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lunes, 3 de octubre de 2016

UN BUEN HOMBRE




A veces pienso que nunca llegué a conocer bien a mi padre. Como cualquier adolescente estaba más preocupado por crecer y hacerme mayor que de comprender sus consejos, su forma de ser y comportarse, o de entender los motivos de sus decisiones. Sin embargo, lo que si recuerdo es la admiración y respeto que él sentía por aquel hombre, Andrés, a quien con frecuencia ponía de ejemplo. Siempre contaba de él la misma historia. En su juventud había sido el primer muchacho del pueblo a quien sus padres regalaron una escopeta de aire comprimido. Era el ídolo y atracción de toda la chiquillería, que porfiaban para que les prestara aquel artilugio que disparaba plomos con forma de diábolo o reloj de arena,  con los que alcanzaba a mucha distancia a los pájaros inaccesibles a los tirachinas. En una de esas algarabías de disputa multitudinaria por ser el adjudicatario de tan preciado préstamo a Andrés se le disparó el plomo de la carabina, con la mala fortuna que vació el ojo derecho de Fuensanta, la hija del panadero, quien, a pesar de salvar la vida, quedó tuerta. Andrés, que por entonces tendría dieciséis años, prometió que, en reparación de su culpa, se casaría con ella. Llegado el momento, aunque su familia había abandonado el pueblo, Andrés volvió y cumplió su promesa. Él era un hombre de palabra.

Un día, cuando yo tenía dieciséis años, Andrés apareció por el hotel donde yo trabajaba como botones desde los catorce. La repentina muerte de mi padre y la escasez de la pensión de viudedad de mi madre, habían sido factores decisivos para mi temprana incorporación al mundo laboral y, no pudiendo abandonar la casa ni a mi madre, aquel hotelito de las afueras del pueblo me pareció una buena opción.

Andrés llegó sólo y, a diferencia del resto de los huéspedes, no traía más equipaje que una mochila. Vestía ropa de cazador y llevaba una flamante y reluciente escopeta vacía de munición doblada en forma de V invertida colgada de su hombro izquierdo. Se registró en el hotel y yo le seguí camino de su habitación intentando ayudarle con la mochila. Me pasó su brazo libre por encima de los hombros y me pidió detalles del pueblo, de algunos vecinos, sobre si aún vivían o no, sobre la última cosecha de almendras o el veneno que había matado al quebrantahuesos aparecido en el Coto de los Hurones, en el Caño del Aguadero. Tuve la sensación que era él quien me acompañaba aunque fuese yo el que abrió la habitación y le mostré la estancia. Después de abrir las dos hojas del amplio balcón, repasó por unos instantes la fisonomía y paisaje del Aznaitín, que se veía desde allí, y me preguntó:

- ¿ Cómo te llamas?.

- Valentín-Alberto, señor. Pero todos me dicen Valentín, contesté.

- Te llamas lo mismo que a quien te pareces, Valentín. Yo me llamo Andrés, replicó

- Que tenga un buen día, don Andrés, dije tras colocar el ligero equipaje encima de la cómoda mientras me disponía a abandonar la habitación. Él, se me quedó mirando. Luego pareció recordar algo, esbozó una sonrisa y metió la mano en el bolsillo. Al tiempo que me daba unas monedas, me dijo:

- Tú llámame como quieras, pero mi nombre es Andrés, solo Andrés.

Durante su estancia entre nosotros nunca salió a cazar. Dedicaba el tiempo a dar largos paseos matinales desde Chavayanque hasta la Caldera del Tío Lobo para enjugarse la cara mojándose las manos en los "chilancones" del río y departir largas horas sobre la recolecta de plantas aromáticas que aquel huraño vecino que nunca visitaba el pueblo hacía pasar hervidas por la imponente tubería que servía de serpentín. Otras veces recorría toda la falda del Aznatín e iba hasta Cuadros, y desde allí subía a la Fuente del Espino, en pleno corazón de Sierra Mágina. Por las tardes le gustaba el Salón del Santo, desde cuyos grandes ventanales se divisaba un mar de olivares, al mismo tiempo que mareaba el periódico o subrayaba el libro que estaba leyendo, hasta que al atardecer, comenzaba su paseo entre los pinos hasta la hora de su frugal cena.

Era precisamente esa hora del atardecer la que yo más esperaba. Liberado de mis obligaciones por el escaso trajín de huéspedes, aguardaba en la puerta a que Andrés iniciara su paseo por el pinar. Él, consciente de mis intenciones, me buscaba con la mirada y movía la cabeza hacia un lado. Era la señal. Entonces yo le seguía un poco rezagado hasta que me pasaba un brazo por los hombros y comenzaba a hablarme de la importancia de la instrucción, de que la vida es un precioso regalo y desperdiciarla el más terrible de los pecados, de la igualdad y solidaridad de los seres humanos, y de mi derecho y deber de superarme mediante el esfuerzo y la disciplina porque a todos se nos ha dado el don de poder elegir...

En uno de esos paseos me contó que a su padre, ya mayor, le había tocado el Gordo de la Lotería. También que hacía años enviudó de la mujer más bella que jamás había visto en cuantos lugares frecuentó en sus muchos viajes por el mundo y a quien más amó en su vida, y por esa razón ahora viajaba sólo y ligero de equipaje. Fue entonces cuando me atreví a cuestionar sus consejos y, armándome valor, le dije:

- Mire, don Andrés, todo eso está muy bien, pero yo creo que sólo hay dos clases de gente: los ricos como usted y los pobres como yo.

- Yo no soy ni más rico ni menos que tú, Valentín. No hace falta ser rico para tener cuanto quieras, porque la verdadera riqueza está ahí, contestó mientras con su dedo índice presionaba con fuerza sobre mi corazón.

