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lunes 13 de julio de 2009

Palabra de Rey



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Cuando mi candidez tenía un tamaño arreglo a mi edad,compré una casa animado por los discípulos aventajados de Emilio Botín.

La calefacción de la misma,se alimentaba por medio de una caldera de leña frisona,donde se metía una persona entera sin problema.

Como sabrá quien tal sistema use,la leña te calienta tres veces: una cuando la descargas,otra cuando la metes en la caldera,y otra cuando arde. Por todo ello,nos decidimos por una de gasóleo.
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Los fruticultores,suelen ir de leña bastante sobrados,así que buscamos uno que nos la comprara;asesorados por un lampista de confianza,confirmamos que apenas había sido usada,siendo su estado muy bueno.

Como el modelo a estrenar valía doscientas mil pesetas largas de aquel tiempo,tasamos la nuestra a la baja,y le pusimos un precio de setenta y cinco mil.

Debido a mi profesión,fruticultores conozco muchos y enseguida la colocamos.

El señor que me la compro,delegó las negociaciones económicas en su yerno,aceptado el precio por el mismo,llegó el día de sacarla,para lo que nos valimos de un tractor,ya que su peso era considerable.

El ventajoso trato que hice fue el siguiente:una vez montada la caldera en el domicilio del comprador,disfrutaría de un periodo de "gracia" de seis meses,durante los cuales quedase probado que funcionaba a la perfección.

Pasó el verano,llegó el invierno,y topándome varias veces por la calle con el comprador,siempre me comentó el excelente resultado que le estaba dando la caldera:no perdía agua por ningún lado,y daba calor sobrado a la gran casa que todavía posée.

Ya bien entrado el mes de Mayo,habiendo transcurrido algo más de seis meses desde que salió la caldera de mi casa,me presenté en la del comprador,con la intención de cobrar lo mío.

Me recibieron en una gran sala los propietarios,preguntado por el precio acordado con el yerno,se lo dije;la reacción que provocó la cantidad acordada,fue totalmente desaforada. Púsose la señora a gritar sin sentido,tratando al yerno de loco,y a mi,de poco menos que ladrón. El marido y élla quisieron empezar un regateo sin sentido para mi,cuando el trato ya estaba cerrado con quien ellos designaron,hacía ya más de seis meses. A los gritos de la mujer,acudieron varios empleados,que llegaban a mediodía a dejar los aperos en el almacén de la finca. Radicalizaron su postura al verse arropados,cosa que hice yo también,a pesar de hallarme como gallito joven en corral ajeno,aumentando mi rabia y mi desprecio hacia aquellos miserables adinerados.

El toma y daca empezó a subir de tono,y viendo que no cedía un ápice en mi reclamación,sino que al contrario,la reafirmaba y sostenía con todos los argumentos a mi alcance;habló el "señor" de la casa con la intención de sentenciar aquella absurda discusión.

-¡Ya vale de discutir!-me espetó-así tu palabra¿qué es?¿como la palabra de un rey?¿no?

En aquel momento,yo que tenía el cuerpo sudoroso y tembloroso,y el ánimo encendido como una brasa,contesté:

-Pues si,señor don nadie,no tengo otro patrimonio que mis manos y mi honradez,ni más tierra que la se me pega en los zapatos cuando piso la de otro;y sí,mi palabra es la de un rey,y ahora pagadme lo mío o llamad a la Guardia Civil,por que me llevo por delante al que sea,antes que salir de aquí sin mi dinero.

Se hizo un tenso silencio,sólo roto por el sonido de los billetes que sacaba el "hombre" de su cartera,los cogí y abandoné de la casa. Llegué a mi Renault5 temblando,llorando de rabia y desprecio hacia aquella ralea,rica pero baja.

Al rato,más calmado,sonreí y me acordé de los consejos que me dieron de niño;recordé una a una aquellas palabras,grabadas a fuego en mi interior,que han guiádo mi vida:
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"Nada es un hombre sin palabra,y el que la empeña,empeña con ello su honor,que vale más que el oro y la plata,más que todas las riquezas;brilla hijo mío con luz propia y verdadera;no seas como aquella moneda,que va de mano en mano,y al fin se borra,y teniéndola por falsa,nadie la toma".


Publicado por Riviere

sábado 4 de julio de 2009

La próxima vida

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Para estar muerto no es imprescindible haber fallecido previamente. Hay múltiples formas de ser, estar o parecerlo. Cuando vives en el campo o lo has hecho de pequeño notas que la convivencia diaria con la muerte es tan evidente que se hace invisible o transparente a nuestros ojos. La cadena de la existencia, el ciclo de los animales, las plantas y los humanos que las cuidan va pasando sin remisión de eslabón en eslabón. Los campos y especialmente los pueblos están llenos de viejos, eufemismo empleado para hablar de la “tercera edad”, que se van mimetizando con el paisaje pasando a ser elementos históricos, mientras van haciendo las cuentas cada vez con menos dedos de la mano. “¿Y de tu quinta cuántos quedan?”, se preguntan unos a otros, viendo como se cierran promociones enteras de soldadesca, en sus tiempos jóvenes y dispuestos a hacer balates o coger aceitunas.

Junto al óbito físico total también está el parcial, la muerte en vida o una vida entera demasiado pendiente de su fin. Mi abuelo Pedro, el padre del mío, volvió de la guerra civil, la segunda en su cuenta, pues ya antes estuvo en África, con el brazo izquierdo cortado a la altura del hombro. Riesgos del oficio. Un trozo de su cuerpo subió al cielo cuarenta años antes que el resto. Con su vuelta murió la infancia de mi padre, quien con siete años pasó a ser el mayor de siete hermanos y el segundo hombre de la casa, pequeño, pero con dos brazos. Mi abuelo uncía las vacas con un sólo brazo y labraba con ellas con gran maestría, recuerdo una foto suya que había en el comedor del cortijo, tomada cuando participó como actor de relleno en una de las múltiples películas de los años sesenta realizadas en Almería. Aparecía haciendo lo que sabía: labrar la tierra con una yunta de bueyes. Imagino que a la gente del cine les pareció un caso curioso y por eso lo admitieron. También se liaba su cigarro con su única mano, aprovechando para ello las arrugas del pantalón. Maldecía con reiteración al coro de ángeles y santos que miraban para otro lado mientras él iba quemando su vida y se acordaba de las madres que les parieron a él y al supremo hacedor.

Mi padre, de oídas, tuvo una juventud inexistente demasiado pegada al suelo de los campos donde labraba o cavaba, pocos resquicios a la vida y a su lado amable. Me contaron que en un verano determinado aprendió a nadar de la forma habitual en el cortijo: una cuerda amarrada al cuerpo y empujón para hacerle caer a la balsa. Si se hundía se daba un tirón y así hasta que aprendía, se ahogaba o desistía.

De aquí, otro día, se fue a la playa, un día enterito al sol, después de una vida entera al sol, pero con camisa, chaqueta, pantalón y sombrero o gorra. Un día completo de playa, sin cremas ni sombrilla, le produjo quemaduras profundas en la piel y en el orgullo y asesinaron para siempre sus ganas de baños marinos. Murió con cincuenta y seis años, demasiado joven y a la vez ya demasiado viejo, los años no corren para todos al mismo ritmo. La tensión arterial le jugó una mala pasada, la misma tensión le había dejado muertas las piernas a su madre más o menos cuando yo nací. Siempre la conocí sentada en una silla o una butaca. Murió poco antes que mi abuelo, él se fue detrás rápidamente, maldiciendo su destino, como mi padre. Si tuvieron efecto el cielo debe ser un lugar maloliente.

Cuando yo tenía diez u once años me regalaron la bicicleta, mi primer vehículo. Como el cartero del zar di muchos viajes a partir de entonces a comunicar a los parientes y vecinos de cortijos cercanos las enfermedades o las muertes, y la hora del entierro, de mis abuelos u otros deudos del clan familiar. Para llevar el féretro a la iglesia del barrio más cercano, la correspondiente, había que dar una vuelta inmensa por el camino “oficial”, una vuelta casi redonda a los cortijos de alrededor, a hombros de hijos, hermanos o primos, que acababan reventados. Los niños, embarazadas y enfermos nos atajábamos por una vereda, el camino corto, y esperábamos a que llegase la comitiva en un cruce determinado.

Los niños no tenían ni tienen conciencia cierta de la muerte, de su infinitud en el tiempo. Yo recuerdo eso de mí mismo, pero mi hija pequeña, Cristina, me decía hace poco, con diez años de edad, que el fin del mundo sí que existe, que se acaba todos los días para los que se mueren. Incluso tenía ya un sentido irónico. Algo salió en la televisión de un homenaje a un escritor de muy avanzada edad, y ella comentó el lado negativo, con un poco de humor negro. Dijo; “Uhmm, cuando empiezan con los homenajes ….”. A su edad yo no pensaba tanto pero sí había visto ya la cara de varias personas muertas. Los lutos y el lloro eran de Bernarda Alba, mi abuelo por cierto era de un sitio cercano al cortijo donde se desarrollaron los hechos de “Bodas de Sangre”. Yo tenía que irme al cortijo de al lado a ver el episodio correspondiente de Heidi, Marco o Pipi Lanstrung. La tele estaba prohibida, la radio en voz baja, los hombres con camisa negra y las mujeres de arriba abajo con ese color, velos y pañuelos negros. Luto de ocho meses, luto de ocho años, empalmando uno con otro, la vida entera de negro, por dentro y por fuera.

Mi bisabuela, “la Mamica”, a quien conocí con cinco o seis años, no era diferente del común: menuda, mandil, toquilla y pañuelo negros, paso acelerado y pocas fiestas. También parece que sufrió algunas penas. De oídas, y a escondidas, tengo entendido que uno de sus siete hijos mato a otro en un accidente, un fratricidio sin intención, haciendo recular un carro contra un muro o una pared. De eso no se hablaba pero algo había. Si Lorca hubiera estado por allí seguro que habría escrito alguna cosilla. El cortijo era un lugar muy pequeño, visto ahora con ojos de adulto, ocupado por varias familias del mismo tronco. Tan pequeño que ahora sólo han podido construir un bloque de pisos en su solar. No me explico cómo podía caber tanto rencor dentro. En la vega de Almería, la que fue, lo poquito que queda, uno es de quien viene. Yo soy hijo de Antonio, nieto de Pedro el Manco y Carmen la Telares. Algunos me llaman todavía con el nombre de mi padre, desconocen el mío, pero eso no me importa. Todos mis muertos siguen vivos dentro de mí, nadando en mi sangre.

Un primo de mi madre también vio subir una pierna a las alturas celestiales, cambiándola por otra de madera, lo que a mí, en la tierna infancia, me llamaba mucho la atención. Si podía la tocaba con disimulo. Andaba con cierta cojera pero deprisa, algo de mal genio, yo creo que la pierna ortopédica era la parte más risueña de su figura. A pesar de ese impedimento para el maratón, una noche vino a avisarnos del pase al más allá de otro pariente común, con nocturnidad y urgencia, saltó la puerta metálica de la entrada al jardín, cerrada a llave y canto, con la agilidad de un torero que escapa de los cuernos de un morlaco. Seguramente todos hemos oído hablar del dolor del “miembro fantasma”, la sensación de picor o molestia en el brazo o apéndice que ya no tenemos. A veces el corazón muere cuando se va detrás de otro que no nos corresponde y ya nos duele toda la vida, como si aún lo tuviéramos en el pecho. Sí es cierto que late, pero sólo por obligación legal, no por convicción ni deseo.

A veces el ánimo no llega a fallecer pero desfallece y provoca una herida que nos va desangrando lentamente. Algún hecho nos produce un corte que nunca se cierra y que gotea cada vez que pinchamos en él. La señora que duerme conmigo desde hace tiempo (¡Dios mío!, ¿ya hace tantos años?), antes de entrar en esta coyunda, tuvo un accidente de tráfico, con varias vueltas de campana que estuvieron a punto de hacer sonar en su memoria las de la iglesia del pueblo. No pasó nada, toco madera (me podía haber quedado con la pierna del pariente; una pierna de segunda mano), salió ilesa del cuerpo pero tocada del alma y malherida en el aprecio a los viajes en automóvil. Desde entonces, que viene a coincidir con “desde que la conozco”, se agarra instintivamente e insistentemente al asa lateral de la puerta del coche, sobre todo si viene un camión de frente.

También se agarra fuerte cuando alguna niña va de excursión en autocar y respira a su vuelta. Muere un poquito y pisa luego el suelo con fuerza cuando abandona ese trasunto de presunto ataúd con cuatro ruedas y marcha atrás. Quizás exagero, seguro, pero repite “cuidado”, “cuidado”, “cuidado”, varias veces en cada kilómetro. Seguro que exagero (y además esta noche duermo en el sofá). En el invierno los pies de mi intrépida conductora parecen yertos, pero eso lo llevo en el sueldo.

Por otra parte, el abajo firmante, desde hace unos años, ha venido catando las amargas hieles de la desesperanza, que sonaría algo cursi si no fuera porque es cierto. Por una suma de pequeños rasguños se ha ido formando un ánimo bastante desmejorado. Como diría mi bisabuela, no estaba yo en paraje de muchos bailes en la plaza. Con un poquito de tendencia a las tablas, y con el rabo entre las patas, ya le iba tomando querencia al lado oscuro. Con la ayuda que Dios me dio y San Pedro me bendijo, y la de dos amigos del alma, pocos, pero con un corazón como el motor de un trasatlántico, vamos saliendo del hoyo. Gracias, de corazón. No hay nada mejor para los vivos que el contacto con otros iguales en aspiraciones, buenos deseos, sentimientos o enemigos. De lo contrario la cueva donde nos encerramos pasa sin dificultad a tumba provisional, en espera de la definitiva.

El negocio de la muerte alimenta a muchos vivos que andan por la calle con sus pies y no con ellos por delante. Incluso aquí se producen situaciones hilarantes, que ya es tener mala idea. Se conoce a gente interesante, curiosa, y se tira de la agenda, para comprobar el grado de éxito tras largos años de esfuerzo en tocar las narices a parientes, vecinos, compañeros de trabajo y otras gentes de mal vivir. Incluso alguno ha simulado su entierro, mirando luego desde el balcón de enfrente para darse el gusto de conocer quien vendría, quien lloraría más y que herencia merecía ser aumentada en su porcentaje de testamento. Alguno se ha muerto realmente al comprobar que no había ido ni el cura. Éxito completo. Iremos tomando nota.

En el entierro de mi padre yo tenía veinticinco años, mi hermano algunos menos y mis tíos se encargaron de todo. Oí como uno de ellos decía que tenía que salir con el encargado de la funeraria a ver un local donde estaban expuestos los modelos de apartamento en pino barnizado, castaño o nogal. El encargado le había dicho que había pocos y mi tío añadió que si no le gustaban esos que miraría en el “mostruario”. Yo me reí con cierto malestar interior por lo inadecuado.

Hace unos años me vi en un trance similar, era yo el que miraba el catálogo para mi suegro; el único hombre que quedaba en la casa era yo y eso parece que es cosa de hombres, como el brandy de la rubia y el caballo.

El empleado fue muy atento: lo elegimos todo a medias entre los dos, modelo de tipo medio, precio medio y para la segunda parte una urna de color verde, como de aceituna, a mi suegro le gustaba mucho el aceite de oliva, mucho, y me pareció muy oportuno, de esa manera era como si sus cenizas reposaran en una tinaja. Además era del color del cuerpo, benemérito, que había dispuesto del suyo hasta que se jubiló y aún parece que después no se apañaba a soltarle del todo. El precio también fue de tipo medio, pero aún así fue una de las compras más grandes de su vida, hecha realmente por su viuda, más cara que el piso que compraron para vivir en Almería o el coche. El cielo tiene el metro cuadrado muy caro.

Todo salió bien y estamos muy contentos, dentro de lo que cabe. Un ambiente limpio, funcional, trato profesional, amable y respetuoso y una ceremonia religiosa en la capilla muy humana y cálida. Tan diferente de los entierros del cortijo que parecía otra cosa, aún siendo lo mismo. Cuando acabó la misa y salimos al “hall” de entrada, a la sala de recepción, la gente se fue yendo lentamente, dando el pésame. Estuve a un pelo de crear una situación incómoda. Ya se había ido casi todo el mundo, yo estaba como algo cansado y desesperado por salir de allí, miré a mi esposa y fui a decirle algo. Me puse blanco y me callé. Al lado estaba un pariente, Paco, con quien tengo confianza y le dije: “Mira, he estado a punto de meter la pata. Iba a preguntarle a mi mujer que dónde estaba su padre y que terminara ya lo que estuviera haciendo, que teníamos que irnos todos para la casa”.

Creo que lo comente luego con mi dueña pero ya no lo recuerdo. Una parte de mi memoria, la vital, parece que se ha ido muriendo mientras dedicaba el tiempo a los estudios, y los libros han ido apoderándose de los dominios reservados al recuerdo familiar, mientras huía de mí mismo hacia delante.

Hay también gentes que creen en la reencarnación, como si no hubiera ya bastante con una vida, al menos para los pobres. Ayer, por el paseo marítimo, junto a unos locales cerrados y abandonados, me crucé con dos primos, huérfanos ambos de madre política. Les saludé y se situaron, en ese momento, bajo nuestros pies dos hermosas cucarachas, en la flor de la vida. Un primo le dijo al otro; “Oye, ten cuidado, ya has oído eso de los budistas, de que los difuntos vuelven al mundo en otra forma. A ver si las pisamos y son tu suegra y la mía”. “Sí”, respondió el otro, con un brillo raro en los ojos. Me despedí y me marché andando lentamente, escuchando. No oía nada. Bueno, sí …¡Chof!, ¡chof!

El primo de suegra, Paco, me contó un día en su oficina, seria, de director de entidad comercial, que cuando él tenía diez u once años pasó por unas fiebres muy malas, terribles, no podía orinar y estuvo varios días en la cama, al borde de la muerte. Y me explicaba:

“¡Tiene cojones! ¡Y yo oyéndolo todo! Y el médico, diciéndole a mi madre; “Mire usted, el niño se muere, se nos va, no tiene remedio”. Y yo tieso en la cama, los ojos cerrados, tiritando, pero enterándome de todo. Yo me notaba que me iba. Era una sensación dulce, no te le puedes creer, muy dulce, muy dulce. Esas cosas no se olvidan nunca. No te lo puedes imaginar, muy dulce, mucha paz, muy dulce”.

Hay gente con un apego excesivo, insano, a estar sobre la tierra y no debajo de ella. Con mi abuelo Pedro fui muchas veces en varios años a visitar a un pariente, un cuñado suyo, a un cortijo cercano. “Vamos a ver a este hombre, que se está muriendo”. Su viuda en ciernes me daba siempre al llegar un par de onzas de chocolate que sacaba de una alacena muy cuidada, con puntillas de hilo, tazas, vasos y fotos. Murió, efectivamente, contra su voluntad, creo que cuando subió demasiado el cacao en la bolsa internacional de Franfurt, pero enterró previamente a mi abuelo y a la mitad de sus convecinos, la mayoría sanos y fuertes como robles.

Yo, en la próxima vida, quiero reencarnarme en león. Además de por la melena porque vi ayer en un reportaje de los que ponen a la hora de la siesta, que copula más de treinta veces cada dos días. Las hembras de su harén tenían cara de estar satisfechas. El macho del grupo, al menos en las imágenes, parecía estar todo el día cansado y somnoliento, no me explico la causa. De todas formas yo me tiro el día lo mismo que él, muerto de sueño, y no veo motivos, nunca paso de las veinticinco. Mejor será de cucaracha viril; puedes volar, cambiar de barrio, las hembras son ligeras de alas; no se puede pedir más.
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Bueno, ya estoy aquí, demasiado pronto a mi gusto, pero es lo que hay. No se está mal pegado al suelo, echaré un vuelecillo. ¡Hombre!, ese tío que viene por allí andando es mi primo. Le saludaré, a lo mejor ahora ya no me conoce, con mi nuevo aspecto. Pero, ¿qué va a hacer? Nooooo…¡Chof!
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Publicado por Fendetestas

domingo 28 de junio de 2009

Cotilleando desde mi balcón

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El edificio donde vivo se encuentra frente a otro y, al atardecer, salgo un poquito al balcón, a la fresca, en esta tarde de verano.

Los últimos trinos de algún pajarillo sobre las antenas nos anuncian la noche. Los tordos posándose sobre los tejados en un alarde de valentía, se meten rápidos en sus nidos, antes de que alguien les descubra su refugio.
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Algún avión en el cielo, que me deja estelas de preguntas...: ¿sentirán que alguien les está observando?¿dónde irán?¿o de dónde vendrán? !vaya luna de miel!. Seguro que no vuelve a ser lo mismo. Y es que el enamoramiento es como la gripe y dura lo que dura....el virus.
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La chica del 2º hace ya rato que está estudiando.
Su escritorio está junto a la ventana y el flexo deja a la luz las pocas ganas que le quedan al final del curso.

En el 1º vive una pareja de jubilados. Tienen la ventana abierta y mientras ella plancha (¿las mujeres se jubilan algún día?), él ve la televisión. Él, de vez en cuando, sale al balcón a echarse un cigarrillo. > "¿No te dijo el medico que no fumaras?"<. Pero él, sordo de por sí y sordo de conveniencias, también se lo pasa, como diría el otro, por el forro. ¡Para cuatro días que me quedan y casi es lo único que puedo hacer ¡, parece pensar.
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Y esa mujer de raza afro hace un año que vive en el barrio, pero es mayor. Durante el día se lo pasa bajo un árbol en un parque junto a los demás jubilados que se acercan por allí. Parece que se adaptó bien a su cambio, me creo, pero al atardecer se recoge en el piso de su hijo y la veo detrás de la ventana, apoyada casi sobre sus cristales, ratos y ratos mirando a la calle, pero yo creo que no ve nada de lo que pasa por ella porque debe de estar en otro lugar. ¡ Es de imaginar donde¡.

¡Vaya¡, ¡era mucho rato estudiando!. La chica del 2º, seguro que va a ver a su madre. - "!ya me lo sé". Y su madre la dirá: - "eso también lo dijiste en otro examen y mira, a recuperar. Cuantas veces la misma cantinela. Repasa un ratin ". ¿Véis?, ¡lo que os dije¡. Vuelve a sentarse en el escritorio.
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A la Flora la llevo viendo salir al balcón varias veces. Se asoma un poco y entra en casa. Hace unos meses murió su marido y se quedó sola en casa. Sus hijos, ya casados, pues hacen su vida y ¡claro¡. Debe ser dura la soledad. Las mujeres siempre hablan mal de sus maridos, pero yo creo que es de mentirijillas. Es solo para que notemos que están ahí, que necesitan una atención. Y es que los machos somos la leche. Aún deberemos de echar muchas lágrimas algunos cuando nos falten. !Qué cosas digo!.. ¿y si somos los primeros?.
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En ese balcón del 3º no sé, pero siempre hay alguien llamando por teléfono móvil. Es normal. Son extranjeros y vivirán unos cuantos, claro. Pero, coño, me digo muchas veces, ¿cómo se van a arreglar sus países si no están allí ellos para arreglarlos?.
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La del segundo se vuelve a cansar de estudiar. Ahora irá con la excusa del servicio y que está cansada. Los padres ya nos las sabemos todas. Va !, ¿que me vas tu a contar?, pensareis todos.
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Anda, mira por qué la Flora tanto entrar y salir. Por ahí viene su hijo con el nieto. Debe de tener unos cuantos nietos, pues esta mujer tuvo unos cuantos hijos e hijas. Seguro la darán un rato de felicidad. ¡Jó¡, esta mujer del 2º izquierda no mueve ni pie ni pata. Su silueta aun la veo detrás de la ventana. También es duro abandonar tus tierras, esas que estaban tan acostumbradas a sentirte, como tú a ellas. Digo yo que si pensará volver a verlas. La mujer ya es mayor. La trajo su hijo que llevaba unos años más viviendo aquí. Si un día se muere, se tiene que hacer difícil a sus hijos enterrarla en tierra extraña. ¡Joder que cosas se me pasan por la cabeza¡. Yo siempre les he dicho que mis cenizas a San Frutos, pero, coño, y si no me hacen caso ¿acaso replicaré?. Pues yo que sé que deciros....Bueno, bueno que estábamos cotilleando a mis vecinos.
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La chica del 2º ya no ha vuelto junto al escritorio. Seguro, seguro que ha hartado a su madre. -" ¡Pues haz lo que te salga el chocho. Si suspendes allá tú ¡.

.Las mujeres de aquí son muy rudas. Mira que decirle eso a la chica. Pero es que hay que ponerse en su lugar.

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Bueno que me voy a cenar, que ya es hora.
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A la buenas noches
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Publicado por Esca

domingo 21 de junio de 2009

Jaque mate

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A todo aquel valiente

Ante ningún miedo se arrodille

Bajo nula esperanza

Cabe en una guerra
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Con sólo quince guerreros

Contra un rey que proteger

De lado a lado

En el campo de batalla

Entre mayores y pequeños

Hacia los confines de su universo

Hasta lograr una plena victoria

Para bien o para mal

Por complicado que sea arremeter

Según feroz contrincante

Sin más arma que su mente

So pretexto vencedor

Sobre el enemigo compañero
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Tras un tablero de ajedrez
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Publicado por Cat

lunes 8 de junio de 2009

El eurodiputado



Cuando lo rescataron de las listas del INEM, Nicolás Maldonado todavía creía que ser eurodiputado consistía en regentar clubes de alterne baratos. ¡Coño con la crisis¡, pensó.

La campaña electoral no se le hizo difícil. Recordaba sus tiempos como auxiliar de proxeneta, todo el día y gran parte de la noche, metido en aquella furgoneta con Said recogiendo a las jóvenes rusas de los pisos de albergue para trasladarlas a los "pubs", ya para comenzar o al término de la "jornada laboral". De todo el tinglado, lo único que Colasillo alcanzó averiguar fue que alguien las traía del este de Europa y tras recogerlas en Barajas, las acabada desembarcando en uno de aquellos pisos alquilados donde las recluía y a donde él y Said las recogían y regresaban cada día. Se apercibió de la libreta de muelle que había sobre la mesita de entrada de los pisos y que cuando en aquel día que, aprovechando la espera de las pasajeras, decidió indagar, descubrió una especie de calendario rudimentario donde figuraba el nombre de cada una de ellas con la hora de su entrada y salida. Lo que al principio creyó que era un simple sistema de fichaje laboral, pronto se le revelaría como un ingenioso mecanismo de control de incompatilibilidad que evitaba el ejercicio autónomo de la profesión, fuera de las horas del Club Lady Priston. Con tal bagaje, creyó que ya conocía bastante de Europa.

Aquel fatídico día en que la Tolokonnkova, llevada por un ataque de celos profesionales con su compatriota Valentina, decidiera romper con el miedo y la disciplina, se gestó el fin del Club Lady Priston, al tiempo que el principio de su destino. Tras la redada de la UCRIF, Nicolás no sólo perdió su trabajo, sino el brazo izquierdo como consecuencia de los golpes de vergajo que, sin destino concreto, se repartieron en la oscuridad del reservado hasta acabar encontrando en su cuerpo la única resistencia. Él, que se libró de la mili por no dar la talla, ahora presumía del arrancamiento del miembro superior izquierdo en acto de servicio a la Patria y por culpa de una granada de mano con espoleta retardada, de cuyo acto heroico decía estar en trámites de obtener reconocimiento, medalla al valor y paga.

El muñón nunca le supuso complejo. Antes bien, el hábil manejo adquirido le sirvió como improvisada funda del móvil y como atril de los pliegos mitineros de las arengas políticas, que le redactaban, durante la campaña electoral.

Aunque el momento más culminante de cada acto político en que intervenía siempre recordaría que no eran los vítores ni aplausos conseguidos ni el corrillo con sus correligionarios cuando, como acto de cierre, subían todos al escenario para repartir macetas de hierbabuena y cajitas de tomates "cherry" entre los asistentes, sino cuando a los compases del himno de la coalición política que lo redimió de treinta y seis meses de paro subsidiado comenzaban a sonar atronadoramente a través de los altavoces instalados en la torre del campanario, porque era la señal de que, al tiempo, se abrían las portezuelas traseras de la Iveco y comenzaban a afluir las exquisiteces del catering servido por el restaurante La Albahaca.

Nicolás, " Colasillo maldonao", de los Maldonado de la Rambla Morales de toda la vida, no es que fuera capaz de secar las bodegas de Padules y devorar hasta la mantelería, sino que siempre acaba limpiándose la boca y manos con la corbata a la que, como adminículo desconocido, no encontraba mejor utilidad, y utilizando la aguja metálica de las brochetas como mondadientes.

Pero la grandeza de la democracia es así. Aunque Nicolás no resultó elegido en las urnas, la resolución definitiva de aquel tema judicial sobre blanqueo de capitales y cohecho que llevada instruyéndose y enjuiciándose durante once años, terminó por mandar a los siete compañeros que le precedían en la lista electoral a la prisión de Soto del Real y a él, con sus huesos, a Bruselas.

Desde que a Paco, el hijo de Bartolo "El Masuso", lo hicieran alcalde del pueblo y en aquel Pleno Municipal le hicieran entrega del bastón de mando, Nicolás siempre había justipreciado la importancia que tiene dicha pieza para el pastor, la del báculo del preboste o el bordón para el peregrino; además de su intrínseco valor como ayuda para el ciego, cojo o el anciano y quitamiedos para el amedrentado. Así que, tras acudir a la capital para recibir el acta de eurodiputado electo, su primera visita fue a la bastonearía y sombrerería de la calle de Las Tiendas hasta salir apoyado en uno. A su regreso, los amigos de la peña se reían de él, por lo que hubo de justificar la compañía de su caro garrote en la desgracia o accidente, unas veces, y como regalo del mismísimo Antonio Gala, otras, pues, pensó que, a ese escritor lo conoce, como quien dice, todo el mundo. ¡ Expresiones de la democracia libertaria¡, le decían los amiguetes, que siguieron picándole hasta llegar a aquello de que ¿ a que no eres "macho" de ir con tu bastón al Parlamento Europeo?.

A punto estuvo de peder la apuesta y la fibra varonil de ese pundonor que las mujeres llaman machismo, a no mediar una de esas maliciosas casualidades de la vida en que tras una de aquellas noches postelectorales de francachelas y festejos, no encontró hombro pagado en qué "apoyarse" y hubo de recuperar la estática de la sobriedad con la estética del bastón. Salió a la calle creyendo que lo mirarían cuchicheantes, porque ya creía ser, si no el centro del mundo, sí el centro de Europa, pero sólo fueron las de unos chiquillos, aquellas palabras que lo transformaron.

- ¡Parece un gran señor¡-. Y aquellas palabras, despertaron su orgullo hasta el punto de pasar de ser un beodo a representar el digno papel de actor. Se dio cuenta que una cojera disimulada, contoneada con maestría y un bastón llevado con elegancia, sin petulancia, imprimía personalidad. Imagen, que llaman los asesores políticos a la sutil ciencia del engaño. Y así, ante la luna del espejo, aquella noche se dio a sí mismo el visto bueno y partió hacia el aeropuerto.

Para él era la primera experiencia aeronáutica y por eso tomó las debidas precauciones tan pronto tomó asiento en la zona Vip. Solicitó media docena de güisqui (en vaso ancho y con un sólo hielo, como le gustaba pedir) y esperó a que el sueño cumpliera su papel. Sin embargo, entre el nublo de los vapores etílicos y la presión de los atmosféricos, la reacción se alteró inversa, de tal forma que su acoso y persecución de las mozas por el pasillo y demás recovecos de la aeronave, no sólo estuvo en un trís de acarrear una tragedia aérea, sino un conflicto diplomático, tras la denuncia del Comandante del aerobús de la Compañía Air France, en cuya satisfactoria resolución hubo de intervenir la propia primera dama de la República, segunda de su vigésimo tercer Presidente.


En sus cuatro años de culiparlante, no se recuerda ninguna intervención de Nicolás en el hemiciclo europeo; excepción hecha de aquella moción de Directiva en la que abogaba por la sustitución de la estatua del Maneken-Pis por la del "Caganer" y que, a la postre, acabaría siendo ampliamente derrotada por el chauvinismo belga. Pero su intervención no cayó en saco roto, pues el tratamiento periodístico dado al tema en alguna región española, sirvió para sacar su nombre del anonimato y su candidatura a la reelección.

O, al menos, eso piensa él.
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lunes 25 de mayo de 2009

La luz




Perdí una luz al amanecer
y se volvió color.
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El arco iris lo dejé atrás.
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Diariamente pienso en tiempos lejanos,
pues para mí ya todo es confuso
y la fatiga es rechazada por mi cuerpo.

Quedamos los dos en orillas opuestas,
agua de mar nos separa,
verdes ojos nos unen.

El sol me da la vida que tú te llevaste.
La esperanza me la da el amor.
Cierro los ojos y te veo remoto.
¿ Y tú cómo me ves?.

Me gustaría volver a tenerte cerca,
para poder besar tus labios y así
que mis ojos nunca llorasen.

Feliz se sintió mi cuerpo un día,

más hoy no lo recuerdo
y cada uno de nosotros, recuerda al otro.
Se escapa de mí la fortuna
pues yo sigo siendo la misma y tú has cambiado.

No estaba la mar en calma cuando te fuiste,
estaba crispada pues sabía muy bien
que tú, mi amor, no volverías
y que yo esperando quedaba.

Noche y día impersonal,
recuerdos olvidados y...

Amor pasado.
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Por Missis Brillet

domingo 17 de mayo de 2009

Quitadle la soga al lunes

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Aquella mañana, Luís se levantó de la cama como otro día cualquiera y, después de asearse y tomar un colacao con leche, mecánicamente se encontró, casi todavía medio dormido, debajo de la marquesina esperando su autobús: el nº 54. Y debajo de la marquesina, la misma gente de todos los días, aunque algo mas abrigada que los días pasados. El otoño parecía que quería echar de la gran ciudad a ese verano tan calentito.

¡Joder como cambian las cosas. Con lo buenorra que venia mi vecina que daba gusto madrugar a trabajar solo por ver esos voluptuosos pechos recogidos por esa camisetilla que, apenas, le tapaban sus dianas pronunciadas como cumbres de colinas¡. Y el soso del quinto, ¡¡ cagüendiez !.! Joder con el soso!!. Dicen que se la ha tirado. ¡Va ,si se la ha tirado y no lo cuenta es como si no se la hubiera tirado¡; pero claro, de caballeros es lo que se calla uno y no lo que se dice. En fin....

Ahí va el tripón del bloque de al lado. ¡ Què morenito que viene¡. Los hay con suerte. ¡ Y parece que viene más delgado¡. Lo que hace el dinero. Ahora se cuidará y dejará al penco de la mujer que tiene. Y más después de tocarle veinte kilos. A mi me arreglarían el pellejo, la hipoteca, los colegios de los críos... Puede que hasta la María dejara de trabajar. ¡Total para lo que gana¡. Joder ¡ cuánto tarda este jodido autobús¡. Voy a llegar tarde y luego otra bronca del cabrón del jefe. Y, coño, cuanto frío hace, y yo con este jerseicillo solamente.

Una ráfaga de viento helado de la sierra de Navacerrada recorrió toda la marquesina y un escalofrío recorrió a Luís, desde donde sujetamos erguidos al cuerpo, hasta donde se encuentra éste con la cabeza pasando por la entrepierna que, aún templada por el recuerdo de la cama, resultó de un contraste fatal.

¡Ufffff ¡.Un retortijón y algo calentito y licuoso notó como avanzaba apresuradamente por los mulos. !!Dios mío el colacao!! . ¡Qué digestión y evacuación tan indolora y tan rápida¡, pensó Luís, de por sí estreñido.

Y el autobús 54 que llega. Pues bueno -reaccionó Luís-, cerca del trabajo hay un bar abierto. Allí me apaño, pensó. Si pierdo este autobús me despiden seguro.

No, no, señora suba usted primera. Ya sube tú también, chaval, que ya voy el último yo. No me importa.

Putas escaleras. Se me desparrama todo ¡ hala¡. Y ahora el paseíllo por todo el autobús. Joder cómo me miran o me huelen. Si es que este andar no es normal en mí. Yo tan tieso siempre y hoy, cruzándome las piernas como modelo de pasarela Cibeles pero en lento, no sea que deje rastro. De momento, solo lo noto hasta la rodilla. Coño, y es que la ciencia y los influjos y fuerzas telúricas esas no hay quien las comprenda. Un agujero, dos cauces y por qué por la derecha y no por la izquierda. !! Eso, eso, que se jodan los de la derecha que bien que nos joden a los pobres del puño cerrao¡¡.Ufff, joder que rato¡¡. Mejor me apretaba el esfínter, mejor que el puño.

Señor aquí tiene asiento. Su puta madre. Encima, con el "educao". Todos los días hasta la bandera y hoy... Sí, hoy va a ser mi día: el día de los engurriaos aplataus. Pero ¿como me puede pasar esto a mí?. Del Atleti de toda vida; del Carabanchel alto del alto, no del bajo, y de izquierdas más que el mago René.

Bueno. Pues parece que entramos en calor y parece que se me pasa. Total ya, casi estamos llegando. No, no, pase señora yo el último. Como los toreros y por la puerta grande voy a salir hoy. Si no fuera por... ! ¡¡uuufff ¡¡la madre que las parió a las putas escaleras!. Otro retortijón. Ya si que soy del centro y de los bajos fondos porque yo creo que los cauces del colacao han desembocado en los zapatos. ! Dios salve al rey y a la ciencia !. Al rey por ser rey y la ciencia, porque todo fluido contenido en un cuerpo ejerce un empuje hacia las afueras que a veces no se siente pero que se huele !!

Qué razón tenia ese Arquímedes !!



Por Fernando Sebastián ( Esca)

miércoles 13 de mayo de 2009

De aquelarres, brujas, magos, quiromantes y otras hierbas

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La necesidad de un concilio era evidente, las huestes lo pedían a gritos. Los ánimos estaban hechos y algo caldeados, el deseo de reunión era claro... las dudas asaltaban y la cita se vislumbraba lejana.


Vivir en la incertidumbre nos ponía ansiosos y se presagiaban negros augurios si el evento se posponía. Planes a tan largo plazo podrían truncarse, enfriar voluntades o decepcionar ante tanta dilación. No había que dar tiempo a los hados para que trazasen sus emboscadas, era necesaria resolución, actuar rápido y pillarlos por sorpresa... ¡Las cosas cuanto antes mejor! Sería en Mayo del 2009... Estaba previsto convergiesen los astros en una alineación perfecta... ¿Qué día sería el propicio?...

El concilio se iniciaría el uno del florido mes. Parecía la fecha adecuada...aunque daría pie a ciertos recelos y malignas sospechas... ¿No sugeriría que lo que en realidad buscaban los congregados era el relajo y el puro cachondeo?...

Disipadas tamañas desconfianzas, se fijó el Día del Trabajo como el más apropiado para que una horda de vagos venidos de distintos puntos de la geografía patria , dudo de la corrección política del término, bien pertrechados; nos reuniésemos en la muy noble ciudad de Segovia. Nevera en ristre, plena de ricos caldos traídos desde el sur, éste; llegamos gozosos dispuestos a devorar las delicias gastronómicas propias de la tierra... ¡Pura temeridad teniendo en cuenta el nivel cinco de alerta ante la “fiebre cochina”!

El objetivo de la asamblea se basaba en parámetros puramente culturales, visitar monasterios e iglesias, fotografiando desaforadamente las piedras de los claustros y pórticos como almas recién llegadas del Imperio del Sol Naciente. Instantáneas a “toche y moche” ... ¡¡Están locos estos romanos!!...

Me temo nos confundan con gentes de mal vivir pues algunos no dudaron en exhibirse haciendo alarde de sus aparatos y constan públicos tocamientos de prietos cuerpos que dejaron a alguno más que turbado... algo intimidado...

Hay que reconocer que hubo quien defendió su virtud “a puerta cerrada”...pues la capa la olvido en la casa y las espadas escasean... Aunque otros abrieron presto aun no siendo la llamada en propia puerta...

Dicen que la carne es débil y así debió ser pues ... ¡ El cochinillo estaba muy tierno!... Y acompañado con el vinillo pasaba que era una gloria. Después de tanto exceso la hora sexta se presagiaba tormentosa, algunos no son nadie sin la cabezadita...

Se sucedieron las peregrinaciones y los rituales y en cada visita los maestros canteros nos alertaban de los peligros... Las piedras, duras como la propia vida, nos mostraban retorcidas alimañas como previniéndonos de faltas, lujurias, excesos y males que acechan en el camino. Mientras grotescas caras se burlaban de nosotros sacándonos su petrificada lengua, no sé si queriendo quitarle hierro al tema, como diciendo : ¡Tonto!¡Tus pecados te serán perdonados... o lo más seguro es que en ellos llevarás la penitencia!

FÍN DE LA PRIMERA ETAPA

En la siguiente jornada dos intrépidos espíritus, inocentes y puros, osaron sumarse a tan variopinto guirigay... ¡No! ¡No temáis que ahora eso no es pecado!...¡Qué está bien visto y aceptado!...

Y es así que el dos de Mayo la confluencia astral fue total y las fuerzas telúricas se desataron y nos unieron en fraternal corro por los siglos de los siglos... ¡Amén!

El rito iniciático fue espontáneo, sobrevino natural y sincero... La suerte estaba echada...¡La hoguera la teníamos asegurada!... La Santa Inquisición no andaba lejos... ¡Ya habíamos visto una lápida con espada y alguna pluma !...

