hola! bienvenidos

domingo 20 de diciembre de 2009

Quisiera...


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Quisiera escribirte a ti
una carta de amor, donde
pudiera expresar mis sentimientos.

Quisiera ser gaviota, para
poder ir contigo en un velero
y que al subir la marea
en el pico me besaras.

Quisiera darte mil globos de
colores para que fueses feliz
como un niño.

Quisiera meterme en tus venas
para que al correr la sangre, por
tu cuerpo me sintieras.

Hasta tus entrañas quisiera
meter mi amor, para poder ir
desgranándolo como una flor.

Hasta en el viento, quisiera
oler tu fragancia, para poder decirte
mil palabras.

Hasta en la luz quisiera escribirte
un pequeño poema de amor,
para que tú lo leyeras.

Hasta en la muralla del castillo, quisiera
escribir tu nombre,
para que todo el mundo lo viera.

Hasta en el cielo quisiera encontrarte
y así de ti no poder separarme.
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viernes 11 de diciembre de 2009

Antón El Pelaire


Hay cosas que no se olvidan en la vida. También yo tengo un recuerdo de aquél día. Nunca olvidaré un rosario que rezaba con mi madre al tiempo que oíamos pasar por la calle unas carretas….

Culparon de todo a los pelaires.

Estaban los pueblos inficcionados por un mal activo, maligno y contagioso. Sobrevino gran falta de pan por la acusada sequía y escasa cosecha del verano, llegando a venderse en las eras la fanega de trigo a treinta reales. Y con el poco y malo sustento, la dolencia cobró fuerza.

El viernes, 26 de junio, enfermó en la ciudad el primero de esta dolencia con una seca o tumor en la garganta y murió el lunes siguiente. Continuaron algunos enfermos y el pueblo se llenó de temor. Decretó la ciudad que tapiasen las entradas, y en las principales se pusieron guardas distribuidos por casas y familias.

La muerte se enseñoreó de la ciudad y, en particular, del arrabal donde predominaban los obreros de la industria textil y los más pobres. Por eso, todos culparon a los pelaires.

Muchos clérigos y religiosos asistieron a los apestados y murieron víctimas del contagio. Mientras tanto, el corregidor, representante del poder central del reino, abandonó la ciudad.

El ímpetu de la epidemia parecía incontenible. Todo era lástima y horror, enfermos y difuntos, llenándose los templos y cementerios de cadáveres. Afligidos y atónitos, vimos en lo ardiente de julio y agosto las cuevas y campos llenos de camas y enfermos por no caber tantos en los hospitales. Con espectáculo tan horrible, juzgábamos que el otoño, siempre enfermo, despoblaría la ciudad.

* * * * *
Antón el pelaire era un oficial activo, inquieto y bullicioso que amaba la vida. Laborioso, obrero textil que capitaneaba el gremio de la universidad de la lana y del cuero, era una persona desenvuelta y alborotadora que movía la industria y supo imprimir su huella en el estilo de la ciudad.

Pertenecía al estrato inferior del artesanado, al vulgo más bajo, al sector más desgarrado y contestatario. Era un “ uña azul”.

Vivía en habitación arrendada, de casa húmeda, destartalada e infecta, en callejuela angosta, embarrada o llena de polvo, según la época, por la que normalmente discurre el fétido albañal. No tenía más pertenencias que la ropa que llevaba puesta. Los mercaderes lo contrataban en el Azoguejo. Entraba a trabajar al amanecer. Empezaba a cardar, el oficio más cansado y de mayor trabajo de los que tiene la lana, y en el que cuanto se gana, aunque mucho fuera, todo es poco para un trabajo y cansancio tan intolerables.

A las siete de la mañana, hacía un alto para irse a almorzar: una asadura guisada con ajos, un pan y un jarro de vino. Seguía trabajando hasta mediodía cantando coplas y romances y discutiendo de política. Tiene una hora para comer y vuelta al trabajo hasta el anochecido, en que termina la jornada. Lunes y jueves cobraba a cuenta parte del jornal para alivio del ordinario gasto de su casa, y el sábado por la tarde, se le abonaba el resto. La cobranza del sábado solía desaparecer bien pronto en el juego y en la taberna de Santa Ana. En poco más de dos horas ponía en cobro, perdiendo en ilícitos juegos y borracheras, lo que no había podido ganar en muchos días sino a costa de gran sudor y cansancio.

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Al otro lado de la calle y más inmediata a la iglesia, de la que sólo la separa una calleja estrechísima, solitaria, silenciosa, escondida, un callejón de encubrimiento que forman el muro del atrio por su parte más baja y la tapia del huerto, se halla la casa de don Içe de Gemir, el honrado sabidor, muftí y alfaquí; jurisconsulto y juez; doctor y sabio, versado en la ley religiosa y civil; intérprete y lector del santo Alcorán; el que preside la oración en la mezquita.

El atractivo que le da la belleza de su fachada exterior – un ancho arco para la puerta, unas caperuzas de tablas verdes y carcomidas para los balcones, una ventana y un corredor con hermosas labores de piedra-, le aumenta su encanto siniestro que de su interior brota, como el humo de un sangriento pebetero.

Contaba ya, por aquel entonces, Içe de Gemir, con una edad avanzada. De carácter afable y bondadoso, se distinguía por una vida tacaña, pese a que, en concepto público, contaba con un gran capital. La vida de misterio, de incomunicación, de sordidez, la atávica antipatía de nacionalidad y la leyenda de sus tesoros inmensos, guardados en casa para el sólo placer de contarlos, crearon el caldo de cultivo. La falta de educación y de pan, hicieron el resto….

El móvil fue el robo.

Un día, tras de algunos de no ver los vecinos señales de vida en la casa, la justicia que al entrar encuentra, a pocos pasos de la calle, en la escalera, al alfaquí muerto violentamente por asfixia y en las uñas de sus dedos crispados, la cal que había sido arrancada del blanqueo del muro; en la cocina, ante el hogar, la única sirvienta del caballero muftí, con la tela del delantal que llevaba sujeto a la cintura, ferozmente embutida en su boca. Se encontraron, además, un gato estrellado contra la pared.

Se desconfiaba de descubrir a los autores, cuando el inspector de policía detuvo a Antón, el pelaire. No se le encontraron las alhajas, pero los alardes de holgura y las fanfarronadas que con el gremio de los pelaires hacía los sábados en la taberna de Santa Ana, se tuvieron por prueba evidente e irrefutable.

* * * * *
La ciudad, angustiada y despavorida, apeló al cielo la intercesión de San Roque, abogado contra la pestilencia. El domingo, 8 de enero, se instituye el voto de Ciudad: celebrar la festividad de San Roque cada año con oficios y misa mayor en la Catedral, cesando los oficios serviles y vacando a la celebración de la fiesta.

La ciudad designó al abogado de pobres para que desempeñara la defensa de Antón. Terminada la vista recayó, como no tenía más remedio que ser, sentencia de muerte para el procesado. El domingo, 8 de enero, entró el reo en capilla, acompañado por las autoridades, sacerdotes y hermanos de la Caridad.

A las siete y media de la mañana salió de la cárcel el siniestro convoy, acompañado de religiosos y cofrades y rodeado de un fuerte piquete de soldados. Para cumplir la sentencia y construir el tablado correspondiente, se escogió en la Dehesa un altozano cerca del camino. Los verdugos eran los encargados de cumplir su terrible misión. La mañana estaba lluviosa y triste; el día antes había nevado y las calles estaban encharcadas. A las ocho de la mañana la ciudad parecía desierta y yo, que la recorrí, sólo recuerdo haber oído el rezo de Antón tras las rejas de la cárcel, encomendando su alma a Dios. A las tres y media de la tarde, los hermanos de la Caridad se hicieron cargo del cadáver del ajusticiado y, formando fúnebre cortejo, lo trasladaron, en carreta, al cementerio.


A mediados de aquel mismo mes, la situación de la ciudad mejoró. De tal manera que, habiendo muerto en seis meses más de diez mil personas, el miércoles salieron del Hospital de los Dolientes, más de quinientas a dar gracias a Dios en la iglesia mayor por la salud recibida de su mano.

El obispo, que en tres meses gastó más de treinta mil ducados que tomó a censo, mandó celebrar en todas las parroquias y conventos, un oficio general por los difuntos; y él mismo lo celebró de pontifical en la Catedral. Luego, partió a la corte a informar de la sanidad de la ciudad para que le restituyese el comercio y expulsara del arrabal mayor a los pelaires, hez de vulgo, gente advenediza, pólvora de repúblicas y portadores de infestas pestilencias.



Almería, Mayo de 2006.

sábado 7 de noviembre de 2009

Nieve calida


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Suave es la noche,
amiga y cómplice,
suaves tus manos, tu piel.

Como la nieve,
suavemente, sin prisa,
tus brazos me cubren.
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Como la nieve, blancos,
tus pechos,
cálida, como un refugio,
tu piel.

Como la nieve, de algodón,
tus labios,
de cristal brillante, estrellas,
tus ojos.

Como la primavera,
entre los valles,
te busco.

Con ella, como la nieve,
me voy haciendo agua,
vida, mi vida,
para tu sed.
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En el invierno te encuentro,
para fundirte,
bajo mis besos,
con mi calor.

martes 27 de octubre de 2009

Sucedáneo

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Vive la vida según se te ofrece, estando siempre lo mejor posible y serás feliz.
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No pienses en lo que debería ocurrir o lo que desearías que fuera, por más que pienses y más vueltas que le des tienes que acabar aceptando lo que hay. Puedes fantasear … ilusionarte, pero sólo si esto te hace la vida más llevadera … no para amargarte de lo que pudo ser y se quedó en el camino.
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No esperes demasiado de nada ni de nadie y te parecerá un autentico regalo hasta la sonrisa o los buenos días de cualquier desconocido.
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Es malo acostumbrarse a lo bueno … cuando lo pierdes o baja el grado de bondad sufres mucho pero imagino que todo será cuestión de tiempo, te amoldarás a todo; también puedes buscar cosas que lo sustituyan … si no recibes suficiente cariño de donde creías lo tenías seguro … busca sucedáneos, parece mentira pero te ayuda por lo menos a no perder la autoestima y a mantenerte a flote.
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Yo, ese complemento, lo he encontrado en el trabajo ayudando, en lo que puedo, a los pacientes y a los compañeros, sobre todo a los que presiento que tienen algo que los hace sufrir y los martiriza, algo que los hace negarse a si mismos. Después de hablar con ellos, me alegro mucho cuando por sus actos intuyo que se sienten ya alguien especial a pesar de que otros se hayan empeñado en excluirlos y marginarlos. Cuando dejan de tachar insistentemente su nombre y empiezan a lucir su recien hallado “YO”, mirandome con una sonrisa abierta, me siento recompensada.
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Trabajando con la gente llegas a la conclusión que por encima de estatus, intereses, titulaciones, sexo, edad, cultura, ideales, posiciones y demás zarandajas lo verdaderamente importante es la consideración con el otro, el trato personal y humano que todos, al fin y al cabo creo que nos merecemos y agradecemos .
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Tengo una anécdota con un paciente que me llena de ternura.
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Es un anciano al que tengo cariño porque me recuerda a mi abuelo materno. Es un señor de buen porte, alto y bien plantado, fue trabajador de RENFE, desempeñó algún cargo que lo hizo estar bien relacionado y te cuenta batallitas de sus buenos tiempos. En sus conversaciones siempre habla de su familia, sobre todo de su esposa a la que ayuda en las cuestiones domésticas de mil amores y de sus nietos de los que insiste sólo vienen a asaltar la despensa y acabar con el jamón. Es muy afable y sonriente, se nota que de joven tuvo que ser muy atractivo … pero el tiempo no pasa en balde y la mente ya presenta lagunas que hacen que se repita y olvide las cosas, por eso lleva su memoria de bolsillo, una pequeña libreta donde apunta, con grandes letras, nombre y apellidos, direcciones, teléfonos de interés, datos que le puedan sacar de algún apuro …
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Un día se presentó a buscar cita como siempre. Al vestirse no recordó que en estas cuestiones el orden de los factores si que altera el producto y esta vez la corbata se la había puesto directamente sobre el cuello antes de colocarse la camisa, nadie le avisó de nada. Le atendí amablemente y cuando acabe le propuse:
- “José , siéntese allí (señalé la fila de sillas frente al mostrador) que le tengo que decir una cosilla” …
- “Sí, sin mayor problema, lo que tú quieras.”
Me dirigí a él preguntando:
-”¿Le importa que le arregle el cuello de la camisa y la corbata?”
-”No me he fijado.” Me dice sonriendo …
-”No pasa nada yo se lo arreglo”…
Sin perder la sonrisa y muy amablemente, como para no molestarme, me dice:
-”Yo tengo mujer” …
A lo que contesté riendo abiertamente:
- “Ya lo sé, José, sé que está usted casado.”
Me hubiese gustado abrazarlo, pero me dominé. El hombre no quería que me hiciese ilusiones. El abuelo perdía la cabeza, pero era fiel y firme en sus principios. ¡Vaya HOMBRE!.
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Siempre me consideró muy bien, desde aquel día también supo que lo cuidaba y lo quería y a pesar de su alzheimer no perdía la ocasión de recordarlo cada vez que nos visitaba, las últimas ocasiones acompañado de su hijo. Los hay agradecidos.
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Su salud se ha deteriorado mucho, ya no sale y cualquier día pasará a ser sólo un dulce recuerdo en mi memoria.


Almería, 19 de Febrero de 2008

domingo 18 de octubre de 2009

"No Flash. No Pedos."

Noticiero de Fiz Cotovelo en octubre del 2029
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Hace años, se permitía obtener fotografías del interior de las iglesias usando el flash. Pero ocurrió que a finales del siglo XX una parte del clérigo prohibió tomarlas con flash ya que, según alegaban, debían preservar las obras de arte de los continuos impactos de luz. A pesar de eso, muchos pensaban que se trataba de preservar los derechos de autor de sus postales, sus guías turísticas y sus catálogos que vendían en el quiosquillo de la entrada, donde cobraban también sus eurillos a los visitantes que no asistían a las horas de culto.

Pero el tiempo pone las cosas en su lugar, aunque no siempre se pone la cosa que uno quiere, ni siempre es ese lugar el que uno quiere.

Hace unos días, leí un estudio científico de la SaludyRománico Corporation© publicado en octubre de 2029 donde se demostraba que el deterioro de las pinturas de los interiores de los templos sólo se debe en un 0,02% a los miles de impactos lumínicos de los turistas ajaponesados. Sin embargo, el contacto de las obras pictóricas con los miles de metros cúbicos de gas metano procedentes de las digestiones anaeróbicas de los turistas influye en un 69% en la degradación de esas bellas imágenes de los retablos del rococó.

Este estudio, basado en la empírica y contrastado con avanzados cálculos fotométricos y organolépticos, empezó hace unos veinte años por un grupo de unos trece – o doce más uno – científicos del románico.

Allá por el año 2009, se encontraron por tierras sorianas un equipo de prestigiosos científicos procedentes de diversos rincones de la geografía hispánica para probar, cámaras en mano, que los templos no se derrumban por muchas fotos que se les hagan, con o sin flash. Antes de visitar cualquier ermita, iglesia, templo o monasterio románico, festejaban la ocasión con una opulenta comida. Ya sea sopa castellana, cordero asado, olla soriana o boletus segovianos, se procuraba bañarlo con un buen Ribera del Duero. Para postre, se terciaba unos mantecados de Almería y un Anís del Mono de Badalona.

Con la finalidad de ahorrar unos pocos euros, pues habían algunos miembros de la marca carolingia, o el fin de bromear y relacionarse con los amigos, pues habían miembros del al-andalus, o con intención ecologista pues habían algunos que veneraban a la Madre Tierra, decidieron hacer el recorrido entre iglesias compartiendo coche por grupos. La comida iba haciendo flatulencias en los intestinos de los científicos pero, por respeto, pudor y buenas maneras, el esfínter anal se apretaba para evitar que, si la ventosidad resultaba ruidosa o con olor nauseabundo, se produjera esa situación incómoda dentro del habitáculo reducido de un vehículo con ventanas cerradas.

Y fue al llegar a la iglesia de aquel pueblo de “cuyo nombre no quiero acordarme” que la científico-jefa de SaludyRománico Corporation© se apresuró para conseguir que la señora que guarda las llaves del templo accediera a abrirlo. Esa señora comunicó que, por orden del señor cura, estaba prohibido sacar fotos, con o sin flash. Tras la intervención del científico letrado argumentando que, por ese motivo, no se lo pedíamos al cura sino a ella, accedió a que, cada científico, sólo sacase un par de fotos sin flash del interior del templo. Así que el grupo entró rápidamente al interior para hacer esas fotos antes que la señora cambiase de opinión.

Con ese relajo, aprovechando la amplitud del interior del templo, la dispersión de los científicos románicos por los rincones y las voces de la señora controlando que no hubiera quien se le disparara el flash por error, los esfínteres de todos los científicos también se fueron relajando y el templo se llenó con unos cuantos metros cúbicos de gases intestinales que causaron un inevitable desmayo a la señora controladora.

Aprovechando que uno de los asistentes era médico, éste se aseguró de que la anestesia natural le durara el tiempo suficiente como para rastrear con el visor de las cámaras todos los rincones del templo y capturar imágenes hasta de las marcas de cantero de los sillares más escondidos del templo. Fotografías por doquier mientras se forzaban los pedos, en especial por algún científico esca-tológico, para prolongar el desvanecimiento de la guarda. ¿Un par? Un par de docenas de fotos por cada cámara fotográfica pudieron hacer los científicos hasta que la señora volvió en sí.

Cuando recuperó el conocimiento, el médico la atendió refiriendo la dolencia a una repentina bajada de tensión arterial. La señora, con síntomas de amnesia y post-anestesia, cerró la iglesia y se marchó con paso tortuoso hacia su casa.

El éxito del “método flatulento” se institucionalizó en el equipo de científicos. Templo que visitaban, pedos que se tiraban, guarda que anestesiaban y escaneado fotográfico que realizaban. Empezaron a ser artífices de una nueva moda que pronto cogió auge entre los autocares de japoneses turistas. Una foto, un pedo… metros y metros cúbicos de gas metano han ido impregnando hasta hoy las pobres pinturas de los viejos retablos.

Y así ha sido como, a partir del estudio elaborado por el equipo de los prestigiosos científicos de SaludyRománico Corporation© a lo largo del par de décadas de románica fotografía, con sus copiosas comidas correspondientes para no perder la costumbre flatulenta, el obispado ha tenido que añadir a la vieja norma de no usar el flash la prohibición de tirarse pedos en el interior de los templos.


Por lo visto, algunos de estos científicos románicos están diseñando actualmente un aparato que, colocado junto a la entrada de la iglesia, permitirá poner en culo en un espacio receptor donde el turista, antes de entrar, deberá expeler todos los pedos que pueda. Aseguran que así se podrá recoger el gas metano para convertirlo en fuente de energía para iluminar la iglesia con luz fría, hecho que permitirá fotografiar sin flash el interior de los templos y, a su vez, los ecologistas apuntan a que este nuevo invento recogegases es un invento perfecto para reducir el efecto invernadero y mantener la capa de ozono en la alta atmósfera de nuestro planeta.

Como decía al principio, el tiempo pone las cosas en su lugar. Aunque esta vez el tiempo ha añadido una nueva prohibición y un recogedor de pedos en la entrada de las iglesias.
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miércoles 30 de septiembre de 2009

A ti ...




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Te imagino desnuda,
pura y blanca,
como la luz del día,
que, pacientemente,
nos une más y más.
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Te imagino rodeada de espuma,
flotando, ingrávida,
como una sirena,
en el mar del deseo.

Mar turbulento,
agitado, convulso,
sometido, como la bruma,
al huracán del amor.
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¿ Cuántas veces,
como esclavos obedientes,
te habremos franqueado,
empujados por el ansia?
¿Cuántas veces, sin remedio,
Volveremos a ese cruce del camino,
irresistible, tentador,
donde chocan las naves,
cuerpos mortales,
y se hunden, y resurgen,
lentamente,
una y otra vez?.
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Te imagino desnuda,
rodeada de luz, refulgente.
Como el Sol, tus ojos
alumbran mi vereda.
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Me apresuro, corro,
casi llego a volar.
Como la fruta madura,
levemente, sin ruido,
tu boca roza la mía.
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Me inundas en un mar de sueños.
¡No quiero despertar¡

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domingo 20 de septiembre de 2009

Lucha de titanes

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Salí de la ducha y me vestí, delante del espejo empecé a peinarme y secarme el pelo, estaba absorta en mis pensamientos cuando en un acto reflejo alcé la mirada y lo vi. Vi ese vampiro en el techo, acechándome en silencio.
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No grité, no me moví, me quedé transpuesta, nuestras miradas estaban tan solo a medio metro y la suya fija y desafiante. Me resbaló el peine de la mano y en ese momento, él me atacó. Fue directo a mi cuello y yo salté hacia atrás sorprendida, busqué algo para defenderme pero nada había cerca, intenté golpearlo con la mano, pero por desgracia era mucho más rápido que yo.
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De nuevo volvió al ataque y lo oí susurrar impertinentemente en mi oído, seguí agitando las manos intentando crear un espacio para escapar pero él siguió dando vueltas a mi alrededor interpretando con el aleteo de sus alas una sinfonía de victoria.
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Tan seguro de su triunfo estaba que se detuvo de nuevo en el techo para observar mi desesperación....allí no le podría alcanzar, o eso se creía, confié en mi equilibrio y devolviéndole la acometida le lancé una certera zapatilla. Le di, pero sólo sirvió para aturdirle...su vuelo ya no era definido, estaba herido. Tras esquivar unos cuantos ataques ...no pudo más y cayó al suelo....aún en pie. Me acerqué sigilosamente... quizás aún no había advertido mis intenciones... le golpeé con fuerza, no la suficiente como para terminar con su vida, pero sí para dejarle inconsciente. Lo vi en el suelo, medio muerto, sus largas piernas dibujaban aún movimientos, patéticos intentos de recobrar el vuelo, sentí lástima pero enseguida recordé ese incesante picor que tenía en el brazo y que horas antes él me había producido... seguía siendo mi enemigo!!.
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Cuando ejecuté mi decisión cerré los ojos, acto involuntario o remordimientos quién sabe, al abrir los ojos, sólo quedaban restos de su existencia. Abandoné el lugar.
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Cualquier parecido con la realidad, no es casualidad.

miércoles 9 de septiembre de 2009

La Nada

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Los aromas se mezclan en mi olfato.

Vuelvo a sentir la sangre en mis venas.

La vida me sigue engañando.

He hecho un camino demasiado largo,

para, luego, no encontrar nada.

He visto muchas veces el cambio de los

árboles, he pasado muchas primaveras.

La revolución del amor quedó en el pasado.

Ya por no sentir, no siento la tierra

bajo mis pies cansados.

El humo de mis huesos se enfrenta a tí.

Las flores y los besos, los olvidé en

algún lugar de mi ser.

Miro las montañas de mi pueblo y veo

Sierra Mágina perdida en el horizonte.

Mi vida es un puño, cerrado y sin salida.

Mi destino lo siento lejano.

Cada instante pienso en el paso de

mi vida por el mundo.

¿ Me valió de algo? - No lo creo-.

Mis oídos están cerrados,

de mi boca ya no salen palabras,

mis ojos están sellados,

mi cuerpo inmóvil, y mi alma....


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.... vacía



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jueves 27 de agosto de 2009

El síndrome del Sol Naciente

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Recuerdo que en mi niñez, teníamos asumidos unos conceptos vitales que se nos revelaban inmutables: España era una (si hubiera habido dos, todos nos habríamos ido a la otra), grande (porque cabíamos todos) y libre (porque podías leer el ABC o el MARCA); que había que estar en casa antes de las diez, y que, toda reunión de personas con máquina en ristre haciendo fotos de cualquier cosa, era una excursión de japoneses.

Afortunadamente, los tiempos se encargaron de demostrar la mutabilidad de aquellos convencionalismos trasnochados y hoy el País no es España, sino un periódico; nuestros hijos siguen llegando de la movida antes de las diez de la mañana y la mayoría de las personas atadas a una digital, ya no tienen los ojos rasgados, salvo que la dieta diaria de su Active no haya sido capaz de liberarlos del estreñimiento crónico.

Y es que la pasión por la fotografía se ha convertido en deporte nacional. Ya a los niños que hacen su Primera Comunión no se les regala la medallita de oro con la Virgen de la Milagrosa, sino una cámara digital con tropecientos megapixes y de alta resolución, instrumento casi imprescindible para no perder detalle de la agresividad y violencia que campa en su mundo de coleguillas desde el temprano jardín de infancia, y poder vengarse de la "seño" colgando su pose mas indiscreta en la página de internet.

Tampoco los mayores escapan al síndrome. Fieles al rebelde espíritu de Viriato, desde aquel famoso axioma político de que " aquí el que se mueve no sale en la foto", el homo hispanus pareció decidido a sacar fotos de todo lo que se moviera.

Quizás sea cuestión de nuevas modas y formas, o, quizás, de pura comodidad y vaciado intelectual, que ese desmedido culto, sin más, a la imagen con su poder de seducción, haya sido el responsable de fomentar una civilización donde su predominio apoteósico haya acabado por interpretarse como paradigma del conocimiento, preocupado, únicamente, de asimilar las sensaciones que nos rodean, en detrimento de las inquietudes que antaño nos motivaron. Pero sea lo que fuere, hoy resulta casi imposible realizar cualquier acto de la vida cotidiana, sin estar expuesto a acabar siendo detalladamente visionado con todo lujo de detalle, cuando no rematadamente retocado por el fotoshop.

Este mismo verano, acudí con unos amigos a un viaje placentero y, sin embargo más parecía una reunión de alocados paparazis que una charpa de colegas blogueros. No había momento de respiro. Tal fue la sensación de reportaje "robado" que incluso hasta para mear, acabó estableciéndose un implícitamente aceptado turno individual que pusiera a buen recaudo los atributos con que a cada cual la Madre Naturaleza decidió adornar.

Lo bueno que tenía este proceder - que también hay que decirlo- es que al pasar por delante de la barra del establecimiento elegido para tal misión velada, se aprovechaba el viaje íntimo para abonar el importe de la consumición del grupo, con lo que ese respiro fotográfico acabó por establecer un consensuado turno rotatorio "pagano" evitando la instauración del consabido "fondo común" que, no sé por qué puñetas, siempre acaba administrándolo el más serio del grupo. Con lo que ya, esa institución acaba marcando.

A lo largo de este último tiempo, he conocido gente cuya obsesión por la fotografía los colocaba en verdadera situación de síndrome. Mi amigo Manuel, no solo es que disfrute, sino que mantiene caducado el carnet de identidad desde el año 2.002 para no tener que cambiar su fotografía. Aunque, pensándolo bien, tampoco recambia las ruedas de su Jepp 4x4 a pesar de tenerlas desdibujadas. A lo mejor eso,... va a ser otra cosa.

Tampoco Xavier se queda manco. Empecé a conocer de su existencia la primera vez que leí una descripción en la que, a modo de autorretrato, se describía como "mi cámara, yo y mi chica". Después, cuando le conocí personalmente, pude apreciar que Marta era mucho más guapa que él y mucho más buena que su cámara, por lo que le recriminé el ordinal utilizado para su descripción. Y creo que mi amigo lo ha entendido y ahora sitúa a su cámara en segundo plano, detrás de Marta, aunque la batalla que ahora libro es la de darle a entender que las tapas de verdeo que le ponen en su lugar de residencia tienen hueso y no raíces y que se llaman aceitunas y no olivas. Y es que eso, para un andaluz, se convierte casi en una cuestión de Estado, porque si cedemos acabaríamos cambiando hasta la poesía del universal Miguel Hernández. Pero Xavi no se achanta, y cuando se ve acorralado por la lógica del conocimiento, acaba siempre sacando a relucir mi indolencia andaluza frente a su laboriosidad catalana: ¡"Fíjate como seréis los andaluces - me dice- que para ir a trabajar no os basta con poner el despertador como todo el mundo, sino que os han tenido que hacer un himno: ¡ andaluces, levantaos¡". Pero en fin, se lo perdono, porque aunque comprendo que es otra forma de retratar, al menos ésta la hace sin su digital.

Edu, cansado de que todos los años le regalaran por su cumpleaños una cajita de slips paqueteros para hacer barbacoas de alitas de pollo, esta vez se atrevió a sugerir a su dueña que le regalara un potente aparato. Al principio ella creyó que tanta acción de fuego y brasa habían acabado por afectar y consumir alguna parte del físico de su media naranja, pero todo quedó aclarado cuando, tímidamente, el consorte le precisó que el sólo se refería a una cámara de esas bestiales que tiene un teleobjetivo que ya quisiera el Esca para sus cigarrillos en la terraza. En fin, que a la postre lo consiguió y ahí lo tienes ahora con la duda existencial de si dejar a la esposa en casa o cambiar el utilitario por un trailer para meter los accesorios. Empieza a padecer tortícolis y se le tiene marcada cierta jorobilla por el peso que lleva al cuello, pero, para asegurarse la calidad de lo que hace con el aparato, utiliza trípode. Parece un porteador del regimiento de artillería, pero eso si, dice que teniendo tal adminículo con que sujetar tan gran aparato, para qué utilizar viagra.

El más romántico de todos es Pedro, esa suerte de zapador de culo inquieto y que se "guadianiza" moviéndose con mas soltura que un garbanzo en la desdentada boca de un viejo. No es que le regale flores a su parienta, pero las fotografía todas y con gran sentido estético. Siempre que viene a casa aprovecha el ratito de terraza para marcarse unas fotos de mis macetas con las que confeccionar un ramillete y llevarlo a su señora. Dice que tiene el inconveniente de que no huele mucho, pero ¡que dura...¡.

Y no digamos del otro, que es mi cruz. Templaria, pero al cabo, cruz. Primero, las huele, después, la fotografía.

El caso que más me impactó fue el de mi amigo Rafael. Con más de dos mil quinientas exposiciones, todavía tuvo el valor de detener su coche para fotografiar una simple cantera. Y aquello si que resultó ser una exposición y no la de la cámara oscura. Tan absorto estaba en su preciso trabajo de toma y perspectiva, que no reparó en la altura elegida y acabó descalabrado. Y todo por sacar fotografías a unas piedras, como dijo Mayca. Aunque como él muy bien dice, también algunos monumentos son de piedra y al fin y al cabo él, como pocos, ya puede presumir de tener en propiedad una "marca de cantera". Lo que oculta, el bribón, es que tras dejar en el suelo su caro utillaje fotográfico mientras solicitaba primeros auxilios del resto de los integrantes del grupo (que no se apercibieron del accidente porque estaban sacando fotos de los alrededores), no se le ocurrió sino exclamar aquello de "¡"Socorro, socorro¡" y, en llegando la Guardia Civil de Tráfico y viéndole en tal situación y rodeado de gentes disfrazadas de exploradores australianos, a punto estuvo el trance de acabar con todos ellos en el Cuartelillo. Pero no acabó mal la cosa, pues mientras a mí la DGT me quitaba tres puntos, por exceso de velocidad, al muy ladino de mi amigo, le dieron cinco.

También a mi amigo Falces acaban de nombrarlo hijo predilecto de su ciudad. Abogado, formado en la Sorbonne, fundador del CAF y funcionario que supo llegar a final de mes y sacar adelante a cinco hijos, ha sido reconocido por su meritoria aportación a la sociedad como fotógrafo. Y yo que me alegro, pero pienso que cuando cuelguen el rótulo de la calle prometida tendrán que poner algún panel informativo a fin de que los futuros científicos y descubridores de la vacuna del VIH o del cáncer puedan conocer los méritos de cada cual y asumir su indiferencia social de buen grado. Y si no, que hagan como otros mas aventajados y comiencen a dar más valor a la forma de manejar el reflex de su cámara, que al bisturí de su profesión.

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Bueno, me voy a ver si me hacen un book para presentarme a Gran Hermano.

domingo 23 de agosto de 2009

del pecado al...







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Ansiosa de vivir en ti,

retorno al camino tenebroso.
Huyendo de la pertenencia del tiempo,
me entrego al influjo que consume
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Allí donde el caliz de la muerte aguarda,
he quebrado la espada.

Me extravío en la intrincada voluptuosidad
de mi alma irreconocible.

Y es ahí, en la vehemencia de su naturaleza,
cuando sé que nada es como tal se ve,
ni nada existe si no lo nombras.

... milagro?
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lunes 10 de agosto de 2009

Cartas del Caballero Pelargonium-

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Se supone que en ese lugar informático e inexistente donde todos merodean en torno al aparentemente olvidado estudio de la arqueología ibérica, algunos de los mayores expertos del mundo intercambian sus datos y opiniones. Y sin embargo, tras años de leer artículos escritos por titulados versados en la cuestión, tenía más clara la impresión y la evidencia de una falta de coherencia y de conocimiento sorprendente. Aunque lo que doblemente la sorprendía era la aceptación de que parecían gozar del resto de lectores, aún a sabiendas de la falsedad de lo relatado. Un coro hueco de grillos.

Ello corroboraba su inicial impresión de que hoy en día cualquier inepto con un título en la mano puede impunemente, respaldado por ese mismo título, decir cualquier memez y generar la aceptación de otros tantos miles de ineptos que se mueven por inercia en lugar de esforzarse en moverse por sí mismos. Asnos que prefieren la alfalfa del necio titulado a la miel libada por ellos mismos, pensaba.

En una de esas charlas a jirones que nacen de la impunidad informática, descubrió con interés los mensajes de José. Nunca se imaginó que correría miles de kilómetros y se alojaría en una habitación con deslumbrantes vistas a la Mezquita para saciar su curiosidad. Aunque alguna vez daba a conocer algún dato, José se dedicaba a intentar transmitir el ambiente del sur de España, sabedor de que en los pequeños detalles residen muchas de las claves que sirven para acercarse a él.

Para alguien como ella, procedente de un país frío, viviendo en una metrópolis infinita, cemento sin alma, el paisaje del Sur español tenía algo de austero, pero de auténtico. Dudó por un momento si lo que estaba viendo, desplazándose a toda velocidad a través del cristal del tren, no sería una ficción procedente de su interior. Giró la cabeza para evitar los pensamientos abstractos que la atormentaban, porque venía dispuesta a ser tomada por las cosas y dejarse seducir por el mundo, por primera vez en su vida.

En las cercanías de Córdoba, el paisaje se le hizo hasta familiar. No había estado nunca allí, pero reconoció en las descripciones y relatos de José la sequedad de los árboles, el sol plomizo, la presencia en el aire de un velo que se imponía a todos los objetos como una neblina extraña. Pensaba que, a veces, Dios, el destino, la vida o llámalo tú como quieras, te juega malas pasadas y que te sirve cartas marcadas con las que no ligas ni puedes envidar el futuro y luego, todo se desarrolla muy rápido. Como la llegada a Córdoba: el paulatino deslumbramiento de la luz, el olor a asfalto hirviente adornado con un toque de naranjos, edificios convencionales resbalando sobre el taxi que la llevaba a su hotel....

ESTANCIA I



Cuando a la mañana siguiente bajó al comedor para desayunar, el mozo de recepción se le acercó enseguida, como si estuviera esperándola.

- Buenos días, señora. Acaban de traer esto para usted un servicio de mensajería.
- ¿ Para mí?. Pero si yo no conozco a nadie en esta ciudad¡. Perdón, buenos días.
- El chico ha entregado en recepción este paquetito donde pone su nombre y el número de habitación, pero si usted lo prefiere daré orden que lo devuelvan.
- Bueno, está bien. Démelo entonces. Y muchas gracias de todas formas.

Con el paquetito en la mano, Clara se dirigió al rincón más apartado del comedor y se sentó en una mesa, apenas visible desde la entrada, pues pensaba que el recepcionista estaría observándola para estudiar su reacción al abrir el envío que ella manifestó no esperar, pero sin embargo, el joven había vuelto detrás del mostrador donde se afanaba en preparar las cuentas de los clientes que aquel primer día laborable de la semana, se precipitaban en abandonar sus habitaciones y reclamaban el importe de sus facturas y la ficha que accionaba la barrera del parking situado en la planta sótano del hotel.

Cuando Clara despegó la solapa adhesiva del sobre de plástico, no había en la estancia más que una muchacha de rasgos sudamericanos que portaba grandes recipientes cromados de color diferente para distinguir su contenido de café o leche y que dejaba, no sin poco esfuerzo, colocados en batería en una mesita cuadrada cubierta con un blanco mantel, junto a la alargada mesa en donde aparecían preparados los diversos alimentos del serf service.

Fue al inclinarse para mirar en el interior del sobre, cuando observó un paquete envuelto en papel de regalo. Se asemejaba, por su tamaño y envoltura preciosamente enlazada, a unos de esos regalos de joyería con los que solía "sorprenderla" su ex marido en algunas ocasiones especiales. O al menos, eso creía él, porque Clara, pese a esperarlo, siempre ponía aquel rasgo de sorpresa en su cara mientras interiormente deseaba equivocarse en su pálpito. Sin embargo, ahora, y cuando empezaba a deshacer cuidadosamente la envoltura, percibió, nítidamente, un perfume a nuez moscada. Clara amaba las flores por encima de cualquier cosa en el mundo. Tenía la rara facultad de percibir su aroma en las condiciones y situaciones más inverosímiles, y hasta era capaz de distinguir la inmensa mayoría de todas las usualmente conocidas, con sólo olerlas aunque tuviese los ojos cerrados. Terminó de retirar el papel y, en efecto, ante ella apareció en una pequeña urna de cristal, un esqueje de geranio con su flor blanca, rotunda, fresquísima, con sus nervios rojos y hojas blandas, como recién cortadas. Bajo el estuche de cristal, un papel doblado en cuatro partes anunciaba el mensaje. Clara, liberó nerviosa el geranio de su prisión de cristal y, sin parar de aspirar su aroma a nuez moscada, extendió la nota, desplegándola sobre el plato de desayuno y comenzó a leer:

" Señora,

Antes de nada suplico humildemente su perdón por el insensato atrevimiento de dirigirme a usted sin conocernos, y también el desasosiego que pueda haberla causado el inusitado recibo de mi mensaje, dadas sus circunstancias. Se preguntará usted quién soy y cómo he dado con su paradero, puesto que a nadie comunicó usted su marcha y a nadie conoce en esta preciosa ciudad califal. Pero todo a su tiempo, señora.

Comprendo que la lectura de esta carta, no sólo calmará su desconcierto, sino que lo acrecentará, pues se sentirá observada, espiada y controlada sin saber qué ojos la miran ni desde dónde la están observando, pero puedo decirle en mi descargo, que le juro por lo más sagrado que jamás le acechará peligro por parte mía. Sé, señora, que mi actitud bordea los límites de la ley y me expongo a que una denuncia suya en Comisaría provoque un mecanismo con consecuencias impredecibles, pero es algo que necesitaba y necesito hacer para seguir vivo. Usted representa la única tabla de salvación para los despojos que quedan de mi alma.