Aquella tarde me dijo que conocía las habladurías que corrían sobre él, pero que no era ni un rico estrafalario, ni un loco, ni un beato, ni maricón, ni anarquista ni nada. Que lo que intentaba, y no sin poco esfuerzo, era llegar a ser algún día un buen hombre, aunque no sabía si lo conseguiría. Que pronto se marcharía de allí y que esperaba que yo también lo hiciera, porque a pesar de que aquél fuese nuestro pueblo, la vida me esperaba al otro lado. Cuando le pregunté por qué llevaba siempre aquella escopeta tan reluciente colgada del hombro si quería ser un buen hombre, me contestó textualmente, "porque venía con el traje".

Se marchó cuatro días más tarde. Le acompañé hasta la curva del Barranco del Miedo, y hubiera ido con él al fin del mundo. Al despedirnos me dijo:

-Toma la mochila, Valentín. Es para ti. Es mi regalo de despedida. Creo que de tanto cargarla ya te pertenece más que a mí. Úsala siempre bien.

Vi alejarse su coche mientras me invadía un extraño sentimiento de gran aflicción, que rápidamente fue sustituido por el de la sorpresa recibida al abrir la mochila y encontrarla llena de billetes grandes.



Unos meses después de su partida quedé huérfano de madre y yo también abandoné el pueblo. No he vuelto hasta hoy, viudo y jubilado. Mis colegas y  compañeros decidieron hacerme un homenaje y no se por qué motivo elegí este mismo hotelito rural donde trabajé como botones. Hoy he leído la prensa en el mismo sillón del Salón en que él se sentaba. He recorrido el mismo paseo que hacíamos juntos cada tarde y hasta he sentido su brazo rodeando mi hombro y el ligero peso de la mochila que siempre le llevaba y que cambió mi vida. Luego he visitado a Diego, el único que queda de la pandilla de entonces. Juntos hemos recordados anécdotas, travesuras y amoríos de la infancia, y me ha dicho que le contaron que aquel cliente del hotel con quien yo paseaba murió, pero que no por accidente traumático, sino de muerte natural, muy natural. Se contaba que el día en que murió no vestía su traje de cazador, sino que apareció en el casino de la Capital vestido de esmóquin, y ante la extrañeza de sus amigos de tertulia por la novedosa vestimenta, respondió diciéndoles: "No. No voy a ninguna parte. Es que voy a morirme y quiero estar vestido para la ocasión". A la mañana siguiente Beatriz, su empleada de hogar, lo encontró encima de la cama muerto. Plácidamente muerto. "Siempre cumplía lo que decía, acabó el relato Diego. Era un hombre bueno, un hombre de palabra".

A mi homenaje de jubilación han asistido muchos colegas. En sus discursos han hablado de mi reconocido prestigio internacional y de los méritos y avances logrados por la medicina gracias a mis trabajos de investigación y descubrimientos en el campo de la cardiología, pero en ninguna de sus palabras he podido encontrar respuesta a si había conseguido o no ser un hombre bueno. Por eso, cuando pasada la medianoche vino a recogerme en su coche mi nieto Andrés, mientras recorríamos el trayecto de la puerta a la entrada del hotel que flanquean los pinos, me atreví a preguntarle:

- Oye, Andrés, ¿tú crees que soy un buen hombre?.

Mi nieto, absorto en sus pensamientos, no contestó, aunque ahora que lo pienso, quizá no lo hizo no porque estuviese distraído, sino porque comprendió que la pregunta no era para él.






viernes, 3 de junio de 2016

EL PRINCIPIO ACUSATORIO





Finalmente, accedió a la entrada de la Ciudad de la Justicia, mientras se frotaba los ojos despabilándose.

-¡Pase por el arco, por favor!. La cartera, el bolso, el móvil, las llaves y demás objetos metálicos, deposítelos en la bandeja.

-Sí, ya lo sé -dijo con toda la amabilidad de que era capaz.- Pero lo que quiero es entrar. Tengo un juicio que ha empezado hace veinte minutos y voy tarde. Mi pequeño, tuvo una noche horrible, por dolor en la tripa, por gases, y ya sabe como son esas cosas.

-Son las normas de seguridad y yo no las he inventado. Yo también he pasado toda la noche en vela por mi hijo, pero el deber es el deber y a las cinco y media estaba en mi puesto de trabajo. Espere un momento que voy a buscar la lista de personal autorizado para entrar sin pasar por el arco de seguridad.

Desapareció para volver tras unos veinte minutos -que  parecieron interminables- con unos folios escritos a máquina en los que se encontraba diversos nombres añadidos a mano.

-¿Cómo se llama usted?.

-Acusación, Acusación García. Pero, Juan, si usted me conoce desde hace años...

-Cuando estoy de servicio, no conozco ni a mi padre.

Recorrió toda la lista de cabo a rabo, tomándose su tiempo mientras repasaba cada nombre con el bolígrafo despuntado para no saltarse línea alguna.

-Lo siento, pero no le puedo permitir la entrada. Su nombre no figura en el listado de personas autorizadas por la Fiscalía Provincial.

-¡Evidentemente!. Yo soy la Fiscal Jefe de la Audiencia, la que firma la autorización.

-Eso a mí no me consta. Además, la firma es un garabato ilegible.

Con cara de fastidio, sacó su carnet de identidad y se lo mostró.

-Vea usted, Juan. Es la misma firma que la de mi DNI.

-Sí, efectivamente, se parecen, pero yo no soy perito calígrafo. De todas formas, lo único que puedo hacer es llamar a casa de la Fiscal Jefe para ver si me autoriza verbalmente su entrada.

-Pero, ¡oiga!. ¿ No le he dicho que la Fiscal Jefe soy yo?. En casa no hay nadie.

-Si no desea usted que llame, no lo haré, pero su actitud me parece muy sospechosa. Además, si usted es la Fiscal Jefe como dice y no se ha atrevido a poner su nombre en la lista de personas autorizadas, ¿quién soy yo para permitirle la entrada?.

-Pues entonces, tendrá que admitir que usted tampoco está en esa lista. -replicó ella.

-Bien mirado, tiene usted toda la razón. Pero es que yo no pertenezco a la Fiscalía.

