así como otras relacionadas con actividades que hacían los primeros pobladores de aquel paraje peninsular que utilizaron como refugio 2.500 años antes de nuestra Era.
Realmente, la figura que vió Juan Cuadrado a mediados de 1.946, representa a un cazador al acecho de dos cabras que aparecen más arriba y que poco tiene que ver con la figura del actual símbolo, tal y como hoy lo conocemos. Así lo certifica José A. TAPIA en su “Historia General de la Provincia de Almería” cuando al relatar la visita que hiciera a dicha Cueva acompañado por Juan Cuadrado en la primavera de 1.950, dice textualmente:
“...Examinamos las pinturas que quedaban y creyó ver en una la figura del indalo, y yo le hice ver que parecía la estilización de un hombre con el arco presto a disparar...”
De esta visita, surgió un artículo en el que el propio Cuadrado lo describía como “una figura antropomórfica, una figura masculina provista de arco y de flecha dispuesto a disparar a una cabra que se le cruza. Un verdadero indalo...”.
Si tenemos en cuenta que la imagen a que se refería Cuadrado y la representación que de ella hiciera H. BREUIL es la que reproducimos y
..........
la omisión que hace en todo momento de otras pinturas más importantes por lo únicas (v.gr. “el Hechicero”) o lo numerosas ( soles o panes), habremos de concluir la carencia de justificación científica del descubrimiento de Juan Cuadrado, para acabar situándolo en sus justos límites: dotar de halo pseudocientífico a algo que ya, previamente, el Movimiento artístico del que formaba parte había tomado como propio.
Tanto es así, que ni siquiera para los propios componentes de la Tertulia Indaliana la interpretación de este ídolo estaba clara, variando entre la figura de un ídolo en el sentido religioso, la representación de una idea, un símbolo de comunicación, un hombre con un arco extendido cuyo objeto era atraer la caza, o la representación de un signo de invocación a los dioses y de preservación de los malos espíritus o males terrestres.
Como quiera que este signo aparecía pintado con almagre en algunas de las encaladas casas o cortijos de la localidad almeriense de Mojácar donde sus moradores le atribuían poderes mágicos de preservación de tormentas, del rayo y del “mal de ojo”, el pintor Jesús de Perceval tomó este último significado y lo adoptó como tótem de la Tertulia, afirmando que les protegería de los “tuertos de espíritu”, en clara alusión a aquellas personas que no aprecian más allá de su propia entidad.
Según don Eugenio D´Ors, que fue en vida “Indaliano de Honor”, este símbolo es la “supervivencia substantiva de una subhistoria traslúcida a través de las veladuras de la Historia y los tonos brillantes de la cultura”.
CAPÍTULO II
ORIGEN DE UN VOCABLO.
Referíamos en el capítulo precedente que, según Mª Dolores DURÁN DÍAZ, la paternidad de la denominación del símbolo almeriense ha de ser atribuida a Juan Cuadrado quien, ante el parecido del falso ídolo que presidía las reuniones de las tertulias con el conocido de un contertulio llamado Indalecio, le denominó INDALO; denominación que, por justificación a algo que ya el Movimiento artístico del que formaba parte había adoptado como propio, no dudó en atribuir a la pintura estilizada y antropomórfica que, descubierta por Siret en 1.930 en la Cueva de los Letreros, representaba una escena de caza con arco presto a disparar.
Es decir, que en principio se trató de idear una seña de identidad corporativa que diera a conocer a un movimiento artístico que iniciaba su andadura; que, plasmada esa idea en una estatuilla, se la revistió de un halo totémico y protector que justificara su adopción como amuleto de la corriente artística recién iniciada, al tiempo que sirviera de signo diferenciador e identificativo de sus componentes y que, tras el descubrimiento de ciertos hechos que ponían en solfa todo el entramado prehistórico, mítico y totémico del que había intentado revestírselo y atribuírsele – nos referimos, concretamente, a la realidad de la factura de la estatuilla por individuos de etnia gitana-, el “burlado arqueólogo”, Juan Cuadrado, se apresuró en reparar su desacreditación profesional en cuanto tuvo ocasión para poder hacerlo y, ello, en detrimento de otras representaciones rupestres más importantes e insólitas pero inservibles a sus propósitos, y pese a la advertencia cualificada del difícil parecido con el símbolo inicial que le fuera servida por el mayor y mejor conocedor de la historia local, el padre José A. Tapia.