Debo comunicarle que he sido doliente y mudo testigo discreto e indirecto, pero testigo al fin, de los principales acontecimientos de su vida desde hace tres años. He derramado lágrimas amargas de dolor verdadero tanto por el engaño de que fue objeto su única hija como por las circunstancias infames en que se produjo y con las que se condujo su autor; seguí, impotente y mudo, el calvario de las infidelidades conyugales de que era objeto y el entramado financiero urdido para reducirla a despojos. Asistí desde lejos, como herido por el rayo, a la muerte repentina de su señor padre y, en fin, he sido abatido por el testimonio judicial que puso fin a su vida matrimonial después de tantos años.

Quizá ahora más que nunca, se pregunte usted quién puedo ser. Y a esa pregunta le daré respuesta, si en verdad lo desea, pero por ahora bástele saber que ya no soy joven y ni mis ojos guardan la luz ni el mirar de la pasada juventud.

Eternamente suyo".



Cuando Clara terminó de leer, el corazón le latía alocadamente en el pecho. Solo pensar que en aquel momento podría estar observándola hizo que sintiera un escalofrío que le recorrió los hombros hasta la nuca y levantó los ojos buscando con la mirada algún indicio que le permitiera identificar al espía, pero el comedor seguía estando vacío y la camarera colocaba ya las bandejas de beicon humeante.

Quiso destrozar el papel que contenía el intrigante mensaje, pero se sintió invadida por los efluvios a nuez moscada que provenían de aquel geranio blanco y notó que los pensamientos del reciente pasado se le agolpaban en la sien. Mientras un nudo le apretaba la garganta, sintió cómo los ojos se le llenaban de lágrimas. Y lloró.

Cuando estuvo desahogada, volvió a tomar la flor blanca con nervios rojos entre sus manos mientras pensaba que de cualquier manera que fuera, un hombre que envía flores, nunca podría ser un monstruo. Tranquilizada por ese su propio pensamiento y antes de dar el primer sorbo a la taza de café, aspiró nuevamente la fragancia de la florecilla y musitó " Oh, Pelargonium fragans, qué hermoso eres. Color blanco, como los recuerdos...".

Después del desayuno, dió los primeros pasos por el barrio judío en la confianza de que las piedras y hasta el aire, le hablarían. No fue así. Sin embargo, en aquellas callejuelas encontró algo indefinible, inteligente y sutil, como un legado a la eternidad: los movimientos, la actitud de la mirada, la lentitud y el goce de sus gentes. Olió perfumes de plantas para ella extrañas, comió frutas y probó especies para ella desconocidas...y hasta imaginó al mismo Abd al- Rahman recogiéndose el vestido blanco en medio de la noche, inclinado para abrir con sus propias manos, poderosas y bellas, para plantar toda la variedad de geranios, como intentando enraizar en el Sur la felicidad y la alegría: el paraíso perdido.

Pensaba que El Justo, el hombre más poderoso del mundo, había llenado los jardines con las más de doscientas cincuenta especies de geranio y miraba boquiabierta los exuberantes patios del Barrio de San Basilio, con la sensación de vértigo como si se hubiera cruzado con ella un tren imparable que, atravesando el pasado y el presente, se dirigiera hacia el fin de los tiempos, haciéndola añicos.

Sólo entonces, delante de aquellas macetas de geranios prendidas en las encaladas paredes, comprendió la dimensión poética del mensaje que había recibido en el desayuno.

ESTANCIA II

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“Estimada Clara. Permítame que ya la llame por su nombre.

Todos reconstruimos el paraíso donde podemos, allá donde encontramos nuestro propio reino. Uno puede reconstruir su paraíso casi en cualquier sitio, en un pequeño rincón donde nos dejen plantar algunas cosas que arraiguen en nosotros. Pero eso sólo se consigue a cambio de vivir, de mancharse, de llorar y de desear. Hasta ahora, usted ni siquiera conocía el dolor, sólo la estabilidad y la indiferencia. Casi todo era igual, porque casi todo era perfecto en su vida. Hasta ahora.
Junto con esta carta, le envío un libro. Encierra una historia tan antigua como incomprendida. Y entre sus páginas, una flor de geranio púrpura que pude recuperar antes de retirar su tiesto de maceta al vertedero. Él como usted, Clara, se dejó arrullar por la imagen de una bella mariposa africana que, con el tiempo y tras ganar su confianza, acabó instalándose en el mismo corazón interior del esqueje y dejando ver su verdadero aspecto de gusano, taladró toda la planta. Yo, señora, también por un tiempo me sentí culpable por no haber sabido prevenir el azote de esa plaga a mi querida hijuela de esta especie geranio rosal, pero a veces nos culpamos de decisiones de otros seres amados sin detenernos a pensar que un consejo en contra de su decisión adoptada, sólo nos serviría como patente para recriminar que fue desoída, con lo que, en lugar de prevenir el daño, acaba por ahondar más su pena. Deje, pues de penar y ayude a su hija a comprender el valor de las lecciones aprendidas.

Su fiel y leal amigo".
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Así rezaba la segunda misiva de aquel hombre misterioso que encontró Clara tan pronto se hubo acomodado en la espaciosa habitación del hotel malagueño. No había comunicado a nadie su partida desde la ciudad califal, pero era más que evidente que alguien se había adelantado y la esperaba. Es más, se preguntaba no tanto por cómo había podido averiguar su destino, sino el hotel elegido para hospedarse. Y sin embargo, esta vez la sensación no fue de angustia, sino de curiosidad. Por la ventana de su habitación, justo enfrente, mirando al mar, divisaba La Malagueta y el Paseo de la Farola.

Como un acto ya aprendido, rasgó el envoltorio del paquete y apareció el libro que anunciaba el misterioso mensaje. Al abrirlo, en su contraportada, la estancia fue invadida por un aroma suave, dulzón, casi balsámico, que le recordaron sensaciones y matices traídos de otro continente. Clara cerró los ojos, aspiró fuerte y exclamó : " Buenos días, Pelargonium graveloens. Tú que con tus pétalos de sangre eres el símbolo de la Preferencia, serás mi silente consejero".


La mañana se abrió radiante. El olor a marisma y sal y el sonido de las gaviotas, contribuían a crear una sensación casi tangible, pues llegaba a paladearse y casi masticar la arena de la mar. Clara cogió el libro como único pertrecho y se encaminó al Puerto aprovechando aquella temprana hora en que los primeros rayos de sol refulgen en el horizonte antes de mostrarse inmisericordes. Bajó bordeando el Club Mediterráneo y se dirigió a la Fuente de las Tres Gracias. En el único banco seco de las gotas del primer rocío que encontró en la glorieta de los Jardines de Puerta Oscura, Clara tomó asiento, sacó el librito que la acompañaba y comenzó a leer. Debieron pasar unas dos horas aproximadamente, porque los rayos de sol se habían encaramado en el cielo y empezaban a fustigar sin piedad. Clara, atravesó el Parque y ascendió la calle Larios. Dedicó el grueso de la mañana a visitar la calle San Agustín y la Catedral de la Encarnación. A la noche, tras el cansancio que le supuso ascender a la Alcazaba y los jardines de Gibralfaro, pidió al servicio de habitaciones un consomé con yema y se dispuso a finiquitar su lectura. No menos de tres cuartos de hora fueron suficientes para que la laxitud de sus manos dejara escurrir el libro por el tobogán que conformaba su cuerpo agotado. Desparramado, quedó un apretujado bulto de papel bajo la cama: El Libro de Job.

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ESTANCIA III

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El día había amanecido desapacible. La lluvia de la noche había cedido su protagonismo al viento de Poniente que se encargó de trasportar las nubes a gran velocidad dejando el cielo completamente despejado. Sin embargo, Clara hubiera preferido un día gris de lluvia a aquel insoportable viento que enredaba sus cabellos o los hacía flotar como en un etéreo mar de sargazos.

Con movimientos continuados para despejar sus ojos de la maraña de cabello tejida por el viento, Clara contemplaba desde el perfilado roquedo de más de ochocientos metros de altitud, la Ciudad del Santo Rostro tendida en la falda del impresionante cerro de Jabalcuz. Desde la fortaleza, podía divisar de manera nítida la Catedral, el barrio de la Magdalena, Iglesia de San Ildefonso ... y al fondo, sus bosques de olivares y hasta el discurrir de los ríos Guadalbullón en su entrega gozosa al Guadalquivir.

Había decidido repentinamente conocer Jaén. Tomó aposento en el Parador de Turismo para poder disfrutar de las vistas y pasó la noche durmiendo de un tirón. Se despertó sin noción de espacio ni del tiempo, pero descansada y sobresaltada por el trallazo del viento en los postigos de su ventana entreabierta. Ayuna, salió del establecimiento en busca del muro de la Torre de las Troneras como necesitada de sentir el azote del aire fresco en su cara.

El primer pensamiento fue hacia su padre. Ahora, lo veía como un hombre admirable. Afilado, menudo y enjuto, siempre tuvo la cabeza llena de proyectos quiméricos. La vida no había sido justa para con él, pero sin embargo, el día de sus noventa y tres cumpleaños en que Clara le preguntó qué le hubiera gustado ser en la vida, le contestó que cuidar el campo. Esas palabras, siempre tranquilizaron a Clara, porque sabía que él concluyó sus estudios de Bachillerato en el Colegio Sacromonte de Granada y marchó a Córdoba para estudiar Veterinaria. Que fue en su segundo año de carrera universitaria cuando la guerra primero y la muerte de su padre y de su único hermano poco después, obligaron a tomar la elección, quizá, más difícil de su vida. Dejó las haciendas familiares al cuidado de su vieja madre e ingresó en el ejército franquista con la graduación de Alférez Provisional. Con el sueldo, pudo vivir aquellos años difíciles y hasta ayudar a su madre, y con las estrellas de su bocamanga, expulsar a los republicanos que el ejército popular había hecho alojar en su propia casa. Cuando todo acabó, él no aceptó continuar su carrera militar. Sólo un diploma y una bala alojada en el tobillo del pié izquierdo, le recordarían toda su vida aquel episodio. Volvió a casa, cuidó a su ajada y vieja madre y aprendió las labores de la tierra con tal pasión que acabaría amándola más que a nada en el mundo. Su vida luego se redujo a la procura de una buena educación para sus hijos y al mejor abonado para sus olivos. Siempre se sintió orgulloso de lo conseguido, pero Clara siempre se preguntó si aquel sacrificio, aquella elección, le había merecido la pena. Por eso, cuando escuchó de sus labios aquella respuesta, descansó tranquila y recordó los felices momentos vividos.

Aprovechó la mañana ventosa para dedicarla a pasear. Visitó sus plazuelas y callejas más típicas, se detuvo ante el patrimonio íbero que alberga su Museo Provincial y hasta tuvo tiempo para acudir a los Baños Árabes. Todo transcurrió con la relativa apacibilidad que procura un día sin sorpresas pero invadido de remolinos de viento cambiante en la calle Campanas. Clara, sin embargo, lejos de disfrutar de esa tranquilidad llegaba a mostrarse inquieta. Aquello que otrora la desconcertaba, ahora sin embargo lo notaba a faltar. No quería pensar que el espía anónimo, el caballero de los pelargonios, se había despistado o, aún peor, se hubiera olvidado de ella o no quisiera seguir molestándola. De pronto, un fuerte sentimiento de pena, ansiedad y contrariedad se apoderó de ella. Es verdad que a veces se sintió incomodada e invadida en la intimidad por aquél desconocido, pero el olor de la fragancia de las flores que le enviaba... Al final acabó admitiendo en su interior, que también extrañaba sus cartas. Unos textos que ella encontraba breves, quizá ñoños y extemporáneos, pero cargados de un profundo conocimiento de su persona que lejos de incomodarla, alimentaban su ánimo, su autoestima.

Eran pasadas las seis de la tarde, cuando se encaminó a la Catedral de la Anunciación de María. Atravesó la puerta principal y se dirigió a Trascoro. No estaba interesada en el armonioso conjunto de su variedad de mármoles traídos desde Cabra hasta Carrara, sino que se sentía atraída por la contemplación de un cuadro: La Sagrada Familia, de Maella, conocido popularmente como "el cuadro de las tijeras" porque augura buena suerte a quien las encuentre, dentro de una escena en la que San José tiene a su hijo en brazos, mientras la Virgen sentada, permanece atenta, tal vez insegura por no ser ella la que guarde en su regazo al pequeño. Parece estar pidiendo a San José que le devuelva al Santo Infante, temerosa de que algo pueda ocurrirle. Estaba absorta en su contemplación e inmersa en el juego de la búsqueda, cuando un penetrante olor a ácido de limón, invadió la estancia. Pareció desaparecer el perfume, mezcla de incienso, humedad y de cera que habita en los recintos sagrados y Clara, como movida por un resorte, giró su cabeza hacia el punto donde una anciana trasladaba un gran tiesto de arcilla apenas visible por la planta de geranio que, con carnosas hojas rizadas, estaba cubierta de unas florecillas menudas de color violeta. La mujer llegó a su altura, hizo una genuflexión convencional fruto no más por la costumbre que por la artritis, y dejó el tiesto al lado, tapando la manzana del cuadro que venía siendo objeto de la observación de Clara. Cogido del brote mayor, tierno y más joven, prendía un sobre, y dentro una carta:


" Amiga,

Compréndalo. No morimos, sólo cambiamos. La vida ha de seguir.

Y cuando el tiempo haga su labor y con serenidad vea la perspectiva, piense que él está en usted, en sus genes. Y en los de su hija que conocí por fotografía. Borges decía que la vida se puede vivir porque el dolor no se acumula. Y desde luego es un gran mecanismo de supervivencia.

Volverá a amanecer. Y tiene amigos y aficiones para seguir adelante; con una cicatriz más en el alma, claro. Pero nos caben muchos costurones en ese sitio.
Para algunos, la vida es una guerra de la que siempre volvemos heridos. Sin embargo, para mí, es otra cosa. Es, sencillamente, el espacio que media entre dos autobuses: el escolar y el del INSERSO.

Yo creo que la vida es demasiado fácil. Ese es el secreto. Y quien lo conoce, prolonga su tiempo entre el autobús escolar y el de los jubilados a la deriva. Entre medio, sólo merecen la pena los felices momentos vividos. Toda la vida transcurre en un momento. Y en la fugacidad del momento, unos ojos empañados se transforman a veces en límpido espejo que, al traspasarlos, permiten tocar el alma.

Otras veces, en cambio, la vida se reduce a un gran fulgor. Un resplandor entre dos oscuridades.

...Y cuando en pocos segundos el alma percibe cómo se han comprimido el resto de minutos que atesora un día, queda cual marca grabada en fuego, como signo inequívoco de un momento de oro. La gramola del tiempo a la que como esclavos nos sometemos, sigue sonando la misma letra en una vuelta distinta, como insistiendo en el cauce cronológico de los hombres, idénticas situaciones en vidas diferentes. ¿Conseguiremos romper el bucle con la muerte o debemos hacerlo mientras dure el fulgor?.

Implorando obtener esa cuantía que permitirá recobrar esa edad de oro perdida, suplico amiga mía, por el tiempo y el espacio, donde la música es percibida sin otro instrumento que nuestro propio corazón. Pues sólo anhelando conseguir más momentos de oro..., vivo.

Anhelantemente suyo".


Esta vez y como sin saber por qué, aquel Pelargonium crispum, sumió a Clara en una profunda Melancolía.
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Z

ESTANCIA IV

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Clara llegó a Granada en pleno día de Corpus. La ciudad se encontraba festiva y engalanada. Olía a hinojos y juncia, pero sin embargo ella no lo percibió. De no haber reservado con antelación, hubiera tenido serias dificultades de alojamiento, pero ahora podía divisar toda la ciudad desde la atalaya de la terraza de un precioso hotel cercano a la Alhambra.

Tenía previsto visitar los Jardines románticos del Patio de los Mártires, la Alhambra y los del Generalife, tocar sus matas de arrayanes y perderse por sus laberintos de setos de romero en flor. Querría haber paseado por la ribera del Darro y del Genil, en los Tristes o en la Bomba, penetrar en la cuevas del Sacromonte y perderse vagabundeando por las plazuelas del Albaicín para concluir el día sentada en el antepecho del muro de la Plaza de San Nicolás para fotografiar las renombradas puestas de sol mientras la Torre de la Vela se tiñe de color de latón de cobre. Sin embargo, pasó todo el día recluida en su habitación. Presa de un estado ansioso, por algo que rondaba su cabeza y no acababa de estructurar bien, sentía un gran malestar consigo misma que acabó por ponerla melancólica. Siempre le ocurría así. Cuando creía no comprenderse a sí misma, entraba en un estado de abatimiento

El constante choque con esta sociedad que nos envuelve, la añoranza de un estado de "libertad animal" al que hay que frenar y dominar, y los recientes sucesos vividos, hacía que, a veces, ganara el lobo a la mujer, y cuando uno de ellos ganaba, el otro se deprimía hasta que encontraba el modo de volver a surgir. Y en eso estaba Clara. No es que tuviera problemática bipolar, pero era excesivamente reflexiva y de mente sana y resistente.

Conocía que aquel rincón era el preferido de Carlos Cano y que a él subía cada tarde para mirar y admirar su Realejo del alma. Se sentía como un dios todopoderoso divisando, desde aquella imponente terraza, toda Granada a sus pies y con el fondo de su fértil vega. Buscó en la caída de la noche el que consideró como el mejor de los maquillajes para sus ojos hinchados, y solo entonces, con la anochecida como aliada, Clara decidió abandonar su habitación y pedir ser servida en una mesita dispuesta en aquella terraza.

Y allí estaba. Como esperándola para darle consuelo. Junto a la vela encendida que imbuía a aquella mesa velador un aire entre romántico e intimista, un jarroncito abombado de cuello alto y estrecho servía de estuche decorativo a un precioso esqueje de geranio de color morado. Casi con un movimiento mecánico, Clara rozó sus pecíolos y se limitó a murmurar " Buenas noches, Pelargonium grandiflorum", sin salir de su estado de casi abstracción.


" Querida amiga y confidente

Cuando uno repasa su vida con frialdad, sin mirarla con el signo de lo inevitable, le parece un vestido hecho de harapos, de casualidades frágiles, decisiones leves como zurcidos que diseñan una vida dibujada con la ligereza de una puntada sobre la tela y que, sin embargo, pesa como una piedra sobre el que la ha vivido.

La mayoría de nosotros tendemos a subestimar nuestros recursos interiores. Estamos más capacitados de lo que creemos. Si tuviéramos esto presente, los demás podrían adquirir este conocimiento casi por contagio. Alcanzar el éxito sin alcanzar la autoestima, es sentirse como impostor que espera ser descubierto.

Lo trágico es que la mayoría de las personas buscan la autoconfianza y el respeto en todas partes menos dentro de sí mismas. El individuo no es el adversario de la comunidad, sino su pilar más esencial.

Por eso, uno de los regalos mas grandes que puedo hacerle esta noche, no es mi modesto geranio de pensamiento, sino mi negativa a aceptar el pobre concepto que de sí misma tiene, en lugar de zambullirse en su interior hasta llegar al sí-mismo más profundo e intenso de su alma.

Si tuviera el coraje de permitir que los demás vean su entusiasmo o pasión, implícitamente les estaría comunicando que la pasión es un valor y que ellos no deberían reprimir la suya. Si les dejara que vieran con qué pasión persigue sus metas e intenta vivir su vida, transmitiría su propia aprobación a su aptitud para superarse apasionadamente por alcanzar una meta. Si honrara con orgullo los inmensos valores de que está adornada, gritaría a los demás que tienen derecho a honrar los suyos. Si tuviera queridísima amiga, en fin, la integridad de ser quien esencialmente es, podría transmitir esa integridad a los demás.

Desconsoladamente suyo"




ESTANCIA V

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Aún antes de penetrar en el Hotel Colón, Clara sabía que la flor elegida esta vez por su misterioso y anónimo "acosador" era una Pelargonium peltatum, pues no en vano se encontraba en Sevilla. Ya al bajar del taxi que la transportó desde la Estación de Santa Justa y apenas traspasada la puerta giratoria del establecimiento hotelero elegido, Clara vio perfectamente que en el mostrador de la recepción se encontraba dispuesta, casi esperándola, una planta de geranio con ramas colgantes, delgadas y angulosas. Sus hojas, heptalobuladas, grabas, carnosas y de borde entero y con pecíolo central, recordaban a la hiedra, y sus flores en umbelas, se desparramaban por el borde del recipiente hasta descansar sobre el mostrador. Era una planta de Gitanilla lila.

Como si fuera aquél y no otro el objeto de su presencia en aquel lugar, Clara se desentendió del empleado presto a confirmar su reserva y se dirigió directamente a la flor. Acuciada por una especie de urgencia casi incontenible, apenas si escuchó las amables palabras de bienvenida que le brindaron en recepción. En su cerebro sólo había lugar, en aquel momento, para el brote de "gitanilla" y el pliego de amor que intuía descansaría al lado. Y no se equivocó. Corrió a la habitación y abrió precipitadamente la carta:

" Querida Clara mía,

Aunque nunca serás ni mi dueña ni mi señora, no puedo seguir tratándote de usted, porque ese tratamiento me mantiene en cierto modo alejado de tí, ahora que cada día que pasa te presiento más y más cerca.
Abre el balcón ¿ Ves las aguas del Guadalquivir? ¡ Se parecen tanto al color de tus ojos...¡. Deja que esa visión única que se te ofrece a la vista, alivie las que hasta ahora han sido las congojas de tu alma, mientras escuchas lo mucho que aún me queda por decirte.

No creas que no te conozco. Claro que tengo algún conocimiento de quién eres, pues no en vano, alguien que como yo está luchando en esta vida para entenderla y poder vivirla de la mejor manera posible antes que aparezca la Parca, y que cuando eso ocurra pueda llevarme los máximos momentos de oro vividos y un alma lo más transparente posible, tiene mucho trabajo por hacer.

Viví tu amanecer de aquel día diferente. Cuando te fue notificada la sentencia por la que quedabas convertida en legal y jurídicamente divorciada. Es una palabra más del DRAE y que estamos habituados a escucharla (cada día más), y sin embargo, no entraba en tu particular vocabulario. Diría más, no entraba en tu concepto de vida común con alguien con quien compartiste camino tantos años. Pero la realidad se impone rotunda como un amanecer de cada día. Aunque hayas soñado o deseado que el tiempo y el sol se detuvieran. ¡ No somos Josué ¡

Es una situación extraña, absurda y grotesca, pero real y contundente. Habrás de aprender y saber vivir con ello del mismo modo que nos acostumbramos a llevar pegada nuestra sombra, aunque nos pese o disguste y delate.
Me gusta saber que te notas viva y que tu corazón sigue capaz de seguir sintiendo, pues, de hecho, es lo más importante de todo; lo único que importa y que no quisiera que perdieras. Por eso, quizá, has podido viajar hasta el Sur.

Tengo muchas ganas de ver ese cielo tan azul del que hoy gozas en Sevilla, casi tantas como de verte a ti y estoy esperanzado que aunque tarde tiempo, algún día llegará. Sé, querida Clara, Giraldillo de los vientos que ahora soplan a contra tu destino, porque reconociéndolos, sabrás y podrás superarlos, evitándolos o tornándolos a favor, pues no en vano simboliza la virtud de la Fe. Sé, como esta planta, gitanilla en Triana, porque ya lo eres de este mi atormentado corazón.

Más tuyo, que tu propia sangre".



Tras un baño reparador, Clara decidió dar un paseo. Su primer objetivo era visitar la cercana Catedral. Traspasó el Patio con sus sesenta y ocho naranjos perfectamente alineados y penetró en una dimensión impresionante e inimaginada. Sus cúpulas abovedadas parecen sostener el propio firmamento y, descartando la zona central con su sillería de coro, el órgano y el altar, el espacio abierto impresiona tanto que hace imposible el recogimiento espiritual.

Subió las treinta y cuatro rampas de su mirabete y fue sorprendida, a la hora del mediodía, por el atronador concierto de su campanario.

No tuvo fuerzas y se dejó llevar. Al propio tiempo, pensaba, daba así cumplimiento a un sueño de su infancia. Rascó unos euros del interior de su bolso y tomó un coche de caballos. Tomó asiento y mientras el tiro de alazanes emprendía su cansino itinerario, depositó entre sus delicadas manos un brote florido del último envío y, como invadida por un trance, suspiró: " Es un Pelargonium peltatum, una gitanilla trepadora, la devoción constante, estoy segura".

- ¿ Cómo dice señora?- preguntó el cochero desde su pescante. - Esto son los Reales Alcázares con su Patio de las Muñecas, el de las Doncellas y el Salón de Embajadores,- añadió en un recital que dejaba ver el desgaste de lo rutinariamente aprendido. Pero Clara no respondió porque ni siquiera se dió cuenta que el cochero le había hablado. Al descender del coche, aún aturdida por la visión de la imponente Plaza de España, Clara se dirigió al espacio abierto donde se alberga la fuente central del imponente recinto en forma de media luna. Después de visitar el rincón de azulejos que recoge motivos de su provincia de origen, cruzó la calle y se dispuso a entrar en los Jardines de Maria Luisa. Al pronto, fue abordada por dos mujeres de etnia gitana que con tallos de romero en la mano, acabaron enredándola en la suerte del echado de la "buenaventura". Repasaron su mano derecha, las líneas de la palma y su dedo corazón y, con más oficio que intuición, adivinaron su desventurado reciente pasado y aventuraron un inquietante porvenir: se acabaría uniendo a una alma marinera y viviría feliz en un jardín frente al mar.
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ESTANCIA VI

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Cuentan que Hércules, al desgajar Europa de África, fue el culpable del nacimiento de Cádiz con esa geografía tan peculiar que la asemeja a una isla enfilada al Atlántico.

Desde la Torre de Tavira, Clara divisaba toda aquella ciudad marinera y llena de luz como una suma interminable de callejones, playas, rompientes, castillos, placetas, casonas, bodegas, mercados, museos y jardines. Toda esa amalgama se vislumbraba con destellos de reverberaciones producidas por los rayos del sol resbalando sobre las cúpulas de ladrillo amarillo. Aquel hervidero de gente y de sonidos disparatados, le habían contagiado, inconscientemente, una tremenda alegría de vivir. Traspasó las murallas de las Puertas de Tierra y enfiló la parte antigua, de calles estrechas, pequeñas plazas y rincones de gran tipismo. Vio castillos dieciochescos conviviendo armoniosamente con humildes casitas pintadas de vivos colores, paseó por el Mentidero y se trasladó a la época medieval pisando el barrio de El Pópolo.

Por primera vez durante su estancia en el Sur, Clara sintió necesidad de comer. Le apetecía dejarse invadir por aquella atmósfera. Se sentía vitalista y comunicativa, como si acabara de desperezarse de un profundo letargo. Entendió, como de golpe, que el efecto mariposa también puede producirse con una sola mirada porque puede cambiar la historia de quien mira y de quien es mirado. Y ya no se sintió observada, sino admirada. Convino en que la vida había hurtado muchos años de adoración perpetua, quizá demasiados, pero seguía siendo extremadamente generosa para con ella después de todo, porque en el corazón de aquella ciudad universal y más antigua de la vieja Europa donde en aquellos instantes se encontraba, un hombre que la amaba sin límites, podría estar aguardándola. Y aquel intenso olor a rosas que empezaba a sentir, era su prueba más estremecedora y su espíritu interior se llenó de ternura.

Las mesitas de la terraza del bar La Viña, en el barrio de pescadores, se adornaban con una pequeña maceta de geranio situado en el centro. Algunas, compartían espacio con el cenicero de cristal y un cubo de servilletas de papel. Clara sabía que ese era el lugar porque el perfume singular de cada una de ellas reclamaba su exclusiva atención. Se inclinó suavemente, rozó con su nariz las florecillas de color rosa fuerte y musito: " Tú has traído ternura a la zozobra de mi turbado corazón, Pelargonium capitatum".

Desprendió la servilleta de papel del servilletero y repasó la lista de tapas impresa en la misma: doradas, urtas, róbalos, mojarras, bambas, bocas, cigalas, langostinos, cañaillas, acedías.... Era mediodía. El sol, estaba en lo más alto del horizonte. Sintió su ánimo reconfortado como hacía meses no lo experimentaba. Vió su tren saliendo de un largo y oscuro túnel y un profundo alivio y consuelo pareció barrer de su rostro aquella mueca de tristeza que le venía acompañando por demasiado tiempo. Entonces, formuló su comanda al camarero: " Manzanilla de Sanlúcar y una ración de acedía". La devoró con placer.


Buenos días, princesa.

Tú sabes bien por qué en esta ocasión he elegido para tí este tipo de geranio. Él, más que ningún otro, ayudará a reconocer lentamente, en el oscuro pozo de tu memoria, las imágenes, sonidos y olores que llevas dormidos. Y cuando lo hagas, te devolverá la ternura que has perdido y recuperarás, al fin, el optimismo y ganas de vivir.
¿ Has leído el librito que te envié?. Sí, el Libro. Comprende ahora, dueña mía, que todo el mundo lo relaciona con la santa paciencia y con la fidelidad a Dios ya que, una de las enseñanzas de la historia de Job habla de eso, de asumir que aquello de lo que pensabas estar inmune y que, sin embargo, te puede suceder por muy imposible que parezca o por muchas precauciones que hayas tomado para evitarlo.
Normalmente hay la creencia que si cumples las "normas" dictadas por la divinidad, ésta te acogerá bajo su protección y nada malo podrá sucederte. En cambio en la historia de Job, no fue así. Era un hombre que cumplía con su deber de creyente en todos los sentidos y aún así le fueron cayendo encima toda una serie de desgracias.
Aunque la enseñanza más profunda, casi nadie la entrevé. Si Dios (o la providencia, si lo prefieres), no le hubiera ido dando a Job una dosis cañera más fuerte cada vez con cada infortunio, Job no se habría reforzado gradualmente y al final ni hubiera conseguido conocerse a sí mismo ni conocer a Dios. Hubiera seguido viviendo como un infeliz más, engañado por su propia visión de Dios y de la vida.
Su visión de la divinidad al principio, no era la misma que al final de la misma. O lo que es peor, si Dios se hubiera mostrado a Job antes de pasar la purgación, Job habría sucumbido a la manifestación de la divinidad, no lo hubiera resistido, pues no estaba preparado para ello, en cambio, ahora sí lo está. Porque lo que no mata, queridísima, fortalece".

Tiernamente tuyo".


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ESTANCIA VII

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Allá donde el río Odiel se convierte en marismas, se encuentra Huelva.

Clara odiaba la mentira, de la que consideraba la traición como su hijastra más deleznable. Quizá fue eso lo que la impulsó a escoger como primera visita de esta ciudad, a los Jardines del Muelle. Allí, frente al monumento de Alonso Sánchez, quiso expresar su reconocimiento a quien diera a conocer la existencia de las rutas colombinas del primer viaje indiano y, al hacerlo, pretendía rendir un sentido homenaje a aquél que sin haber perseguido jamás la gloria, había quedado impreso en la memoria de Clara como el gran predescubridor del Nuevo Mundo.

Y es que, no acertaba a comprender ni la existencia ni la utilización de la mentira, no solo como arma, ni tan siquiera como valor.

El tiempo estaba bastante soleado, lo que la animó a dar un paseo por la Avenida de Francisco Montenegro hasta llegar a la Punta del Sebo. Allí, frente a la estatua de Cristóbal Colón, repasaba mentalmente el episodio que había marcado su niñez y gran parte de su adolescencia. Ella era una niña preguntona y con gran inquietud interior. Recordaba sus preguntas trascendentales, impropias de una niña de su edad y las respuestas conseguidas de sus padres, que hoy conceptuaba como historias fabulosamente falsas para no decirle la "terrible verdad". Siempre lo encontró extraño, pero ellos eran "papá y mamá", los que todo lo saben y los que la enseñaban. Su mayor desengaño fue darse cuenta de que le mentían al decirle que las hadas existían , pero no por la sorpresa de que todo el mundo urdiera y fueran cómplices de tamaña sandez, sino por la sorpresa de que aquellos en los que confiaba, la hubieran engañado, y además... ¿por qué motivo?. De mayor, nunca se lo supieron responder de una manera coherente..."por la ilusión",..."porque todo el mundo lo hace"...

Suponía que la gran mayoría se lo tomaban de otra manera y entraban a formar parte de la gran farsa en la noche de la ilusión, pero ella, que había creído que ese mundo mágico existía, ahora resultaba que era una falsedad, una invención hecha para no sabía qué y encima también era falso que podía confiar de lleno en sus padres. Se le derrumbó la seguridad y la confianza y empezó a tener miedo de enfrentarse a la vida a los siete años.

"Adorada peregrina del Sur,

Me cuentan que tu padre se marchó sin despedirse. Como quien tiene prisa por abandonar la obra terminada. Me cuentan que te hubiera gustado contarle que te había decepcionado porque cuando creciste, ya no era supermán. Me cuentan que no quieres recordar los cuentos contados en sus rodillas aquellas noches en que el mecido de su silla era vuestro caballo trotador...
Has exigido la coherencia en todo el tiempo. Te obligas a tener las mismas opiniones mañana que las que tienes hoy, ignorando que también el universo gira. Ignoras que todo el mundo, mientras a nadie perjudique, tiene derecho a cambiar y contradecirse. Y no ha de importar lo que los demás piensen, porque en cualquier caso, pensarán. A veces, la mentira es una ilusión necesaria no tanto para engañar a quien se cuenta, sino para ilusionar y ayudar a vivir al que la crea y difunde. Son locuras de la vida para avergonzar a los que se creen sabios.
Hay, querida Clara, naufragios soñados en playas de islotes sin nombre, laureles de gloria y coronas de espinas, horóscopos, biblias, coranes... A veces, son palabras que dan motivo a la vida. Y ésta que a tí tanto te conduele, es sin embargo la gran mentira que más vale la pena.
Serénate. Queda en paz con tu universo personal, porque sólo así podrás redescubrir la alegría de sorprenderte a tí misma".

En cuerpo y alma, tuyo"


Así rezaba aquella carta que encontró prendida en una flor de geranio rosa pálido, un Pelargonium radens, cuyo penetrante olor a rosa fue detectado por el sutilísimo olfato de Clara nada mas acercarse al borde de la fuente que preside la plazoleta de Las Monjas. Volvió tras sus pasos y sin rubor, quebró el esqueje y tomó su flor reventona entre las manos como símbolo de su Infancia. Decidida y tranquila, dirigió sus pasos al Cementerio Inglés. Allí, frente a la tumba de Willian Martin recordó la mundialmente famosa "Operación Mincemeat" y su corazón pareció reconciliarse con ella misma, con su universo personal y hasta con sus ausentes padres.



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ESTANCIA VIII

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Penetraron en un imponente invernadero circular donde la paleta de colores y el estallido de fragancias, hacían la atmósfera casi irrespirable. Clara se sintió sobrecogida por el espectáculo que la naturaleza plantaba ante sus ojos y quiso retroceder en un último intento de evitar que los pulmones y sus sentidos le reventaran. Poco a poco fue recuperando el aliento, su respiración recobró el ritmo y allí, al fondo de aquel increíble bosque de geranios de todas las especies, fragancias y colores, descubrió una silueta erguida. Menuda, frágil y casi como un elemento más de aquel inmenso jardín floral, se divisaba la figura de un hombre de mediana estatura, vestido de traje azul marino que portaba una hoja de papel en su mano diestra.

Clara avanzó por la fila central de pelargonios con paso firme y pausado. En su mente se agolpaban ideas viejas vividas en la ceremonia más importante de su vida; aquella en la que un día puso tanta ilusión que jamás pudo imaginar que nada ni nadie pudiera romper. Ni siquiera un testimonio judicial, porque aquel día pertenecía a una expresión del alma y en el alma no manda nadie. Ni siquiera dios, pensaba ella. Le separaban apenas veinte metros cuando un impulso irrefrenable, algo sentido desde lo más profundo de su interior, le surgió como necesidad apremiante y tomando carrerilla se lanzó a un viaje que entendió de pura ensoñación.

Llegó a la altura de aquel hombre y sin mediar palabra, lo abrazó fuertemente, con todo el vigor de su ser y con la entrega más sublime de su intimidad. Hubiera deseado sentir su cintura amarraba por unos vigorosos brazos y sus labios quemándose por el fuego de una pasión incontenida, pero aquel hombre permaneció inmóvil, caído de brazos. Al separarse los cuerpos, Clara fijó sus ojos en los suyos y encontró un rostro inexpresivo, con la serenidad que sólo concede la eterna ingenuidad, y en sus ojos, la tierna dulzura de un trozo de mar.

Como negándose a escuchar lo que su intuición femenina ya había captado, volvió su mirada hacia Jesús.

- ¡ Alzheimer¡- sentenció el joven. - Así permanece la mayor parte del día. Los únicos momentos de lucidez que consigue, los dedica a escribir cartas - prosiguió-. - Rasga cientos de cuartillas emborronadas en una hiperactividad obsesiva, casi frenética, pero cuando ha logrado el texto definitivo, lo introduce en un sobre y, mecánicamente, reproduce la misma dirección y destinatario: A Clara. Luego, cae, nuevamente, sumido en un estado de postración casi letárgico donde la realidad se difumina y sólo es capaz de reconocer, inconscientemente, el olor de cada bancalada de geranios por las que atraviesa en su paseo fantasmagórico. Yo- continuó el joven- me limito a dar el destino elegido por mi padre en cada uno de los sobres que ha dejado dispuestos. Creo cumplir su última voluntad cada día.


Clara sintió que aquellas palabras se clavaban como puñales en su costado. Necesitada de aire, salió por la puerta posterior del invernadero y accedió al Mirador de las Amatistas. El Mediterráneo al fondo y toda la cadena montañosa de origen volcánico de la Sierra de Gata, delimitándolo. Como queriendo encontrar explicación a ese cruel destino, recurrió a los recientes sucesos vividos. No podía dar crédito que el autor de aquellos escritos, de las cartas de la que venía siendo destinataria, se encontrara en aquel estado. De pronto, recordó retazos y todo comenzó a tener sentido para ella: " Aunque nunca serás ni mi dueña ni mi señora..." "....Cuando uno repasa su vida con frialdad, sin mirarla con el signo de lo inevitable, le parece un vestido hecho de harapos, de casualidades frágiles, decisiones leves como zurcidos que diseñan una vida dibujada con la ligereza de una puntada sobre la tela y que, sin embargo, pesa como una piedra sobre el que la ha vivido" .

Pero sobretodo y sobre todos recordó una de las primeras cartas:"... Todos reconstruimos el paraíso donde podemos, allá donde encontramos nuestro propio reino. Uno puede reconstruir su paraíso casi en cualquier sitio, en un pequeño rincón donde nos dejen plantar algunas cosas que arraiguen en nosotros".

Fue entonces, sólo entonces, cuando a su recuerdo acudió aquella otra carta lejana, cuando leyó que el fruto de la pasión realmente era el fruto del olvido, y que Adán y Eva siguen aún en el Paraíso, pero que no recuerdan que lo es. Y al pensar en ello, recordaba los cuentos infantiles, esos que dicen que en realidad son historias de nuestra alma, en los que la mayoría de los protagonistas caen en un letargo tras quedar prisioneros en la trampa urdida, y de la que previamente ya estaban avisados. Retrocedió sobre sus propios pasos, encaró al joven y le dijo de manera enérgica:

- Tu padre no está enfermo. Sencillamente ha encontrado su paraíso.