-Entonces, dígame, ¿qué coño hace usted ahí dentro si no está autorizado?.

-¡Hostias, pues es verdad!. Ahora mismo salgo y haré guardia fuera.

Reconcomida por los nervios, acertó a pedir un último deseo:

-Por favor, ¿podría pasarme el móvil que está en la bandeja al otro lado del arco?. Es para avisar al Tribunal de la circunstancia y que suspenda o demore el acto de juicio hasta que solucionemos este malentendido.

-Lo siento, pero ya he salido fuera y usted me ha prohibido permanecer por no ser persona autorizada. Además, aquí dentro está prohibido el uso de móviles. ¿ Es que no lo ve en la pegatina de la pared?. Con gusto le dejaría el mío, pero es de empresa y nos tienen restringidas las llamadas. El reglamento es el reglamento, doña Acu.

Había transcurrido casi una hora en tal situación, cuando Juan contempló cómo por la escalinata central de aquel Palacio de Justicia bajaban dos personas sonrientes. Al llegar a la puerta, Juan abrazó al más joven y estrechó la mano a la que iba de traje negro. Después, tomó su móvil, llamó al Encargado de su empresa de seguridad y obtuvo el día libre para celebrar la absolución de su hijo, por ausencia del requisito constitucional del principio acusatorio.







miércoles, 13 de enero de 2016

Elogio al abuelo del Vespino.





El abuelo del Vespino, Derby o Mobilette, es un tipo humano del que ya quedan pocos ejemplares. Pueden verse éstos en el ámbito rural principalmente, siendo el pueblo su medio natural. Para desplazarse hasta la parcela que cultivan suelen usar una motocicleta de las marcas ya citadas. Llevan por lo general una caja frutera sujeta tras el asiento donde ponen la azada y los productos que cosechan. Suelen llevar en ella un perro pequeño, mestizo, que daría la vida por su amo sin pensarlo, de una fiereza extrema ante el intruso que ose acercarse, o al menos eso creen ellos.

Estos jubilados son hijos de una infancia y de una época donde hubo hambre y no sólo de pan. Cuando hablan en los bares siempre es de cosas realmente importantes: del tempero, de si maduran bien los tomates, si es tiempo ya de sembrar los ajos y en general de cómo anda la huerta. A veces tienen algunos animales, no muchos: gallinas, algún corderillo... A pesar del mimo con que los crían, los degüellan en su día sin atisbo alguno de compasión. Pocos han comprendido como ellos la primera y más cruda de las leyes naturales de la supervivencia.

Por las experiencias vividas, su adaptación al medio es de una sabiduría que pasma al que la desconoce. Se les ve en primavera a veces, andando con aire alelado y con una bolsa en la mano por las cunetas que han segado los de Fomento. Ellos recuerdan perfectamente dónde crecían las esparragueras y recogen los tiernos brotes que se apresuran a salir tras las primeras lluvias. Y así, mientras el aire de Mayo trae flotando a la huerta el olor del romero y de la tierra mojada, el abuelo en la cabaña da cuenta de su manjar recién cogido, más fresco que el lucero del alba, canturreando frente a la sartén.

En otras ocasiones por los caminos circulando muy quedo, se paran, se adentran en los bancales y vuelven a salir sin motivo aparente. Conocen sobradamente las choperas y allí donde antiguos tocones crían las setas más finas. Y así, cuando el cielo de Septiembre viste su azul con el raso de los lirios, el abuelo remueve en la cazuela el preciado botín con su cuchara de madera.


Los abuelos del Vespino saben más que los ratones coloraos y no hay quien los alcance ni de lejos en su apolille y merme de los recursos a su alcance. Se atreven a veces incluso a ejercer de apicultores de panales salvajes que encuentran en su merodeo. Y así, mientras el sol de Agosto se filtra entre las uvas de la parra, el abuelo se relame los dedos de lo que se le cae de la tostada.

Reyes y maestros de la rebusca, fueron disciplinados en ella por sus propios padres a los que solían acompañar de pequeños. De este modo es fácil verlos por bancales de cebollas, almendros, olivos... Allí donde algo ha quedado, están ellos. Van y vienen con su motocicleta ahora con medio saco de aceitunas, luego con otro medio de almendras o nueces, después con una pequeña carga de leña. Su actividad en casos así es imparable.

De todos los árboles silvestres del término tienen noticia regular sin que jamás se les haya perdido cosecha alguna por desidia. Antes al contrario, llegan a la sazón de los frutos un minuto después que los pájaros, y siguiendo la norma tácita del pobre, sacian al estómago antes de llenar la bolsa. Albaricoqueros, almendros, cerezos, ciruelos, higueras, membrilleros y nogales diseminados están todos bajo la invisible custodia de estos hombres.

Y así, cuando llega el crudo invierno y la parcela se tiñe del color de la ceniza, al abuelo siempre le pilla junto al fuego, ora desplumando unos tordos, ora degustando sus conservas, pimientos, tomates y berenjenas, pisto, buen aceite al pan y vino.



El Antonio es uno de éstos, al que yo un día ayudo a trasvasar el vino de una barrica a otra. Después de ello desayunamos al calor de la lumbre en la misma parcela, dentro de la caseta. El perro husmea las longanizas y el Antonio le grita: -¡Fuera de aquí, fascista!. Fuma Ideales y lleva boina de toda la vida. –¿Qué pasa?, dice; -Antes todo el mundo la llevaba.

Y se le humedecen los ojos cuando me cuenta su juventud, en parte por la cantidad de brandy que toma. Aunque una vez oída su historia, no entiendo cómo no va borracho todo el día. A mi también se me encoje algo por dentro con lo de los cuatro años que pasó "en el Africa", dos de mili y dos de guerra, mecagoenlaputaquelosparió. Jura, uy!, cómo jura este hombre!, comido de chinches, perdiendo su juventud. Yo pienso en la mía, y en cómo la apuré hasta el límite, mientras que a él se le pudrió en las manos lejos de su hogar.