Pero tan esperado concilio parecía tener un lema claro : ¡ Comamos y bebamos que mañana ... no sabemos! Y nos tiramos como locos a buscar La Codorniz para hincarle el diente al ternasco y dar buena cuenta del blanco de Nieva... ¡No tenemos cura, ni salvación! Si Dios no lo remedia nuestras carnes mortales arderán en el más profundo, negro y caluroso de los infiernos ... Mientras tanto dedicamos la tarde a estirar las piernas dando un paseo por la ribera, vigilados por el Alcazar, a la sombra de los castaños y las alamedas; acompañados por el murmullo de los ríos que sosegaron nuestro espíritu y refrescaron nuestro cuerpo...

La separación estaba cercana, nos resistíamos a la despedida, para hacerla llevadera la vestimos con los deseos de un próximo encuentro que en el fondo de mi corazón anhelo que suceda...

Y de pronto descubrimos que el aquelarre ha terminado... las luces de la escena se apagan despacio, pausadamente como queriendo estirar el tiempo...Pero este es inexorable y acaba por devolvernos a la dura realidad... ¡Ya lo auguraban la piedras!...

FIN DE LA SEGUNDA ETAPA

En el camino de regreso rumiamos los recuerdos y en el rostro nos luce una suave sonrisa de satisfacción. En mi mente repito como un ensalmo: “M50 – R4 – A6” ... Como el modo de volver a todo lo que ha pasado pero el conjuro no funciona. Debo de ser una alumna torpe y poco aventajada. Estos brujos tendrán que tener mucha paciencia conmigo... No logro dominar tantos encantamientos, exorcismos y hechizos...



¡Qué complicado que es todo! Y lo fácil que parecía cuando estaba con personas como vosotros...

¿Sabéis que os quiero?....Pues... ¡Ea!



Pilara Almería a 7 de Mayo de 2009

miércoles 6 de mayo de 2009

La tía.

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Mi tía es una mujer,
por su natural callada,
quíza por que tiene un secreto,
que a nadie le importa nada.
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Mi tía tiene un balcón,
con cien plantas todo el año,
la que le crece mejor,
es la del desengaño.
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Cuando se marcha mi tío,
la tía cose,friega,borda...plancha
y plancha hasta el llanto,
pliega las sábanas del desencanto.
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Los sábados por la mañana,
con un hombre de otra raza,
las flores de la pasión,
las deshoja en la terraza.
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Es un mulato muy alto,
con la mirada picante,
que ejerce sobre mi tía,
un efecto hipnotizante.
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Baja la tía cantando,
cuando se marcha el mulato,
y se llena de alegría,
la escalera por un rato.


Dedicada a mi tía,que se marchita en un piso del eixample barcelonés,
junto a un hombre que no la quiere.

martes 21 de abril de 2009

“Una familia como de encargo”

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Isidoro Vallecillo sonreía de oreja a oreja. Lo había conseguido. Había tenido tiempo suficiente para pensar y planearlo todo a conciencia. De sobra. Seis años a pulso y casi cuatro meses con el tercer grado.

En el talego todos hablaban bien de él. Siempre le hacían la misma pregunta y siempre respondía igual: “Por buena persona”. No daba más explicaciones. En realidad casi no recordaba nada de aquel día.
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En el juicio su abogado, magnífico, alegó la atenuante de posible trastorno mental transitorio, junto con sus antecedentes de orfandad, su infancia en un hospicio y una inteligencia casi “bordeline”. El informe del perito psicólogo era concluyente: sufría momentos de aislamiento, de “desconexión” – sí, eso fue lo que dijo-, pero no parecía estar dentro de ningún síndrome claro, no tenía conciencia del dolor infringido, pero no llegaba a ser técnicamente un psicópata. Aún así, tampoco era seguro que, en ese caso, si lo fuera realmente, tuviese una recidiva. A veces un episodio violento no tiene continuación. También estaba la presunción de inocencia: no habían encontrado el arma y sólo se presentaron pruebas circunstanciales. La recomendación del informe era el internamiento en un módulo vigilado de un hospital psiquiátrico para ver su evolución.

El Fiscal no lo vio claro. No le gustaba la mirada de Isidoro. El Juez, Don Laureano Hurtado Aldea-Alta, sí pareció atender a las recomendaciones, pero estaba atado de pies y manos. El informe era de parte, el Fiscal no cedía. No tuvo más remedio que aplicar la pena, pero en su grado mínimo, en lo más bajo de la horquilla. Don Laureano se portó como un padre, algo que Isidoro nunca tuvo. No se olvidó de él ni un solo día en su chabolo.

Cuando salió de permiso navideño no lo pensó ni dos segundos. Sintió la necesidad, la llamada de Madrid. Volver a verle, intentar saludarle. Nunca pudo darle las gracias. Además todo estaba ya decidido.

Cogió el primer autobús que pasaba por Nanclares con destino a Madrid y se presentó a las nueve de la mañana del lunes en los Juzgados de Plaza de Castilla. Entró como en su casa y preguntó por él. No llegaba hasta las diez. Salió y echó a andar hacia las dos torres, calle arriba. Siempre le habían llamado la atención, pero nunca se atrevió a entrar, ni siquiera a estar cerca o debajo de una de ellas. No le gustaban los edificios torcidos. No entendía como podían gustarle a nadie. Cuando estuvo delante de la puerta de cristales se sintió extraño, oía ruidos, parecían voces que provenían de algún sitio de su cabeza, pitidos agudos y notó que las piernas le flaqueaban. Echó a correr hacia atrás, volviendo los pasos. Se sentó en un banco al lado de la puerta de los Juzgados y sin darse cuenta se durmió.

Estuvo casi toda la mañana medio acostado en el banco, hasta que un poco escamado le despertó el policía de guardia de puertas.

¡Ya eran casi las tres!. Se incorporó con dificultad y casi mareado miró hacia la puerta. Don Laureano bajaba las escaleras con su cartera negra. Tenía cara de buena persona, como él. Fácilmente habría podido pasar por ser su hijo. Le reconoció de inmediato. Nadie olvida fácilmente la cara de su padre. Fue a decirle algo pero las voces le indicaron en voz baja que esperase a otro momento, más adelante.

Regresó al mismo banco el resto de días de la semana, hasta el jueves. La tarde anterior había alquilado un coche pequeño, un Opel Corsa blanco, nada espectacular, nada llamativo. Don Laureano aparcaba su Mercedes en un parking muy cercano, casi reservado a magistrados y abogados. Isidoro lo sabía, quería hacer las mismas cosas que él, moverse en su ambiente, y convenció al vigilante jurado del aparcamiento de que él era Procurador; bastó con citarle que llevaba prisa para un juicio por tercería de dominio y que el hueco que le venía bien era el que estaba un poco más allá del ocupado por el coche de Don Laureano Hurtado. Entró a media mañana, dejo el coche y a las tres de la tarde regresó, entrando en el aparcamiento detrás de Don Laureano, ambos saludaron al guardia y esté entendió que se conocían. Aquel procurador no era como otros, tenía cara de buena gente, con esa sonrisa y saludando al entrar y al salir. El coche le llamó la atención, pero le explicó que era el de su mujer, maestra en Palomeras Bajas. No era cosa de ir por allí llamando la atención.

Además, de algo le había servido a Isidoro el haber leído en la biblioteca del centro penitenciario varios ejemplares de las Memorias Anuales del Consejo General del Poder Judicial. Tenía tiempo libre de sobra. No entendía casi nada pero se sabía de memoria los nombres de cientos de magistrados, letrados, fiscales jefes y jefes de sala y la tipología de los delitos, faltas y sentencias más comunes.

Despacio siguió a D. Laureano hasta su casa, un bonito tríplex adosado situado en la zona de expansión de Arturo Soria. Aparcó un poco lejos, lo suficiente para no ser visto pero tampoco tanto como para no poder observar a la esposa del juez cuando salió a recibirle. Era una mujer preciosa, una dama, elegante, sin excesivo arreglo. Llevaba un sombrero y unos guantes de goma, que usaría sin duda para cuidar el jardín delantero de la casa. Debería tener unos cincuenta años, aunque no se apreciaba ninguna arruga, solo la belleza de la felicidad y un brillante cabello rubio que pareció palidecer ante la sonrisa que dedicó a D. Laureano. Se querían, sin duda. Él les miraba, absorto y emocionado, prendado de aquellas muestras de cariño. Había elegido bien a sus padres.
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Isidoro durmió aquella noche dentro su automóvil, muy cerca de la casa. Era la víspera de Nochebuena y al día siguiente, sin duda, prepararían la cena familiar. Despertó con los primeros ruidos del alba y esperó pacientemente la salida y la marcha del juez a su trabajo.
A media mañana se arregló lo mejor posible, se cambió de chaqueta y pantalón con mucha dificultad y cuidado, se peinó y perfumó dentro del coche, lo traía todo preparado, y tocó al timbre. Le abrió la asistenta, una joven ecuatoriana, regordeta pero muy dispuesta y servicial. Llevaba sólo dos semanas en la casa y no conocía a la mayoría de los amigos de la familia. Isidoro se identificó como Procurador de los Tribunales y como portador de una documentación de interés solicitada por el Juez sobre un asunto de urgente investigación. La muchacha no se extrañó de la visita ni del aspecto del visitante; bien vestido, educado y entendido en leyes, sin duda era lo que decía. Hablaba con una fluidez y una elegancia natural que le ruborizaba y a la vez le atraía.

Isidoro entró en la casa detrás de ella. De inmediato, al volver la cabeza, y antes de que reaccionara, le cubrió la boca con un pañuelo y le hizo respirar a la vez algo que le envió por varias horas al mundo de los sueños y la ató con una cuerda de las que él ocultaba en su portafolios. Sorprendió a la señora por la espalda, en la cocina, narcotizándola y maniatándola. Volvió a por la criada, y las colocó a las dos, cada una en una silla, alrededor de la mesa del salón.

Esperó pacientemente la vuelta del juez a la hora de la comida del mediodía. Algo tarde, casi a las cuatro, éste regresó, ajeno a todo, y se encontró dormido y uncido a la mesa del comedor nada más entrar en la casa.
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Isidoro dispuso el mejor banquete que pudo imaginar, preparó el mantel, las copas y la vajilla de lujo que cogió de las vitrinas, se vistió con un traje del juez, con una corbata de seda; todo era de su talla. Sacó el champán, guardado en la nevera para la cena. Isidoro iba a celebrar una comida de navidad, la más importante de su vida, con su familia, una familia perfecta, como de encargo.

Nunca olvidaría aquel momento, sería su sueño eterno, todos en la mesa riendo, su corazón saltaba de alegría y sentía que estaba llegando el momento. Las voces volvieron a sonar: “Ahora” le dijeron. Sacó el revolver de su maletín, lo puso junto a la botella y sonaron dos chasquidos, dos ruidos secos, confundiendo y mezclando sobre la mesa la espuma del vino con la de su sangre.-



Fendetestas (08/11/2005)

sábado 11 de abril de 2009

La luciérnaga


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Dedicatoria:
A Syr
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Los sabios ignoran cómo y para qué encienden sus lucecitas las luciérnagas.
Los poetas..., los poetas han dicho muchas tonterías a propósito de estos gusanos.
Los chiquillos de Cecebre afirman que el vermes luminoso oculto en el zarzal es una viejecita que cuida el fuego de su cena de harina de maíz.

Tampoco es verdad.

La verdad la sé yo y voy a contárosla:

Llueve a torrentes, el viento hace caer la fruta de los manzanos que hay ante mi balcón y en la fraga todos los bichejos se han escondido en las madrigueras.

Ocurrió, amigos míos, que la luciérnaga, cuando no era más que un gusano oscuro y vulgar, vió en una magnífica mañana de sol, una tela de araña magnífica y sutil, luciendo con los colores del iris y adornada con unas gotitas de rocío que fulguraban como polvo de estrellas. Y el humilde gusanito, quedó deslumbrado ante su magnificencia. Recogido e inmóvil sobre su zarza, meditó largo tiempo.

La verdad es – se dijo- que todos somos hijos de Dios, pero la Naturaleza me ha postergado injustamente. Nadie hay más feo, más inútil ni más débil que yo. No soy sino un pobre gusano y ni en mí ni en mis obras puede encontrarse la menor belleza. Sin embargo, tengo un buen corazón y me gustaría alegrar la vida a los demás, cantando como el ruiseñor o tejiendo telas brillantes como las de la araña. A la fuerza, algo habré debido hacer u omitir para que se me haya impuesto este castigo.

Marchó, pus, a ver a la señora araña y le dijo: ¿ Qué has hecho para merecer tanto bien?. La araña, vaciló y respondió: No sé. Procuro librar a los hombres de las pesadísimas y antihigiénicas moscas.

El gusano, sintió su corazoncito inflamado en caridad y decidió peregrinar el mundo para ganar el amor de la Madre Naturaleza..

Vió animales hermosos como las moscas con cuerpo de zafiro; víboras agudas como puñales y color de acero; liebres ágiles; gavilanes de mirada penetrante... La luciérnaga, en su insignificancia, ante todos se humillaba.

Conoció a animales hermosos como el búfalo imponente de melenuda giba; al buitre de cabeza calva, al listado tigre... y ante todos se humilló y comprendió su pequeñez.

Envidió noblemente desde los cantiles, los colmillos de las morsas, la mole de las ballenas y la blanca piel de los osos y hasta las rojas patas de las garzas.

Un día le detuvieron los lamentos angustiosos de un ave herida por la flecha de un cazador. Se sintió estremecida y preguntó: ¿Qué puedo hacer por ti?. El ave le explicó que próximo a ella estaba el árbol con su nido donde su hijo agonizaba de hambre.
- Nada valgo y sólo una cosa puedo hacer. Subiré al árbol y ofreceré mi propio cuerpo a tu hijo. Y subió.

Vió en el borde del nido a un ser pelado y deforme y un pico negruzco ávidamente abierto. El gusano cerró los ojos y dijo: Aquí estoy. Pero el pico abierto no avanzó. Había muerto el polluelo.

La luciérnaga, bajó del árbol y continuó su peregrinar.

Al fin encontró a la Madre Naturaleza atareada en la elaboración de la tintura verde, pues se acercaba la Primavera.

-Madre – dijo el gusano- ¿ qué ha hecho mejor que yo la araña, el rinoceronte, la ballena o el tigre?. Tú no eres sino una deidad monstruosa que te nutres del sufrimiento de criaturas como yo y sólo otorgas dones a las más feroces.

Y volvió a su zarzal.

En cuanto llegó, vió que de su cuerpo brotaba de su cuerpo un resplandor pálido, entre verdoso y azul, que hacía de ella un brillante, un trocito de estrella.

Comprendió que las Naturaleza había querido castigar su osadía haciendo que hasta en las tinieblas se viese su humilde condición de gusano que la delatase a sus enemigos.

Pero aún en lo que da como castigo, pone novedad y hermosura la Naturaleza. Desde entonces, la luciérnaga va condenada a decir: ¡ Ved que humilde soy!.



¡Pero lo dice tan bellamente...¡

domingo 29 de marzo de 2009

Musa triste

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Infinita tristeza cubre mis sueños.

Ya no podré tenerte cerca.
Te fuiste de este mundo,
para perderte en el limbo.
¿ Serás, quizá, feliz ahora?.
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Los rayos de sol vienen a converger
en el mismo punto donde ayer te amé
y hoy no puedo volver.

Musas de blancas imágenes, cubren
gran parte de mi pensamiento.
Al mar fueron mis ilusiones.
Mis huesos en agua cayeron.

No lleves flores a mi tumba, pues
mis restos, por desgracia, amor desaparecieron.
Y mi alma hasta el cielo subió.

No quiero que recuerdes mi vida.
Sólo pasé en la tierra el tiempo necesario
para olvidar que había nacido.

............Infinita tristeza cubre mis sueños.

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jueves 19 de marzo de 2009

Aligerando carga

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Los lunes son días duros, te pillan un poco desentrenada y fuera de juego. Vuelves del “finde” sumergida en la molicie, acostumbrada a la tranquilidad, al reposo y caes con los ojos aún llenos de legañas en la vorágine laboral donde los asuntos de la semana anterior, en vez de diluirse, se han fermentado y la distancia lejos de ser el olvido los ha convertido en un artefacto explosivo que sientes que esté a punto de estallar.

Queda mucha semana por delante y echas mano de los gratos recuerdos, poniendo de este modo en buen uso el pasado o tiras de ilusiones y proyectos de futuro para darte un respiro en este presente que te está matando y poder seguir afrontando la dichosa semanita con buen ánimo...
Pero, la recien iniciada “realidad semanal” es insistente, tozuda y machacona, casi tanto como una madre o una esposa -las feministas acabarían conmigo en este punto- aunque no hay que negar que la idea es muy gráfica sobre todo para los del otro sexo.
El ritmo de trabajo va increscendo. El entorno putrefacto va soltando los gases correspondientes que con la suficiente presión, el mucho roce – que aquí no hace el cariño- si no que genera fricción que hace que se caldee el ambiente y se provoque alguna “chispa” que no es que haga estallar la bomba, no, gracias al inhibidor de la educación y las buenas maneras, el artefacto aún soporta muchos bares (ahí es donde me gustaría estar) pero sí te pone un rictus que te ensombrece el rostro haciendo que te sobrevuele una nube negra de la que salen rayos y truenos que te ponen los pelos de punta, además de arrugarte el entrecejo (lo que me faltaba) , afearte y envejecerte más aún ¡¡Van a acabar conmigo!!... Eso que no hemos hecho más que empezar la
semana y ya está tan cuesta arriba.

Veo una luz al final del túnel. Serán los ansiados albores del tan lejano, próximo “wiquend”...puede ser, aunque lo que en realidad ha venido en mi socorro ha sido un vejete dicharachero e inquieto que siempre está animado y que sacándome de mis preocupaciones me dice sonriente:

- ¡¡Qué cara más seria tienes hoy!!

Antonio, le contesto sacando un poco de sentido del humor, ¡¡que lo que no tiene solución,...no tiene solución!!

Y él me aconseja seriamente sin perder su jovialidad y haciendo gestos que acompañan sus palabras :

- Haz lo mismo que yo que ya tengo ochenta y cinco años...¡¡Échatelo a las espaldas... pero sin saco ni “na”!!

Me rio de buena gana, le digo que me lo repita que eso tengo que apuntármelo y animado continúa , me lo repite para que lo recuerde que la carga tiene que ir sin saco y guiñándome un ojo explica:

- Para que se escurra , no te estorbe y puedas andar libre sin que nada te moleste.

Es toda una bocanada de aire fresco.
Antonio me pide cita médica para su señora, lo primero es lo primero, para el martes le ha dicho y el obedece solícito y luego, lanzándome la tarjeta sanitaria como si jugásemos al tute, me dice :

- Ahora...para el Sevilla, refiriéndose a él mismo, Sociedad Anónima...para el jueves!!

Sin “saco”, le digo sonriendo, el jueves...¡¡Pues no va a venir usted libre ni “na”!!

Los dos reimos con gusto y la distensión se nota en el ambiente que parece renovado.

“Mis viejecillos” como yo les digo cariñosamente, me alegran la vida más de una vez. Son una fuente de sabiduría, destilan auténtica filosofía popular y lo mejor es que están dispuestos a compartirla contigo a poco que los escuches.

En alguna ocasión no me he podido contener y a alguno le he dicho después de alguna “caida” memorable... ¡¡¡Es que los tengo que querer!!!... siempre, eso sí, delante de sus “sufridas” esposas.

domingo 8 de marzo de 2009

De nada y de nadie



Yo nací en San Pedro, un pueblo del pirineo catalán, habitado, según el maestro que nos instruyó, desde tiempos muy antiguos.

La nuestra, era la casa central del pueblo, que agrupaba los servicios municipales, siendo estafeta, taberna y farmacia, todo en uno.

El camino que iba a torcer nuestras vidas, pasó por la llegada al contorno de los "pantaneros". Un ejército de peones, albañiles y arquitectos, levantaron la presa que anegó mi adolescencia.

Varios se instalaron en el pueblo. Yo era entonces una niña, que ya sentía en su interior la inminente llegada de la madurez. Que leía con deleite unas líneas escritas a lápiz, sobre el yeso de una entrada, por un miliciano republicano:

"Aquí resistimos, yo, Juan Pérez y tres milicianos más, tres días, casi sin comida.
Te quiero Teresa.
Viva la República!"


Eran los recién llegados, muchos andaluces, inmigrantes en busca de trabajo. Los que se hospedaban en mi casa eran "jefes",traían una radio.

Mi madre la escuchaba embelesada; bueno, todos. Nunca vimos nada igual!.

Empezaron también a llegar revistas. Esperaba ansiosa al hombre que me las traía de Barcelona. A mi y a mi madre, que cada día descubría una nueva virtud en aquel mundo lejano, donde las señoritas estudiaban francés,"Fíjate, Cristina, francés!!"-me decía. Un mundo con radio, tranvías, ascensores, cuartos de baño de glacial blancura, suelos de baldosas relucientes...

Habiendo cobrado, algunos, las indemnizaciones por sus tierras inundadas, vi como, poco a poco, mis compañeras de juegos abandonaban la plaza, que fue quedando vacía.

Fueron cerrándose casas y creciendo, en la mía, el mismo nerviosismo que en otras.

"Manuel"-decía mi madre-"esto no puede ser. Aquí, ni estudiar pueden los niños. Vendamos las tierras, antes que nos quedemos solos en el pueblo."

Mi padre movía la cabeza en silencio, sin decir ni sí, ni no.
Fue que sí, y entramos a vivir en un piso horrible, en la zona industrial barcelonesa.

Mientras me acicalaba para ir a mi primera clase de escuela en la capital, mamá decía:"Que no se te note que eres de fuera".

Pasé largos días sin salir de casa. ¿Qué se hace en la ciudad?. En el pueblo hubiese sabido siempre qué hacer.

La antigua torre árabe que veía desde mi ventana, la sustituyó la altísima chimenea de la fábrica de papá.

Crecí viendo como mi hermano y mi padre se dejaban la piel en jornadas agotadoras para mantener el ritmo de vida que la ciudad, y mamá, imponían.

Mamá vivía en la gloria; por fin vivíamos como las personas, y no como animales en aquellos montes (cuya venta nos hizo "ricos").

Papá se buscó un huertecito, llevado, creo yo, por la nostalgia. Mientras, mamá lucía palmito en las cafeterías de postín, donde iban las "señoras".


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Me casé. "Que no se te note que eres de montaña", me decía mi madre, mientras arreglaba el vestido.

No tuve hijos y ahora estoy sola.

Recibí ésta mañana una extraña llamada:
-"Es usted Cristina Llevot?"
-Si..
-Posée una casa en San Pedro,¿no es así?.
_No. Allí vivían mis padres. Vendieron la casa hace mucho...
-No me consta que sea así. Al contrario, aparece usted como propietaria en el registro. Mire, represento a la firma que ha comprado San Pedro. Han vendido todos. Ya queda usted. No ha sido fácil encontrarla...


**************

-"Mamá, por qué no vendisteis la casa","Mamá, la casa..¿me entiendes?"-mamá tiene demencia y no sé si se entera de algo...
-"Nadie"-dice al fin-"nadie!...tiene que saber dónde vivíamos...a nadie le importa nada...miseria!...nada...nadie..."-y así la dejo.

Voy hacia San Pedro.

Aparco el coche para entrar en mi pueblo, cuarenta años más tarde.

Algunas casas derrumbadas taponan las calles; otras se ven despeñadas barranco abajo.

Encuentro mi casa con la puerta abierta; mis revistas amarillentas por el suelo, fuera de su maleta.
Recojo unas cuantas, muy emocionada.

Entro y llego hasta la cocina, y su banco junto al fuego, en el que, tras el duro día, papá, aquel hombre cansado, a petición nuestra, tocaba el acordeón, antes que hubiese radio."Qué queréis-decía a veces-me criaron para trabajar, y otra cosa no se hacer."

Aún quedan cacharros de mamá, platos, cubiertos, ropa en las cajoneras...

Al entrar al dormitorio de mis padres y ver todavía la cama, me enternecí, y lloré en el silencio absoluto...

Y mi cuarto estaba vacío; quedaban botellas, restos del bar y farmacia...un reloj que marca las nueve y veinte....Quizás se paró al dejar la casa...

Aún pude leer entre lágrimas:
-"Aquí resistimos, yo, Juan Pérez, y.....Te quiero, Teresa. Viva la República."

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Muy amable, el señor que ha comprado el pueblo, junto a la torre que lo preside, me explica su proyecto. Cuando se marcha, la nostalgia me invade.

-Escapamos de aquí como del fuego-pienso, sorbiéndome unas lágrimas amargas-. Salimos casi de noche, como aquel que se avergüenza...no llevando nada con nosotros. Ni ropa, más que la puesta, ni el recuerdo siquiera nos llevamos, en aquella huída hacia adelante...

El relumbrante sol de la nueva vida, dejaba a nuestras espaldas la más oscura de las sombras.

San Pedro mira, desde una roca imponente, su barranco de árboles centenarios de verdor incomparable.
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Un húmedo silencio de bosque encantado lo envuelve todo...vierte su esencia a raudales aquí la naturaleza... y nosotros salimos huyendo.



Huyendo, Dios mío...huyendo de nada...de nadie...

sábado 28 de febrero de 2009

EL NEGOCIADOR

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Desde el día en que finalizó el master, no se había enfrentado a un caso profesional tan peliagudo. Es cierto que abrió consulta, pero sus clientes, a los que prefería llamar pacientes, sólo presentaban problemas conductuales de integración o, cuando más, de orientación profesional.

Sin embargo, aquello era distinto. Por eso, cuando recibió el encargo del propio Comisario Godoy, quedó abrumado. Aunque orgulloso, estaba sobrecogido ante la responsabilidad del reto profesional al que se había de enfrentar.

Los hechos, en esencia, se habían producido en fechas ya lejanas. Concretamente en la Navidad pasada, hacía ya dos meses. En esos precisos días en que el sentimiento está más florecido entre los humanos, y por eso tenía aquellos tintes macabros de dificultad. Cuando los deseos de paz y felicidad se convierten en saludo cotidiano, el corazón y el ánimo toman la lengua como parrilla de salida, y los balcones y ventanas se engalanan con guirnaldas y luces de colores intermitentes, se había producido el secuestro de aquellas cuatro inocentes criaturillas.

Quizá fuese esa misma circunstancia el motivo por el que casi nadie reparó en su trascendencia. Pensaban que todo pasaría a convertirse en mera anécdota y que, pronto, la situación quedaría resuelta. Era Navidad y, a buen seguro, el sentimiento entrañable que rodea esos días tan especiales, terminaría por reconducir a la normalidad aquel suceso. Naturalmente.

Pasaron, no obstante, los días y la situación se enquistó. Por eso, cuando el mes de enero rozaba su fin, comenzaron las primeras actuaciones.

Todo resultó infructuoso. El acceso al secuestrador no dio resultado alguno. Desconectado de teléfono y haciendo oídos sordos a toda petición de liberación de rehenes, aquello parecía no tener fin. La angustia crecía. El acceso al edificio se veía dificultado por la antepuerta del enrejado que protegía la blindada principal, y la operación contemplada respecto a la intervención de recursos especiales de asalto, descolgándose por la fachada o escalándola, fue desechada por el peligro que entrañaba para la seguridad tanto de los liberadores como de los propios vecinos del resto del edificio. Hasta Lola había intentado su liberación tirando de esas pequeñas criaturas desde la terraza del piso superior hasta que el desgarramiento de alguna pieza de su vestimenta, le hizo desistir en su empeño libertador.

Así las cosas, en el mes de febrero se decidió recurrir a los servicios de un profesional para intentar mediar en la resolución del secuestro.

Cuando Pedro recibió el encargo, tras sacudirse del aturullo de la primera impresión ( ¿"por qué yo?"), se dispuso a repasar los protocolos convencionales de actuación aprendidos para este tipo de situaciones. Mantuvo reuniones con los afligidos afectados por vínculo directo de las víctimas e intentó extraer el perfil psicológico del autor de la injustificada retención.

Fue de este modo como comprendió la dificultad real a la que se enfrentaba. Se trataba de un varón octogenario que vivía en el tercer piso. Debajo, exactamente, de sus interlocutores y afectados quienes le proporcionaron toda clase de detalles: varón, viudo, bastante sordo, militar de alta graduación jubilado, y sólo. También le comentaron que antaño había sido jovial, educado y de carácter afable, pero desde que casó a la nieta que con él convivía y ésta abandonara el hogar del abuelo para establecerse con su reciente marido en casa propia en Marbella, la soledad había sacudido al viejo como la estera a una alfombra persa ajada, a la que se sacara su más escondida borra. Que, repentinamente, su carácter se agrió y presentaba, desde entonces, quejas vecinales por cualquier acción cotidiana por insignificante que aquella fuese. Hasta el punto de considerar, incluso, que el goteo imperceptible del riego de las macetas de geranios del vecino de arriba, suponía una " invasión de su espacio", en clara alusión a un término propiamente acuñado en el Cuerpo de Artillería al que perteneció en su juventud.

Pedro entendía que las especiales características personales de aquel secuestrador harían perecer las estrategias psicológicas de los manuales al uso. Por otro lado, las técnicas de supervivencia adquiridas en la vida militar del autor, hacían previsible un largo asedio y ya habían transcurrido dos meses desde la última Navidad. La soledad y la sordera, tampoco contribuían a facilitar su labor.

Fue tras la inspección ocular del lugar, mientras tomaba una fría cerveza con melva en salazón en aquel kiosco que presidía la plazuela donde se ubicaba el piso objeto de la intervención, donde le estalló la idea. Ordenó desatar el extremo del cordón donde se encontraban adherida la fila de los cuatro papanoeles, en hito de iniciar la ascensión. Al momento, la fila de muñecos rojos con borla y saco blanco cayó quedando, éstos, sujetos únicamente por el extremo inferior de la guita que el vecino del tercero mantenía, desde aquella Navidad pasada, y conscientemente aprisionada con su toldo azul recogido; de tal guisa que, ahora, más daba la impresión que los muñecos estuvieran ascendiendo al tercero, que ser decoración navideña del cuarto piso del edificio.

El resto fue tan sólo cuestión de tiempo. En plena Cuaresma y con un balcón adornado aún por cuatro papanoeles, el interfono de aquel tercer piso no encontró momento de respiro. Las chanzas y bromas de que fue objeto su morador, tampoco.

Fue la presión social la que terminó por minar su tozudez, desmoronándolo. Y al día siguiente, aprovechando el momento calculado en que el vecino solía salir a pasear a Mongui, el vecino del tercero subió el tiro de escalera y, sigilosamente, depositó la cuerda de los cuatro papanoeles frente a la puerta cerrada de sus dueños. Sin petición de rescate alguno.


Pedro, humilde como siempre, rechazó premios, homenajes y recompensa. Se limitó a comentar que no había sido producto de la psicología aplicada, sino de un conveniente cambio de postura.


Simplemente eso.

miércoles 18 de febrero de 2009

CONFESIONES

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Quién eres
Por qué llamas a mi puerta,
si es triste la noche.

Por qué corres a buscarme,
si yo no estoy allí.

Quién es.

Yo sé.

La luz de la mañana
que aún no ha llegado.

La clara mirada que el cielo
no ve.

Y estás aquí, estás y no te veo:
Te siento, volátil y mágico.

Adormecido en el grito vacío
de la ilusión,
laureado en el sentimiento del olvido,
descalzo en el aledaño gris de mi esperanza.

Lloras. Recuerdas que ayer es nunca.

Trémula mano tiende mi velo,
un lirio rosa enciende tu luz.

Acércate: mañana es hoy volcado al ensueño.
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Publicado por Missis Brillet

sábado 7 de febrero de 2009

Si el hombre pudiera...

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Si el hombre pudiera
decir lo que ama …

Volaría sobre el mundo y, a grandes voces,
clamaría que te amo,
que mi mano duerme ceñida a tu talle,
que sueño contigo y muero si despierto.

Si el hombre pudiera …
ser libre y volar,
libre de vivir en un sueño.

Si pudiera hablar de ti,
el corazón saltaría, en éxtasis,
derramando torrentes de dulces lágrimas.
Ríos de amor que mueven el molino de la vida.

Si un hombre pudiera saltar al vacío,
y volar, volar,
me arrojaría al valle de tu cuerpo,
no dudaría.

Si el hombre pudiera amar lo que añora,
mientras sus manos mecen el trigal de tu pelo,
suaves lazos que encadenan mis ojos,
sería feliz.

Amar lo que ansía,
la vida, que corre y se aleja,
arrojando migajas al paso.

¡Quiero estar ahíto de placer,
embotado de la dicha de tu voz!
Tu presencia me alimenta, me trastorna.
¿Dónde queda la razón?
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Si el hombre pudiera decir lo que ama,
no dudaría.
¿Puede ser, alguna vez, demasiado perfecto el amor?
¿Puede ser, alguna vez, compartido el corazón?

miércoles 28 de enero de 2009

Esos ojos que me miran

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¿Cómo me metí en esto?

Cuando tenía 13 años, mi padre tuvo la feliz idea de llevarnos a toda la familia de visita a San Climent de Taüll. La visión del pantocrátor produjo en mí una vivísima impresión.

Sobretodo la mirada de Cristo. Aquella mirada que, a priori, parecía perdida y que se convertía al pasar el tiempo en penetrante. Tanto que a mi me se me figuraba que me traspasaba.

Y en la inocencia del prepúber, pensaba: cuando nadie queda aquí y la iglesia se cierra, ¿hacia adónde mira el pantocrátor?. Y le daba muchas vueltas a la idea.

Ésta idea sentida, siendo como era un fervoroso creyente en aquel tiempo, y las sensaciones recogidas, fueron una delicia.

Pasados unos años, compartí un curso educativo con un libro de religión que, casualmente, reproducía el ábside de Taüll. Aquella mirada, aunque mi fervor iba en merma franca, seguía fija en mis pensamientos. Reviví a mi pesar aquellas sensaciones de mi niñez y, siendo todavía un adolescente, y quizá por eso también, volví a fantasear con ése algo lejano de hacia dónde mira el pantocrátor, sin hallar respuesta.

Y con esos ojos convertidos en dos clavos en mi memoria, que fui incapaz de arrancar.

Aquella profunda mirada que ya se hacía obsesiva, pronto iba a relegarla por unos ojos más terrenales.

No fueron los montes territorio extraño para mi; antes bien, los tome por derecho a la busca, primero de fósiles, luego de restos megalíticos, paleolíticos, romános, íberos... Íbamos en bicicleta y no teníamos novia.

Comprábamos libros de especialistas de arqueología y revistas, aconsejados por los mayores, que ya eran universitarios, y nos hicimos nuestro pequeño museo (era nimio nuestro expolio) privado, por supuesto. Ninguno acabamos los estudios: había que trabajar.

Ya en solitario, con algunos años más a cuestas, di rienda suelta a dos aficiones que me volvían a sacar al monte, si es que lo abandoné alguna vez: la pesca y la escalada deportiva.

Había que moverse, y en ése movimiento me empezaba a encontrar, en ocasiones, en solitarios parajes de singular belleza que, casi siempre, presidía un templo cristiano,"románico" pensaba en mi interior, sin sospechar lo que la palabra iba a significar para mi más adelante.


Hallándome una tarde cansado de pescar, me acerqué a un templo cercano, por descansar a la sombra de su bóveda.

La imagen de un tipo con chaleco verde, botas altas de neopreno y una caña de 2´10 en la mano, al abrigo del cister, no la hubiera delirado ni el mismo Dalí. Chocante de veras, pensé.

En éstas estaba cuando se acercó a mi un hombre que, abandonando su 4x4 dijo: "mucho ha de gustarte esto para llegar hasta aquí."
- Es cierto, le respondí.
- Lástima, afirmó, que el monasterio esté como está. Aún vi el agua correr por sus gárgolas, y mis bisabuelos, tomaron aquí lección con las monjas.

Me recomendó visitar una serie de lugares con edificios donde, como el decía, todavía se conservan les voltes, esto es, los arcos.

Marchóse y quedéme en la más absoluta soledad. Y fue recorriendo con la mirada los muros cuando las vi las marcas de cantería en las que nunca reparé y, puesto en pie, rodeé el templo como un sabueso rastreando su presa.

Había muchas. Hice fotos y empecé a conjeturar sin base alguna, por lo que pasaron a la categoría de misterio.

Pasado un tiempo y a raíz del interés por lo "sobrenatural" del vástago que ha de redimir, espero, esta vida caduca, me atreví una tarde a enseñarle mis fotos. Mira, le dije, yo también tengo un misterio: ¿quién hizo éstas marcas y por qué?. A partir de aquel momento nos pusimos a "trabajar" hasta encontrar unas explicaciones, más o menos convincentes.

Otra vez al monte, y ya con otras intenciones y habiendo descubierto otro mundo dentro de éste, decidí echar el resto y me impuse como norma que siempre que visitase un lugar, lo haría buscando sus restos megalíticos, paleolíticos, íberos, romanos, románicos y góticos, y si poseyera un río truchero, dar buena cuenta de él.

Y así, a mi libre albedrío, pasaba felices jornadas con el disfrute del románico, principalmente y demás objetos de mi observación.

Como el casado casa quiere, la que a mi me deparó la banca conservaba una parte antigua, en piedra arenisca, cuya parte baja recorrí por primera vez comprobando que una plancha de hierro frisona, de algo más de un metro cuadrado, descansaba sobre el suelo.

La curiosidad, un día que estaba solo, me llevó a buscar una palanca ad hoc para levantarla.
Bajo sí, se abría un paso cuadrado de unos cuarenta centímetros de lado. Linterna en mano, me introduje en el estrecho pozo, hasta tocar de pies en unos escalones; me agaché y ya dentro, la oquedad de la antigua bodega se hizo visible.

Sobre el suelo unas tinajas vacías, botellas, humedad.

No creo en el destino y menos en las coincidencias, bien lo sabe quien me conoce, más lo que hallé en el suelo de aquella cripta me sumió en una perplejidad de la que aun no me he repuesto.

Era y es una herramienta, que si no me hubiese fascinado el románico, jamás hubiese reconocido: ¡un martillo de cantero¡. Y aquí lo tengo, para quien quiera verlo.

No llegaré nunca a saber, ni probablemente alcanzar, aquel lugar en la lejanía hacia donde mira el pantocrátor, pero cuando estuve delante YO, a quién miró, fue a MI.
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Así fue.....
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Riviere en La Fraga. enero 2009

lunes 19 de enero de 2009

Donde los sueños prevalecen

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Habita en un lugar lejano, una criatura que desapercibida por todo el mundo, comparte el mismo cielo y la misma tierra que los demás.
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Diríamos que pertenece a esa clase seres a los que se les otorga la denominación de solitarios.
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No es que desee prescindir de compañía alguna, sino que simplemente cuando pretende mostrarse tal cual es, se vuelve invisible.

No era sólo esa peculiaridad lo que caracterizaba a dicho ser, algo muy curioso le acontecía también con el habla, pues comunicándose de forma normal y entendible con cualquier otro que habitase ese lugar, siempre ocurría algo extraño cuando trataba de expresar lo que realmente siente. En unos instantes, el sonido que emitia se transforma en sonidos ininteligibles para los demás, palabras susurradas sin sentido que nunca consiguen formar una frase ni hacerse entender.

Condenado a vivir siempre bajo un disfraz y a comunicar sólo aquello que los demás aceptan oír, convive junto el resto de los habitantes y comparte el mismo anhelo que ellos, y que no es otro, que vivir la máxima expresión del sentir amor.

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Normalmente, en ese lugar alejado, toda criatura respeta profundamente las antiguas tradiciones. Los antepasados, que en aquel entonces anhelaban lo mismo que sus descendientes, establecieron unas pautas fiables para conseguir ese ideal.

Más, una vez hubieron coronado este anhelo, el universo que los rodeaba cambió, se adaptó a la nueva graduación de la especie y produjo un movimiento en sus leyes recónditas, anulando la efectividad de esas normas que actualmente seguían siendo respetadas por los habitantes del lugar.

Así que, en esta remota zona, cuando una nube blanca asciende de oriente hacia mediodía y se deshace multiplicándose en miles de corpúsculos multicolores, todo el reino vibra de indignación. Es ofensivo que la nube muestre esa naturaleza sin pudor y todos los habitantes siguiendo un patrón, permanecen inmóviles y con los ojos cerrados hasta que la nube termina por desaparecer. Tras ello, ocupan varios centenares de espacios temporales en hablar sobre lo ocurrido y comentar lo irritante que llega a ser esa parte celeste que promueve tales agravios.

Otras veces, también les ofende la tierra, sobretodo en primavera, cuando se llena de bultitos de color añil y magenta.
-Cómo osa la tierra generar esa coloración?
-No sabe acaso que esos tonos ultrajan la paz interior?!!
Todo el mundo evita los caminos marcados con esos colores y transitan por los de bultitos naranjas o pardos que son los indicados para deambular.
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... Y hay tantos y tantos preceptos que nacieron junto a las primeras criaturas y que perdieron la efectividad para estas últimas!!

Respetuosos con esas normas, todos los habitantes del reino, viven sin plantearse lo absurdo de esa devoción hacía ellas. Posiblemente si abrieran los ojos y vieran esa precipitación de tan intenso color, conocerían la belleza interna de la nube y la amarían, pues conocer es amar. Si pasearan por los caminos teñidos de añil o magenta, posiblemente notarían como vibra su interior, conocerían la inmensidad y belleza del alma y la amarían, pues conocer es amar.