Pues bien, de este sencillo esquema racional, se desprende la evidencia de que el símbolo que hoy, mundialmente es conocido como El Indalo, nació sin nombre y que, sólo el afán reparador del prestigio de un arqueólogo burlado, propició su traslación o reencarnación semántica de aquella estatuilla gitana inicial, propiciando de este modo que, allí donde no había más que “un dibujo estilizado antropomórfico con arco presto a disparar”, creyera ver “un verdadero indalo”.
No deja de sorprendernos esta carencia de soporte científico en un profesional de la arqueología, si no es amparándose en un desmedido sentido de orgullo o vergüenza profesional que fue hábilmente utilizado como resorte para proceder a un lavado del propio descrédito y estruendoso ridículo de alguien que se considera burlado por gente a la que tenía por ignorante y desprovista de la más elemental cultura. Pero, a fe mía, que lo consiguió. Y con ello, remedió su descrédito, pero alentó la serie de leyendas, estudios y ensayos que en la actualidad permanecen sobre El Indalo y que, como gigante en pedestal de barro, no resisten el más mínimo análisis riguroso.
Hacemos esta afirmación porque, producida la traslación nominal de indalo desde la figurilla gitana inicial a la selectiva pintura rupestre esquemática de entre todas las descubiertas en la Cueva de los Letreros, tenemos producida, en primer lugar, la asunción irracional y acientífica del verdadero carácter y significado del símbolo, ya que se prescindió, ab initio, de cualquier tipo de análisis de sus componentes integradores para ser “bautizado”, no con criterios de ciencia, sino de vergüenza.
Pero es que, además, esa irresponsable traslación, no sólo ha condicionado su nombre, sino su sexo, su significado, su identificación y, sobre todo, su sentido simbólico, al haber sido aceptado sin discusión por estudiosos posteriores, más prendidos por el influjo folclórico del símbolo que por la esencia metafísica de sus componentes.
En resumen, llamar INDALO a la representación seleccionada entre todas las aparecidas en las paredes de la Cueva de los Letreros, significa velar el conocimiento profundo de la esencia del símbolo para encuadrarlo en la raíz de un vocablo patronímico con fuerte carga religiosa, católica y hasta androgénica, que va a condicionar todas las aproximaciones, investigaciones y estudios posteriores y que van a empañar la verdadera comprensión del simbolismo constructivo que irradia de esta figura, hoy mundialmente famosa, según veremos a lo largo del presente trabajo.
CAPITULO III
REPRESENTACIONES DEL SÍMBOLO.
1.- Urna de Tello con un relieve de fabricación.
2.- Estela discoidea encontrada en San Salvador del Valle.
3.- Zambia.
4.- Templo de Ramsés II en Abydos.
CAPITULO IV
IDENTIFICACIONES DEL SÍMBOLO.
Realmente, es cierto que, desde su mismo descubrimiento, este símbolo se empleó como signo que refleja algo que protege.
Pintado en almagre sobre las puertas de las casas de la encantadora localidad costera del levante almeriense de Mojácar (Monxacar o Monte Sagrado), invocaba la protección respecto a la lluvia, al rayo o al mal de ojo. ¿ Estamos, pues, ante un dios protector de lugares y situaciones, o ante un símbolo de pacto con ellos?.
Como todos los mitos, que dejan espacio a la intuición y a la improvisación humana, el símbolo almeriense pronto fue objeto de numerosas identificaciones que tienden a enraizarlo con figuras o símbolos afines aparecidos en otras civilizaciones.
Así, para los arqueólogos, el símbolo descubierto en Almería, era la representación de un dios que sujeta el Arco Iris con los brazos abiertos; el primer pacto con el hombre y seguridad contra posibles diluvios (5).