Aún con todo, no se queja de cómo le ha tratado la vida, pues alcanzó lo que quiso y se culturizó mucho a posteriori. Su actitud ante los de mi quinta es de un desprecio que yo considero inmerecido y así se lo hago saber. Blandos e insolidarios es lo menos que nos llama. -Antes había en los pueblos una hermandad que bla, bla, bla... Cosas que a mí me suenan a que cuando los tiempos son duros, tendemos a "apretarnos" a los demás y, por nuestra condición "humana" -que es como decir baja y mezquina-, lo hacemos más por necesidad que por amor fraterno.

Él insiste e insiste: -Mira, me dice, -¿Tú, para empezar, no sabes de qué te estoy hablando, verdad?. Y yo pongo cara como de que sí. -Cuando has venido por el camino había muchas piedras ¿no?. Y le contesto: "Ya lo creo, que menudo camino de mierda que tenéis". Y me replica: -¿Pero a que tú no te has bajado del coche a sacar ninguna?, pues de ESO, de ESO, es de lo que te estoy hablando ...gilipollas". "No me quieras vender la historieta del feliz pasado de nuestros abuelos, le digo, historias del abuelo Cebolleta no, ¡eh! que tú podrías ser el mío y me has contado muchas privaciones." -Pasamos una guerra, hermano..., me dice mientras me mira a los ojos y me golpea el pecho a la vez con el revés de su mano como si yo fuera un niño. Y sigue el tipo: -Pero si lo de la economía colaborativa lo inventamos nosotros.... "Hala va!", le replico yo. -Nosotros, Rubén, nosotros... 



-Escucha esto: Llegamos a punta de día al pueblo donde mi madre recibió su herencia, llevaba desde muy joven lejos de él, viviendo en la masía de unos señores junto a varias familias. Allí nací yo. Andamos toda la noche con todos nuestros enseres en el carro del que tiraba una mula. Nuestra mula y una luz de carburo. Un vecino nos acomodó en su pajar a la entrada del pueblo junto al que había un pequeño solar. Fue mi padre a ver al alcalde y a decirle que venían a tomar posesión de las tierras heredadas. Era tiempo de siega y el pueblo a pesar de ser mediano estaba casi vacío.

Cuando cayó la tarde estaba en el solar junto al carro cuando empecé a escuchar sonido de gentes y caballerías que volvían de los campos. Se escuchaba cantar a las mujeres -porque antes de la radio las mujeres cantaban ¿sabes?-, ibas por los pueblos y oías cantar en las casas... El caso es que me fijé que la columna iba precedida por varios niños y adolescentes de mi edad con piedras en las manos. En la masía los niños les quitábamos la comida a los ratones, y a mis doce años tenía unos huevos así (y aprieta los puños). Con que mi reacción fue pensar en un escenario hostil mientras se me erizaba el vello y se me aceleraba el corazón. Cogí la primera piedra que vi e instintivamente hice acopio con mi pie de las que se hallaban a mi alrededor, todo sin perder de vista al grupo de cabeza que ya estaba muy cerca.

Se detuvieron los niños en el linde mirándome, yo apreté la piedra en mi mano jurándome abrir la cabeza del primero que pestañeara. Soltaron las piedras uno por uno en un montón frente a mí. Tras ellos, los adultos que venían con mulos y borriquillos y que llevaban otras mayores. Todos iban dejándolas en el montón. 

....Con aquéllas piedras empezó mi padre a construir nuestra casa".




Admiro a estos hombres pacientes, les admiro porque han elegido ser felices a pesar de todo.

Riviere

viernes, 4 de diciembre de 2015

Lanzamiento del primer libro del Mundo de Malvís


Si como dicen algunos, los libros eligen a sus autores y para comprender una vida, tienes que tragarte al mundo. Puedo decir con cierta satisfacción que la gestación de esta amalgama de vivencias que he ido tragando a los largo de los años....por fin ha dado a luz!

Aquí presento mi particular visión de este mundo en asimilación:



"SINFONÍA DE RELATOS PARA TARDES DE OTOÑO"


PRIMERA EDICIÓN AGOTADA!!! je,je


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martes, 1 de septiembre de 2015

Tú, más mayor y yo, más viejo.




            Es curioso que siendo tan de Albanchez te hayas quedado, para siempre, al otro lado del Puerto. Aunque, en realidad, tu has pasado más tiempo fuera que en el pueblo. En eso de estar y no permanecer, tenemos mucho en común.
        
         Pero esto, siendo así, a veces no me lo parece. En mis frecuentes visitas, en cuanto paso el Barranco del Miedo, ya noto tu presencia. Probablemente será porque, inmediatamente, uno llega a la Mojonera, tan cercana a tí. Los recuerdos me llegan de inmediato, claros, a pesar del tiempo que ha pasado.

         Veo a nuestro maestro, don Manuel Quesada, en la vieja escuela de casa Micaela. Veo la primera banca a la derecha de la mesa del maestro, Miguel Galafate y tu; la segunda banca, Gregorio Cupido y yo; tercera banca, Manuel el del Sordo y Antonio el de la Posada...., y así se me agolpan los recuerdos de aquella infancia que hoy, afortunadamente, consideraríamos de tercer mundo por las escaseces materiales, pero que tu y yo sabemos, fue de los períodos más felices de nuestras vidas. Me acuerdo de tantos detalles, de tantos momentos, en tan variadas circunstancias, que podría llenar cientos de páginas describiéndolas. Pero, qué curioso, no recuerdo sensaciones desagradables o malos ratos, pese a que, objetivamente, las hubo.

         ¿Te acuerdas de nuestros baños en la alberca de la Fuente de la Seda; tu, Manolo, Juanito "el Curilla", Mariano y yo?. Creo que tu estabas ya en Jaén, porque recuerdo que ya nadabas bien, o lo que yo entendía por bien, y no recuerdo haberte visto aprender a la vieja tradición, es decir, en pelotas, soga a la cintura y... ¡ al medio de la alberca¡. Además, te la "calabas", y eso te lo debieron enseñar en el colegio de Jaén.