Si entendieran que todo el absurdo donde creen basar sus cimientos les priva de sentir con intensidad, tendrían la oportunidad de conocerse a sí mismos, y conocer es amar.

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Todo esto me contó este ser del que os hablaba, al final consiguió hacerse entender y así lo transcribo yo.
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Fue curioso, sólo tuvo que pisar el lugar donde lo invisible se hace visible y donde el silencio es sonido, conoció el lugar donde sólo los sueños prevalecen, y al conocer ...
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En el lugar, enero 2009
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lunes 5 de enero de 2009

Ahora que estamos solos los tres

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Escucha cariño, te contaré cómo conocí a Ricardo. Quizás ahora ya no te importe eso ni nada realmente de este mundo, ya sé lo que has pensado siempre de la vida, pero creo que es una buena ocasión ahora que estamos solos los tres.

¿Recuerdas cuando nos casamos; siempre un puntillo de acidez, de desconfianza, de ya veremos si esto funciona? Yo entonces sólo tenía ojos para ti y tú para mí. Pobres ojos.
¿Recuerdas cuando mi padre enfermó? No quisiste ir ni una sola vez a Murcia, siempre tan ocupado, la joyería no podía funcionar sin la cabeza del negocio. Mi padre murió y se fue abriendo una pequeña brecha en el muro de mi corazón. Después mi madre. Casi veinte años viviendo sola, autónoma, toda revestida de autosuficiencia, y de improviso quedó prácticamente inmóvil de cintura para abajo. Tampoco fuiste conmigo ni una vez a verla, ni siquiera por cumplir, por hacerme el gusto, en los casi dos años que pasó ingresada en la clínica. Allí, conmigo, estaba Ricardo dándole sesiones de fisioterapia a ella y algo de charla y esperanza a mí. Allí estuvimos juntos, uno a cada lado de la cama durante muchos, muchos meses, y poco a poco llegué a conocerle y a quererle como era, con sus manías y también con sus gracias y sus risas sin venir a cuento. Quizás sea un poco como tú y un poco como yo, un punto de encuentro en nuestra pareja, el vértice del triángulo, la cuadratura de nuestro círculo demasiado cerrado.

No creas que ignoro lo de Raquel. Sí, no hace falta que pongas esa cara tan seria e inexpresiva, fría como el mármol. Siempre lo he sabido. Si no es por ella, ¿por quién si no de repente empezaste a viajar a Córdoba el último fin de semana de cada mes, de viernes a domingo? ¿Crees que me tragué eso de que la Feria de Muestras de Joyería, que antes era anual, ahora se celebraba cada mes, uno tras otro?

Decías; “A comprar género y a ver las nuevas tendencias de orfebrería, este año sobre todo de oro blanco”.
¡Una mierda! Sí, eso. Ibas a ver a Raquel, incluso vi su cara en un folleto de la última Feria “real”; una azafata preciosa, cordobesa morena y de unos veinticinco años, que abría la primera página cantando las alabanzas del producto cordobés. ¡Vaya si te gustaba a ti el producto cordobés! ¿Crees que no me di cuenta de las prisas por salir de madrugada el viernes, con el Audi reluciente, brillante, vestido con chaqueta y corbata de seda? ¡Y eso tú que las odiabas casi tanto como lavar el coche!

Yo cerré los ojos y dejé correr. Me la estuviste pegando más de tres años y yo tragándome la bilis, los sapos y la desgana. Era evidente que la competencia era difícil, imposible; ella era más joven, más alta, más morena, seguro que más complaciente y seguro que siempre a punto. Tenía casi todo el maldito mes para depilarse, comprar lencería nueva, ir a la peluquería, al gimnasio y a la sauna. Cuando te dejó lo noté enseguida, se te cayó la sonrisa que te iba saliendo, tímida y casi temerosa, conforme iba avanzando el mes. De todas maneras parecíamos una familia casi feliz. Aunque una pareja sin hijos yo creo que no llega a ser familia, los hijos combaten el hastío y desplazan el egoísmo y las mezquindades. Pero bueno, eso ya pasó. A mí ya no me importa nada.

Lo mío con Ricardo era diferente. Se podría decir que cuando tú volvías el domingo por la noche de tu visita mensual venías oliendo a hembra, de tanto como habías entrado en ella. Te bañabas en su cuerpo joven, como en una nueva versión de Dorian Gray. Un vampiro que envejecía lentamente junto a mí y renacía, casi regresaba a la adolescencia, después de libar la sangre de Raquel, sus jugos más íntimos. Ella podría haber sido tu hija, casi tu nieta, la hija de la hija que nunca tuvimos.

Ricardo y yo no teníamos esos problemas, en parte porque los dos pasábamos, como tú, de los cincuenta, y los cuerpos pedían más una buena comida y una caricia que un rato de desenfreno y un adiós y hasta la próxima.

Mientras tú ibas a Córdoba, a ponerle nuevas joyas a tu tesoro, con la excusa de la actualización comercial, yo me iba a cuidar a mi madre a Murcia. Cuando ella murió su casa se quedó sola, desvalida. Mi madre tenía algo de pasión por ella, por sus macetas y su patio. Yo no quise venderla y acordamos salir los dos el viernes por la mañana, cada uno en su coche y en dirección contraria. Dirección Raquel, dirección Ricardo.

Las manos de él eran de verdadero oro, sus manos eran su trabajo, lo hacía bien, especialmente los masajes a las personas “mayores”. Yo, más que mayor, me sentía vieja, gastada por el uso, como una moneda rayada y roída, con los cantos lisos y sin filo. Ricardo, con un poco de aceite y sus manos, rescataba de mi piel el brillo y los reflejos que me recordaban mis baños en la playa, cuando iba a la Universidad y todos iban a la vez detrás de mí. Yo me fui al final con el más imbécil, el más presumido y también el que más me ignoraba. El único que lo hacía. Maldita condición humana.
Me propuse conquistarle y lo conseguí. Me llevé de premio a un hombre frío por fuera y helado por dentro, educado, razonable, pero gélido y duro como el oro, casi tan duro como el diamante. Nunca me gustaron las joyas y el destino me llevó a casarme con un orfebre.

Ricardo no sentía ningún interés por eso, ni por nada más, que yo recuerde, fuera de mí, de su trabajo y de la cocina. Como tú, siempre había estado solo, como tú, había crecido en una inclusa, tú en Granada y él en Murcia. Los dos siempre tan solos, tan diferentes en todo y tan iguales en eso. Tú fuiste más ambicioso, conseguiste becas para estudiar, financiación y montaste un buen negocio. Él únicamente quería ayudar a los demás, no hablar demasiado y cocinar. Era su delirio. Quizás echaba de menos las comidas que nunca le cocinó la madre que nunca tuvo, los bocadillos para el colegio, los postres especiales o las tartas de las fiestas de cumpleaños. Era un cocinero maravilloso. Para él monté en la casa de mi madre una cocina industrial, con un inmenso frigorífico americano de dos puertas, dos hornos eléctricos e incluso uno grande de leña en el patio, para hacer el pan, las ensaimadas y las tortas gallegas, rellenas de lo mejor que podíamos encontrar.
Después de comer quizás echábamos un rato en el sofá, pequeñas caricias, o en la cocina, llena de platos exquisitos que apenas podíamos comer. Entre bromas me decía siempre que lo nuestro era un verdadero amor “platónico”, con risitas al final de la frase. Las verduras de Murcia son una maravilla. Solíamos ir de vez en cuando por el Rincón de Pepe, a inspeccionar la carta. Armados como turistas japoneses le hacíamos fotos a los postres, a las carnes, incluso a la disposición de los manteles y los cubiertos; tomábamos notas para luego montar el Rincón de Ricardo en mi casa.


Llevábamos ya casi cuatro años: tú nunca fuiste a Murcia, él nunca había venido aquí. Imagino que algún cable maldito se cruzaría en vuestras cabezas, en el cielo o en el infierno, para llegar a coincidir esta mañana en la rotonda de la entrada norte de Almería. Cuando me llamó la policía no podía sospechar nada de esto. Me mandaron directamente al hospital. Al llegar a Urgencias y preguntar por ti, la muchacha del mostrador me dio directamente el pésame, sin mucho sentimiento, y me indicó el ascensor que bajaba al sótano, al depósito. En medio de una sensación de mareo y asfixia bajé ya sin esperanzas pero también sin lágrimas.

Después de reconocerte y observarte unos minutos el enfermero me comentó que el que estaba tapado a tu lado era el otro hombre, aún sin identificar, el que había chocado contigo al tomar la rotonda. Estaba cubierto y no sé por qué tuve interés en saber quién era el acompañante de mi marido en el camino al cielo. Levanté la sábana y caí al suelo después de ver la cara de Ricardo tan fría y blanca como la tuya. Cuando me despertaron me hice cargo de vosotros dos. Les di sus datos, los tuyos, expliqué que yo era vuestra única familia y llamé a la funeraria y aquí estamos ahora los tres, tranquilos, esperando que amanezca otra vez.

Aunque no os importe ya casi nada, no pongáis esa cara, tengo que deciros que esta gente se ha portado muy bien. Me han ayudado con los papeles y a elegir algo que pensé que os habría gustado a los dos.
Algo poco lujoso, de madera en tono suave, y para después en terracota, cada uno en su pequeña urna en el mueble del comedor. Quedareis muy bien, cómodos, los dos juntos. A mí ya sólo me queda esperar.-


Primer Premio “Candil Literario de Cuentos” 2006

jueves 1 de enero de 2009

El Concierto de Año Nuevo (Cuento de Navidad para Paula)

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* Hoy que tú, Paula, ya no estás, ni Carmela, ni Valentín, saco a la luz este relato en la confianza de que, junto al tito Manuel y al bueno de Tomás, estéis viendo el Concierto Celestial


Ahora que estamos solos tú y yo. Ahora que, por unos breves instantes, has dejado de renegar de esa artritis que te atenaza las articulaciones de los pies y los brazos y te hacen sentir que “ no sirves para nada”; ahora, tita, quiero contarte un secreto: mi secreto.

Hace muchos años que he perdido mi juvenil intransigencia y hasta el bravo ardor con que solía defender mis opiniones y pareceres. Será la proximidad a esos cuarenta y diez años lo que ha descendido la vehemencia en mis postulados y que unos dan en llamar sabiduría, otros prudencia y los menos, aburguesamiento conformista. Pero sea como fuere, la verdad es que he aprendido a comprender que entre el blanco y el negro, existe una amplia gama de tonalidades grises y que nada es absolutamente verdadero ni falso, sino que existen nuestras verdades frente a las verdades de los demás.

Por eso, ahora soy, quizás, un poco más tolerante.

Pero eso no significa que haya renunciado a mis principios inmutables. Eso tampoco. Lo que quiero decirte, tita, es que me he visto en la necesidad de transigir, de tolerar, de adaptarme o de reciclarme – como ahora se dice- a las nuevas tendencias y modas. Eso no tiene ningún mérito por mi parte, sino que ha sido más bien fruto y logro de mis hijos. Sí. Como te lo digo. Estoy convencido que todos los padres de mi edad hemos adaptado nuestra mentalidad a los tiempos presentes por culpa o mérito de nuestros hijos. Sin ellos, ninguno de los de la generación pasada ayudaríamos en las tareas domésticas, ni integraríamos esa legión que forma cola en la charcutería del Spar los sábados por la mañana con la lista de la compra en mano. Ni toleraríamos las salidas de marcha de los fines de semana hasta llegar a casa a las tantas de la madrugada, ni la paga semanal, ni los vestidos de marca, ni tantas y tantas cosas...

No es producto ni de la televisión ni de los avances ni conquistas sociales del nuevo siglo. Son ellos, exclusivamente ellos, los hijos, los que nos han martilleado la cabeza con consignas uniformes aprendidas desde los patios de los colegios, hasta que han logrado hacernos pensar que se es más moderno, más joven y más “enrollao” mientras más te pliegues a sus caprichos y cedas en tu misión de desenvolver la vida de tu familia dentro de unos principios. Ahora, más que nunca, son ellos los verdaderos reyes de la casa. Todo se hace, se enfoca, se dirige y se desarrolla según sus propósitos, sus necesidades y sus deseos.

Sin embargo, tita, hay dos cosas en las que nunca han conseguido ni conseguirán hacerme ceder. Son esos dos pilares inmutables que me enraízan con lo que siempre fui y que me hacen sentir como la roca inaccesible que me enseñaron en mis juveniles años de internado en los Hermanos Maristas: El “ Sto inaccessa rupes” que reza bajo las tres violetas del símbolo anhelado de los antiguos alumnos.

Te cuento esto, porque a pesar de todos los envites, jamás consentí en comprarles una Vespino. Ese es mi primer principio que he logrado mantener inflexible.

Como tú ya sabes, todos pasan por esa época en que la posesión de una moto se convierte en su más preciado deseo y en el tormento de todas las sobremesas: “Es que a Fulanito ya se lo ha regalado su padre; que si a mi amigo Zetanito que saca peores notas se lo compraron para Navidad; que si soy el único de mis amigos que no lo tengo...”

Pero ahí, tengo que reconocer que he sido inflexible. Quizá el recuerdo de mi padre en su Lube roja por la curva sin peralte del Cerrillo de los Villares mientras mis amigos gritaban : “ ¡ Mira, las ruedas no tocan el suelo! y las muchas tardes pasadas en el Servicio de Urgencias de un monstruo hospitalario que dirigí y administré durante varios años, me curtieron en la convicción de que jamás compraría una moto a ninguno de mis hijos. Y eso, lo conseguí.

El otro asunto es más difícil. Conseguirlo me ha costado más tiempo y una lucha más denostada. Ese otro principio irrenunciable contra el que nadie ha podido, ha sido y es éste: ver la retransmisión televisada del Concierto de Año Nuevo.

Sí, tita. Porque para mí, el día primero de cada mes de Enero, nunca ha sido el inicio de un nuevo año, ni un día festivo de resaca por la Nochevieja anterior. No, no. Ese día era, ante todo, el día en que aseados y dispuestos, mi padre nos montaba en su Dauphine verde y tras encarar la Era de las Tontas y adentrarnos en La Trinchera, cruzábamos el Puerto y, entre parada y vomitera (¡ todavía los coches tienen ese olor nauseabundo!) llegábamos a Torres para felicitar al Tito Manuel.

Tú te afanabas en la cocina para prepararnos aquella sopa de picadillo con huevo cocido, las albóndigas y el pollo o el conejo que tenías reservado para la ocasión y que habías criado en el corral del patio de abajo. Entre preparativo y preparativo, tus impenitentes quejas de que algo no estaba lo dispuesto que tú hubieras querido porque María se olvidó y que la peluquera no pudo cogerte a tiempo y los pelos te los tuvo que repasar Doña Mari Paz.

Pero pasados estos prolegómenos (siempre iguales y, sin embargo, siempre distintos), todos quedábamos sentados en la mesa de camilla. ¿ Recuerdas?. Allí la presencia y la figura del Tito Manuel que comentaba sus problemas con la cuadrilla de aceituneros, la cosecha de la Sierra o las bodas que tenía contratadas en el local del cine. También allí conocí de la existencia de Bolsillones, su eterno rival, y aprendí a distinguir a qué bar podía o no entrar dependiendo no de la tapa, sino de la marca de cerveza que sirviese: El Alcázar no, El Aguila sí. (¡Y mira que es buena cerveza El Alcázar!, eh tita). Pero sobre todo aprendí una cosa: a escuchar el Concierto de Año Nuevo.

Resulta paradójico que para alguien que no es melómano y que tiene una oreja frente a la otra hasta el punto de que ni en mi juventud fui capaz de arrancar un arpegio de guitarra, ejerza una atracción tan irresistible las imágenes de la Sinfónica de Viena interpretando los Valses de Straus. Y así permanecíamos allí, juntos todos en la mesa de camilla hasta que tras la última y sempiterna Marcha ( sí, esa que todos acompañan dando palmadas), comenzaban los saltos de esquí desde trampolín. Y con ellos, se abría la veda. Los manjares que habías preparado con tanto esmero comenzaban a afluir a la mesa y junto con ellos, los proyectos de todos, nuestros estudios, las inminentes carreras, el futuro..., en fín, los sueños.

Después, el tito le “ echaba paja a la borrica” y tú le increpabas porque no nos atendía. ¿ Recuerdas?: “ - No me explico lo de este hombre. Tenerse que echar ahí teniendo una cama. Y, además, por un día que no dé la cabezada. ¡Vaya manera de atenderos!.

Un poco más tarde, tras la zozobra por si la viajera de Jaén había traído a tiempo los rollos de película en aquellas cajas de hojalata, por fín la función de cine: El último cuplé, Fanfán el Invencible, Marcelino Pan y Vino, Los Diez Mandamientos, Esa voz es una mina... ¡ Cómo me hubiera gustado ver cómo acababan!.

De nuevo al Dauphine verde (¡No temas, Manolo que por la noche no se marea nadie!), la subida del Puerto y el regate de alguna liebre que desperezaba la somnolencia de los pasajeros y... ¡ otro año!.

Por eso, tita, ahora tú si puedes comprender mi intolerancia y mi intransigencia en este punto. Por eso, ahora que va a comenzar un Nuevo Milenio, y aunque en aquella mesa de camilla y a su alrededor falten el Tito Manuel y el buenazo de Tomás, olvídate, aunque sea por un instante, de esas tus piernas “que no te sirven para nada” y cógete fuerte de las manos de María, de Carmela y de Valentín porque dentro de poco va a comenzar, otra vez para todos vosotros, el Concierto de Año Nuevo.

Mientras tanto, mi irrenunciable principio tomará forma de mando a distancia y mientras ellos duermen su cotillón, yo volveré a vibrar con el Danubio Azul.














Almería, Navidad de 2.000


sábado 27 de diciembre de 2008

Nacimiento




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Contrae tu abdomen fértil contra mi cuerpo frágil,
legado de tu sangre mezclada con la mía,
y aprieta un poco más que ya amanezca puro
este día mi llanto entre tus muslos, madre,
y así encomendarme al aire y a tus brazos,
esclavos para siempre de eterno amor por mí.
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Anabel - diciembre 2008-
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martes 16 de diciembre de 2008

Un tiempo sin lugar

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Hay un tiempo sin lugar
donde la razón no existe
donde el corazón es libre y
el deseo no es culpable

Hay un tiempo sin lugar
en el que fluyen los sueños
donde reposa la vida y
al alma llena de dicha

No creí llegar a contemplar ese tiempo
imperecedero y eterno

no creí llegar a contemplarlo

...ese tiempo sin lugar
que nació en espacio sacro.

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viernes 12 de diciembre de 2008

Un lugar en el tiempo

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Hay un lugar en el tiempo,
en un tiempo sin tiempo,
en un tiempo quieto,
cuyos mapas ocultan la fuerza
y la sensibilidad de la imaginación.

Tiempo quieto,
como el captado en la instantánea
del disparador de una cámara fotográfica,
que en lugar de fraccionarlo en segundos,
reproduce un lugar nacido en centurias y milenios.

Lugar donde se aposenta y vive,
con todo su poderío, la Luz.
Luz alta y terrible como un dios,
o declinada, como animal de fuego hacia el crepúsculo
arrastrando con ella todo el cielo
hacia la línea donde no acaba, ciertamente, el mar.

Luz que rebota en todas direcciones.
Luz que cubre la franja del espectro
donde se acentúan los tonos evanescentes blancos,
cegadores como la sola propiedad de la niebla del amanecer.
Blancos cegadores y dorados de las tardes, estrellándose
con la total gama de azules infinitos sintetizados en el añil.
Dominio y extensión del aire y latitud sin mengua del mirar...

Vivo en ese lugar
donde la prisa no es muy apreciada,
donde el rumor del agua tiene un contenido,
donde el amor es necesidad carnal y estética,
donde las cosas, más que verse se presienten.

Donde la palabra sobra,
donde la vida es el calor del cuerpo y luz en los ojos,
Donde la realidad son sueños y
Donde los sueños fantasía.
Vivo en ese lugar en el tiempo...

Perdón por mi suerte de vivir en Almería.




viernes 28 de noviembre de 2008

Una cuestión de conciencia

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.Sr.Director, le agradeceré que publique la carta que adjunto en el periódico que tan acertadamente dirige. Estoy seguro de que no atenta contra ninguna norma ética y por supuesto no afecta a ningún político conocido. Yo, la verdad, no quería, bien lo sabe Dios, pero ella me insistió, me insistió tanto, que tuve que darle la razón.

“Ya verás tú lo que haces, Prudencio, pero esto no puede seguir así, nosotros no podemos continuar con esta carga en la conciencia y alguien tendrá que decírselo. Es tu jefe. Tú sabrás. Pero, claro, hay que hacerlo de forma que no hieras sus sentimientos, a nadie le gusta enterarse de que su esposa se la está pegando con el Subdelegado de Pozos y Minas , que está en el despacho siete del piso de arriba del Ministerio, justo encima del suyo. Don Virginio no se merece eso”.

Mi jefe, Don Virginio Humano, era el responsable del Departamento de Aguas Aéreas y Subterráneas del Ministerio de Obras Terrestres y Urbanismo (MOTU). Había venido a Almería hace unos 5 años, trasladado desde Cuenca, al parecer por problemas respiratorios. Necesitaba el clima marino y además un año antes había enviudado y quizás había sido bueno el cambiar de aires. Aquí, poco después, conoció a Margarita, la adjunta del Subdelegado, y poco a poco cayó en sus redes, acabando por casarse el año pasado, después de varios episodios que aún se comentan.
Bueno, lo cierto es que ella me insistió:

“Tienes que ser tú quien se lo diga, Don Virginio es una buena persona y no se merece eso. Pero claro, habrá que buscar una forma conveniente”.

Ella, que en otra vida anterior habría podido ser consejera de Lucrecia Borgia, me lo soltó de repente:

“Tienes que hacerlo como la otra vez. Que sí, que tú escribes muy bien y ya sabes que Don Virginio es como tú, siempre lee el periódico en la cafetería a la hora del desayuno, empieza como tú, con el artículo de Manuel Alcántara, luego los sucesos, las esquelas y por último las Cartas al Director. Seguro que es capaz de leer entre líneas; cuentas lo que le pasa a un vecino, le cambias los nombres, pero dices lo más importante. Él lo entenderá y no pasará por la vergüenza de ser el último en enterarse”.

Claro, ante esto no hay quien pueda alegar nada. Las mujeres tienen un poder especial, mi abuelo decía que eran de azúcar (bueno, decía otra cosa, pero no me parece correcto entre caballeros). Ella me insistió y yo que no. Que a nosotros qué nos importa, si sólo estamos de la casa al trabajo por las mañanas y por las tardes a llevar a las niñas a la piscina, al baile, al pediatra, a las fiestas de cumpleaños y a casa de tus amigas. Cada uno con su vida que haga lo que quiera.

Yo, que vine trasladado de Correos hace tres años, estoy muy bien aquí con mi negociado de Aguas Menores.

También se lo puede decir Rafael Manuel, el imbécil del jefe de negociado de Aguas Mayores; está mas cerca de su despacho, es su hombre de confianza, su mano derecha y mitad de la izquierda. Pero no, él está soltero; tendré que ser yo.

Don Virginio, mi jefe, es un hombre de costumbres castellanas, de poco más de sesenta años. Como ya le dije antes, vino de Cuenca, viudo y sin hijos. Bueno, lo de viudo, más o menos, más bien que menos. La cosa se destapó cuando Juan García, el conserje, recibió de allí una invitación de un amigo de la mili, para asistir a la boda de su hija. Juan no quería ir, no había visto a su amigo desde que estuvieron en el Sahara, pero su mujer insistió. Al llegar, Cuenca es muy pequeña, le esperaba su amigo, conserje también pero en la delegación del Ministerio de Salud y Obras Menesterosas.

“Hombre Juan, cuánto tiempo, y a propósito, tú que vienes de Almería, ¿no conocerás a Don....?”.
La historia era una pena, una verdadera pena. Don Virginio se había casado hacía diez años con Doña Carmelina, farmacéutica, rubia y veinte años menor que él. Ella era de educación estricta y él estaba todo el día en la oficina, mañana, tarde-noche y partes del sábado; el peso de la responsabilidad. Ella tenía en la farmacia a una sobrina del alcalde que no había donde colocar, y se pasaba todo el día en su chalet, en una preciosa zona residencial a las afueras de Cuenca, lo que no distaba más de tres kilómetros de la farmacia.

Un puro jardín era el barrio y es así como conoció a Nelson Wenceslao (el Guajiro le llamaban, para acortar), un joven inmigrante cubano que se buscaba la vida como jardinero de exteriores y las más de interiores.

Y pasó lo que tenía que pasar. Doña Carmelina, joven de rígida educación, no era muy amante del vicio de fumar, lo justo, el pitillo reglamentario de los sábados, pero aquel turgente puro habano de después de la siesta le había descubierto placeres insospechados. Cuenca es muy pequeña; el divorcio fue rápido y Don Virginio tuvo que marcharse con el cigarrillo entre las piernas para no ser la mofa de sus bienintencionados vecinos.

Lógicamente, en la oficina nadie sabe nada, nadie dice nada y Juan solamente se escribe con su amigo para contarle sus problemas con la próstata, a nadie le interesa la vida de nadie.

Y ahora pretende ella que yo le diga que su esposa, la de ahora, se la pega. Hombre, lo suyo con Margarita se veía venir. Recuerdo que hace casi tres años, recién llegado yo de Correos, y aprovechando la celebración del Día de Andalucía, fuimos a Murcia, lógicamente al Corte Ingles.
Aquello parecía el Paseo, la mitad de mis parientes, con sus respectivas, estaban allí.

Lógicamente, todas habían pensado lo mismo. Después de admirar una preciosa, preciosa, camisa de casi veinte mil pesetas, tuve que admitir que ella tenía buen gusto, que hacía juego con el pantalón, divino, que se acababa de comprar y que las cosas buenas duran una barbaridad. Lógicamente, lo cargué todo a la tarjeta y ya pasó a ser un asunto interno del banco.

Justamente al salir, bajando al parking, allí estaba Don Virginio, ayudando a Margarita a cargar unas bolsas grandes con edredones y unas más pequeñas que parecían de ropa interior de esa que sale en las películas que a mi cuñado tanto le gustan y que ve hasta cuando están codificadas; dice que con las gafas de sol mejor que el cinemascope. Yo por supuesto no dije nada en la oficina, bueno ella se lo dijo a la mujer de Juan, pero no hay cuidado.

Por eso le digo que me veo en la obligación de pedirle que publique la carta que está en la hoja siguiente. Por favor, aunque incluyo una fotocopia del carnet de identidad, le ruego que en la firma sólo ponga las iniciales; ésta es una ciudad muy pequeña y todos nos conocemos. No quiero que pase como la otra vez, que ya le dije yo a ella que no teníamos que meternos en lo del Jefe de Correo Bastante Urgente. ¿Qué nos importaba a nosotros lo de su mujer y el guardia jurado de la puerta?. Tanto ir a Madrid, tanto ir a Sevilla y mientras su mujer con el de la porra. Pero bueno, ella insistió, ya sabe lo de aquello que tienen de azúcar. Ella insistió. Era una cuestión de conciencia.-
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sábado 22 de noviembre de 2008

Aquelarre

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Hacía un par de lunas que Kurabla y Draude habían organizado un encuentro con otros druidas seguidores de ritos celtas. Se acercaba el año nuevo de la tradición celta, una fecha idónea para un aquelarre que abriera las puertas de acceso al mundo de los espíritus. La ocasión debía aprovecharse ahora que venía de cara, pues su calva no permite agarrar por los pelos la oportunidad una vez ha pasado de largo.

Kurabla era una druida con profundos conocimientos en brujería, con probada experiencia en rituales de magia, blanca o negra (sin estigmas de racismo), de naturaleza práctica y de carácter profundamente crítico. Draude era conocedor de hierbas, especias y setas, de sus propiedades y sus potenciales. También era druida, aunque lo era por extensión de su pareja y, por tanto, tenía conocimientos bastante superficiales en estos temas.

Llegado el día previsto, media hora antes del amanecer, partieron en su carreta rumbo a la posada donde se produciría el encuentro. Tirada por un viejo percherón gris que adquirieron por catorce monedas de plata en un mercado equino hacía ya seis años, y cargando el atuendo y alimento justo y suficiente, el viaje podía realizarse en un día. Atado a una cuerda, en la parte de atrás de la carreta, llevaban su sabueso. Una perra fiel, sumisa e inseparable de Kurabla.

Al atardecer llegaron a su destino. Allí los aguardaba el posadero que los atendió consolando su estómago con una sopa castellana y dirigiéndolos a la habitación reservada para ellos. Esa noche los dos druidas descansaron bajo una colcha de lana y se reconfortaron del largo viaje efectuado. Viaje que habían hecho en un buen tramo bajo una fina y persistente lluvia, no menos adversa que el resto del camino, donde el húmedo frío que había reinado el día, bajo un cielo encapotado, les había llegado a hacerles padecer algunos síntomas de hipotermia.

Al día siguiente, a media mañana, llegó el gran chamán Al.leunam. Vestía turbante azul y túnica blanca con guarniciones doradas en el pectoral. Montaba un joven caballo árabe de lustroso pelo rojizo, bella figura y cubierto con una magnífica silla alforzada de color negro. El chamán procedía de las tierras meridionales de la península, territorio aún bajo los dominios musulmanes; había dedicado muchos años a la lectura, al estudio de la historia y de las leyes, era experto en la contemplación de templos y en el desvelado de enigmas célticos... en fin, que guardaba secretos jamás contados a los habitantes de su ciudad. Secretos que sólo compartía con amigos druidas en encuentros como el que se disponía a vivir.

Al.leunam había cabalgado todo del día anterior hasta llegar a una población cercana a la posada. Allí había pasado una noche en el palacio de unos príncipes cuyo linaje y posesiones se extendían por toda la península. Al.leunam, en sus viajes por tierras cristianas, frecuentaba descansar en los múltiples castillos y palacios de esa noble familia. Las costumbres, la higiene y la distinción de esos lugares se acercaban más a sus hábitos de exquisitez, propios de un chamán de su condición.
En aquel momento llegaba ya a la posada y divisaba a los amigos druidas, Kurabla lo saludó y le indicó que dejara su corcel cerca de la balsa pantanosa para que éste pudiera abrevar. Al.leunam aceptó cortésmente la propuesta y, tras bajar del caballo y sortear entre charcos e islas fangosas el trayecto hasta la entrada de la posada, saludó con un efusivo abrazo a sus ya viejos conocidos mientras comprobaba que el lugar pantanoso donde se encontraba distaba mucho de la tierra firme y seca que él prefería. “Esto, en palacio, no ocurre” les dijo mostrando su preciado calzado mojado, lleno de mierda y barro. “!Es que te metes en todos los charcos!”, le contestaron.

Apenas habían empezado a explicarse las últimas novedades de sus vidas, cuando llegaron en una caravana de cuatro asnos los otros tres invitados al aquelarre de fin de año. Eran el brujo Leafar, junto con las brujas Aciam e Ichuram. Leafar era un instruido hechicero con poder para comunicar con los dioses, con el mismo diablo, con la Madre Tierra y con el “más allá”. Aunque nadie sabía cómo se comunicaba, algunas leyendas lo comparaban al movimiento de bajada de la tapa en un artilugio con el que solía pasar largas horas de observación, como transmitiéndose señales mutuamente. Aciam era una menuda hechicera, oriunda de tierras musulmanas, ocurrente y catalizadora de hechizos y de relaciones. Era la mujer de Leafar, o más bien era Leafar su marido, ya que Aciam, como toda mujer que se preciaba, era la que ordenaba y conducía la vida de su pareja. Y por último, Ichuram, que con su indumentaria negra y su trabajado aspecto se percibía el pacto con Satanás. A pesar de esa visión misteriosa en la que sólo le faltaba la escoba y el sombrero alto acabado en punta, aparecía una bruja que curaba a la gente con plantas medicinales y exorcizando los malos espíritus usando sus poderes mágicos. El cuarto burrito y apreciablemente el más viejo todos, iba cargado con tres mantas enrolladas, un mugriento caldero, un par de cantimploras de barro y unas alforjas con lo que, supuestamente, serian los atuendos y utensilios necesarios para la ocasión.

Tras ocupar las estancias de la posada, se reunieron en el comedor para disfrutar juntos de una buena comida y conversar sobre sus temas comunes. El posadero les ofreció unos chuscos de pan y una vasija con aceite procedente de unos olivos de Úbedum. Por reconocer su proximidad con el origen de ese selecto producto, el chamán se alegró de manera evidente, pero pronto descubrió que habían puesto a macerar unos boletus en su interior con el fin de darle aroma al aceite, y lo que le habían conseguido es un aceite con doscientos gusanos moviéndose en él. Como la vasija no tenía la embocadura adecuada para dosificar cuidadosamente el óleo, el intento de Al.leunam acabó en un chorro de líquido con boletus y gusanos sobre el chusco abierto. “Esto, en palacio, no ocurre: mi vasija tiene una embocadura perforada por donde vierto la cantidad justa y limpia sobre el pan” pensó Al.leunam. Pero tras haber hecho tan efusivo recibimiento al posadero cuando anunció la procedencia del olium, Al.leunam se vio obligado, con disimulo de las arcadas, a tomarse el pan con el aceitón, proteínas incluidas.

El posadero anunció que su mujer había preparado unos garbanzos para la ocasión. No había engaño en que eran garbanzos, pero tampoco había engañifa que acompañase el puchero. Todos comieron los garbanzos sin prestar mayor atención al plato. Todos menos Al.leunam, que no recordaba haber comido nunca unos garbanzos-garbanzos, sin más, ya que en palacio los garbanzos solían acompañarlos con otras exquisiteces. Aunque eso no se pudo comparar con el churrasco seco que se sirvió a continuación. Era igual que se quisiera normal, al punto, muy hecho, pasado o achicharrado. El resultado era el mismo: un trozo de vieja ternera dura como una suela de zapato.

Ante esa comida, todos se quedaron un tanto hambrientos y el chamán estuvo tentado de enviar un maleficio a la cocinera, pero Aciam salió conciliadora de la situación y propuso que ella, junto con las otras compañeras, se encargarían de cocinar la cena de la noche de fin de año. Así el aquelarre previsto aseguraría mejor el éxito de contactar con el más allá.

Tras la comida, los druidas se dispusieron a curiosear por las estancias abiertas de la posada. Kurabla ofreció a su querida sabuesa los restos del churrasco y ésta se los comió tras un largo esfuerzo que, finalmente, zanjó engulléndolos. En un viejo cobertizo, junto a los corrales, los posaderos tenían un número importante de vasijas de barro. Todas llenas de nada. ¿De nada?, ¡No! Del fondo de una de ellas, Kurabla extrajo algo negro. Se trataba de un murciélago muerto que, seguramente, había caído en ese cántaro y, sin capacidad para arrancar el vuelo desde ese desaventajado lugar, acabó pereciendo y desecándose. Tras mostrarlo al grupo de brujos, y ante la cara de repugnancia de Al.leunam que describía su pensamiento de “esto, en palacio, no ocurre”, Aciam replicó ocurrente “nos lo llevamos para la cena”, y se lo guardó en el zurrón de piel que llevaba colgado a todas horas en su espalda.

Luego, al cruzar el patio, en dirección a las habitaciones, resultó que el perro del posadero se había ensañado con la sabuesa de Kurabla. En medio de la pelea de los canes, se encontró Al.leunam medio atropellado por los saltos y revuelcos de éstos prácticamente sobre él. Kurabla dio unas autoritarias órdenes a su sabuesa y ésta se retiró de la pelea. No obstante, la blanca túnica de Al.leunam dejó de ser toda blanca. “Esto, en palacio, no ocurre” pensó una vez más y, sacándole cortésmente importancia al tema y disculpándose por su torpeza, expuso que se iba a asear y a vestirse adecuadamente para el aquelarre.

Al.leunam se fue hasta el riachuelo que ladeaba la posada, allí procuró lavarse un poco con esa agua fría. Acostumbrado a los baños de palacio, con balsas de agua calentada a leña o en aquella ocasión que disfrutó de unas aguas termales, no pudo dejar de pensar que echaba de menos los castillos del príncipe, y se preguntaba cómo era que Kurabla siempre lo ponía en estos charcos. Después, se dirigió a su habitación, se quitó la túnica manchada para ponerse una túnica limpia y se sacó el turbante azul para ponerse un turbante negro. Ahora ya estaba aseado para disfrutar del aquelarre.

Aquella tarde se dedicaron a los preparativos, Kurabla salió a recolectar setas. No le fue difícil encontrar unos boletus y alguna muscaria para hacer una pócima con dotes alucinógenas. Ichuram la acompañó en el recorrido por el bosque y se dedicó a coger las plantas apropiadas para la fiesta: mandrágora, beleño y estramonio básicamente, aunque cogió también secretamente algunas bayas y se las guardó celosamente envueltas en un pañuelo. El resto del grupo, subieron a lo alto de la colina cercana a la posada, allí Aciam fue preparando el caldero para la cena de gala y los demás acopiaron leña para alimentar una hoguera durante toda una noche.

Aciam encargó a Al.leunam y a Draude localizar algunos ingredientes imprescindibles: una pluma de águila, un par de sapos vivos y una cola de lagartija. Ambos pensaron a la par “yo no cataré este brebaje”, así que ambos aceptaron ir a consultar al posadero si disponía de esos ingredientes que, curiosamente, tenía guardados en la despensa la cocinera. Dada la rapidez y la sorprendente fortuna con la que habían obtenido esos poco habituales ingredientes, decidieron tomarse unas copas de aguardiente de tubérculos sentados junto al hogar de la posada. Allí Al.leunam empezó a filosofar sobre cosas como que si sólo que haya una persona buena en la faz de la tierra, ya vale la pena vivir en ella, a ejemplo de Sodoma y Gomorra, que sólo que hubiera habido un hombre justo en esas ciudades, valía la pena salvarlas. También se extendió en su valoración de la gente auténtica por las vivencias, más que por su estatus social. Draude lo escuchaba asintiendo sus razonamientos y, mientras se calentaban por fuera y por dentro a base de fuego y aguardiente, llegaron Kurabla y Ichuram con los productos recogidos del bosque y marcharon todos juntos hacia la cima de la colina donde se celebraría pronto el ritual de brujería.


El principio de Alfa

Ya anochecía. Tras desaparecer el rojizo Sol por el horizonte, se percibió en segundos una bajada de temperatura en el ambiente. Se evidenciaba el frío. El cielo estaba despejado: sería una noche serena. Seguramente no helaría: por las fechas del año nuevo celta no solía helar en esos territorios. La luna llena favorecería la iluminación del escenario. Y también el fuego. La hoguera ya se levantaba por encima de la colina, como prolongación de la tierra hacia el cielo. Como llamando a los mundos superiores, con sus llamas, para que, desde sus atalayas, abrieran las puertas que conectan este mundo con el más allá.

Leafar iba añadiendo leña al fuego mientras rezaba repetitivamente una especie de conjuro e iba dando vueltas levógiras en torno a la hoguera. Aciam removía el caldero con una larga pala de madera de olivo y, al ver llegar al resto de brujos, les solicitó impaciente el resto de ingredientes, sobre todo la cola de lagartija, imprescindible para dar el sabor apropiado al brebaje. Pronto se pusieron a cocer todos los productos. Mientras, se recitaban los hechizos repetidamente. No tardó en que las palabras de los seis brujos se empezaron a confundir en una sola voz. Entonces, iba subiendo el volumen de su fuerza y la pócima se iba cargando de energía. Las burbujas de la ebullición rompían como chisporroteos en el aire y el aroma a boletus con mandrágora, el hedor a muscaria con beleño y estramonio, las vibraciones mágicas del murciélago disecado, machacados previamente en el mortero con la cola de lagartija y las pieles de los sapos recién sacrificados, hacían que la atmósfera que envolvía ese lugar embriagara ya a todos los seis druidas.

Con ese punto de exaltación, con el estado alterado de la conciencia en la que se iban empezando a encontrar, Aciam ofreció un puchero de la pócima a cada uno. El estado de flipe de los brujos invitaba a tomárselo sin pensar en su contenido. Los seis brindaron alegres por la Madre Tierra y por el nuevo año, y se engulleron de un trago el pestilente brebaje.

Empezaron los cantos, los bailes y los delirios. Brujos y brujas se abrazaban y danzaban mientras entonaban un canto rítmico, corto y cíclico. La pala de olivo, impregnada con la pócima y junto con los restos del ungüento obtenido en el mortero, era restregado por las entrepiernas y mucosas corporales. Las vueltas levógiras en torno a la hoguera ayudaban a llamar a las puertas del inframundo y a iniciar algunos contactos con almas en pena que deambulaban por esos entornos esperando la ocasión de entrar en el purgatorio.

El brebaje provocó el vómito a uno de los druidas, Draude, y los demás lo imitaron sin ningún esfuerzo. Era el efecto normal de la ingestión de la muscarina con otros enteógenos. No obstante ahora ya habían asimilado todos los componentes mágicos y alucinógenos de la pócima. Los druidas empezaron a ver cómo los objetos se deformaban, como los árboles aumentaban de tamaño hasta parecer gigantes. El estado de euforia se apoderaba de su mente, los cantos eran entregados al ritual con una convicción que atravesarían el umbral que los trasladaría al más allá y contactarían con el príncipe del averno.