Tomó entre las suyas las manos de José, dio la vuelta a su dorso y las acarició dulcemente con la mirada. Después, con la convicción de haber tomado la más importante decisión de una nueva etapa en su vida, exclamó: " Definitivamente, el Sur me sienta bien". Y la mirada de aquellos dos seres, se cruzó en un instante que quedó prendido en la eternidad mientras el mar besaba el Arrecife volcánico.

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lunes 13 de julio de 2009

Palabra de Rey



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Cuando mi candidez tenía un tamaño arreglo a mi edad,compré una casa animado por los discípulos aventajados de Emilio Botín.

La calefacción de la misma,se alimentaba por medio de una caldera de leña frisona,donde se metía una persona entera sin problema.

Como sabrá quien tal sistema use,la leña te calienta tres veces: una cuando la descargas,otra cuando la metes en la caldera,y otra cuando arde. Por todo ello,nos decidimos por una de gasóleo.
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Los fruticultores,suelen ir de leña bastante sobrados,así que buscamos uno que nos la comprara;asesorados por un lampista de confianza,confirmamos que apenas había sido usada,siendo su estado muy bueno.

Como el modelo a estrenar valía doscientas mil pesetas largas de aquel tiempo,tasamos la nuestra a la baja,y le pusimos un precio de setenta y cinco mil.

Debido a mi profesión,fruticultores conozco muchos y enseguida la colocamos.

El señor que me la compro,delegó las negociaciones económicas en su yerno,aceptado el precio por el mismo,llegó el día de sacarla,para lo que nos valimos de un tractor,ya que su peso era considerable.

El ventajoso trato que hice fue el siguiente:una vez montada la caldera en el domicilio del comprador,disfrutaría de un periodo de "gracia" de seis meses,durante los cuales quedase probado que funcionaba a la perfección.

Pasó el verano,llegó el invierno,y topándome varias veces por la calle con el comprador,siempre me comentó el excelente resultado que le estaba dando la caldera:no perdía agua por ningún lado,y daba calor sobrado a la gran casa que todavía posée.

Ya bien entrado el mes de Mayo,habiendo transcurrido algo más de seis meses desde que salió la caldera de mi casa,me presenté en la del comprador,con la intención de cobrar lo mío.

Me recibieron en una gran sala los propietarios,preguntado por el precio acordado con el yerno,se lo dije;la reacción que provocó la cantidad acordada,fue totalmente desaforada. Púsose la señora a gritar sin sentido,tratando al yerno de loco,y a mi,de poco menos que ladrón. El marido y élla quisieron empezar un regateo sin sentido para mi,cuando el trato ya estaba cerrado con quien ellos designaron,hacía ya más de seis meses. A los gritos de la mujer,acudieron varios empleados,que llegaban a mediodía a dejar los aperos en el almacén de la finca. Radicalizaron su postura al verse arropados,cosa que hice yo también,a pesar de hallarme como gallito joven en corral ajeno,aumentando mi rabia y mi desprecio hacia aquellos miserables adinerados.

El toma y daca empezó a subir de tono,y viendo que no cedía un ápice en mi reclamación,sino que al contrario,la reafirmaba y sostenía con todos los argumentos a mi alcance;habló el "señor" de la casa con la intención de sentenciar aquella absurda discusión.

-¡Ya vale de discutir!-me espetó-así tu palabra¿qué es?¿como la palabra de un rey?¿no?

En aquel momento,yo que tenía el cuerpo sudoroso y tembloroso,y el ánimo encendido como una brasa,contesté:

-Pues si,señor don nadie,no tengo otro patrimonio que mis manos y mi honradez,ni más tierra que la se me pega en los zapatos cuando piso la de otro;y sí,mi palabra es la de un rey,y ahora pagadme lo mío o llamad a la Guardia Civil,por que me llevo por delante al que sea,antes que salir de aquí sin mi dinero.

Se hizo un tenso silencio,sólo roto por el sonido de los billetes que sacaba el "hombre" de su cartera,los cogí y abandoné de la casa. Llegué a mi Renault5 temblando,llorando de rabia y desprecio hacia aquella ralea,rica pero baja.

Al rato,más calmado,sonreí y me acordé de los consejos que me dieron de niño;recordé una a una aquellas palabras,grabadas a fuego en mi interior,que han guiádo mi vida:
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"Nada es un hombre sin palabra,y el que la empeña,empeña con ello su honor,que vale más que el oro y la plata,más que todas las riquezas;brilla hijo mío con luz propia y verdadera;no seas como aquella moneda,que va de mano en mano,y al fin se borra,y teniéndola por falsa,nadie la toma".


Publicado por Riviere

sábado 4 de julio de 2009

La próxima vida

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Para estar muerto no es imprescindible haber fallecido previamente. Hay múltiples formas de ser, estar o parecerlo. Cuando vives en el campo o lo has hecho de pequeño notas que la convivencia diaria con la muerte es tan evidente que se hace invisible o transparente a nuestros ojos. La cadena de la existencia, el ciclo de los animales, las plantas y los humanos que las cuidan va pasando sin remisión de eslabón en eslabón. Los campos y especialmente los pueblos están llenos de viejos, eufemismo empleado para hablar de la “tercera edad”, que se van mimetizando con el paisaje pasando a ser elementos históricos, mientras van haciendo las cuentas cada vez con menos dedos de la mano. “¿Y de tu quinta cuántos quedan?”, se preguntan unos a otros, viendo como se cierran promociones enteras de soldadesca, en sus tiempos jóvenes y dispuestos a hacer balates o coger aceitunas.

Junto al óbito físico total también está el parcial, la muerte en vida o una vida entera demasiado pendiente de su fin. Mi abuelo Pedro, el padre del mío, volvió de la guerra civil, la segunda en su cuenta, pues ya antes estuvo en África, con el brazo izquierdo cortado a la altura del hombro. Riesgos del oficio. Un trozo de su cuerpo subió al cielo cuarenta años antes que el resto. Con su vuelta murió la infancia de mi padre, quien con siete años pasó a ser el mayor de siete hermanos y el segundo hombre de la casa, pequeño, pero con dos brazos. Mi abuelo uncía las vacas con un sólo brazo y labraba con ellas con gran maestría, recuerdo una foto suya que había en el comedor del cortijo, tomada cuando participó como actor de relleno en una de las múltiples películas de los años sesenta realizadas en Almería. Aparecía haciendo lo que sabía: labrar la tierra con una yunta de bueyes. Imagino que a la gente del cine les pareció un caso curioso y por eso lo admitieron. También se liaba su cigarro con su única mano, aprovechando para ello las arrugas del pantalón. Maldecía con reiteración al coro de ángeles y santos que miraban para otro lado mientras él iba quemando su vida y se acordaba de las madres que les parieron a él y al supremo hacedor.

Mi padre, de oídas, tuvo una juventud inexistente demasiado pegada al suelo de los campos donde labraba o cavaba, pocos resquicios a la vida y a su lado amable. Me contaron que en un verano determinado aprendió a nadar de la forma habitual en el cortijo: una cuerda amarrada al cuerpo y empujón para hacerle caer a la balsa. Si se hundía se daba un tirón y así hasta que aprendía, se ahogaba o desistía.

De aquí, otro día, se fue a la playa, un día enterito al sol, después de una vida entera al sol, pero con camisa, chaqueta, pantalón y sombrero o gorra. Un día completo de playa, sin cremas ni sombrilla, le produjo quemaduras profundas en la piel y en el orgullo y asesinaron para siempre sus ganas de baños marinos. Murió con cincuenta y seis años, demasiado joven y a la vez ya demasiado viejo, los años no corren para todos al mismo ritmo. La tensión arterial le jugó una mala pasada, la misma tensión le había dejado muertas las piernas a su madre más o menos cuando yo nací. Siempre la conocí sentada en una silla o una butaca. Murió poco antes que mi abuelo, él se fue detrás rápidamente, maldiciendo su destino, como mi padre. Si tuvieron efecto el cielo debe ser un lugar maloliente.

Cuando yo tenía diez u once años me regalaron la bicicleta, mi primer vehículo. Como el cartero del zar di muchos viajes a partir de entonces a comunicar a los parientes y vecinos de cortijos cercanos las enfermedades o las muertes, y la hora del entierro, de mis abuelos u otros deudos del clan familiar. Para llevar el féretro a la iglesia del barrio más cercano, la correspondiente, había que dar una vuelta inmensa por el camino “oficial”, una vuelta casi redonda a los cortijos de alrededor, a hombros de hijos, hermanos o primos, que acababan reventados. Los niños, embarazadas y enfermos nos atajábamos por una vereda, el camino corto, y esperábamos a que llegase la comitiva en un cruce determinado.

Los niños no tenían ni tienen conciencia cierta de la muerte, de su infinitud en el tiempo. Yo recuerdo eso de mí mismo, pero mi hija pequeña, Cristina, me decía hace poco, con diez años de edad, que el fin del mundo sí que existe, que se acaba todos los días para los que se mueren. Incluso tenía ya un sentido irónico. Algo salió en la televisión de un homenaje a un escritor de muy avanzada edad, y ella comentó el lado negativo, con un poco de humor negro. Dijo; “Uhmm, cuando empiezan con los homenajes ….”. A su edad yo no pensaba tanto pero sí había visto ya la cara de varias personas muertas. Los lutos y el lloro eran de Bernarda Alba, mi abuelo por cierto era de un sitio cercano al cortijo donde se desarrollaron los hechos de “Bodas de Sangre”. Yo tenía que irme al cortijo de al lado a ver el episodio correspondiente de Heidi, Marco o Pipi Lanstrung. La tele estaba prohibida, la radio en voz baja, los hombres con camisa negra y las mujeres de arriba abajo con ese color, velos y pañuelos negros. Luto de ocho meses, luto de ocho años, empalmando uno con otro, la vida entera de negro, por dentro y por fuera.

Mi bisabuela, “la Mamica”, a quien conocí con cinco o seis años, no era diferente del común: menuda, mandil, toquilla y pañuelo negros, paso acelerado y pocas fiestas. También parece que sufrió algunas penas. De oídas, y a escondidas, tengo entendido que uno de sus siete hijos mato a otro en un accidente, un fratricidio sin intención, haciendo recular un carro contra un muro o una pared. De eso no se hablaba pero algo había. Si Lorca hubiera estado por allí seguro que habría escrito alguna cosilla. El cortijo era un lugar muy pequeño, visto ahora con ojos de adulto, ocupado por varias familias del mismo tronco. Tan pequeño que ahora sólo han podido construir un bloque de pisos en su solar. No me explico cómo podía caber tanto rencor dentro. En la vega de Almería, la que fue, lo poquito que queda, uno es de quien viene. Yo soy hijo de Antonio, nieto de Pedro el Manco y Carmen la Telares. Algunos me llaman todavía con el nombre de mi padre, desconocen el mío, pero eso no me importa. Todos mis muertos siguen vivos dentro de mí, nadando en mi sangre.

Un primo de mi madre también vio subir una pierna a las alturas celestiales, cambiándola por otra de madera, lo que a mí, en la tierna infancia, me llamaba mucho la atención. Si podía la tocaba con disimulo. Andaba con cierta cojera pero deprisa, algo de mal genio, yo creo que la pierna ortopédica era la parte más risueña de su figura. A pesar de ese impedimento para el maratón, una noche vino a avisarnos del pase al más allá de otro pariente común, con nocturnidad y urgencia, saltó la puerta metálica de la entrada al jardín, cerrada a llave y canto, con la agilidad de un torero que escapa de los cuernos de un morlaco. Seguramente todos hemos oído hablar del dolor del “miembro fantasma”, la sensación de picor o molestia en el brazo o apéndice que ya no tenemos. A veces el corazón muere cuando se va detrás de otro que no nos corresponde y ya nos duele toda la vida, como si aún lo tuviéramos en el pecho. Sí es cierto que late, pero sólo por obligación legal, no por convicción ni deseo.

A veces el ánimo no llega a fallecer pero desfallece y provoca una herida que nos va desangrando lentamente. Algún hecho nos produce un corte que nunca se cierra y que gotea cada vez que pinchamos en él. La señora que duerme conmigo desde hace tiempo (¡Dios mío!, ¿ya hace tantos años?), antes de entrar en esta coyunda, tuvo un accidente de tráfico, con varias vueltas de campana que estuvieron a punto de hacer sonar en su memoria las de la iglesia del pueblo. No pasó nada, toco madera (me podía haber quedado con la pierna del pariente; una pierna de segunda mano), salió ilesa del cuerpo pero tocada del alma y malherida en el aprecio a los viajes en automóvil. Desde entonces, que viene a coincidir con “desde que la conozco”, se agarra instintivamente e insistentemente al asa lateral de la puerta del coche, sobre todo si viene un camión de frente.

También se agarra fuerte cuando alguna niña va de excursión en autocar y respira a su vuelta. Muere un poquito y pisa luego el suelo con fuerza cuando abandona ese trasunto de presunto ataúd con cuatro ruedas y marcha atrás. Quizás exagero, seguro, pero repite “cuidado”, “cuidado”, “cuidado”, varias veces en cada kilómetro. Seguro que exagero (y además esta noche duermo en el sofá). En el invierno los pies de mi intrépida conductora parecen yertos, pero eso lo llevo en el sueldo.

Por otra parte, el abajo firmante, desde hace unos años, ha venido catando las amargas hieles de la desesperanza, que sonaría algo cursi si no fuera porque es cierto. Por una suma de pequeños rasguños se ha ido formando un ánimo bastante desmejorado. Como diría mi bisabuela, no estaba yo en paraje de muchos bailes en la plaza. Con un poquito de tendencia a las tablas, y con el rabo entre las patas, ya le iba tomando querencia al lado oscuro. Con la ayuda que Dios me dio y San Pedro me bendijo, y la de dos amigos del alma, pocos, pero con un corazón como el motor de un trasatlántico, vamos saliendo del hoyo. Gracias, de corazón. No hay nada mejor para los vivos que el contacto con otros iguales en aspiraciones, buenos deseos, sentimientos o enemigos. De lo contrario la cueva donde nos encerramos pasa sin dificultad a tumba provisional, en espera de la definitiva.

El negocio de la muerte alimenta a muchos vivos que andan por la calle con sus pies y no con ellos por delante. Incluso aquí se producen situaciones hilarantes, que ya es tener mala idea. Se conoce a gente interesante, curiosa, y se tira de la agenda, para comprobar el grado de éxito tras largos años de esfuerzo en tocar las narices a parientes, vecinos, compañeros de trabajo y otras gentes de mal vivir. Incluso alguno ha simulado su entierro, mirando luego desde el balcón de enfrente para darse el gusto de conocer quien vendría, quien lloraría más y que herencia merecía ser aumentada en su porcentaje de testamento. Alguno se ha muerto realmente al comprobar que no había ido ni el cura. Éxito completo. Iremos tomando nota.

En el entierro de mi padre yo tenía veinticinco años, mi hermano algunos menos y mis tíos se encargaron de todo. Oí como uno de ellos decía que tenía que salir con el encargado de la funeraria a ver un local donde estaban expuestos los modelos de apartamento en pino barnizado, castaño o nogal. El encargado le había dicho que había pocos y mi tío añadió que si no le gustaban esos que miraría en el “mostruario”. Yo me reí con cierto malestar interior por lo inadecuado.

Hace unos años me vi en un trance similar, era yo el que miraba el catálogo para mi suegro; el único hombre que quedaba en la casa era yo y eso parece que es cosa de hombres, como el brandy de la rubia y el caballo.

El empleado fue muy atento: lo elegimos todo a medias entre los dos, modelo de tipo medio, precio medio y para la segunda parte una urna de color verde, como de aceituna, a mi suegro le gustaba mucho el aceite de oliva, mucho, y me pareció muy oportuno, de esa manera era como si sus cenizas reposaran en una tinaja. Además era del color del cuerpo, benemérito, que había dispuesto del suyo hasta que se jubiló y aún parece que después no se apañaba a soltarle del todo. El precio también fue de tipo medio, pero aún así fue una de las compras más grandes de su vida, hecha realmente por su viuda, más cara que el piso que compraron para vivir en Almería o el coche. El cielo tiene el metro cuadrado muy caro.

Todo salió bien y estamos muy contentos, dentro de lo que cabe. Un ambiente limpio, funcional, trato profesional, amable y respetuoso y una ceremonia religiosa en la capilla muy humana y cálida. Tan diferente de los entierros del cortijo que parecía otra cosa, aún siendo lo mismo. Cuando acabó la misa y salimos al “hall” de entrada, a la sala de recepción, la gente se fue yendo lentamente, dando el pésame. Estuve a un pelo de crear una situación incómoda. Ya se había ido casi todo el mundo, yo estaba como algo cansado y desesperado por salir de allí, miré a mi esposa y fui a decirle algo. Me puse blanco y me callé. Al lado estaba un pariente, Paco, con quien tengo confianza y le dije: “Mira, he estado a punto de meter la pata. Iba a preguntarle a mi mujer que dónde estaba su padre y que terminara ya lo que estuviera haciendo, que teníamos que irnos todos para la casa”.

Creo que lo comente luego con mi dueña pero ya no lo recuerdo. Una parte de mi memoria, la vital, parece que se ha ido muriendo mientras dedicaba el tiempo a los estudios, y los libros han ido apoderándose de los dominios reservados al recuerdo familiar, mientras huía de mí mismo hacia delante.

Hay también gentes que creen en la reencarnación, como si no hubiera ya bastante con una vida, al menos para los pobres. Ayer, por el paseo marítimo, junto a unos locales cerrados y abandonados, me crucé con dos primos, huérfanos ambos de madre política. Les saludé y se situaron, en ese momento, bajo nuestros pies dos hermosas cucarachas, en la flor de la vida. Un primo le dijo al otro; “Oye, ten cuidado, ya has oído eso de los budistas, de que los difuntos vuelven al mundo en otra forma. A ver si las pisamos y son tu suegra y la mía”. “Sí”, respondió el otro, con un brillo raro en los ojos. Me despedí y me marché andando lentamente, escuchando. No oía nada. Bueno, sí …¡Chof!, ¡chof!

El primo de suegra, Paco, me contó un día en su oficina, seria, de director de entidad comercial, que cuando él tenía diez u once años pasó por unas fiebres muy malas, terribles, no podía orinar y estuvo varios días en la cama, al borde de la muerte. Y me explicaba:

“¡Tiene cojones! ¡Y yo oyéndolo todo! Y el médico, diciéndole a mi madre; “Mire usted, el niño se muere, se nos va, no tiene remedio”. Y yo tieso en la cama, los ojos cerrados, tiritando, pero enterándome de todo. Yo me notaba que me iba. Era una sensación dulce, no te le puedes creer, muy dulce, muy dulce. Esas cosas no se olvidan nunca. No te lo puedes imaginar, muy dulce, mucha paz, muy dulce”.

Hay gente con un apego excesivo, insano, a estar sobre la tierra y no debajo de ella. Con mi abuelo Pedro fui muchas veces en varios años a visitar a un pariente, un cuñado suyo, a un cortijo cercano. “Vamos a ver a este hombre, que se está muriendo”. Su viuda en ciernes me daba siempre al llegar un par de onzas de chocolate que sacaba de una alacena muy cuidada, con puntillas de hilo, tazas, vasos y fotos. Murió, efectivamente, contra su voluntad, creo que cuando subió demasiado el cacao en la bolsa internacional de Franfurt, pero enterró previamente a mi abuelo y a la mitad de sus convecinos, la mayoría sanos y fuertes como robles.

Yo, en la próxima vida, quiero reencarnarme en león. Además de por la melena porque vi ayer en un reportaje de los que ponen a la hora de la siesta, que copula más de treinta veces cada dos días. Las hembras de su harén tenían cara de estar satisfechas. El macho del grupo, al menos en las imágenes, parecía estar todo el día cansado y somnoliento, no me explico la causa. De todas formas yo me tiro el día lo mismo que él, muerto de sueño, y no veo motivos, nunca paso de las veinticinco. Mejor será de cucaracha viril; puedes volar, cambiar de barrio, las hembras son ligeras de alas; no se puede pedir más.
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Bueno, ya estoy aquí, demasiado pronto a mi gusto, pero es lo que hay. No se está mal pegado al suelo, echaré un vuelecillo. ¡Hombre!, ese tío que viene por allí andando es mi primo. Le saludaré, a lo mejor ahora ya no me conoce, con mi nuevo aspecto. Pero, ¿qué va a hacer? Nooooo…¡Chof!
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Publicado por Fendetestas

domingo 28 de junio de 2009

Cotilleando desde mi balcón

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El edificio donde vivo se encuentra frente a otro y, al atardecer, salgo un poquito al balcón, a la fresca, en esta tarde de verano.

Los últimos trinos de algún pajarillo sobre las antenas nos anuncian la noche. Los tordos posándose sobre los tejados en un alarde de valentía, se meten rápidos en sus nidos, antes de que alguien les descubra su refugio.
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Algún avión en el cielo, que me deja estelas de preguntas...: ¿sentirán que alguien les está observando?¿dónde irán?¿o de dónde vendrán? !vaya luna de miel!. Seguro que no vuelve a ser lo mismo. Y es que el enamoramiento es como la gripe y dura lo que dura....el virus.
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La chica del 2º hace ya rato que está estudiando.
Su escritorio está junto a la ventana y el flexo deja a la luz las pocas ganas que le quedan al final del curso.

En el 1º vive una pareja de jubilados. Tienen la ventana abierta y mientras ella plancha (¿las mujeres se jubilan algún día?), él ve la televisión. Él, de vez en cuando, sale al balcón a echarse un cigarrillo. > "¿No te dijo el medico que no fumaras?"<. Pero él, sordo de por sí y sordo de conveniencias, también se lo pasa, como diría el otro, por el forro. ¡Para cuatro días que me quedan y casi es lo único que puedo hacer ¡, parece pensar.
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Y esa mujer de raza afro hace un año que vive en el barrio, pero es mayor. Durante el día se lo pasa bajo un árbol en un parque junto a los demás jubilados que se acercan por allí. Parece que se adaptó bien a su cambio, me creo, pero al atardecer se recoge en el piso de su hijo y la veo detrás de la ventana, apoyada casi sobre sus cristales, ratos y ratos mirando a la calle, pero yo creo que no ve nada de lo que pasa por ella porque debe de estar en otro lugar. ¡ Es de imaginar donde¡.

¡Vaya¡, ¡era mucho rato estudiando!. La chica del 2º, seguro que va a ver a su madre. - "!ya me lo sé". Y su madre la dirá: - "eso también lo dijiste en otro examen y mira, a recuperar. Cuantas veces la misma cantinela. Repasa un ratin ". ¿Véis?, ¡lo que os dije¡. Vuelve a sentarse en el escritorio.
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A la Flora la llevo viendo salir al balcón varias veces. Se asoma un poco y entra en casa. Hace unos meses murió su marido y se quedó sola en casa. Sus hijos, ya casados, pues hacen su vida y ¡claro¡. Debe ser dura la soledad. Las mujeres siempre hablan mal de sus maridos, pero yo creo que es de mentirijillas. Es solo para que notemos que están ahí, que necesitan una atención. Y es que los machos somos la leche. Aún deberemos de echar muchas lágrimas algunos cuando nos falten. !Qué cosas digo!.. ¿y si somos los primeros?.
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En ese balcón del 3º no sé, pero siempre hay alguien llamando por teléfono móvil. Es normal. Son extranjeros y vivirán unos cuantos, claro. Pero, coño, me digo muchas veces, ¿cómo se van a arreglar sus países si no están allí ellos para arreglarlos?.
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La del segundo se vuelve a cansar de estudiar. Ahora irá con la excusa del servicio y que está cansada. Los padres ya nos las sabemos todas. Va !, ¿que me vas tu a contar?, pensareis todos.
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Anda, mira por qué la Flora tanto entrar y salir. Por ahí viene su hijo con el nieto. Debe de tener unos cuantos nietos, pues esta mujer tuvo unos cuantos hijos e hijas. Seguro la darán un rato de felicidad. ¡Jó¡, esta mujer del 2º izquierda no mueve ni pie ni pata. Su silueta aun la veo detrás de la ventana. También es duro abandonar tus tierras, esas que estaban tan acostumbradas a sentirte, como tú a ellas. Digo yo que si pensará volver a verlas. La mujer ya es mayor. La trajo su hijo que llevaba unos años más viviendo aquí. Si un día se muere, se tiene que hacer difícil a sus hijos enterrarla en tierra extraña. ¡Joder que cosas se me pasan por la cabeza¡. Yo siempre les he dicho que mis cenizas a San Frutos, pero, coño, y si no me hacen caso ¿acaso replicaré?. Pues yo que sé que deciros....Bueno, bueno que estábamos cotilleando a mis vecinos.
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La chica del 2º ya no ha vuelto junto al escritorio. Seguro, seguro que ha hartado a su madre. -" ¡Pues haz lo que te salga el chocho. Si suspendes allá tú ¡.

.Las mujeres de aquí son muy rudas. Mira que decirle eso a la chica. Pero es que hay que ponerse en su lugar.

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Bueno que me voy a cenar, que ya es hora.
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A la buenas noches
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Publicado por Esca

domingo 21 de junio de 2009

Jaque mate

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A todo aquel valiente

Ante ningún miedo se arrodille

Bajo nula esperanza

Cabe en una guerra
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Con sólo quince guerreros

Contra un rey que proteger

De lado a lado

En el campo de batalla

Entre mayores y pequeños

Hacia los confines de su universo

Hasta lograr una plena victoria

Para bien o para mal

Por complicado que sea arremeter

Según feroz contrincante

Sin más arma que su mente

So pretexto vencedor

Sobre el enemigo compañero
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Tras un tablero de ajedrez
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Publicado por Cat

lunes 8 de junio de 2009

El eurodiputado



Cuando lo rescataron de las listas del INEM, Nicolás Maldonado todavía creía que ser eurodiputado consistía en regentar clubes de alterne baratos. ¡Coño con la crisis¡, pensó.

La campaña electoral no se le hizo difícil. Recordaba sus tiempos como auxiliar de proxeneta, todo el día y gran parte de la noche, metido en aquella furgoneta con Said recogiendo a las jóvenes rusas de los pisos de albergue para trasladarlas a los "pubs", ya para comenzar o al término de la "jornada laboral". De todo el tinglado, lo único que Colasillo alcanzó averiguar fue que alguien las traía del este de Europa y tras recogerlas en Barajas, las acabada desembarcando en uno de aquellos pisos alquilados donde las recluía y a donde él y Said las recogían y regresaban cada día. Se apercibió de la libreta de muelle que había sobre la mesita de entrada de los pisos y que cuando en aquel día que, aprovechando la espera de las pasajeras, decidió indagar, descubrió una especie de calendario rudimentario donde figuraba el nombre de cada una de ellas con la hora de su entrada y salida. Lo que al principio creyó que era un simple sistema de fichaje laboral, pronto se le revelaría como un ingenioso mecanismo de control de incompatilibilidad que evitaba el ejercicio autónomo de la profesión, fuera de las horas del Club Lady Priston. Con tal bagaje, creyó que ya conocía bastante de Europa.

Aquel fatídico día en que la Tolokonnkova, llevada por un ataque de celos profesionales con su compatriota Valentina, decidiera romper con el miedo y la disciplina, se gestó el fin del Club Lady Priston, al tiempo que el principio de su destino. Tras la redada de la UCRIF, Nicolás no sólo perdió su trabajo, sino el brazo izquierdo como consecuencia de los golpes de vergajo que, sin destino concreto, se repartieron en la oscuridad del reservado hasta acabar encontrando en su cuerpo la única resistencia. Él, que se libró de la mili por no dar la talla, ahora presumía del arrancamiento del miembro superior izquierdo en acto de servicio a la Patria y por culpa de una granada de mano con espoleta retardada, de cuyo acto heroico decía estar en trámites de obtener reconocimiento, medalla al valor y paga.

El muñón nunca le supuso complejo. Antes bien, el hábil manejo adquirido le sirvió como improvisada funda del móvil y como atril de los pliegos mitineros de las arengas políticas, que le redactaban, durante la campaña electoral.

Aunque el momento más culminante de cada acto político en que intervenía siempre recordaría que no eran los vítores ni aplausos conseguidos ni el corrillo con sus correligionarios cuando, como acto de cierre, subían todos al escenario para repartir macetas de hierbabuena y cajitas de tomates "cherry" entre los asistentes, sino cuando a los compases del himno de la coalición política que lo redimió de treinta y seis meses de paro subsidiado comenzaban a sonar atronadoramente a través de los altavoces instalados en la torre del campanario, porque era la señal de que, al tiempo, se abrían las portezuelas traseras de la Iveco y comenzaban a afluir las exquisiteces del catering servido por el restaurante La Albahaca.

Nicolás, " Colasillo maldonao", de los Maldonado de la Rambla Morales de toda la vida, no es que fuera capaz de secar las bodegas de Padules y devorar hasta la mantelería, sino que siempre acaba limpiándose la boca y manos con la corbata a la que, como adminículo desconocido, no encontraba mejor utilidad, y utilizando la aguja metálica de las brochetas como mondadientes.

Pero la grandeza de la democracia es así. Aunque Nicolás no resultó elegido en las urnas, la resolución definitiva de aquel tema judicial sobre blanqueo de capitales y cohecho que llevada instruyéndose y enjuiciándose durante once años, terminó por mandar a los siete compañeros que le precedían en la lista electoral a la prisión de Soto del Real y a él, con sus huesos, a Bruselas.

Desde que a Paco, el hijo de Bartolo "El Masuso", lo hicieran alcalde del pueblo y en aquel Pleno Municipal le hicieran entrega del bastón de mando, Nicolás siempre había justipreciado la importancia que tiene dicha pieza para el pastor, la del báculo del preboste o el bordón para el peregrino; además de su intrínseco valor como ayuda para el ciego, cojo o el anciano y quitamiedos para el amedrentado. Así que, tras acudir a la capital para recibir el acta de eurodiputado electo, su primera visita fue a la bastonearía y sombrerería de la calle de Las Tiendas hasta salir apoyado en uno. A su regreso, los amigos de la peña se reían de él, por lo que hubo de justificar la compañía de su caro garrote en la desgracia o accidente, unas veces, y como regalo del mismísimo Antonio Gala, otras, pues, pensó que, a ese escritor lo conoce, como quien dice, todo el mundo. ¡ Expresiones de la democracia libertaria¡, le decían los amiguetes, que siguieron picándole hasta llegar a aquello de que ¿ a que no eres "macho" de ir con tu bastón al Parlamento Europeo?.

A punto estuvo de peder la apuesta y la fibra varonil de ese pundonor que las mujeres llaman machismo, a no mediar una de esas maliciosas casualidades de la vida en que tras una de aquellas noches postelectorales de francachelas y festejos, no encontró hombro pagado en qué "apoyarse" y hubo de recuperar la estática de la sobriedad con la estética del bastón. Salió a la calle creyendo que lo mirarían cuchicheantes, porque ya creía ser, si no el centro del mundo, sí el centro de Europa, pero sólo fueron las de unos chiquillos, aquellas palabras que lo transformaron.

- ¡Parece un gran señor¡-. Y aquellas palabras, despertaron su orgullo hasta el punto de pasar de ser un beodo a representar el digno papel de actor. Se dio cuenta que una cojera disimulada, contoneada con maestría y un bastón llevado con elegancia, sin petulancia, imprimía personalidad. Imagen, que llaman los asesores políticos a la sutil ciencia del engaño. Y así, ante la luna del espejo, aquella noche se dio a sí mismo el visto bueno y partió hacia el aeropuerto.

Para él era la primera experiencia aeronáutica y por eso tomó las debidas precauciones tan pronto tomó asiento en la zona Vip. Solicitó media docena de güisqui (en vaso ancho y con un sólo hielo, como le gustaba pedir) y esperó a que el sueño cumpliera su papel. Sin embargo, entre el nublo de los vapores etílicos y la presión de los atmosféricos, la reacción se alteró inversa, de tal forma que su acoso y persecución de las mozas por el pasillo y demás recovecos de la aeronave, no sólo estuvo en un trís de acarrear una tragedia aérea, sino un conflicto diplomático, tras la denuncia del Comandante del aerobús de la Compañía Air France, en cuya satisfactoria resolución hubo de intervenir la propia primera dama de la República, segunda de su vigésimo tercer Presidente.


En sus cuatro años de culiparlante, no se recuerda ninguna intervención de Nicolás en el hemiciclo europeo; excepción hecha de aquella moción de Directiva en la que abogaba por la sustitución de la estatua del Maneken-Pis por la del "Caganer" y que, a la postre, acabaría siendo ampliamente derrotada por el chauvinismo belga. Pero su intervención no cayó en saco roto, pues el tratamiento periodístico dado al tema en alguna región española, sirvió para sacar su nombre del anonimato y su candidatura a la reelección.

O, al menos, eso piensa él.
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lunes 25 de mayo de 2009

La luz




Perdí una luz al amanecer
y se volvió color.
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El arco iris lo dejé atrás.
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Diariamente pienso en tiempos lejanos,
pues para mí ya todo es confuso
y la fatiga es rechazada por mi cuerpo.

Quedamos los dos en orillas opuestas,
agua de mar nos separa,
verdes ojos nos unen.

El sol me da la vida que tú te llevaste.
La esperanza me la da el amor.
Cierro los ojos y te veo remoto.
¿ Y tú cómo me ves?.

Me gustaría volver a tenerte cerca,
para poder besar tus labios y así
que mis ojos nunca llorasen.

Feliz se sintió mi cuerpo un día,

más hoy no lo recuerdo
y cada uno de nosotros, recuerda al otro.
Se escapa de mí la fortuna
pues yo sigo siendo la misma y tú has cambiado.

No estaba la mar en calma cuando te fuiste,
estaba crispada pues sabía muy bien
que tú, mi amor, no volverías
y que yo esperando quedaba.

Noche y día impersonal,
recuerdos olvidados y...

Amor pasado.
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Por Missis Brillet

domingo 17 de mayo de 2009

Quitadle la soga al lunes

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Aquella mañana, Luís se levantó de la cama como otro día cualquiera y, después de asearse y tomar un colacao con leche, mecánicamente se encontró, casi todavía medio dormido, debajo de la marquesina esperando su autobús: el nº 54. Y debajo de la marquesina, la misma gente de todos los días, aunque algo mas abrigada que los días pasados. El otoño parecía que quería echar de la gran ciudad a ese verano tan calentito.

¡Joder como cambian las cosas. Con lo buenorra que venia mi vecina que daba gusto madrugar a trabajar solo por ver esos voluptuosos pechos recogidos por esa camisetilla que, apenas, le tapaban sus dianas pronunciadas como cumbres de colinas¡. Y el soso del quinto, ¡¡ cagüendiez !.! Joder con el soso!!. Dicen que se la ha tirado. ¡Va ,si se la ha tirado y no lo cuenta es como si no se la hubiera tirado¡; pero claro, de caballeros es lo que se calla uno y no lo que se dice. En fin....

Ahí va el tripón del bloque de al lado. ¡ Què morenito que viene¡. Los hay con suerte. ¡ Y parece que viene más delgado¡. Lo que hace el dinero. Ahora se cuidará y dejará al penco de la mujer que tiene. Y más después de tocarle veinte kilos. A mi me arreglarían el pellejo, la hipoteca, los colegios de los críos... Puede que hasta la María dejara de trabajar. ¡Total para lo que gana¡. Joder ¡ cuánto tarda este jodido autobús¡. Voy a llegar tarde y luego otra bronca del cabrón del jefe. Y, coño, cuanto frío hace, y yo con este jerseicillo solamente.

Una ráfaga de viento helado de la sierra de Navacerrada recorrió toda la marquesina y un escalofrío recorrió a Luís, desde donde sujetamos erguidos al cuerpo, hasta donde se encuentra éste con la cabeza pasando por la entrepierna que, aún templada por el recuerdo de la cama, resultó de un contraste fatal.

¡Ufffff ¡.Un retortijón y algo calentito y licuoso notó como avanzaba apresuradamente por los mulos. !!Dios mío el colacao!! . ¡Qué digestión y evacuación tan indolora y tan rápida¡, pensó Luís, de por sí estreñido.

Y el autobús 54 que llega. Pues bueno -reaccionó Luís-, cerca del trabajo hay un bar abierto. Allí me apaño, pensó. Si pierdo este autobús me despiden seguro.

No, no, señora suba usted primera. Ya sube tú también, chaval, que ya voy el último yo. No me importa.

Putas escaleras. Se me desparrama todo ¡ hala¡. Y ahora el paseíllo por todo el autobús. Joder cómo me miran o me huelen. Si es que este andar no es normal en mí. Yo tan tieso siempre y hoy, cruzándome las piernas como modelo de pasarela Cibeles pero en lento, no sea que deje rastro. De momento, solo lo noto hasta la rodilla. Coño, y es que la ciencia y los influjos y fuerzas telúricas esas no hay quien las comprenda. Un agujero, dos cauces y por qué por la derecha y no por la izquierda. !! Eso, eso, que se jodan los de la derecha que bien que nos joden a los pobres del puño cerrao¡¡.Ufff, joder que rato¡¡. Mejor me apretaba el esfínter, mejor que el puño.

Señor aquí tiene asiento. Su puta madre. Encima, con el "educao". Todos los días hasta la bandera y hoy... Sí, hoy va a ser mi día: el día de los engurriaos aplataus. Pero ¿como me puede pasar esto a mí?. Del Atleti de toda vida; del Carabanchel alto del alto, no del bajo, y de izquierdas más que el mago René.

Bueno. Pues parece que entramos en calor y parece que se me pasa. Total ya, casi estamos llegando. No, no, pase señora yo el último. Como los toreros y por la puerta grande voy a salir hoy. Si no fuera por... ! ¡¡uuufff ¡¡la madre que las parió a las putas escaleras!. Otro retortijón. Ya si que soy del centro y de los bajos fondos porque yo creo que los cauces del colacao han desembocado en los zapatos. ! Dios salve al rey y a la ciencia !. Al rey por ser rey y la ciencia, porque todo fluido contenido en un cuerpo ejerce un empuje hacia las afueras que a veces no se siente pero que se huele !!

Qué razón tenia ese Arquímedes !!



Por Fernando Sebastián ( Esca)

miércoles 13 de mayo de 2009

De aquelarres, brujas, magos, quiromantes y otras hierbas

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La necesidad de un concilio era evidente, las huestes lo pedían a gritos. Los ánimos estaban hechos y algo caldeados, el deseo de reunión era claro... las dudas asaltaban y la cita se vislumbraba lejana.


Vivir en la incertidumbre nos ponía ansiosos y se presagiaban negros augurios si el evento se posponía. Planes a tan largo plazo podrían truncarse, enfriar voluntades o decepcionar ante tanta dilación. No había que dar tiempo a los hados para que trazasen sus emboscadas, era necesaria resolución, actuar rápido y pillarlos por sorpresa... ¡Las cosas cuanto antes mejor! Sería en Mayo del 2009... Estaba previsto convergiesen los astros en una alineación perfecta... ¿Qué día sería el propicio?...