         ¿Y cuando tu madre comentaba con la mía, orgullosa de la proeza gastronómica del niño, que te habías comido doce croquetas para desayunar?. Mi madre, parece que la estoy viendo, escuchaba envidiosa; yo siempre fui un melindres, por lo que mostraba una delgadez de tísico y, como recordarás, eso la ponía enferma.

         Cuántas anécdotas: los concursos del Ripalda, de los que fuiste campeón provincial; el examen de ingreso en el Instituto Virgen de la Cabeza, que me acuerdo sacaste matrícula. Fue, creo, el último año de don Manuel. Luego se fue a Quesada, supongo que para hacer honor a su apellido. Tu te fuiste a Jaén y yo me quedé un par de años más con Paco Campos. Después, yo también dejé Albanchez.

         Dejamos la niñez para ir, en pro de una mejor formación, al encuentro de lo desconocido. Tú a un colegio de Jaén y yo a otro de Madrid. Tu solo, yo con mi familia. Todo fue nuevo, extraño, sorprendente, diferente, duro a veces, fácil las menos. Pero bueno, era lo que había. Claro que luego, en verano, venía el reencuentro. La vuelta a Albanchez y otra vez las innumerables anécdotas, ahora ya de pubertad y primera juventud.



         ¿Recuerdas las tertulias mañaneras en el teléfono, aquel modem de comunicaciones del pueblo con el resto del mundo, en la vieja casa bajo la torre del reloj?. Lourdes, Carmencita, Paqui, Fali, las risotadas, la algarabía y el tito Valentín tratándo de enseñarnos a tocar la guitarra. ¿Recuerdas?, " ya están aquí, llegaron ya, a la llamada del amor, se está muriendo la mamá...". Y el tito: " mi, si, sol, re, fa, do, la, mi...". No pudo el pobre.

         La primera cerveza, los primeros pitillos, la llegada a la Luna, Casa Canario, Eduardo, "el Checa", Marcos "la calculadora", Diego y Juan "pacomiguel", Jorge, José Luís, el Pérez, Mariano y los "guarines": Juan Simón, Manolo, el Carlillos... Los primeros guateques en el patio de la casa de Jorge, con las chicas, algunas de sus madres y la abuela Encarnación. Los sesenta, ¡que tiernos!.

         Después tu vida de estudiante en Granada, de donde yo no tengo referencias directas, pero de las que he oído tanto de ti y del resto de los que vivisteis allí, que me parece haber estado con vosotros. ¿Recuerdas cuando Juan Tenorio, el canario, acabó Farmacia a los cuarenta y muchos años y vinieron a la despedida compañeros, que lo habían sido, con hijos ya grandes y que ya llevaban ejerciendo más de veinte años?. Eso ya no pasa.

         Así, entre risa y risa, nos fuimos haciendo mayores. La mili en Jaén con el Pérez. Ahí no os reísteis tanto. Nuestros primeros noviazgos formales, aquellos que no acabaron en boda como todo el mundo esperaba, incluso nosotros. El primer disgusto serio. La primera gran alegría. La carrera que se acaba brillantemente, como no podía ser de otra forma. Siempre fuiste un empollón, pero no de esos raros, sino majo, bueno, simpático. Bueno, más que simpático, con don de gentes y facilidad para caer bien. Ahora, los psicólogos llaman a eso empatía.

         Y siempre Albanchez como elemento de unión. La diáspora nos llevó a cada uno por un lado, pero siempre volvíamos. Y siempre volveremos, y seguiremos viviendo en el recuerdo; tu desde el otro lado del Puerto, y yo desde las inhumanas moles de la Gran Capital, pero nuestros espíritus, esos, siempre juntos, a la sombra de Mágina, en el nido donde crecimos. Placer de viejos amigos, casi hermanos, hermanos de leche al fin y al cabo.

         Hoy te tengo que dejar. Otros también quieren saludarte y recordar sus cosas contigo. Pero tenemos que seguir pues aún me queda todo lo que vivimos como hombres: tu época de Madrid, las oposiciones, las mujeres, las hijas, el trabajo... ¿recuerdas?.

         Nos hicimos mayores sin enterarnos.

         Siempre presumiste ser mayor que yo cinco días, y siempre me exigías el respeto que se debe a los mayores. ¡Por cinco días¡.

 Me dejaste desolado. Ahora siempre serás mayor que yo, y yo más viejo que tu. Esto es lo único que no te perdono.






Por Juan Francisco Martínez
( un día como éste, de hace diecisiete años)

         

domingo, 21 de junio de 2015

LA TOBA DE SAN JUAN

 
Foto: Antorchas en Albanchez- Diario Jaén

 

En ocasiones, lo sagrado está en las gentes y lo mágico en el aire y lo aprehendes sin consciencia. Ni siquiera el tío Martín "el pelao", ni Ildefonso Aguayo eran necesarios para explicártelo.

Por entonces, desconocía el significado de la primera puerta zodiacal: la celebración de la víspera de la noche de San Juan, cuyo nacimiento coincide con el solsticio estival. Festividad de gran raigambre en la mayoría de culturas y pueblos, que conserva una extraña convivencia entre el significado religioso que conlleva la celebración del nacimiento del santo que afirmaba su necesidad de disminuir para que El Nacido en el solsticio de invierno creciera, su carácter metafísico como "puerta de entrada de los hombres" a la caverna cósmica, e incluso hasta pagano que se le otorga a la noche más corta del año. Noche mágica, para muchos iniciática, que encierra la indicación más explícita en que se efectúa la marcha del ciclo anual, y que es celebrada con culto y protagonismo a esos elementos o fuerzas naturales que guardan relación con su explicación como motor y fuente de la propia vida que cursa, se regenera y se purifica cíclicamente: el agua y el fuego.