Para los taumaturgos, pretende ser el símbolo de una antigua civilización de una fértil región del sur de Andalucía bendecida con el calor del sol y a horcajadas sobre una de las principales rutas marítimas del mundo. Representa el trabajo duro, la buena salud, la fertilidad y la cosecha, la felicidad y euforia alcanzada tras el incansable esfuerzo (6). Posiblemente, el hedonismo que atribuyen al símbolo como cerebro derivado de los ciclos periódicos, sobre un cuerpo con las manos encima de la cabeza, les lleva a entenderlo como símbolo de exquisita organización del sistema de recompensa mesotelencefálico, donde las alteraciones, transitorias o permanentes, afectan a las funciones vitales, de donde extraer la conclusión que, por su efluvio benéfico, sirve para representar e indicar el poder de irradiación solar benefactora.
Para los estetas, recuerda su “divina proporción” histórica, similar a lo que Leonardo da Vinci muchos siglos después, en el Renacimiento italiano, introdujera con la figura de su hombre con los brazos abiertos en círculo.
Para los nativos americanos, reproduce la leyenda del guerrero del arco iris, similar a aquella otra del “hombre del arco iris” encontrado en las rocas labradas de la isla hawaiana de Oahu al que los aborígenes tenían por la representación de la presencia física y espiritual de la vida diaria y que identificaban con el sentimiento de responsabilidad individual de cada uno para cargar con la tarea de proteger la vida.
Tampoco faltan quienes, viendo en el símbolo almeriense una similitud estilizada con el Ank egipcio, opinan que el mismo representa, como aquél, la ciclicidad de las cosas, la unión con la Naturaleza con el Hombre Celeste que, como macrocosmos, también incluye el microcosmos.
Para la arqueóloga Francisca MARTÍN-CANO ABREU (7), la figura antropomórfica dibujada con brazos en cruz y aura hallada por Siret en 1930 en la Cueva de los Letreros de Vélez-Blanco, Almería, representaría uno de los aspectos de la Madre Naturaleza, diosa que se creía animaba la Tierra, el Sol y las estrellas reunidas en constelaciones, así como los fenómenos asociados a cada astro en sus posiciones durante el día, la noche y a lo largo del año. En este caso, la imagen simbólica de la Diosa, aludiría a su personificación de la Constelación del Norte/Cisne cuyas estrellas parecen dibujar una cruz, y que cuando ocupaba una determinada posición tras el ocaso del Sol, venía la primavera y los fenómenos coincidentes (funciones de la Diosa de la fertilidad: floración, llegada de las aves migratorias tras el invierno, buen tiempo, etc).
Emiliano ORTA (8) identifica el símbolo almeriense con el Hombre Arquetipo, con el Hombre Pleno. Desde su punto de vista y tras vincularlo con la civilización egipcia (que la habría importado de la persa), viene a poner de manifiesto los rasgos de similitud que se observan respecto al dios Schu egipcio, tótem sanador del hombre o médico-sacerdote que, invocando potencias estelares, conectaba al enfermo con las divinidades celestiales. Sería, pues, el “hombre conectado” con el Punto y Anclaje de Luz con el Sol Central local que, a su vez, estaría conectado con el Gran Sol Central del Universo, invisible a los ojos mundanos, según el siguiente esquema que, propuesto por dicho autor, paso a reproducir:
=
Via Láctea
indalo primitivo
Dios Schu egipcio
Atlas
indalo almeriense
de Tello con un relieve de fabricación
Estela discoidea encontrada en San Salvador del Valle
cruz ansada
Templo de Ramses II en Abydos.
Mas sugestiva y sugerente se nos muestra la postura de quienes como José M. CONTRERAS (9) en un artículo reciente publicado en su foro, al rebatir las interpretaciones astro-arqueológicas que, acerca de los orígenes y significados del icono almeriense había realizado la arqueóloga MARTIN-CANO ABREU, apunta y vislumbra una vía de investigación o interpretación que, por vez primera, se aleja decididamente de la hegemónica que viene considerando el símbolo almeriense como alusión de figura antropomórfica para considerarlo como representativo del pensamiento global por parte de los pobladores de aquella época, o tal vez como alusión a una idea cósmica o testimonio supraterrenal de dicha índole, aunque también y desde el punto de vista cósmico y global de este autor, fuera susceptible de poder ser considerado e interpretado como “el arco que rodea la bóveda celeste visible en un punto dado”, o el ser humano, como persona (y aquí vuelve a recuperar la tradición antropomórfica) envuelto en el halo de luminosidad de estas tierras sureñas, cuyo clima no difiere demasiado al presente ya que, opina, los 4.500 años que nos separan de aquellos nuestros antecesores, no darían para mucho cambio. De otro lado, y apoyado en el descubrimiento de símbolos “indalianos” rupestres distintos, como el del abrigo del Peñón de las Juntas en la pedanía de la localidad almeriense de Gérgal en la que nos muestra idéntica figura pero en su manifestación multípeda en lugar de bípeda, le hace dar pábulo a otras interpretaciones más arriesgadas e insólitas hasta el punto de albergar la susceptibilidad de atisbar en dicha representación, el fuego o destello incandescente de una cápsula en proceso de despegue o aterrizaje.