El concilio se iniciaría el uno del florido mes. Parecía la fecha adecuada...aunque daría pie a ciertos recelos y malignas sospechas... ¿No sugeriría que lo que en realidad buscaban los congregados era el relajo y el puro cachondeo?...

Disipadas tamañas desconfianzas, se fijó el Día del Trabajo como el más apropiado para que una horda de vagos venidos de distintos puntos de la geografía patria , dudo de la corrección política del término, bien pertrechados; nos reuniésemos en la muy noble ciudad de Segovia. Nevera en ristre, plena de ricos caldos traídos desde el sur, éste; llegamos gozosos dispuestos a devorar las delicias gastronómicas propias de la tierra... ¡Pura temeridad teniendo en cuenta el nivel cinco de alerta ante la “fiebre cochina”!

El objetivo de la asamblea se basaba en parámetros puramente culturales, visitar monasterios e iglesias, fotografiando desaforadamente las piedras de los claustros y pórticos como almas recién llegadas del Imperio del Sol Naciente. Instantáneas a “toche y moche” ... ¡¡Están locos estos romanos!!...

Me temo nos confundan con gentes de mal vivir pues algunos no dudaron en exhibirse haciendo alarde de sus aparatos y constan públicos tocamientos de prietos cuerpos que dejaron a alguno más que turbado... algo intimidado...

Hay que reconocer que hubo quien defendió su virtud “a puerta cerrada”...pues la capa la olvido en la casa y las espadas escasean... Aunque otros abrieron presto aun no siendo la llamada en propia puerta...

Dicen que la carne es débil y así debió ser pues ... ¡ El cochinillo estaba muy tierno!... Y acompañado con el vinillo pasaba que era una gloria. Después de tanto exceso la hora sexta se presagiaba tormentosa, algunos no son nadie sin la cabezadita...

Se sucedieron las peregrinaciones y los rituales y en cada visita los maestros canteros nos alertaban de los peligros... Las piedras, duras como la propia vida, nos mostraban retorcidas alimañas como previniéndonos de faltas, lujurias, excesos y males que acechan en el camino. Mientras grotescas caras se burlaban de nosotros sacándonos su petrificada lengua, no sé si queriendo quitarle hierro al tema, como diciendo : ¡Tonto!¡Tus pecados te serán perdonados... o lo más seguro es que en ellos llevarás la penitencia!

FÍN DE LA PRIMERA ETAPA

En la siguiente jornada dos intrépidos espíritus, inocentes y puros, osaron sumarse a tan variopinto guirigay... ¡No! ¡No temáis que ahora eso no es pecado!...¡Qué está bien visto y aceptado!...

Y es así que el dos de Mayo la confluencia astral fue total y las fuerzas telúricas se desataron y nos unieron en fraternal corro por los siglos de los siglos... ¡Amén!

El rito iniciático fue espontáneo, sobrevino natural y sincero... La suerte estaba echada...¡La hoguera la teníamos asegurada!... La Santa Inquisición no andaba lejos... ¡Ya habíamos visto una lápida con espada y alguna pluma !...

Pero tan esperado concilio parecía tener un lema claro : ¡ Comamos y bebamos que mañana ... no sabemos! Y nos tiramos como locos a buscar La Codorniz para hincarle el diente al ternasco y dar buena cuenta del blanco de Nieva... ¡No tenemos cura, ni salvación! Si Dios no lo remedia nuestras carnes mortales arderán en el más profundo, negro y caluroso de los infiernos ... Mientras tanto dedicamos la tarde a estirar las piernas dando un paseo por la ribera, vigilados por el Alcazar, a la sombra de los castaños y las alamedas; acompañados por el murmullo de los ríos que sosegaron nuestro espíritu y refrescaron nuestro cuerpo...

La separación estaba cercana, nos resistíamos a la despedida, para hacerla llevadera la vestimos con los deseos de un próximo encuentro que en el fondo de mi corazón anhelo que suceda...

Y de pronto descubrimos que el aquelarre ha terminado... las luces de la escena se apagan despacio, pausadamente como queriendo estirar el tiempo...Pero este es inexorable y acaba por devolvernos a la dura realidad... ¡Ya lo auguraban la piedras!...

FIN DE LA SEGUNDA ETAPA

En el camino de regreso rumiamos los recuerdos y en el rostro nos luce una suave sonrisa de satisfacción. En mi mente repito como un ensalmo: “M50 – R4 – A6” ... Como el modo de volver a todo lo que ha pasado pero el conjuro no funciona. Debo de ser una alumna torpe y poco aventajada. Estos brujos tendrán que tener mucha paciencia conmigo... No logro dominar tantos encantamientos, exorcismos y hechizos...



¡Qué complicado que es todo! Y lo fácil que parecía cuando estaba con personas como vosotros...

¿Sabéis que os quiero?....Pues... ¡Ea!



Pilara Almería a 7 de Mayo de 2009

miércoles 6 de mayo de 2009

La tía.

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Mi tía es una mujer,
por su natural callada,
quíza por que tiene un secreto,
que a nadie le importa nada.
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Mi tía tiene un balcón,
con cien plantas todo el año,
la que le crece mejor,
es la del desengaño.
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Cuando se marcha mi tío,
la tía cose,friega,borda...plancha
y plancha hasta el llanto,
pliega las sábanas del desencanto.
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Los sábados por la mañana,
con un hombre de otra raza,
las flores de la pasión,
las deshoja en la terraza.
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Es un mulato muy alto,
con la mirada picante,
que ejerce sobre mi tía,
un efecto hipnotizante.
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Baja la tía cantando,
cuando se marcha el mulato,
y se llena de alegría,
la escalera por un rato.


Dedicada a mi tía,que se marchita en un piso del eixample barcelonés,
junto a un hombre que no la quiere.

martes 21 de abril de 2009

“Una familia como de encargo”

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Isidoro Vallecillo sonreía de oreja a oreja. Lo había conseguido. Había tenido tiempo suficiente para pensar y planearlo todo a conciencia. De sobra. Seis años a pulso y casi cuatro meses con el tercer grado.

En el talego todos hablaban bien de él. Siempre le hacían la misma pregunta y siempre respondía igual: “Por buena persona”. No daba más explicaciones. En realidad casi no recordaba nada de aquel día.
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En el juicio su abogado, magnífico, alegó la atenuante de posible trastorno mental transitorio, junto con sus antecedentes de orfandad, su infancia en un hospicio y una inteligencia casi “bordeline”. El informe del perito psicólogo era concluyente: sufría momentos de aislamiento, de “desconexión” – sí, eso fue lo que dijo-, pero no parecía estar dentro de ningún síndrome claro, no tenía conciencia del dolor infringido, pero no llegaba a ser técnicamente un psicópata. Aún así, tampoco era seguro que, en ese caso, si lo fuera realmente, tuviese una recidiva. A veces un episodio violento no tiene continuación. También estaba la presunción de inocencia: no habían encontrado el arma y sólo se presentaron pruebas circunstanciales. La recomendación del informe era el internamiento en un módulo vigilado de un hospital psiquiátrico para ver su evolución.

El Fiscal no lo vio claro. No le gustaba la mirada de Isidoro. El Juez, Don Laureano Hurtado Aldea-Alta, sí pareció atender a las recomendaciones, pero estaba atado de pies y manos. El informe era de parte, el Fiscal no cedía. No tuvo más remedio que aplicar la pena, pero en su grado mínimo, en lo más bajo de la horquilla. Don Laureano se portó como un padre, algo que Isidoro nunca tuvo. No se olvidó de él ni un solo día en su chabolo.

Cuando salió de permiso navideño no lo pensó ni dos segundos. Sintió la necesidad, la llamada de Madrid. Volver a verle, intentar saludarle. Nunca pudo darle las gracias. Además todo estaba ya decidido.

Cogió el primer autobús que pasaba por Nanclares con destino a Madrid y se presentó a las nueve de la mañana del lunes en los Juzgados de Plaza de Castilla. Entró como en su casa y preguntó por él. No llegaba hasta las diez. Salió y echó a andar hacia las dos torres, calle arriba. Siempre le habían llamado la atención, pero nunca se atrevió a entrar, ni siquiera a estar cerca o debajo de una de ellas. No le gustaban los edificios torcidos. No entendía como podían gustarle a nadie. Cuando estuvo delante de la puerta de cristales se sintió extraño, oía ruidos, parecían voces que provenían de algún sitio de su cabeza, pitidos agudos y notó que las piernas le flaqueaban. Echó a correr hacia atrás, volviendo los pasos. Se sentó en un banco al lado de la puerta de los Juzgados y sin darse cuenta se durmió.

Estuvo casi toda la mañana medio acostado en el banco, hasta que un poco escamado le despertó el policía de guardia de puertas.

¡Ya eran casi las tres!. Se incorporó con dificultad y casi mareado miró hacia la puerta. Don Laureano bajaba las escaleras con su cartera negra. Tenía cara de buena persona, como él. Fácilmente habría podido pasar por ser su hijo. Le reconoció de inmediato. Nadie olvida fácilmente la cara de su padre. Fue a decirle algo pero las voces le indicaron en voz baja que esperase a otro momento, más adelante.

Regresó al mismo banco el resto de días de la semana, hasta el jueves. La tarde anterior había alquilado un coche pequeño, un Opel Corsa blanco, nada espectacular, nada llamativo. Don Laureano aparcaba su Mercedes en un parking muy cercano, casi reservado a magistrados y abogados. Isidoro lo sabía, quería hacer las mismas cosas que él, moverse en su ambiente, y convenció al vigilante jurado del aparcamiento de que él era Procurador; bastó con citarle que llevaba prisa para un juicio por tercería de dominio y que el hueco que le venía bien era el que estaba un poco más allá del ocupado por el coche de Don Laureano Hurtado. Entró a media mañana, dejo el coche y a las tres de la tarde regresó, entrando en el aparcamiento detrás de Don Laureano, ambos saludaron al guardia y esté entendió que se conocían. Aquel procurador no era como otros, tenía cara de buena gente, con esa sonrisa y saludando al entrar y al salir. El coche le llamó la atención, pero le explicó que era el de su mujer, maestra en Palomeras Bajas. No era cosa de ir por allí llamando la atención.

Además, de algo le había servido a Isidoro el haber leído en la biblioteca del centro penitenciario varios ejemplares de las Memorias Anuales del Consejo General del Poder Judicial. Tenía tiempo libre de sobra. No entendía casi nada pero se sabía de memoria los nombres de cientos de magistrados, letrados, fiscales jefes y jefes de sala y la tipología de los delitos, faltas y sentencias más comunes.

Despacio siguió a D. Laureano hasta su casa, un bonito tríplex adosado situado en la zona de expansión de Arturo Soria. Aparcó un poco lejos, lo suficiente para no ser visto pero tampoco tanto como para no poder observar a la esposa del juez cuando salió a recibirle. Era una mujer preciosa, una dama, elegante, sin excesivo arreglo. Llevaba un sombrero y unos guantes de goma, que usaría sin duda para cuidar el jardín delantero de la casa. Debería tener unos cincuenta años, aunque no se apreciaba ninguna arruga, solo la belleza de la felicidad y un brillante cabello rubio que pareció palidecer ante la sonrisa que dedicó a D. Laureano. Se querían, sin duda. Él les miraba, absorto y emocionado, prendado de aquellas muestras de cariño. Había elegido bien a sus padres.
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Isidoro durmió aquella noche dentro su automóvil, muy cerca de la casa. Era la víspera de Nochebuena y al día siguiente, sin duda, prepararían la cena familiar. Despertó con los primeros ruidos del alba y esperó pacientemente la salida y la marcha del juez a su trabajo.
A media mañana se arregló lo mejor posible, se cambió de chaqueta y pantalón con mucha dificultad y cuidado, se peinó y perfumó dentro del coche, lo traía todo preparado, y tocó al timbre. Le abrió la asistenta, una joven ecuatoriana, regordeta pero muy dispuesta y servicial. Llevaba sólo dos semanas en la casa y no conocía a la mayoría de los amigos de la familia. Isidoro se identificó como Procurador de los Tribunales y como portador de una documentación de interés solicitada por el Juez sobre un asunto de urgente investigación. La muchacha no se extrañó de la visita ni del aspecto del visitante; bien vestido, educado y entendido en leyes, sin duda era lo que decía. Hablaba con una fluidez y una elegancia natural que le ruborizaba y a la vez le atraía.

Isidoro entró en la casa detrás de ella. De inmediato, al volver la cabeza, y antes de que reaccionara, le cubrió la boca con un pañuelo y le hizo respirar a la vez algo que le envió por varias horas al mundo de los sueños y la ató con una cuerda de las que él ocultaba en su portafolios. Sorprendió a la señora por la espalda, en la cocina, narcotizándola y maniatándola. Volvió a por la criada, y las colocó a las dos, cada una en una silla, alrededor de la mesa del salón.

Esperó pacientemente la vuelta del juez a la hora de la comida del mediodía. Algo tarde, casi a las cuatro, éste regresó, ajeno a todo, y se encontró dormido y uncido a la mesa del comedor nada más entrar en la casa.
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Isidoro dispuso el mejor banquete que pudo imaginar, preparó el mantel, las copas y la vajilla de lujo que cogió de las vitrinas, se vistió con un traje del juez, con una corbata de seda; todo era de su talla. Sacó el champán, guardado en la nevera para la cena. Isidoro iba a celebrar una comida de navidad, la más importante de su vida, con su familia, una familia perfecta, como de encargo.

Nunca olvidaría aquel momento, sería su sueño eterno, todos en la mesa riendo, su corazón saltaba de alegría y sentía que estaba llegando el momento. Las voces volvieron a sonar: “Ahora” le dijeron. Sacó el revolver de su maletín, lo puso junto a la botella y sonaron dos chasquidos, dos ruidos secos, confundiendo y mezclando sobre la mesa la espuma del vino con la de su sangre.-



Fendetestas (08/11/2005)

sábado 11 de abril de 2009

La luciérnaga


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Dedicatoria:
A Syr
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Los sabios ignoran cómo y para qué encienden sus lucecitas las luciérnagas.
Los poetas..., los poetas han dicho muchas tonterías a propósito de estos gusanos.
Los chiquillos de Cecebre afirman que el vermes luminoso oculto en el zarzal es una viejecita que cuida el fuego de su cena de harina de maíz.

Tampoco es verdad.

La verdad la sé yo y voy a contárosla:

Llueve a torrentes, el viento hace caer la fruta de los manzanos que hay ante mi balcón y en la fraga todos los bichejos se han escondido en las madrigueras.

Ocurrió, amigos míos, que la luciérnaga, cuando no era más que un gusano oscuro y vulgar, vió en una magnífica mañana de sol, una tela de araña magnífica y sutil, luciendo con los colores del iris y adornada con unas gotitas de rocío que fulguraban como polvo de estrellas. Y el humilde gusanito, quedó deslumbrado ante su magnificencia. Recogido e inmóvil sobre su zarza, meditó largo tiempo.

La verdad es – se dijo- que todos somos hijos de Dios, pero la Naturaleza me ha postergado injustamente. Nadie hay más feo, más inútil ni más débil que yo. No soy sino un pobre gusano y ni en mí ni en mis obras puede encontrarse la menor belleza. Sin embargo, tengo un buen corazón y me gustaría alegrar la vida a los demás, cantando como el ruiseñor o tejiendo telas brillantes como las de la araña. A la fuerza, algo habré debido hacer u omitir para que se me haya impuesto este castigo.

Marchó, pus, a ver a la señora araña y le dijo: ¿ Qué has hecho para merecer tanto bien?. La araña, vaciló y respondió: No sé. Procuro librar a los hombres de las pesadísimas y antihigiénicas moscas.

El gusano, sintió su corazoncito inflamado en caridad y decidió peregrinar el mundo para ganar el amor de la Madre Naturaleza..

Vió animales hermosos como las moscas con cuerpo de zafiro; víboras agudas como puñales y color de acero; liebres ágiles; gavilanes de mirada penetrante... La luciérnaga, en su insignificancia, ante todos se humillaba.

Conoció a animales hermosos como el búfalo imponente de melenuda giba; al buitre de cabeza calva, al listado tigre... y ante todos se humilló y comprendió su pequeñez.

Envidió noblemente desde los cantiles, los colmillos de las morsas, la mole de las ballenas y la blanca piel de los osos y hasta las rojas patas de las garzas.

Un día le detuvieron los lamentos angustiosos de un ave herida por la flecha de un cazador. Se sintió estremecida y preguntó: ¿Qué puedo hacer por ti?. El ave le explicó que próximo a ella estaba el árbol con su nido donde su hijo agonizaba de hambre.
- Nada valgo y sólo una cosa puedo hacer. Subiré al árbol y ofreceré mi propio cuerpo a tu hijo. Y subió.

Vió en el borde del nido a un ser pelado y deforme y un pico negruzco ávidamente abierto. El gusano cerró los ojos y dijo: Aquí estoy. Pero el pico abierto no avanzó. Había muerto el polluelo.

La luciérnaga, bajó del árbol y continuó su peregrinar.

Al fin encontró a la Madre Naturaleza atareada en la elaboración de la tintura verde, pues se acercaba la Primavera.

-Madre – dijo el gusano- ¿ qué ha hecho mejor que yo la araña, el rinoceronte, la ballena o el tigre?. Tú no eres sino una deidad monstruosa que te nutres del sufrimiento de criaturas como yo y sólo otorgas dones a las más feroces.

Y volvió a su zarzal.

En cuanto llegó, vió que de su cuerpo brotaba de su cuerpo un resplandor pálido, entre verdoso y azul, que hacía de ella un brillante, un trocito de estrella.

Comprendió que las Naturaleza había querido castigar su osadía haciendo que hasta en las tinieblas se viese su humilde condición de gusano que la delatase a sus enemigos.

Pero aún en lo que da como castigo, pone novedad y hermosura la Naturaleza. Desde entonces, la luciérnaga va condenada a decir: ¡ Ved que humilde soy!.



¡Pero lo dice tan bellamente...¡

domingo 29 de marzo de 2009

Musa triste

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Infinita tristeza cubre mis sueños.

Ya no podré tenerte cerca.
Te fuiste de este mundo,
para perderte en el limbo.
¿ Serás, quizá, feliz ahora?.
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Los rayos de sol vienen a converger
en el mismo punto donde ayer te amé
y hoy no puedo volver.

Musas de blancas imágenes, cubren
gran parte de mi pensamiento.
Al mar fueron mis ilusiones.
Mis huesos en agua cayeron.

No lleves flores a mi tumba, pues
mis restos, por desgracia, amor desaparecieron.
Y mi alma hasta el cielo subió.

No quiero que recuerdes mi vida.
Sólo pasé en la tierra el tiempo necesario
para olvidar que había nacido.

............Infinita tristeza cubre mis sueños.

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jueves 19 de marzo de 2009

Aligerando carga

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Los lunes son días duros, te pillan un poco desentrenada y fuera de juego. Vuelves del “finde” sumergida en la molicie, acostumbrada a la tranquilidad, al reposo y caes con los ojos aún llenos de legañas en la vorágine laboral donde los asuntos de la semana anterior, en vez de diluirse, se han fermentado y la distancia lejos de ser el olvido los ha convertido en un artefacto explosivo que sientes que esté a punto de estallar.

Queda mucha semana por delante y echas mano de los gratos recuerdos, poniendo de este modo en buen uso el pasado o tiras de ilusiones y proyectos de futuro para darte un respiro en este presente que te está matando y poder seguir afrontando la dichosa semanita con buen ánimo...
Pero, la recien iniciada “realidad semanal” es insistente, tozuda y machacona, casi tanto como una madre o una esposa -las feministas acabarían conmigo en este punto- aunque no hay que negar que la idea es muy gráfica sobre todo para los del otro sexo.
El ritmo de trabajo va increscendo. El entorno putrefacto va soltando los gases correspondientes que con la suficiente presión, el mucho roce – que aquí no hace el cariño- si no que genera fricción que hace que se caldee el ambiente y se provoque alguna “chispa” que no es que haga estallar la bomba, no, gracias al inhibidor de la educación y las buenas maneras, el artefacto aún soporta muchos bares (ahí es donde me gustaría estar) pero sí te pone un rictus que te ensombrece el rostro haciendo que te sobrevuele una nube negra de la que salen rayos y truenos que te ponen los pelos de punta, además de arrugarte el entrecejo (lo que me faltaba) , afearte y envejecerte más aún ¡¡Van a acabar conmigo!!... Eso que no hemos hecho más que empezar la
semana y ya está tan cuesta arriba.

Veo una luz al final del túnel. Serán los ansiados albores del tan lejano, próximo “wiquend”...puede ser, aunque lo que en realidad ha venido en mi socorro ha sido un vejete dicharachero e inquieto que siempre está animado y que sacándome de mis preocupaciones me dice sonriente:

- ¡¡Qué cara más seria tienes hoy!!

Antonio, le contesto sacando un poco de sentido del humor, ¡¡que lo que no tiene solución,...no tiene solución!!

Y él me aconseja seriamente sin perder su jovialidad y haciendo gestos que acompañan sus palabras :

- Haz lo mismo que yo que ya tengo ochenta y cinco años...¡¡Échatelo a las espaldas... pero sin saco ni “na”!!

Me rio de buena gana, le digo que me lo repita que eso tengo que apuntármelo y animado continúa , me lo repite para que lo recuerde que la carga tiene que ir sin saco y guiñándome un ojo explica:

- Para que se escurra , no te estorbe y puedas andar libre sin que nada te moleste.

Es toda una bocanada de aire fresco.
Antonio me pide cita médica para su señora, lo primero es lo primero, para el martes le ha dicho y el obedece solícito y luego, lanzándome la tarjeta sanitaria como si jugásemos al tute, me dice :

- Ahora...para el Sevilla, refiriéndose a él mismo, Sociedad Anónima...para el jueves!!

Sin “saco”, le digo sonriendo, el jueves...¡¡Pues no va a venir usted libre ni “na”!!

Los dos reimos con gusto y la distensión se nota en el ambiente que parece renovado.

“Mis viejecillos” como yo les digo cariñosamente, me alegran la vida más de una vez. Son una fuente de sabiduría, destilan auténtica filosofía popular y lo mejor es que están dispuestos a compartirla contigo a poco que los escuches.

En alguna ocasión no me he podido contener y a alguno le he dicho después de alguna “caida” memorable... ¡¡¡Es que los tengo que querer!!!... siempre, eso sí, delante de sus “sufridas” esposas.

domingo 8 de marzo de 2009

De nada y de nadie



Yo nací en San Pedro, un pueblo del pirineo catalán, habitado, según el maestro que nos instruyó, desde tiempos muy antiguos.

La nuestra, era la casa central del pueblo, que agrupaba los servicios municipales, siendo estafeta, taberna y farmacia, todo en uno.

El camino que iba a torcer nuestras vidas, pasó por la llegada al contorno de los "pantaneros". Un ejército de peones, albañiles y arquitectos, levantaron la presa que anegó mi adolescencia.

Varios se instalaron en el pueblo. Yo era entonces una niña, que ya sentía en su interior la inminente llegada de la madurez. Que leía con deleite unas líneas escritas a lápiz, sobre el yeso de una entrada, por un miliciano republicano:

"Aquí resistimos, yo, Juan Pérez y tres milicianos más, tres días, casi sin comida.
Te quiero Teresa.
Viva la República!"


Eran los recién llegados, muchos andaluces, inmigrantes en busca de trabajo. Los que se hospedaban en mi casa eran "jefes",traían una radio.

Mi madre la escuchaba embelesada; bueno, todos. Nunca vimos nada igual!.

Empezaron también a llegar revistas. Esperaba ansiosa al hombre que me las traía de Barcelona. A mi y a mi madre, que cada día descubría una nueva virtud en aquel mundo lejano, donde las señoritas estudiaban francés,"Fíjate, Cristina, francés!!"-me decía. Un mundo con radio, tranvías, ascensores, cuartos de baño de glacial blancura, suelos de baldosas relucientes...

Habiendo cobrado, algunos, las indemnizaciones por sus tierras inundadas, vi como, poco a poco, mis compañeras de juegos abandonaban la plaza, que fue quedando vacía.

Fueron cerrándose casas y creciendo, en la mía, el mismo nerviosismo que en otras.

"Manuel"-decía mi madre-"esto no puede ser. Aquí, ni estudiar pueden los niños. Vendamos las tierras, antes que nos quedemos solos en el pueblo."

Mi padre movía la cabeza en silencio, sin decir ni sí, ni no.
Fue que sí, y entramos a vivir en un piso horrible, en la zona industrial barcelonesa.

Mientras me acicalaba para ir a mi primera clase de escuela en la capital, mamá decía:"Que no se te note que eres de fuera".

Pasé largos días sin salir de casa. ¿Qué se hace en la ciudad?. En el pueblo hubiese sabido siempre qué hacer.

La antigua torre árabe que veía desde mi ventana, la sustituyó la altísima chimenea de la fábrica de papá.

Crecí viendo como mi hermano y mi padre se dejaban la piel en jornadas agotadoras para mantener el ritmo de vida que la ciudad, y mamá, imponían.

Mamá vivía en la gloria; por fin vivíamos como las personas, y no como animales en aquellos montes (cuya venta nos hizo "ricos").

Papá se buscó un huertecito, llevado, creo yo, por la nostalgia. Mientras, mamá lucía palmito en las cafeterías de postín, donde iban las "señoras".


**************

Me casé. "Que no se te note que eres de montaña", me decía mi madre, mientras arreglaba el vestido.

No tuve hijos y ahora estoy sola.

Recibí ésta mañana una extraña llamada:
-"Es usted Cristina Llevot?"
-Si..
-Posée una casa en San Pedro,¿no es así?.
_No. Allí vivían mis padres. Vendieron la casa hace mucho...
-No me consta que sea así. Al contrario, aparece usted como propietaria en el registro. Mire, represento a la firma que ha comprado San Pedro. Han vendido todos. Ya queda usted. No ha sido fácil encontrarla...


**************

-"Mamá, por qué no vendisteis la casa","Mamá, la casa..¿me entiendes?"-mamá tiene demencia y no sé si se entera de algo...
-"Nadie"-dice al fin-"nadie!...tiene que saber dónde vivíamos...a nadie le importa nada...miseria!...nada...nadie..."-y así la dejo.

Voy hacia San Pedro.

Aparco el coche para entrar en mi pueblo, cuarenta años más tarde.

Algunas casas derrumbadas taponan las calles; otras se ven despeñadas barranco abajo.

Encuentro mi casa con la puerta abierta; mis revistas amarillentas por el suelo, fuera de su maleta.
Recojo unas cuantas, muy emocionada.

Entro y llego hasta la cocina, y su banco junto al fuego, en el que, tras el duro día, papá, aquel hombre cansado, a petición nuestra, tocaba el acordeón, antes que hubiese radio."Qué queréis-decía a veces-me criaron para trabajar, y otra cosa no se hacer."

Aún quedan cacharros de mamá, platos, cubiertos, ropa en las cajoneras...

Al entrar al dormitorio de mis padres y ver todavía la cama, me enternecí, y lloré en el silencio absoluto...

Y mi cuarto estaba vacío; quedaban botellas, restos del bar y farmacia...un reloj que marca las nueve y veinte....Quizás se paró al dejar la casa...

Aún pude leer entre lágrimas:
-"Aquí resistimos, yo, Juan Pérez, y.....Te quiero, Teresa. Viva la República."

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Muy amable, el señor que ha comprado el pueblo, junto a la torre que lo preside, me explica su proyecto. Cuando se marcha, la nostalgia me invade.

-Escapamos de aquí como del fuego-pienso, sorbiéndome unas lágrimas amargas-. Salimos casi de noche, como aquel que se avergüenza...no llevando nada con nosotros. Ni ropa, más que la puesta, ni el recuerdo siquiera nos llevamos, en aquella huída hacia adelante...

El relumbrante sol de la nueva vida, dejaba a nuestras espaldas la más oscura de las sombras.

San Pedro mira, desde una roca imponente, su barranco de árboles centenarios de verdor incomparable.
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Un húmedo silencio de bosque encantado lo envuelve todo...vierte su esencia a raudales aquí la naturaleza... y nosotros salimos huyendo.



Huyendo, Dios mío...huyendo de nada...de nadie...

sábado 28 de febrero de 2009

EL NEGOCIADOR

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Desde el día en que finalizó el master, no se había enfrentado a un caso profesional tan peliagudo. Es cierto que abrió consulta, pero sus clientes, a los que prefería llamar pacientes, sólo presentaban problemas conductuales de integración o, cuando más, de orientación profesional.

Sin embargo, aquello era distinto. Por eso, cuando recibió el encargo del propio Comisario Godoy, quedó abrumado. Aunque orgulloso, estaba sobrecogido ante la responsabilidad del reto profesional al que se había de enfrentar.

Los hechos, en esencia, se habían producido en fechas ya lejanas. Concretamente en la Navidad pasada, hacía ya dos meses. En esos precisos días en que el sentimiento está más florecido entre los humanos, y por eso tenía aquellos tintes macabros de dificultad. Cuando los deseos de paz y felicidad se convierten en saludo cotidiano, el corazón y el ánimo toman la lengua como parrilla de salida, y los balcones y ventanas se engalanan con guirnaldas y luces de colores intermitentes, se había producido el secuestro de aquellas cuatro inocentes criaturillas.

Quizá fuese esa misma circunstancia el motivo por el que casi nadie reparó en su trascendencia. Pensaban que todo pasaría a convertirse en mera anécdota y que, pronto, la situación quedaría resuelta. Era Navidad y, a buen seguro, el sentimiento entrañable que rodea esos días tan especiales, terminaría por reconducir a la normalidad aquel suceso. Naturalmente.

Pasaron, no obstante, los días y la situación se enquistó. Por eso, cuando el mes de enero rozaba su fin, comenzaron las primeras actuaciones.

Todo resultó infructuoso. El acceso al secuestrador no dio resultado alguno. Desconectado de teléfono y haciendo oídos sordos a toda petición de liberación de rehenes, aquello parecía no tener fin. La angustia crecía. El acceso al edificio se veía dificultado por la antepuerta del enrejado que protegía la blindada principal, y la operación contemplada respecto a la intervención de recursos especiales de asalto, descolgándose por la fachada o escalándola, fue desechada por el peligro que entrañaba para la seguridad tanto de los liberadores como de los propios vecinos del resto del edificio. Hasta Lola había intentado su liberación tirando de esas pequeñas criaturas desde la terraza del piso superior hasta que el desgarramiento de alguna pieza de su vestimenta, le hizo desistir en su empeño libertador.

Así las cosas, en el mes de febrero se decidió recurrir a los servicios de un profesional para intentar mediar en la resolución del secuestro.

Cuando Pedro recibió el encargo, tras sacudirse del aturullo de la primera impresión ( ¿"por qué yo?"), se dispuso a repasar los protocolos convencionales de actuación aprendidos para este tipo de situaciones. Mantuvo reuniones con los afligidos afectados por vínculo directo de las víctimas e intentó extraer el perfil psicológico del autor de la injustificada retención.

Fue de este modo como comprendió la dificultad real a la que se enfrentaba. Se trataba de un varón octogenario que vivía en el tercer piso. Debajo, exactamente, de sus interlocutores y afectados quienes le proporcionaron toda clase de detalles: varón, viudo, bastante sordo, militar de alta graduación jubilado, y sólo. También le comentaron que antaño había sido jovial, educado y de carácter afable, pero desde que casó a la nieta que con él convivía y ésta abandonara el hogar del abuelo para establecerse con su reciente marido en casa propia en Marbella, la soledad había sacudido al viejo como la estera a una alfombra persa ajada, a la que se sacara su más escondida borra. Que, repentinamente, su carácter se agrió y presentaba, desde entonces, quejas vecinales por cualquier acción cotidiana por insignificante que aquella fuese. Hasta el punto de considerar, incluso, que el goteo imperceptible del riego de las macetas de geranios del vecino de arriba, suponía una " invasión de su espacio", en clara alusión a un término propiamente acuñado en el Cuerpo de Artillería al que perteneció en su juventud.

Pedro entendía que las especiales características personales de aquel secuestrador harían perecer las estrategias psicológicas de los manuales al uso. Por otro lado, las técnicas de supervivencia adquiridas en la vida militar del autor, hacían previsible un largo asedio y ya habían transcurrido dos meses desde la última Navidad. La soledad y la sordera, tampoco contribuían a facilitar su labor.

Fue tras la inspección ocular del lugar, mientras tomaba una fría cerveza con melva en salazón en aquel kiosco que presidía la plazuela donde se ubicaba el piso objeto de la intervención, donde le estalló la idea. Ordenó desatar el extremo del cordón donde se encontraban adherida la fila de los cuatro papanoeles, en hito de iniciar la ascensión. Al momento, la fila de muñecos rojos con borla y saco blanco cayó quedando, éstos, sujetos únicamente por el extremo inferior de la guita que el vecino del tercero mantenía, desde aquella Navidad pasada, y conscientemente aprisionada con su toldo azul recogido; de tal guisa que, ahora, más daba la impresión que los muñecos estuvieran ascendiendo al tercero, que ser decoración navideña del cuarto piso del edificio.

El resto fue tan sólo cuestión de tiempo. En plena Cuaresma y con un balcón adornado aún por cuatro papanoeles, el interfono de aquel tercer piso no encontró momento de respiro. Las chanzas y bromas de que fue objeto su morador, tampoco.

Fue la presión social la que terminó por minar su tozudez, desmoronándolo. Y al día siguiente, aprovechando el momento calculado en que el vecino solía salir a pasear a Mongui, el vecino del tercero subió el tiro de escalera y, sigilosamente, depositó la cuerda de los cuatro papanoeles frente a la puerta cerrada de sus dueños. Sin petición de rescate alguno.


Pedro, humilde como siempre, rechazó premios, homenajes y recompensa. Se limitó a comentar que no había sido producto de la psicología aplicada, sino de un conveniente cambio de postura.


Simplemente eso.

miércoles 18 de febrero de 2009

CONFESIONES

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Quién eres
Por qué llamas a mi puerta,
si es triste la noche.

Por qué corres a buscarme,
si yo no estoy allí.

Quién es.

Yo sé.

La luz de la mañana
que aún no ha llegado.

La clara mirada que el cielo
no ve.

Y estás aquí, estás y no te veo:
Te siento, volátil y mágico.

Adormecido en el grito vacío
de la ilusión,
laureado en el sentimiento del olvido,
descalzo en el aledaño gris de mi esperanza.

Lloras. Recuerdas que ayer es nunca.

Trémula mano tiende mi velo,
un lirio rosa enciende tu luz.

Acércate: mañana es hoy volcado al ensueño.
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Publicado por Missis Brillet

sábado 7 de febrero de 2009

Si el hombre pudiera...

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Si el hombre pudiera
decir lo que ama …

Volaría sobre el mundo y, a grandes voces,
clamaría que te amo,
que mi mano duerme ceñida a tu talle,
que sueño contigo y muero si despierto.

Si el hombre pudiera …
ser libre y volar,
libre de vivir en un sueño.

Si pudiera hablar de ti,
el corazón saltaría, en éxtasis,
derramando torrentes de dulces lágrimas.
Ríos de amor que mueven el molino de la vida.

Si un hombre pudiera saltar al vacío,
y volar, volar,
me arrojaría al valle de tu cuerpo,
no dudaría.

Si el hombre pudiera amar lo que añora,
mientras sus manos mecen el trigal de tu pelo,
suaves lazos que encadenan mis ojos,
sería feliz.

Amar lo que ansía,
la vida, que corre y se aleja,
arrojando migajas al paso.

¡Quiero estar ahíto de placer,
embotado de la dicha de tu voz!
Tu presencia me alimenta, me trastorna.
¿Dónde queda la razón?
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Si el hombre pudiera decir lo que ama,
no dudaría.
¿Puede ser, alguna vez, demasiado perfecto el amor?
¿Puede ser, alguna vez, compartido el corazón?

miércoles 28 de enero de 2009

Esos ojos que me miran

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¿Cómo me metí en esto?

Cuando tenía 13 años, mi padre tuvo la feliz idea de llevarnos a toda la familia de visita a San Climent de Taüll. La visión del pantocrátor produjo en mí una vivísima impresión.

Sobretodo la mirada de Cristo. Aquella mirada que, a priori, parecía perdida y que se convertía al pasar el tiempo en penetrante. Tanto que a mi me se me figuraba que me traspasaba.

Y en la inocencia del prepúber, pensaba: cuando nadie queda aquí y la iglesia se cierra, ¿hacia adónde mira el pantocrátor?. Y le daba muchas vueltas a la idea.

Ésta idea sentida, siendo como era un fervoroso creyente en aquel tiempo, y las sensaciones recogidas, fueron una delicia.

Pasados unos años, compartí un curso educativo con un libro de religión que, casualmente, reproducía el ábside de Taüll. Aquella mirada, aunque mi fervor iba en merma franca, seguía fija en mis pensamientos. Reviví a mi pesar aquellas sensaciones de mi niñez y, siendo todavía un adolescente, y quizá por eso también, volví a fantasear con ése algo lejano de hacia dónde mira el pantocrátor, sin hallar respuesta.

Y con esos ojos convertidos en dos clavos en mi memoria, que fui incapaz de arrancar.

Aquella profunda mirada que ya se hacía obsesiva, pronto iba a relegarla por unos ojos más terrenales.

No fueron los montes territorio extraño para mi; antes bien, los tome por derecho a la busca, primero de fósiles, luego de restos megalíticos, paleolíticos, romános, íberos... Íbamos en bicicleta y no teníamos novia.

Comprábamos libros de especialistas de arqueología y revistas, aconsejados por los mayores, que ya eran universitarios, y nos hicimos nuestro pequeño museo (era nimio nuestro expolio) privado, por supuesto. Ninguno acabamos los estudios: había que trabajar.

Ya en solitario, con algunos años más a cuestas, di rienda suelta a dos aficiones que me volvían a sacar al monte, si es que lo abandoné alguna vez: la pesca y la escalada deportiva.

Había que moverse, y en ése movimiento me empezaba a encontrar, en ocasiones, en solitarios parajes de singular belleza que, casi siempre, presidía un templo cristiano,"románico" pensaba en mi interior, sin sospechar lo que la palabra iba a significar para mi más adelante.


Hallándome una tarde cansado de pescar, me acerqué a un templo cercano, por descansar a la sombra de su bóveda.

La imagen de un tipo con chaleco verde, botas altas de neopreno y una caña de 2´10 en la mano, al abrigo del cister, no la hubiera delirado ni el mismo Dalí. Chocante de veras, pensé.

En éstas estaba cuando se acercó a mi un hombre que, abandonando su 4x4 dijo: "mucho ha de gustarte esto para llegar hasta aquí."
- Es cierto, le respondí.
- Lástima, afirmó, que el monasterio esté como está. Aún vi el agua correr por sus gárgolas, y mis bisabuelos, tomaron aquí lección con las monjas.

Me recomendó visitar una serie de lugares con edificios donde, como el decía, todavía se conservan les voltes, esto es, los arcos.