En ese estado de trance, de pronto, como en una levitación, viajaron volando los seis juntos hasta una piedra agujereada que se encontraba en medio de un campo, a modo de mojón de límite entre dos territorios. Allí, en el centro del círculo que formaban los brujos, un macho cabrio fue percibido. Éste conectó mentalmente con Leafar durante un par de segundos e, inmediatamente después, el cabrón se esfumó. Entonces, Leafar trasladó al chamán y a los dos druidas, como si se tratara de dos paquetes compactados de información, todo esa sabiduría que había recibido del mismo demonio. Un paquete hacía referencia a la estirpe de Lucifer y otro a una serie de ritos y mitos de una orden religioso-militar que se constituiría algunos siglos más tarde, en el futuro. Tras ese momento de éxtasis, los seis brujos volvieron súbitamente junto a la hoguera, en lo alto de la colina. Sus corazones latían en fuertes pulsaciones, las respiraciones eran cortas y rápidas, jadeantes. Sus cuerpos temblaban, aunque no tanto por el frío nocturno que les invadía sino por la reacción de la experiencia de haber contactado con el diablo. Se sentaron agrupados en el suelo, frente al fuego. Leafar acabó de poner los cuatro últimos leños que les quedaban. Ichuram ofreció masticar una baya a cada uno para ayudarlos a depurar las toxicidades de los enteógenos consumidos. Se cubrieron las espaldas con unas mantas y permanecieron en silencio, observando juntos el juego aleatorio de las llamas y retomando, poco a poco, el estado conciente de la mente.

Fue entonces, cuando la luna llena estaba por el cenit de su eclíptica, que los seis druidas se propusieron que labrarían una inscripción junto a la piedra agujereada. Algo así como “En este campo hay fania de juntarse los bruxos y las bruxas a sus abominaciones llevadas por el misterio del demonio”.


El final de “O meiga”


La hoguera se había convertido en una pila de brasas medio encendidas. El cielo empezaba a clarear por oriente apagando las infinitas luces que habían presidido esa noche desde el firmamento el aquelarre. Los seis druidas habían ido recuperando la vida consciente dejando atrás el ritual mágico. Cuando, por fin, el Sol apuntó en el horizonte, Leafar dijo “!Feliz año nuevo a todos! y, entre besos y abrazos, los seis brujos se felicitaron efusivamente. Y Leafar añadió “¡Que la Madre Tierra nos dé un año de buena suerte a todos!” y los seis druidas se encontraron inmersos en un baño de alegría recibiendo el año nuevo celta.

En aquel preciso momento y surgiendo del bosque, apareció una tropa de soldados que galopando fueron rodeando a los brujos. El capitán de la escuadra con voz fuerte e imponente mandó : “En nombre de Dios y por el poder que me otorga la Santa Inquisición, quedáis arrestados y seréis juzgados por vuestras prácticas de brujería”. Los seis druidas fueron maniatados y llevados presos corriendo tras el trote de los caballos hasta la iglesia del pueblo. Toda la buena suerte augurada por la llegada del año nuevo estuvo en correr sin caerse, puesto que los jinetes no se hubieran detenido y hubieran arrastrado al que se cayera hasta el pueblo.

Frente a la puerta porticada de la iglesia, bajo una arquivolta esculpida con los ocho pecados capitales, se instaló el tribunal de la Inquisición. Torturaron a los brujos hasta que confesaron sus prácticas de brujería, su relación con el diablo y su devoción por la Madre Tierra. Entonces, fueron condenados a muerte por acción del fuego sagrado de la hoguera inquisidora.

Al llegar esa misma noche, en el rollo de la Plaza Mayor del pueblo, sobre un montón de leña, fueron atados de espaldas a la misma picota los seis brujos, dándole la vuelta entera. Luego, fueron untadas sus ropas con brea y, tras dar una última oportunidad de retractarse de su relación con Satanás, fueron quemados vivos hasta desaparecer entre las llamas. Contaban los soldados que contemplaron la escena, que las últimas palabras que oyeron salir de la pira fueron: “...esto, en palacio, no ocurre!!! ¿Porqué me meteré yo en estos charcos?!!”

Esa dramática muerte de los seis brujos selló con lacre un lazo de unión entre ellos. Aunque eran de procedencia diversa y, tal vez, se podía observar alguna diferencia social, entre ellos se produjo un vínculo virtual. Un fuerte vínculo que se extendería más allá de sus vidas y de sus muertes. Vínculo que, tal vez, con los años, con los siglos, volvería a reunirlos en una vida futura de un modo similar. Seguramente con mejor fortuna, ya que peor no podría ser y la ley del equilibrio es universal. Tal vez al principio, la reunión de los brujos se produciría de un modo virtual, como telepático. Tal vez más adelante, la reunión se materializaría en similares experiencias, en los mismos puntos del espacio y en los mismos días del ciclo anual.

Y tal vez ese lazo de unión, ancestral, sería reconocido por ellos mismos al verse. Al reconocerse. Como si se hubieran conocido “desde siempre”.
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Por Fiz Cotovelo.

Gràcia, 1 de novembre de 1008
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jueves 20 de noviembre de 2008

Evolucionando

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En esta vida pasas por varias etapas. Biológicamente, todos los que tengamos la suerte de completar el ciclo, veremos infancia – adolescencia – juventud – madurez – vejez. Las transformaciones físicas aparecen evidentes en todas ellas, si las analizas son similares en todos los mortales y nos acomodamos a ellas con más o menos agrado, pero pienso que los cambios a los que es más dificil amoldarse es a los emocionales.

Vas pasando por etapas en las que la dependencia va dando paso a una cierta autonomía que después de irse desarrollando y afianzando, se viene abajo para volver a ser, poco a poco o de un solo golpe fatal, dependiente de la nueva generación que a su vez está inmersa en el mismo mecanísmo imparable.

Mental y afectivamente también se evoluciona, aunque a algunos apenas se les note. Primero domina el apego materno, luego amplías círculos que después con los años quedarán ostensiblemente reducidos. Puede ser un ejemplo de inteligencia biológica. Si atendemos a lo que decía Pío Baroja: “Sólo los tontos tienen muchas amistades. El mayor número de amigos marca el grado máximo en el dinamómetro de la estupidez”.

Las distintas emociones van acompañando estos cambios y se van alternando alegrías y penas, esperanzas y desilusiones, gozos y pesares, serenidad y tensiones, logros y fracasos que para tu alivio piensas que en la próxima etapa te ayudarán a evolucionar con las nuevas experiencias aprehendidas. Digamos que todas las aportaciones, positivas o negativas, las tomas como enseñanzas que te harán “progesar” en un futuro.

Pero en la última etapa tienes que afinar la puntería. En la conclusión de la vida sientes que no puedes permitirte la decepción de descubrir que has puesto tus esperanzas y tu confianza en las personas equivocadas, en alguien que te ha fallado y no cubre ni con mediocridad tus expectativas. Si ves que tu vida se resuelve y no te gusta el resultado que al final tiene el problema... ¡Vaya chasco!... ¡No me gustaría encontarme en esta situación!

Pienso que vivo mi vida intentando hacer las cosas lo mejor posible, siendo una persona aceptable y medio decente, haciendo el menor daño a todos y a todo. Procuro no aferrarme a situaciones o personas de una forma egoista y miserable, pues pienso que hay actitudes que empobrecen y frustran y cuando al final de mis días haga recapitulación quiero permanecer serena, equilibrada y tranquila y hay sensaciones que tienen que ser muy dolorosas para llevarselas a la tumba.

No me gusta, aunque la he experimentado en algunas ocasiones, la sensación que llamo “cara de tonto”. Hay veces que la vida es tan dura que la luces de forma permanente, pero mientras te queda tiempo por lo menos tienes la esperanza de que otros sentimientos (aunque sea la “mala leche”) vengan a cambiarte el semblante. Algunos se llevarán (siempre se habla de terceras personas cuando se comenta algo malo) la “cara de tonto”, helada en el rostro, a la eternidad... Menos mal (parece mentira pero también después de la muerte hay esperanzas) que el tiempo se encargará de ponernos a todos una “carcajeante” sonrisa dibujada en el rostro... la que lucen al final todas las calaveras... ¡El que no se conforma es porque no quiere!...

Creo que aun tengo una oportunidad. Sería buena idea seguir las enseñanzas de Séneca y llegar a ser la mujer más poderosa al hacerme dueña de mi misma, sobreponiéndome a todas mis circunstancias. No dudo que con el tiempo y la abundante Pedagogía que la vida derrocha conmigo algún día levantaré mi pequeño imperio... pero si lo dudase, sería lo mismo, otro gran hombre ( Aristóteles) acudiría en mi auxilio para susurrarme al oido que la duda es el principio de la sabiduria ...

¡Qué sería de nosotras (pobres mujeres) sin ellos (grandes hombres)!


Almería, 15 de Noviembre de 2008
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jueves 30 de octubre de 2008

Una mujer como tú

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“¡Maldito ascensor! ¡Se ha parado!”.Grité para mi interior con todas las fuerzas de que fui capaz. Sin embargo algún susurro debió escaparse de mi boca, ya que mi acompañante ocasional me miró.

Siempre le había tenido miedo a los ascensores, o al menos respeto. No. Era miedo. No tengo por que negarlo a nadie y menos a mí misma. Incluso llegué a perder una buena ocasión de compra de una oficina por el hecho intranscendente de estar en un piso doce. Era realmente una ganga de una subasta, pero fui incapaz. Me costó una buena bronca con mi marido, tan perfecto, tan inmovilista, tan sabio, tan previsor y tan lleno de incomprensión hacia los pecadillos ajenos. Ni una palabra de aliento (“lo tuyo son tonterías, caprichos de mujer histérica, desocupada y sin valor, una miedica”). Acabé comprando una oficina mucho más pequeña, más cara, en el edificio más nuevo y tecnológicamente preparado de la ciudad, pero situada en la segunda planta. Hacía caso de lo que dicen los carteles del Hospital: “Cuide su salud haciendo ejercicio. Use las escaleras”.

El “don listo” de mi marido, psicólogo aficionado, me “ordenó” que al menos usara el ascensor una vez al día para ir “liberando los miedos de mi subconsciente”. Le hice caso para dejar de oírle renegar al menos durante un tiempo y lo usaba al acabar la jornada por la tarde. Realmente no era tan malo, no pasaba nada y siempre bajaba acompañada de Trinidad. Mi despacho estaba en la segunda planta, como he dicho, pero sólo tenía cincuenta metros cuadrados, el resto, más de trescientos, eran de su compañía.
Junto a mi placa profesional, “Eloisa Escudero. Asesoría laboral y fiscal”, se encontraba la suya, casi se rozaban, “Trinidad Moreno e Hijos. Consignatarios de Buques”. Todos los empleados subían y bajaban por las escaleras, apresurados, eran jóvenes y enérgicos. Yo, rondando ya los temidos cuarenta y con algo de barriguita, no mucho, no vayas a creer, subía y bajaba a mi ritmo.

Sin embargo, todas las tardes, a las ocho y media, descendía de mi cielo en esa máquina infernal, procuraba no pensar y salía corriendo hacia la puerta de la calle. Ya he dicho que nunca lo hacía sola, siempre bajaba acompañada de Trinidad Moreno, la persona que dirigía la empresa vecina. Como un derecho especial ejercido sólo por los más altos dignatarios de su empresa siempre usaba el ascensor.
A su lado yo parecía la ascensorista de las películas con uniforme a botones y gorrito. Trinidad vestía impecablemente, con el típico maletín negro de mano, mirada seria, casi hosca, gesto adusto y el saludo internacional acostumbrado, cortes pero frío e impersonal. Nunca me miraba a mí pero yo llevaba admirando su cuerpo, su elegancia natural, sus ademanes, durante los seis meses que llevábamos “conviviendo” en el ascensor todas las tardes. Sin embargo siempre pensé que era, sencillamente, inaccesible. Era impensable que una persona así, tan perfecta de verdad, pusiera sus ojos en mí.

Coincidí varias veces con su secretaria tomando el café de media mañana, todos bajábamos al mismo sitio, buen café, buen precio. Me contó lo que quería saber, todo lo que sabía, de la persona que pagaba sus nóminas, muy poco: Había heredado la empresa de su padre, que lo hizo a la vez del suyo. No había cambiado de nombre en más de setenta años. En su caso, cuando nació tuvieron algunos reparos, pero la mentalidad comercial prevaleció. Aspectos personales: matrimonio casi de conveniencia, aunando capitales para la consolidación del negocio, dos hijos, buen chalet, buen coche, todo el tiempo era poco para el trabajo. Incluso sus diversiones eran parte del juego: el Club de Golf sólo era una ampliación de la sala de juntas.

Pensé todo eso durante menos de diez segundos. El ascensor no se movía y de repente se apagó la luz del techo, quedando sólo un pequeño piloto rojo. Cogí el teléfono móvil para llamar a mi marido. Llamé, insistiendo, pero no respondía nadie. Sentí escalofríos, un ahogo extraño y comencé a gritar, a respirar alocadamente, a llorar. Miré, entre las lágrimas, a Trinidad y vi algo diferente en sus ojos. Se volvieron tiernos, dulces, amigables, casi amorosos.
Las piernas se me fueron doblando, sentí una flojedad cada vez más fuerte. Noté que Trinidad se colocó detrás de mí, me agarró por debajo de los brazos y fuimos cayendo lentamente, resbalando, hasta quedar con las piernas estiradas, mi espalda apoyada en su pecho y la suya en la pared del ascensor.

De su boca, que tanto me atraía, antes tan seria y firme, se dejó oír una voz temblorosa, que intentaba ser tranquilizadora: “No te preocupes Eloisa. Yo cuidaré de ti. Desde que te conozco te deseo con toda la energía que se acumula en el universo. Relájate un poco”.
Apoyando sus palabras, sus manos volaron sobre mi cuerpo como mariposas con alas de seda, acariciaron mi pelo, con extrema suavidad, avanzaron por mi cara y tomaron posesión de mí. Yo sólo pude emitir un suspiro profundo, mezcla de alivio, asombro y consuelo.
Con las yemas de los dedos fue realizando pequeños círculos en mis labios, en mi barbilla, en mi corazón, que iba agitándose y acalorándose por momentos. Volaron sobre mi cuello, como palomas se posaron en mi pecho. El corazón ya se salía de él. Nunca había sentido nada igual, ni siquiera parecido, con ningún hombre. Una descarga eléctrica saltó en la base de mi cerebro y recorrió a la velocidad de la luz toda mi columna vertebral, imposible de controlar, libre, hasta terminar en mis piernas, que temblaron como en un terremoto de emoción y placer.

Si no hubiera estado apoyada en Trinidad me habría desmayado sin remedio. Una ola de calor siguió a ese chispazo sacando a mi cara todos los colores que llevaban aletargados varios años, esperando a la lluvia de besos que comenzó a caer sobre mí. El fuego me consumió en lo más profundo de mi cuerpo, de mi alma de mujer.
Era suya, sin pensarlo, sin buscarlo, aún casi sin desearlo, pero inevitablemente era suya. Cerré los ojos dejándome hacer, viajando por mi pasado hasta el cálido útero de mi madre, de donde regresé aturdida. Toda una vida de normalidad, de amor normal, nada de locura, pasión descafeinada. Nunca un segundo valió tanto como una vida. La dulzura de su mirada me atraía hacia Trinidad. Éramos dos personas casadas, con hijos, responsabilidades y había incluso algo más que habría debido separarnos.

Seguía estando en su regazo, rodeada de sus brazos, notando su respiración, tan convulsa como la mía. Sentía su mirada en mi pelo, que me atravesaba cada centímetro de la piel, de los huesos, de la carne, de las vísceras. Todo mi yo era suyo para siempre. Así se lo juré. Hasta la última gota de mi sangre roja y caliente.

Después de varios minutos de silencio cómplice, de reflexiones calladas, nos levantamos. Nuestras miradas buscaron la otra boca, nuestros labios los ojos. Por cada sonrisa un beso, besos profundos, calientes y húmedos, suaves en labios de terciopelo rojo brillante, cariñosos. Volaron las palomas y nos enlazamos en un abrazo que habría fundido los metales, creando una nueva aleación, con nuestros cuerpos, del mineral con el que se fabrica el amor.

El sonido impertinente del teléfono móvil me devolvió al mundo de los ascensores rotos, que había conseguido olvidar. Lo cogí sin ningún ansía, a pesar de ser el único vínculo con el exterior. Contesté con varias afirmaciones y colgué. Trinidad me miró, interrogándome. Le contesté:

“Es mi marido. Dice que no me preocupe, que ha saltado la alarma del ascensor y él, que me esperaba abajo, ha avisado al servicio técnico. Llegarán rápidamente. Estaba salvada, como siempre, gracias a él.”

Y le añadí, con una mirada de cariño profundo:

“Soy muy feliz. Contigo me he sentido una persona completa. Te puedo asegurar que no entiendo aún cómo has podido fijarte en mí, que soy tan poca cosa. Nunca lo hubiera pensado, no me explico qué ha podido ver en mis ojos una mujer como tú.”

viernes 24 de octubre de 2008

Un día normal

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Mira, si no fuera por la cuestión del bocadillo realmente no se habría notado casi nada.
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Bueno, casi nada o nada tampoco es cierto. Era evidente la diferencia en algunas ropas, en algunas caras, un acento algo extraño y ya está.
De jamón, de atún y de queso. Habíamos dejado guardados los últimos para los alumnos que venían del otro centro educativo.
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Resulta que aún siendo de un barrio con alta población gitana solamente venían niños y niñas hijos de inmigrantes, nacidos ya aquí o recién llegados, sin tener en cuenta todavía el método de ingreso en este nuestro primer mundo.

El éxito de los años anteriores nos animaba a seguir con el camino. Nos parecía bueno para todos, una forma diferente de abrir algo las mentes. Como en el anuncio, hay otros mundos, pero parecen peores, hay otros mundos, pero resulta que el más atractivo es éste. Está muy bien lo de la tradición, lo de los valores y el patrimonio cultural, pero es difícil pensar con la barriga vacía o con los pelos del cogote erizados por si vienen a por ti. La mayoría de los que vienen de por ahí fuera buscan mejorar en sus necesidades, lo que deviene a veces en hacerlas más grandes. La vorágine del consumismo, antes desconocido, ataca a todas las personas que se acercan a cualquier superficie comercial de gran tamaño y, claro, también a ellos, en eso no somos tan distintos.
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En los niños no se traslucen esos problemas. La única diferencia era que los de fuera pedían “atón”, con un baile de vocales, y los de aquí “de jamón”. Los profes del pueblo comían jamón, los de allí, los monitores y monitoras, le entraban al atún y al queso. El zumo no tenía color cultural, suena casi igual, naranja, y les gusta a todos. Eso y el fútbol.
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El taller de más éxito es el que se practica con un balón y un equipillo en cada mitad del campo. El gol es la salsa que calienta y exalta los ánimos . Los equipos se hacen mixtos y aquí no hay tampoco colores, alguna patada, algún agarrón, y al final se entregan las medallas. A todos les gustan las medallas. Es normal, son niños, o al menos gente joven y pasan de muchas ataduras que todavía aprietan la mente de sus mayores.

Aquí, en mi centro, no hay muchos inmigrantes matriculados. Iba a escribir “demasiados”, pero ignoro cuál sería la tasa o el tanto por ciento que hace pasar la cifra de lo aceptable, lo permisible, a lo ya superador de las expectativas, lo realmente insoportable a los ojos de muchos; el porcentaje que nos llevaría a ser nosotros la minoría, a pasar de ser “nuestro” a ser “de los otros”.

Resulta que en este centro, sin demasiados alumnos inmigrantes, hay varios de este grupo que son de los que generan más problemas, y a la vez, algunos de los mejores alumnos o alumnas también son extranjeros, lo que choca. ¿Será si acaso porque los niños que se empeñan en ser puñeteros nacen donde les da la gana a ellos, ya sea en Almería, en Nador, en Murcia o en Lituania? Con lo que entramos en algunas otras disquisiciones y sutilezas, que llevan quizás al fondo del asunto. A ningún profesor le gusta trabajar con tensión, con alumnos sin interés, no se hacen distingos, ya sean de color blanco, negro, amarillo o de rayas verdes y blancas. Resulta que pasamos ahora ya a tratar con personas no con números de visado, de pasaporte o con entelequias y aquí las diferencias empiezan en el nombre propio.

Como ya se viene haciendo desde hace varios cursos, la experiencia ayuda en los talleres y realmente funcionan. Es curioso, los alumnos, ellos solos, acaban por olvidar que el otro es el otro. Cuando yo les dije al grupo que tenía asignado, antes de recibir a los visitantes, que no tenía muy claro lo que haríamos en el “taller de convivencia”, sugerí buscar temas de interés común. La propuesta, la demanda más rápida y evidente, era la esperada, nada de filosofía o del encuentro de las culturas : “¿Cómo ligan ellos?”. Yo les dije, “hombre, me imagino que lo mismo que aquí”.
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A mí los niños que vinieron, los varones, no me parecieron especialmente guapos (la misma opinión tengo sobre los “míos”), las niñas en cambio sí me resultaron más agraciadas (más de los mismo con las “mías”). Es decir, queda claro que no soy racista, si acaso machista, tampoco lo creo, solamente hombre, quiero decir varón. Antes de irse, antes de irnos todos, uno de los míos vino con una visitante, buscando un papel donde apuntar un teléfono o una dirección y yo pensé: “no está mal, así que de cultura y antropología no habremos aprendido mucho, pero el que sí ha funcionado es el taller de ligoteo”. La convivencia es así, no hay que buscar nada extraño. Parece que estaban todos contentos, los profesores, los alumnos, las profesoras, las alumnas e incluso el director.

Por allí apareció una periodista, entrevistando a las autoridades, con las cámaras de la televisión autonómica, multitud de fotos, más periodistas ¡Qué barbaridad! ¡Yo no sé dónde estaba la noticia! Ni los unos tenían cuernos ni los otros iban vestidos con traje de torero o de gitana, se reían lo mismo, con la misma vergüenza inicial y el cachondeo progresivo. La risilla que les iba entrando minaba lentamente los pilares de la diferencia y unía sus intereses en lo fundamental de su edad, que no es otra cosa que el ir ahondando en lo que antes se llamaba el misterio de la vida y las relaciones humanas y que ahora se trata sin tapujos en los múltiples chats de internet.
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Por cierto en el campo de la informática no se deja ver inicialmente, a primera vista, el origen del usuario y está derribando murallas; pese al engaño contumaz y al disimulo de los defectos, si se conecta con alguna persona que hace mella en nuestro ánimo se le llega a conocer sin haberle visto la cara ni una sola vez.
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Hace unos días, en un centro comercial de la ciudad, vi cogidos de la mano a dos personas, quizás se habían conocido en la red que tiende a pescarnos a todos. No tenían nada de especial o de escandaloso, sin embargo me llamaron la atención, y eso que yo soy moderno, coeducativo, y todas esas cosas que decimos cuando queremos quedar bien y aparecer en la foto como “progres” y demócratas. A mí me llamaron la atención y puse ojos y orejas al servicio de mi insana curiosidad.
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Resulta que iban de la mano un hombre, joven, alto, de unos treinta años, con unos rasgos faciales norteafricanos y un español chapurreado con un acento especial que denotaba su origen magrebí, y una mujer, también joven, rubia y que hablaba con acento de haberse criado en Andalucía y aún más en Almería. Yo pensé que hace unos años eso habría sonado raro, raro. Seguramente incluso a alguien le habría parecido preocupante.
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Sin embargo allí nadie pareció darse cuenta, todos los clientes seguían comprando, iban a lo suyo y ellos, la pareja, a lo propio, sonrientes ambos. Yo no escuché mucho de lo que hablaban por puro respeto a su intimidad, lo justo, pero hacían planes, hablaban también de un tercero, un tal Mohamed, que tenía problemas para venir a España. Ellos pensaban ayudarle, buscarle un trabajo y quizás una novia, alguna amiga de ella.
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Unos amigos buscando la forma de ayudar a otro. Normal. Nadie diría que era un inmigrante peligroso, un forajido, sino un señor cualquiera, preocupado por el bienestar de otro señor deseoso de conocer el país donde no le va tan mal a otros que han llegado antes.

Después de la compra fuimos a comer a un restaurante chino donde ya nos conocen, además los hijos del dueño habían sido alumnos míos en años anteriores. Son muy amables todos, especialmente los niños, y me saludan muy educadamente. Incluso intentaron que mi hija aprendiera algo de su idioma. Yo, que soy muy torpe para eso, sólamente recuerdo que “hola” se dice “Ni Hau”, o algo así, con la hache inspirada ¡Qué difícil! Sin embargo los condenados niños hablan un español perfecto y un chino endemoniadamente rápido, además de inglés y un poco de francés. Piden los platos, los rollitos, el arroz, con una jerga incomprensible, fulgurante, y discuten con los mayores, a veces en voz alta, con un idioma que imagino no será muy diferente del que se está hablando en ese momento en Cantón o en Pekín.

Lo más curioso es que ahora, en los fines de semana, tienen contratado de camarero a José Luis, un muchacho del barrio, y parece que se apaña bien con ellos. Le viene bien para pagarse la universidad y el tío, que es listo, es incluso capaz de aprender idiomas. Antes de él tenían a una muchacha rumana, Válery, muy agradable y guapa, que siempre nos traía caramelos al terminar. Como sigue por aquí, nos vemos por la calle de vez en cuando y nos saludamos con agrado. Ya ves, si no nos conocemos de casi nada, pero parece que nos caemos bien (también es cierto que, no lo niego, es atractiva o a mí me lo parece y me alegra verla). Yo le sonrío sin artificio, de corazón, y ella me devuelve el brillo de sus ojos.
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Ahora trabaja en una inmobiliaria y va vestida como una ejecutiva de Nueva York o París, lo sé porque estuve buscando un piso hace unos meses y me la encontré detrás de su mesa, luchando por sus comisiones, pero tan simpática como siempre. No le compré el piso, pero me sigue saludando. Está bien.
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Si me toca la lotería primitiva, además de comprarme el ático con vistas a la playa, me gustaría ir a China, a ver la Gran Muralla. Dicen que se puede observar desde el espacio exterior. Claro que tampoco pruebo la suerte todos las días. Hoy es viernes y toca.

Por un euro se puede soñar. Es barato soñar. El dueño del estanco donde sello los boletos me dice con su acento argentino que “la próxima vez vos tendréis suerte”. Me gusta ir allí porque tiene cosas extrañas, junto al tabaco y los productos habituales. Cosas típicas de su tierra, como el mate y el dulce de leche y botes de esos especiales para hacerse el mate. Se pasa el día chupando del cacharro ese, con esa cosa que parece una pajita metálica, repujada y adornada como una montura de paseo.
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Siempre le digo que mi acera, la suya, la nuestra, es internacional, más que una terminal de aeropuerto. Sales de hablar con un argentino y le compras el pan y algunos refrescos a las niñas rusas de al lado, andas un poquito y tropiezas con los chinos y el bazar de un pakistaní y más adelante entras de lleno en Nador o en Marrakech. Él se ríe, “vos tenés razón, pero qué se la va a hacer, es la vida”. Y el negocio le va bien. Muy bien. Tanto que ha comprado dos pisos en el edificio contiguo y los tiene alquilados, uno a un grupo de colombianos que se buscan la vida montando muebles de cocina y el otro a un matrimonio mejicano, bastante joven, que están abriendo un pequeño negocio de venta de frutas y verduras.
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Y es lo que él dice; “Allí en Buenos Aires la plata ya no valía nada. Te mueres de hambre y no te dan ni agua”. Aquí no tiene queja. Los niños al colegio a los dos días de haber llegado. Se adaptaron muy bien, vinieron muy pequeños y ya están en el bachillerato. Hace un par de años se trajo de allí a su madre y la ha puesto al cuidado de una muchacha rusa o lituana, de por ahí arriba, que era enfermera o auxiliar de clínica en su país.
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Cobraba muy poco y se intentó venir a España como pudo. Primero parece que le engañaron con algo raro, con un contrato que era para otra cosa, lo que tú piensas, pero se pudo escabullir del enredo al llegar aquí y ahora no le falta trabajo. Cumple bien y es seria. También es guapa, pero eso a las señoras mayores que cuida no les molesta. Ya te he dicho que es seria y honrada. No creo que se fíen de mucha gente para dejarla en su casa por la noche, vigilando su sueño.

Como le dije a mi estanquero lo de ir a ver la Gran Muralla me comentó que para conocer obras humanas que se puedan ver desde el espacio no hay que ir muy lejos, sólo unos treinta kilómetros. Se refería a los campos de invernaderos del Poniente almeriense, el famoso mar, más bien océano, de plástico. Él conoce la zona porque estuvo trabajando allí más de dos años, cuando llegó a Almería, en un almacén de envasado de productos hortícolas. Metía en las cajas, con su bolsa o su embalaje, los pepinos, tomates y pimientos que luego se comían en Alemania. Él hacía su turno y todo lo que pillaba, horas extras y fines de semana, y fue formando un pequeño ahorro. Se trajo después a la mujer y a los niños y se enteró por casualidad de lo del estanco, en venta por la jubilación del dueño. Se entrampó hasta los ojos pero le salió bien. Como sabe lo difícil que es empezar le ayuda un poquito a los que llegan, especialmente a los argentinos, y está montando una asociación.
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También es cierto que el idioma ayuda y la gente parece que le mira mejor que a los que no entiende, prejuicios humanos de todos los sitios, como sí tu vas a un pueblo del interior de un país africano y, haciendo un chiste, pasas a ser el blanco de todas las miradas. Pero el idioma lo aprenden rápido, sobre todo los niños. A mi centro han llegado hace poco dos hermanos rumanos que no sabían ni palabra, pero que jugaban bien al fútbol.
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Ya no son vistos como inmigrantes sino como jugadores internacionales a fichar por el equipo local, donde ya juega Felipe, que vino de Guinea y es un buen defensa, y Hassan, un argelino que es el mejor portero que hemos visto en muchos años. Han tardado muy poco en aprender los saludos, las bromas, los nombres de los niños y especialmente los de las niñas.
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Además, todos ellos son altos y guapos, fuertes y simpáticos con lo que se las llevan de calle. Es cierto que también han tardado poco en aprender los insultos, los tacos y las primeras frases para desenvolverse por aquí. Eso lo primero. Lo normal. Hay que vivir. Y si no, imagínate tú que te vas a otro país, a Argelia, a Lituania o a la chimbamba, no por gusto, sino por narices, las del hambre, el progreso o la “presión” ¿Tú qué harías allí para buscarte la vida?
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... Pues claro. Normal.-

sábado 18 de octubre de 2008

La Tierra sin Piedad

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Tal vez porque la vida en el campo no era fácil para la gente de la posguerra, o tal vez porque el carácter de esas gentes de la meseta central viene dominado por tozudos genes, que Ernesto Rodríguez, ya de chaval, no había quien lo dominara. O dominase.

En las mañanas frías de invierno, su padre se marchaba a trabajar con el tercer canto del gallo. Nada que ver con San Pedro que negó tres veces conocer a Jesús antes que cantase, o cantara, el gallo. Pero las tradiciones pesaban, o los genes, pues hacía ya muchas generaciones que el primer canto del gallo era el despertador familiar, el segundo era de aviso que llegaría el tercero y, al tercer quiquiriquí el cabeza de familia debía partir en busca del sustento familiar. Con más razón entonces, en época de escasez y pobreza, no estaba el tema como para ir rompiendo las tradiciones, sino para ir a recolectar la resina de los pinares, la madera de los sabinares o lo que se terciaba.

Ernesto también madrugaba a diario. Su madre acostumbraba a darle para desayunar pan migado y la mitad de la leche que les daba la cabra. Luego partía a pie hacia el colegio del pueblo vecino. En menos de tres cuartos de hora se podía llegar, o menos aún para Ernesto ya que le gustaba atajar tiempo y camino cruzando los campos y el riachuelo que marcó el límite fronterizo, hacía ya unos años, entre los unos y los otros. Que ahora, tras esa incivil guerra, todos eran los mismos, o al menos así lo decía el Gobernador.

Ernesto andaba campo a través, pisando su tierra natal, unas veces labrada, otras en barbecho, unas veces embarrada, otras resquebrajada, unas veces de calor radiante, otras de helado rocío... Sin apenas darse cuenta Ernesto ya aprendía antes de llegar al colegio. Y también en la vuelta a casa, momentos en que podía observar los animales de su entorno, unos salvajes como los corzos, las liebres o los buitres, y otros de corral como los de la venta cercana al apeadero del tren. Ernesto, con apenas algo más de una década de vida, tenía una gran riqueza interior. Sus días estaban llenos de experiencias, de vivencias, de contacto con su tierra, su gente, su flora y su fauna.

Tras la llegada de tiempos de paz, había sido necesario reconstruir el país y, a la par, educar al pueblo. Se trataba de crear empleo en obra pública, como la construcción de la red ferroviaria o de las escuelas nacionales, para promover la circulación económica de la nueva moneda en las familias que lo habían perdido todo – parientes incluidos- y también se trataba de dar un nivel cultural medio, por no decir mediocre, al vulgo, para mantenerlos alineados bajo unos valores y modales que evitaran, o evitasen, la rebelión en contra del régimen. Toda una estrategia maquiavélica que, además, entre otras muchas, estaba aliñada con temas como el fútbol que, a modo de “opio de la sociedad”, servía para distraer el foco de atención y de preocupación del pueblo llano.

La escuela

Ernesto tenía la suerte de ir a esa escuela, a pesar que algunos días no podía asistir porque debía ayudar a su padre en el trabajo. No obstante su padre procuraba por todos los medios que Ernesto fuera, o fuese, al colegio. Hacía ya un par de años que esa escuela nacional era de nueva construcción, la inauguración salió en el Nodo de los cines de las principales capitales y era mixta, cosa que se vendió como un hecho vanguardista. Pero mixta sólo en apariencia puesto que aplicaban el lema de “juntos pero no revueltos”. El Arquitecto tuvo que construir, por orden del Gobernador, dos alas independientes en el edificio para albergar a los niños en unas aulas y a las niñas en otras bien distantes. Bajo un mismo techo, puertas cerradas con llave separaban las zonas de cada sexo. Sólo los profesores tenían libre acceso a todo el colegio, sin embargo era ampliamente sabido que si un niño se adentraba en la zona de las niñas, o viceversa, pesaba el castigo de encerrarlo en el cuarto de las ratas. Nunca nadie había regresado de ese cuarto, aunque tampoco ningún alumno del colegio recordaba haber ido a tal lúgubre lugar. Con la amenaza era suficiente, puesto que con los castigos habituales de los golpes de regla en los dedos o ponerse de rodillas con los brazos en cruz y con un libro en cada mano, bastaba para tener a (casi) todos a raya.

El patio del colegio fue el mejor espacio para el flirteo. A pesar que el Gobernador dictó al Director de la escuela establecer horarios distintos de recreo, éstos acabaron siendo consecutivos y, los maestros de las niñas que, por cortesía y deferencia, eran las primeras en acceder al recreo, solían alargar con algún cigarrillo más y dejando solapar su tiempo con la salida en estampida de los niños al patio. Esta intencionada tolerancia era limitada a breves minutos. Momentos en que Ernesto, igual que la gran mayoría de los niños, desarrollaban a marchas forzadas sus habilidades conquistadoras. También eran minutos que usaban las niñas para poner a prueba sus nuevas artes de coqueteo. Y entre esas niñas estaba Piedad, la hija del Farmacéutico, que destacaba por su temprana madurez, tanto en lo físico como en lo mental.

Ernesto había descubierto las niñas y, entre las niñas, había descubierto a Piedad. Llevaba unos meses que aparecía en su mente, cada vez más a menudo, hasta que se dio cuenta que estaba colado por ella. A partir de ese momento, a pesar de la corta edad de Ernesto, su vida empezó a cobrar sentido, aunque también le empezó a cambiar el sentido de su vida en más de una dirección.

Como todo lo prohibido es tentación para el hombre, los compañeros de la clase incitaron a Ernesto a entrar en la zona de las niñas. Ernesto quería mostrar su hombría y valentía, sobretodo ante Piedad, por lo que aceptó el reto. Cogió la llave maestra que sabía que su profesor guardaba habitualmente colgada de un clavo en el fondo del cajón de su mesa, se dirigió al final del pasillo del piso superior donde había una de las puertas fronterizas y... traspasó el umbral para adentrarse en el mundo prohibido de las niñas. Ernesto estaba nervioso, aunque su paso era decidido, sus amigos lo observaban sonrientes desde lejos, en zona segura. Aunque su aventura le duró poco, ya que justo doblar el pasillo para bajar las escaleras que conducían a las clases de las niñas, tropezó con su propia torpeza y bajó rodando las escaleras rompiendo el silencio negro terciopelo que se respiraba en el lado oeste de la escuela hasta aparecer justo a los pies del Señor Director y, con el empuje del descenso, arrolló a éste quedando abrazados en medio del vestíbulo del pabellón femenino. Justo entonces fue cuando asomaron por las puertas de las clases las maestras y las niñas, viendo en posición ridícula al Señor Director y descubriendo a Ernesto, un niño, en zona de niñas.

Mientras el Señor Director cogía por la oreja a Ernesto y se lo llevaba gritando “!Rodríguez, ahora mismo va usted al cuarto de las ratas!”, Ernesto dirigió su mirada hacia Piedad y ella lo correspondió con una sonrisa complaciente, aunque Piedad se ruborizó por su timidez y desvió pronto la mirada hacia el suelo en un amago de disimulo.

Tras recibir unos azotes y zarandeos, el Señor Director lanzó a Ernesto al fondo de la sala de castigos, cerrando de un portazo mientras voceaba “!Aquí le van a comer las ratas, así que prepárese, Rodríguez¡”. Ernesto pensó que había entrado en la zona de las niñas como un elefante en una cacharrería, aunque le había merecido la pena del anunciado castigo porque Piedad se había enterado de su hazaña. No obstante ahora se sentía dolido y molido, y encima atemorizado por estar en un cuarto oscuro, encerrado, y esperando que aparecieran los asquerosos roedores a devorarlo.

Fue entonces cuando descubrió que el lugar olía de una manera especial. Le recordó la ración del vaso de leche que, cada día antes de salir al recreo, les daban a todos alumnos por orden del Gobernador con el fin de garantizar la nutrición de la población infantil de la posguerra. Con el paso de los minutos, los ojos se fueron acostumbrando a la oscuridad y pronto comprobó que el cuarto de las ratas no era más que la despensa donde se guardaban apilados los sacos de la leche en polvo. El cáñamo de los sacos estaba roído por muchos lugares y se había derramado bastante polvo por el suelo. Ernesto pensó que posiblemente fuera obra de las ratas y que por este motivo el cuarto hubiera, o hubiese, recibido este nombre. Pero esto también tranquilizó a Ernesto porque pensó que las ratas ya estaban suficientemente bien alimentadas como para pretender comérselo a él. Acto seguido, Ernesto se auto sugirió la idea de probar el polvo, primero se chupó el dedo y, con el dedo humedecido, captó algunos gránulos de leche y se los puso en la boca. El gusto de leche le sorprendió: “Es más suave que la de nuestra cabra, pero mucho más intensa que el vaso que nos dan cada día a media mañana” y pensó que todo era cuestión de la cantidad de agua que bautizaba la leche. Entonces, cogió un puñado ayudado con las dos manos y se lo zampó de un golpe dentro de la boca. En pocos segundos, empezó a encontrarse la boca llena de leche, con los gránulos que se le pegaban en la lengua, en el paladar, en la garganta, en los dientes, en los labios, ... allá donde había algo de humedad en su cavidad bucal se apelmazaba todo un vaso de leche concentrada. Ernesto se asustó y escupió todo lo que pudo. Necesitaba agua para salir de ese apuro, pero estaba encerrado y castigado, así que se tuvo que ir tragando lentamente ese polvo grumoso mientras pensaba en la mirada sonrojada que le había dedicado Piedad cuando el Señor Director se lo llevaba tirándole de la oreja. Había valido la pena, y encima había recibido recompensa.

Desde aquel día, todas las tonterías, monerías, burradas y gamberradas del colegio eran hechas por Ernesto. Los viajes al cuarto de las ratas eran prácticamente diarios, Ernesto había aprendido a tomar dosificado el polvo de leche. Con este aporte de nutrición, su cuerpo y su mente crecían a un ritmo superior a la media nacional que, como ésta era una media baja, en realidad él estaba por la media media.

Cuando, pasados un par de años, Ernesto tuvo que dejar la escuela para ayudar a su padre, había florecido ya un joven e ingenuo amor entre él y Piedad. La escuela había aportado el matraz a la química de su amor. No obstante, el padre de Piedad no aceptaba que la hija del Farmacéutico pudiera establecer relación alguna con el hijo de un humilde recolector de resina. La madre de Piedad estaba sometida a la represión del cabeza de familia. No tenía opinión propia visible aunque, en el fondo, lo aceptaba; como aceptaba resignada todo lo que le imponía el Farmacéutico. Así que Ernesto recibía los consejos del cura – que era el mismo en todos los pueblos de esa diócesis - y Piedad recibía los consejos del cura y de su padre para que abandonaran, o abandonasen, su joven amistad. Pero estas presiones causaban en ellos el efecto contrario. Las adversidades les hacían unir sus corazones cada día un poco más.

Tuvieron que pasar unos cuantos años guardando obligadas distancias. No sólo por pertenecer a dos pueblos separados por campos y un riachuelo, sino porque por una parte el trabajo de Ernesto, junto con su padre, no respetaba los festivos si querían algo más que el plato de legumbres en las comidas o algo más que una sopa castellana en las cenas. Por otra parte porque Piedad tuvo la oportunidad de asistir a diario a la escuela unos años más aprendiendo quehaceres, reservadas sólo para las mujercitas, como cocinar, coser y lavar; aprendiendo a escribir con plumilla en su cuaderno hasta evitar los manchones de tinta y las faltas de ortografía, y trabajando el catecismo para convertirse en una recatada “católica, apostólica y romana” que permitiera, o permitiese, asistir junto con sus padres a la misa de las doce los domingos y fiestas de guardar luciendo el mejor vestido, limpio y planchado.