CAPÍTULO V
GÉNESIS DE UN NOMBRE
Como dijimos en un capítulo anterior, si hemos de creer lo que relata Mª Dolores DURÁN DÍAZ en su trabajo “La estética del Movimiento Indaliano”, el origen del nombre del símbolo almeriense por excelencia hay que atribuírselo al arqueólogo Juan Cuadrado, cuando por extrapolación del dado de aquel primitivo falso ídolo que había presidido las reuniones de la Tertulia, pasó a bautizar la figura antropomórfica seleccionada de entre las muchas existentes en la Cueva de los Letreros de Vélez Blanco, como INDALO, desplazando, con dicho acto, toda la carga alusiva del primer amuleto a esta representación rupestre a la que, inconscientemente sin duda, estigmatizó en su significación simbológica y hasta en su concepción sexual androcéntrica, pues no se olvide que la única razón o justificación que tuvo su autor para atribuirle al primer amuleto de la Tertulia el nombre de INDALO, fue el parecido con el conocido de uno de los contertulios que se llamaba Indalecio, nombre por otro lado, bastante común en una tierra que lo tiene como patronímico en honor de San Indalecio, aquel varón apostólico que, como precursor de la religión católica peninsular, arribó a la península por este rincón del sureste andaluz y que ocupó su sede episcopal.
Fijado así el tema, no es de extrañar que cuando se acomete el estudio de la simbología de esta figura o icono, la mayoría de los autores se enfrenten al estudio del vocablo para concluir afirmando que su significado no puede ser otro que el de “mensajero de los dioses”, basándose para ello en tesis que remontan desde la tradición ibera donde el vocablo Indan significa grande, principal, fuerte, poderoso, protector, y por extensión, dios poderoso, y Eccius o enviado, hasta la vascuence (10).
Revestida de más pseudocientifismo, pero incidiendo en el mismo error de base, encontramos aquella teoría que atribuye el concepto léxico de indalo a los moriscos de Al-Andalus de la zona de Almería. Según la misma (11), Indalo sería una construcción lingüística de aquellos moriscos que, apropiándose del símbolo como signo de identificación entre ellos, se transmitían, de forma velada y críptica, que pese a su conversión de conveniencia o de supervivencia para evitar los castigos de la Inquisición y su deportación, su portador realizaba, todavía, el Din del Islam. La elección y apropiación de este símbolo no sería casual, sino que significando Inda la pertenencia a, y Allah (que se pronuncia “lo” después de adjetivo o verbo) el Uno o Único de la Antigua Tradición y Ser Supremo del Camino (Din) del Islam y de la profecía de Mohammad, resulta evidente que el Indalo (Inda allah) vendría a tener, en esta teoría, idéntica génesis simbólica que la anteriormente expuesta, si bien adornada con el exotismo que siempre rodea al mundo cultural islámico.
Como puede observarse, ambas teorías inciden en el mismo error de partida: el de basar su análisis en la semiología o en la semántica del nombre del elemento sujeto a examen, sin reparar en su accidentalidad, pues ya dijimos en un capítulo anterior que el símbolo nació sin “bautizar” y como producto de una traslación o extrapolación interesada desde el punto de vista del prestigio de un profesional que se consideraba desacreditado.