Marchóse y quedéme en la más absoluta soledad. Y fue recorriendo con la mirada los muros cuando las vi las marcas de cantería en las que nunca reparé y, puesto en pie, rodeé el templo como un sabueso rastreando su presa.

Había muchas. Hice fotos y empecé a conjeturar sin base alguna, por lo que pasaron a la categoría de misterio.

Pasado un tiempo y a raíz del interés por lo "sobrenatural" del vástago que ha de redimir, espero, esta vida caduca, me atreví una tarde a enseñarle mis fotos. Mira, le dije, yo también tengo un misterio: ¿quién hizo éstas marcas y por qué?. A partir de aquel momento nos pusimos a "trabajar" hasta encontrar unas explicaciones, más o menos convincentes.

Otra vez al monte, y ya con otras intenciones y habiendo descubierto otro mundo dentro de éste, decidí echar el resto y me impuse como norma que siempre que visitase un lugar, lo haría buscando sus restos megalíticos, paleolíticos, íberos, romanos, románicos y góticos, y si poseyera un río truchero, dar buena cuenta de él.

Y así, a mi libre albedrío, pasaba felices jornadas con el disfrute del románico, principalmente y demás objetos de mi observación.

Como el casado casa quiere, la que a mi me deparó la banca conservaba una parte antigua, en piedra arenisca, cuya parte baja recorrí por primera vez comprobando que una plancha de hierro frisona, de algo más de un metro cuadrado, descansaba sobre el suelo.

La curiosidad, un día que estaba solo, me llevó a buscar una palanca ad hoc para levantarla.
Bajo sí, se abría un paso cuadrado de unos cuarenta centímetros de lado. Linterna en mano, me introduje en el estrecho pozo, hasta tocar de pies en unos escalones; me agaché y ya dentro, la oquedad de la antigua bodega se hizo visible.

Sobre el suelo unas tinajas vacías, botellas, humedad.

No creo en el destino y menos en las coincidencias, bien lo sabe quien me conoce, más lo que hallé en el suelo de aquella cripta me sumió en una perplejidad de la que aun no me he repuesto.

Era y es una herramienta, que si no me hubiese fascinado el románico, jamás hubiese reconocido: ¡un martillo de cantero¡. Y aquí lo tengo, para quien quiera verlo.

No llegaré nunca a saber, ni probablemente alcanzar, aquel lugar en la lejanía hacia donde mira el pantocrátor, pero cuando estuve delante YO, a quién miró, fue a MI.
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Así fue.....
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Riviere en La Fraga. enero 2009

lunes 19 de enero de 2009

Donde los sueños prevalecen

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Habita en un lugar lejano, una criatura que desapercibida por todo el mundo, comparte el mismo cielo y la misma tierra que los demás.
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Diríamos que pertenece a esa clase seres a los que se les otorga la denominación de solitarios.
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No es que desee prescindir de compañía alguna, sino que simplemente cuando pretende mostrarse tal cual es, se vuelve invisible.

No era sólo esa peculiaridad lo que caracterizaba a dicho ser, algo muy curioso le acontecía también con el habla, pues comunicándose de forma normal y entendible con cualquier otro que habitase ese lugar, siempre ocurría algo extraño cuando trataba de expresar lo que realmente siente. En unos instantes, el sonido que emitia se transforma en sonidos ininteligibles para los demás, palabras susurradas sin sentido que nunca consiguen formar una frase ni hacerse entender.

Condenado a vivir siempre bajo un disfraz y a comunicar sólo aquello que los demás aceptan oír, convive junto el resto de los habitantes y comparte el mismo anhelo que ellos, y que no es otro, que vivir la máxima expresión del sentir amor.

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Normalmente, en ese lugar alejado, toda criatura respeta profundamente las antiguas tradiciones. Los antepasados, que en aquel entonces anhelaban lo mismo que sus descendientes, establecieron unas pautas fiables para conseguir ese ideal.

Más, una vez hubieron coronado este anhelo, el universo que los rodeaba cambió, se adaptó a la nueva graduación de la especie y produjo un movimiento en sus leyes recónditas, anulando la efectividad de esas normas que actualmente seguían siendo respetadas por los habitantes del lugar.

Así que, en esta remota zona, cuando una nube blanca asciende de oriente hacia mediodía y se deshace multiplicándose en miles de corpúsculos multicolores, todo el reino vibra de indignación. Es ofensivo que la nube muestre esa naturaleza sin pudor y todos los habitantes siguiendo un patrón, permanecen inmóviles y con los ojos cerrados hasta que la nube termina por desaparecer. Tras ello, ocupan varios centenares de espacios temporales en hablar sobre lo ocurrido y comentar lo irritante que llega a ser esa parte celeste que promueve tales agravios.

Otras veces, también les ofende la tierra, sobretodo en primavera, cuando se llena de bultitos de color añil y magenta.
-Cómo osa la tierra generar esa coloración?
-No sabe acaso que esos tonos ultrajan la paz interior?!!
Todo el mundo evita los caminos marcados con esos colores y transitan por los de bultitos naranjas o pardos que son los indicados para deambular.
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... Y hay tantos y tantos preceptos que nacieron junto a las primeras criaturas y que perdieron la efectividad para estas últimas!!

Respetuosos con esas normas, todos los habitantes del reino, viven sin plantearse lo absurdo de esa devoción hacía ellas. Posiblemente si abrieran los ojos y vieran esa precipitación de tan intenso color, conocerían la belleza interna de la nube y la amarían, pues conocer es amar. Si pasearan por los caminos teñidos de añil o magenta, posiblemente notarían como vibra su interior, conocerían la inmensidad y belleza del alma y la amarían, pues conocer es amar.

Si entendieran que todo el absurdo donde creen basar sus cimientos les priva de sentir con intensidad, tendrían la oportunidad de conocerse a sí mismos, y conocer es amar.

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Todo esto me contó este ser del que os hablaba, al final consiguió hacerse entender y así lo transcribo yo.
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Fue curioso, sólo tuvo que pisar el lugar donde lo invisible se hace visible y donde el silencio es sonido, conoció el lugar donde sólo los sueños prevalecen, y al conocer ...
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En el lugar, enero 2009
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lunes 5 de enero de 2009

Ahora que estamos solos los tres

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Escucha cariño, te contaré cómo conocí a Ricardo. Quizás ahora ya no te importe eso ni nada realmente de este mundo, ya sé lo que has pensado siempre de la vida, pero creo que es una buena ocasión ahora que estamos solos los tres.

¿Recuerdas cuando nos casamos; siempre un puntillo de acidez, de desconfianza, de ya veremos si esto funciona? Yo entonces sólo tenía ojos para ti y tú para mí. Pobres ojos.
¿Recuerdas cuando mi padre enfermó? No quisiste ir ni una sola vez a Murcia, siempre tan ocupado, la joyería no podía funcionar sin la cabeza del negocio. Mi padre murió y se fue abriendo una pequeña brecha en el muro de mi corazón. Después mi madre. Casi veinte años viviendo sola, autónoma, toda revestida de autosuficiencia, y de improviso quedó prácticamente inmóvil de cintura para abajo. Tampoco fuiste conmigo ni una vez a verla, ni siquiera por cumplir, por hacerme el gusto, en los casi dos años que pasó ingresada en la clínica. Allí, conmigo, estaba Ricardo dándole sesiones de fisioterapia a ella y algo de charla y esperanza a mí. Allí estuvimos juntos, uno a cada lado de la cama durante muchos, muchos meses, y poco a poco llegué a conocerle y a quererle como era, con sus manías y también con sus gracias y sus risas sin venir a cuento. Quizás sea un poco como tú y un poco como yo, un punto de encuentro en nuestra pareja, el vértice del triángulo, la cuadratura de nuestro círculo demasiado cerrado.

No creas que ignoro lo de Raquel. Sí, no hace falta que pongas esa cara tan seria e inexpresiva, fría como el mármol. Siempre lo he sabido. Si no es por ella, ¿por quién si no de repente empezaste a viajar a Córdoba el último fin de semana de cada mes, de viernes a domingo? ¿Crees que me tragué eso de que la Feria de Muestras de Joyería, que antes era anual, ahora se celebraba cada mes, uno tras otro?

Decías; “A comprar género y a ver las nuevas tendencias de orfebrería, este año sobre todo de oro blanco”.
¡Una mierda! Sí, eso. Ibas a ver a Raquel, incluso vi su cara en un folleto de la última Feria “real”; una azafata preciosa, cordobesa morena y de unos veinticinco años, que abría la primera página cantando las alabanzas del producto cordobés. ¡Vaya si te gustaba a ti el producto cordobés! ¿Crees que no me di cuenta de las prisas por salir de madrugada el viernes, con el Audi reluciente, brillante, vestido con chaqueta y corbata de seda? ¡Y eso tú que las odiabas casi tanto como lavar el coche!

Yo cerré los ojos y dejé correr. Me la estuviste pegando más de tres años y yo tragándome la bilis, los sapos y la desgana. Era evidente que la competencia era difícil, imposible; ella era más joven, más alta, más morena, seguro que más complaciente y seguro que siempre a punto. Tenía casi todo el maldito mes para depilarse, comprar lencería nueva, ir a la peluquería, al gimnasio y a la sauna. Cuando te dejó lo noté enseguida, se te cayó la sonrisa que te iba saliendo, tímida y casi temerosa, conforme iba avanzando el mes. De todas maneras parecíamos una familia casi feliz. Aunque una pareja sin hijos yo creo que no llega a ser familia, los hijos combaten el hastío y desplazan el egoísmo y las mezquindades. Pero bueno, eso ya pasó. A mí ya no me importa nada.

Lo mío con Ricardo era diferente. Se podría decir que cuando tú volvías el domingo por la noche de tu visita mensual venías oliendo a hembra, de tanto como habías entrado en ella. Te bañabas en su cuerpo joven, como en una nueva versión de Dorian Gray. Un vampiro que envejecía lentamente junto a mí y renacía, casi regresaba a la adolescencia, después de libar la sangre de Raquel, sus jugos más íntimos. Ella podría haber sido tu hija, casi tu nieta, la hija de la hija que nunca tuvimos.

Ricardo y yo no teníamos esos problemas, en parte porque los dos pasábamos, como tú, de los cincuenta, y los cuerpos pedían más una buena comida y una caricia que un rato de desenfreno y un adiós y hasta la próxima.

Mientras tú ibas a Córdoba, a ponerle nuevas joyas a tu tesoro, con la excusa de la actualización comercial, yo me iba a cuidar a mi madre a Murcia. Cuando ella murió su casa se quedó sola, desvalida. Mi madre tenía algo de pasión por ella, por sus macetas y su patio. Yo no quise venderla y acordamos salir los dos el viernes por la mañana, cada uno en su coche y en dirección contraria. Dirección Raquel, dirección Ricardo.

Las manos de él eran de verdadero oro, sus manos eran su trabajo, lo hacía bien, especialmente los masajes a las personas “mayores”. Yo, más que mayor, me sentía vieja, gastada por el uso, como una moneda rayada y roída, con los cantos lisos y sin filo. Ricardo, con un poco de aceite y sus manos, rescataba de mi piel el brillo y los reflejos que me recordaban mis baños en la playa, cuando iba a la Universidad y todos iban a la vez detrás de mí. Yo me fui al final con el más imbécil, el más presumido y también el que más me ignoraba. El único que lo hacía. Maldita condición humana.
Me propuse conquistarle y lo conseguí. Me llevé de premio a un hombre frío por fuera y helado por dentro, educado, razonable, pero gélido y duro como el oro, casi tan duro como el diamante. Nunca me gustaron las joyas y el destino me llevó a casarme con un orfebre.

Ricardo no sentía ningún interés por eso, ni por nada más, que yo recuerde, fuera de mí, de su trabajo y de la cocina. Como tú, siempre había estado solo, como tú, había crecido en una inclusa, tú en Granada y él en Murcia. Los dos siempre tan solos, tan diferentes en todo y tan iguales en eso. Tú fuiste más ambicioso, conseguiste becas para estudiar, financiación y montaste un buen negocio. Él únicamente quería ayudar a los demás, no hablar demasiado y cocinar. Era su delirio. Quizás echaba de menos las comidas que nunca le cocinó la madre que nunca tuvo, los bocadillos para el colegio, los postres especiales o las tartas de las fiestas de cumpleaños. Era un cocinero maravilloso. Para él monté en la casa de mi madre una cocina industrial, con un inmenso frigorífico americano de dos puertas, dos hornos eléctricos e incluso uno grande de leña en el patio, para hacer el pan, las ensaimadas y las tortas gallegas, rellenas de lo mejor que podíamos encontrar.
Después de comer quizás echábamos un rato en el sofá, pequeñas caricias, o en la cocina, llena de platos exquisitos que apenas podíamos comer. Entre bromas me decía siempre que lo nuestro era un verdadero amor “platónico”, con risitas al final de la frase. Las verduras de Murcia son una maravilla. Solíamos ir de vez en cuando por el Rincón de Pepe, a inspeccionar la carta. Armados como turistas japoneses le hacíamos fotos a los postres, a las carnes, incluso a la disposición de los manteles y los cubiertos; tomábamos notas para luego montar el Rincón de Ricardo en mi casa.


Llevábamos ya casi cuatro años: tú nunca fuiste a Murcia, él nunca había venido aquí. Imagino que algún cable maldito se cruzaría en vuestras cabezas, en el cielo o en el infierno, para llegar a coincidir esta mañana en la rotonda de la entrada norte de Almería. Cuando me llamó la policía no podía sospechar nada de esto. Me mandaron directamente al hospital. Al llegar a Urgencias y preguntar por ti, la muchacha del mostrador me dio directamente el pésame, sin mucho sentimiento, y me indicó el ascensor que bajaba al sótano, al depósito. En medio de una sensación de mareo y asfixia bajé ya sin esperanzas pero también sin lágrimas.

Después de reconocerte y observarte unos minutos el enfermero me comentó que el que estaba tapado a tu lado era el otro hombre, aún sin identificar, el que había chocado contigo al tomar la rotonda. Estaba cubierto y no sé por qué tuve interés en saber quién era el acompañante de mi marido en el camino al cielo. Levanté la sábana y caí al suelo después de ver la cara de Ricardo tan fría y blanca como la tuya. Cuando me despertaron me hice cargo de vosotros dos. Les di sus datos, los tuyos, expliqué que yo era vuestra única familia y llamé a la funeraria y aquí estamos ahora los tres, tranquilos, esperando que amanezca otra vez.

Aunque no os importe ya casi nada, no pongáis esa cara, tengo que deciros que esta gente se ha portado muy bien. Me han ayudado con los papeles y a elegir algo que pensé que os habría gustado a los dos.
Algo poco lujoso, de madera en tono suave, y para después en terracota, cada uno en su pequeña urna en el mueble del comedor. Quedareis muy bien, cómodos, los dos juntos. A mí ya sólo me queda esperar.-


Primer Premio “Candil Literario de Cuentos” 2006

jueves 1 de enero de 2009

El Concierto de Año Nuevo (Cuento de Navidad para Paula)

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* Hoy que tú, Paula, ya no estás, ni Carmela, ni Valentín, saco a la luz este relato en la confianza de que, junto al tito Manuel y al bueno de Tomás, estéis viendo el Concierto Celestial


Ahora que estamos solos tú y yo. Ahora que, por unos breves instantes, has dejado de renegar de esa artritis que te atenaza las articulaciones de los pies y los brazos y te hacen sentir que “ no sirves para nada”; ahora, tita, quiero contarte un secreto: mi secreto.

Hace muchos años que he perdido mi juvenil intransigencia y hasta el bravo ardor con que solía defender mis opiniones y pareceres. Será la proximidad a esos cuarenta y diez años lo que ha descendido la vehemencia en mis postulados y que unos dan en llamar sabiduría, otros prudencia y los menos, aburguesamiento conformista. Pero sea como fuere, la verdad es que he aprendido a comprender que entre el blanco y el negro, existe una amplia gama de tonalidades grises y que nada es absolutamente verdadero ni falso, sino que existen nuestras verdades frente a las verdades de los demás.

Por eso, ahora soy, quizás, un poco más tolerante.

Pero eso no significa que haya renunciado a mis principios inmutables. Eso tampoco. Lo que quiero decirte, tita, es que me he visto en la necesidad de transigir, de tolerar, de adaptarme o de reciclarme – como ahora se dice- a las nuevas tendencias y modas. Eso no tiene ningún mérito por mi parte, sino que ha sido más bien fruto y logro de mis hijos. Sí. Como te lo digo. Estoy convencido que todos los padres de mi edad hemos adaptado nuestra mentalidad a los tiempos presentes por culpa o mérito de nuestros hijos. Sin ellos, ninguno de los de la generación pasada ayudaríamos en las tareas domésticas, ni integraríamos esa legión que forma cola en la charcutería del Spar los sábados por la mañana con la lista de la compra en mano. Ni toleraríamos las salidas de marcha de los fines de semana hasta llegar a casa a las tantas de la madrugada, ni la paga semanal, ni los vestidos de marca, ni tantas y tantas cosas...

No es producto ni de la televisión ni de los avances ni conquistas sociales del nuevo siglo. Son ellos, exclusivamente ellos, los hijos, los que nos han martilleado la cabeza con consignas uniformes aprendidas desde los patios de los colegios, hasta que han logrado hacernos pensar que se es más moderno, más joven y más “enrollao” mientras más te pliegues a sus caprichos y cedas en tu misión de desenvolver la vida de tu familia dentro de unos principios. Ahora, más que nunca, son ellos los verdaderos reyes de la casa. Todo se hace, se enfoca, se dirige y se desarrolla según sus propósitos, sus necesidades y sus deseos.

Sin embargo, tita, hay dos cosas en las que nunca han conseguido ni conseguirán hacerme ceder. Son esos dos pilares inmutables que me enraízan con lo que siempre fui y que me hacen sentir como la roca inaccesible que me enseñaron en mis juveniles años de internado en los Hermanos Maristas: El “ Sto inaccessa rupes” que reza bajo las tres violetas del símbolo anhelado de los antiguos alumnos.

Te cuento esto, porque a pesar de todos los envites, jamás consentí en comprarles una Vespino. Ese es mi primer principio que he logrado mantener inflexible.

Como tú ya sabes, todos pasan por esa época en que la posesión de una moto se convierte en su más preciado deseo y en el tormento de todas las sobremesas: “Es que a Fulanito ya se lo ha regalado su padre; que si a mi amigo Zetanito que saca peores notas se lo compraron para Navidad; que si soy el único de mis amigos que no lo tengo...”

Pero ahí, tengo que reconocer que he sido inflexible. Quizá el recuerdo de mi padre en su Lube roja por la curva sin peralte del Cerrillo de los Villares mientras mis amigos gritaban : “ ¡ Mira, las ruedas no tocan el suelo! y las muchas tardes pasadas en el Servicio de Urgencias de un monstruo hospitalario que dirigí y administré durante varios años, me curtieron en la convicción de que jamás compraría una moto a ninguno de mis hijos. Y eso, lo conseguí.

El otro asunto es más difícil. Conseguirlo me ha costado más tiempo y una lucha más denostada. Ese otro principio irrenunciable contra el que nadie ha podido, ha sido y es éste: ver la retransmisión televisada del Concierto de Año Nuevo.

Sí, tita. Porque para mí, el día primero de cada mes de Enero, nunca ha sido el inicio de un nuevo año, ni un día festivo de resaca por la Nochevieja anterior. No, no. Ese día era, ante todo, el día en que aseados y dispuestos, mi padre nos montaba en su Dauphine verde y tras encarar la Era de las Tontas y adentrarnos en La Trinchera, cruzábamos el Puerto y, entre parada y vomitera (¡ todavía los coches tienen ese olor nauseabundo!) llegábamos a Torres para felicitar al Tito Manuel.

Tú te afanabas en la cocina para prepararnos aquella sopa de picadillo con huevo cocido, las albóndigas y el pollo o el conejo que tenías reservado para la ocasión y que habías criado en el corral del patio de abajo. Entre preparativo y preparativo, tus impenitentes quejas de que algo no estaba lo dispuesto que tú hubieras querido porque María se olvidó y que la peluquera no pudo cogerte a tiempo y los pelos te los tuvo que repasar Doña Mari Paz.

Pero pasados estos prolegómenos (siempre iguales y, sin embargo, siempre distintos), todos quedábamos sentados en la mesa de camilla. ¿ Recuerdas?. Allí la presencia y la figura del Tito Manuel que comentaba sus problemas con la cuadrilla de aceituneros, la cosecha de la Sierra o las bodas que tenía contratadas en el local del cine. También allí conocí de la existencia de Bolsillones, su eterno rival, y aprendí a distinguir a qué bar podía o no entrar dependiendo no de la tapa, sino de la marca de cerveza que sirviese: El Alcázar no, El Aguila sí. (¡Y mira que es buena cerveza El Alcázar!, eh tita). Pero sobre todo aprendí una cosa: a escuchar el Concierto de Año Nuevo.

Resulta paradójico que para alguien que no es melómano y que tiene una oreja frente a la otra hasta el punto de que ni en mi juventud fui capaz de arrancar un arpegio de guitarra, ejerza una atracción tan irresistible las imágenes de la Sinfónica de Viena interpretando los Valses de Straus. Y así permanecíamos allí, juntos todos en la mesa de camilla hasta que tras la última y sempiterna Marcha ( sí, esa que todos acompañan dando palmadas), comenzaban los saltos de esquí desde trampolín. Y con ellos, se abría la veda. Los manjares que habías preparado con tanto esmero comenzaban a afluir a la mesa y junto con ellos, los proyectos de todos, nuestros estudios, las inminentes carreras, el futuro..., en fín, los sueños.

Después, el tito le “ echaba paja a la borrica” y tú le increpabas porque no nos atendía. ¿ Recuerdas?: “ - No me explico lo de este hombre. Tenerse que echar ahí teniendo una cama. Y, además, por un día que no dé la cabezada. ¡Vaya manera de atenderos!.

Un poco más tarde, tras la zozobra por si la viajera de Jaén había traído a tiempo los rollos de película en aquellas cajas de hojalata, por fín la función de cine: El último cuplé, Fanfán el Invencible, Marcelino Pan y Vino, Los Diez Mandamientos, Esa voz es una mina... ¡ Cómo me hubiera gustado ver cómo acababan!.

De nuevo al Dauphine verde (¡No temas, Manolo que por la noche no se marea nadie!), la subida del Puerto y el regate de alguna liebre que desperezaba la somnolencia de los pasajeros y... ¡ otro año!.

Por eso, tita, ahora tú si puedes comprender mi intolerancia y mi intransigencia en este punto. Por eso, ahora que va a comenzar un Nuevo Milenio, y aunque en aquella mesa de camilla y a su alrededor falten el Tito Manuel y el buenazo de Tomás, olvídate, aunque sea por un instante, de esas tus piernas “que no te sirven para nada” y cógete fuerte de las manos de María, de Carmela y de Valentín porque dentro de poco va a comenzar, otra vez para todos vosotros, el Concierto de Año Nuevo.

Mientras tanto, mi irrenunciable principio tomará forma de mando a distancia y mientras ellos duermen su cotillón, yo volveré a vibrar con el Danubio Azul.














Almería, Navidad de 2.000


sábado 27 de diciembre de 2008

Nacimiento




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Contrae tu abdomen fértil contra mi cuerpo frágil,
legado de tu sangre mezclada con la mía,
y aprieta un poco más que ya amanezca puro
este día mi llanto entre tus muslos, madre,
y así encomendarme al aire y a tus brazos,
esclavos para siempre de eterno amor por mí.
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Anabel - diciembre 2008-
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martes 16 de diciembre de 2008

Un tiempo sin lugar

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Hay un tiempo sin lugar
donde la razón no existe
donde el corazón es libre y
el deseo no es culpable

Hay un tiempo sin lugar
en el que fluyen los sueños
donde reposa la vida y
al alma llena de dicha

No creí llegar a contemplar ese tiempo
imperecedero y eterno

no creí llegar a contemplarlo

...ese tiempo sin lugar
que nació en espacio sacro.

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viernes 12 de diciembre de 2008

Un lugar en el tiempo

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Hay un lugar en el tiempo,
en un tiempo sin tiempo,
en un tiempo quieto,
cuyos mapas ocultan la fuerza
y la sensibilidad de la imaginación.

Tiempo quieto,
como el captado en la instantánea
del disparador de una cámara fotográfica,
que en lugar de fraccionarlo en segundos,
reproduce un lugar nacido en centurias y milenios.

Lugar donde se aposenta y vive,
con todo su poderío, la Luz.
Luz alta y terrible como un dios,
o declinada, como animal de fuego hacia el crepúsculo
arrastrando con ella todo el cielo
hacia la línea donde no acaba, ciertamente, el mar.

Luz que rebota en todas direcciones.
Luz que cubre la franja del espectro
donde se acentúan los tonos evanescentes blancos,
cegadores como la sola propiedad de la niebla del amanecer.
Blancos cegadores y dorados de las tardes, estrellándose
con la total gama de azules infinitos sintetizados en el añil.
Dominio y extensión del aire y latitud sin mengua del mirar...

Vivo en ese lugar
donde la prisa no es muy apreciada,
donde el rumor del agua tiene un contenido,
donde el amor es necesidad carnal y estética,
donde las cosas, más que verse se presienten.

Donde la palabra sobra,
donde la vida es el calor del cuerpo y luz en los ojos,
Donde la realidad son sueños y
Donde los sueños fantasía.
Vivo en ese lugar en el tiempo...

Perdón por mi suerte de vivir en Almería.




miércoles 3 de diciembre de 2008

De profesión: Gestor



Dedicatoria:
A Miguel,
a quién confundi con mi muy mejor amigo.





I. Primum vívere, deinde filosofare.

El mío era un centro educativo democrático, donde todo el mundo guardaba las distancias hablando siempre de tú al resto de los seres humanos que estudiaban, enseñaban, fumaban o vegetaban en aquella institución acorde con las ideologías cuasilibertarias de nuevo cuño y que consistían en que allí no había problemas, todo iba bien. Si no era así, yo, Fernando, el Director, mandaba a Miguel Flanagan; cuatro voces y asunto concluído… ¡ hasta la próxima¡.

Y Miguel A. Flanagan no era un querubín, propicio a hacerle un funeral lacrimógeno a un lindo gatito recién atropellado por un conductor con más prisa que vista y conciencia. Si acaso, una patada, por si era de verdad lo de las siete vidas y su simbología céltica.

Había nacido en Málaga, en las inmediaciones de El Palo en una de las últimas cuevas del Cerrillo. Descalzo, sin ropa y nada que perder, fue recogido por las monjas del Hospicio al morir, de las fiebres, sus padres y sus hermanos cuando sólo tendría cuatro o cinco años. De pequeño, mientras estuvo en el orfanato ayudaba en la cocina, haciendo casi siempre de filtro de desperdicios, pues roía las hojas duras de las alcachofas, se comía los tallos de los rábanos y zanahorias y no dejaba un cuscurro de pan duro ni para los conejos. Tenía en su memoria y en su estómago algo de hambre retrasada. Pero también allí aprendió a medio leer y escribir con la ayuda de una joven maestra, Doña María de la Resignación, recién terminada, que auxiliaba a las monjas en la educación de los niños.

Allí estuvo hasta los catorce. Se puso a trabajar como cargador de la Fábrica de Hielo del puerto. A los diecisiete, deslomado, se enganchó a la Legión y se fue a Melilla.

Pasó más de ocho años allí, hasta su salida de las Fuerzas Armadas, los últimos tres con el empleo de Cabo Primero y consideración de Suboficial.

El motivo de su baja voluntaria fue un accidente de tráfico estando de servicio, que le deparó una ligera cojera y algo de rigidez en la pierna derecha, aunque un día, celebrando en su cuartillo de conserje el triunfo del Barcelona en la Liga ( aunque yo sea el Director del Centro y no me guste el fútbol, hay que llevarse bien siempre con el Conserje, pues es quien te abre la puerta cada día y el cargo cada cuatro años), me confesó, entre risas y medio llantos – ya que estaba cargadillo de aquel chartreusse verde que le encantaba tomar-, el verdadero motivo de su discapacidad.

Me contó que entonces estaba soltero, pero no dejaba de lado los placeres y atenciones femeninas, tanto por su puesto como por no dar de hablar en el cuartel sobre su hombría. Todos los sábados pasaba a Marruecos a fin de trabar “amistad” con alguna muchacha con necesidad de hacer dinero y disposición de ceder sus servicios a un precio por debajo de la mitad de sus colegas laborales de la plaza española. Según decía Miguel, así se cumplía con un doble objetivo: se ahorraba y se vigilaba al enemigo.

En una de estas incursiones sabatinas, cambió el efectivo metálico por la promesa de matrimonio y vivir en Melilla. La muchacha, acuciada por el hambre, vió el cielo abierto y Miguel, sus piernas del mismo modo. Se quedó a dormir, pero madrugó más que el sol y, al toque de diana, ya estaba en el cuartel mientras la joven mora dormía el sueño de la ilusión.

La aldea estaba de la frontera a menos de diez minutos en coche, casi en la linde. Por lo que al sábado siguiente, acuciado por la sangre alterada por la proximidad de la primavera, Miguel volvió al mismo sitio y con el mismo propósito.

Nada más bajarse del coche, se vió cercado por los parientes de la muchacha y le llovió una granizada de piedras y la amenaza de algo más grave. Echó a correr huyendo de los infieles como si fueran las tropas de Addelkrim y llegó a las vallas de división nacional cuando ya, casi lo cogían por la camisa.

Escaló, sudando, la alambrada pero con tan mala suerte que se enganchó la pierna derecha al voltearla, quedando colgado de ella, cabeza abajo, recibiendo una somanta de palos y piedras, que sólo terminó cuando llegó la patrulla de vigilancia al aviso del soldado de la torreta, que desde la garita vio lo que ocurría.

Entre dar parte al Sargento de Guardia y llegar a la altura de Miguel, pasaron más de veinte minutos en los que – según me confesó- se sintió morir y hasta desvaneció por el dolor de la pierna y la acumulación de sangre en la cabeza, cuyas secuelas siempre se harían notar a lo largo de su existencia.

Le montaron un Consejo de Guerra algo informal y el Capitán le aconsejó, con delicadeza castrense, que pidiera la baja por amor incompatible al de la Patria o, caso contrario, de allí se iría al Penal Militar de Fuerteventura hasta que se le cayera el pelo de oreja a oreja.

Recibió una pequeña compensación en metálico por esta jubilación anticipada, que hubo de darla – también a ruegos del mismo Capitán- a la familia mora ultrajada para contribuir a la Alianza de Civilizaciones, y volvió, de nuevo, a Málaga sin un duro, medio cojo de una pierna y escarmentado, aunque la experiencia le había dotado de un carácter socarrón, una mala leche envidiable y un cadenón de oro al cuello con el rostro, casi a tamaño natural, del Cristo de la Buena Muerte.

Algunos creían que su carácter era debido a su condición zodiacal de Géminis, pero yo siempre me dije: ¡ Mal enemigo¡.


Con lo poquito que de pequeño aprendió en la escuela y su currículum militar, a su vuelta encontró trabajo como Vigilante Jurado de la Fábrica de Cerveza. Esta ocupación le ocasionó varios roces con los proveedores y especialmente con los compradores mayoristas que aparcaban las furgonetas en medio de la calle impidiéndose el paso a la Lonja de unos a otros.



Con motivo de la huelga en la Cervecera, por el rumor de la absorción por una famosa multinacional del ramo y el exceso de polvo ambiental del silo de cebada en el muelle de descarga, acudió a la zona a sondear los ánimos la Concejala de Medio Ambiente. La señora, increpada por los manifestantes, se calentó la boca y dijo algunas inconveniencias con poco tacto político, por lo que pronto se vio rodeada y asediada por gritos y amenazas, echándose a correr para guarecerse en los almacenes vacíos.

Miguel, que oyó el griterío, rescató a la concejala recibiendo en su cuerpo las piedras destinadas a la representante consistorial. La subió, de paquete, a su Derbi Campera y la llevó hasta la casa de la señora.

La concejala se deshizo en halagos y parabienes y, según me contó Miguel, él se quedó toda la noche de guardia en el portal del piso para evitar cualquier tropelía de algún sindicalista enardecido. Pero como todo es empezar la botella de “chartrés”, pronto tuvo que enmendar la historia y acabó confesándome que no era cosa de dejar sóla y en aquellas circunstancias a una mujer soltera, con buena presencia, servidora de la comunidad y, además, tan agradecida a su oportuna intervención, por lo que dejó en el portal la moto a salvo del relente y de indiscreciones y… subió al piso.

Fue con la intervención de aquel polvillo benefactor ( el ambiental del silo de la cebada, ¡ mal pensado¡) y una Bolsa de Trabajo del Ayuntamiento, cómo Miguel A. Flanagan llegó como Conserje al Instituto del pueblito catalán de Tosses, donde yo era Director.

He de confesar, que su proceso de adaptación fue rápido. No solo comenzó a apreciar, de mi mano, el gusto por el arte románico tras hacerle visitar, diariamente, el templo local, sino que él mismo cavó con sus propias manos, el hoyo donde planté aquel matojo de romero que ahora, convertido en sano arbusto, suelo acariciar cada mañana antes de dirigirme al Instituto a impartir clases de Historia de la Filosofía. Y al hacerlo, no puedo dejar de pensar en él al momento de olerme la mano.

Pero volvamos a nuestro relato.

Con el tiempo, nuestra amistad y nuestro trato fue creciendo y nos hicimos más cercanos. El me ayudaba con el trabajo de campo de mi tesis doctoral sobre la “Teofanía de los opuestos a la luz del evangelio sanjuanista en la construcción del pensamiento activo”, mientras yo le alentaba a sus inquietudes de gestor.

Con motivo de mi estudio filosófico acerca de la historia del pensamiento universal, Miguel me declaró el propio suyo. Según su tratado vital, para él las mujeres eran como los buenos vinos, aunque se escamaba de los altos precios. No era enólogo, pero estaba convencido que, como las uvas, había que estrujarlas bien para sacarles el fruto; a veces pisarlas, y siempre comerlas en sazón. Con los hombres, la cosa era distinta. Según él los había de tres tipos: Los que estaban por debajo de él a nivel profesional, titulación, graduación, ingresos, puesto laboral, barrenderos, inmigrantes y maricones, que eran simples inútiles, imbéciles y despreciables, por definición; los que estaban por encima de él, igualmente despreciables e hijoputas, pero con los que había que llevarse bien, por si acaso, y en tercer y último lugar, los iguales. Esos eran los peores, el adversario isoforme, los que pueden quitarte lo que es tuyo. Son temibles, soeces, traidores, envidiosos, ladinos, lameculos insistentes, tocaguevos insidiosos y, por ello, merecedores del mayor desprecio y disimulo.

Miguel era defensor de la vida a ultranza, sobre todo de la buena vida, especialmente si ésta podía ser la suya. Tras llevar más de tres años en el Instituto, decidió acometer la labor de mejorar su status.

Su roce con el sexo opuesto le abrió perspectivas de futuro. Comprobó cómo los fríos y rigores de los largos inviernos de la zona, eran enemigos naturales del cutis de las señoras. Y decidió dedicarse, de pleno, a la cosmética ecológica.

Fue, como siempre, en la ducha. Nada más caerle el primer chorro de agua fría, se le escapó un eructo, que le trajo a la boca el regustillo de los caracoles en salsa picante de la noche anterior. ¿ Caracoles?.... pero ¡ coño¡…, quiero decir ¡ eureka, he ahí mi futuro¡. Y emocionado, medio mojado y exultante, se enfundó el albornoz y, emulando al griego, corrió hasta mi casa, con la humedad helándole las piernas y lo que entre ellas tenía, para exponerme su proyecto: Cosmética facial reparadora con base ecológica de baba de caracol.

Tras pedirme disculpas por ir a molestarme a mí, a Mari Pili y a los niños que estábamos duchando a esas horas, me agradeció el interés demostrado y me dijo que empezaría a trabajar, de inmediato, en el proyecto. No supe decirle que no.

Construyó dos grandes jaulas de cristal de veinte metros cuadrados cada una, con una altura de dos metros y una malla fina de techo para que no entrara ni saliera ningún bichos más que los pertinentes. No obstante, los caracoles recolectados por los alumnos a los que conquistó para “su” causa, como buenos presos, cumplieron con la obligación moral de intentar escapar, según el antiguo método de saltar la valla, resbalando o chocando con la malla superior.

De la cría y recría, acaecida en julio, pasaron a la fase de engorde en agosto. Fue tanta la cosecha, que los habitáculos originarios quedaron insuficientes y obsoletos y, aprovechando las vacaciones estivales, sin encomendarse a nadie, Miguel decidió aprovechar el vacío gimnasio para construir, provisionalmente y hasta el comienzo del siguiente curso escolar, un enorme terrario. Antes del mes de Septiembre – pensó- realizaría la cosecha de baba y volvería a acondicionar las instalaciones del Centro que ya, entonces, empezaba a oler a cuadra.

Quiso la fatalidad, que no descansa los fines de semana, que un viernes al cerrar el Instituto, se quedara abierta la puerta principal del gimnasio. Por la misma, directa al patio, asomó en un principio tímidamente un ejemplar. Primero un cuerno, después el otro. Y enseguida salieron a tropel (es una forma de hablar) los restantes veintiún mil caracoles, seguramente asqueados de la pura peste y babas que chorreaban las paredes, bancos, espalderas suecas y plintos.

Coincidiendo con el comienzo del nuevo curso escolar, acertó a llegarse por allí el Inspector de Zona. Don Severo Justo y Mayor se presentó sin esperarlo, el primer día de septiembre. Conforme iniciaba la visita de inspección, sintió crujidos bajo sus zapatos, junto con un amago de resbalón amortizado por la cartera. Se agachó a ver qué era aquello, se le puso la cara blanca y me mandó abrir el gimnasio, que ya permanecía entreabierto.

Inútiles las justificaciones, el cafelito y hasta la asunción del cargo de la factura de la tintorería. Don Severo, acabó estrechando mi mano con una tirantez especial y se despidió manifestando su intención de desplazarse a otro centro cercano, indicando la necesidad de cumplir con sus atribuciones legales, lo que le impedía obviar el parte de faltas.

Y en saliendo por la puerta, salí yo del despacho y cargo de Director y Miguel del puesto de Conserje, y con ello, mis notas y apuntes para la tesis doctoral que llevaba preparando. Aún hoy día, no he vuelto a tener noticias suyas, pero el catedrático que dirige mi nueva tesina sobre “Don Quijote y San Francisco de Asís: dos Locos necesarios”, me recrimina el tratamiento ideológico que muestran los capítulos dedicados al sentido de la amistad en estos personajes objeto de mi estudio doctoral.


II. Guárdate de los Géminis y de los Idus de Marzo.

A veces el destino viene en forma de croissant.

Miguel entró en mi vida, sin darme cuenta, casi de puntillas.

Aprovechando un martes por la tarde que mis amigos cabalísticos me había dejado literalmente tirada sin previo aviso, se me ocurrió acercarme al MNC para sacar unas fotos de algunas pinturas del románico catalán que sirvieran para reproducir y de material didáctico para mis alumnas de las clases vespertinas de los jueves.