Fue así, cómo viviéndolo y respirándolo, a caballo entre lo sagrado y lo mágico, aprendí a arrancar la juncia del arroyo de Albanchez a su paso por el Puente de los Tres Ojos y pasar horas trenzándola, como si fuera pleita, para hacer las "porras"; esas especies de serpientes vegetales a las que añadíamos unos hilos de esparto el final y que batíamos al aire con un  movimiento circular sobre nuestras cabezas hasta cruzarlas, desde adelante hacia atrás, a la altura del hombro para hacer restallar al aire delante de la custodia en el día del Corpus. A caballo entre lo mágico y lo sagrado de Mágina, aprendí a comprender el rito renovador cuando Isabelilla "la balleta" o Juana "la pastora", sacaban las cantareras y las mesas de madera a la calle para lavarlas con lejía y el resto de trastos viejos para organizar la hoguera de San Juan, como prólogo de la verbena en el patín de la casa y los preparativos para cargar las caballerías con colchones y utensilios para bajar a habitar el cortijo de la Fuente de la Seda.

Pero, sobretodo, queda en mi memoria un acto que hoy veo ancestral  y mágico: las colgaduras o tobas de San Juan.


No recuerdo, en el pueblo de mi infancia, un sentimiento temeroso, ni siquiera ni previsor, frente a los desastres naturales que pudieran justificar esta tradición ancestral como referida a un elemento de carácter apotropaico o protector como ocurre en otras regiones del país, sino más bien, concebido como un código cultural transmitido de generación en generación, donde todos teníamos asumido el significado y significante del elemento vegetal utilizado y que siempre tenía a la mujer joven, a la "moza", como destinataria y un explícito sentimiento de expresión o de valoración afectiva como mensaje.

Contemplaba, con mis espatarrados ojos infantiles, los preparativos del ritual. Paquito, Mariano, Eduardo, Juan, Miguel, Antonio, y demás solteros unidos en cuadrillas, realizaban las colgaduras. Esperaban en el bar de "corregüela" hasta el anochecer para cortar las ramas de los árboles, previamente seleccionados, que habían de colgar, mientras bebían el típico ponche, bebida con vino blanco, agua, azúcar, canela en rama y melocotón, que, a partir de esa noche, se convertía en la bebida protagonista de las tardes-noches en las huertas del verano.



Era durante la noche, y a lo largo de toda ella, cuando los novios "formales" que ya habían pedido permiso a los padres de la muchacha para pelar la pava cada tarde en su puerta, le colgaban a sus novias, y sólo a ellas,  ramos de rosas, de las primeras cerezas o de peras sanjuaneras  arrancadas de balcones y huertos ajenos, con la tolerancia de sus dueños. ¡ Y cuántas veces Miguel, que colgaba este tipo de presentes, apartándose de la pandilla, terminaba la noche y la fiesta montando guardia ante el balcón de mi prima Manolita para vigilar conductas de integrantes de otras cuadrillas y asegurarse de su permanencia hasta la rompida del alba¡.

Con ese mismo código de silencios y elementos vegetales de nuestros campos, aprendimos a entender el significado de aquellas otras colgaduras que, lejos de constituir una expresión o manifestación amorosa, se convertían en pública manifestación del juicio de valor que merecía al autor el carácter de la afectada, ya por su carácter esquivo, díscolo, alocado, atrevido o terco... y que era patentizado, simbólicamente, mediante las ramas de higuera, manojos de garbanzos, ramas de parra, e incluso con cencerros de ganado,  albardas, jáquimas, serones y otros viejos aperos.



Y la más preciada para una muchacha sin pretendiente: la "toba", planta silvestre que nace a las afueras del pueblo, en los ribazos del Cercaillo, parecido al mítico cardo mariano, y al que este lenguaje profano y mítico de la tradición vernácula le asignó el más grande de los valores expresivos de esa noche mágica, porque era el reconocimiento de la existencia de un interesado en conquistar el corazón de la agraciada moza que dormía tras la reja de la ventana o balcón en donde la toba se prendía  y cuyo autor, pese a su alianza con la oscuridad nocturna y amparado por la tolerancia  discreta de Joaquín, el sereno, acababa, casi siempre, siendo entendido y descubierto por la destinataria quien, la mayoría de las veces, ya estaba avisada de sus intenciones por los "bordos" desgranados que, en el último carnaval, de él recibió. Y si no, para eso estaba Eufrasia, que esa noche no dormía vigilando su balcón y el de sus vecinas.

Noche de bullicioso trasiego y ajetreada alba de madres, ya manteniendo su despertar más tardío, ya madrugando más que nunca, según la colgadura que adornara la puerta, balcón o ventana de la casa; ora luciendo orgullosas, hasta media mañana, la toba, bien retirando y hasta sustituyendo, apresuradamente, las colgaduras inconvenientes al decoro y reputación de sus hijas, mientras en la "ligailla" de la taberna, la cuadrilla se conjuraba y prometía que, al año siguiente, la colgadura sería de tal envergadura que no podría ser retirada, llegando, si fuera preciso, a atrancar la puerta con las ramas o con cuerdas para que esta vez sí pudiera ser vista por todo el pueblo.

Sacralidad, magia, tradición o, puede ser que, simplemente, unjuego ritual que para mi adquiere hoy su carácter sagrado, precisamente por el hecho de ser el recuerdo de un proceso mucho más elemental del tiempo originario y un nuevo despertar de aquella conmoción.

Tiempo originario que hoy me revela cómo su esencia representaba los actos sagrados, y no un orden ya elaborado por el hombre, y que mientras en mi alma y recuerdo de niño siga conservando validez, vibrará aún, en la repetición de la memoria tardía, un resto de aquel elemento creador, de ese residuo, que es la característica principal del juego sagrado y mágico de lo que fue mi vida en  la querida Mágina.


viernes, 5 de junio de 2015

El beso



            Nunca me había parado a pensar cómo sería el beso perfecto; de hecho ni se me hubiese ocurrido pensar en ello en mi vida. Un beso era un beso, sin más. Tampoco era para tanto; sólo un beso.