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Las fiestas

Y llegó el verano que Ernesto alcanzó la mayoría de edad civil, aunque la mayoría física y mental ya la había alcanzado bastante tiempo atrás. Ese verano Ernesto se propuso asistir a las fiestas del pueblo de Piedad y, en el baile que se celebraría la noche del sábado, sacar a bailar a Piedad ante las miradas de todos y declararle su amor. Era su apuesta, su reto, su tozudez. Decidió que o la conquistaba de una vez por todas, o marcharía a la capital en busca de una nueva vida.

Estas fiestas eran esperadas con impaciencia por los habitantes los pueblos del entorno. Hasta venían los familiares emigrados a ciudades lejanas para celebrarlas. Tal vez porque las peñas que se organizaban competían en el concurso de zurracapote para ver quien hacía la mejor bebida refrescante a base de vino, limón y azúcar; tal vez porque los tradicionales juegos de cucaña provocaban la afluencia de niños y jóvenes afanosos de recibir un buen chapuzón; o tal vez porque su Alcalde conseguía, desde su nombramiento oficial por parte del Gobernador, traer a la pista de baile la Banda del Ejército para tocar el repertorio seleccionado de músicas bailables. Por un motivo u otro, todo el mundo veía las fiestas como el final de un túnel, un punto y aparte en las tareas del campo, en el trabajo en las fábricas de la capital, o en el curso escolar. Unos días de permitido desenfreno de la vida de represión y duro trabajo que, aunque unos más que otros, todos llevaban.

Ernesto se había hecho miembro de la peña de Los Celtas desde hacía unos meses, esto le permitió participar, el primer día de las fiestas, en el intercambio de vasos de “limonada” con otras peñas. Eso animó a Ernesto. Los primeros vasos de zurracapote le entonaban alegría y compartía bromas con otras peñas, pero hacia el mediodía, bajo el sol de las canículas, los nuevos vasos de refresco se fueron convirtiendo en veneno hasta coger una buena chuza. Ernesto se dio cuenta que perdía el equilibrio, fue zigzagueando por la calle Mayor hasta llegar a los soportales de la plaza donde, tras escoger el primer rincón que vio, se desplomó allí mismo y se quedó dormido, por decirlo de alguna manera.

Horas más tarde, cuando despertó, tenía la cabeza bajo una presión de tambor. Todavía se encontraba bajo los efectos del alcohol, pero se creyó capaz de ponerse en pie y dirigirse a la multitud del centro de la plaza. Estaban haciendo un juego de cucaña que consistía en meter un palo en un agujero mientras se bajaba por una rampa sentado en un carro de cojinetes. Los que no conseguían tal propósito recibían el chapuzón automático de un cubo de agua convenientemente llenado por el Alguacil. Allí fue cuando Ernesto, en medio de las risas del coro que animaban a los participantes, se dio cuenta que estaba también Piedad, alegre, sonriente y acompañada de unas amigas que también reconoció de sus pocos años pasados en la escuela. Ernesto se decidió a participar en el juego para captar la atención de su amada. Pero, al emprender el descenso sobre el carrito, el palo se le trabó en un saliente de la rampa con tan mala fortuna que el otro extremo le atestó un punzante golpe en la cara que casi le rompe una muela y, como era de suponer, al llegar al final del corto recorrido, no acertó poner el palo en el agujero de la tabla por lo que obtuvo de premio una repentina ducha que lo dejó empapado. A pesar de todo, Ernesto pensó que estaba de suerte, la bofetada recibida y el cubo de agua fría lo habían reanimado un poco de su resaca y, cuando desvió la mirada hacia Piedad mientras se levantaba chorreando del carrito, observó que ella lo saludaba con un movimiento de cabeza y con una mirada sonriente que le llenó el corazón. Como si se tratase de un acto reflejo, Ernesto le lanzó un beso al aire. Un instante después él se arrepintió de su reacción de muestra de afecto, aunque ella recibió con emoción tal atrevimiento realizado por Ernesto ante las miradas de todo el pueblo. Sin duda, entre ellos se había catalizado la química del amor.

Ernesto volvió a casa, durmió de nuevo durante un par de horas, se lavó y se puso el traje que su padre usaba en los eventos especiales y tomó el café bien cargado, de aroma y cariño, que su madre le había preparado. Hacia el anochecer, emprendía de nuevo, ya sobrio, el viaje hacia el baile. Esta vez, para no ensuciarse, siguió el camino carretero en lugar de cruzar los campos y el riachuelo. Tenía la impresión que esa noche pillaría a Piedad. Aunque en realidad era Piedad la que estaba segura que esa noche pillaría a Ernesto.

Cuando Ernesto atravesaba la plaza de la picota, que marcaba la entrada al pueblo como recordando a los visitantes que las fuerzas de la ley hacían justicia en ese lugar, empezaron a sonar los primeros acordes de la Banda del Ejército. Ernesto observó cómo un hormigueo de gente salía de todas partes y se dirigía, con vestidos engalanados, hacia la plaza Mayor. Él se sumó al río humano hasta desembocar en una plaza repleta de gente. Nunca antes Ernesto había visto tanta gente junta. “Pero, entre tanta gente, ¿Cómo encontraré a Piedad?”, se preguntó mientras, de puntillas, oteaba por encima de las cabezas de la multitud.

Pero Piedad también lo buscaba a él y, como el toro a lidiar, sabía por qué puerta entraría a la plaza. Así que Piedad sólo tuvo que dejarse encontrar poniéndose casualmente ante el radar visual de Ernesto. Con dos caras de sorpresa, de “!Ostras!, ¿Tú por aquí?, ¡Qué casualidad!” se saludaron ambos enamorados, aunque ambos sabían perfectamente que los dos se estaban buscando.

Ernesto y Piedad entablaron conversación, recordaron los tiempos de escuela, flirtearon entre risas, miradas y roces, bailaron algunos pasos dobles, intentaron algún movimiento con las jotas, y rieron. Rieron con la complicidad de dos enamorados.

Cuando se acercaba el final del baile, Ernesto y Piedad decidieron retirarse hacia el mirador del pueblo. La música en susurro rompía la oscuridad de la noche de tímida luna creciente. Y fue allí, bajo un manto de estrellas como testigo, que Ernesto declaró su amor a Piedad. Y ella lo aceptó correspondiéndolo. Los corazones de ambos latían saliendo del pecho hasta que se abrazaron y se fundieron en un dulce beso. La química de su amor había llegado a la fase de levitación.

Esos segundos de éxtasis se rompieron de pronto por el estrepitoso ruido de una escopeta. Piedad y Ernesto, sobresaltados, reconocieron pronto, por los gritos que oían procedentes de la silueta negra, que quien se les acercaba a paso rápido en la oscuridad era el padre de Piedad. Ernesto se puso delante de Piedad para encararse al Farmacéutico y explicarle sus honestos deseos e intenciones para con su hija, pero el padre de Piedad estaba fuera de sí, lanzaba ira y enojo por todos los sentidos, amenazó de muerte a Ernesto si lo volvía a ver a menos de diez pasos de su hija y se llevó a Piedad cogiéndola con fuerza por el brazo y arrastrándola hacia el pueblo. Piedad iba sollozando “!Por favor, Padre!, ¡No!, ¡Déjeme querer a Ernesto!”. Pero todo fue inútil. Ernesto se dio la vuelta como para no ver, pese a la oscuridad, ese triste espectáculo que lo desgarraba por dentro y rompió a llorar desconsoladamente. Solo y en la oscuridad física. Solo y en su oscuridad mental.

Pasó la noche en el mirador del pueblo reflexionando sobre lo ocurrido y, al final, tomó su decisión. Pasó por casa para contar lo ocurrido a sus padres y, al tercer canto del gallo, tras abrazar a su madre y estrechar la mano de su padre, Ernesto partió hacia el apeadero para coger el primer tren hacia la capital.

La capital

Emigrar a la capital era un recurso ampliamente utilizado por los campesinos en esos años de hambruna. Era una opción de búsqueda de dinero para sobrevivir que solía ser mejor que la opción de empecinarse a ganar el sustento a base de cultivar la tierra, más si éstas eran arrendadas a terratenientes. Sin embargo, la emigración de Ernesto tenía un fundamento distinto, era una huída ante una impotencia. Impotencia por no poder acceder a la hija del Farmacéutico debido a ser hijo de un humilde recolector de resina. En todas las épocas ha habido estatus sociales y, en estas épocas de crisis, las diferencias entre clases se acentúan aún más.

Pasados unos días, Ernesto había encontrado trabajo como peón de carga en una fábrica textil. Ernesto le pegaba duro al trabajo. Había aprendido de su padre lo que significaba madrugar, obedecer órdenes y sudar hasta caer el día. Seguramente la idea de ganar estatus social y económico para alcanzar la aceptación del padre de Piedad le motivaba a trabajar con ansias de prosperar. Aunque Ernesto sabía que la cosa no era fácil ni rápida.

Pasadas un par de semanas del percance en el mirador del pueblo, Piedad fue a visitar la madre de Ernesto. Se había enterado de su marcha a la capital y quería saber cosas de él, cómo se encontraba, qué hacía, cómo estaban ellos tras esa marcha repentina ocurrida, con toda seguridad, por culpa de su padre, el Farmacéutico.

La madre de Ernesto le dejó leer la carta que había recibido de su hijo, en ella le contaba donde se encontraba y que había empezado a trabajar. La madre de Ernesto apenas sabía leer y no sabía escribir, así que, con astucia de alcahueta, propuso a Piedad que le ayudara a redactar las cartas de respuesta a su hijo. De este modo se mantuvo en secreto el amor entre Ernesto y Piedad, bajo la complicidad de los padres de Ernesto y bajo el secreto guardado a los padres de Piedad. De este modo, los dos amantes mantuvieron correspondencia durante largo tiempo, manteniendo aletargada la reacción de la química de su amor.

A Ernesto le pesaban los genes de su testarudez. Pronto ascendió a carretillero, luego a mozo de almacén y no tardó un año en que lo hicieran jefe de la sección expediciones. Aunque a partir de allí, era muy difícil de prosperar ya que carecía de estudios y de padrinos. Las cartas de recomendación eran ajenas a su entorno social y Ernesto observaba que el entorno estaba lleno de recomendaciones, de ascensos injustos. Los amigos conocidos del Gobernador contaban con prioridad de designación en los cargos de mando de las industrias de la capital. Los que aparentemente eran los dueños de la empresa, resultaban ser propietarios del capital, más no del poder de gobernar la industria, puesto que esto era reservado a designios de los amigos del Gobernador. Finalmente, o el patrón se hacía amigo del Gobernador, o éste se veía obligado a “vender” su fábrica.

Cada sábado a última hora de la tarde, después de haber trabajado seis días de sol a sol, Ernesto subía la escalera de paso japonés hasta la oficina de la empresa donde el patrón le daba un pequeño sobre de papel marrón con su sueldo semanal, un par de billetes doblados y unas monedas. Sus ahorros aumentaban, más aún cuando Ernesto averiguó de qué manera podía incrementar su parte de destajo, a base de etiquetar las expediciones bajo una codificación por clientes. Pasado el tercer verano en la capital, Ernesto se vio capaz de invertir sus ahorros en la entrada de una vivienda en al que, tras firmar ciento veinte letras al antiguo propietario, éste le entregó las llaves del reino. Un cuarto y último piso, con vistas a la fábrica textil.

Aunque Ernesto frecuentaba el contacto a través de las epístolas con Piedad, apenas había ocasión ni vacación estival para que Ernesto pudiera, o pudiese, volver al pueblo. Sólo podía hacer un par de cortas escapadas al año, una por navidades y otra por pascua. Desde unos meses antes, los dos amantes preparaban la estrategia para encontrarse en un recóndito lugar cerca del riachuelo y lejos de las miradas de las gentes del lugar. De enterarse alguien, las noticias no tardarían en llamar a la puerta del Farmacéutico. A pesar del frío, y de la nieve en alguna ocasión, Ernesto y Piedad anhelaban los breves momentos de sus encuentros. La espera de la fecha convenida se les hacía eterna, aunque les ayudaba a superar los días y las adversidades que les deparaba la cotidianidad de sus vidas.

Piedad había empezado a trabajar de maestra en la escuela donde ellos se conocieron. Habían cambiado un poco las cosas allí: el cuarto de las ratas ya no frecuentaban las ratas, ni los sacos de leche en polvo, empezaban a utilizar el plumier con lapiceros de colores y los tiempos de recreo de los niños y las niñas se habían fundido. Aunque no las clases, que continuaban separadas bajo las directrices del ya casi anciano Señor Director. Piedad también se había hecho catequista. Los fines de semana se dedicaba a preparar a los niños para recibir la primera comunión, aparte de ayudar al cura en los asuntos del despacho parroquial redactando con suma pulcritud, de puño y letra, con plumilla y tintero, las actas de bautismo, bodas y defunciones de toda la diócesis. Se encontraba satisfecha de sus logros, eran fruto de su inteligencia y esfuerzo, aunque sabía que sin el apoyo de su padre estos cargos difícilmente les hubieran, o hubiesen, sido otorgados.

Ernesto empezaba a estar harto de las injusticias del mundo laboral, el ambiente de trabajo en la fábrica textil se había enrarecido hasta llegar a límites insospechados, donde la inmunidad de los amigos del Gobernador y los fulminantes despidos de los no-amigos del Gobernador eran cada vez más habituales. También se veía inmerso en el anonimato de la capital. Estaba solo en medio de casi doscientas mil personas. Y si le pasaba alguna cosa o no, a ninguna de éstas le importaba lo más mínimo.

Ernesto recordaba sus años en el pueblo, cómo se enamoró de Piedad. Las experiencias vividas en el campo, en la escuela, junto a su padre, junto a su madre. Recordaba su tierra y se le enternecía el corazón. Deseaba volver a su pueblo para vivir cada día respirando el aire limpio y fresco, notando el contacto con la naturaleza, pasando campo a través para atajar caminos y pisar la tierra, viendo las liebres correr, los corzos pastoreando a lo lejos. Y por tradición, o por genes, salir cada mañana de su casa a trabajar al tercer canto del gallo.

Por estas fechas, coincidió que Ernesto recibió una carta en la que Piedad le contaba que su padre había fallecido en un fatal accidente de caza. Parece ser que recibió un disparo fortuito de un compañero, a juzgar según las declaraciones de los demás testigos cazadores. Aunque también Piedad le explicaba que, como su padre por menos de un pimiento armaba un chandrío, a ella no le extrañaría que hubiera, o hubiese, sido un premeditado ajuste de cuentas. Piedad estaba apenada por ello, pero veía la luz del final del túnel de su vida de atadura paternal a rienda corta.

Ahora ambos, por fin, veían la oportunidad de juntar sus vidas, no sólo sus corazones como lo llevaban haciendo durante ya demasiado tiempo.

La tierra

Ernesto no dudó en tomar la rápida decisión. Hizo el equipaje y cogió el primer tren. Apenas doce horas después de haber leído la carta, Ernesto llegaba a la escuela. Los chillidos de juego infantil que se percibían le dieron a entender que era la hora del recreo. Rodeó el edificio hasta llegar a ver el patio repleto de niños y niñas. Ernesto buscó a Piedad entre los maestros que estaban en un coro, de pié, junto a la escalera de acceso al patio. Pero no estaba ella. Justo le había llegado el desánimo de su desconcierto cuando oyó a su espalda “!Ernesto!”. Se giró y, como un niño que contempla por primera vez un acontecimiento pirotécnico, Ernesto se encontró con Piedad. Ella lo había visto llegar y había salido de la escuela a su encuentro. Piedad se le acercaba corriendo, Ernesto se quedó parado un par de segundos, casi sin reaccionar, boquiabierto, contemplando cómo los cabellos de Piedad le brillaban con el sol, cómo abría los brazos mientras repetía su nombre, cómo de bella era su Piedad. Un instante más tarde Ernesto reaccionó, dejó su maleta en el suelo y corrió hacia Piedad fundiéndose en un fuerte abrazo. Ambos notaron la emoción, el amor, el palpitar de sus corazones. Se miraron a los ojos, sus miradas húmedas hablaban de te quiero, de por fin juntos, de para siempre juntos. Y se besaron. A pesar de las miradas de las niñas, los niños, las maestras, los maestros, el Señor Director y un buen grupo de gente del pueblo que ya se habían percatado de la situación. De pronto, el Señor Director gritó “!Rodríguez! ¿No le da vergüenza? Besar a la Señorita Piedad aquí, en público.” Pero todos los espectadores, bajo la complicidad que invitaba la situación, rompieron en un largo aplauso a los novios y el Señor Director se vio inducido a aplaudir también aceptando la excepcionalidad del caso.

Tras unos meses de intensivo noviazgo, la química de su amor llegó a la coagulación del matrimonio. Piedad y Ernesto se casaron en la iglesia parroquial del pueblo y, ante las miradas de todos, Dios incluido como testigo, firmaron su compromiso de amarse y respetarse toda la vida.

Ernesto obtuvo rentas de su vivienda de la capital y, cual hijo pródigo, sus padres lo apoyaron incondicionalmente en todo. Nunca se había imaginado que andar campo a través en su infancia le había sido un señuelo, como lo fue su amor por Piedad, para querer vivir en esas tierras. Se dedicó, por vocación y en devoción, a la recolección de los productos de la naturaleza según la época del año y la oportunidad laboral que encontraba: resina, setas, espárragos trigueros, cangrejos de río o madera de sabinares. También cuidaba de su huerto, que le proporcionaba las hortalizas y legumbres para su familia, y cuidaba de su pequeño corral que le proporcionaba huevos, carne, ...y el servicio de despertador que, por tradición, o por genes, lo arraigaba a sus progenitores.

Un anochecer, Ernesto y Piedad fueron hasta el mirador. Se sentaron en las rocas próximas al precipicio y se dispusieron a observar la puesta de sol. Juntos, viendo como el disco solar se ocultaba tras el horizonte rojizo, se cogieron de la mano en silencio y absorbieron en su memoria esos momentos. Momentos que los llenaba de felicidad. Y recordaron el primer beso con el que fraguaron su compromiso de amor, en ese mismo lugar, unos cuantos años atrás.

Ernesto sabía que esa era su tierra y Piedad su mujer. Para toda la vida. Allí habían nacido los dos. En esa tierra se había producido toda la química de su amor. Y en ese pueblo de la meseta central envejecerían juntos hasta que llegara, o llegase, el día en que como dijo el cura, en nombre de Dios, la muerte los separara. O separase.

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Y se unirían con su tierra, formando parte de ella.



Gràcia, octubre de 2008
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lunes 13 de octubre de 2008

Toda una vida...

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Lo único que quiero es aceptación y comprensión, que no me ignoren , que no me den la razón de los locos, que no me excluyan, que no me cueste una lucha defender cada una de mis posiciones por nímias que estas sean y aunque vayan en beneficio de los otros o por lo menos de todos.
Estoy cansada de intentar atender a todo y a todos sin demasiado reconocimiento. Sé que no siempre hago las cosas todo lo bien que debiera, que puede que no les agrade la comida de cada día, pero la hago con mi mejor voluntad. Ya querría yo que alguien me cuidara aun mínimamente y atendiera mis necesidades básicas aun sin grandes lujos, se lo agradecería con el corazón; sólo por no tener que pensar las cosas, organizarlas y hacerlas, me comería o aceptaría cualquier cosa sin rechistar, teniendo en cuenta que eso me permitiría dedicar todo el tiempo restante par “mis cosas”, todo el tiempo para mí … y no lo saben agradecer, lo echarán de menos cuando no lo tengan.

Las mujeres somos estúpidas, con tanta liberación nos hemos puesto una cadena al cuello que nos esclaviza y peor aun nos provoca insatisfacción, esa sensación de que nunca cumples, siempre tienes alguna faceta “coja”. Te cultivas como persona pero si le dedicas demasiado tiempo a la parte formativa y laboral se te pasa el tiempo de la afectividad que debería complementarte para tu desarrollo como esposa y madre. Si has andado lista y has podido completar estas facetas se suman a la de hija , que tendrás que maravillártelas para coordinarlas con las variadas y múltiples labores que suponen todas ellas, de pronto te conviertes poco a poco y casi sin saberlo en : ama de llaves, cocinera, encargada de intendencia y almacén, lavandera, limpiadora, planchadora, costurera, peluquera, decoradora, médico, enfermera, señorita de compañía en cualquiera de sus sentidos, educadora, maestra … suma y sigue porque al “acabar”, es puro espejismo, tienes que estar maravillosa puesto que como mujer te toca aparecer sumamente sexi y atractiva, ser ingeniosa, cariñosa, alegre, sugerente, atrayente y todo adornado con muy buenas maneras, mucha educación y mucho saber estar; si no quieres pecar de ordinaria, grosera o mal educada que es la situación cuando se produce el cortocircuito y lo mandas todo a la misma ¡MIERDA!.

Soporto que como broma o gracieta se hable en tono irónico o con sarcasmo sobre lo que hago, lo que pienso o lo que organizo, pero que esto sea casi la norma no me gusta. Intento hacer las cosas atendiendo a principios de economía, salud, eficacia, conveniencia, conciencia, interés común y pido colaboración, comprensión, apoyo, ayuda, aceptación y buenas maneras … casi nada … ¿ Qué consigo?… Que apenas si me hablen, caras de funeral, tristeza, soledad, desgana, dolor, llanto, sensación de vacío, de fracaso, de no dar la talla, de no llegar al nivel …

Si ya lo dice el refrán : “Aprendiz de mucho … maestro de nada “, “Quien mucho abarca …”, “Cuanto más te amagas...”

Se necesitaría una vida para enseñarte todo lo que tendrías que dejar de hacer en la siguiente …

Yo por lo pronto, de mayor, quiero ser ... “MUJER FLORERO”…












Aguadulce a 10 de Julio de 2006

miércoles 8 de octubre de 2008

Esquiva Fortuna

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A Gargolita,
Aceitunera altiva.

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El fontanero de casa se llama Juan. Algo frecuente y hasta cierto punto normal, porque, vamos a ver, ¿ quien no conoce a un fontanero que se llame Juan?. Lo que ya no es tan frecuente, ni hasta cierto punto normal es que, con los tiempos que corren, la razón social que aparezca rotulada en su furgoneta de trabajo sea tal que : " Fontanería Fortuna".

Días pasados, recibí una solemne y formal invitación a comer en casa de Pedro y Antonia, matrimonio amigo. A ver si me explico. Me refiero a que ambos son amigos comunes míos. Entre ellos dos, son simplemente eso, matrimonio. En el mensaje del móvil, que sustituía al pliego de cartulina de papel berjurado, se me indicaba fecha ( sábado, por supuesto), lugar ( la casa de invierno), hora del evento ( "a eso de las dos y pico o tres de la tarde") y el menú ( rabo de toro estofado). También hacía alusión a los pertrechos que eran, no sólo menester, sino imprescindibles aportar: boca, hambre y unas palabras de agasajo que regalaran las orejas del cocinero/a. El rabo, me decía en el mensaje, lo ponían ellos.

Andaba presto a acudir a tan imprevisto festín, cuando las normas de la elemental educación y el recuento de meses con los dedos de ambas manos, me aconsejaron, con sabiduría y prudencia, que me tocaba ducharme. Ya que no habrás de poner nada en el banquete - me dije-, ve, al menos, limpio. Es lo menos que puedes hacer por unos amigos. Y dicho y hecho.

Aflojándome la correa del pantalón estaba, cuando ¡ oh, dios mío¡, miro, reparo, me fijo y encuentro con el suelo de la rinconera de la cocina, de líquido, cubierto.

Fue mi primer impulso - correa en mano, como estaba- ajustarle las cuentas a la mascota, pero cuando la serenidad de ánimo disipó la primera niebla de la ira, comprendí, por la magnitud de la inundación, que aquello era demasiada meada incluso para Mongui.

Y aquí es donde aparece Juan. Bueno, exactamente aquí y entonces no, pues se trataba de un sábado y de un fontanero que, como todos, no trabajan los sábados ni en caso de emergencia inundatoria de la mismísima Alcazaba, porque lo aprovechan para irse de weekend a la casita, con chimenea, que tienen en Abrucena. Pero a lo que iba. Que tras catorce llamadas fallidas y acabar por aprenderme de memoria la última de los Estopa, que es la que te sale en espera de llamada hasta saltar el contestador, ahí me tienes en pantalón corto, chanclas playeras y fregona en ristre.

¿ Fregona? ¡qué digo yo, :" la salvaora"¡. Jamás un adminículo tan humilde y poco ponderado, merece más el reconocimiento de la humanidad. Cuando próximos al comienzo de este nuevo milenio, las revistas científicas serias se devanaban en sesudas encuestas y trabajos demoscópicos a fin de obtener el criterio unánime del elemento que más había contribuido a la liberación femenina y a la igualdad entre sexos, recuerdo que acabaron proclamando vencedora, por k.o. técnico, a la píldora. Se basaban, según los sabios expertos, en que ningún otro invento había producido en la mujer un cambio tan radical, al permitirle controlar sexualidad y procreación, elevando ésta a un acto responsable que, separándolo del mero imperativo de impulso sexual, lo transformaba en conducta voluntaria...blá,blá,blá. Y no está mal, no. Pero ¿ que me dicen la humilde fregona?. Sí, sí, la fregona: ese artículo de droguería que, cuando lo compras, tanto cuesta introducir en el carrito del Carrefour y que acaba por enemistarte con el que te precede en la cola de la caja de pedidos de servicio a domicilio.

Y es que, ese día, comprendí que Manuel Jalón está necesitado de una estatua de cuerpo entero. Aquí o en Zaragoza. Es más, yo diría que cada pueblo y ciudad de España, deberían dedicarle una calle. Como a José Antonio o a Federico García Lorca, pues al fín y al cabo, todos inventaron algo, pero nadie como el riojano. Acostumbrado como estaba a tener el mundo a sus pies para lustrarle las botas y la vara de mando, no se arredró en convertirla en mocho para rescatar a nuestras mujeres del suelo para que pudiéramos admirarle las rodillas. Luego, como ellas son listas, se limitaron, simplemente, a pasar el testigo al homo erectus. Y aquí me tienes, recogiendo los ciento cincuenta litros del termo de VPC, que hacía aguas por la picadura del calderín.

Antonia, que por vocación y genética está siempre presta como el SALVAMAR, acudió en mi rescate y, entrada la anochecida, aparece con el "tape" de rabo de toro que dejó en su mesa mi inesperada ausencia. El aspecto, delicioso. Pero como uno es de pueblo y tiene confianza con los amigos, aunque desfallecido por las siete horas que duró el achique, tuve, sin embargo, la necesaria fuerza y coraje para hurgar en la entrepierna del marido antes de atacar la vianda; pues encontrando entero a Pedro y no siendo época de cartelera taurina, a lo más peor que podría ser, sería rabo de canguro. Y algo debió sospechar mi buen amigo, porque al despedirnos y agradecer con agasajo las dotes culinarias de su esposa, va y me dice: " ¡ hombre, p´a una cosa que tengo buena¡". Quiero pensar que se refería a su consorte....

Bueno, que me pierdo. Que estaba en lo del calentador y mi fontanero Juan.

A las nueve de la mañana, llega el artista (léase, el profesional de fontanería), y tras oscultar la panza cilíndrica del "paciente", emite su diagnóstico inapelable: " Pos esto va a ser que la cal, que es mu mala, ha picao el calderín". Hasta ahí perfecto, doctor, ¿...y?. "Pos que o cambiamos el calderín, o ponemos un calentador nuevo. Yo que usté compraría uno nuevo porque de haber recambio de calderín, va a salir lo comío por lo servío". Y tú, como ya llevas tres días sin agua en casa, te afeitas con agua mineral de Lanjarón y te lavas los dientes con gaseosa La Casera, le dices que él es el profesional; con lo que su profesionalidad se inclina por no complicarse la vida, porque el cliente es el que la tiene ya bastante complicada, y se va al almacén distribuidor por un calentador nuevo. Tan nuevo, tan nuevo, que hasta el precio ha variado ostensiblemente y cuando le pides que te de la factura para poder reclamar la garantía, va el tío y te dice que la garantía es él; que no te la puede dar porque lo ha sacado del distribuidor a su nombre y así su asesor fiscal se lo desgrava. Y en ese momento te preguntas si es que tú siempre has sido así, o es que te han visto cara de gilipollas; si has contratado a un fontanero o a un inversor bursátil, o si te controlas o lo ahogas escaldándolo en el calentador nuevo.

Aunque lo bueno estaba por llegar. Rompe el embalaje, arrastra el cilindro al rincón indicado y rosca dos tomas, la entrante de la general y la saliente para distribuir el agua calentada. ¿ Cuanto? ¿ Ha dicho seiscientos treinta y cinco euros?. Pues sí. Exactamente eso. Y entonces es cuando la confusión se apodera de tí, porque no aciertas a comprender si lo de "Fortuna" proviene de la rama paterna o de la profesional.

Como me pilla en situación comprometida y el interlocutor es un armario que me saca cabeza y tres cuatros, me acerco al cajero más próximo, que más que dinero me suelta insultos, pues la tarjeta de débito está hecha unos zorros. Aunque yo no me doy por enterado. O es que a ver si ahora vamos a tener que pensar que los Bancos son de ese tipo de instituciones que te regalan paraguas cuando sale el sol y te lo quitan cuando comienza a chispear. ¡Pues no¡. Si hay crisis hay que ser solidario. Como mi banco y como Juan, el fontanero, que por ayudar, hasta se ofreció a llevarse el calentador viejo...

Hasta ahí podíamos llegar, amigo. Este se queda aquí conmigo aunque no caliente, pero con la situación que se avecina no me vendrá mal para llenarlo de agua, sal, ajo y tomillo y echar en remojo unas aceitunas de cornezuelo.
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Y es que, cuando la crisis te muerde la pantorrilla,
o te las sabes ingeniar o te metes a fontanero.


martes 7 de octubre de 2008

El Sollozar


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Existe en Zécanbla una hermosa finca conocida como El Allozar.

A cualquiera que haya visitado Recena, Riez o Gil de Olid, le resultará familiar la palabra “alloza”.
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En esos pueblos, como en el vecino Zécanbla, la palabra alloza designa el fruto verde de la almendra. Es el estado de transición entre la caída de la flor de nata del almendro y cuando el fruto verde de la almendra aún no se ha hecho leñoso. En tal estado, se puede devorar entero y pocos son los que se resisten a la tentación de probarla.

El almendro es un árbol casi sagrado. Cuando al inicio de la primavera empieza a brotar, los jóvenes arrancan sus primeros tallos y lo comen con el nombre de “ pan de pastor”. Después, cuando florece, sus virginales flores adornan los ramos de las novias del pueblo. Cuando seca la flor y da paso al proyecto de almendra, la alloza, constituye un manjar con su punto de sabor un poco ácido y cuando madura, engrosa las cámaras de las casas esperando las frías tardes de invierno para acompañar una merienda de higos pasos y nueces. Son las “bodicas” que las abuelas preparan a sus nietos abriendo por el centro el higo secado en el pasero de caña y relleno de nueces y almendras recién partidas.

Pues bien, pese a lo que pudiera creerse, en El Allozar nunca existió ni un solo árbol de almendro.

Veréis:

Habla la leyenda que el castillo de Zécanbla era centro de expansiones moras. En sus salones se celebraban banquetes y orgías de los Alcaides moros de las fortalezas de Jarafe, Riez, Recena y Gil de Olid. Guarnecían la fortaleza de este castillo, hombres de raza negra procedentes de las más feroces tribus africanas y su Alcaide era nombrado, por el Rey de Granada, entre los capitanes más valientes del ejército agareno.

En el año 1.431, el Mariscal Pedro García de Herrera puso cerco a la fortaleza de Recena y tras largo asedio logró conquistarla. Meses más tarde, Mohamed Alin “El Pequeño” acudió en auxilio de sus vecinos y aliados y con un poderoso ejército sarraceno integrado por todas las tribus vecinas que partió de su castillo de Zécanbla, reconquistó nuevamente Recena, llevándose cautivos a Granada a todos sus habitantes.

En premio a su gesta, el rey de Granada le dijo:

- Pídeme lo que quieras y lo haré tuyo.

Cuentan que Alin rechazó el califato de Jarafe y el Señorío de Olid y que únicamente pidió al Rey de Granada un solo y sencillo presente:

- Señor, dadme a la bella Graciela, porque sus ojos negros de profundidad eterna, son mares para arrojarme.

Concedida la gracia y el deseo, Alin y Graciela huyeron de todo y en un hermoso valle cercano a Zécanbal construyeron su casa de amor para siempre. Mandó construir un largo camino flanqueado de almendros que desembocaba en la explanada central donde se levantaba la mansión. Dicen que en primavera, cuando Graciela se levantaba, al mirar por la ventana de su habitación, la primera visión que tenía era la de los almendros floridos que le recordaba la blancura de las cumbres nevadas del reino nazarí.

Alin dispuso la construcción de jardines con setos y arrayanes, innumerables fuentes por doquier y cuatro grandes estanques: uno frente a la casa, otro a la espalda entre el laberinto ajardinado de arrayanes, el tercero en la parte más húmeda y frondosa del bosquecillo, y el cuarto en la parte más elevada de la finca, al pié de un viejo laurel.

Transcurrieron dulces y felices años para el guerrero y la bella cristiana. La heredad, pronto se cubrió con gritos alegres y hasta irreverentes de cinco infantes que alegraban los días y hacían más dulces las amorosas noches de los enamorados padres. En verano, se les oía chapotear en los estanques, perseguir lagartijas y robar la miel de los panales. En primavera preparaban meriendas junto al estanque del laurel donde nadaban peces de todos los colores, o jugaban a tocar el cielo columpiándose de la cuerda prendida del frondoso nogal.

Pero ajenos a su felicidad, las escaramuzas entre moros y cristianos continuaban en porfía de la definitiva reconquista. Por eso, cuando Fernando III El Santo puso cerco a las fortalezas de Jarafe y Gil de Olid, Alin acudió en ayuda de sus hermanos de sangre y raza, y con su partida no sólo sintió el desgarro de alejarse de Graciela sino de tener que combatir a los hermanos de raza de su amada esposa.

El Rey Santo de los cristianos conquistó los castillos de Jarafe. Poco después caerían los de Gil de Olid, Recena y Zécanbal. Inútiles fueron los esfuerzos de Alin por recuperar las tierras perdidas y aunque logró aglutinar un poderoso ejército sarraceno que sitió y atacó la ciudad de Baeza, Ruy Fernández de los Escuderos, el más rico y poderoso, señor de muchas tierras, se puso a la cabeza de los sitiados y consiguió derrotar y hacer huir al ejército moro, haciendo prisionero al jefe de las huestes nazaríes, Alin.

Vanos fueron los ruegos de Graciela para obtener clemencia de Ruy Fernández quien, tras exhibirlo encadenado por todas las tierras de Jarafe y Gil de Olid, mandó construir una imponente cruz con las maderas extraídas de los troncos de los más altos chopos de la finca de Graciela y, fijándola en la almena más alta del Castillo de Zécanbal, ordenó crucificar en la misma al Alcaide Mohamed Alin “El Pequeño”, para que pudiera ser visto desde todos los puntos del valle, haciendo esclavos a todos sus hijos.

Por las noches, Graciela, recorría los jardines llorando. De sus ojos no cesaban de brotar lágrimas. Poco después, murió de pena. Dicen que, tras su muerte, del suelo comenzaron a brotar unos endebles esquejes que, pronto y casi por arte de magia, se convirtieron en robustos sauces que, al crecer desparramaban sus innumerables tallos desde el cielo hasta tocar el suelo como en impenitente sollozo.

Aún hoy, en lo más alto del castillo de Zécambal puede verse una cruz construida con troncos de chopera y, en su valle, se oye el eco de un lamento de mujer y hasta el viento, cuando mueve las hojas de los sauces, reaviva los sollozos de la cristiana Graciela por su amado Alin.

sábado 4 de octubre de 2008

Jotas y sardanas

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A Aragón,
cual aguerrida Agustina,
se nos quiere ir la Maca,
y aunque diga la muy ladina
como quien no quiere la cosa,
que es para cobrar una “mica”
en Monzón,
donde reside un buen cliente,
todos los de la Fraga amistosa
sabemos, de buena fuente,
que estando cerrado el castillo
no hay que ser muy pillo
para poder adivinar que el verdadero
motivo y razón
no es la relación con los clientes,
sino hacer realidad lo de tender puentes
y, de corazón,
visitar, si puedes,
a un cirujano de Huesca
llamado Omedes.


Con café y ensaimada
Laura se ha desayunado,
porque es de la teoría
que no hay en el mundo nada
para empezar un bon día
como tomar algo de bollería
en una buena taza de café, mojado.

Ya ingiere su Biodramina
y guarda en el maletero el beato
y al bueno de Eduard recrimina
para que con prudencia conduzca
y no le de ningún mal rato,
que no corra,
ni la música alta ponga
y que siempre recuerde, con mesura
que un amigo de Almería
un día en un relato, la dejó viuda
en una ficticia rotonda.

Y surcan autovías y ramales,
pueblos y también ciudades
a veces por veredas y polvorientos caminos
otras, por carreteras nacionales.

Cansada y con mareo
llegan a Huesqueta,
y, móvil en mano,
y no con poco cabreo
se dedican a la búsqueda del cirujano,
que aunque dijo cambiar la guardia
debió referirse a la de Loarre,
pues tres horas más tarde
Laura sigue aún más cabreada que muerta
esperando que un galeno de mierda
vaya a abrirle la puerta.

No aguanta más y al hospital baja.
No entra por la puerta del Servicio de Urgencia
pues sabe que su dolencia
tiene fácil remedio y tratamiento
Y tal como lo siente, se relaja y piensa;
entra, pregunta, y de verde quirófano
al informal cirujano encuentra
de palique, sin miramiento.

Porque en plena campaña promocional
ha fulminado un foro, de repente y no poco:
"lo maté porque era mío",
ya que su imagen personal
quizá, pensó el tío,
necesitaba, políticamente, de un revoco

Y con el dedo corazón de su derecha mano
en ademán no muy educadico
cita de lejos al mañico:
¡cruzar nuestro puente ya puedes,
tomapelcul, Omedes!















Baruk, Syr, Pilara, Pedro, Pallaferro...
¿habéis visto la que se ha organizado
en un breve rato?
pues según este Relato,
otra vez a la mierda Omedes
Al fín y al cabo,

¡Mujeres!


Por Malvís

miércoles 24 de septiembre de 2008

El legado de Agarfa

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Agua. A secas. Sin predicamento alguno.
Pura existencia. Elemento que pone en marcha la vida entera y en el que todo se apoya.
Fuente de vida. Origen del todo.
Informe. Domesticada por la forma del recipiente en que se vierte.

Nunca dominada, dispone su configuración y límites a todo volumen y tiempo.
Sueña el agricultor sediento, la danza y la canción del agua. Su desposorio con la reseca tierra: el riego. Verlo es ver la vida y unirse con ella.
No hay Naturaleza viva o muerta, sino agua que fecunda todo.
Próxima y lejana, camina sin contaminarse sobre ollas, tajos, barrancos y gargantas.
O, mejor, no camina; ella es la que les da forma, los contornea y los produce.
Agua libre y esquiva. Agua serena y gozosa.

¡ Agua, agua, agua!. Grito de desesperanza que retumba como un eco por las descarnadas montañas y semidesérticas ramblas de Tabernas.

¿ Hay en la comarca más agua que la que destila el alóe?.

Todas las mañanas, del mar se levanta una bruma que sube con el viento de levante la cañada arriba hasta dar en el frontón del risco. La nube se asienta en sus anchas hojas, que la recogen y, deshaciendo la niebla, destilan su agua. Luego, llora el Árbol Santo un llanto de agua que le resbala por la faz, sin memoria ya de lluvia.

Fuente prodigiosa frente a la sequedad de la tierra almeriense.

“Si alguien descubre el secreto pagará con la muerte”. En eso pensaba el despechado Tincos cuando, implacable, clavó su afiliado venode en el pecho de su amada Agarfa, la del esbelto cuerpo y labios de corinto. En eso pensaba cuando los guirres volaban por los alrededores de la cafiada del Calar Alto, presagiando horas aciagas antes de que Armiche y los suyos fueran tomados como esclavos. Antes de que las cenizas de Yoñe, el agorero, fueran apedreadas y esparcidas en el olvido.

Mojácar. Teja, cal y madera. Garoé del siglo XXI. Maridaje perfecto entre el mar y la montaña. Desde tus terrazas, el latido del palmeral, al fondo, rememora en la charca el oasis antiguo y verdea con un fulgor que reverbera.
Laurisilvas, sabinares y el pinar, se mezclan con arenales invernados, las papas y la platanera.
Castillo Macenas. Peña Roldán. Fin del mundo.
Valle del Andaráx. Olla de Huercal. Verde y nácar, limonero y almendro.
Mirador de la Amatista. Genoveses y Mónsul. Playas de media luna y de los Muertos: dorados, azules y verdes. Agua Amarga.
Cabo de Gata. Arrecife de las Sirenas. Lava cordada. ¿ De qué tiempo. De qué memoria es esta isla?
Una fuerza oculta habita esta tierra. El tiempo reclama y el verde retorna. Del hombre, ya apenas, el rastro.