Nunca olvidaré que fue frente a las de San Clemente de Tahull cuando me topé con la única persona que permanecía, observándolas, totalmente absorta. Iba y venía de izquierda a derecha y de adelante hacia atrás como queriendo apropiarse de todas las perspectivas posibles. Así fue cómo, por vez primera, reparé en aquella cojera suya tan peculiar que, con ansia disimulada de dandy inglés, tenía hasta algo de presumida. Quiero decir que no sabías si iba a venir o a irse; si cojeaba adrede, o intentaba engañar a la baldosa próxima a pisar, en un aire de chulesca compostura.

Después, sin embargo, cuando me contó su discapacidad de nacimiento y cómo había sido objeto de dolorosas y crueles burlas de sus compañeros por todos los colegios privados europeos donde se educó, me trasmitió no sólo un sentimiento de profunda lástima, sino de culpabilidad por haberme mofado interiormente de su cojera. Y más me dolió aún cuando, tras tomarnos una taza de café y com-partir un croissant ( digo lo de com-partir en el sentido más literal de la palabra, pues mientras yo lo partía, Miguel se lo comía), me relató el maldito motivo de su lacra que revelaba, sin embargo, la grandeza de su corazón. Todo, por su pertenencia a los grupos de catequistas de Cáritas que practicaba con tanto anhelo y vehemencia los sábados por las tardes, aún a costa de renunciar a sus salidas y excursiones que los Hermanos del Beato de Champagnage organizaban con los chicos del internado. Miguel no. Él prefería leer cuentos y acompañar a viejecitas solitarias y niños desvalidos. Fue precisamente en una de estas visitas a un barrio marginal, cuando – según me contó- un contagio del bacilo le mordió la pierna en forma de poliomielitis, causándole aquella mal disimula parálisis infantil.

Tenía un genio y una voz de domador de caballos salvajes que desentonaban con su cuerpo menudo, y un nombre compuesto y equivocado contra el que luchó en todo momento. Le hubiera gustado llamarse, simplemente, Hilario.

Se lo presenté a Eduard y, al punto, congeniaron. Comenzó a venir por casa - sobre todo los miércoles que sabía que tocaba escudella- y se hizo tan familiar como el perro o el lorito del salón, al que tanto adoraba. Fue una lástima cuando con ocasión de unas vacaciones, Miguel decidió cuidárnoslo y se le escapara al grito de una canción de José Luís Perales. Debió de haber luchado mucho para impedírselo (¡pobrecito Miguel, con su impedimento físico¡), porque al momento de bajar la basura, pude observar cómo la bolsa de plástico sufría rasgaduras y se oradaba por motivo de los cañones de algunas plumas que, con gran pesar me dijo, arrancó in extremis en su intento desesperado de atajar la huída de la avecilla. Jamás olvidaré su compungido gesto ni aquel olor a carne chumascada que emanaba de la freidora de Miguel.

Aún recuerdo el día que visitamos con él Biota. Creo que ese viaje nos marcó a todos, pero para Miguel, recuerdo, fue como el punto de inflexión. Hubo un Miguel antes y otro después de Biota.

Con frecuencia salíamos los fines de semana Eduard y yo a visitar monumentos románicos del pirineo catalán. El Valle del Boí lo teníamos trillado y hasta poseíamos un arsenal fotográfico y participábamos en foros especializados intercambiando opiniones. Sin embargo, aquel mes de Mayo con ocasión de efectuar una entrega a un cliente en Monzón, decidimos visitar las zona aragonesa de las Cinco Villas y Miguel, como amigo y entendido, decidió acompañarnos. El viaje de ida fue todo lo ameno que puede deparar un acompañante que tiene la vejiga floja necesita evacuarla más veces que el coche repostar combustible, pero eso era algo que teníamos ya asumido como secuela de su parálisis infantil.

Sin embargo, a la vuelta todo fue silencio. Miguel estuvo mudo las tres horas y veinte minutos que duró el trayecto desde la iglesia de Biota hasta el portal de la casa. Tan sólo una vez que nos detuvimos para tomar un bocadillo y repostar, cuándo le hube preguntado qué era lo que más le había impresionado del templo de Santa María de Biota, me respondió, a secas,: la escalera. Con los años, llegué a entender que no se refería a ninguna escalera interior del templo, pues no la había, sino a aquella otra escala de electricista colocada en la portada sur, junto al tímpano, a la que todos los visitantes subían por turnos para fotografiar una señal o firma escrita en un modillón escondido y al que atribuían el valor de ser algo así como el Signum Magíster o autógrafo póstumo de un maestro cantero.

Tras unos días sin tener noticias de él, recibí un escrito donde me comunicaba que había iniciado una aventura empresarial de envergadura ligada con el arte románico, al tiempo que me rogaba le suministrara un cuadro de la Psicostasis de Biota pintada por mi, e inspirada en “ las imatges de Biota i elaborat totalment a mà, a la manera dels antics”, tal y como yo solía hacer con todas mis obras y reproducciones.

Es una gran verdad eso de que la sangre tira. Con ocasión del último Puente de la Inmaculada y de la reposición del anuncio televisivo de una afamada marca alicantina de turrón, volvimos a Benabarre, pueblo de mis abuelos, por Navidad, y tras el ritual sensiblero de rigor, abandonamos el pueblo a toda pastilla en busca de civilización y cobertura del móvil hasta recalar en Biota tras tres años de nuestra anterior visita. No encontramos a nuestro amigo Miguel y todo era como si la tierra lo hubiera tragado. El estanquero del pueblo nos contó que a nuestra descripción respondía un señor que pasó por el pueblo hacía ya para casi año y medio y que obtuvo la plaza de Conserje del Ayuntamiento por “concurso de méritos”, aunque las malas lenguas (que siempre las hay y más entre las sanas gentes rurales) decían que fue la señora de don Dionisio, el alcalde, la que más méritos le encontró al concursante.

En los bajos de la falda de doña Dora ( que así se llamaba aquel volcán de magma latente enfriado bajo burka), parece ser que Miguel encontró amparo a sus más bajos instintos, y en los bajos de la Casa Consistorial el de sus necesidades más vitales, pues fue allí donde obtuvo una vivienda gratuita para su puesto de Conserje, con derecho al anexo local donde explotaba, con licencia municipal, una concesión administrativa, en régimen de exclusiva, para alquiler de escala para la fachada sur del templo románico local que, por el módico precio de 30 euros incluía un kit con foto del Signum Magíster y reproducción de la Psicostasis “totalment a mà, a la manera dels antics”.


En la Legión, cuando Miguel A. Flanagan llegó al cuartel, preguntó por el uso de un gancho que había en la puerta de entrada. La respuesta no se hizo esperar ni él llegó a olvidarla jamás: “ Aquí se viene a obedecer; cuando vayas a entrar, piensa que cuelgas los güevos en el gancho y te los vuelves a poner al salir”. Un gancho igual, como una percha, colocó en la puerta del cuartillo de la Conserjería municipal de Biota. Y él nunca usaba chaqueta, apostillaba el estanquero en su relato. ¡ Tan seguro estaba de su influencia y méritos con doña Dora....¡. ¡ Mal enemigo, mal enemigo¡, acababa diciendo el mañico.

Los malecidentes rumores sobre su progreso económico, sólo eran superados por los de la relación adúltera con la primera edil consorte. Pero ya se sabe que en cuestión de cuernos, la víctima es siempre la última en reparar en el peso de la cornamenta, aunque para ello haya de ladear la cabeza para traspasar los umbrales de la catedral de Santiago. Por otra parte, Benito, el único alguacil local, estaba convenientemente apercibido por doña Dora y untado por Miguel para ser el fiel cancerbero del exacto cumplimiento de los pingües derechos económicos que reportaba la concesión administrativa del uso de la escalera, pues ojo avizor, se empleaba a fondo contra cualquier osado turista que pretendiera fotografiar la dichosa firma epigráfica del modillón, usando escala, bien propia o bien ajena, que no fuera la “oficial”.

Acabó el estanquero su relato, al tiempo que la segunda botella y el tercer plato de embutidos ibéricos, señalando que sólo un hecho fue capaz de ser más recordado aún que las adúlteras relaciones. Consistió en el hecho acaecido aquel día en que apareció por allí un señor muy educado, con gafas y anorak entre malva y rojo que, portando su propia escala, se encaramó en lo alto del tímpano psicostásico, sin mediar palabra, encomendarse a nadie, ni pasar taquilla. ¡ Hasta aquí podíamos llegar¡, dice que los vecinos oyeron decir a Miguel con su voz de Júpiter tronante. Y constituyéndose in situ, respaldado por la autoridad del fiel Benito, pidieron explicaciones y los 30 euros al “cazador furtivo”. Mas de hora y cuarto tardaron en exponer las razones que a unos y al otro le asistían. Miguel A. Flanagan, su derecho de concesión administrativa en exclusiva, el otro, la autoría de su descubrimiento. En fín, que como en toda democracia, las diferencias se hubieron de resolver por la fuerza de la razón y ésta no era sino la Star, serie 90 mm Parabellum de Benito que acabó desenfundada por las artes del demonio y con un tiro al aire para rebajar los ánimos. Con tan mala fortuna que, como las armas las carga el diablo ( y más éste que hasta intenta hacerle trampa en la balanza al Arcángel), el disparo rebotó en la dovela derecha y tras percutir el pavimento de la plaza, se interesó por el lado izquierdo de la ingle de Miguel.

Dicen que resultó milagroso el hecho de que el “furtivo cazador del raro anorak” resultara ser cirujano eminente del Hospital General de Huesca; pero fuera como fuere, la verdad es que a una llamada suya, la ambulancia de Emergencias Sanitarias apareció casi al instante y se produjo su evacuación en perfectas condiciones asistenciales. Miguel fue ingresado e intervenido de urgencia, pero cuando pasó el efecto de la anestesia y el Cirujano quiso hacer las paces comunicándole el éxito de la intervención y su pronóstico fuera de todo peligro, sólo encontró una cama vacía, las guías del suero esturreadas y vertiendo líquido en el suelo, y el testículo izquierdo extirpado al paciente, dentro de un bote de alcohol presidiendo la mesita.



III. De vida beata.

La culpa fue de Maria de las Mercedes. Como casi siempre y de casi todo lo que no sale bien, la culpa fue de ella, que se encariñó con Miguel. Siempre le digo que su gran corazón y sus raíces andaluzas y confiadas, la pierden. Pero no me hizo caso.

Me llamo Jesús Lobo aunque en la comunidad me conocen más por el “señor Cuesta” y no sólo por mi profesión, que me obliga a saber lo que cuesta todo y cómo poder desgravarlo, sino por puras razones de azar. La fortuna, que me había sido tan esquiva el 22 de diciembre, seis días más tarde se me presentó de cara con ocasión de celebrarse la Junta Ordinaria de la Comunidad de Propietarios. Dijeron que no era una inocentada, sino que por sorteo, me había correspondido ocupar la Presidencia. Y allí se fraguó el principio del fin.

Durante el primer semestre tuve que enfrentarme a la contención del gasto comunitario, subida de cuotas y aplicación de derramas con las que acometer la renovación de la contrata del servicio de mantenimiento de los ascensores, desratización masiva del edificio y hasta el botellón de fin de semana que se nos había instalado en la contigua plaza, por donde campaban, sin miramiento, legiones de chaperos, putas y extranjeros. Pero todo lo acometí con éxito y resolución.

Lo que no pude prever fue el problema de la portería. Cómo iba yo a poder imaginarme que doña Hermenegildo, a sus sesenta y catorce años más que cumplidos, se dejara embaucar por Dimitrich, aquel portero nuestro de uno ochenta y dos, rubio, macizo, de ojos claros y treinta y dos abriles y muslos tersos curados en los fríos de la tundra siberiana. Las armas que empleó, siempre constituyeron un secreto mejor guardado que la fórmula de la Coca-Cola, pero lo único evidente es que, cual “currista” estepario, clavó en todo lo alto, completó la faena y el respetable (en este caso, la octogenaria) le pidió con insistencia la vuelta al ruedo, los trofeos y hasta “el rabo”. De esta forma, se produjo lo que los vecinos dieron en llama el “ síndrome Casillas”, pues Dimitrih pasó en un suspiro de portero titular a ídolo del vecindario que, consciente del nuevo status, comenzó a llamarle el vecino del sexto bé. O sea, todo un caso de ascenso laboral por promoción “interna”.

Así que, en plena canícula, heme aquí sin portero y con amotinamiento vecinal sobre quién retiraba la basura de las puertas. Siguiendo estudiadas técnicas de gestión empresarial norteamericanas, delegué la función de contratar nuevo portero en mi querida esposa y compañera Maria de las Mercedes quien, con la pragmática propia de las de su sexo y las páginas amarillas, no tardó en conseguir la dirección de una e esas E.P.Is (Empresas de Profesionales Informales) sita en la madrileña calle del Escorial, dedicada a tales menesteres.

Su gestor, Miguel A. Flanagan, pronto resolvió el problema, y tras enviarnos a un espécimen ( que a la postre resultaría condenado por camello dedicado al menudeo de coca y por violador en serie de menores y discapacitados), logró introducirse en nuestro hogar, en nuestras vidas y hasta en nuestro corazón, con la misma facilidad que la correspondiente comisión en su bolsillo.

Lo que vino después, he de abreviarlo. Me conquistó el mismo día de la entrevista inicial, pues viendo el cuadro de la Psicostasis de Biota que colgaba en la pared de su despacho, no pude resistirme a establecer su similitud estilística con otra que del Beato de Silos guardaba yo en el despacho hogareño, regalo de mi querida amiga Laura. El no hizo comentario alguno. Sólo me regaló, al despedirnos, una reproducción fotográfica del Signum Magíster que, con tiempo y dedicación, logré transliterar de la lengua gaélica y desvelar, en primicia, el nombre del maestro cantero.

Luego, vinieron las comidas, viajes a Soria y Segovia en busca de nuevas pistas gaélicas y hasta un proyecto de Circo Románico que elaboramos juntos con nuestra propia página web. Fueron días de vinos y rosas. Llegamos a tocar el cielo. Hasta el ámbito universitario se involucró en el proyecto y sacamos a la luz un foro internaútico que era la envidia de los rivales. Miguel pareció sonreír a la vida de nuevo y hasta comenzó a preocuparse de su imagen. Un gestor, pensó, no puede aparecer en público así como así. Y tal como lo pensó lo hizo, pues comenzó a hacer futing los fines de semana (como alternativa a las corridas que antaño sufriera por culpa de acreedores estafados), perdió peso y hasta se sometió a una intervención quirúrgica estética gutural para limar el tono atronador de su habla y sustituir sus cuerdas bucales gemelas a las del presentador de concursos Constantino Romero, por la más cálida y melíflua del presentador de telediarios de la tercera, Matías Prats. También pensó hacerse una liposucción por el mismo precio, pero acabó desechándola cuando a su mente le vino el recuerdo de aquellos buenos duros ganados en tiempos difíciles haciendo de Santa Claus en la campaña navideña del Carrefour. Era el más eficaz y el más deseado por la multicional, por sincero. Nada de imitaciones, colorantes ni edulcorantes. La voz y la barriga, auténticas y sin trampa ni cojines de relleno. Además, sólo llenaba el saco con caramelos mentolados fuertes de marca Pictolín, con lo que conseguía economizar y el doble objetivo: mejoraba las faringitis y evitaba que los pequeñuelos repitieran.

Ofertamos varios servicios, desde conocimientos básicos del arte románico, tienda virtual donde se ofrecían reproducciones de la Psicostasis del templo de Biota con certificado de garantía de su manufactura “totalment a mà, a la manera dels antics“, conocimientos sobre restauración según técnicas de un cantero ejerciente, algo de legislación, y hasta apoyo psicológico. Todo el paquete incluido en la cuota de socio al que, como premio de fidelidad, caso de superar los dos primeros años de permanencia, se le realizaba, de forma gratuita, la declaración anual del impuesto sobre la Renta de las Personas Físicas y del Patrimonio. El IVA, como siempre, aparte.

El servicio de consulting y legislación estaba a cargo de un picapleitos del tres al cuarto que, especialista en extranjería y exequatur de sentencias vaticanas, funcionaba en régimen de asociado de la franquicia “In Véritas virtus, On lain”. No era nada eficaz, pero por iguala de sesenta y tres euros al año, daba postín a la página. Lo del gabinete psicológico era otro cantar. Miguel, conciente de que el trato en el foro, con sus ataques, desgasta hasta las mentes más estables, había contratado a Mari, una mujer joven, casi no llegaba a la treintena y en plena sazón. Con el cabello algo pelirrojo, en rizos voluptuosos y figura de gacela, se movía por la sede social como una deidad ubicua y concupiscente. Cuerpo de diosa y lengua de serpiente y con esa técnica propia de los psicólogos y otros loqueros, incomprensible para los no iniciados en los misterios del psicoanálisis y el neocognitivismo, se limitaba a susurrar, con su voz encantadora, su diagnóstico profesional cada vez que aparecía en el foro un asiduo visitante embozado tras el nik de “Canecillo”: ¡ Este tío- decía la psicóloga-, no es que sea tonto; es que es gilipollas¡.

Pero el producto estrella de nuestro Proyecto industrial románico eran los viajes guiados. Miguel, en combinación con Benito, que desde el hecho del disparo fortuito resultó expedientado y apartado del cuerpo de Policía Local y ahora se ganaba la vida ejerciendo de taxista pirata, contrataban para la ocasión un autocar y, transformado con su gorro color caquis, se imbuía en su alter ego como guía de los pasajeros, micrófono en mano. Con las amistades del cura de la Colegiata de Elines y de la de Vallejo de Mena, realizó los dos primeros fines de semana románicos, que constituyeron un gran éxito. Animado por la repercusión conseguida y como le encontrara el gusto a viajar “de gratis” por todas las ventas y villorrios al reclamo de la clientela que aportaba a cuentos restaurantes y mesones de ruta visitaba con ocasión del grito de los ocupantes ¡ para chófer queremos mear…¡, decidió ampliar la cartera prestacional de servicios con la introducción de lo que dio en llama Románico Accesible. Consistía dicho producto en una submodalidad del anterior ( con lo que ni Benito ni el viejo autocar cambiaban, los exprimía más y los rentabilizaba) pero con la novedad de estar dirigido a clientes potenciales de “otro nivel”. Deberían ser paralíticos cerebrales, espásticos y de buena familia dispuesta a dejarse vaciar la cartera a cambio de poder colocar al pariente para poder aprovechar el fin de semana esquiando en las pistas de Baqueira y Veret, por ejemplo. Ello, le aseguraba a Miguel un alto beneficio, a la vez que conseguía otra comisión por el uso imprescindible de los conserjes que eran los encargados de empujar y trastear con las sillas de ruedas y el transporte de los pasajeros especiales.


El resultado fue estupendo si obviamos el percance ocurrido con ocasión de la visita guiada al Monasterio de Piedra. Allí, al atravesar el puente de madera sobre el Lago de Los Espejos, la tarima, al peso de la columna de sillas de ruedas cedió y uno de los “clientes” cayó al agua. A los gritos de auxilio, fue rescatado por los operarios de la piscifactoría truchera de las inmediaciones, si bien, y dada la espasticidad y nula movilidad de la víctima, hubieron de emplear garfios atuneros para “trincarlo de donde fuera”, con tan mala fortuna que fueron a anclarlo de la entrepierna. Los desgarros físicos fueron considerables y acabaron convirtiéndolo en eunuco a su pesar, pero como diría Miguel, lo importante es que había salvado la vida y “lo otro” debería considerarse tan sólo como daños colaterales, pues en un ser de “aquella forma” la pérdida de los genitales era algo inocuo por afuncional. Lo que nunca dijo es que, tras amenazar a la Administración con interponerle demanda por responsabilidad patrimonial a consecuencia de defectuoso funcionamiento de los servicios, obtuvo para sí y en concepto de gestor organizador, una indemnización de 120.000 euros de la Junta Regional Aragonesa, mientras a los padres de la víctima le resolvían su protesta enérgica invitándoles a pasar un fin de semana gratis en el Hospedería de La Dolores, en la cercana localidad de Calatayud.


Todo iba bien. Hasta que con ocasión de una intervención que hice en el foro explicando mi descubrimiento y transliteración del Signum Magíster como correspondiente al Maestro Ailbe, recibí un requerimiento, por burofax con acuse e recibo, de la Sociedad Nacional de Autores en la que se me pedía el abono de 234 euros por derechos de uso de la patente y derechos de propiedad intelectual legalmente registrada. Inútiles cuantos argumentos y documentos esgrimí. La firma y su transliteración estaban registradas en el Registro de la Propiedad Intelectual e Industrial y no podía hacerse uso, ni de una ni de otra, sino con permiso de su autor y previo pago.
Lo malo no fue pagar, sino comprobar el destinatario de mi tasa: don Miguel A. Flanagan.


Después de aquello, comprobar que aquel mueble del Circo Románico, siempre cerrado bajo llave celosamente guardada, y asegurado en varios miles de euros por contener – se suponía- la miniaturoteca con nueve reproducciones de Beatos y al que Miguel solía denominar el Estante de la Ribera Sacra, no era sino una bodega con los mejores vinos de reserva de las mejores cosechas de la Ribera del Duero, casi ni me dolió.

Podría haber utilizado el bate de béisbol aplicándolo a la entrepierna de Miguel, procurando un ligero escorzo hacia el lado derecho, pero como soy hombre pacífico que me gusta resolver los temas hablándolos, preferí hablar con el dueño de mi Restaurante Chino favorito que, por módico precio, me procuró los servicios de unos paisanos suyos expertos en artes marciales.

La policía lo achacó a un ajuste de cuentas…..


IV. Sic transit gloria mundi.

Que en una pequeña capital de sureste andaluz donde todos nos conocemos, aparezca de repente en el Club de Mar un individuo vestido de impoluto blanco, bastón de bambú y con el rostro del Cristo de la Buena Muerte, casi de tamaño natural, en oro puro colgando del cuello, no es para pasar desapercibido. Menos aún, si el individuo en cuestión, cojea de la pierna derecha.

Así se presentó Miguel en Almería. De la noche a la mañana. Nadie sabía de donde salía, pero pronto corrió el rumor de que era un rico empresario y accionista mayoritario en varias empresas navieras que había recalado en Almería buscando abrigo y reparación para su lujoso yate, y sol para reavivar el brillo de sus canas.

Sea como fuere, no tardó en hacerse una figura familiar del paisaje urbano y portuario que, con su elocuencia y sabiduría extraída de la experiencia vital, acabó conquistando los mejores salones sociales de aquella capital provinciana.

Recuerdo que nuestro primer contacto no fue, precisamente, algo que pudiéramos considerar fácil ni agradable. Al preguntarle por su dedicación u oficio, se limitó a contestarme: ¡de profesión, Gestor¡. Después me habló de su teoría sobre la vida según la cual es una guerra de la que siempre regresamos heridos de muerte y, seguidamente sobre la de los amigos y el interés simple. Yo me limité a ofrecerle mi tarjeta de visita y no fue hasta mucho tiempo más tarde cuando la vida me volvería a reencontrar con Miguel. Y efectivamente, herido de muerte, como se verá.

Supe con el paso del tiempo que con ocasión de la celebración del Día de las Fuerzas Armadas, el 30 de mayo, fue Miguel invitado por el Comandante de Marina a la ceremonia religiosa que tradicionalmente es celebraba por el cuerpo en el Santuario de la Patrona, la Virgen del Mar. Miguel quedó anonadado ante el templo santuario y su claustro adosado que, fruto de la desamortización, ahora cumplía funciones de Escuela de Bellas Artes y lugar donde terminaba todo catering oficial que se preciara.

Fue el olor del incienso lo que despertó el olfato y el instinto empresarial que Miguel llevaba dentro. Nada más acabar la ceremonia oficial y llenado el estómago con los suculentos canapés generosamente servidos a costa del erario público, su cabeza se puso a funcionar más ligera aún que su vientre, algo suestecillo por culpa de aquella bechamel amarilla con que le habían servido la ración de calamares. Sentado en el trono de Roca, pronto comprendió el campo empresarial que se abría ante sus ojos, pues en observando la ceremonia religiosa, no pudo dejar de reparar en una pléyade de señoras de la alta sociedad ricamente enjoyadas que, con el nombre de “Camareras o Damas del Camerín de la Patrona” tenían el raro privilegio de ser las únicas que vestían y desvestían a la Santa Virgen del Mar, reparaban sus lujosas y carísimas vestimentas bordadas en oro y plata enjaezadas con pedrería preciosa, colocaban ramos diarios de flores (siempre de color blanco) y hasta llevaban la agenda de las bodas que en dicho lugar sagrado se celebraban, sometidas a turno riguroso y con gran lista de espera.

Y dicho y hecho. A las pocas semanas después, he aquí que tenemos a Miguel integrado en la estructura protoeclesiástica y con más mando en plaza que el propio padre prior benedictino titular del santuario. Quedó encargado de la agenda de los oficios litúrgicos ad extram ( como a él le gustaba decir) que no era sino el señalamiento y otorgamiento de fecha, día y hora de las bodas y bautizos que, previa generosa comisión, era mutante, tanto más cuanto más generosa fuera la feligresa en cuestión. También se ocupaba del ornato floral que acabó subcontratando en exclusiva con la firma Decoración Floral Lales, previo estipendio generoso, así como el apartado de alfombra roja, reclinatorios aterciopelados para los padrinos a los que, según cómo y cuando, se les permitía colocarse junto al altar; el coro, velas, iluminación total o parcial del templo.., etc.

Pero pronto descubrió la generosidad de su corazón. O al menos así llegó a pensarlo todo el mundo, pues no era raro verlo cada tarde, con una piara de ancianas beatas visitando iglesias y otros monumentos religiosos e incluso dirigiéndolas en el rezo del rosario. Tenía un organizado planning de visitas domiciliarias para las ancianas solitarias a las que, en los frecuentes días invernales de sol, solía incluso sacar a pasear a la Rambla con sus taca-taca. Nadie se extrañó que siempre las eligiera muy mayores, viudas y sin hijos o con ellos en el Dorado haciendo fortuna, pues sus modales y generosidad estaban fuera de toda sospecha, máxime teniendo en cuenta que – como todos creíamos- era un multimillonario de la banca y bolsa en busca de un poco de sol para su piel y de compañía para su espíritu solitario.

Fue aquel condenado Inspector de Hacienda recién llegado a la capital, don Crispín A. Travesado, quien con motivo de una inspección rutinaria – según siempre dijo y mantuvo- levantó el velo. Y al hacerlo, no sólo descubrió los caudales relictos de las fallecidas beatas, sino sus legados y últimas disposiciones testamentarias en las que siempre e indefectiblemente, aparecía un único y mismo beneficiario: Miguel A. Flanagan.
De esta forma, se le descubrieron propiedades en toda la calle Trajano, dos pisos superiores en la calle Real, media manzana del Paseo de Almería y hasta una vivienda de gran lujo y cuatrocientos cincuenta metros cuadrados en la madrileña calle de Sor Ángela de la Cruz cedida en arrendamiento a un concesionario de vehículos de alta gama.

Igualmente, aparecieron en los registros domiciliarios docenas de figuras en marfil, crucifijos engastados en oro y esmeraldas, cuadros de firmas famosas y hasta tallas en miniatura de las más famosas vírgenes que, realizadas en maderas nobles, solía pasear el mes de Agosto procesionando por las calles céntricas de la capital, totalmente vestidas con ricos mantos, bajo palio y hasta provistas de sus damas con mantilla y peineta, costaleros de alquiler y acompañadas de la Banda Municipal de Ohanes expresamente contratada ad hoc.

El hecho, en sí mismo considerado, no habría tenido importancia de no haberse detectado por el Padre Villanueva, prior de la comunidad dominica, una partida de pesticida oculta en el pozo ciego que permanecía, desde siempre, tapado en el centro del claustro y al que no supo encontrarle explicación. El no, pero la policía sí. Se exhumaron los cadáveres de las últimas veintisiete beatas miembros del cuerpo de “Camareras” fallecidas en el curso del último año y medio y la autopsia reveló restos del pesticida en cuestión. Revisados los testamentos de todas y cada una de las víctimas, la instrucción sumarial se dirigió no sólo hacia el universal beneficiario de las herencias, sino al despacho jurídico que figuraba como su invariable albacea: Gabogados.

Nos procesaron a los dos, pero Miguel pudo pagar su fianza y evadió la prisión con cargos con la sola obligación de pernoctar. Después de las vacaciones navideñas, Miguel no regresó al Centro Penitenciario El Acebuche enviando una notificación de baja por enfermedad (“trastorno adaptativo”) con un plazo de remisión y tratamiento de seis meses.

El médico forense le recomendó dar largos paseos, comprarse un perro (que no sé por qué extraño motivo bautizó con el nombre de “ Mongui”) para tener la obligación de tener que salir a la calle todos los días al menos un par de veces, y salir a pescar, pero sin alejarse mucho de la orilla. Solía irse al Cabo de Gata. Concretamente al Arrecife de las Sirenas.

En una de esas tardes, no regresó más.

Lo declararon en rebeldía primero, después en ausencia legal y al final, se produjo su declaración legal de ausente. A mí y al Médico Forense nos juzgaron y nos cayeron un año y seis meses de prisión y tres años de inhabilitación.

Yo tampoco he vuelto al Arrecife de las Sirenas. Me da no se qué y además, lleva casi tres años con demasiado movimiento, pues es rara la semana que no aparece allí un centenar de inmigrantes arribados en patera desde las costas africanas.

Hablando con Guillermo Torralba, Capitán del Servicio de Inteligencia de la 242ª Comandancia de la Guardia Civil en Almería, con el que coincidí en el dentista, me comentó que era raro; que antes no pasaba, sobre todo por la dificultad y lo abrupto de los roquedales y de la misma costa. Me dijo que era un punto de llegada inusual por la estrechez de la entrada en las calas y por lo alejado de otros puntos habituales del Poniente almeriense. “ La verdad – me dijo- vienen todos derechos salvando las piedras y de noche. Este hecho insólito sólo se puede explicar de tres maneras: o como si hubieran estando toda la vida pescando allí, o como si existiera una carretera pintada en el agua con tiralíneas, o como si “alguien” amante y conocedor profundo del Arrecife le trazara en origen la singladura”.


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En Almería, en el Puente de la Inmaculada Constitución del 2006.





viernes 28 de noviembre de 2008

Una cuestión de conciencia

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.Sr.Director, le agradeceré que publique la carta que adjunto en el periódico que tan acertadamente dirige. Estoy seguro de que no atenta contra ninguna norma ética y por supuesto no afecta a ningún político conocido. Yo, la verdad, no quería, bien lo sabe Dios, pero ella me insistió, me insistió tanto, que tuve que darle la razón.

“Ya verás tú lo que haces, Prudencio, pero esto no puede seguir así, nosotros no podemos continuar con esta carga en la conciencia y alguien tendrá que decírselo. Es tu jefe. Tú sabrás. Pero, claro, hay que hacerlo de forma que no hieras sus sentimientos, a nadie le gusta enterarse de que su esposa se la está pegando con el Subdelegado de Pozos y Minas , que está en el despacho siete del piso de arriba del Ministerio, justo encima del suyo. Don Virginio no se merece eso”.

Mi jefe, Don Virginio Humano, era el responsable del Departamento de Aguas Aéreas y Subterráneas del Ministerio de Obras Terrestres y Urbanismo (MOTU). Había venido a Almería hace unos 5 años, trasladado desde Cuenca, al parecer por problemas respiratorios. Necesitaba el clima marino y además un año antes había enviudado y quizás había sido bueno el cambiar de aires. Aquí, poco después, conoció a Margarita, la adjunta del Subdelegado, y poco a poco cayó en sus redes, acabando por casarse el año pasado, después de varios episodios que aún se comentan.
Bueno, lo cierto es que ella me insistió:

“Tienes que ser tú quien se lo diga, Don Virginio es una buena persona y no se merece eso. Pero claro, habrá que buscar una forma conveniente”.

Ella, que en otra vida anterior habría podido ser consejera de Lucrecia Borgia, me lo soltó de repente:

“Tienes que hacerlo como la otra vez. Que sí, que tú escribes muy bien y ya sabes que Don Virginio es como tú, siempre lee el periódico en la cafetería a la hora del desayuno, empieza como tú, con el artículo de Manuel Alcántara, luego los sucesos, las esquelas y por último las Cartas al Director. Seguro que es capaz de leer entre líneas; cuentas lo que le pasa a un vecino, le cambias los nombres, pero dices lo más importante. Él lo entenderá y no pasará por la vergüenza de ser el último en enterarse”.

Claro, ante esto no hay quien pueda alegar nada. Las mujeres tienen un poder especial, mi abuelo decía que eran de azúcar (bueno, decía otra cosa, pero no me parece correcto entre caballeros). Ella me insistió y yo que no. Que a nosotros qué nos importa, si sólo estamos de la casa al trabajo por las mañanas y por las tardes a llevar a las niñas a la piscina, al baile, al pediatra, a las fiestas de cumpleaños y a casa de tus amigas. Cada uno con su vida que haga lo que quiera.

Yo, que vine trasladado de Correos hace tres años, estoy muy bien aquí con mi negociado de Aguas Menores.

También se lo puede decir Rafael Manuel, el imbécil del jefe de negociado de Aguas Mayores; está mas cerca de su despacho, es su hombre de confianza, su mano derecha y mitad de la izquierda. Pero no, él está soltero; tendré que ser yo.

Don Virginio, mi jefe, es un hombre de costumbres castellanas, de poco más de sesenta años. Como ya le dije antes, vino de Cuenca, viudo y sin hijos. Bueno, lo de viudo, más o menos, más bien que menos. La cosa se destapó cuando Juan García, el conserje, recibió de allí una invitación de un amigo de la mili, para asistir a la boda de su hija. Juan no quería ir, no había visto a su amigo desde que estuvieron en el Sahara, pero su mujer insistió. Al llegar, Cuenca es muy pequeña, le esperaba su amigo, conserje también pero en la delegación del Ministerio de Salud y Obras Menesterosas.

“Hombre Juan, cuánto tiempo, y a propósito, tú que vienes de Almería, ¿no conocerás a Don....?”.
La historia era una pena, una verdadera pena. Don Virginio se había casado hacía diez años con Doña Carmelina, farmacéutica, rubia y veinte años menor que él. Ella era de educación estricta y él estaba todo el día en la oficina, mañana, tarde-noche y partes del sábado; el peso de la responsabilidad. Ella tenía en la farmacia a una sobrina del alcalde que no había donde colocar, y se pasaba todo el día en su chalet, en una preciosa zona residencial a las afueras de Cuenca, lo que no distaba más de tres kilómetros de la farmacia.

Un puro jardín era el barrio y es así como conoció a Nelson Wenceslao (el Guajiro le llamaban, para acortar), un joven inmigrante cubano que se buscaba la vida como jardinero de exteriores y las más de interiores.

Y pasó lo que tenía que pasar. Doña Carmelina, joven de rígida educación, no era muy amante del vicio de fumar, lo justo, el pitillo reglamentario de los sábados, pero aquel turgente puro habano de después de la siesta le había descubierto placeres insospechados. Cuenca es muy pequeña; el divorcio fue rápido y Don Virginio tuvo que marcharse con el cigarrillo entre las piernas para no ser la mofa de sus bienintencionados vecinos.

Lógicamente, en la oficina nadie sabe nada, nadie dice nada y Juan solamente se escribe con su amigo para contarle sus problemas con la próstata, a nadie le interesa la vida de nadie.

Y ahora pretende ella que yo le diga que su esposa, la de ahora, se la pega. Hombre, lo suyo con Margarita se veía venir. Recuerdo que hace casi tres años, recién llegado yo de Correos, y aprovechando la celebración del Día de Andalucía, fuimos a Murcia, lógicamente al Corte Ingles.
Aquello parecía el Paseo, la mitad de mis parientes, con sus respectivas, estaban allí.

Lógicamente, todas habían pensado lo mismo. Después de admirar una preciosa, preciosa, camisa de casi veinte mil pesetas, tuve que admitir que ella tenía buen gusto, que hacía juego con el pantalón, divino, que se acababa de comprar y que las cosas buenas duran una barbaridad. Lógicamente, lo cargué todo a la tarjeta y ya pasó a ser un asunto interno del banco.

Justamente al salir, bajando al parking, allí estaba Don Virginio, ayudando a Margarita a cargar unas bolsas grandes con edredones y unas más pequeñas que parecían de ropa interior de esa que sale en las películas que a mi cuñado tanto le gustan y que ve hasta cuando están codificadas; dice que con las gafas de sol mejor que el cinemascope. Yo por supuesto no dije nada en la oficina, bueno ella se lo dijo a la mujer de Juan, pero no hay cuidado.

Por eso le digo que me veo en la obligación de pedirle que publique la carta que está en la hoja siguiente. Por favor, aunque incluyo una fotocopia del carnet de identidad, le ruego que en la firma sólo ponga las iniciales; ésta es una ciudad muy pequeña y todos nos conocemos. No quiero que pase como la otra vez, que ya le dije yo a ella que no teníamos que meternos en lo del Jefe de Correo Bastante Urgente. ¿Qué nos importaba a nosotros lo de su mujer y el guardia jurado de la puerta?. Tanto ir a Madrid, tanto ir a Sevilla y mientras su mujer con el de la porra. Pero bueno, ella insistió, ya sabe lo de aquello que tienen de azúcar. Ella insistió. Era una cuestión de conciencia.-
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sábado 22 de noviembre de 2008

Aquelarre

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Hacía un par de lunas que Kurabla y Draude habían organizado un encuentro con otros druidas seguidores de ritos celtas. Se acercaba el año nuevo de la tradición celta, una fecha idónea para un aquelarre que abriera las puertas de acceso al mundo de los espíritus. La ocasión debía aprovecharse ahora que venía de cara, pues su calva no permite agarrar por los pelos la oportunidad una vez ha pasado de largo.

Kurabla era una druida con profundos conocimientos en brujería, con probada experiencia en rituales de magia, blanca o negra (sin estigmas de racismo), de naturaleza práctica y de carácter profundamente crítico. Draude era conocedor de hierbas, especias y setas, de sus propiedades y sus potenciales. También era druida, aunque lo era por extensión de su pareja y, por tanto, tenía conocimientos bastante superficiales en estos temas.

Llegado el día previsto, media hora antes del amanecer, partieron en su carreta rumbo a la posada donde se produciría el encuentro. Tirada por un viejo percherón gris que adquirieron por catorce monedas de plata en un mercado equino hacía ya seis años, y cargando el atuendo y alimento justo y suficiente, el viaje podía realizarse en un día. Atado a una cuerda, en la parte de atrás de la carreta, llevaban su sabueso. Una perra fiel, sumisa e inseparable de Kurabla.