         Por eso, cuando le pregunté qué quería o qué necesitaba por su cumpleaños y me pidió el beso más sentido de mi vida, me lo puso muy difícil. Era incapaz de encontrar palabras lo bastante tiernas y expresivas, al mismo tiempo, para describir ese beso inolvidable, parámetro de todos los besos de mi boca, y conseguir que ella lo imaginara y lo sintiera durante unos breves instantes.

         Prometo que lo intenté, pero aquí las palabras no bastaban. Al menos, las mías. Temí que fuera un regalo poco "sentido", no por no desear que lo fuera, sino por mi propia incapacidad para recrear lo que no recordaba haber sentido.

         Y fue entonces cuando recurrí a la lectura de "Rayuela".

         " Toco tu boca, con un dedo toco el borde de tu boca, voy dibujándola como si saliera de mi mano, como si por primera vez tu boca se entreabriera, y me basta cerrar los ojos para deshacerlo todo y recomenzar. Hago nacer cada vez la boca que deseo, la boca que mi mano elige y te dibuja en la cara, una boca elegida entre todas, con soberana libertad elegida por mí para dibujarla con mi mano por tu cara, y que por un azar que no busco comprender, coincide exactamente con tu boca que sonríe por debajo de la que mi mano te dibuja.

         Me miras, de cerca me miras, cada vez más de cerca y entonces jugamos al cíclope; nos miramos cada vez más de cerca y nuestros ojos se agrandan, se acercan entre sí, se superponen y los cíclopes se miran, respirando confundidos, las bocas se encuentran y luchan tibiamente, mordiéndose con los labios, apoyando apenas la lengua en los dientes, jugando en sus recintos donde un aire pesado va y viene con un perfume viejo y un silencio. Entonces mis manos buscan hundirse en tu pelo, acariciar lentamente la profundidad de tu pelo mientras nos besamos como si tuviésemos la boca llena de flores o de peces, de movimientos vivos de fragancia oscura. Y si nos mordemos, es dolor es dulce, y si nos ahogamos en un breve y terrible absorber simultáneo del aliento, esa instantánea muerte es bella. Y hay una sola saliva y un sólo sabor a fruta madura, y yo te siento temblar contra mí como una luna en el agua".

         No podría describirlo mejor. Era perfecto. Comprendí que sentir eso, solo puede ser producto de un amor y una pasión ilimitada. Por eso elegí para ella este beso. Un beso ajeno, pero mío, aunque hasta ahora nunca había pensado que ese beso pudiera llevar su nombre.

         Fue aquel mi regalo, el beso perfecto, el más sentido de mi vida. ¡Lástima que no pudiera envolverlo¡.



martes, 16 de diciembre de 2014

LA MUJER DE LA FOTO



No había domingo en que Fernando dejara de visitar la misma floristería que venía frecuentando desde más de veinticinco años. Solía comprar un ramillete, cada semana distinto, pero siempre de florecillas silvestres de la temporada.




Sin disimulo, dirigía sus pasos hacia su casa mientras se cruzaba con los de otros que, en aquella hora temprana, poblaban la acera provistos de la bolsa del pan y el periódico deportivo. Cuando abría la puerta, un agradable olor a café y pan tostado con aceite de oliva inundaba las estancias y le transmitía esa particular sensación de hogar. Después, miraba furtivamente los ojos de su esposa y se reafirmaba en su eterna impresión de no haber encontrado, jamás, una mirada tan serena, limpia y plácida como la de aquella mujer a la que amaba más que a cualquier cosa en el mundo. Colocaba parsimoniosamente el ramito en el mismo jarrón de cristal que permanecía sobre la encimera de mármol y parecía salir de su ensimismamiento.

Regaban las plantas. A veces, en su época, las podaban o las transplantaban. O pintaban las paredes cambiando de color como si quisieran provocar un renacer de tiempo en tiempo. Otras veces, jugaban a salir a contemplar escaparates y, en los días de otoño, a recorrer los bosques de su juventud para recoger boletus o piedrecitas de llamativas formas y texturas para construir mercuriales. Madrugaban en primavera para ascender a la montaña y poder contemplar amaneceres, siempre nuevos y siempre distintos, que les traían las mismas sensaciones que sentían en las largas noches de verano recostados en la hierba mientras escrutaban las constelaciones, por su nombre, en espera de ser sorprendidos por alguna fugaz lluvia de estrellas.

Eran y se sentían cómplices, amigos y amantes. Quizá por eso, el remordimiento que Fernando sufría era más profundo, más intenso.

A menudo, en soledad, aprovechaba para contemplar aquella fotografía de la mujer que siempre le acompañaba escondida en la cartera. Una joven corriendo por una playa desierta con los brazos extendidos, en ademán de unirse a la bandada de gaviotas que, espantadas por su propia carrera, emprenden el vuelo. Luego, tras eternos minutos de su contemplación, la besaba y tras estrecharla contra su corazón, celosamente, la guardaba.



Era su único tormento. Ignoraba si tenía una vida intensa y completamente feliz porque, aunque así lo percibía, le hubiera gustado haber podido comprobar la sensación de cómo habría sido aquella su misma vida, sin compartir la veneración que sentía por la mujer de la foto, su mayor pasión, su peor pecado.

En una de esas tardes de escaparates, Fernando fue apremiado a probarse aquella cazadora del maniquí. Su color le iría a la cara, su estilo le aportaría un aire juvenil y más actual y, por otro lado, la que llevaba puesta empezaba a dar avisos de su edad por los filos de los puños y el doblez del cuello - argumentó Susana.

Llegaron a casa con la bolsa llena de ropa y el ánimo de felicidad. Siempre celebraban cualquier compra. Permutó la puesta por la recién adquirida y volvieron a comentarse ante el espejo de la habitación. La decisión fue unánime. Le sentaba bien, se encontraba bien.

Los objetos cambiaron de bolsillo como trámite previo a la despedida. Y fue entonces, en ese preciso instante, cuando de la cartera, se desprendió la fotografía de la mujer de la playa que ansiaba unir su vuelo al de aquellas gaviotas.