“ Sólo bienes y beneficios traerán los extranjeros, emisarios de Eraoranhan, el dios”. Eso, eso es lo que había vaticinado Yoñé, el agorero.

Mimerahaná, ziná zinuhá, ahemen aten, haran, hua su Agarfa finere nuyzá.
¿Qué importa la leche, el pan o el agua, si Agarfa no quiere mirarme?.


Malvís. Publicado en selección relatos 2007

domingo 21 de septiembre de 2008

Sin raices

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… ”Yo no tengo un sitio al que quiera volver en la vejez … He vivido en distintos lugares por traslados familiares; desde bien pequeña estudié en un internado y sólo volvía al pueblo donde estaba la familia paterna y materna en vacaciones y fechas muy señaladas … Eso te hace tener una visión más amplia del mundo y te enseña a adaptarte y a sentirte cómoda en casi cualquier lugar “…

… “Eres una mujer sin raíces”…

Ese comentario movió algo en mi interior, no fue la propuesta del cemento a los pies como alternativa lo que me hizo tomar la decisión, sólo sirvió de excusa . Se aproximaba mi cumpleaños y me pareció un buen regalo … Volver al pueblo como cuando lo visitaba de niña, sin preocupaciones, sin obligaciones, sólo para disfrutar de todo … de las gentes que te encuentras, de los sentimientos que afloran, de los recuerdos que se agolpan … Sin prisas, sin mirar al reloj.
El día acompañó, la luz cambiante fue matizando el paisaje de las formas más diversas a lo largo de todo el recorrido, creando imágenes fuertemente coloreadas y luminosas que permanecieron en mi retina incluso cuando cerré los ojos por la noche al acostarme. Parecía todo programado, las visitas, los encuentros, hasta la lluvia … y porque no decirlo, la buena compañía también fue muy importante para que el día resultase redondo. Creo que muy reconfortante para todos.

A mi por lo menos me hizo pensar en mi nacimiento, en que vi la primera luz un veinticuatro de mayo de mil novecientos sesenta y tres, en la Comarca del Andarax, en un pueblo que descansa como un avión en su hangar, con el morro orientado al valle, al borde de un cortado que le proporciona unas vistas excepcionales ; habitado por gentes sencillas, orgullosas de pertenecer a esta tierra de la que yo también me siento parte y donde literalmente se hunden mis raíces, justo en el Llano, en la casa de mis abuelos maternos.

Sí, mis raíces físicas están en la casa de mi abuela, Elisa Sánchez del Rey, donde el día en que mi abuelo, Francisco Barea Sánchez, cumplía sesenta años; mi madre me dio a luz. Y fue en esa misma casa donde siguiendo costumbres ancestrales, trasmitidas de padres a hijos, cargadas, supongo, de no poca superstición, mi abuelo plantó en el claro, en lugar fresco, apartado del sol, la placenta … las raíces que me unieron a la vida en el vientre de mi madre, que me alimentaron siendo una semilla y me hicieron llegar a ser una persona capaz de buscar apegos a distintos lugares y afectos en gentes diversas.
Siempre han estado ahí , bien agarradas a la humedad de la tierra, haciéndome volver de forma periódica; primero por voluntad u obligación familiar, posteriormente a modo propio, creando primero y fortaleciendo después afectos , apegos y vínculos que permanecerán incluso cuando no tenga fuerzas para volver a recorrer sus vegas.

Pienso con cierta pena y con algo de humor negro, que generaciones posteriores , en concreto mis hijas, tienen afectos, apegos y vínculos muy poderosos, pero sus raíces materialmente andarán en el extracto de placenta que algún afamado laboratorio cosmético habrá lanzado al mercado con gran despliegue publicitario


… Será LEY DE VIDA …

Almería, 19 de Mayo de 2008

viernes 19 de septiembre de 2008

El café del Ave Fénix

. (Un corto solo también es vida)


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En la vida todo vale,
la piel se va encuerando,
incluso hasta las lentejas
ya nos acaban gustando.
Recordando a tu tocayo,
el repudiado Machado,
“toito es hasta acostumbrarse,
cariño le toma el preso
a las rejas de la cárcel”.

Que la jaula sea de oro
no la hace menos jaula.
Vuela libre la paloma,
pero con miedo en el cuerpo.
Que no tema los peligros
sólo conozco algún muerto.

El reloj cierra la herida,
la cose con sus saetas.
Como dicen los profetas
que adivinan intenciones,
el tiempo cura el jamón,
contri más los corazones.

La salud que no te inquiete,
nada tienes que te duele,
(lo del ojo no se mete)
además, como se sabe,
bicho malo nunca muere.

La vacuna de la lady,
con aguja de burberrys,
te ha dejado una burbuja
que te inflama la epidermis.
No te rasques que es peor,
date mejor un masaje.
(Una cremilla infantil
te pondrá en mejor paraje).

La medicina que tomas
en vaso gordo y con hielo
conserva bien los tejidos,
también sana y desinfecta.
Es lo mejor en vez de
( yo me refiero a la siesta).

Del comer tú no te apures,
no te faltan los reaños.
En estos tiempos de crisis,
de divorcios, desengaños,
andan las aguas revueltas,
y aún los topos letrados
pescan besugos a espuertas.

De todas formas, conoces,
ya sabes que no te engaño,
si de pan hoy tienes gana
un buen amigo es apaño;
siempre tendrás en mi casa
el pan duro de mañana.

Al amigo se da todo,
ya lo dijo Romanones,
si no hay pan, tortas son buenas,
y mejor de chicharrones.
En situación de emergencia,
de famelia verdadera,
(sea de carne o de lo otro)
al igual que en la batalla,
todo agujero es trinchera.

Toda se pasa la vida
entre un dulce tunel de entrada
y otro negro de salida.
Al asomar la cabeza,
lloroncillo y temblorón,
ya te seduce una teta.
Luego todo se hace igual,
siempre queriendo volver
al origen de este mal.

Corres la vida deprisa,
hasta llegar al otoño,
revolcón y voltereta,
mucho curro y poco (rima),
y al final de la carrera,
siguen los vivos de embrollo,
y a nosotros nuestro hoyo.

No hay peor vida que la buena,
la costumbre a la molicie,
a la barbarie de Visa,
a la familia en la mesa.
Si llega a llegar la ocasión
de recomponer la choza,
de hacer traslado o mudanza,
bien por dentro o bien por fuera,
si tu vida era un palacio
y ahora es una llanura,
(¿los cielos no se equivocan?),
dale gracias al creador,
según la fé nunca yerra,
por hacer la vida dura
y al hombre más que a la piedra.


¡La madre que lo parió!
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Almería, 15/09/2008

miércoles 17 de septiembre de 2008

El Parnaso Omediano



A Jesús,
Sabueso de Teachernas,
Acorralador incansable de gaélicos,
Hombre de amplia sonrisa y
Piel de cordero
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Maria de las Mercedes zanjó la cuestión extendiendo sobre la cama el traje azul marino, la corbata azul con topos amarillos y una camisa beige. Después, mientras dejaba un impoluto pañuelo blanco junto al atuendo, despejó cualquier duda.

- No vas a ir en vaqueros y con tu jerseillo granate a un sitio así, Jesús. Además – insistió-, recórtate la barba.

Él, asintió desde la ducha sintiendo un escalofrío gustoso ante los pasos de su mujer, que se acercaba.

Acabó de peinarse, se dio la vuelta y quedó plantado ante Maria de las Mercedes en calzoncillos y camiseta.

- A lo mejor sales en televisión – dijo ella-. Anda, vístete, no vayas a llegar tarde.

Tardó veinte minutos en hacerse el nudo de la corbata. Le quedó arrugado y canijo, pero lo dejó como estaba. Se sentía incómodo con el traje. Aún era temprano. Notó las axilas húmedas y pensó, con desagrado, las horas que le quedaban de viaje.

- No vayas a perder el tren.- La voz de su mujer, de nuevo a su lado, le sobresaltó.

El sudor empezaba a bajar por los costados.

- ¿Has cogido suficiente dinero? ¿Llevas el carné de identidad? ¿Y la invitación?.
- Sí, sí, lo llevo todo, cariño- respondió mientras se palpaba la chaqueta.

Su hija salió a despedirle. Con sus ojos tiernos y una mirada triste pero esperanzada, parecía pensar orgullosa: “ Este es mi padre, ¡el mejor!”, pero su timidez le impidió gritárselo, aunque lo sentía, pero en la pubertad se debe ser celosa hasta de los sentimientos más íntimos.

Llegó a la estación del AVE de Atocha veinte minutos antes de lo preciso. Al fín recorrió el laberinto de cintas y unas jóvenes azafatas le acompañaron hasta escabullirse en su asiento.

Andaba estirándose la chaqueta cuando notó en el bolsillo el tacto firme de la invitación. Recordaba de memoria el texto, pero no quiso resistirse al placer de volver a leerlo. Luego, dobló la cartulina donde se le comunicaba la concesión del I Premio del Concurso Románico de Investigación, y algo parecido a una corriente eléctrica recorrió todo su cuerpo.

Y así quedó mucho tiempo, hasta que al borde de las 18:15 y con puntualidad anglosajona, los primeros bloques de la periferia de Huesca invadieron el paisaje. Entonces, reparó en las bulerías de Bisbal que atronadoramente vomitaba el altavoz, y en el guirigay de los teléfonos móviles de los viajeros que se empeñaban en anunciar a sus interlocutores el lugar dónde se encontraban y las dificultades de cobertura, exculpatoria de su propia desgana en seguir conversando.

- Hubiera preferido a Hilario Camacho- pensó-, pero los tiempos son dictadores de la moda.

Pegó un brinco en el asiento al tiempo que esbozaba una sonrisa de intelectual. Se subió los calcetines. Eran las seis y media de la tarde y hacía un calor excesivo. Bajó del tren de alta velocidad y anduvo dando vueltas por los pasadizos de la Avenida del Santo Cristo, frente a la Escuela de Arte, errando varias veces el camino. Un plano mural le rescató del desamparo y le guió hasta el Centro Cultural del Matadero. De modo que allí estaba, resoplando como un verraco y buscando su destino. Los mocasines le oprimían los meñiques y sintió síntomas inequívocos de unos callos en gestación. Consultó el reloj y la invitación. Faltaba media hora para el comienzo del acto. Luego, evocó su trabajo en una historia de seis folios que le había redactado y pasado a limpio su amigo del alma Miguel: “ Giraldo, el Signum Magíster de un gaélico de Duratón”.

Eran casi las ocho de la tarde cuando Jesús se aprestaba a hacer su entrada en el Parnaso.

Olía muy bien en aquel sitio. Mezcla de madera del recinto y de las fragancias profundas de los invitados que comenzaban a ocupar sus asientos. Jesús se había quedado en tierra de nadie; casi estorbando el paso y sin saber donde dirigirse hasta que el flujo de invitados lo condujo a un pasillo ancho con luces indirectas que desembocaba en el Salón de Actos.

Quedaban pocos asientos desocupados y haciendo acopio de valor, buscó un sitio libre intentando aparentar aplomo y seguridad, aunque las rodillas le flaqueaban. Halló una butaca solitaria y en ella se acomodó. Carraspeó, cruzó las piernas y con aire de donosura, sacó la invitación y comenzó a abanicarse con ella.

El salón se había llenado. Se sintió relajado y hasta osó girar la cabeza para contemplar el panorama. Los focos que iluminaban la tarima presidencial se intensificaron y una comitiva de mucho respeto apareció por la izquierda del escenario.

Una bola trepó a su garganta cuando reconoció al Líder, el autor insigne al que tanto había leído y admiraba y que sin duda, dentro de poco, estrecharía su mano: El Ilustrísimo Sr. A. García.

Hecho silencio sepulcral, tomó la palabra y con esa voz de ultratumba de los peces gordos, el ilustrísimo se marcó un discurso de hora y tres cuartos hablando de sus virtudes como médico, sanador de cuerpos y almas permaneciendo largas horas junto a la cabecera del moribundo al que prolongaba el júbilo de sus últimos momentos con relatos y anécdotas sobre la iglesita de su pueblo olvidado y perdido que él conocía mejor, incluso, que el enfermo nativo. Disertó con soltura de sus largas noches de guardia médica en el centro hospitalario aprovechadas en clasificar imágenes de románico e impartiendo y compartiendo sus conocimientos con internautas desconocidos; de sus salidas de fin de semana, cámara de fotografiar en ristre y todo terreno con GPs para recorrer ventas y villorrios de sus amadas Cinco Villas hasta obtener la imagen apropiada. ¡Tenía más de 5.000 fotos, perfectamente clasificadas por temas y una Webmaster muy visitada!. Adornó su plática con una experiencia sobre el descubrimiento de un signum magíster oculto tras un modillón al que había debido acceder solicitando una larguísima escalera al estanquero local, y concluyó agradeciendo la atención a la concurrencia, con un cierto deje de perdonavidas.

La ovación resonó con fuerza y Jesús creyó desvanecerse cuando, a continuación, un sujeto risueño anunció la entrega de galardones.

Se hizo un silencio expectante y el nombre de Jesús Lobo, por su trabajo “ Giraldo, el Signum Magíster de un gaélico de Duratón”, campó por el recinto. Se puso en pie con gran esfuerzo. Caminaba a trompicones. Al intentar subir al estrado, por donde no debía, un tipo le mostró las escaleras. En la segunda, se enredó con los cables del sonido y a punto estuvo de caer de bruces sobre la tarima, pero se repuso a tiempo y evitó lo que hubiese sido el espectáculo. Avanzó hacia la Presidencia. El corazón le aporreaba el pecho. El Líder, el Gran Hombre, El Ilustrísimo Sr. García le extendió una zarpa. Estrechó aquella cosa blanquecina y recibió sus parabienes. Daniel, el arquitecto de la Diputación, le entregó un sobre y una estatuilla niquelada de un crismón románico sostenido por sendos leones laterales.

Luego, se volvió hacia la sala y escuchó los aplausos del público mientras se reintegraba hacia su asiento, rojo, como el cuadro de la psicostasis que, regalo de su amiga Laura, colgaba en la pared del despacho hogareño.

Acabada la ceremonia, llegó el cóctel. Los invitados pululaban con desparpajo agasajando al Ilustrísimo García y reconociendo y alabando su labor. Pasaría a la historia como descubridor de un signum románico gaélico. De hecho, varios catedráticos amigos suyos, de Zaragoza, habían abierto línea de investigación científica y hasta una Fundación Palentina lo recogía en su Anuario como la más relevante aportación al mundo del arte románico del siglo.

Jesús, camuflado en un rincón e ignorado por todos, se limitaba a coger el whisky que le ofrecía un camarero con esmoquin. Consiguió llegar nueve veces a la bandeja mientras resguardaba el trofeillo bajo la axila sudorosa. La gente fumaba y bebía y elogiaba al Gran Hombre, al Ilustrísimo señor. Jesús sudaba a chorros y un repentino ataque de hipo se apoderó de él.

Estaba acabando el noveno whisky y se había desabrochado la camisa entregado al vértigo etílico. Topó con la Presidenta de la Asociación de Amigos del Castillo de Loarre y, blandiendo el crismón protegido por los leones, balbuceó algo inconexo.

- ¿Se encuentra bien?. – La voz de aquella señora con aires de “rotenmeller”, le llegaba distorsionada y remota.




Él asintió con la cabeza. Sin darse cuenta empezó a gimotear. La sala entera se volvió sobre él como movidos por un resorte. El Gran Hombre, El Ilustrísimo, se dirigió hacia Jesús y con aire paternalista lo sostuvo en su derrumbamiento. En un gesto de distinción, llamó la atención de Seguridad.

- Acompáñeme, por favor.

Se vió camino de la puerta, obligado por una presión en el brazo. Se notó arrastrado hacia la salida, sin remisión.

- Tenga – dijo el tipo musculoso de uniforme, al tiempo que le tendía el crismón niquelado.

Había anochecido. En el interior, proseguían discursos y loas ensalzando al cirujano. Fuera, el aire gélido mordía los gemelos de Jesús.

En su lucha contra las nauseas y el mareo, acertó a encontrar un banco de madera de pino pintado de verde. Se sentó y aspiró el aire fresco de la noche oscense. El viento, le estampó en la cara un folleto propagandístico. En grandes letras negras anunciaba la formación de un nuevo grupo de amigos con vocación liberal para hablar y conocer el arte románico: El Taller de la Losa.

Jesús, palpó el bolsillo de su chaqueta. Sacó la tarjeta de invitación que se había reblandecido por el sudor y era ahora una cartulina manoseada y, arrugándola, se desprendió de ella. En su lugar, guardó el pasquín que el viento le llevó.

- Mañana, sin falta, llamaré al Taller de la Losa- musitó decidido.

Levantó la mirada al limpio cielo azul y creyó ver cómo una gran luna llena le guiñaba el ojo en señal de complicidad.


Almería, 14 de Julio de 2006.

sábado 13 de septiembre de 2008

Arco iris




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dedicado al nieto de invencible
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Reflexionando sobre el tema del Diluvio, pensaba que a menudo las tormentas más angustiosas son aquellas que por un azote irónico del destino acaban desatándose a nuestro alrededor.
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Hay diluvios bastante violentos, y a veces, desde lejos, eres testigo excepcional de alguno de ellos.
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Que mareo observar el esfuerzo por mantenerse a flote!, al final lo mejor es lanzarse al agua, creo que esa es la forma más segura de medir tus fuerzas con la tempestad..., lo malo es que acabamos en lo más profundo y ahogados.
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Por eso, es placentero ver, que tras afrontar el vendaval se ha conseguido llegar a tierra y divisar el arco iris.
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Intuyes que un nuevo orden está próximo, pues Dios restablecerá pronto la armonía y volverá a reinar la paz.
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A veces el arco se nos muestra bajo forma diferente a la habitual... , como decía Frederiksson:
”En cada nacimiento de un niño, el Gran Dios intenta restablecer la totalidad”
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......................................................Felicidades abuelito!

La esperanza nos engaña

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Los brazos extendidos
Hacia el cielo rojizo
Se abren las nubes
Mensaje de esperanza
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Respiro, tranquila
Por fin alguien me ha escuchado
Confía en mi, dice
Yo lo hice antes
Desnuda tu alma
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Confío, confío
Nunca antes hablaba
Me atrevo ahora pero no tengo experiencia
demasiado pronto
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Fracaso, fracaso
Pido perdón por ello
Ninguna respuesta
a mi alma serena
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Los brazos extiendo
hacia el cielo rojizo
Se abren las nubes
Mensaje de esperanza
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Respiro, tranquila
creyendo de nuevo
Un rayo me fulmina
Por haber osado
Lo que me han prohibido.
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lunes 8 de septiembre de 2008

La siesta



Me encuentro a menudo mejor que en el mundo civilizado, entre la gente que ignora la palabra “aislamiento”
(V. VAN GOGH)





El Hombre del Tiempo había previsto, con mucha antelación, que el sexto verano de este Nuevo Milenio sería especialmente estable.

Esto, traducido al lenguaje vulgar, equivalía a entender que, en aquel rincón del sureste andaluz, sería especialmente caluroso.

Quizá por eso, ya en los albores del mes de mayo, las autoridades municipales habían mantenido reuniones al más alto nivel político y habían acordado la adopción de una serie de medidas que deberían ser aplicadas, con todo rigor, en las localidades y núcleos costeros bajo la influencia directa de su demarcación territorial.

Se publicaron Bandos, y toda la prensa y medios de comunicación social provinciales, se hicieron eco de las decisiones políticas que emanaban de los poderes públicos locales detallando, con profusión y minuciosidad, las medidas adoptadas para combatir lo que ya se preveía como el principal azote que, sin duda, sufriría el litoral.

No hubo oposición. Aquellas medidas se habían adoptado por unanimidad y sin distinción del color político de los integrantes que conformaban el espectro de la Corporación. Los había de derechas, de izquierdas e incluso un influyente grupo político de independientes que reivindicaban una mayor cuota de autogobierno y autonomía para aquella próspera localidad costera. No obstante, todo el paquete de medidas había sido asumido por acuerdo unánime, fruto de un elaborado proceso de lo que, en consonancia con el término en boga en aquella época, se había dado en llamar, eufemísticamente, “ pacto municipal de estado” (otros lo llamaban, simplemente, “talante”).

Y sin embargo, todo resultó inútil.

Con la llegada de los primeros días del calendario meteorológico estival, las tardes se hicieron más largas y las horas de luz, casi eternas.

La anormal ausencia de vientos del Este y de marejadas en la vecina Isla de Alborán, unido a un habitual e insultante cielo azul, impoluto, hacían de aquel rincón un destino apetecible y envidiable.

En sus noches de claras lunas llenas, el mar permanecía casi inmóvil, y sólo el arrullo de una tímida ola de espuma blanca que besa la playa, rompía el hechizo de aquel pedazo de mar que, ahogado en la bahía, asemejaba un tremendo espejo en que la Luna acudía, puntualmente, a mirarse ensimismada ante su propia belleza.

La aglomeración urbanita con la producción de miles de toneladas de residuos que la ostentación de su opulencia genera, viene en hacer el resto. Y es que, lo que para la rutinaria y cotidiana actividad de una sociedad desarrollada sólo merece el concepto de basura, constituye, para otros, un precioso tesoro que les sirve de reclamo y ejerce un poderoso efecto llamada.

Quizá por eso, por todo eso, fueron llegando a oleadas.

De haber sido posible, se habrían podido contar por miles. Pero su propia condición lo impide.

Tampoco podría decir de dónde procedían, porque siempre viajan sin papeles ni equipaje. Lo que sí puedo afirmar es que llegaron por doquier y en los medios de transporte más inverosímiles.

Los había de ambos sexos, de todos los tamaños, edades y colores. Incluso, para algunos, se trataba de su primera travesía aventurera.

Aunque predominaba el color pardo, también los había de color negro azabache que, a la luz crepuscular, irisaban un tono entre verdoso metalizado.

En su égida, habían sorteado a sus enemigos naturales y los remedios químicos institucionales, aguardando, agazapados, en pestilentes lodazales y charcas infectas donde el carrizo y el tupido junco le sirven de cobijo y se erigen en naturales cómplices desinteresados que se niegan a delatarlos.

Durante la noche, reponen las escasas fuerzas que restan tras la agotadora singladura, libando jugo de los cardos que crecen en las frescas riberas.

No siempre la fortuna les sonríe. Muchos perecen en el intento y otros quedan atrapados en el propio néctar que eligieron como sustento reparador. Pero eso no los detiene. Es aceptado por todos como si fuera parte del precio que se ha de pagar. Por eso, nadie ni nada detiene a los que sobreviven.

Y al fin... la recompensa.

El olor de la abundancia que se pudre al sol de los contenedores, invade todos sus sentidos y les confirma que han hecho realidad su sueño: han alcanzado el litoral.

En la sosegada hora de la siesta, casi todos duermen.

Del interior de las habitaciones, rezuma un fuerte olor, mezcla de sudor, yodo y salitre marino, que embriaga a la turba de los recién llegados. Éstos, se reagrupan, se dividen y dispersan acudiendo a los huecos de los ventanales que se abren como celdas en las torres de apartamentos que pueblan el caótico urbanismo de la especulación.

Agazapados en el exterior de la persiana, esperan el momento propicio.

Cuando el ronquido se hace lento, arrastrado y profundo, el sudoroso cuerpo rezuma todo su efluvio estival. Entonces, se lanzan en tromba sobre el cuerpo que, desnudo, yace dormido. Lo toman, lo recorren de punta a punta y, en su alborozo, invaden las cuencas oculares, las comisuras de los labios y lamen con sus lenguas las oquedades del sexo embriagador. Después, zumban y revolotean. Se apropian de la estancia y del cuerpo que, en la laxitud, se desparrama sobre el lecho empapado.

Ebrios de placer, ninguno se apercibe de que, como si se tratara de un movimiento reflejo más de los muchos que le han precedido para espantarlos, esta vez la mano busca debajo de la mesita de noche. Tantea y encuentra el arma que guarda preparada y dispuesta. Después, un dedo índice oprime, con más rabia que fuerza, el botón del aerosol y del bote escapa una nube perfumada letal. Al minuto, todos se agitan, se convulsionan, y enloquecen el aire con sus zumbidos agónicos. Caen al suelo. Muertos.

De nuevo, los mosquitos interrumpieron la siesta. De nuevo, se revela inútil el Bando Municipal que declaró la guerra a las moscas y mosquitos. De nuevo, es verano en Aguadulce.

---------- ooo 0 ooo ------------

EPÍLOGO:

Si has leído de tirón el artículo sin caer en la tentación de pasarlo por impresora de marca japonesa.
Si pasado a papel impreso de mediana calidad, no lo has dedicado al uso poco digno, aunque higiénico, que los clásicos reservaron a la mano izquierda (salvo caso de necesidad en que valdría la indulgencia).
Si al leerlo, por azar, viste, en algún momento, el reflejo de ZP o rememoraste los ancestros del nunca bien ponderado Caldera.
Si durante su lectura alguna vez pensaste lo que yo pienso que pensabas
Si, además de todo eso, sufres por los colores de la camiseta roja y blanca del Poli…

Hijo mío, tú serás….. Torrente!!!.

jueves 4 de septiembre de 2008

Los peligros del camino

(Coplillas de mi terraza)
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Y dijo el Señor a Lucifer:
“No es bueno que el hombre esté solo, pero no se me ocurre nada. Encárgate tú”.


Que el amor es cuento chino
lo saben en preescolar,
pero son tantos millones
que hacen ciencia la insistencia,
aunque no tengan razones.

Con la flecha de Cupido
viene envuelto un cordelillo.
Las mujeres son las dueñas
en todo que mueva un hilo.
Primero lo desenvuelven,
con mucha ternura y mimo,
hacen ritos, hacen signos,
hacen cuentas y guarismos,
y con mayor delicadeza
te lo anudan en los mismos.

El amor es gran destreza
en tirar de la guitilla.
Los pobres gastan de esparto,
los ricos, oro y brillante,
los medianos hacen lazos
con un hilo de bramante.

Que el amor anda a saltitos,
como andar de gorriones,
nadie pone ya en disputa.
Si se enfada nuestra dueña,
si no le gusta la broma,
si miras a la vecina
la pechuga que le asoma,
siempre ajusta bien el ancla
un tirón de la maroma.


En Agosto hubo reunión
y comida de gorrilla,
nosotros tres y la silla
que reservamos paella.
Luego al tomar el café
otra vez éramos cuatro,
(pillamos la mesa entera)
los de antes y la sombra
de una rubia de bandera.

La moza pasó volando,
alzada en sus cuatro piernas,
es cierto, sólo eran dos,
que asemejaban eternas.
Jovencita, falda corta,
arregladita y compuesta,
la mejor de las mejores
de todas las hijas de Vesta.

No te apures, buen amigo,
la liebre no te interesa.
Que no es consuelo lo sé,
(es por evitar risillas)
en chocando ambos cuerpos,
(yo sospecho y él lo sabe)
conocerían tus gafillas
su mullida piedra clave.

Al salir de cacería
ten cuidado Serafín,
que tienes un faro flojo.
(Ahora que estamos en eso,
¿cómo llevas lo del ojo?).

Tú eres bueno y noblón,
tu palabra siempre vale,
no te achica la tormenta
ni que te pase un camión.
También bajito y miope,
que es como tienen que ser,
como son en todos lados,
los nipones de Jaén.

Que todo el monte no es pino
ni toda higuera breval;
en asuntos de escopeta
ten cuidado, ya te insisto,
que al igual que en el Congreso,
hay izquierdas y derechas
y también el grupo mixto.

Al tentar la madriguera
a veces sale escaldado,
el cazador va a por carne
y le meten un pescado.

Al disparar ten cuidado,
en la barraca de feria,
que a veces vienen de premio,
en promoción especial
(todo el paquete incluido),
junto a la osita de fresa,
dos hermosos huevos kinder
y un gran regalo sorpresa.

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Publicado por Fendetestas

martes 2 de septiembre de 2008

Como la vida misma

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.Trabajo en una oficina inmensa, llena de papeles, libros y ordenadores, estoy yo sola o así lo siento, miro unas fotocopias y pongo un sello que no acaba de salir tintado.

Pienso sobre el trabajo que hay, que no es mucho y en estas llega una compañera nueva mirándolo todo y tomando sitio ante un ordenador y un montón de papeles.

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Le pregunto sobre ella:
-¿ Por qué la mandan?… No hay trabajo excesivo …

La siento como una espía; de pronto me vuelvo y la oficina está llena de personas, tres o cuatro mujeres y un hombre con traje y sombrero. En un ambiente de penumbras registran libros y preguntan por documentos que no logran encontrar … discuten sobre la forma en que han sido archivados: POR ORDEN ALFABETICO … Insinúan que no se trabaja correctamente. Me “disparo” y le digo al señor que si yo los hubiese archivado no se habrían perdido y los encontraría rápidamente POR FECHA … y expongo contundente y con mucho énfasis : “No interesan los nombres la clave está en las fechas”.

He defendido mi postura con tanta vehemencia que tengo que disculparme y explicar que no es enfado, que soy así cuando creo en algo firmemente y salgo de la sala bastante preocupada; camino por un corredor lóbrego en un primer piso, al lado de una barandilla, una compañera me ha seguido, le vuelvo a explicar que no me enfado, que digo lo que tengo que decir con sinceridad y buena intención y luego no hay más … Mi compañera me abraza y me dice que por eso me quiere y que soy su mejor amiga. A mí se me coge un pellizco en la garganta y sollozo justificando que no soy mala aunque en algunas ocasiones, en momentos de enfado, he roto cosas de personas a las que quería pero que no era maldad que era desesperación, que lo lamentaba y no sabía cómo remediarlo. Le hablo sobre mi marido, al que veo esperándome sentado entre la gente al final de la escalera … Mi compañera me está mirando sonriente, cariñosa y comprensiva, noto que me quiere y me entiende y me incita a pasar un rato agradable con mi esposo.

….

Estamos en un balneario al borde del mar. Sobre una pasarela de madera mi marido observa contento como mi hija menor juega conmigo intentando embadurnarme de fango curativo, al final él también juega con nosotras y acabo abrazando su cuerpo embarrado cálida y amorosamente … hablamos en intimidad con las caras muy juntas …

Sin a penas notarlo ya no estamos en el exterior, nos encontramos en una sala del balneario en semipenumbra, hay mucha gente en grupos que hablan y toman las aguas, se bañan en dos duchas situadas en lados opuestos. Mi marido me dice que quiere ir al baño, se quita los calzoncillos antes de salir de la sala, veo su pene colgando grande y me extraña lo que hace pero compruebo que nadie le da importancia, ni miran y pienso que será normal.

Cuando se va siento el barro reseco sobre mi cuerpo y pienso en una ducha relajante. Oigo el murmullo de las personas que están en las duchas y entremezclándose con éste se oye la salmodia de una misa en la planta baja. Descubro que estamos en un primer piso que se abre a la parte inferior con unas pequeñas arcadas con barandillas. Veo abajo a las personas trajeadas para la ceremonia, escuchan atentamente al cura que recita su discurso …

Después de dudar a qué ducha dirigirme, me decido por la más próxima a la balconada … está llena de sillas en las que habían estado sentados los miembros del grupo anterior … me dispongo a retirarlas, aparto la primera que choca contra otra y hace un efecto dominó. La última arcada no tiene barandilla y las sillas se precipitan a la parte de abajo una, otra y otra … así hasta la cuarta que se tambalea un poco pero que al final cae con gran estruendo.

Estoy asustada, pienso : “ Ojala no haya nadie abajo”… Pero me asomo y observo un gran revuelo … dudo qué hacer … y corro mezclándome con la gente alborotada, intentando justificar lo que ha pasado, nadie me escucha, estoy aterrorizada pensando en lo que he hecho … ha sido sin querer … veo que a un hombre grueso y calvo se lo llevan en volandas … y repito mi explicación y mis disculpas. Me siento angustiada. Por fin encuentro a dos hombres que entre el barullo intentan tranquilizarme, tengo la sensación de que salgo de un estado de sopor, respiro, empiezo a darme cuenta que ha sido un sueño, la angustia sigue atenazándome … me revuelvo en la cama para comprobar que estoy a salvo, que no soy responsable de una muerte absurda y el pavor va dejando paso a una agradable sensación de paz y tranquilidad.

Me alegro de haber despertado al lado de mi marido que ronca plácidamente mientras suda bien arropado y embutido en su pijama de invierno …
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¡ NO PUEDO PEDIR MÁS !
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Publicado por Pilara. Benahadux, 16 de Octubre de 2007


viernes 29 de agosto de 2008

Deseo Vital

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Me gustaría viajar ...

¿Cómo es eso? ¿Con lo poco aventurera y lo vaga que eres? ...
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Pues sí, viajar, pero como siempre con una perspectiva distinta del viaje a como ahora lo entiende la masa: “He estado cuatro días en Roma y ahora estoy aquí de nuevo en la rutina; el fin de semana iré a Londres y el lunes de vuelta a poner lavadoras y a encerar el suelo; iré quince días a San Mauricio y el final de mes me lo pasaré lampando porque el presupuesto se me ha escapado de las manos” ...

Total, espejismos para seguir anclados en la NORMALIDAD. Claró que como diría alguien un día de vida es vida ... pero ... ¿y el movimiento compulsivo y agotador que genera?

Me gustaría tener unas condiciones que me permitieran plantearme mi vida como un viaje, un buen día soltaría amarras y libre de ataduras y raíces me desplazaría sin límite de tiempo, sin desesperaciones, sin un fín determinado. Sólo vivir el viaje, mirar, observar, sentir, experimentar lo cotidiano en otros lugares, sin prisas, que el rumbo lo marquen tus deseos y tus ansias de ver qué puede haber más allá, sin pensar en volver, sin la ansiedad que puede provocar el regreso.

Convertir la vida en el viaje de la vida, sin muchas pretensiones, sólo el gozar de la existencia con los cinco sentidos, saboreando y disfrutando todos los estímulos por pequeños que sean: un rayo de sol calentando tu espalda, una cigüeña con su inmenso nido en el campanario, unas nubes que dejan lluvia sobre una extensa explanada de olivos, las perdices que campan con sus crías, las flores de almendro que prometen, aún con frío, la llegada de la primavera ... ¡todo un placer!

Espero tener fuerzas y tiempo que me permitan vivir en constante viaje.




Publicado por Pilara. Benahadux, 22 de mayo de 2006

miércoles 27 de agosto de 2008

"Serafín de los Hachones: una vida paella"

(Coplillas de mi terraza)
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Mi amiguito Serafín es un angel de la guarda.
Guarda, pule y da esplendor a la espada de su falda.

De pequeño conocío a la dama de sus sueños,
que los sueños sueños son y ahora está bien despierto.

Tuvo problemas de espalda, la tosecilla del pecho,


pero con fuerzas y empeño consiguió estudiar derecho.

Toda una vida en la estrella,
digo en la Luna mejor,
pués cocinero salío: toda una vida paella.

Comenzó su andadura (nunca fue mejor llevado) en la alegre Cataluña,
la del sol y los espetos, viniendo por fin a Almería,
tierra hosca y sin gracejo,
no se pueden comparar las playas del Santo Reino.

Trabajó duro y sentado, no es menor el esforzado, en el curro noche y día,
siempre solo y siempre a mano,
recogiendo la cosecha para el plato valenciano.

No hizo la mili el jodío, se libró por japonés.
La hizo mayor en Marina,
¡a la trena este grumete!
¡Calabozo y tente tieso p´al que mató a Manolete!

Ya de chofer, ya de artista, de traedor o de aviador,
era el amo, estoy seguro,
mala cara, ¡qué sonrisa!, corre al miedo un tipo duro.

Recelaba mi señora observando aquella espera.
Con su chicle, duro gesto, Tigre Mágina aguardaba a su dama,
firme, henchido, raudo, presto.
¡Cuanto miedo! ¡Que alboroto!
Luego, al cabo, sólo un Panda y dentro otro.

Esperaba yo a la mía, cara tonto y alelao,
por la acera paseaba, con el rostro cavilante:
¿Pero a éste...qué le pasa? Siempre tieso y enfadao.

Paso cerca y me acogota, puro miedo tembloroso,
“dientes, dientes” y a otro lao.
No hay tio más capullo, ¿digo algo, le saludo?
Estoy que pierdo el resuello.
¡Vade retro, tate quieto! Tengamos la fiesta en paz,
vaya que sea leguleyo.

Luego llegan elecciones y ganó la oposición.
En partiendo los melones, ¿dos mitades? ¿la mitad de la botella?
Es mi estrella, ¡vaya dieta!: más de tres cuartos paella.

Mira que llegan las nieves, te pillan flojo y desnudo.
¡Manda carallo!, es pecado, a tu edad ya está pasado, lo dice en el catecismo.
Serafín que es un chaval, retoñado ya crecido,
entre pensar y folgar, no hace razón o distingo.
De todas formas, igual, siempre pensando en lo mismo.

¡Que se te pega el arroz!
¡Vamos, no seas pendejo!
Va llegando ya la hora de ir cazando un conejo.

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Publicado por Fendetestas
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lunes 25 de agosto de 2008

El síndrome del mojito

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Desde que la generación del Seat 600 inventara la moda de veranear, la civilización patria sufrió el ataque de una nueva plaga.
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Es cierto que cruzar la CN-340 en una angostura rodante llevando parienta, niños, maletas, colchonetas, hamacas playeras, nevera, perro y suegra ( por este orden, que no es aleatorio), no sólo constituía, de por sí, un mérito, sino que, además, era un crisol donde se fundía y purificaba el carácter de una entera generación ( " Manolito, sácate el dedo de la nariz y cuidado donde pegas la pelotilla"; " Pepe, ten cuidado con ese, que tiene muy mala pinta; mira que seguro, esta mañana su mujer lo ha puesto ya calentito en la calle porque lleva cara de mala leche. Así que no vayas a adelantarlo, vaya que se pique", " Papá, para que quiero mear"), aunque sus protagonistas no fueran conscientes de lo que su novedosa actitud estaba propiciando.

Con el paso del tiempo y el desempleo de psicólogos ( artífices más creativos del lenguaje que la propia María Moliner), lo que antes era el regreso de unos días en el pueblo o en la playa, el zafarrancho hogareño para quitar el polvo acumulado en el sofá descubierto de la previsora sábana que quedó olvidada con la prisa de los últimos momentos y las pastillas de la tensión de la abuela, y el agotamiento de hileras de los tendederos que a veces procedían de innecesarias lavadoras, pero presumía ante el vecindario de superarlo en días de disfrute, se reconvirtió en un grave problema. Es decir, que en aquellos tiempos, tras pasarte una semanita en tu pueblo y volver al curro, aquello como que fastidiaba, cabreaba o jodía - según el grado de sensibilidad de cada cual-, pero que ahora, tras pasarte quince días en Las Islas Maldivas, va y te deprime. Lo que antes era puro malhumor, hoy constituye una verdadera enfermedad, un síndrome.

Si en mis tiempos se me ocurre decir a mi padre que, tras estar una semana en Torremolinos comiendo espetón y revolcándome en la arena, sufro de un síndrome postvacacional, de la ostia que me pega me endereza el carácter. Y es que, para alguien que nunca vió el mar y tenía un año que se quedaba corto para tanta faena, eso era algo tan incomprensible como una librería de catecismos en Moscú. Y si te sentías agotado, pues para eso estaba la taberna de Perrete para tomarte unos chiquitos de vino peleón con garbanzos tostaos, o el bueno de don Luís, el cura, que dentro y fuera del confesionario te daba recetas sin cobrar y te recordaba que el verano también se pasa bien a base de misal y rosario (" ¡Rosario, tráeme el misal¡").

Ahora no. Te has pasado ochenta y cinco horas en aeropuertos mirando a ver si cambiaba el " Delayed" de la pantalla que anuncia la salida de tu vuelo que tenías contratado desde febrero; has perdido cuatro días en el viaje transatlántico y otros dos entre el traslado de hotel al aeropuerto, pero las vacaciones de 5 días y 6 noches en el Caribe por 3.175 euros, en hotel de media pensión, ha merecido la pena. ¡Joder que si lo ha merecido¡. Y si no, que se lo pregunten a Vicente, el vecino del cuarto B que se tuvo que chupar enterito el vídeo. Eso sí, que para hacerle más ligero el trago, le pones un mojito porque te has traído la receta original. El ron también, lo que te sirve para contarle a Vicente la anécdota aquella del aeropuerto cuando te registraron la maleta y lograste, no obstante, escamotear la botella al agente de Aduanas.

Luego, la historia se repite, y pasas por el vídeo y por el mojito a toda la charpa de amigos y a la familia. Entonces reparas en lo que dan de sí 3.175 euros, pues llevas treinta y siete días contando los dos días y medio hábiles que estuviste en el Caribe.

Sin embargo, lo que siempre me ha dejado perplejo es que, tras la arrolladora alegría, tardes de vídeos y mojito y presumir de poderío, cuando el protagonista llega a su puesto de trabajo, se le pone cara de avinagrado y empieza a escupir al personal. Se supone que debería ser una balsa marina, un querubín, más, sin embargo, tan pronto como entra en su despacho corrido y ocupa la mesa asignada, se transforma en monstruo. Empieza por padecer el síndrome de Aladino, pues apenas lo rozas, le sale el genio.