Concluyo, pues, afirmando que, respetando y valorando en lo que cabe el producto intelectual que cimenta ambas formulaciones teóricas, el error de ambas es de origen, al dar por bueno y sin cuestionarse la raíz del propio vocablo y centrar sus esfuerzos en la investigación semántica de una denominación acientífica y folclórica, sin profundizar metafísicamente en cada uno de los componentes del símbolo.
CAPÍTULO VI
TEORÍA MATRICÉNTRICA: DEL INDALO A LA INDALA.
Ha de reconocerse justamente el mérito de esta novedosa interpretación astroarqueológica de los orígenes y significado de nuestro símbolo, a la arqueóloga Francisca MARTIN-CANO ABREU.
Efectivamente, esta autora, partiendo del axioma formulado por J.G. ATIENZA (12) consistente en que “ las primeras manifestaciones de carácter claramente religioso que se conocen, procedentes de aquellas remotas edades, tienden a la divinización de un elemento generador femenino”, enfrenta el estudio de la figura antropomórfica aparecida en la Cueva de los Letreros de la localidad almeriense con un planteamiento nuevo al poner en cuestión la falsa idea sobre el rol sexual que, desde sus comienzos, le fuera atribuido al símbolo almeriense.
Opina que, desafortunadamente, la versión androcéntrica impuesta y dominante durante siglos sobre la interpretación de la Prehistoria, ha legitimado la universalidad de los roles estereotipados que cada género juega en la sociedad patriarcal, como si tales conductas genéricas siempre hubieran sido así y tuvieran su fundamento genético, cuando la confirmación de diferentes manifestaciones plásticas de lugares muy diversos (las de Bramberg, pintadas hace más de 6.000 años y las de la costa levantina española de alrededor del año 500, antes de nuestra era), demuestran que la caza no era tarea exclusiva de varones, y que en la sociedad paleolítica, las mujeres tuvieron un importante papel en la alimentación del grupo, puesto que, al parecer, fueron ellas las que lo abastecieron de productos procedentes de la recolección (12).
Tomando como eje discursivo de su exposición la asociación de los conceptos de tierra y madre como esquema trascendental primordial de la prehistoria, llega a afirmar, siguiendo a RAMOS PEREA (13) que, “ al Indalo de Almería se equivocaron de sexo, ya que representa a la Madre Naturaleza, la más arcaica Divinidad adorada por el ser humano”.
Piensa que la simbología del Indalo, tal y como resulta entendida por todos en la actualidad, está mediatizada por una educación influenciada por los valores vigentes en la cultura patriarcal en que nos desenvolvemos y presente en el inconsciente colectivo, y que, condicionado por los valores y las creencias de su presente, lo han proyectado sobre el pasado, sacando la conclusión errónea de que el estereotipo sexual de su realidad circundante y la distribución de roles de las “mujeres dependientes y los varones sustentadores jefes de familia” siempre ha sido así.
Esta hábil interpretación, profunda y sabiamente documentada por su autora, fue contestada por Jesús M. CONTRERAS, espeleólogo y naturalista que entiende que el símbolo que conocemos como Indalo merece ser entendido más allá de una interpretación sexual, maternal o astrológica (9).
Tomando posición en este asunto, habremos de concluir señalando que nuestra postura se aleja diametralmente de la reflejada por ambos autores, a quienes cabe reprocharles no haber sabido desprenderse de los tintes marcadamente antropomórficos y androcéntricos con que fuera definido el icono por su creador (… una figura antropomórfica, una figura masculina provista de arco y flecha…) para trascender, sin ataduras y libres de todo prejuicio, a fórmulas más esenciales, más metafísicas, de la composición misma del símbolo.
CAPÍTULO VII
TEORÍA TOTEMICA-PROTECTORA: EL HOMBRE DEL ARCO IRIS.
Ya al tratar de las diversas identificaciones del símbolo almeriense, hemos referido aquella que lo identifica como representación de un dios que sujeta el arco iris con sus brazos abiertos en señal del primer pacto con los hombres y seguridad con los posibles diluvios.
Este mismo carácter de tótem protector es el contenido en las pinturas de almagre que aparecían expuestas en algunas casas del pueblo almeriense de Mojácar, donde cumplía la función de preservar de las tormentas, el rayo y el mal de ojo; significado que fue aprovechado, incluso por el más ilustre y representativo integrante del Movimiento Indaliano, el pintor Jesús de Perceval, para apropiárselo como distintivo corporativo del Movimiento artístico almeriense, so pretexto que dicho ídolo les preservaría y protegería de los “tuertos de espíritu”.