Al atardecer llegaron a su destino. Allí los aguardaba el posadero que los atendió consolando su estómago con una sopa castellana y dirigiéndolos a la habitación reservada para ellos. Esa noche los dos druidas descansaron bajo una colcha de lana y se reconfortaron del largo viaje efectuado. Viaje que habían hecho en un buen tramo bajo una fina y persistente lluvia, no menos adversa que el resto del camino, donde el húmedo frío que había reinado el día, bajo un cielo encapotado, les había llegado a hacerles padecer algunos síntomas de hipotermia.

Al día siguiente, a media mañana, llegó el gran chamán Al.leunam. Vestía turbante azul y túnica blanca con guarniciones doradas en el pectoral. Montaba un joven caballo árabe de lustroso pelo rojizo, bella figura y cubierto con una magnífica silla alforzada de color negro. El chamán procedía de las tierras meridionales de la península, territorio aún bajo los dominios musulmanes; había dedicado muchos años a la lectura, al estudio de la historia y de las leyes, era experto en la contemplación de templos y en el desvelado de enigmas célticos... en fin, que guardaba secretos jamás contados a los habitantes de su ciudad. Secretos que sólo compartía con amigos druidas en encuentros como el que se disponía a vivir.

Al.leunam había cabalgado todo del día anterior hasta llegar a una población cercana a la posada. Allí había pasado una noche en el palacio de unos príncipes cuyo linaje y posesiones se extendían por toda la península. Al.leunam, en sus viajes por tierras cristianas, frecuentaba descansar en los múltiples castillos y palacios de esa noble familia. Las costumbres, la higiene y la distinción de esos lugares se acercaban más a sus hábitos de exquisitez, propios de un chamán de su condición.
En aquel momento llegaba ya a la posada y divisaba a los amigos druidas, Kurabla lo saludó y le indicó que dejara su corcel cerca de la balsa pantanosa para que éste pudiera abrevar. Al.leunam aceptó cortésmente la propuesta y, tras bajar del caballo y sortear entre charcos e islas fangosas el trayecto hasta la entrada de la posada, saludó con un efusivo abrazo a sus ya viejos conocidos mientras comprobaba que el lugar pantanoso donde se encontraba distaba mucho de la tierra firme y seca que él prefería. “Esto, en palacio, no ocurre” les dijo mostrando su preciado calzado mojado, lleno de mierda y barro. “!Es que te metes en todos los charcos!”, le contestaron.

Apenas habían empezado a explicarse las últimas novedades de sus vidas, cuando llegaron en una caravana de cuatro asnos los otros tres invitados al aquelarre de fin de año. Eran el brujo Leafar, junto con las brujas Aciam e Ichuram. Leafar era un instruido hechicero con poder para comunicar con los dioses, con el mismo diablo, con la Madre Tierra y con el “más allá”. Aunque nadie sabía cómo se comunicaba, algunas leyendas lo comparaban al movimiento de bajada de la tapa en un artilugio con el que solía pasar largas horas de observación, como transmitiéndose señales mutuamente. Aciam era una menuda hechicera, oriunda de tierras musulmanas, ocurrente y catalizadora de hechizos y de relaciones. Era la mujer de Leafar, o más bien era Leafar su marido, ya que Aciam, como toda mujer que se preciaba, era la que ordenaba y conducía la vida de su pareja. Y por último, Ichuram, que con su indumentaria negra y su trabajado aspecto se percibía el pacto con Satanás. A pesar de esa visión misteriosa en la que sólo le faltaba la escoba y el sombrero alto acabado en punta, aparecía una bruja que curaba a la gente con plantas medicinales y exorcizando los malos espíritus usando sus poderes mágicos. El cuarto burrito y apreciablemente el más viejo todos, iba cargado con tres mantas enrolladas, un mugriento caldero, un par de cantimploras de barro y unas alforjas con lo que, supuestamente, serian los atuendos y utensilios necesarios para la ocasión.

Tras ocupar las estancias de la posada, se reunieron en el comedor para disfrutar juntos de una buena comida y conversar sobre sus temas comunes. El posadero les ofreció unos chuscos de pan y una vasija con aceite procedente de unos olivos de Úbedum. Por reconocer su proximidad con el origen de ese selecto producto, el chamán se alegró de manera evidente, pero pronto descubrió que habían puesto a macerar unos boletus en su interior con el fin de darle aroma al aceite, y lo que le habían conseguido es un aceite con doscientos gusanos moviéndose en él. Como la vasija no tenía la embocadura adecuada para dosificar cuidadosamente el óleo, el intento de Al.leunam acabó en un chorro de líquido con boletus y gusanos sobre el chusco abierto. “Esto, en palacio, no ocurre: mi vasija tiene una embocadura perforada por donde vierto la cantidad justa y limpia sobre el pan” pensó Al.leunam. Pero tras haber hecho tan efusivo recibimiento al posadero cuando anunció la procedencia del olium, Al.leunam se vio obligado, con disimulo de las arcadas, a tomarse el pan con el aceitón, proteínas incluidas.

El posadero anunció que su mujer había preparado unos garbanzos para la ocasión. No había engaño en que eran garbanzos, pero tampoco había engañifa que acompañase el puchero. Todos comieron los garbanzos sin prestar mayor atención al plato. Todos menos Al.leunam, que no recordaba haber comido nunca unos garbanzos-garbanzos, sin más, ya que en palacio los garbanzos solían acompañarlos con otras exquisiteces. Aunque eso no se pudo comparar con el churrasco seco que se sirvió a continuación. Era igual que se quisiera normal, al punto, muy hecho, pasado o achicharrado. El resultado era el mismo: un trozo de vieja ternera dura como una suela de zapato.

Ante esa comida, todos se quedaron un tanto hambrientos y el chamán estuvo tentado de enviar un maleficio a la cocinera, pero Aciam salió conciliadora de la situación y propuso que ella, junto con las otras compañeras, se encargarían de cocinar la cena de la noche de fin de año. Así el aquelarre previsto aseguraría mejor el éxito de contactar con el más allá.

Tras la comida, los druidas se dispusieron a curiosear por las estancias abiertas de la posada. Kurabla ofreció a su querida sabuesa los restos del churrasco y ésta se los comió tras un largo esfuerzo que, finalmente, zanjó engulléndolos. En un viejo cobertizo, junto a los corrales, los posaderos tenían un número importante de vasijas de barro. Todas llenas de nada. ¿De nada?, ¡No! Del fondo de una de ellas, Kurabla extrajo algo negro. Se trataba de un murciélago muerto que, seguramente, había caído en ese cántaro y, sin capacidad para arrancar el vuelo desde ese desaventajado lugar, acabó pereciendo y desecándose. Tras mostrarlo al grupo de brujos, y ante la cara de repugnancia de Al.leunam que describía su pensamiento de “esto, en palacio, no ocurre”, Aciam replicó ocurrente “nos lo llevamos para la cena”, y se lo guardó en el zurrón de piel que llevaba colgado a todas horas en su espalda.

Luego, al cruzar el patio, en dirección a las habitaciones, resultó que el perro del posadero se había ensañado con la sabuesa de Kurabla. En medio de la pelea de los canes, se encontró Al.leunam medio atropellado por los saltos y revuelcos de éstos prácticamente sobre él. Kurabla dio unas autoritarias órdenes a su sabuesa y ésta se retiró de la pelea. No obstante, la blanca túnica de Al.leunam dejó de ser toda blanca. “Esto, en palacio, no ocurre” pensó una vez más y, sacándole cortésmente importancia al tema y disculpándose por su torpeza, expuso que se iba a asear y a vestirse adecuadamente para el aquelarre.

Al.leunam se fue hasta el riachuelo que ladeaba la posada, allí procuró lavarse un poco con esa agua fría. Acostumbrado a los baños de palacio, con balsas de agua calentada a leña o en aquella ocasión que disfrutó de unas aguas termales, no pudo dejar de pensar que echaba de menos los castillos del príncipe, y se preguntaba cómo era que Kurabla siempre lo ponía en estos charcos. Después, se dirigió a su habitación, se quitó la túnica manchada para ponerse una túnica limpia y se sacó el turbante azul para ponerse un turbante negro. Ahora ya estaba aseado para disfrutar del aquelarre.

Aquella tarde se dedicaron a los preparativos, Kurabla salió a recolectar setas. No le fue difícil encontrar unos boletus y alguna muscaria para hacer una pócima con dotes alucinógenas. Ichuram la acompañó en el recorrido por el bosque y se dedicó a coger las plantas apropiadas para la fiesta: mandrágora, beleño y estramonio básicamente, aunque cogió también secretamente algunas bayas y se las guardó celosamente envueltas en un pañuelo. El resto del grupo, subieron a lo alto de la colina cercana a la posada, allí Aciam fue preparando el caldero para la cena de gala y los demás acopiaron leña para alimentar una hoguera durante toda una noche.

Aciam encargó a Al.leunam y a Draude localizar algunos ingredientes imprescindibles: una pluma de águila, un par de sapos vivos y una cola de lagartija. Ambos pensaron a la par “yo no cataré este brebaje”, así que ambos aceptaron ir a consultar al posadero si disponía de esos ingredientes que, curiosamente, tenía guardados en la despensa la cocinera. Dada la rapidez y la sorprendente fortuna con la que habían obtenido esos poco habituales ingredientes, decidieron tomarse unas copas de aguardiente de tubérculos sentados junto al hogar de la posada. Allí Al.leunam empezó a filosofar sobre cosas como que si sólo que haya una persona buena en la faz de la tierra, ya vale la pena vivir en ella, a ejemplo de Sodoma y Gomorra, que sólo que hubiera habido un hombre justo en esas ciudades, valía la pena salvarlas. También se extendió en su valoración de la gente auténtica por las vivencias, más que por su estatus social. Draude lo escuchaba asintiendo sus razonamientos y, mientras se calentaban por fuera y por dentro a base de fuego y aguardiente, llegaron Kurabla y Ichuram con los productos recogidos del bosque y marcharon todos juntos hacia la cima de la colina donde se celebraría pronto el ritual de brujería.


El principio de Alfa

Ya anochecía. Tras desaparecer el rojizo Sol por el horizonte, se percibió en segundos una bajada de temperatura en el ambiente. Se evidenciaba el frío. El cielo estaba despejado: sería una noche serena. Seguramente no helaría: por las fechas del año nuevo celta no solía helar en esos territorios. La luna llena favorecería la iluminación del escenario. Y también el fuego. La hoguera ya se levantaba por encima de la colina, como prolongación de la tierra hacia el cielo. Como llamando a los mundos superiores, con sus llamas, para que, desde sus atalayas, abrieran las puertas que conectan este mundo con el más allá.

Leafar iba añadiendo leña al fuego mientras rezaba repetitivamente una especie de conjuro e iba dando vueltas levógiras en torno a la hoguera. Aciam removía el caldero con una larga pala de madera de olivo y, al ver llegar al resto de brujos, les solicitó impaciente el resto de ingredientes, sobre todo la cola de lagartija, imprescindible para dar el sabor apropiado al brebaje. Pronto se pusieron a cocer todos los productos. Mientras, se recitaban los hechizos repetidamente. No tardó en que las palabras de los seis brujos se empezaron a confundir en una sola voz. Entonces, iba subiendo el volumen de su fuerza y la pócima se iba cargando de energía. Las burbujas de la ebullición rompían como chisporroteos en el aire y el aroma a boletus con mandrágora, el hedor a muscaria con beleño y estramonio, las vibraciones mágicas del murciélago disecado, machacados previamente en el mortero con la cola de lagartija y las pieles de los sapos recién sacrificados, hacían que la atmósfera que envolvía ese lugar embriagara ya a todos los seis druidas.

Con ese punto de exaltación, con el estado alterado de la conciencia en la que se iban empezando a encontrar, Aciam ofreció un puchero de la pócima a cada uno. El estado de flipe de los brujos invitaba a tomárselo sin pensar en su contenido. Los seis brindaron alegres por la Madre Tierra y por el nuevo año, y se engulleron de un trago el pestilente brebaje.

Empezaron los cantos, los bailes y los delirios. Brujos y brujas se abrazaban y danzaban mientras entonaban un canto rítmico, corto y cíclico. La pala de olivo, impregnada con la pócima y junto con los restos del ungüento obtenido en el mortero, era restregado por las entrepiernas y mucosas corporales. Las vueltas levógiras en torno a la hoguera ayudaban a llamar a las puertas del inframundo y a iniciar algunos contactos con almas en pena que deambulaban por esos entornos esperando la ocasión de entrar en el purgatorio.

El brebaje provocó el vómito a uno de los druidas, Draude, y los demás lo imitaron sin ningún esfuerzo. Era el efecto normal de la ingestión de la muscarina con otros enteógenos. No obstante ahora ya habían asimilado todos los componentes mágicos y alucinógenos de la pócima. Los druidas empezaron a ver cómo los objetos se deformaban, como los árboles aumentaban de tamaño hasta parecer gigantes. El estado de euforia se apoderaba de su mente, los cantos eran entregados al ritual con una convicción que atravesarían el umbral que los trasladaría al más allá y contactarían con el príncipe del averno.

En ese estado de trance, de pronto, como en una levitación, viajaron volando los seis juntos hasta una piedra agujereada que se encontraba en medio de un campo, a modo de mojón de límite entre dos territorios. Allí, en el centro del círculo que formaban los brujos, un macho cabrio fue percibido. Éste conectó mentalmente con Leafar durante un par de segundos e, inmediatamente después, el cabrón se esfumó. Entonces, Leafar trasladó al chamán y a los dos druidas, como si se tratara de dos paquetes compactados de información, todo esa sabiduría que había recibido del mismo demonio. Un paquete hacía referencia a la estirpe de Lucifer y otro a una serie de ritos y mitos de una orden religioso-militar que se constituiría algunos siglos más tarde, en el futuro. Tras ese momento de éxtasis, los seis brujos volvieron súbitamente junto a la hoguera, en lo alto de la colina. Sus corazones latían en fuertes pulsaciones, las respiraciones eran cortas y rápidas, jadeantes. Sus cuerpos temblaban, aunque no tanto por el frío nocturno que les invadía sino por la reacción de la experiencia de haber contactado con el diablo. Se sentaron agrupados en el suelo, frente al fuego. Leafar acabó de poner los cuatro últimos leños que les quedaban. Ichuram ofreció masticar una baya a cada uno para ayudarlos a depurar las toxicidades de los enteógenos consumidos. Se cubrieron las espaldas con unas mantas y permanecieron en silencio, observando juntos el juego aleatorio de las llamas y retomando, poco a poco, el estado conciente de la mente.

Fue entonces, cuando la luna llena estaba por el cenit de su eclíptica, que los seis druidas se propusieron que labrarían una inscripción junto a la piedra agujereada. Algo así como “En este campo hay fania de juntarse los bruxos y las bruxas a sus abominaciones llevadas por el misterio del demonio”.


El final de “O meiga”


La hoguera se había convertido en una pila de brasas medio encendidas. El cielo empezaba a clarear por oriente apagando las infinitas luces que habían presidido esa noche desde el firmamento el aquelarre. Los seis druidas habían ido recuperando la vida consciente dejando atrás el ritual mágico. Cuando, por fin, el Sol apuntó en el horizonte, Leafar dijo “!Feliz año nuevo a todos! y, entre besos y abrazos, los seis brujos se felicitaron efusivamente. Y Leafar añadió “¡Que la Madre Tierra nos dé un año de buena suerte a todos!” y los seis druidas se encontraron inmersos en un baño de alegría recibiendo el año nuevo celta.

En aquel preciso momento y surgiendo del bosque, apareció una tropa de soldados que galopando fueron rodeando a los brujos. El capitán de la escuadra con voz fuerte e imponente mandó : “En nombre de Dios y por el poder que me otorga la Santa Inquisición, quedáis arrestados y seréis juzgados por vuestras prácticas de brujería”. Los seis druidas fueron maniatados y llevados presos corriendo tras el trote de los caballos hasta la iglesia del pueblo. Toda la buena suerte augurada por la llegada del año nuevo estuvo en correr sin caerse, puesto que los jinetes no se hubieran detenido y hubieran arrastrado al que se cayera hasta el pueblo.

Frente a la puerta porticada de la iglesia, bajo una arquivolta esculpida con los ocho pecados capitales, se instaló el tribunal de la Inquisición. Torturaron a los brujos hasta que confesaron sus prácticas de brujería, su relación con el diablo y su devoción por la Madre Tierra. Entonces, fueron condenados a muerte por acción del fuego sagrado de la hoguera inquisidora.

Al llegar esa misma noche, en el rollo de la Plaza Mayor del pueblo, sobre un montón de leña, fueron atados de espaldas a la misma picota los seis brujos, dándole la vuelta entera. Luego, fueron untadas sus ropas con brea y, tras dar una última oportunidad de retractarse de su relación con Satanás, fueron quemados vivos hasta desaparecer entre las llamas. Contaban los soldados que contemplaron la escena, que las últimas palabras que oyeron salir de la pira fueron: “...esto, en palacio, no ocurre!!! ¿Porqué me meteré yo en estos charcos?!!”

Esa dramática muerte de los seis brujos selló con lacre un lazo de unión entre ellos. Aunque eran de procedencia diversa y, tal vez, se podía observar alguna diferencia social, entre ellos se produjo un vínculo virtual. Un fuerte vínculo que se extendería más allá de sus vidas y de sus muertes. Vínculo que, tal vez, con los años, con los siglos, volvería a reunirlos en una vida futura de un modo similar. Seguramente con mejor fortuna, ya que peor no podría ser y la ley del equilibrio es universal. Tal vez al principio, la reunión de los brujos se produciría de un modo virtual, como telepático. Tal vez más adelante, la reunión se materializaría en similares experiencias, en los mismos puntos del espacio y en los mismos días del ciclo anual.

Y tal vez ese lazo de unión, ancestral, sería reconocido por ellos mismos al verse. Al reconocerse. Como si se hubieran conocido “desde siempre”.
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Por Fiz Cotovelo.

Gràcia, 1 de novembre de 1008
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jueves 20 de noviembre de 2008

Evolucionando

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En esta vida pasas por varias etapas. Biológicamente, todos los que tengamos la suerte de completar el ciclo, veremos infancia – adolescencia – juventud – madurez – vejez. Las transformaciones físicas aparecen evidentes en todas ellas, si las analizas son similares en todos los mortales y nos acomodamos a ellas con más o menos agrado, pero pienso que los cambios a los que es más dificil amoldarse es a los emocionales.

Vas pasando por etapas en las que la dependencia va dando paso a una cierta autonomía que después de irse desarrollando y afianzando, se viene abajo para volver a ser, poco a poco o de un solo golpe fatal, dependiente de la nueva generación que a su vez está inmersa en el mismo mecanísmo imparable.

Mental y afectivamente también se evoluciona, aunque a algunos apenas se les note. Primero domina el apego materno, luego amplías círculos que después con los años quedarán ostensiblemente reducidos. Puede ser un ejemplo de inteligencia biológica. Si atendemos a lo que decía Pío Baroja: “Sólo los tontos tienen muchas amistades. El mayor número de amigos marca el grado máximo en el dinamómetro de la estupidez”.

Las distintas emociones van acompañando estos cambios y se van alternando alegrías y penas, esperanzas y desilusiones, gozos y pesares, serenidad y tensiones, logros y fracasos que para tu alivio piensas que en la próxima etapa te ayudarán a evolucionar con las nuevas experiencias aprehendidas. Digamos que todas las aportaciones, positivas o negativas, las tomas como enseñanzas que te harán “progesar” en un futuro.

Pero en la última etapa tienes que afinar la puntería. En la conclusión de la vida sientes que no puedes permitirte la decepción de descubrir que has puesto tus esperanzas y tu confianza en las personas equivocadas, en alguien que te ha fallado y no cubre ni con mediocridad tus expectativas. Si ves que tu vida se resuelve y no te gusta el resultado que al final tiene el problema... ¡Vaya chasco!... ¡No me gustaría encontarme en esta situación!

Pienso que vivo mi vida intentando hacer las cosas lo mejor posible, siendo una persona aceptable y medio decente, haciendo el menor daño a todos y a todo. Procuro no aferrarme a situaciones o personas de una forma egoista y miserable, pues pienso que hay actitudes que empobrecen y frustran y cuando al final de mis días haga recapitulación quiero permanecer serena, equilibrada y tranquila y hay sensaciones que tienen que ser muy dolorosas para llevarselas a la tumba.

No me gusta, aunque la he experimentado en algunas ocasiones, la sensación que llamo “cara de tonto”. Hay veces que la vida es tan dura que la luces de forma permanente, pero mientras te queda tiempo por lo menos tienes la esperanza de que otros sentimientos (aunque sea la “mala leche”) vengan a cambiarte el semblante. Algunos se llevarán (siempre se habla de terceras personas cuando se comenta algo malo) la “cara de tonto”, helada en el rostro, a la eternidad... Menos mal (parece mentira pero también después de la muerte hay esperanzas) que el tiempo se encargará de ponernos a todos una “carcajeante” sonrisa dibujada en el rostro... la que lucen al final todas las calaveras... ¡El que no se conforma es porque no quiere!...

Creo que aun tengo una oportunidad. Sería buena idea seguir las enseñanzas de Séneca y llegar a ser la mujer más poderosa al hacerme dueña de mi misma, sobreponiéndome a todas mis circunstancias. No dudo que con el tiempo y la abundante Pedagogía que la vida derrocha conmigo algún día levantaré mi pequeño imperio... pero si lo dudase, sería lo mismo, otro gran hombre ( Aristóteles) acudiría en mi auxilio para susurrarme al oido que la duda es el principio de la sabiduria ...

¡Qué sería de nosotras (pobres mujeres) sin ellos (grandes hombres)!


Almería, 15 de Noviembre de 2008
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jueves 30 de octubre de 2008

Una mujer como tú

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“¡Maldito ascensor! ¡Se ha parado!”.Grité para mi interior con todas las fuerzas de que fui capaz. Sin embargo algún susurro debió escaparse de mi boca, ya que mi acompañante ocasional me miró.

Siempre le había tenido miedo a los ascensores, o al menos respeto. No. Era miedo. No tengo por que negarlo a nadie y menos a mí misma. Incluso llegué a perder una buena ocasión de compra de una oficina por el hecho intranscendente de estar en un piso doce. Era realmente una ganga de una subasta, pero fui incapaz. Me costó una buena bronca con mi marido, tan perfecto, tan inmovilista, tan sabio, tan previsor y tan lleno de incomprensión hacia los pecadillos ajenos. Ni una palabra de aliento (“lo tuyo son tonterías, caprichos de mujer histérica, desocupada y sin valor, una miedica”). Acabé comprando una oficina mucho más pequeña, más cara, en el edificio más nuevo y tecnológicamente preparado de la ciudad, pero situada en la segunda planta. Hacía caso de lo que dicen los carteles del Hospital: “Cuide su salud haciendo ejercicio. Use las escaleras”.

El “don listo” de mi marido, psicólogo aficionado, me “ordenó” que al menos usara el ascensor una vez al día para ir “liberando los miedos de mi subconsciente”. Le hice caso para dejar de oírle renegar al menos durante un tiempo y lo usaba al acabar la jornada por la tarde. Realmente no era tan malo, no pasaba nada y siempre bajaba acompañada de Trinidad. Mi despacho estaba en la segunda planta, como he dicho, pero sólo tenía cincuenta metros cuadrados, el resto, más de trescientos, eran de su compañía.
Junto a mi placa profesional, “Eloisa Escudero. Asesoría laboral y fiscal”, se encontraba la suya, casi se rozaban, “Trinidad Moreno e Hijos. Consignatarios de Buques”. Todos los empleados subían y bajaban por las escaleras, apresurados, eran jóvenes y enérgicos. Yo, rondando ya los temidos cuarenta y con algo de barriguita, no mucho, no vayas a creer, subía y bajaba a mi ritmo.

Sin embargo, todas las tardes, a las ocho y media, descendía de mi cielo en esa máquina infernal, procuraba no pensar y salía corriendo hacia la puerta de la calle. Ya he dicho que nunca lo hacía sola, siempre bajaba acompañada de Trinidad Moreno, la persona que dirigía la empresa vecina. Como un derecho especial ejercido sólo por los más altos dignatarios de su empresa siempre usaba el ascensor.
A su lado yo parecía la ascensorista de las películas con uniforme a botones y gorrito. Trinidad vestía impecablemente, con el típico maletín negro de mano, mirada seria, casi hosca, gesto adusto y el saludo internacional acostumbrado, cortes pero frío e impersonal. Nunca me miraba a mí pero yo llevaba admirando su cuerpo, su elegancia natural, sus ademanes, durante los seis meses que llevábamos “conviviendo” en el ascensor todas las tardes. Sin embargo siempre pensé que era, sencillamente, inaccesible. Era impensable que una persona así, tan perfecta de verdad, pusiera sus ojos en mí.

Coincidí varias veces con su secretaria tomando el café de media mañana, todos bajábamos al mismo sitio, buen café, buen precio. Me contó lo que quería saber, todo lo que sabía, de la persona que pagaba sus nóminas, muy poco: Había heredado la empresa de su padre, que lo hizo a la vez del suyo. No había cambiado de nombre en más de setenta años. En su caso, cuando nació tuvieron algunos reparos, pero la mentalidad comercial prevaleció. Aspectos personales: matrimonio casi de conveniencia, aunando capitales para la consolidación del negocio, dos hijos, buen chalet, buen coche, todo el tiempo era poco para el trabajo. Incluso sus diversiones eran parte del juego: el Club de Golf sólo era una ampliación de la sala de juntas.

Pensé todo eso durante menos de diez segundos. El ascensor no se movía y de repente se apagó la luz del techo, quedando sólo un pequeño piloto rojo. Cogí el teléfono móvil para llamar a mi marido. Llamé, insistiendo, pero no respondía nadie. Sentí escalofríos, un ahogo extraño y comencé a gritar, a respirar alocadamente, a llorar. Miré, entre las lágrimas, a Trinidad y vi algo diferente en sus ojos. Se volvieron tiernos, dulces, amigables, casi amorosos.
Las piernas se me fueron doblando, sentí una flojedad cada vez más fuerte. Noté que Trinidad se colocó detrás de mí, me agarró por debajo de los brazos y fuimos cayendo lentamente, resbalando, hasta quedar con las piernas estiradas, mi espalda apoyada en su pecho y la suya en la pared del ascensor.

De su boca, que tanto me atraía, antes tan seria y firme, se dejó oír una voz temblorosa, que intentaba ser tranquilizadora: “No te preocupes Eloisa. Yo cuidaré de ti. Desde que te conozco te deseo con toda la energía que se acumula en el universo. Relájate un poco”.
Apoyando sus palabras, sus manos volaron sobre mi cuerpo como mariposas con alas de seda, acariciaron mi pelo, con extrema suavidad, avanzaron por mi cara y tomaron posesión de mí. Yo sólo pude emitir un suspiro profundo, mezcla de alivio, asombro y consuelo.
Con las yemas de los dedos fue realizando pequeños círculos en mis labios, en mi barbilla, en mi corazón, que iba agitándose y acalorándose por momentos. Volaron sobre mi cuello, como palomas se posaron en mi pecho. El corazón ya se salía de él. Nunca había sentido nada igual, ni siquiera parecido, con ningún hombre. Una descarga eléctrica saltó en la base de mi cerebro y recorrió a la velocidad de la luz toda mi columna vertebral, imposible de controlar, libre, hasta terminar en mis piernas, que temblaron como en un terremoto de emoción y placer.

Si no hubiera estado apoyada en Trinidad me habría desmayado sin remedio. Una ola de calor siguió a ese chispazo sacando a mi cara todos los colores que llevaban aletargados varios años, esperando a la lluvia de besos que comenzó a caer sobre mí. El fuego me consumió en lo más profundo de mi cuerpo, de mi alma de mujer.
Era suya, sin pensarlo, sin buscarlo, aún casi sin desearlo, pero inevitablemente era suya. Cerré los ojos dejándome hacer, viajando por mi pasado hasta el cálido útero de mi madre, de donde regresé aturdida. Toda una vida de normalidad, de amor normal, nada de locura, pasión descafeinada. Nunca un segundo valió tanto como una vida. La dulzura de su mirada me atraía hacia Trinidad. Éramos dos personas casadas, con hijos, responsabilidades y había incluso algo más que habría debido separarnos.

Seguía estando en su regazo, rodeada de sus brazos, notando su respiración, tan convulsa como la mía. Sentía su mirada en mi pelo, que me atravesaba cada centímetro de la piel, de los huesos, de la carne, de las vísceras. Todo mi yo era suyo para siempre. Así se lo juré. Hasta la última gota de mi sangre roja y caliente.

Después de varios minutos de silencio cómplice, de reflexiones calladas, nos levantamos. Nuestras miradas buscaron la otra boca, nuestros labios los ojos. Por cada sonrisa un beso, besos profundos, calientes y húmedos, suaves en labios de terciopelo rojo brillante, cariñosos. Volaron las palomas y nos enlazamos en un abrazo que habría fundido los metales, creando una nueva aleación, con nuestros cuerpos, del mineral con el que se fabrica el amor.

El sonido impertinente del teléfono móvil me devolvió al mundo de los ascensores rotos, que había conseguido olvidar. Lo cogí sin ningún ansía, a pesar de ser el único vínculo con el exterior. Contesté con varias afirmaciones y colgué. Trinidad me miró, interrogándome. Le contesté:

“Es mi marido. Dice que no me preocupe, que ha saltado la alarma del ascensor y él, que me esperaba abajo, ha avisado al servicio técnico. Llegarán rápidamente. Estaba salvada, como siempre, gracias a él.”

Y le añadí, con una mirada de cariño profundo:

“Soy muy feliz. Contigo me he sentido una persona completa. Te puedo asegurar que no entiendo aún cómo has podido fijarte en mí, que soy tan poca cosa. Nunca lo hubiera pensado, no me explico qué ha podido ver en mis ojos una mujer como tú.”

viernes 24 de octubre de 2008

Un día normal

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Mira, si no fuera por la cuestión del bocadillo realmente no se habría notado casi nada.
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Bueno, casi nada o nada tampoco es cierto. Era evidente la diferencia en algunas ropas, en algunas caras, un acento algo extraño y ya está.
De jamón, de atún y de queso. Habíamos dejado guardados los últimos para los alumnos que venían del otro centro educativo.
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Resulta que aún siendo de un barrio con alta población gitana solamente venían niños y niñas hijos de inmigrantes, nacidos ya aquí o recién llegados, sin tener en cuenta todavía el método de ingreso en este nuestro primer mundo.

El éxito de los años anteriores nos animaba a seguir con el camino. Nos parecía bueno para todos, una forma diferente de abrir algo las mentes. Como en el anuncio, hay otros mundos, pero parecen peores, hay otros mundos, pero resulta que el más atractivo es éste. Está muy bien lo de la tradición, lo de los valores y el patrimonio cultural, pero es difícil pensar con la barriga vacía o con los pelos del cogote erizados por si vienen a por ti. La mayoría de los que vienen de por ahí fuera buscan mejorar en sus necesidades, lo que deviene a veces en hacerlas más grandes. La vorágine del consumismo, antes desconocido, ataca a todas las personas que se acercan a cualquier superficie comercial de gran tamaño y, claro, también a ellos, en eso no somos tan distintos.
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En los niños no se traslucen esos problemas. La única diferencia era que los de fuera pedían “atón”, con un baile de vocales, y los de aquí “de jamón”. Los profes del pueblo comían jamón, los de allí, los monitores y monitoras, le entraban al atún y al queso. El zumo no tenía color cultural, suena casi igual, naranja, y les gusta a todos. Eso y el fútbol.
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El taller de más éxito es el que se practica con un balón y un equipillo en cada mitad del campo. El gol es la salsa que calienta y exalta los ánimos . Los equipos se hacen mixtos y aquí no hay tampoco colores, alguna patada, algún agarrón, y al final se entregan las medallas. A todos les gustan las medallas. Es normal, son niños, o al menos gente joven y pasan de muchas ataduras que todavía aprietan la mente de sus mayores.

Aquí, en mi centro, no hay muchos inmigrantes matriculados. Iba a escribir “demasiados”, pero ignoro cuál sería la tasa o el tanto por ciento que hace pasar la cifra de lo aceptable, lo permisible, a lo ya superador de las expectativas, lo realmente insoportable a los ojos de muchos; el porcentaje que nos llevaría a ser nosotros la minoría, a pasar de ser “nuestro” a ser “de los otros”.

Resulta que en este centro, sin demasiados alumnos inmigrantes, hay varios de este grupo que son de los que generan más problemas, y a la vez, algunos de los mejores alumnos o alumnas también son extranjeros, lo que choca. ¿Será si acaso porque los niños que se empeñan en ser puñeteros nacen donde les da la gana a ellos, ya sea en Almería, en Nador, en Murcia o en Lituania? Con lo que entramos en algunas otras disquisiciones y sutilezas, que llevan quizás al fondo del asunto. A ningún profesor le gusta trabajar con tensión, con alumnos sin interés, no se hacen distingos, ya sean de color blanco, negro, amarillo o de rayas verdes y blancas. Resulta que pasamos ahora ya a tratar con personas no con números de visado, de pasaporte o con entelequias y aquí las diferencias empiezan en el nombre propio.

Como ya se viene haciendo desde hace varios cursos, la experiencia ayuda en los talleres y realmente funcionan. Es curioso, los alumnos, ellos solos, acaban por olvidar que el otro es el otro. Cuando yo les dije al grupo que tenía asignado, antes de recibir a los visitantes, que no tenía muy claro lo que haríamos en el “taller de convivencia”, sugerí buscar temas de interés común. La propuesta, la demanda más rápida y evidente, era la esperada, nada de filosofía o del encuentro de las culturas : “¿Cómo ligan ellos?”. Yo les dije, “hombre, me imagino que lo mismo que aquí”.
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A mí los niños que vinieron, los varones, no me parecieron especialmente guapos (la misma opinión tengo sobre los “míos”), las niñas en cambio sí me resultaron más agraciadas (más de los mismo con las “mías”). Es decir, queda claro que no soy racista, si acaso machista, tampoco lo creo, solamente hombre, quiero decir varón. Antes de irse, antes de irnos todos, uno de los míos vino con una visitante, buscando un papel donde apuntar un teléfono o una dirección y yo pensé: “no está mal, así que de cultura y antropología no habremos aprendido mucho, pero el que sí ha funcionado es el taller de ligoteo”. La convivencia es así, no hay que buscar nada extraño. Parece que estaban todos contentos, los profesores, los alumnos, las profesoras, las alumnas e incluso el director.

Por allí apareció una periodista, entrevistando a las autoridades, con las cámaras de la televisión autonómica, multitud de fotos, más periodistas ¡Qué barbaridad! ¡Yo no sé dónde estaba la noticia! Ni los unos tenían cuernos ni los otros iban vestidos con traje de torero o de gitana, se reían lo mismo, con la misma vergüenza inicial y el cachondeo progresivo. La risilla que les iba entrando minaba lentamente los pilares de la diferencia y unía sus intereses en lo fundamental de su edad, que no es otra cosa que el ir ahondando en lo que antes se llamaba el misterio de la vida y las relaciones humanas y que ahora se trata sin tapujos en los múltiples chats de internet.
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Por cierto en el campo de la informática no se deja ver inicialmente, a primera vista, el origen del usuario y está derribando murallas; pese al engaño contumaz y al disimulo de los defectos, si se conecta con alguna persona que hace mella en nuestro ánimo se le llega a conocer sin haberle visto la cara ni una sola vez.
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Hace unos días, en un centro comercial de la ciudad, vi cogidos de la mano a dos personas, quizás se habían conocido en la red que tiende a pescarnos a todos. No tenían nada de especial o de escandaloso, sin embargo me llamaron la atención, y eso que yo soy moderno, coeducativo, y todas esas cosas que decimos cuando queremos quedar bien y aparecer en la foto como “progres” y demócratas. A mí me llamaron la atención y puse ojos y orejas al servicio de mi insana curiosidad.
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Resulta que iban de la mano un hombre, joven, alto, de unos treinta años, con unos rasgos faciales norteafricanos y un español chapurreado con un acento especial que denotaba su origen magrebí, y una mujer, también joven, rubia y que hablaba con acento de haberse criado en Andalucía y aún más en Almería. Yo pensé que hace unos años eso habría sonado raro, raro. Seguramente incluso a alguien le habría parecido preocupante.
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Sin embargo allí nadie pareció darse cuenta, todos los clientes seguían comprando, iban a lo suyo y ellos, la pareja, a lo propio, sonrientes ambos. Yo no escuché mucho de lo que hablaban por puro respeto a su intimidad, lo justo, pero hacían planes, hablaban también de un tercero, un tal Mohamed, que tenía problemas para venir a España. Ellos pensaban ayudarle, buscarle un trabajo y quizás una novia, alguna amiga de ella.
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Unos amigos buscando la forma de ayudar a otro. Normal. Nadie diría que era un inmigrante peligroso, un forajido, sino un señor cualquiera, preocupado por el bienestar de otro señor deseoso de conocer el país donde no le va tan mal a otros que han llegado antes.

Después de la compra fuimos a comer a un restaurante chino donde ya nos conocen, además los hijos del dueño habían sido alumnos míos en años anteriores. Son muy amables todos, especialmente los niños, y me saludan muy educadamente. Incluso intentaron que mi hija aprendiera algo de su idioma. Yo, que soy muy torpe para eso, sólamente recuerdo que “hola” se dice “Ni Hau”, o algo así, con la hache inspirada ¡Qué difícil! Sin embargo los condenados niños hablan un español perfecto y un chino endemoniadamente rápido, además de inglés y un poco de francés. Piden los platos, los rollitos, el arroz, con una jerga incomprensible, fulgurante, y discuten con los mayores, a veces en voz alta, con un idioma que imagino no será muy diferente del que se está hablando en ese momento en Cantón o en Pekín.

Lo más curioso es que ahora, en los fines de semana, tienen contratado de camarero a José Luis, un muchacho del barrio, y parece que se apaña bien con ellos. Le viene bien para pagarse la universidad y el tío, que es listo, es incluso capaz de aprender idiomas. Antes de él tenían a una muchacha rumana, Válery, muy agradable y guapa, que siempre nos traía caramelos al terminar. Como sigue por aquí, nos vemos por la calle de vez en cuando y nos saludamos con agrado. Ya ves, si no nos conocemos de casi nada, pero parece que nos caemos bien (también es cierto que, no lo niego, es atractiva o a mí me lo parece y me alegra verla). Yo le sonrío sin artificio, de corazón, y ella me devuelve el brillo de sus ojos.
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Ahora trabaja en una inmobiliaria y va vestida como una ejecutiva de Nueva York o París, lo sé porque estuve buscando un piso hace unos meses y me la encontré detrás de su mesa, luchando por sus comisiones, pero tan simpática como siempre. No le compré el piso, pero me sigue saludando. Está bien.
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Si me toca la lotería primitiva, además de comprarme el ático con vistas a la playa, me gustaría ir a China, a ver la Gran Muralla. Dicen que se puede observar desde el espacio exterior. Claro que tampoco pruebo la suerte todos las días. Hoy es viernes y toca.