Eduardo, catalán él y no obstante amigo, decidió este año armarse de valor y doblar el mapa hispano "hasta donde las pelas aguantaran". La Providencia y la bajada del precio del crudo se aliaron con él y acabó aterrizando en el Sureste. Cansado, cohibido y sin aire acondicionado, tardó en integrarse en su nuevo destino el tiempo que medió entre distinguir un surtidor de una gasolinera y una "tapa" de una ración. Después, conoció paisaje y paisanaje y ya nada resultó igual en su vida. De vuelta, soñaba con rincones como "La bien pagá", " La borrachería" o "La Charca" y sus pesadillas más grandes se limitaban a la angustia que sufría con ocasión de cada consumición pedida, pues dudaba entre acompañarla con espeluznaos, trigo, acelgas esparragas, berza o rabo de toro... Tras dos meses de silencio, cuando me interesé por su salud, únicamente pude obtener una tajante respuesta del Jefe de Recursos Humanos de su empresa: " Estar, está. Ha vuelto de vacaciones exultante y muy creativo aportando ideas originales y novedosas obtenidas, pero, oiga, se encuentra preso del síndrome postvacacional; apenas si habla, ha colocado un inmenso indalo presidiendo su mesa de trabajo y ha presentado ciento treinta y siete curriculum de trabajo en diversas empresas de Almería. Dice que lo de la ingeniería de telecomunicaciones está bien, pero que ya prefiere trabajar sacando miel de los paneles de las colmenas de la alpujarra o estudiar el proceso de la lucha biológica contra las plagas que afectan al pimiento de invernadero". Y aún hay más, me confirma su mujer que ya ni practica el tiro con arco, sino que de vuelta a casa, cada tarde pasa por el súper a comprar hierbabuena fresca con la que macerar el fondo de su mojito. Luego, sentado en la terraza, retorna a su estado de postración, mira el cielo, aspira la pajita y suspira profundamente mientras exclama: ¡ Amanece, que no es poco¡.

Y es que, a estas alturas, hasta mi amigo Pedro, que ha salido de su letargo acedioso, se dedica a macerar ideas para componer relatos y ha sustituido la marihuana de sus tiestos por hierbabuena para componer mojitos. El otro día, mientras degustábamos un delicioso pulpo del Zapillo en salsa, me confesó que a él el síndrome postvacacional le había salido por lo sexual, ya que tantas horas de playa a pezón desnudo habían descubierto su bisexualidad: es decir, que había comprendido que le gustaban las rubias y las morenas. Éste buen amigo, también me invitó a probar su mojito, pero conociéndolo como lo conozco, estoy tentado a declinar la invitación, pues me malicio que me tendrá preparada la silla de tres patas que guarda en la terraza reservada a las visitas.

Pero a mí, ya ese mal ni me afecta. Aquí estoy frente al ordenador como ayer, esperándolas venir. Quizá sea porque nadie como Mayra, la madre de mi nieto, sepa darle el punto al mojito. Quizá, porque haya entendido que a mi vuelta al trabajo encontraré adversarios, que no enemigos, pues el peor enemigo que tengo es mi propio corazón que acabará matándome. O tal vez sea, porque asumo que la vida no es sino una pista de obstáculos que siempre acaba en un hoyo.


Así pues, amigos, ¡ ha llegado Septiembre¡. ¡ Es la guerra¡.




Publicado por Malvís.

sábado 16 de agosto de 2008

He pisado una tierra

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"Todas las tierras, en su diversidad, son una.Y los hombres todos son vecinos y hermanos"-Al Zubaidi-
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He pisado una tierra firme y resistente,
una tierra donde las piedras sonríen,
donde el viento susurra, donde el cielo es radiante y la luna no se oculta.

He pisado una tierra de sabor dulce y amargo,
de olor suave y enérgico
y de intenso color resplandeciente

He pisado una tierra entre tierras,
compañera de dos dioses
digna amante del mar, coronada por el sol

Te contemplo como si fueras el espejo,
reparo en tu memoria y observándote
aprendo a descifrar los sueños

Invoco el coraje perdido
y recuerdo lo olvidado

Inhalo la fuerza de la tierra
que contagia la alegría por la vida,
y que renace
al ser compartida con los ojos del alma

Tu historia es representativa
de quien tras un largo letargo
comprende que en absoluto es observado
sino que en realidad, es admirado

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Al-maryya no lo olvides jamás.




lunes 11 de agosto de 2008

Una vida consagrada a los demás

mmm


A Pedro,
Amigo y, cual Fendetestas,
mi alter ego.





mm
mmmm
Para dedicar la vida al prójimo, al otro, a los demás, no se necesita ser cándida novicia, enardecido misionero en la República Democrática del Congo, antes llamado Zaire, profesante de la orden religiosa creada por la Madre Teresa de Calcuta, bombero, o simple socorrista de piscina.

Existen personas que hacen de su vida una profesión a otra u otras personas a las que consagran todo su esfuerzo y hálito vital. Bien es cierto que esta afirmación admite los matices de un cuádruple enfoque, pues existen los que la consagran a vivir "por", a vivir "de", a vivir "tras", o a vivir "para" los demás

Aunque muchas veces, como en casi todo, existe la posibilidad de matizar el matiz. Es la teoría de la amplia gama de grises (perdóname, Antonia). Digo esto, porque los hay que no se sabe si viven "por" o "de" otro. Y me refiero aquí, no a los trasplantados de corazón, riñón o médula, que ya bastante tienen con darse prisa en vivir, para ellos solos, esa bendita segunda oportunidad que les tocó en la tómbola, injusta y caprichosa, de la vida sin pararse a pensar que son meros trasuntos de un muerto o un vivo generosamente despedazados, sino a las funerarias. Y es que, como dice mi amigo Pedro, el negocio de la muerte alimenta a muchos vivos que andan por la calle con sus pies y no con ellos por delante. Ellas viven por y de otros. Y además, son los únicas que no conocen época de recesión. Por eso, yo he pensado que, cuando sea mayor, no seré ni Registrador de la Propiedad, ni Médico Cirujano en el Hospital de San Jorge de Huesca, ni siquiera Director del Museo Naval del Viso del Marqués ( al fin y al cabo, como le dijo mi cuñado Ubaldo a su hijo cuando después de once años en la universidad privada le comunicó que había decidido dejar la carrera y poner un negocio de tatuajes en el Paseo Marítimo, "para comer y respirar, que de eso se trata, tampoco se necesita ser arquitecto"), sino sencillamente, empresario del tanatorio local, antes que muerto. En este oficio, el ladrillo sólo sirve para el envoltorio de la apariencia exterior, pero cuando has logrado conseguir una imagen de templo ateniense con el frontispicio triangular a lo Fidias en la portada y varias salas con "expositor" acristalado en el interior, ya no hay crisis que se resista pues la materia prima la tienes asegurada como en la teoría económicopolítica de Adam Smith sobre el concepto de producción a coste cero. Lo que ocurre es que en los libros de texto nos lo explicaban con ejemplos de fábricas embotelladoras de agua o de extracción de sal marina, que son actividades empresariales mucho menos "humanas" que la de la muerte. ¡A dónde va a parar¡. Sobre todo si te afanas en instalar una buena cafetería. La capilla también, por el qué dirán y porque siempre hay un cura en la familia al que una misa de difuntos extra le reporta un plus, así como una familia dispuesta a redimir, socialmente, al calavera de su pariente tieso. Yo he conocido a personas que, en vida, no es que fueran y se declararan ateos y apostatas convencidos, sino que durante el tiempo de su permanencia entre nosotros, maldecían a los coros celestiales y al supremo hacedor y a la madre que lo parió con tal vehemencia y asiduidad, que de existir el cielo, estará convertido en un estercolero maloliente, y que sin embargo sus familiares han pagado las misas de corpore in sepulto ( se dice así, ¿no?) más ostentosas que recuerdan los viejos del lugar. Por eso digo la importancia de lo de la capilla. Bueno, por eso y porque desde que conocí al joyero más importante de la capital que era el Presidente Provincial del Partido Comunista de España, uno ya está curado de espanto y de esperpento.

Cuando llega el inevitable momento, siempre existe la figura del encargado que sólo vive y está "por" el muerto, aunque en realidad eres tú quien le importa. Comienza por enseñarte el muestrario y te explica la calidad en pino, cerezo, nogal, y la forma: rectángulo, bañera, etc. También te explica las diferentes formas y hasta material y color de las urnas. Son muy coquetas y hasta decorativas. Se pueden poner sobre el basal de la chimenea para que las cenizas del finado conserven el rescoldo que en vida ni siquiera tuvo. Y tú allí. Con cara de gilipollas o compungido, según se mire, preguntándote qué cojones le importa a tu suegro si su último pijama es de madera de pino o de albaricoque, cuando todavía tenía en el cajón de la cómoda, sin estrenar, aquellos dos de Pedro del Hierro que les regalaron sus hijas por Navidad aprovechando la oferta del dos por uno de Cortefiel; si es tipo bañera o carece de jacuzzi, o si las coronas han de llevar clavellinas, azucenas o la socorrida gerbera. ¡ Si allí donde va, sólo huele a muerto¡. Que las estrecheces las pasó en vida y ahora le importa una mierda si la última parcela le queda revenida y estrecha o se bambolea a hombros de los de su quinta. Y, piensas, ¡ joder, qué putada. Y él que nunca quiso ser torero porque le daba vértigo salir en hombros¡. Pero, en fin, acabas por entender la figura del encargado de la funeraria y que tiene una vida consagrada a los demás. Tan sólo cuando has hecho la elección y tira de calculadora, te das cuenta que las preposiciones "por" y "de" están tan cerca, que se confunden. Al final acabáis escogiendo todo a medias entre los dos: modelo de tipo medio, coronas medianas y media misa con réquiem, hisopo de agua bendita y pésame a la salida. Eso sí, ha de insistirse en el nombre del difunto. Digo esto porque en el último funeral al que asistí, el sacerdote se pasó la ceremonia entera hablando de las virtudes que en vida adornaron al ya partido de este mundo, Serafín, cuando todos los que allí estábamos habíamos ido a consolar a los familiares de nuestro amigo Juan. Al principio creíamos que nos habíamos equivocado de Sala de Velatorios; después, que era que el celebrante vivía y rezaba "por" otro y, al final, los menos, y entre el cabreo general de los dolientes paganos, acabamos pensando que era algo expresamente dispuesto por Juan que estaba simulando su propio funeral, mirando desde la ventana de enfrente, para comprobar quien había ido a su entierro y quien merecía aumentar su cuota testamentaria. Al final, todo se resuelve. El pariente indignado pide el libro de reclamaciones, mientras otros que compartieron años en la mesa adjunta del Negociado de Medio Ambiente, se alegran de comprobar el poco grado de memoria que fuiste capaz de generar tras tantos años de esfuerzo por mantener a raya los decibelios de los" pubs" ubicados en las bajeras de tu barrio y que tanto tocaban las narices a la vecindad.


Mi amigo José Antonio es, por contra, el paradigma de la persona o personaje que vive "de" otro. Su laringectomía, nunca fue obstáculo, óbice, barrera, cortapisa o valladar para conectar con el prójimo. Tras perder su juventud como vigilante jurado de edificios oficiales, intentar infructuosamente regentar locutorios y montar un negocio de inversiones de capital extranjero especializado en el de envío de divisas a países sudamericanos por parte de la colonia de cuidadoras de ancianos de su ciudad de origen, acabó recalando en el más próspero de todos los quehaceres y actividades profesionales: vivir para uno mismo, pero a cuenta y cargo de otro.

La casualidad no se presenta y llama a tu puerta a la hora de la siesta. Hay que ayudarla. Así, que dicho y hecho. De impoluto traje azul marino y bigote nacionalsindicatolicista, trepó en las últimas elecciones sindicales del gremio hasta colocarse como Presidente de la Junta de Personal. Las tarjetas de visita, pagadas a cargo del sindicato, le abrieron puertas y hasta alguna cuenta corriente que solapaba en uso con las subvenciones gubernamentales. Lo demás fue coser y cantar. Tras empeñarse a fondo en su labor sindicalista, aprovechaba las entrevistas del despacho oficial para sondear el terreno femenino disponible en el sector. Él decía que así contribuía a erradicar la discriminación laboral entre sexos, pero lo que en realidad promocionaba era su propia prospectiva de futuro, siempre considerando los posibles y la ascendencia de la futura becaria. En poco tiempo, no sólo recuperó el hábito perdido como guarda jurado de dormir a sus horas, sino que el vivir durante el día le despertó su fino sentido en el arte del flirteo, antes desaprovechado por mor del cuadrante de trabajo. Se especializó en el raro don de hacer coincidir en el instante preciso las magnitudes espacio-tiempo, y lo demás sólo fue cuestión de esperar.

Clara Portocarrero y González de Perceval, era la única hija y heredera universal de don Facundo Portocarrero Fornovi, empresario del mármol, inventor del silestone y unas de las potencias exportadoras más insignes a nivel regional. Acababa de pasar los treinta y ocho abriles. Virginal, de rara belleza, interior e inescrutable, era proporcionalmente tonta al grado de su fortuna, lo que en su caso entrañaba ímproba dificultad y no poco mérito. José Antonio, con veintinueve años y mucho mundo, se cruzó en su camino como un torbellino de pasión y encandiló, sin remedio, a la hija del empresario. No es que fuera de su agrado y más de un disgusto se cobró, pues no en vano sus amigos de tertulia y dominó en el Casino aún comentan que se le oía a don Facundo referirse a su yerno como la única "china" en su vida que nunca pudo extraer y colocar lejos de su cantera, pero al final, para evitar morir sin herederos, y a la vez dar buen nombre a lo que saliera de la barriga de su hija Clara, ya en crecimiento imparable, no le quedó otro remedio que otorgar el permiso correspondiente. El resto, es de imaginar. Don Facundo acabó cediendo en años a la naturaleza y en cuartos y fortuna a su primogénita hábilmente asesorada por José Antonio quien, como administrador, siempre ha considerado que debe gozar del patrimonio como suyo puesto que sólo él es quien lo mueve, mientras que su mujer, a fin de cuentas, sólo ha puesto en el negocio el dinero, la casa, la herencia y un parto que resultó ser bastante fastidioso no se sabe bien si por su condición de cuarentona primeriza o por estrechez de caderas, que ambas cosas tenía.

Mas no sólo existen casos como el de mi sindicalista amigo. A veces, en este rinconcillo del sudeste hispano donde la patera arriva con cada noche de Levante mientras la oronda luna llena y la Patrullera de la Benemérita se distraen mirándose en el Mar de Alborán, el fenómeno inmigratorio ha puesto en el tapete social del Poniente, una de las variantes más jugosas de esta modalidad de vida consagrada a vivir de otro.

A Natacha, sólo le bastó el tiempo de tomarse el bocata de choppep con panceta que le facilitó el miembro de la Cruz Roja Española, para integrarse de pleno derecho en la madre patria. Dejó la mochila bajo la manta, por lo que todos creyeron ver un grave caso de hipotermia, y cuando llegó la dotación del 061, la Kornizszcaya ya se encontraba durmiendo entre cálidas sábanas de la habitación de un hotel que pagaba el camionero que la recogió en el túnel de Bayyana. Al fin y al cabo, él como ella, venía de lo más alejado de Europa de dejar la carga de hortalizas extratempranas, y llegaba cansado y de vacío.

Con diecinueve años, alta, rubia y dos poderosas razones, intercambiaron humores, pareceres y reflexiones. Rompió el matrimonio feliz del camionero quien no solo tuvo que dejar su casa, sino hasta el trabajo cuando se enteró que el constitucional beneficio de la duda no podía atribuírselo a la moscovita, porque ya su jefe se encargaba de beneficiársela sin dudar un instante, durante los trayectos que, cada vez más lejanos, le comisionaba. Las hortalizas, fuera la distancia que fuera, habían de llegar frescas, mientras la amiguita post-gorbachobiana se sazonaba a base de ascender en la pirámide socioeconómica que ella asociaba al tamaño de la billetera del nuevo conocido que se cruzara en su camino.

El hombre de campo almeriense, que siempre ha sido un ecologista vocacional y un cazador instintivo, contemplaba ahora aquellas bandadas de rumanas, rusas, eslovacas y polacas, como inmensas y providenciales colonias de avecillas migratorias que invernaban buscando comida y cobijo, digamos, en las partes más húmedas del Sur, y que, en ausencia de veda, todo les estaba permitido. Al fin y al cabo y en el argot cinegético, los había quienes las miraban no como fenómeno social del siglo, sino como piezas cinegéticas y las consideraban como combinación de ave de vuelo y animal de pelo: en plata, un conejo con muslos y pechuga. El fenómeno llegó a ser tan popular y generalizado, que hubo más divorcios entre los vegueros, que en la alta sociedad marbellí. Algunos, que incluso habían sido compañeros de mili en la Legión, acabaron enemistados de por vida por culpa de esa tan inusitada "cesión ilegal de mano de obra", pues según el resultado de la cosecha de calabacín que publicara la pizarra de la Lonja y de la extensión del invernadero, se tornaban de patrón en patrón con mayor frecuencia.

Algunos le llamaban a este fenómeno " interculturalidad", otros, "integración social", o exponente interracial de la Alianza de Civilizaciones, pero mi abuela Isabel, que por su edad no sabe nada de esas cosas, suele ofrecer el rezo del tercer misterio gozoso del rosario del primer y penúltimo día de cada semana, por tantísima puta suelta. Pero como decía Pedro, psicólogo y de erudición contemporánea, la visión correcta del tema pasa por entender el fenómeno, no tanto como objeto de estudio de Seminario sobre integración cultural, desarraigo afectivo o mecanismo de superación del temido síndrome comportamental de Ulises, sino como algo mucho más simple, una forma como cualquier otra de consagrar su vida a los demás, ya sea viviendo de, sobre o bajo otros. O dicho de otra forma, supone respetar un nuevo concepto de fidelidad donde se trata de hacerlo siempre con el mismo aunque, a ser posible, cada noche con un hombre diferente.

Un caso distinto completamente es el de Dolores Almazán. La "Yoyes", consagró todos sus días y noches a vivir tras de otro. No es que fuera sumisa y de apocado carácter, sino que desde que el acné de la pubertad le estallara como cráter piloso, decidió que de ser algo en la vida, sería o mujer barbuda en el Circo Price, o detective privado. Montó su propio chiringuito y a remolque de Susana Novillo, abogada especializada en violencia machista y cuernos comunitarios, su carrera profesional resultó imparable y sus servicios garantía de sentencias conocidas como dictadas al tipo de José Mª "El Tempranillo", pues siempre conseguían trasladar el rico patrimonio del marido para enriquecer a su pobre mujer. Todavía se recuerda el caso de la Asociación de Mujeres Vituperadas en que Yoyes aportó la prueba fundamental que propició la condena de la psicóloga asesora por maltrato psicológico, y que ella, a la que también acabó cayéndole una orden de alejamiento, nunca admitió su culpa y siempre mantuvo que fue por acercarse tanto a la verdad.

También el que esto escribe, hubo unos años que dedicó su energía vital y consagró su vida y persona poniéndola siempre al servicio y detrás de otra. Y no me refiero a la legítima, porque en la época a la que vengo a relatar aún no estaba casado. Me vengo a referir a mi época de guardaespaldas de la Concejala de Régimen Interior. Desde aquellos tiempos, aún sigo conservando el hábito de desconfiar de todo y de todos, de colocarme siempre en el interior de los edificios en zona desde la que divise la puerta, sentarme con la espalda apoyada en la pared y mirar los bajos de todas las cosas. Esto último empezó siendo por motivos de seguridad, pero una vez que la representante consistorial tomó conciencia de su puesto como servidora pública, acabé haciéndolo solamente los lunes, miércoles y viernes de cuatro a seis. También dejé de enfocar mi vida personal tras la concejala protegida, pues según y cómo, comprendí que todas las posturas y posiciones son mutantes y la tregua terrorista permitió que pudiéramos cambiar los planes.

Sin embargo, de todas las personas que consagran su vida a estar siempre tras el prójimo, la que más me ha subyugado es la de Don Alfredo. Titular del Juzgado Tutelar de Menores, don Alfredo se colocaba con tal donosura las puñetas de la toga en las sesiones de vista oral de la mañana, como la malla de profesor de aeróbic en las vespertinas del gimnasio del Club de Mar. Más que sentencias y resoluciones, don Alfredo dictaba la moda. Fiel convencido de la reinserción social del menor y de que la gran culpable de su descarrío es siempre la sociedad, era más partidario de imponer a los reos penas consistentes en trabajos en beneficio comunitario (al fin y al cabo, la comunidad somos todos y más con estos chicos de hoy día, tan altos y guapos) que las que supusieran internamiento, pues a nada conducen, se malean y acaban por convertirse en carne de cañón. Y es que, don Dito, que así lo conocían tanto las madres de los impúberes sometidos a su jurisdicción como los alumnos aspirantes a Nacho Cano, no es que fuera gay, es que era, sencillamente, maricón.


Pero el caso más claro de generosidad, de vida consagrada y entrega total es el de Filomena, mi tía política, y ex mujer de mi tío carnal Enrique Espadas. Nadie como ella vivió para el otro. Ya se que muchos de vosotros pensaréis que en todo matrimonio, la esposa contrae esa impagable tarea (lo de impagable lo he copiado de Letizia, claro) inculcada desde la cuna y el colegio concertado de monjitas, que se resume en no tener otra vida que vivir para el señor de la casa y esos puñeteros hijos que, cuando el error genético, la casualidad o el señor del butano se alían con una y le salen guapos y listos, siempre se parecen a la familia materna. Pero no se trata de eso, no. Lo de mi tía Filo es el summum de una vida entregada y vivida en su integridad para con mi tío.

Según pude saber, fue con ocasión de una Semana Santa cuando se conocieron. Acuciada por tanta procesión y olor a incienso y cera quemada, Filomena fue a buscar nuevas sensaciones a la periferia madrileña. Fue allí, en aquel pueblo serrano, donde paseando por la carretera del Calvario a la Quebrada encontró a Quique cuando, aburrido como ostra perlera, venía éste de sobar la armónica que por Reyes le regalaron. El paquetito impresionó a la forastera que ya no paró hasta cerciorarse que sabía tocarla (la armónica, claro). Teniendo en cuenta los tiempos que corrían y la edad de los protagonistas, no será difícil imaginar al lector lo que inevitablemente ocurrió. Dicen que cuando Jesús murió, bajó a los infiernos y hubo tres días de caos porque el mundo quedó a merced de nadie, pero mi tío Enrique piensa que el que debió dejar el sepulcro vacío fue otro y todavía está a la espera de salir del averno para que alguien ponga remedio a todo esto.

Por eso me cuenta, en primera persona, su historia personal que, como en todos los cuentos, la primera parte siempre sale bien. Que si cartas diarias, juramentos de amor eterno, besos furtivos, planes de futuro, árbol de las mariposas... ¡ Hasta ahí todo normal¡. Luego, con el reencuentro en la Universidad buscada de propósito para hacer coincidir la pasión vocacional con la otra, los primeros contactos íntimos y los cabreos más importantes que van emparejando el carácter y dejando claro quien es el que manda en la relación. Y no sólo eso, sino que así va a ser siempre. Pero ella, ya desde entonces, le deja claro, en cada mensaje, que sólo vive para él. Que no es que prefiera salir con las amigas y alternar de vez en cuando con los vecinos de residencia, pero que si lo hace es para no distraerle en las horas que tiene asignadas para preparar el examen de Derecho Canónico. Que no es que prefiera la discoteca al paseo romántico con chubasquero, sino que lo hace pensando en que se comunique y se distraiga mientras escucha los últimos grupos y temas musicales de moda, cosa muy importante para relacionarse aunque acabe arruinándole el presupuesto mensual y le prive del desayuno hasta el próximo giro postal que, como es habitual, llega con retraso.

Pero en fin, como no hay mal que cien años dure, a los cinco siguientes se encontró con un título bajo el brazo, una novia impaciente y un mercado laboral que se le antojaba inaccesible. Y cuando con los "méritos" de su expediente académico y la recomendación de aquel paisano que de joven tuvo mucho que agradecer a un tío abuelo suyo que mitigó los duros años de la postguerra regalándole, a escondidas, botellas de aceite de su maquila y ahora trabaja de Ordenanza en el Ministerio de Trabajo y Relaciones Sindicales, acaba consiguiendo plaza de Letrado Sindical en Gerona. Y allí se planta no sin sobresaltos, pues tras dar una cabezada en Despeñaperros y despertar en la Siete Veces Inmortal, oye hablar de una forma rara, pongamos que diferente, y se sobresalta pensando que se ha pasado la frontera de sopetón.

Y que cuando la democracia y la píldora traspasaron los Pirineos, a mi tío lo vuelve a pillar la vida con el paso cambiado, tres hijos y un sueldo congelado por cuatro años y seis meses (casi una condena de prisión menor) porque tuvo la mala idea de trabajar para el Movimiento Nacional y el Sindicato Vertical que era lo único que entonces existía y que, además, era lo único legal y correctamente político del momento. Pero que entonces, surge ella que siempre vive para tí. Y te susurra al oído la conveniencia de pedir un traslado y cambio de destino a otra ciudad con mayor calidad de vida que, no se por qué, siempre coincide con aquella en la que viven sus padres. Y allí te vas. Y te encuentras que ahora sigues teniendo los tres mismos hijos, el mismo sueldo de hace cuatro años y seis meses y, además, a tus suegros y a esa cuñada tuya que, como el monzón asiático, siempre está para ayudar. A tu mujer, que solo vive para ti, también. Es entonces cuando animado por el núcleo familiar que siempre vio en él posibilidades, se plantea la ídem del pluriempleo. Que sorteando horarios, legislaciones y competencia, ejercitó la profesión dejándose las pestañas en insomnes noches de plazos por vencer y ruedas desgastadas en infernales carreteras que no le aseguraban llegar a tiempo de fichar en la actividad pública, pero que le proporcionaban el sutil placer de considerarse un plusmarquista olímpico, pues mientras el atleta tarda en recorrer los cien metros lisos ocho segundos y siete décimas, él, que salía de la oficina a las tres de la tarde, llegaba a su casa a las dos y cuarto para no dejar fría la comidita que su esposa había preparado para él . Pero gracias a eso, los bancos te conceden la hipoteca y empiezas a sentirte importante porque ya debes dinero a alguien que ha depositado su confianza en ti por, al menos, veinticinco años garantizados que es más que lo que dura un matrimonio, aunque, eso sí, sea por otro tipo de interés: del doce setenta y cinco por ciento TAE, (que me pregunto yo, qué coño será eso).

Con esfuerzo, pero que acabas por integrarte en la nueva capa social del penúltimo destino (pues no en vano, el último sigue estando en manos de tu viuda que a la postre es la que decide si te inhuma o te incinera). Se produce el fenómeno deísta, pues empiezas siendo el yerno "de", el marido "de", el padre "de"... pero como le dijo mi amigo Antonio Martínez a Paquinín que siempre se quejaba de estar a socaire de su suegro: " Pues coño, Francisco, haz alguna fechoría tan gorda, tan gorda, que todo el mundo hable no del suegro de Paquínín, sino del yerno de don Servando el de la Telefónica". Y es que, cuando los niños crecen, te conceden la segunda hipoteca del chalecito de la playa y empiezas a ser criticado en el periódico local, es cuando te sientes plenamente realizado. Bueno, eso y cuando tu amante esposa que no ha dejado ni un sólo día de vivir para tí advirtiéndote de la maldad de todos aquellos con los que te relacionas, de los vecinos, de los clientes, deudos y parientes (a los ha a esas alturas has debido dejar de hablar para garantizar tu bienestar), decide que como ya tiene tiempo libre de sobra porque ha finalizado con sobresaliente cum laude el doctorado de la crianza, ahora quiera trabajar. Y la colocas. Pero en un sitio y con un jefe que, aunque tanto le debe a mi tío, a ella no la trata como se merece, por lo que hay que fundirlo, expedientarlo y arrojarlo de este mundo a los sones de una tonadilla tunantil. Y como eso no basta, pasa a ser la cotidiana confidente de los asuntillos que se cuecen en la sombra y de los que tú nunca te diste cuenta porque confías en tus amigos y subordinados de escalafón. Pero como ella vive sólo para tí, te desvela las intrigas palaciegas y acabas comprendiendo que nunca debiste tener amigos ni compañeros de trabajo, y te preguntas cómo pudiste prescindir tanto tiempo de su sabiduría psicológica, porque gracias a que se dedica a estar viviendo para tí, has dejado de ser el tonto de baba que has venido siendo durante los últimos veinte años en que toda la gente te apreciaba.

Como es muy escueto y parco en palabras, acaba diciéndome mi tío, para abreviar, que lo demás, casi carece de interés porque se produce esa etapa de normalidad conyugal en que con el biplaza recién estrenado y los chicos fuera de casa, te dedicas a conocer España en gozosos fines de semana. Y entonces, reparas en cuánta razón tenía don Ildefonso, el maestro de la escuela de tu pueblo, cuando la definía como un destino en lo universal, porque allá donde fueras, pueblo, villorrio, ciudad o autonomía, tu destino es la tienda de Zara, por lo que no aciertas a comprender la diversidad patria y empiezas a maliciar que eso que los políticos llaman respeto a la singularidad de las señas de identidad, es un perfecto camelo para chupar de las competencias y hacer de su capa un sayo. Porque dime tú a mi, - acababa preguntando mi tío Enrique- en qué se diferencia el Zara de Pontevedra del de Mérida, si hasta las cajeras tienen el mismo uniforme negro, el mismo corte de pelo, el mismo tic despegando el adminículo de seguridad de la prenda, y hasta la misma mala leche que acaba por rayar la banda magnética de la Visa para que te veas obligado a pagar al contado ( ¡oiga, señora, que no tengo toda la tarde, y, además, que me está formando cola¡). ¡ Encima, no te digo yo...¡. Lo único bueno que sacas de todo esto, según me dijo, es que al final, tu experiencia y el google saben discernir dónde el bueno de Amancio Ortega ha puesto su tienda frente a un monumento histórico artístico y te camelas a la parienta para visitar Soria y hacerle comprender que como no se puede fumar dentro, tienes que esperarla en la puerta mientras repasa la última temporada; tiempo que tu empleas en sacar de hurtadillo unas fotos a la fachada de Santo Domingo para luego presumir con tus compañeros de foro. Eso sí, que lo que peor que llevaba es que cuando la hospedas en los mejores Paradores, ella acaba diciendo que no te comprende. Que cómo después de toda una vida dedicada y consagrada a tí, has sido capaz de llevarla a un sitio tan viejo y enmohecido, que los castillos están demodé y los monasterios huelen a incienso y no a 212 de Carolina Herrera. Total un fracaso, y los ahorros y el sudor de un trimestre tirados irremisiblemente, a menos que tengas la suerte de encontrar abierta la nave de Rielves o el mercadillo de Consuegra y puedas enmendar tu mala programación con las compras de última hora para la despensa conyugal, aunque la distancia y el calor diezmen el cargamento de hortalizas y frutas adquiridas a un precio de "rincón del gourmet del Corte Inglés", pero más frescos y con olor más ecológico que las de la tienda de Carlos, en la esquina de tu propia casa. A dónde va a parar. No tiene ni color.

Y cuando la vida es un completo solaz porque has asumido que eres sexualmente más activo con el medio cuerpo que se encuentra por encima de la cintura que con el otro medio que está por debajo de ella ( de la cintura); que si tú no te cuidas de poner el recambio de papel higiénico aunque no seas el usuario mayoritario del mismo, te puedes ver en situaciones comprometidas; que la pasta de dientes has de exprimirla desde el fondo hacia arriba y levantar siempre la tapa completa del váter, aparece el síndrome menopáusico. O dicho más finamente como a la "sin papeles" que duerme con mi amigo Pedro le gusta decir, aparece la psicología inversa: entrar con la ajena para salir con la suya, que no es que se trate de una nueva modalidad de infidelidad o despiporre en la tercera edad ( que para eso ya se inventó el Inserso, hombre), sino de una máxima en el arte de la prudencia que el maestro Baltasar Gracián definiera como "estratagema para conseguir; importante dissimulo porque sirve de zebo la concebida utilidad para coger una voluntad ya que parécele que delante la suya cuando no es más de abrir camino a la pretensión agena".

Vuelven entonces las cosas a ponerse mejor, porque la que siempre ha vivido para tí, redobla su estratagema y te hace ver que si continúas con ese ritmo de trabajo, ahora que ya no lo necesitas tanto porque tus hijos tienen que buscarse la vida por ellos solos, se te pasará el último tren de la vida. Y que te pone, a diario, la canción de juventud aquella de Serrat que hablaba de una tal Penélope sentadita en el banco de pino verde del andén con sus zapatitos de tacón, y que tú no sabes si lo hace por recuerdos de mejores tiempos pasados que ya no volverán o por joderte, aunque a final acabas comprendiendo que a lo mejor es por ambas cosas ya que a veces se confunden. Y que como tú no acabas por arrancarte, porque todavía te ves medianamente capaz de ayudar a tus hijos que se debaten en el maremágnum de sus primeras hipotecas ampliadas, te gustan tus trabajos, piensas que la salsa de tu vida de ahora está en arrastrar el carrillo de tu nieto por plazas y terrazas de bares donde presumir de genes, y ves más próxima tu jubilación a la que quieres llegar topado de cotización, pues te resistes. Y ahí es donde sale la "suya".

En fin, que para no cansarte más, amigo, un día lo llama un abogado que le dijo conocer a su mujer, y tras quedar una tarde con él, acabó firmando un documento justo, de reparto de la sociedad legal de gananciales ( que ni es sociedad, sino a lo sumo cuenta en participación; ni legal, porque has intentado defraudar todo lo posible; ni de gananciales, porque el que único que ganaba en ella era el mismo que también perdía) en el que ella se atribuye todas aquellas pequeñas cosas que no tienen más valor que el puramente sentimental y son las que echaría de menos: las tarjetas de crédito, las cuentas corrientes, los bonos y letras del tesoro, las acciones de Repsol ( ¡ coño, si llega a saber lo que iba a subir el gasoil, seguro no lo firma¡) y las claves de las cuentas que tenía en paraísos fiscales..., y él, con todo lo demás, es decir, las hipotecas y créditos personales y hasta los apuntes de las compras a prueba, de la libretilla de cuentas pendientes en las tiendas de ropa.

Hasta aquí, todo normal. Pero sin embargo, que un día recibe la notificación de apertura de expediente disciplinario por incompatibilidad de oficio público con actividad privada. Y es entonces, cuando se da cuenta que lo que en más de treinta y tres años no pudieron incompetentes compañeros de profesión celosos de su cuota de mercado, ni políticos rastreros que escondían rencores preconstitucionales bajo consignas moralizantes de higiene social, lo ha logrado ella. Recuerda que no hay astilla mejor que la de la propia madera, pero que luego, cuando se sosiega y reflexiona fríamente, cae en la cuenta que no es eso, que lo que pasa es que es un mal pensado y que tiene razón su amiga Consuelo cuando dice que levanta pasiones, porque allá donde esté su queridísima ex, sigue viviendo para él. Al fin y al cabo, ella nunca quiso que trabajara tanto. Aunque en su fuero interno, según me confesó, lo que sigue creyendo mi tío de sí mismo es que en realidad lo que le ocurrió, fue que jamás supo superar con éxito su metamorfosis vital y no llegó a alcanzar su total trasformación en crisálida que le permitiera endurecer las alas en su fase de mariposa para poder volar y trascender de lo mundano, habiéndose quedado reducido a impenitente capullo.

Bueno, ahora tengo que dejaros. Me llama la que duerme "con"migo.
¡ Ostras¡, ahora que caigo no he hablado de los que consagran su vida "con" otros. Esta noche duermo en el sofá. Aunque si no es por eso, sería por las malditas jaquecas ¿ verdad?.


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Malvís. Mojácar, Agosto de 2008. Hemos logrado llegar hasta las vacaciones. Luego ..., dios y la política económica de Zapatero, dirán.











MMM

MMM

La preciosa fotografía que encabeza el relato y en mi opinión obra maestra, esta tomada por del Sr. Clemente (Cleychar) de ojodigital.com

sábado 9 de agosto de 2008

Martín "El laureado"



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.En Zécanbla, como en cualquier pueblecito, existen tres figuras indispensables: un tonto, un erudito y un héroe local.

El papel de héroe local lo desempeñaba, por designación histórica y popular, el hombre de las tres Emes: Martín Muñoz Moya.

Procedente de modesta y honrada familia, Martín había nacido en el pueblo el día 1 de Julio de 1.819, siendo sus padres Juan Ramón y María Francisca. El día 14 de febrero de 1.838, con dieciocho años desertó del arado al que su padre lo había uncido cuatro años antes y, sentó plaza en Jaén para servir como voluntario en el ejército por tiempo de dos años, siendo destinado al Regimiento Provincial de Sevilla, en el que ingresó el día 2 de febrero del mismo año.

Sus padres nunca le perdonaron aquella deserción agraria, porque ninguno de sus antepasados había rebasado los límites del pueblo donde nacieron, y porque la falta de los fuertes brazos del mocetón, obligaron a Juan Ramón a tener que labrar personalmente las escasas tierras que había heredado su esposa y que constituían el patrimonio familiar. Era la primera vez que en la familia de Juan Ramón alguien había accedido a la propiedad de unos olivares, lo que le relevaba de la tradicional función de peón por cuenta ajena y de la vergonzante rutina de colocarse en el Pabellón de la Era Nueva todos los días desde las 8 de la mañana hasta las 12 del mediodía por si era reclutado como mano de obra para la faena de alguna finca de los Señores de Arranz.

Ahora, Juan Ramón, se levantaba cada día y tras “matar el gusanillo” con dos copas de anís Las Cadenas en la vecina tienda de María la de Montesinos, emparejaba la bestia y, tras apretar el cincho de la albarda y sobreponer el serón de esparto, arreaba la recua hacia sus propiedades para hacer las labores propias de la estación. En los meses de Diciembre y Enero, se le veía ufano subido a horcajadas entre los dos sacos de aceitunas atados a lomos de la mula camino de la Cooperativa, pestuga en mano mientras con la otra sujetaba su perenne Caldo de Gallina. En los meses siguientes y como si la vida siguiera la monótona parsimonia de la gigantesca noria, podía vérsele cargando el hacha para despestugar y cortar; la sulfatadora de mochila para curar la Mosca Mediterránea, el arado, la grada con sus pinchos de hierro, el trillo... En la época de recolección, los cabujones del serón venían repletos con cestos de mimbre conteniendo los productos de su huerta que servía no sólo para el consumo diario sino para que Juana Francisca preparara en el lebrillo los excedentes de la cosecha y comenzara a embotellarlos en conserva para guardar en la cámara las provisiones que servirían de sustento en el crudo invierno cuando toda la Naturaleza duerme en Zécambla.

Por eso, Juan Ramón nunca entendió ni perdonó la decisión de su hijo Martín, cuando éste una noche, tras asearse en la palangana de hojalata como ritual de abluciones antes de dirigirse a la Taberna de Perrete para hacer la ligailla, balbuceó:

- Padre, yo no seré un destripa terrones. A mí lo que me tiran son las armas y mañana partiré a probar suerte en el ejército. Seré militar.

Inútiles resultaron cuantas amenazas, primero, y consejos después, salieron de la boca de Juan Ramón con los que intentaban persuadir a su hijo de la bondad de la vida del campesino; y más ahora, que él no estaría obligado a echar peonadas para otros porque podrían vivir y ganar el sustento con el patrimonio y pequeña hacienda que heredó su madre. Todo sería, dentro de unos años, para él y con ese patrimonio podría mantener una familia el día en que escogiese alguna buena moza de las que en el pueblo había en edad casadera. Probablemente y si elegía con cuidado, también su futura esposa pudiera aportar algunas matas de oliva con lo que el patrimonio aumentaría y le aseguraría una vida con futuro sin tener que depender de nadie. Así, los días de lluvia holgaría entre migas de harina recién cocidas al fuego de la chimenea de su propia casa y partida de dominó en el Casino.

Mientras apretaba la correa de la maleta de madera, Juana Francisca recordaba las historias contadas por su abuela materna que refería que un pariente lejano había servido en la Guerra de Cuba, donde llegó a ser Sargento de la guarnición de Guantánamo y en ellas les pareció encontrar la repentina vocación de Martín. Seguramente llevaría el ardor guerrero en la sangre, y ya se sabe que la sangre tira mucho.

Instruído en el manejo de las armas, Martín salió con su regimiento el día 18 de julio del mismo año de su incorporación de operaciones por las provincias de Ciudad Real y Toledo, encontrándose en las acciones sostenidas contra los carlistas en Villarrubia y Malagón en los días 23 y 24, respectivamente, continuando de operaciones militares hasta el mes de Diciembre, que pasó con su Regimiento a Guadalajara.

Las escasas noticias que a sus padres le llegaban, confirmaban que Martín había estado de guarnición en Alcolea y Sigüenza hasta el día 1 de Julio de 1.839 en que partió de operaciones, nuevamente, por esta última provincia. También se conoció cómo el día 21 de Enero de 1.840 se halló en la acción de Alcaraz y el día 24 de Abril de aquel mismo año, tomó parte en la librada en las inmediaciones del Puerto de San Pedro.

Sin embargo, fue durante las Ferias y Fiestas de 1.840 cuando comenzó la verdadera historia de Martín, con la que ascendería al trono de la fama local y que, con el tiempo sería la causa de su nombramiento de hijo laureado y predilecto de la Villa de Zécanbla.

Estaban celebrándose las fiestas locales cuando el día 10 de Mayo, llegó a Zécanbla la terrible noticia: La Capitanía General del Regimiento de Sevilla comunicaba a Juan Ramón y a Juana Francisca que, habiendo tomado parte Martín en la operación librada en Valdeolivas, había sido hecho prisionero de guerra y conducido en calidad de tal por la facción del cabecilla Palacios.