En definitiva, que nos encontramos ante una verdadera teoría simbológica que, tomando al Indalo como representación de un “diosecillo” local u hombre que con sus brazos extendidos porta el arco iris, ha calado tan hondamente en el acervo cultural almeriense que, incluso, es plasmado en forma de explicación “científica” en el exterior de los sobrecillos de papel que se utilizan como envoltorio del símbolo que se adquiere en cualquier establecimiento comercial de esta provincia.
A ella, pues, dedicaremos las siguientes reflexiones en el convencimiento de que por su amplia divulgación y originalidad, se hace,
cuanto menos, acreedora de un esfuerzo en su análisis crítico.
Comenzaremos por afirmar algo tan obvio como el sentido que tiene el arco iris. El arco iris se considera, generalmente, como símbolo de unión del cielo y la tierra. Entre el medio por el cual se establece la comunicación de la tierra con el cielo y el signo de esa unión, hay una conexión evidente.
Añadiremos que el arco iris, el cual se encuentra de una u otra forma, en la mayoría de las tradiciones, resulta directamente de su relación estrecha con la lluvia, puesto que ésta representa el descenso de los influjos celestiales al mundo terrestre.
El ejemplo más conocido en Occidente de esta significación tradicional del arco iris es, naturalmente, el texto bíblico donde se expresa: “He colocado mi arco en las nubes para que sirva como señal de alianza entre mí y la tierra” (14).
Entre los griegos, el arco iris estaba asimilado al peplo de Iris o, quizá, a Iris misma en una época en que el antropomorfismo no había sido llevado tan lejos. Aquí, su significación estaba implicada por el hecho de que Iris era la “mensajera de los Dioses”, y por consiguiente, desempeñaba el papel de intermediaria entre el cielo y la tierra.
En el fondo, el arco iris parece más bien haber sido puesto en relación, sobre todo, con las corrientes cósmicas por las cuales se opera un intercambio de influjos entre el cielo y la tierra.
Hemos de reconocer que el simbolismo del arco iris es muy complejo y presenta aspectos múltiples (15), pero entre todos ellos, uno de los más importantes, aunque pueda parecer sorprendente a primera vista, es el que lo asimila a una serpiente.
Se ha observado que los caracteres chinos que designan al arco iris contienen el radical “serpiente”. Este simbolismo no fue enteramente desconocido de los mismos griegos, por lo menos en el período arcaico, pues según el mismo Homero, el arco iris estaba representado en la coraza de Agamenón por tres serpientes cerúleas, “imitación del Arco Iris y signo memorable para los humanos, que Zeus imprimió en las nubes” (16).
En ciertas regiones de África y particularmente en el Dahomey, la “serpiente celeste” está asimilada al arco iris y a la vez se la considera señora de las piedras preciosas y la riqueza, con lo que su derivación hacia el simbolismo de señor o guardián, es evidente.
También es sabido que una de las principales significaciones simbólicas de la serpiente se refiere a las corrientes cósmicas; corrientes que, en definitiva, no son sino el efecto y expresión de las acciones y reacciones de las fuerzas emanadas, respectivamente, del cielo y la tierra.
Todo lo anteriormente expuesto, da una explicación plausible de la asimilación del arco iris como signo de unión del cielo y la tierra; unión que, en cierto modo, está manifestada por esas corrientes, ya que éstas no podrían ser sin aquellas.
No obstante toda la arquitectura simbológica anteriormente expuesta que podría servir de base a la teoría totémica-protectora del símbolo almeriense, tal y como es universalmente conocido, entendemos adolece de un punto débil o “talón de Aquiles” que impide pueda ser aceptada desde un análisis rigurosamente científico. Y es el siguiente: La señal de alianza o pacto con el hombre, no está presentada en modo alguno como un medio que permita el paso de un mundo al otro, paso al cual, el propio texto bíblico que le sirve de soporte, no hace la menor alusión.