Mientras Fernando se azoraba en recuperarla, ella salió a prisa de la habitación. Cuando volvió, encontró a Fernando sentado en el borde de la cama, cabizbajo, como el niño que resulta descubierto por sus padres cuando intenta trastear en la caja que guarda el mechón de trenza de su primer amor de aula. Ella, tendió su mano con otra fotografía y le dijo: "No te preocupes, amor mío. Siempre lo supe. Pero ya va siendo hora de que la sustituyas por otra más actual. Y recuerda que la mujer de la foto sigue durmiendo, todas las noches, contigo".



miércoles, 22 de octubre de 2014

Don Agapito, el coherente


Era don Agapito el paradigma de la prudencia y la coherencia. Y no es que fueran estas virtudes que lo adornaban fruto de la genética o de la instrucción recibida, sino algo más profundo: esencial, diría yo.

Ya desde el mismo instante de la concepción, su feto percibió la multifuncionalidad de la placenta materna, por lo que además de servirse de ella como canal alimentario, se procuró aprovecharla como antena parabólica transmisora del mundo exterior. De este modo, pudo verificar que las ondas sonoras transmitidas a través de aquel órgano que le mantenía unido al seno materno, se amplificaban en el medio amniótico donde su ser se gestaba.

Gracias a tal descubrimiento, Agapito pudo estar completamente informado de cuanto de interés acontecía " allí afuera", en el mundo exterior. Y así se forjó su naturaleza humana y su carácter, pues a través de lo vivido, escuchado o comentado por su madre, asumió la situación real y verdadera de la vida que le esperaba: un país corrupto con una cuarta parte de su población activa malviviendo día a día en busca de empleo; pederastas sin rehabilitar campando a sus anchas por parques infantiles, banqueros, trincones, infames políticos jugando a ser dioses a bordo de coches oficiales...


Y prudente, Agapito, decidió no salir. Cierto es que estuvo tentado a hacerlo de aquella manera y dentro de plazo legal, pero la tardanza en la tramitación parlamentaria de la reforma y la posterior dimisión del ministro del ramo, lo dejaron fuera de plazo de los supuestos contemplados por la ley de interrupción del embarazo anterior. Y además,... ¡con un pederasta suelto, cualquiera!. 

También tuvo un conato de salida aprovechando el traslado de sus padres a Cataluña evitando, de ese modo, tener que tomar partido y afiliarse con los antitaurinos teniendo que manifestarse, asumiendo riesgos, pedradas y hasta posibles detenciones y cargas policiales desde Tordesillas a Algemesí. Aprovechando la cultura de reciclaje de cosos taurinos en espectaculares centros comerciales, calculaba que solucionaría alguno de estos problemas vitales que ya empezaban a acuciarle, pero el clima creado por las últimas encuestas publicadas sobre la consulta independentista, acabaron por hacerlo desistir en su intento de explotar la bolsa que, por aquel tiempo, ya se asemejaba a la de un globo aerostático.

Fue tanta su prudencia, que a lo que a la madre se le antojaba tardanza, el vecindario empezaba a verlo como excusa de falsa preñez para justificar la tremenda gordura de la Sebastiana, quien al cabo de los años acabó por aceptarlo como argumento válido, aunque de vez en cuando sintiera ardores de estómago que, aunque típicos de un embarazo, no eran sino producidos por el roce del bigote de Agapito, que ya empezaba a despuntar.

No pudo elegir ni el día ni el lugar, aunque de haber podido hacerlo, le hubiese gustado ser el día en que el país tuviera a todos sus políticos encerrados contra Mas (contra más, mejor), estudiando la estrategia bíblica de David. Por eso, cuando alumbró, todos dijeron que lo hizo póstumo y que la mujer por su avanzada y crítica edad había muerto de parto, pero Agapito sabía, a ciencia cierta, que fue por cesárea del forense tras el fallecimiento, por ciclo natural, de su santa madre.


Lo primero que hizo al venir al mundo, fue registrarse. Aunque no en el registro Civil, sino en la Oficina del INEM, donde su falta de titulación, de experiencia laboral y ausencia curricular fueron determinantes. Pero como el siempre dijo y mantuvo, la culpa no había sido suya sino del proceso constitucional de abdicación real que, por imprevista, habría dejado sin validez la firma del título de la promoción universitaria que le hubiera correspondido por su edad hacía varias décadas.

Tampoco tuvo fortuna en las Fuerzas Armadas donde quiso alistarse como profesional y sacarse unos euros ya que, según le dijo en Comandante de la Zona de Reclutamiento, su "quinta" de reemplazo ya estaba licenciada.

No pudo competir con los chinos en los comercios de todo a uno; ni con los rumanos en la construcción ni los argentinos en hostelería, ni con los sudamericanos en dependencia. Tampoco con Ronaldo ni Messi en fútbol, ni con los árbitros ni con los consejeros de Bankia o Caja Madrid en el tema de tirar de tarjeta negra, roja o amarilla. Ni tan siquiera con los parados andaluces y extremeños en la agricultura subvencionada. Mucho menos con los contrabandistas de Gibraltar en los estancos. Por eso, aprovechando sus ingentes referencias y conocimientos matriciales, acabó recalando como tertuliano en el canal televisivo de turno donde sus datos históricos y retrospectivos, levantaban ampollas.

Pero fue su irreducible posicionamiento a favor de Excalibur frente al misionero, lo que acabó por granjearle las enemistades del poder, que no comprendió sus coherentes argumentos que defendían la vida del inocente canino contagiado por alguien que se suponía haber seguido el ejemplo de su dios, pero que, en el último momento, decidió intentar apearse de su cruz y solicitar su aeronáutica retirada antes que apurar de beber la amargura del cáliz. 


Al final, una llamada telefónica del Presidente de la Comunidad, acabó relegándolo a hombre del tiempo, en cuya prudente previsión nunca falló: "Tendremos lluvia y viento en varias regiones. El tiempo estará nublado y varias nubes en las montañas. Solamente Canarias, tendrá tiempo primaveral".

Publicación 2006
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