Martín permaneció prisionero hasta el día 15 de Junio siguiente en que, batida la partida del cabecilla Palacios en Olmedilla por el Excmo. Sr. Mariscal de Campo don Manuel de la Concha, logró fugarse en el acto de ser fusilado por sus enemigos, presentándose el mismo día a sus jefes, por cuyo motivo fue condecorado con la Cruz de plata de la Orden Nacional de San Fernando de Primera Clase, continuando de operaciones por aquella región hasta el día 1 de septiembre, que pasó al Distrito de Andalucía y tres meses después a la guarnición de Cádiz.

La hazaña de Martín corrió por el pueblo como reguero de pólvora en el día de San Francisco. El Alcalde y la Corporación en Pleno, celebraron reunión con asistencia de todos los vecinos entre los que figuraban los padres de Martín como invitados especiales y como tales se les permitió ocupar sendas sillas en lo alto del estrado a la derecha de la mesa de la Alcaldía-Presidencia.

El acto tenía por objeto someter a votación plenaria la conveniencia de nombrar hijo predilecto al vecino Martín Muñoz Moya, por sus notables méritos contraídos en servicio a la Patria.

Abierto el acto y explicada su finalidad, el Alcalde concedió el uso de la palabra a Ildefonso Aguayo, erudito local que desde que enviudara, había dedicado sus días a la noble tarea de leer e interpretar los escasos legajos históricos que el Ayuntamiento poseía como mudos testigos de su historia, lo que pronto lo convirtió en asesor imprescindible de la Corporación Municipal en aras a preservar la pureza de la tradición. No había función, acto o festejo en que no se le tomara audiencia o parecer sobre cómo, cuándo o dónde era más acertado o conveniente desarrollarlo, según constaba en la tradición manuscrita. Su fama aumentó, cuando el notario del pueblo vecino le solicitó el favor de utilizar sus servicios como corresponsal de notaría, de modo que, concentrando todas las necesidades de los vecinos en un único día, avisara al fedatario cuando hubiese asuntos en los que fuera menester su servicio al objeto de poder desplazarse un único día a la localidad y así despachar todos los documentos públicos de una sóla tacada, haciéndo su desplazamiento en jamelgo lo menos gravoso para sus posaderas y lo más oneroso para sus bolsillos.

Aguayo aclaró su voz de barítono decadente y, tras carraspear para concentrar la atención de sus convecinos, principió:

- Queridos vecinos, nos hemos reunido aquí en torno a la figura insigne de un héroe: nuestro amigo y vecino Martín Muñoz Moreno. Y digo héroe, porque pocos como él han merecido ser distinguidos con la Cruz de Plata de San Fernando.
- Para los que no lo sepáis – continuó-, la real y militar Orden de San Fernando, fue creada por las Cortes Generales en el año 1.811, y en el 1.815 fue modificada y confirmada por Fernando VII. De ahí su nombre -apostilló el conferenciante-
- Esta Orden tiene cinco clases de Cruces, de oro para los generales y oficiales y de plata para las clases subalternas del ejército. La Cruz tiene cuatro brazos iguales con dos puntas cada una y un glóbulo de oro en cada punta. En medio de la Cruz hay un escudo redondo en cuyo centro puede leerse: AL MERITO MILITAR; y en el reverso: EL REY Y LA PATRIA. Dentro del escudo está la esfinge de San Fernando con manto encarnado, esmaltada en las de oro y grabada en las de plata.

A continuación, tomó el uso de la palabra el Sr. Secretario del Ayuntamiento quien, desenrollando cuidadosamente una especie de pergamino, comenzó su lectura con la pompa y ceremonia que solo utilizaba en las escasas visitas del Gobernador.

- Sr. Alcalde-Presidente, Sr. Cura, Sres. Concejales y vecinos todos del pueblo de Zécanbla: Seguidamente y con la venia de la Ilustre Corporación Municipal, paso a dar lectura íntegra y literal de la Real Cédula por la que se concede al vecino de esta villa, don Martín Muñoz Moya, la Cruz de Plata de San Fernando.

Entonces, fijando sus diminutos ojillos en el papel que había comenzado a desenrollar, prosiguió:

- “ REAL CÉDULA.- Doña Isabel II por la gracia de Dios y por la Constitución de la Monarquía, Reina de las Españas y en su Real Nombre la Regencia Provisional del Reino: Por cuanto en consecuencia de lo prevenido en el Reglamento de 10 de Julio de 1.815, y atendiendo al mérito distinguido que vos, don Martín Muñoz Moya, soldado del Regimiento Provincial de Sevilla contrajisteis, pasándose a las filas leales en el acto de ser fusilado por los enemigos en cuyo poder os hallabais prisionero el día 15 de Junio del año 1.840.- He venido en nombraros Caballero de la Orden de Plata de Primera Clase de San Fernando.- Por lo tanto, mando a los Capitanes Generales de las Plazas y demás Jefes, Oficiales y soldados de los Ejércitos y Armada.- A los tribunales, Jueces, Autoridades, Intendentes y Comisarios de Guerra y a cualquier otra persona de todas clases fueros y condiciones que os hallen y tengan por tal Caballero de la Cruz de Plata de dicha Orden guardándoos todas las distinciones y prerrogativas que a esta gracia corresponden y os deben ser guardadas y así mismo mando que el Capitán General Gobernador en Jefe a quien corresponda en donde os halléis sirviendo, os ponga la expresada Cruz de Plata, con las formalidades designadas previo juramento que debéis prestar a la Constitución, si ya lo hubieseis hecho mediante la presente Real Cédula.- Dado en Palacio a 1 de Julio de 1.840.- El Duque de la Victoria, Presidente”.

Concluida la lectura entre aplausos, vítores y gritos de admiración al prócer y héroe local, se abrió debate sobre el título, cargo o puesto que habría de otorgársele a tan preclaro vecino, una vez que terminado el tiempo de su empeño en el Ejército, fuese baja por pase a expectación de licencia absoluta, por cumplido, y Muñoz regresase a su pueblo.

Todos los vecinos hicieron sus aportaciones y propuestas. Los había desde los que proponían concederle el cargo de administrador vitalicio de los pastos comunales de todos los montes públicos del término municipal, hasta la concesión de una recolecta municipal para la adquisición de cabezas de ganado con derecho a pastoreo. Al final, el Alcalde, queriendo premiar y distinguir al que tales lauros había alcanzado, propuso darle un cargo en el Ayuntamiento, pero encontrándose con la carencia absoluta de instrucción de Muñoz, se le concedió el de sereno.

Cuentan que el laureado Martín desempeñó dignamente el puesto de sereno del Ayuntamiento de Zécanbla hasta el año 1.874, siendo jubilado con el haber de 7,50 pesetas mensuales y que, como había adquirido alguna cultura por el roce con los escribientes del Ayuntamiento, se dedicó a la enseñanza de párvulos hasta su fallecimiento ocurrido el día 12 de Marzo de 1.890, a consecuencia de enteritis ulcerosa.








PPor Malvís.
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jueves 7 de agosto de 2008

“ EL INDALO” Una Propuesta Constructivo-Integradora:

Figura prehistórica con múltiples e imaginativos significados. A mi modo de ver, todo un esquema gráfico de estrategia vital. Una visión espacial del HOMBRE protegido en su caverna, en su centro de PODER, que le resguarda y acuna, que le oculta y ampara, y desde donde se proyecta hacia el exterior, en pos de un mundo hostil en el que se introduce primero tímidamente con precauciones y miedos, y luego se expansiona abarcando todo lo que con sus manos y conocimiento le es posible DOMINAR, que por su representación es cada vez mas amplio...yo diría INFINITO.

( Antonia Alonso, Benahadux 16 de mayo de 2006)


Por Malvís
I N D I C E


Página


INTRODUCCION.
Consideraciones Generales………………………………………………… 3


CAPÍTULO I
Génesis de un mito…………………………………………………………… 5

CAPÍTULO II
Origen de un vocablo………………………………………………………... 8

CAPÍTULO III
Representaciones del símbolo……………………………………………… 11

CAPÍTUO IV
Identificaciones del símbolo……………………………………………….. 15

CAPÍTULO V
Génesis de un nombre……………………………………………………… 20

CAPÍTULO VI
Teoría Matricéntrica: del Indalo a la Indala…………………………... 22

CAPÍTULO VII
Teoría Totémica-Protectora: El Hombre del Arco Iris…………….... 24

CAPÍTULO VIII
Teoría Axial: Del Indalo al Sirio……………………………………….. 27

CAPÍTULO IX
Una Propuesta Constructivo-Integradora: Del “monigote” al
Orden Natural……………………………………………………………. 31

NOTAS DEL AUTOR…………………………………………………… 39

BIBLIOGRAFÍA Y ENLACES DE INTERÉS………………………… 41




I N T R O D U C C I Ó N


CONSIDERACIONES GENERALES.



Para todos, almerienses o no, el Indalo es el símbolo de Almería.

Podría serlo la Alcazaba o el Sol de Portocarrero (1). Pero no, es ese hombrecillo o “monigote” de brazos extendidos que sostiene un arco.

Son muchos los elementos que se han combinado en el tiempo, desde el movimiento pictórico renovador del arte surgido en Almería en 1.946, pasando por el eco provocado en los primeros viajeros románticos, que lo encontraron pintado en color ocre en las fachadas encaladas del pueblo de Mojácar, y terminando por los camiones almerienses que surcan las rutas de la vieja Europa transportando sus hortalizas extratempranas, los que han aportado la esencial difusión de este símbolo que hoy día comienza a ser utilizado hasta por quienes no saben ni siquiera de donde viene.

Finalmente, su elección el 2 de julio de 2001, por procedimiento de encuesta popular, como mascota oficial de los recientemente finalizados XV Juegos del Mediterráneo, ha servido como definitivo impulso para su consagración como símbolo del nombre de Almería por todo el mundo. Se trata de un Indalo multicolor que conocido como “Indalete” fue presentado por su autor, el publicista sevillano Antonio Esquivias, de la siguiente manera:

“ Una original interpretación personal de símbolos o conceptos, ya existentes, iconográficos o no, aceptados universalmente como representativos de Almería y con los requisitos básicos de diferenciación y capacidad de comunicación, es el punto de partida para la creación de la propuesta. Mediante un tratamiento gráfico sencillo, con colores básicos que, no por casualidad, coinciden con los del logotipo, se ha combinado el Indalo con el sol como parte del activo de su industria turística, transmitiendo simultáneamente otros conceptos no gráficos, inherentes a la forma de ser de nuestra gente. La mascota que se propone es, sobre todo, una apuesta por el color, aportando gran cantidad de connotaciones, todas ellas positivas, que su uso conlleva, incluyendo las del tótem de la suerte, atribuidas al icono símbolo de Almería por antonomasia: hospitalidad, amistad, simpatía, alegría, apertura a todos y a todas, universalidad, etc., y, sobretodo, una indudable efectividad como vehículo de comunicación visual”.

La operación de mercadotecnia, no sólo ha ahondado en la búsqueda de multitud de formas y aplicaciones, sino en la concienciación de que se trata del “logo” por excelencia de los habitantes de Almería y en la consideración fetichista y folclórica de la buena suerte.



CAPITULO I


GÉNESIS DE UN MITO.


Narra Sebastián F. PÉREZ ALCALÁ (2) que, cuando en 1.946 nace en Almería el Movimiento Indaliano como grupo renovador del impulso de las artes de aquella provincia, el grupo de hombres y mujeres que lo constituía y que estaba integrado por literatos, poetas, arqueólogos y, especialmente, pintores, buscaron una seña de identidad, un tótem protector.

Si hacemos caso a María Dolores DURÁN DÍAZ (3), la paternidad de este símbolo habría de serle atribuida al arqueólogo Juan Cuadrado, quien un día presentó un ídolo prehistórico. Era éste una estatuilla que representaba un rostro sonriente con incisiones representando barba, bigote, cejas y pestañas, con una curiosa copa como sombrero, de donde partía una pluma o penca.

Este falso ídolo se tomó como amuleto de la Tertulia y, por su parecido con el conocido de uno de los contertulios, llamado Indalecio, se le denominó indalo.

Este ídolo prehistórico presidió las reuniones, la Tertulia pasó a denominarse Indaliana y a su impulso, Movimiento Indaliano.

Más tarde se descubrió que el tal ídolo nada tenía de prehistórico, sino que lo habían hecho unos gitanos. Fue entonces cuando Juan Cuadrado – continúa relatando Mª Dolores DURAN- tomó conocimiento de un dibujo en la Cueva de los Letreros (Vélez-Blanco) que representaba una figura humana con los brazos extendidos y unidos por un arco y las piernas abiertas, y lo tomó como emblema dándole el nombre del anterior ídolo.

Llegados a este punto, se hace necesario referir que en el norte de la provincia de Almería, se encuentra la región de los Vélez, con un gran número de refugios rupestres, muchos de los cuales han sido declarados “ De gran interés cultural” por la Consejería de Cultura de la Junta de Andalucía. Uno de estos refugios es la Cueva de los Letreros que, situada en el centro del Cerro Maimón en Vélez Blanco, a unos 164 kilómetros de la capital almeriense, fuera declarada Monumento Nacional desde 1.924 y recientemente, en el año 1.988, Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO.

La Cueva de los Letreros, fue dada a conocer en 1868 por Antonio Góngora y Martínez, quien apreció en sus paredes muchas figuras de animales muy perfilados y mujeres con brazos y piernas torcidas, así como otras relacionadas con actividades que hacían los primeros pobladores de aquel paraje peninsular que utilizaron como refugio 2.500 años antes de nuestra Era.

Realmente, la figura que vió Juan Cuadrado a mediados de 1.946, representa a un cazador al acecho de dos cabras que aparecen más arriba y que poco tiene que ver con la figura del actual símbolo, tal y como hoy lo conocemos. Así lo certifica José A. TAPIA en su “Historia General de la Provincia de Almería” cuando al relatar la visita que hiciera a dicha Cueva acompañado por Juan Cuadrado en la primavera de 1.950, dice textualmente:

“...Examinamos las pinturas que quedaban y creyó ver en una la figura del indalo, y yo le hice ver que parecía la estilización de un hombre con el arco presto a disparar...”

De esta visita, surgió un artículo en el que el propio Cuadrado lo describía como “una figura antropomórfica, una figura masculina provista de arco y de flecha dispuesto a disparar a una cabra que se le cruza. Un verdadero indalo...”.

Si tenemos en cuenta que la imagen a que se refería Cuadrado y la representación que de ella hiciera H. BREUIL es la que reproducimos y

..........
la omisión que hace en todo momento de otras pinturas más importantes por lo únicas (v.gr. “el Hechicero”) o lo numerosas ( soles o panes), habremos de concluir la carencia de justificación científica del descubrimiento de Juan Cuadrado, para acabar situándolo en sus justos límites: dotar de halo pseudocientífico a algo que ya, previamente, el Movimiento artístico del que formaba parte había tomado como propio.

Tanto es así, que ni siquiera para los propios componentes de la Tertulia Indaliana la interpretación de este ídolo estaba clara, variando entre la figura de un ídolo en el sentido religioso, la representación de una idea, un símbolo de comunicación, un hombre con un arco extendido cuyo objeto era atraer la caza, o la representación de un signo de invocación a los dioses y de preservación de los malos espíritus o males terrestres.

Como quiera que este signo aparecía pintado con almagre en algunas de las encaladas casas o cortijos de la localidad almeriense de Mojácar donde sus moradores le atribuían poderes mágicos de preservación de tormentas, del rayo y del “mal de ojo”, el pintor Jesús de Perceval tomó este último significado y lo adoptó como tótem de la Tertulia, afirmando que les protegería de los “tuertos de espíritu”, en clara alusión a aquellas personas que no aprecian más allá de su propia entidad.

Según don Eugenio D´Ors, que fue en vida “Indaliano de Honor”, este símbolo es la “supervivencia substantiva de una subhistoria traslúcida a través de las veladuras de la Historia y los tonos brillantes de la cultura”.



CAPÍTULO II

ORIGEN DE UN VOCABLO.

Referíamos en el capítulo precedente que, según Mª Dolores DURÁN DÍAZ, la paternidad de la denominación del símbolo almeriense ha de ser atribuida a Juan Cuadrado quien, ante el parecido del falso ídolo que presidía las reuniones de las tertulias con el conocido de un contertulio llamado Indalecio, le denominó INDALO; denominación que, por justificación a algo que ya el Movimiento artístico del que formaba parte había adoptado como propio, no dudó en atribuir a la pintura estilizada y antropomórfica que, descubierta por Siret en 1.930 en la Cueva de los Letreros, representaba una escena de caza con arco presto a disparar.

Es decir, que en principio se trató de idear una seña de identidad corporativa que diera a conocer a un movimiento artístico que iniciaba su andadura; que, plasmada esa idea en una estatuilla, se la revistió de un halo totémico y protector que justificara su adopción como amuleto de la corriente artística recién iniciada, al tiempo que sirviera de signo diferenciador e identificativo de sus componentes y que, tras el descubrimiento de ciertos hechos que ponían en solfa todo el entramado prehistórico, mítico y totémico del que había intentado revestírselo y atribuírsele – nos referimos, concretamente, a la realidad de la factura de la estatuilla por individuos de etnia gitana-, el “burlado arqueólogo”, Juan Cuadrado, se apresuró en reparar su desacreditación profesional en cuanto tuvo ocasión para poder hacerlo y, ello, en detrimento de otras representaciones rupestres más importantes e insólitas pero inservibles a sus propósitos, y pese a la advertencia cualificada del difícil parecido con el símbolo inicial que le fuera servida por el mayor y mejor conocedor de la historia local, el padre José A. Tapia.

Pues bien, de este sencillo esquema racional, se desprende la evidencia de que el símbolo que hoy, mundialmente es conocido como El Indalo, nació sin nombre y que, sólo el afán reparador del prestigio de un arqueólogo burlado, propició su traslación o reencarnación semántica de aquella estatuilla gitana inicial, propiciando de este modo que, allí donde no había más que “un dibujo estilizado antropomórfico con arco presto a disparar”, creyera ver “un verdadero indalo”.

No deja de sorprendernos esta carencia de soporte científico en un profesional de la arqueología, si no es amparándose en un desmedido sentido de orgullo o vergüenza profesional que fue hábilmente utilizado como resorte para proceder a un lavado del propio descrédito y estruendoso ridículo de alguien que se considera burlado por gente a la que tenía por ignorante y desprovista de la más elemental cultura. Pero, a fe mía, que lo consiguió. Y con ello, remedió su descrédito, pero alentó la serie de leyendas, estudios y ensayos que en la actualidad permanecen sobre El Indalo y que, como gigante en pedestal de barro, no resisten el más mínimo análisis riguroso.

Hacemos esta afirmación porque, producida la traslación nominal de indalo desde la figurilla gitana inicial a la selectiva pintura rupestre esquemática de entre todas las descubiertas en la Cueva de los Letreros, tenemos producida, en primer lugar, la asunción irracional y acientífica del verdadero carácter y significado del símbolo, ya que se prescindió, ab initio, de cualquier tipo de análisis de sus componentes integradores para ser “bautizado”, no con criterios de ciencia, sino de vergüenza.

Pero es que, además, esa irresponsable traslación, no sólo ha condicionado su nombre, sino su sexo, su significado, su identificación y, sobre todo, su sentido simbólico, al haber sido aceptado sin discusión por estudiosos posteriores, más prendidos por el influjo folclórico del símbolo que por la esencia metafísica de sus componentes.

En resumen, llamar INDALO a la representación seleccionada entre todas las aparecidas en las paredes de la Cueva de los Letreros, significa velar el conocimiento profundo de la esencia del símbolo para encuadrarlo en la raíz de un vocablo patronímico con fuerte carga religiosa, católica y hasta androgénica, que va a condicionar todas las aproximaciones, investigaciones y estudios posteriores y que van a empañar la verdadera comprensión del simbolismo constructivo que irradia de esta figura, hoy mundialmente famosa, según veremos a lo largo del presente trabajo.




CAPITULO III

REPRESENTACIONES DEL SÍMBOLO.



1.- Urna de Tello con un relieve de fabricación.

2.- Estela discoidea encontrada en San Salvador del Valle.

3.- Zambia.

4.- Templo de Ramsés II en Abydos.



CAPITULO IV


IDENTIFICACIONES DEL SÍMBOLO.


Realmente, es cierto que, desde su mismo descubrimiento, este símbolo se empleó como signo que refleja algo que protege.

Pintado en almagre sobre las puertas de las casas de la encantadora localidad costera del levante almeriense de Mojácar (Monxacar o Monte Sagrado), invocaba la protección respecto a la lluvia, al rayo o al mal de ojo. ¿ Estamos, pues, ante un dios protector de lugares y situaciones, o ante un símbolo de pacto con ellos?.

Como todos los mitos, que dejan espacio a la intuición y a la improvisación humana, el símbolo almeriense pronto fue objeto de numerosas identificaciones que tienden a enraizarlo con figuras o símbolos afines aparecidos en otras civilizaciones.

Así, para los arqueólogos, el símbolo descubierto en Almería, era la representación de un dios que sujeta el Arco Iris con los brazos abiertos; el primer pacto con el hombre y seguridad contra posibles diluvios (5).

Para los taumaturgos, pretende ser el símbolo de una antigua civilización de una fértil región del sur de Andalucía bendecida con el calor del sol y a horcajadas sobre una de las principales rutas marítimas del mundo. Representa el trabajo duro, la buena salud, la fertilidad y la cosecha, la felicidad y euforia alcanzada tras el incansable esfuerzo (6). Posiblemente, el hedonismo que atribuyen al símbolo como cerebro derivado de los ciclos periódicos, sobre un cuerpo con las manos encima de la cabeza, les lleva a entenderlo como símbolo de exquisita organización del sistema de recompensa mesotelencefálico, donde las alteraciones, transitorias o permanentes, afectan a las funciones vitales, de donde extraer la conclusión que, por su efluvio benéfico, sirve para representar e indicar el poder de irradiación solar benefactora.

Para los estetas, recuerda su “divina proporción” histórica, similar a lo que Leonardo da Vinci muchos siglos después, en el Renacimiento italiano, introdujera con la figura de su hombre con los brazos abiertos en círculo.

Para los nativos americanos, reproduce la leyenda del guerrero del arco iris, similar a aquella otra del “hombre del arco iris” encontrado en las rocas labradas de la isla hawaiana de Oahu al que los aborígenes tenían por la representación de la presencia física y espiritual de la vida diaria y que identificaban con el sentimiento de responsabilidad individual de cada uno para cargar con la tarea de proteger la vida.

Tampoco faltan quienes, viendo en el símbolo almeriense una similitud estilizada con el Ank egipcio, opinan que el mismo representa, como aquél, la ciclicidad de las cosas, la unión con la Naturaleza con el Hombre Celeste que, como macrocosmos, también incluye el microcosmos.

Para la arqueóloga Francisca MARTÍN-CANO ABREU (7), la figura antropomórfica dibujada con brazos en cruz y aura hallada por Siret en 1930 en la Cueva de los Letreros de Vélez-Blanco, Almería, representaría uno de los aspectos de la Madre Naturaleza, diosa que se creía animaba la Tierra, el Sol y las estrellas reunidas en constelaciones, así como los fenómenos asociados a cada astro en sus posiciones durante el día, la noche y a lo largo del año. En este caso, la imagen simbólica de la Diosa, aludiría a su personificación de la Constelación del Norte/Cisne cuyas estrellas parecen dibujar una cruz, y que cuando ocupaba una determinada posición tras el ocaso del Sol, venía la primavera y los fenómenos coincidentes (funciones de la Diosa de la fertilidad: floración, llegada de las aves migratorias tras el invierno, buen tiempo, etc).

Emiliano ORTA (8) identifica el símbolo almeriense con el Hombre Arquetipo, con el Hombre Pleno. Desde su punto de vista y tras vincularlo con la civilización egipcia (que la habría importado de la persa), viene a poner de manifiesto los rasgos de similitud que se observan respecto al dios Schu egipcio, tótem sanador del hombre o médico-sacerdote que, invocando potencias estelares, conectaba al enfermo con las divinidades celestiales. Sería, pues, el “hombre conectado” con el Punto y Anclaje de Luz con el Sol Central local que, a su vez, estaría conectado con el Gran Sol Central del Universo, invisible a los ojos mundanos, según el siguiente esquema que, propuesto por dicho autor, paso a reproducir:


=

Via Láctea

indalo primitivo

Dios Schu egipcio

Atlas

indalo almeriense


de Tello con un relieve de fabricación

Estela discoidea encontrada en San Salvador del Valle

cruz ansada



Templo de Ramses II en Abydos.



Mas sugestiva y sugerente se nos muestra la postura de quienes como José M. CONTRERAS (9) en un artículo reciente publicado en su foro, al rebatir las interpretaciones astro-arqueológicas que, acerca de los orígenes y significados del icono almeriense había realizado la arqueóloga MARTIN-CANO ABREU, apunta y vislumbra una vía de investigación o interpretación que, por vez primera, se aleja decididamente de la hegemónica que viene considerando el símbolo almeriense como alusión de figura antropomórfica para considerarlo como representativo del pensamiento global por parte de los pobladores de aquella época, o tal vez como alusión a una idea cósmica o testimonio supraterrenal de dicha índole, aunque también y desde el punto de vista cósmico y global de este autor, fuera susceptible de poder ser considerado e interpretado como “el arco que rodea la bóveda celeste visible en un punto dado”, o el ser humano, como persona (y aquí vuelve a recuperar la tradición antropomórfica) envuelto en el halo de luminosidad de estas tierras sureñas, cuyo clima no difiere demasiado al presente ya que, opina, los 4.500 años que nos separan de aquellos nuestros antecesores, no darían para mucho cambio. De otro lado, y apoyado en el descubrimiento de símbolos “indalianos” rupestres distintos, como el del abrigo del Peñón de las Juntas en la pedanía de la localidad almeriense de Gérgal en la que nos muestra idéntica figura pero en su manifestación multípeda en lugar de bípeda, le hace dar pábulo a otras interpretaciones más arriesgadas e insólitas hasta el punto de albergar la susceptibilidad de atisbar en dicha representación, el fuego o destello incandescente de una cápsula en proceso de despegue o aterrizaje.




CAPÍTULO V

GÉNESIS DE UN NOMBRE


Como dijimos en un capítulo anterior, si hemos de creer lo que relata Mª Dolores DURÁN DÍAZ en su trabajo “La estética del Movimiento Indaliano”, el origen del nombre del símbolo almeriense por excelencia hay que atribuírselo al arqueólogo Juan Cuadrado, cuando por extrapolación del dado de aquel primitivo falso ídolo que había presidido las reuniones de la Tertulia, pasó a bautizar la figura antropomórfica seleccionada de entre las muchas existentes en la Cueva de los Letreros de Vélez Blanco, como INDALO, desplazando, con dicho acto, toda la carga alusiva del primer amuleto a esta representación rupestre a la que, inconscientemente sin duda, estigmatizó en su significación simbológica y hasta en su concepción sexual androcéntrica, pues no se olvide que la única razón o justificación que tuvo su autor para atribuirle al primer amuleto de la Tertulia el nombre de INDALO, fue el parecido con el conocido de uno de los contertulios que se llamaba Indalecio, nombre por otro lado, bastante común en una tierra que lo tiene como patronímico en honor de San Indalecio, aquel varón apostólico que, como precursor de la religión católica peninsular, arribó a la península por este rincón del sureste andaluz y que ocupó su sede episcopal.

Fijado así el tema, no es de extrañar que cuando se acomete el estudio de la simbología de esta figura o icono, la mayoría de los autores se enfrenten al estudio del vocablo para concluir afirmando que su significado no puede ser otro que el de “mensajero de los dioses”, basándose para ello en tesis que remontan desde la tradición ibera donde el vocablo Indan significa grande, principal, fuerte, poderoso, protector, y por extensión, dios poderoso, y Eccius o enviado, hasta la vascuence (10).

Revestida de más pseudocientifismo, pero incidiendo en el mismo error de base, encontramos aquella teoría que atribuye el concepto léxico de indalo a los moriscos de Al-Andalus de la zona de Almería. Según la misma (11), Indalo sería una construcción lingüística de aquellos moriscos que, apropiándose del símbolo como signo de identificación entre ellos, se transmitían, de forma velada y críptica, que pese a su conversión de conveniencia o de supervivencia para evitar los castigos de la Inquisición y su deportación, su portador realizaba, todavía, el Din del Islam. La elección y apropiación de este símbolo no sería casual, sino que significando Inda la pertenencia a, y Allah (que se pronuncia “lo” después de adjetivo o verbo) el Uno o Único de la Antigua Tradición y Ser Supremo del Camino (Din) del Islam y de la profecía de Mohammad, resulta evidente que el Indalo (Inda allah) vendría a tener, en esta teoría, idéntica génesis simbólica que la anteriormente expuesta, si bien adornada con el exotismo que siempre rodea al mundo cultural islámico.

Como puede observarse, ambas teorías inciden en el mismo error de partida: el de basar su análisis en la semiología o en la semántica del nombre del elemento sujeto a examen, sin reparar en su accidentalidad, pues ya dijimos en un capítulo anterior que el símbolo nació sin “bautizar” y como producto de una traslación o extrapolación interesada desde el punto de vista del prestigio de un profesional que se consideraba desacreditado.

Concluyo, pues, afirmando que, respetando y valorando en lo que cabe el producto intelectual que cimenta ambas formulaciones teóricas, el error de ambas es de origen, al dar por bueno y sin cuestionarse la raíz del propio vocablo y centrar sus esfuerzos en la investigación semántica de una denominación acientífica y folclórica, sin profundizar metafísicamente en cada uno de los componentes del símbolo.



CAPÍTULO VI


TEORÍA MATRICÉNTRICA: DEL INDALO A LA INDALA.


Ha de reconocerse justamente el mérito de esta novedosa interpretación astroarqueológica de los orígenes y significado de nuestro símbolo, a la arqueóloga Francisca MARTIN-CANO ABREU.

Efectivamente, esta autora, partiendo del axioma formulado por J.G. ATIENZA (12) consistente en que “ las primeras manifestaciones de carácter claramente religioso que se conocen, procedentes de aquellas remotas edades, tienden a la divinización de un elemento generador femenino”, enfrenta el estudio de la figura antropomórfica aparecida en la Cueva de los Letreros de la localidad almeriense con un planteamiento nuevo al poner en cuestión la falsa idea sobre el rol sexual que, desde sus comienzos, le fuera atribuido al símbolo almeriense.

Opina que, desafortunadamente, la versión androcéntrica impuesta y dominante durante siglos sobre la interpretación de la Prehistoria, ha legitimado la universalidad de los roles estereotipados que cada género juega en la sociedad patriarcal, como si tales conductas genéricas siempre hubieran sido así y tuvieran su fundamento genético, cuando la confirmación de diferentes manifestaciones plásticas de lugares muy diversos (las de Bramberg, pintadas hace más de 6.000 años y las de la costa levantina española de alrededor del año 500, antes de nuestra era), demuestran que la caza no era tarea exclusiva de varones, y que en la sociedad paleolítica, las mujeres tuvieron un importante papel en la alimentación del grupo, puesto que, al parecer, fueron ellas las que lo abastecieron de productos procedentes de la recolección (12).


Tomando como eje discursivo de su exposición la asociación de los conceptos de tierra y madre como esquema trascendental primordial de la prehistoria, llega a afirmar, siguiendo a RAMOS PEREA (13) que, “ al Indalo de Almería se equivocaron de sexo, ya que representa a la Madre Naturaleza, la más arcaica Divinidad adorada por el ser humano”.

Piensa que la simbología del Indalo, tal y como resulta entendida por todos en la actualidad, está mediatizada por una educación influenciada por los valores vigentes en la cultura patriarcal en que nos desenvolvemos y presente en el inconsciente colectivo, y que, condicionado por los valores y las creencias de su presente, lo han proyectado sobre el pasado, sacando la conclusión errónea de que el estereotipo sexual de su realidad circundante y la distribución de roles de las “mujeres dependientes y los varones sustentadores jefes de familia” siempre ha sido así.

Esta hábil interpretación, profunda y sabiamente documentada por su autora, fue contestada por Jesús M. CONTRERAS, espeleólogo y naturalista que entiende que el símbolo que conocemos como Indalo merece ser entendido más allá de una interpretación sexual, maternal o astrológica (9).


Tomando posición en este asunto, habremos de concluir señalando que nuestra postura se aleja diametralmente de la reflejada por ambos autores, a quienes cabe reprocharles no haber sabido desprenderse de los tintes marcadamente antropomórficos y androcéntricos con que fuera definido el icono por su creador (… una figura antropomórfica, una figura masculina provista de arco y flecha…) para trascender, sin ataduras y libres de todo prejuicio, a fórmulas más esenciales, más metafísicas, de la composición misma del símbolo.



CAPÍTULO VII


TEORÍA TOTEMICA-PROTECTORA: EL HOMBRE DEL ARCO IRIS.


Ya al tratar de las diversas identificaciones del símbolo almeriense, hemos referido aquella que lo identifica como representación de un dios que sujeta el arco iris con sus brazos abiertos en señal del primer pacto con los hombres y seguridad con los posibles diluvios.

Este mismo carácter de tótem protector es el contenido en las pinturas de almagre que aparecían expuestas en algunas casas del pueblo almeriense de Mojácar, donde cumplía la función de preservar de las tormentas, el rayo y el mal de ojo; significado que fue aprovechado, incluso por el más ilustre y representativo integrante del Movimiento Indaliano, el pintor Jesús de Perceval, para apropiárselo como distintivo corporativo del Movimiento artístico almeriense, so pretexto que dicho ídolo les preservaría y protegería de los “tuertos de espíritu”.

En definitiva, que nos encontramos ante una verdadera teoría simbológica que, tomando al Indalo como representación de un “diosecillo” local u hombre que con sus brazos extendidos porta el arco iris, ha calado tan hondamente en el acervo cultural almeriense que, incluso, es plasmado en forma de explicación “científica” en el exterior de los sobrecillos de papel que se utilizan como envoltorio del símbolo que se adquiere en cualquier establecimiento comercial de esta provincia.

A ella, pues, dedicaremos las siguientes reflexiones en el convencimiento de que por su amplia divulgación y originalidad, se hace,
cuanto menos, acreedora de un esfuerzo en su análisis crítico.

Comenzaremos por afirmar algo tan obvio como el sentido que tiene el arco iris. El arco iris se considera, generalmente, como símbolo de unión del cielo y la tierra. Entre el medio por el cual se establece la comunicación de la tierra con el cielo y el signo de esa unión, hay una conexión evidente.

Añadiremos que el arco iris, el cual se encuentra de una u otra forma, en la mayoría de las tradiciones, resulta directamente de su relación estrecha con la lluvia, puesto que ésta representa el descenso de los influjos celestiales al mundo terrestre.

El ejemplo más conocido en Occidente de esta significación tradicional del arco iris es, naturalmente, el texto bíblico donde se expresa: “He colocado mi arco en las nubes para que sirva como señal de alianza entre mí y la tierra” (14).

Entre los griegos, el arco iris estaba asimilado al peplo de Iris o, quizá, a Iris misma en una época en que el antropomorfismo no había sido llevado tan lejos. Aquí, su significación estaba implicada por el hecho de que Iris era la “mensajera de los Dioses”, y por consiguiente, desempeñaba el papel de intermediaria entre el cielo y la tierra.

En el fondo, el arco iris parece más bien haber sido puesto en relación, sobre todo, con las corrientes cósmicas por las cuales se opera un intercambio de influjos entre el cielo y la tierra.

Hemos de reconocer que el simbolismo del arco iris es muy complejo y presenta aspectos múltiples (15), pero entre todos ellos, uno de los más importantes, aunque pueda parecer sorprendente a primera vista, es el que lo asimila a una serpiente.

Se ha observado que los caracteres chinos que designan al arco iris contienen el radical “serpiente”. Este simbolismo no fue enteramente desconocido de los mismos griegos, por lo menos en el período arcaico, pues según el mismo Homero, el arco iris estaba representado en la coraza de Agamenón por tres serpientes cerúleas, “imitación del Arco Iris y signo memorable para los humanos, que Zeus imprimió en las nubes” (16).

En ciertas regiones de África y particularmente en el Dahomey, la “serpiente celeste” está asimilada al arco iris y a la vez se la considera señora de las piedras preciosas y la riqueza, con lo que su derivación hacia el simbolismo de señor o guardián, es evidente.

También es sabido que una de las principales significaciones simbólicas de la serpiente se refiere a las corrientes cósmicas; corrientes que, en definitiva, no son sino el efecto y expresión de las acciones y reacciones de las fuerzas emanadas, respectivamente, del cielo y la tierra.

Todo lo anteriormente expuesto, da una explicación plausible de la asimilación del arco iris como signo de unión del cielo y la tierra; unión que, en cierto modo, está manifestada por esas corrientes, ya que éstas no podrían ser sin aquellas.

No obstante toda la arquitectura simbológica anteriormente expuesta que podría servir de base a la teoría totémica-protectora del símbolo almeriense, tal y como es universalmente conocido, entendemos adolece de un punto débil o “talón de Aquiles” que impide pueda ser aceptada desde un análisis rigurosamente científico. Y es el siguiente: La señal de alianza o pacto con el hombre, no está presentada en modo alguno como un medio que permita el paso de un mundo al otro, paso al cual, el propio texto bíblico que le sirve de soporte, no hace la menor alusión.

Queremos expresar con ello que, para poder aceptar el contenido simbológico de tótem protector que representa un pacto del hombre con la divinidad, previamente habría que haber definido el medio, la forma o la manera, según los cuales se efectúa la comunicación directa entre los diferentes estados cósmicos por los cuales se opera el intercambio o conexión entre las acciones terrenales y las reacciones celestes. Al prescindir de todo referente axial o de verticalidad, se deja sin resolver, en la unidad de una corriente axial, la dualidad de las corrientes cósmicas diferenciadas y que implica el paso a través de una serie de estados jerarquizados.


CAPÍTULO VIII


TEORÍA AXIAL: DEL INDALO AL SIRIO.


Con ocasión de búsqueda de datos y de información para la elaboración del presente trabajo, Emiliano ORTA me propuso en su enlace internaútico (17) el siguiente ejercicio imaginativo:

“ A un lado está un hombre sentado en una silla, en plena noche, al descubierto. A otro lado está el Gran Sol Central en medio del Universo. Estos dos puntos espaciales se unen entre sí a través de una línea recta. Pero como la distancia es inmensa, utilizan un atajo, Sirio. Con lo cual, Sirio es el comunicador entre el Gran Sol Central y ese hombre. Cuando ese hombre “ASPIRA”, esa energía proveniente del Gran Sol Central (vía Sirio) está representando el Indal-Allah (indaala=indalo).

Así tenemos –continúa ORTA- que cuando existe esa conexión, el hombre se convierte en algo perteneciente a Allah, el Ser Supremo, a Dios (no en sentido católico). Esa conexión sagrada, traída a través del tiempo, de Maestro a Discípulo, de Era a era, de Civilización en Civilización, es el Marcaje del Hombre, el Atributo del Hombre, el que hace Hombre, no hombre. Es el Insan al Kamil, el Hombre Pleno, el Hombre PERFECTO, EL GIGANTE”.

Resumiendo este interesantísimo punto de vista, se puede colegir que para su autor, el Indalo es el Hombre Pleno y que el Insan al Kamil es el Hombre Arquetípico.

Según esta atrayente teoría, el símbolo almeriense por excelencia estaría representando al hombre “conectado” con el “Punto y Anclaje de Luz”, el Sol Central local, a través de Sirio que, a su vez, estaría conectado con el Gran Sol Central del Universo, invisible para los ojos humanos. La representación gráfica de este pensamiento, no se alejaría mucho del indalo de las cosechas o Balanza de fuego de los dioses que el propio autor propone en la siguiente forma:

He denominado a este ejercicio imaginativo como Teoría axial, por cuanto su atento estudio revela la tendencia de su autor a conceder mayor peso y valor al sentido de conexión (línea vertical o eje) del elemento central del símbolo, que a su parte superior. La carga de anclaje, de superación, de conexión, de elevación, en suma, del estado terrenal al celeste, hace que, por vez primera, alguien haya reparado en trasladar el verdadero valor y sentido del símbolo a la línea vertical o eje que une la parte inferior (“patas”) con la superior (“arco iris”). ¿Acaso el hombre sentado en una silla y el Gran Sol Central no son sino dos mundos representados por las dos orillas, el cielo y la tierra, que al comienzo estaban unidos y fueron separados por el hecho mismo de la manifestación?. ¿No es Sirio, el atajo, el Puente, el pilar que une el cielo y la tierra al tiempo que los mantiene separados? ¿No es el paso del puente, en definitiva, sino el recorrido del eje, único medio de unión mutua de los diferentes estado, siendo la orilla de la que se parte, el Gran Sol local, este mundo, o sea el estado en que se encuentra el ser que ha de recorrerlo, y la orilla a la cual debe llegar después de haber atravesado los demás estados de manifestación, el Gran Sol Central invisible para los humanos, el mundo principal; el dominio de la muerte frente al dominio de la inmortalidad?.

Especialmente significativo resulta el hecho de que el formulador de esta preciosa teoría llame Sirio al atajo entre los dos puntos espaciales y, más apasionante aún, que le atribuya el papel de “comunicador”.

Hago esta afirmación porque no podemos dejar de tener en cuenta que en el simbolismo del sûtrâmâ, el vocablo “setu”, el más antiguo de los términos sánscri