Queremos expresar con ello que, para poder aceptar el contenido simbológico de tótem protector que representa un pacto del hombre con la divinidad, previamente habría que haber definido el medio, la forma o la manera, según los cuales se efectúa la comunicación directa entre los diferentes estados cósmicos por los cuales se opera el intercambio o conexión entre las acciones terrenales y las reacciones celestes. Al prescindir de todo referente axial o de verticalidad, se deja sin resolver, en la unidad de una corriente axial, la dualidad de las corrientes cósmicas diferenciadas y que implica el paso a través de una serie de estados jerarquizados.
CAPÍTULO VIII
TEORÍA AXIAL: DEL INDALO AL SIRIO.
Con ocasión de búsqueda de datos y de información para la elaboración del presente trabajo, Emiliano ORTA me propuso en su enlace internaútico (17) el siguiente ejercicio imaginativo:
“ A un lado está un hombre sentado en una silla, en plena noche, al descubierto. A otro lado está el Gran Sol Central en medio del Universo. Estos dos puntos espaciales se unen entre sí a través de una línea recta. Pero como la distancia es inmensa, utilizan un atajo, Sirio. Con lo cual, Sirio es el comunicador entre el Gran Sol Central y ese hombre. Cuando ese hombre “ASPIRA”, esa energía proveniente del Gran Sol Central (vía Sirio) está representando el Indal-Allah (indaala=indalo).
Así tenemos –continúa ORTA- que cuando existe esa conexión, el hombre se convierte en algo perteneciente a Allah, el Ser Supremo, a Dios (no en sentido católico). Esa conexión sagrada, traída a través del tiempo, de Maestro a Discípulo, de Era a era, de Civilización en Civilización, es el Marcaje del Hombre, el Atributo del Hombre, el que hace Hombre, no hombre. Es el Insan al Kamil, el Hombre Pleno, el Hombre PERFECTO, EL GIGANTE”.
Resumiendo este interesantísimo punto de vista, se puede colegir que para su autor, el Indalo es el Hombre Pleno y que el Insan al Kamil es el Hombre Arquetípico.
Según esta atrayente teoría, el símbolo almeriense por excelencia estaría representando al hombre “conectado” con el “Punto y Anclaje de Luz”, el Sol Central local, a través de Sirio que, a su vez, estaría conectado con el Gran Sol Central del Universo, invisible para los ojos humanos. La representación gráfica de este pensamiento, no se alejaría mucho del indalo de las cosechas o Balanza de fuego de los dioses que el propio autor propone en la siguiente forma:
He denominado a este ejercicio imaginativo como Teoría axial, por cuanto su atento estudio revela la tendencia de su autor a conceder mayor peso y valor al sentido de conexión (línea vertical o eje) del elemento central del símbolo, que a su parte superior. La carga de anclaje, de superación, de conexión, de elevación, en suma, del estado terrenal al celeste, hace que, por vez primera, alguien haya reparado en trasladar el verdadero valor y sentido del símbolo a la línea vertical o eje que une la parte inferior (“patas”) con la superior (“arco iris”). ¿Acaso el hombre sentado en una silla y el Gran Sol Central no son sino dos mundos representados por las dos orillas, el cielo y la tierra, que al comienzo estaban unidos y fueron separados por el hecho mismo de la manifestación?. ¿No es Sirio, el atajo, el Puente, el pilar que une el cielo y la tierra al tiempo que los mantiene separados? ¿No es el paso del puente, en definitiva, sino el recorrido del eje, único medio de unión mutua de los diferentes estado, siendo la orilla de la que se parte, el Gran Sol local, este mundo, o sea el estado en que se encuentra el ser que ha de recorrerlo, y la orilla a la cual debe llegar después de haber atravesado los demás estados de manifestación, el Gran Sol Central invisible para los humanos, el mundo principal; el dominio de la muerte frente al dominio de la inmortalidad?.
Especialmente significativo resulta el hecho de que el formulador de esta preciosa teoría llame Sirio al atajo entre los dos puntos espaciales y, más apasionante aún, que le atribuya el papel de “comunicador”.
Hago esta afirmación porque no podemos dejar de tener en cuenta que en el simbolismo del sûtrâmâ, el vocablo “setu”, el más antiguo de los términos sánscri