Por un euro se puede soñar. Es barato soñar. El dueño del estanco donde sello los boletos me dice con su acento argentino que “la próxima vez vos tendréis suerte”. Me gusta ir allí porque tiene cosas extrañas, junto al tabaco y los productos habituales. Cosas típicas de su tierra, como el mate y el dulce de leche y botes de esos especiales para hacerse el mate. Se pasa el día chupando del cacharro ese, con esa cosa que parece una pajita metálica, repujada y adornada como una montura de paseo.
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Siempre le digo que mi acera, la suya, la nuestra, es internacional, más que una terminal de aeropuerto. Sales de hablar con un argentino y le compras el pan y algunos refrescos a las niñas rusas de al lado, andas un poquito y tropiezas con los chinos y el bazar de un pakistaní y más adelante entras de lleno en Nador o en Marrakech. Él se ríe, “vos tenés razón, pero qué se la va a hacer, es la vida”. Y el negocio le va bien. Muy bien. Tanto que ha comprado dos pisos en el edificio contiguo y los tiene alquilados, uno a un grupo de colombianos que se buscan la vida montando muebles de cocina y el otro a un matrimonio mejicano, bastante joven, que están abriendo un pequeño negocio de venta de frutas y verduras.
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Y es lo que él dice; “Allí en Buenos Aires la plata ya no valía nada. Te mueres de hambre y no te dan ni agua”. Aquí no tiene queja. Los niños al colegio a los dos días de haber llegado. Se adaptaron muy bien, vinieron muy pequeños y ya están en el bachillerato. Hace un par de años se trajo de allí a su madre y la ha puesto al cuidado de una muchacha rusa o lituana, de por ahí arriba, que era enfermera o auxiliar de clínica en su país.
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Cobraba muy poco y se intentó venir a España como pudo. Primero parece que le engañaron con algo raro, con un contrato que era para otra cosa, lo que tú piensas, pero se pudo escabullir del enredo al llegar aquí y ahora no le falta trabajo. Cumple bien y es seria. También es guapa, pero eso a las señoras mayores que cuida no les molesta. Ya te he dicho que es seria y honrada. No creo que se fíen de mucha gente para dejarla en su casa por la noche, vigilando su sueño.

Como le dije a mi estanquero lo de ir a ver la Gran Muralla me comentó que para conocer obras humanas que se puedan ver desde el espacio no hay que ir muy lejos, sólo unos treinta kilómetros. Se refería a los campos de invernaderos del Poniente almeriense, el famoso mar, más bien océano, de plástico. Él conoce la zona porque estuvo trabajando allí más de dos años, cuando llegó a Almería, en un almacén de envasado de productos hortícolas. Metía en las cajas, con su bolsa o su embalaje, los pepinos, tomates y pimientos que luego se comían en Alemania. Él hacía su turno y todo lo que pillaba, horas extras y fines de semana, y fue formando un pequeño ahorro. Se trajo después a la mujer y a los niños y se enteró por casualidad de lo del estanco, en venta por la jubilación del dueño. Se entrampó hasta los ojos pero le salió bien. Como sabe lo difícil que es empezar le ayuda un poquito a los que llegan, especialmente a los argentinos, y está montando una asociación.
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También es cierto que el idioma ayuda y la gente parece que le mira mejor que a los que no entiende, prejuicios humanos de todos los sitios, como sí tu vas a un pueblo del interior de un país africano y, haciendo un chiste, pasas a ser el blanco de todas las miradas. Pero el idioma lo aprenden rápido, sobre todo los niños. A mi centro han llegado hace poco dos hermanos rumanos que no sabían ni palabra, pero que jugaban bien al fútbol.
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Ya no son vistos como inmigrantes sino como jugadores internacionales a fichar por el equipo local, donde ya juega Felipe, que vino de Guinea y es un buen defensa, y Hassan, un argelino que es el mejor portero que hemos visto en muchos años. Han tardado muy poco en aprender los saludos, las bromas, los nombres de los niños y especialmente los de las niñas.
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Además, todos ellos son altos y guapos, fuertes y simpáticos con lo que se las llevan de calle. Es cierto que también han tardado poco en aprender los insultos, los tacos y las primeras frases para desenvolverse por aquí. Eso lo primero. Lo normal. Hay que vivir. Y si no, imagínate tú que te vas a otro país, a Argelia, a Lituania o a la chimbamba, no por gusto, sino por narices, las del hambre, el progreso o la “presión” ¿Tú qué harías allí para buscarte la vida?
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... Pues claro. Normal.-

sábado 18 de octubre de 2008

La Tierra sin Piedad

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Tal vez porque la vida en el campo no era fácil para la gente de la posguerra, o tal vez porque el carácter de esas gentes de la meseta central viene dominado por tozudos genes, que Ernesto Rodríguez, ya de chaval, no había quien lo dominara. O dominase.

En las mañanas frías de invierno, su padre se marchaba a trabajar con el tercer canto del gallo. Nada que ver con San Pedro que negó tres veces conocer a Jesús antes que cantase, o cantara, el gallo. Pero las tradiciones pesaban, o los genes, pues hacía ya muchas generaciones que el primer canto del gallo era el despertador familiar, el segundo era de aviso que llegaría el tercero y, al tercer quiquiriquí el cabeza de familia debía partir en busca del sustento familiar. Con más razón entonces, en época de escasez y pobreza, no estaba el tema como para ir rompiendo las tradiciones, sino para ir a recolectar la resina de los pinares, la madera de los sabinares o lo que se terciaba.

Ernesto también madrugaba a diario. Su madre acostumbraba a darle para desayunar pan migado y la mitad de la leche que les daba la cabra. Luego partía a pie hacia el colegio del pueblo vecino. En menos de tres cuartos de hora se podía llegar, o menos aún para Ernesto ya que le gustaba atajar tiempo y camino cruzando los campos y el riachuelo que marcó el límite fronterizo, hacía ya unos años, entre los unos y los otros. Que ahora, tras esa incivil guerra, todos eran los mismos, o al menos así lo decía el Gobernador.

Ernesto andaba campo a través, pisando su tierra natal, unas veces labrada, otras en barbecho, unas veces embarrada, otras resquebrajada, unas veces de calor radiante, otras de helado rocío... Sin apenas darse cuenta Ernesto ya aprendía antes de llegar al colegio. Y también en la vuelta a casa, momentos en que podía observar los animales de su entorno, unos salvajes como los corzos, las liebres o los buitres, y otros de corral como los de la venta cercana al apeadero del tren. Ernesto, con apenas algo más de una década de vida, tenía una gran riqueza interior. Sus días estaban llenos de experiencias, de vivencias, de contacto con su tierra, su gente, su flora y su fauna.

Tras la llegada de tiempos de paz, había sido necesario reconstruir el país y, a la par, educar al pueblo. Se trataba de crear empleo en obra pública, como la construcción de la red ferroviaria o de las escuelas nacionales, para promover la circulación económica de la nueva moneda en las familias que lo habían perdido todo – parientes incluidos- y también se trataba de dar un nivel cultural medio, por no decir mediocre, al vulgo, para mantenerlos alineados bajo unos valores y modales que evitaran, o evitasen, la rebelión en contra del régimen. Toda una estrategia maquiavélica que, además, entre otras muchas, estaba aliñada con temas como el fútbol que, a modo de “opio de la sociedad”, servía para distraer el foco de atención y de preocupación del pueblo llano.

La escuela

Ernesto tenía la suerte de ir a esa escuela, a pesar que algunos días no podía asistir porque debía ayudar a su padre en el trabajo. No obstante su padre procuraba por todos los medios que Ernesto fuera, o fuese, al colegio. Hacía ya un par de años que esa escuela nacional era de nueva construcción, la inauguración salió en el Nodo de los cines de las principales capitales y era mixta, cosa que se vendió como un hecho vanguardista. Pero mixta sólo en apariencia puesto que aplicaban el lema de “juntos pero no revueltos”. El Arquitecto tuvo que construir, por orden del Gobernador, dos alas independientes en el edificio para albergar a los niños en unas aulas y a las niñas en otras bien distantes. Bajo un mismo techo, puertas cerradas con llave separaban las zonas de cada sexo. Sólo los profesores tenían libre acceso a todo el colegio, sin embargo era ampliamente sabido que si un niño se adentraba en la zona de las niñas, o viceversa, pesaba el castigo de encerrarlo en el cuarto de las ratas. Nunca nadie había regresado de ese cuarto, aunque tampoco ningún alumno del colegio recordaba haber ido a tal lúgubre lugar. Con la amenaza era suficiente, puesto que con los castigos habituales de los golpes de regla en los dedos o ponerse de rodillas con los brazos en cruz y con un libro en cada mano, bastaba para tener a (casi) todos a raya.

El patio del colegio fue el mejor espacio para el flirteo. A pesar que el Gobernador dictó al Director de la escuela establecer horarios distintos de recreo, éstos acabaron siendo consecutivos y, los maestros de las niñas que, por cortesía y deferencia, eran las primeras en acceder al recreo, solían alargar con algún cigarrillo más y dejando solapar su tiempo con la salida en estampida de los niños al patio. Esta intencionada tolerancia era limitada a breves minutos. Momentos en que Ernesto, igual que la gran mayoría de los niños, desarrollaban a marchas forzadas sus habilidades conquistadoras. También eran minutos que usaban las niñas para poner a prueba sus nuevas artes de coqueteo. Y entre esas niñas estaba Piedad, la hija del Farmacéutico, que destacaba por su temprana madurez, tanto en lo físico como en lo mental.

Ernesto había descubierto las niñas y, entre las niñas, había descubierto a Piedad. Llevaba unos meses que aparecía en su mente, cada vez más a menudo, hasta que se dio cuenta que estaba colado por ella. A partir de ese momento, a pesar de la corta edad de Ernesto, su vida empezó a cobrar sentido, aunque también le empezó a cambiar el sentido de su vida en más de una dirección.

Como todo lo prohibido es tentación para el hombre, los compañeros de la clase incitaron a Ernesto a entrar en la zona de las niñas. Ernesto quería mostrar su hombría y valentía, sobretodo ante Piedad, por lo que aceptó el reto. Cogió la llave maestra que sabía que su profesor guardaba habitualmente colgada de un clavo en el fondo del cajón de su mesa, se dirigió al final del pasillo del piso superior donde había una de las puertas fronterizas y... traspasó el umbral para adentrarse en el mundo prohibido de las niñas. Ernesto estaba nervioso, aunque su paso era decidido, sus amigos lo observaban sonrientes desde lejos, en zona segura. Aunque su aventura le duró poco, ya que justo doblar el pasillo para bajar las escaleras que conducían a las clases de las niñas, tropezó con su propia torpeza y bajó rodando las escaleras rompiendo el silencio negro terciopelo que se respiraba en el lado oeste de la escuela hasta aparecer justo a los pies del Señor Director y, con el empuje del descenso, arrolló a éste quedando abrazados en medio del vestíbulo del pabellón femenino. Justo entonces fue cuando asomaron por las puertas de las clases las maestras y las niñas, viendo en posición ridícula al Señor Director y descubriendo a Ernesto, un niño, en zona de niñas.

Mientras el Señor Director cogía por la oreja a Ernesto y se lo llevaba gritando “!Rodríguez, ahora mismo va usted al cuarto de las ratas!”, Ernesto dirigió su mirada hacia Piedad y ella lo correspondió con una sonrisa complaciente, aunque Piedad se ruborizó por su timidez y desvió pronto la mirada hacia el suelo en un amago de disimulo.

Tras recibir unos azotes y zarandeos, el Señor Director lanzó a Ernesto al fondo de la sala de castigos, cerrando de un portazo mientras voceaba “!Aquí le van a comer las ratas, así que prepárese, Rodríguez¡”. Ernesto pensó que había entrado en la zona de las niñas como un elefante en una cacharrería, aunque le había merecido la pena del anunciado castigo porque Piedad se había enterado de su hazaña. No obstante ahora se sentía dolido y molido, y encima atemorizado por estar en un cuarto oscuro, encerrado, y esperando que aparecieran los asquerosos roedores a devorarlo.

Fue entonces cuando descubrió que el lugar olía de una manera especial. Le recordó la ración del vaso de leche que, cada día antes de salir al recreo, les daban a todos alumnos por orden del Gobernador con el fin de garantizar la nutrición de la población infantil de la posguerra. Con el paso de los minutos, los ojos se fueron acostumbrando a la oscuridad y pronto comprobó que el cuarto de las ratas no era más que la despensa donde se guardaban apilados los sacos de la leche en polvo. El cáñamo de los sacos estaba roído por muchos lugares y se había derramado bastante polvo por el suelo. Ernesto pensó que posiblemente fuera obra de las ratas y que por este motivo el cuarto hubiera, o hubiese, recibido este nombre. Pero esto también tranquilizó a Ernesto porque pensó que las ratas ya estaban suficientemente bien alimentadas como para pretender comérselo a él. Acto seguido, Ernesto se auto sugirió la idea de probar el polvo, primero se chupó el dedo y, con el dedo humedecido, captó algunos gránulos de leche y se los puso en la boca. El gusto de leche le sorprendió: “Es más suave que la de nuestra cabra, pero mucho más intensa que el vaso que nos dan cada día a media mañana” y pensó que todo era cuestión de la cantidad de agua que bautizaba la leche. Entonces, cogió un puñado ayudado con las dos manos y se lo zampó de un golpe dentro de la boca. En pocos segundos, empezó a encontrarse la boca llena de leche, con los gránulos que se le pegaban en la lengua, en el paladar, en la garganta, en los dientes, en los labios, ... allá donde había algo de humedad en su cavidad bucal se apelmazaba todo un vaso de leche concentrada. Ernesto se asustó y escupió todo lo que pudo. Necesitaba agua para salir de ese apuro, pero estaba encerrado y castigado, así que se tuvo que ir tragando lentamente ese polvo grumoso mientras pensaba en la mirada sonrojada que le había dedicado Piedad cuando el Señor Director se lo llevaba tirándole de la oreja. Había valido la pena, y encima había recibido recompensa.

Desde aquel día, todas las tonterías, monerías, burradas y gamberradas del colegio eran hechas por Ernesto. Los viajes al cuarto de las ratas eran prácticamente diarios, Ernesto había aprendido a tomar dosificado el polvo de leche. Con este aporte de nutrición, su cuerpo y su mente crecían a un ritmo superior a la media nacional que, como ésta era una media baja, en realidad él estaba por la media media.

Cuando, pasados un par de años, Ernesto tuvo que dejar la escuela para ayudar a su padre, había florecido ya un joven e ingenuo amor entre él y Piedad. La escuela había aportado el matraz a la química de su amor. No obstante, el padre de Piedad no aceptaba que la hija del Farmacéutico pudiera establecer relación alguna con el hijo de un humilde recolector de resina. La madre de Piedad estaba sometida a la represión del cabeza de familia. No tenía opinión propia visible aunque, en el fondo, lo aceptaba; como aceptaba resignada todo lo que le imponía el Farmacéutico. Así que Ernesto recibía los consejos del cura – que era el mismo en todos los pueblos de esa diócesis - y Piedad recibía los consejos del cura y de su padre para que abandonaran, o abandonasen, su joven amistad. Pero estas presiones causaban en ellos el efecto contrario. Las adversidades les hacían unir sus corazones cada día un poco más.

Tuvieron que pasar unos cuantos años guardando obligadas distancias. No sólo por pertenecer a dos pueblos separados por campos y un riachuelo, sino porque por una parte el trabajo de Ernesto, junto con su padre, no respetaba los festivos si querían algo más que el plato de legumbres en las comidas o algo más que una sopa castellana en las cenas. Por otra parte porque Piedad tuvo la oportunidad de asistir a diario a la escuela unos años más aprendiendo quehaceres, reservadas sólo para las mujercitas, como cocinar, coser y lavar; aprendiendo a escribir con plumilla en su cuaderno hasta evitar los manchones de tinta y las faltas de ortografía, y trabajando el catecismo para convertirse en una recatada “católica, apostólica y romana” que permitiera, o permitiese, asistir junto con sus padres a la misa de las doce los domingos y fiestas de guardar luciendo el mejor vestido, limpio y planchado.



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Las fiestas

Y llegó el verano que Ernesto alcanzó la mayoría de edad civil, aunque la mayoría física y mental ya la había alcanzado bastante tiempo atrás. Ese verano Ernesto se propuso asistir a las fiestas del pueblo de Piedad y, en el baile que se celebraría la noche del sábado, sacar a bailar a Piedad ante las miradas de todos y declararle su amor. Era su apuesta, su reto, su tozudez. Decidió que o la conquistaba de una vez por todas, o marcharía a la capital en busca de una nueva vida.

Estas fiestas eran esperadas con impaciencia por los habitantes los pueblos del entorno. Hasta venían los familiares emigrados a ciudades lejanas para celebrarlas. Tal vez porque las peñas que se organizaban competían en el concurso de zurracapote para ver quien hacía la mejor bebida refrescante a base de vino, limón y azúcar; tal vez porque los tradicionales juegos de cucaña provocaban la afluencia de niños y jóvenes afanosos de recibir un buen chapuzón; o tal vez porque su Alcalde conseguía, desde su nombramiento oficial por parte del Gobernador, traer a la pista de baile la Banda del Ejército para tocar el repertorio seleccionado de músicas bailables. Por un motivo u otro, todo el mundo veía las fiestas como el final de un túnel, un punto y aparte en las tareas del campo, en el trabajo en las fábricas de la capital, o en el curso escolar. Unos días de permitido desenfreno de la vida de represión y duro trabajo que, aunque unos más que otros, todos llevaban.

Ernesto se había hecho miembro de la peña de Los Celtas desde hacía unos meses, esto le permitió participar, el primer día de las fiestas, en el intercambio de vasos de “limonada” con otras peñas. Eso animó a Ernesto. Los primeros vasos de zurracapote le entonaban alegría y compartía bromas con otras peñas, pero hacia el mediodía, bajo el sol de las canículas, los nuevos vasos de refresco se fueron convirtiendo en veneno hasta coger una buena chuza. Ernesto se dio cuenta que perdía el equilibrio, fue zigzagueando por la calle Mayor hasta llegar a los soportales de la plaza donde, tras escoger el primer rincón que vio, se desplomó allí mismo y se quedó dormido, por decirlo de alguna manera.

Horas más tarde, cuando despertó, tenía la cabeza bajo una presión de tambor. Todavía se encontraba bajo los efectos del alcohol, pero se creyó capaz de ponerse en pie y dirigirse a la multitud del centro de la plaza. Estaban haciendo un juego de cucaña que consistía en meter un palo en un agujero mientras se bajaba por una rampa sentado en un carro de cojinetes. Los que no conseguían tal propósito recibían el chapuzón automático de un cubo de agua convenientemente llenado por el Alguacil. Allí fue cuando Ernesto, en medio de las risas del coro que animaban a los participantes, se dio cuenta que estaba también Piedad, alegre, sonriente y acompañada de unas amigas que también reconoció de sus pocos años pasados en la escuela. Ernesto se decidió a participar en el juego para captar la atención de su amada. Pero, al emprender el descenso sobre el carrito, el palo se le trabó en un saliente de la rampa con tan mala fortuna que el otro extremo le atestó un punzante golpe en la cara que casi le rompe una muela y, como era de suponer, al llegar al final del corto recorrido, no acertó poner el palo en el agujero de la tabla por lo que obtuvo de premio una repentina ducha que lo dejó empapado. A pesar de todo, Ernesto pensó que estaba de suerte, la bofetada recibida y el cubo de agua fría lo habían reanimado un poco de su resaca y, cuando desvió la mirada hacia Piedad mientras se levantaba chorreando del carrito, observó que ella lo saludaba con un movimiento de cabeza y con una mirada sonriente que le llenó el corazón. Como si se tratase de un acto reflejo, Ernesto le lanzó un beso al aire. Un instante después él se arrepintió de su reacción de muestra de afecto, aunque ella recibió con emoción tal atrevimiento realizado por Ernesto ante las miradas de todo el pueblo. Sin duda, entre ellos se había catalizado la química del amor.

Ernesto volvió a casa, durmió de nuevo durante un par de horas, se lavó y se puso el traje que su padre usaba en los eventos especiales y tomó el café bien cargado, de aroma y cariño, que su madre le había preparado. Hacia el anochecer, emprendía de nuevo, ya sobrio, el viaje hacia el baile. Esta vez, para no ensuciarse, siguió el camino carretero en lugar de cruzar los campos y el riachuelo. Tenía la impresión que esa noche pillaría a Piedad. Aunque en realidad era Piedad la que estaba segura que esa noche pillaría a Ernesto.

Cuando Ernesto atravesaba la plaza de la picota, que marcaba la entrada al pueblo como recordando a los visitantes que las fuerzas de la ley hacían justicia en ese lugar, empezaron a sonar los primeros acordes de la Banda del Ejército. Ernesto observó cómo un hormigueo de gente salía de todas partes y se dirigía, con vestidos engalanados, hacia la plaza Mayor. Él se sumó al río humano hasta desembocar en una plaza repleta de gente. Nunca antes Ernesto había visto tanta gente junta. “Pero, entre tanta gente, ¿Cómo encontraré a Piedad?”, se preguntó mientras, de puntillas, oteaba por encima de las cabezas de la multitud.

Pero Piedad también lo buscaba a él y, como el toro a lidiar, sabía por qué puerta entraría a la plaza. Así que Piedad sólo tuvo que dejarse encontrar poniéndose casualmente ante el radar visual de Ernesto. Con dos caras de sorpresa, de “!Ostras!, ¿Tú por aquí?, ¡Qué casualidad!” se saludaron ambos enamorados, aunque ambos sabían perfectamente que los dos se estaban buscando.

Ernesto y Piedad entablaron conversación, recordaron los tiempos de escuela, flirtearon entre risas, miradas y roces, bailaron algunos pasos dobles, intentaron algún movimiento con las jotas, y rieron. Rieron con la complicidad de dos enamorados.

Cuando se acercaba el final del baile, Ernesto y Piedad decidieron retirarse hacia el mirador del pueblo. La música en susurro rompía la oscuridad de la noche de tímida luna creciente. Y fue allí, bajo un manto de estrellas como testigo, que Ernesto declaró su amor a Piedad. Y ella lo aceptó correspondiéndolo. Los corazones de ambos latían saliendo del pecho hasta que se abrazaron y se fundieron en un dulce beso. La química de su amor había llegado a la fase de levitación.

Esos segundos de éxtasis se rompieron de pronto por el estrepitoso ruido de una escopeta. Piedad y Ernesto, sobresaltados, reconocieron pronto, por los gritos que oían procedentes de la silueta negra, que quien se les acercaba a paso rápido en la oscuridad era el padre de Piedad. Ernesto se puso delante de Piedad para encararse al Farmacéutico y explicarle sus honestos deseos e intenciones para con su hija, pero el padre de Piedad estaba fuera de sí, lanzaba ira y enojo por todos los sentidos, amenazó de muerte a Ernesto si lo volvía a ver a menos de diez pasos de su hija y se llevó a Piedad cogiéndola con fuerza por el brazo y arrastrándola hacia el pueblo. Piedad iba sollozando “!Por favor, Padre!, ¡No!, ¡Déjeme querer a Ernesto!”. Pero todo fue inútil. Ernesto se dio la vuelta como para no ver, pese a la oscuridad, ese triste espectáculo que lo desgarraba por dentro y rompió a llorar desconsoladamente. Solo y en la oscuridad física. Solo y en su oscuridad mental.

Pasó la noche en el mirador del pueblo reflexionando sobre lo ocurrido y, al final, tomó su decisión. Pasó por casa para contar lo ocurrido a sus padres y, al tercer canto del gallo, tras abrazar a su madre y estrechar la mano de su padre, Ernesto partió hacia el apeadero para coger el primer tren hacia la capital.

La capital

Emigrar a la capital era un recurso ampliamente utilizado por los campesinos en esos años de hambruna. Era una opción de búsqueda de dinero para sobrevivir que solía ser mejor que la opción de empecinarse a ganar el sustento a base de cultivar la tierra, más si éstas eran arrendadas a terratenientes. Sin embargo, la emigración de Ernesto tenía un fundamento distinto, era una huída ante una impotencia. Impotencia por no poder acceder a la hija del Farmacéutico debido a ser hijo de un humilde recolector de resina. En todas las épocas ha habido estatus sociales y, en estas épocas de crisis, las diferencias entre clases se acentúan aún más.

Pasados unos días, Ernesto había encontrado trabajo como peón de carga en una fábrica textil. Ernesto le pegaba duro al trabajo. Había aprendido de su padre lo que significaba madrugar, obedecer órdenes y sudar hasta caer el día. Seguramente la idea de ganar estatus social y económico para alcanzar la aceptación del padre de Piedad le motivaba a trabajar con ansias de prosperar. Aunque Ernesto sabía que la cosa no era fácil ni rápida.

Pasadas un par de semanas del percance en el mirador del pueblo, Piedad fue a visitar la madre de Ernesto. Se había enterado de su marcha a la capital y quería saber cosas de él, cómo se encontraba, qué hacía, cómo estaban ellos tras esa marcha repentina ocurrida, con toda seguridad, por culpa de su padre, el Farmacéutico.

La madre de Ernesto le dejó leer la carta que había recibido de su hijo, en ella le contaba donde se encontraba y que había empezado a trabajar. La madre de Ernesto apenas sabía leer y no sabía escribir, así que, con astucia de alcahueta, propuso a Piedad que le ayudara a redactar las cartas de respuesta a su hijo. De este modo se mantuvo en secreto el amor entre Ernesto y Piedad, bajo la complicidad de los padres de Ernesto y bajo el secreto guardado a los padres de Piedad. De este modo, los dos amantes mantuvieron correspondencia durante largo tiempo, manteniendo aletargada la reacción de la química de su amor.

A Ernesto le pesaban los genes de su testarudez. Pronto ascendió a carretillero, luego a mozo de almacén y no tardó un año en que lo hicieran jefe de la sección expediciones. Aunque a partir de allí, era muy difícil de prosperar ya que carecía de estudios y de padrinos. Las cartas de recomendación eran ajenas a su entorno social y Ernesto observaba que el entorno estaba lleno de recomendaciones, de ascensos injustos. Los amigos conocidos del Gobernador contaban con prioridad de designación en los cargos de mando de las industrias de la capital. Los que aparentemente eran los dueños de la empresa, resultaban ser propietarios del capital, más no del poder de gobernar la industria, puesto que esto era reservado a designios de los amigos del Gobernador. Finalmente, o el patrón se hacía amigo del Gobernador, o éste se veía obligado a “vender” su fábrica.

Cada sábado a última hora de la tarde, después de haber trabajado seis días de sol a sol, Ernesto subía la escalera de paso japonés hasta la oficina de la empresa donde el patrón le daba un pequeño sobre de papel marrón con su sueldo semanal, un par de billetes doblados y unas monedas. Sus ahorros aumentaban, más aún cuando Ernesto averiguó de qué manera podía incrementar su parte de destajo, a base de etiquetar las expediciones bajo una codificación por clientes. Pasado el tercer verano en la capital, Ernesto se vio capaz de invertir sus ahorros en la entrada de una vivienda en al que, tras firmar ciento veinte letras al antiguo propietario, éste le entregó las llaves del reino. Un cuarto y último piso, con vistas a la fábrica textil.

Aunque Ernesto frecuentaba el contacto a través de las epístolas con Piedad, apenas había ocasión ni vacación estival para que Ernesto pudiera, o pudiese, volver al pueblo. Sólo podía hacer un par de cortas escapadas al año, una por navidades y otra por pascua. Desde unos meses antes, los dos amantes preparaban la estrategia para encontrarse en un recóndito lugar cerca del riachuelo y lejos de las miradas de las gentes del lugar. De enterarse alguien, las noticias no tardarían en llamar a la puerta del Farmacéutico. A pesar del frío, y de la nieve en alguna ocasión, Ernesto y Piedad anhelaban los breves momentos de sus encuentros. La espera de la fecha convenida se les hacía eterna, aunque les ayudaba a superar los días y las adversidades que les deparaba la cotidianidad de sus vidas.

Piedad había empezado a trabajar de maestra en la escuela donde ellos se conocieron. Habían cambiado un poco las cosas allí: el cuarto de las ratas ya no frecuentaban las ratas, ni los sacos de leche en polvo, empezaban a utilizar el plumier con lapiceros de colores y los tiempos de recreo de los niños y las niñas se habían fundido. Aunque no las clases, que continuaban separadas bajo las directrices del ya casi anciano Señor Director. Piedad también se había hecho catequista. Los fines de semana se dedicaba a preparar a los niños para recibir la primera comunión, aparte de ayudar al cura en los asuntos del despacho parroquial redactando con suma pulcritud, de puño y letra, con plumilla y tintero, las actas de bautismo, bodas y defunciones de toda la diócesis. Se encontraba satisfecha de sus logros, eran fruto de su inteligencia y esfuerzo, aunque sabía que sin el apoyo de su padre estos cargos difícilmente les hubieran, o hubiesen, sido otorgados.

Ernesto empezaba a estar harto de las injusticias del mundo laboral, el ambiente de trabajo en la fábrica textil se había enrarecido hasta llegar a límites insospechados, donde la inmunidad de los amigos del Gobernador y los fulminantes despidos de los no-amigos del Gobernador eran cada vez más habituales. También se veía inmerso en el anonimato de la capital. Estaba solo en medio de casi doscientas mil personas. Y si le pasaba alguna cosa o no, a ninguna de éstas le importaba lo más mínimo.

Ernesto recordaba sus años en el pueblo, cómo se enamoró de Piedad. Las experiencias vividas en el campo, en la escuela, junto a su padre, junto a su madre. Recordaba su tierra y se le enternecía el corazón. Deseaba volver a su pueblo para vivir cada día respirando el aire limpio y fresco, notando el contacto con la naturaleza, pasando campo a través para atajar caminos y pisar la tierra, viendo las liebres correr, los corzos pastoreando a lo lejos. Y por tradición, o por genes, salir cada mañana de su casa a trabajar al tercer canto del gallo.

Por estas fechas, coincidió que Ernesto recibió una carta en la que Piedad le contaba que su padre había fallecido en un fatal accidente de caza. Parece ser que recibió un disparo fortuito de un compañero, a juzgar según las declaraciones de los demás testigos cazadores. Aunque también Piedad le explicaba que, como su padre por menos de un pimiento armaba un chandrío, a ella no le extrañaría que hubiera, o hubiese, sido un premeditado ajuste de cuentas. Piedad estaba apenada por ello, pero veía la luz del final del túnel de su vida de atadura paternal a rienda corta.

Ahora ambos, por fin, veían la oportunidad de juntar sus vidas, no sólo sus corazones como lo llevaban haciendo durante ya demasiado tiempo.

La tierra

Ernesto no dudó en tomar la rápida decisión. Hizo el equipaje y cogió el primer tren. Apenas doce horas después de haber leído la carta, Ernesto llegaba a la escuela. Los chillidos de juego infantil que se percibían le dieron a entender que era la hora del recreo. Rodeó el edificio hasta llegar a ver el patio repleto de niños y niñas. Ernesto buscó a Piedad entre los maestros que estaban en un coro, de pié, junto a la escalera de acceso al patio. Pero no estaba ella. Justo le había llegado el desánimo de su desconcierto cuando oyó a su espalda “!Ernesto!”. Se giró y, como un niño que contempla por primera vez un acontecimiento pirotécnico, Ernesto se encontró con Piedad. Ella lo había visto llegar y había salido de la escuela a su encuentro. Piedad se le acercaba corriendo, Ernesto se quedó parado un par de segundos, casi sin reaccionar, boquiabierto, contemplando cómo los cabellos de Piedad le brillaban con el sol, cómo abría los brazos mientras repetía su nombre, cómo de bella era su Piedad. Un instante más tarde Ernesto reaccionó, dejó su maleta en el suelo y corrió hacia Piedad fundiéndose en un fuerte abrazo. Ambos notaron la emoción, el amor, el palpitar de sus corazones. Se miraron a los ojos, sus miradas húmedas hablaban de te quiero, de por fin juntos, de para siempre juntos. Y se besaron. A pesar de las miradas de las niñas, los niños, las maestras, los maestros, el Señor Director y un buen grupo de gente del pueblo que ya se habían percatado de la situación. De pronto, el Señor Director gritó “!Rodríguez! ¿No le da vergüenza? Besar a la Señorita Piedad aquí, en público.” Pero todos los espectadores, bajo la complicidad que invitaba la situación, rompieron en un largo aplauso a los novios y el Señor Director se vio inducido a aplaudir también aceptando la excepcionalidad del caso.

Tras unos meses de intensivo noviazgo, la química de su amor llegó a la coagulación del matrimonio. Piedad y Ernesto se casaron en la iglesia parroquial del pueblo y, ante las miradas de todos, Dios incluido como testigo, firmaron su compromiso de amarse y respetarse toda la vida.

Ernesto obtuvo rentas de su vivienda de la capital y, cual hijo pródigo, sus padres lo apoyaron incondicionalmente en todo. Nunca se había imaginado que andar campo a través en su infancia le había sido un señuelo, como lo fue su amor por Piedad, para querer vivir en esas tierras. Se dedicó, por vocación y en devoción, a la recolección de los productos de la naturaleza según la época del año y la oportunidad laboral que encontraba: resina, setas, espárragos trigueros, cangrejos de río o madera de sabinares. También cuidaba de su huerto, que le proporcionaba las hortalizas y legumbres para su familia, y cuidaba de su pequeño corral que le proporcionaba huevos, carne, ...y el servicio de despertador que, por tradición, o por genes, lo arraigaba a sus progenitores.

Un anochecer, Ernesto y Piedad fueron hasta el mirador. Se sentaron en las rocas próximas al precipicio y se dispusieron a observar la puesta de sol. Juntos, viendo como el disco solar se ocultaba tras el horizonte rojizo, se cogieron de la mano en silencio y absorbieron en su memoria esos momentos. Momentos que los llenaba de felicidad. Y recordaron el primer beso con el que fraguaron su compromiso de amor, en ese mismo lugar, unos cuantos años atrás.

Ernesto sabía que esa era su tierra y Piedad su mujer. Para toda la vida. Allí habían nacido los dos. En esa tierra se había producido toda la química de su amor. Y en ese pueblo de la meseta central envejecerían juntos hasta que llegara, o llegase, el día en que como dijo el cura, en nombre de Dios, la muerte los separara. O separase.

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Y se unirían con su tierra, formando parte de ella.



Gràcia, octubre de 2008
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lunes 13 de octubre de 2008

Toda una vida...

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Lo único que quiero es aceptación y comprensión, que no me ignoren , que no me den la razón de los locos, que no me excluyan, que no me cueste una lucha defender cada una de mis posiciones por nímias que estas sean y aunque vayan en beneficio de los otros o por lo menos de todos.
Estoy cansada de intentar atender a todo y a todos sin demasiado reconocimiento. Sé que no siempre hago las cosas todo lo bien que debiera, que puede que no les agrade la comida de cada día, pero la hago con mi mejor voluntad. Ya querría yo que alguien me cuidara aun mínimamente y atendiera mis necesidades básicas aun sin grandes lujos, se lo agradecería con el corazón; sólo por no tener que pensar las cosas, organizarlas y hacerlas, me comería o aceptaría cualquier cosa sin rechistar, teniendo en cuenta que eso me permitiría dedicar todo el tiempo restante par “mis cosas”, todo el tiempo para mí … y no lo saben agradecer, lo echarán de menos cuando no lo tengan.

Las mujeres somos estúpidas, con tanta liberación nos hemos puesto una cadena al cuello que nos esclaviza y peor aun nos provoca insatisfacción, esa sensación de que nunca cumples, siempre tienes alguna faceta “coja”. Te cultivas como persona pero si le dedicas demasiado tiempo a la parte formativa y laboral se te pasa el tiempo de la afectividad que debería complementarte para tu desarrollo como esposa y madre. Si has andado lista y has podido completar estas facetas se suman a la de hija , que tendrás que maravillártelas para coordinarlas con las variadas y múltiples labores que suponen todas ellas, de pronto te conviertes poco a poco y casi sin saberlo en : ama de llaves, cocinera, encargada de intendencia y almacén, lavandera, limpiadora, planchadora, costurera, peluquera, decoradora, médico, enfermera, señorita de compañía en cualquiera de sus sentidos, educadora, maestra … suma y sigue porque al “acabar”, es puro espejismo, tienes que estar maravillosa puesto que como mujer te toca aparecer sumamente sexi y atractiva, ser ingeniosa, cariñosa, alegre, sugerente, atrayente y todo adornado con muy buenas maneras, mucha educación y mucho saber estar; si no quieres pecar de ordinaria, grosera o mal educada que es la situación cuando se produce el cortocircuito y lo mandas todo a la misma ¡MIERDA!.

Soporto que como broma o gracieta se hable en tono irónico o con sarcasmo sobre lo que hago, lo que pienso o lo que organizo, pero que esto sea casi la norma no me gusta. Intento hacer las cosas atendiendo a principios de economía, salud, eficacia, conveniencia, conciencia, interés común y pido colaboración, comprensión, apoyo, ayuda, aceptación y buenas maneras … casi nada … ¿ Qué consigo?… Que apenas si me hablen, caras de funeral, tristeza, soledad, desgana, dolor, llanto, sensación de vacío, de fracaso, de no dar la talla, de no llegar al nivel …

Si ya lo dice el refrán : “Aprendiz de mucho … maestro de nada “, “Quien mucho abarca …”, “Cuanto más te amagas...”

Se necesitaría una vida para enseñarte todo lo que tendrías que dejar de hacer en la siguiente …

Yo por lo pronto, de mayor, quiero ser ... “MUJER FLORERO”…












Aguadulce a 10 de Julio de 2006

miércoles 8 de octubre de 2008

Esquiva Fortuna

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A Gargolita,
Aceitunera altiva.

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El fontanero de casa se llama Juan. Algo frecuente y hasta cierto punto normal, porque, vamos a ver, ¿ quien no conoce a un fontanero que se llame Juan?. Lo que ya no es tan frecuente, ni hasta cierto punto normal es que, con los tiempos que corren, la razón social que aparezca rotulada en su furgoneta de trabajo sea tal que : " Fontanería Fortuna".

Días pasados, recibí una solemne y formal invitación a comer en casa de Pedro y Antonia, matrimonio amigo. A ver si me explico. Me refiero a que ambos son amigos comunes míos. Entre ellos dos, son simplemente eso, matrimonio. En el mensaje del móvil, que sustituía al pliego de cartulina de papel berjurado, se me indicaba fecha ( sábado, por supuesto), lugar ( la casa de invierno), hora del evento ( "a eso de las dos y pico o tres de la tarde") y el menú ( rabo de toro estofado). También hacía alusión a los pertrechos que eran, no sólo menester, sino imprescindibles aportar: boca, hambre y unas palabras de agasajo que regalaran las orejas del cocinero/a. El rabo, me decía en el mensaje, lo ponían ellos.

Andaba presto a acudir a tan imprevisto festín, cuando las normas de la elemental educación y el recuento de meses con los dedos de ambas manos, me aconsejaron, con sabiduría y prudencia, que me tocaba ducharme. Ya que no habrás de poner nada en el banquete - me dije-, ve, al menos, limpio. Es lo menos que puedes hacer por unos amigos. Y dicho y hecho.

Aflojándome la correa del pantalón estaba, cuando ¡ oh, dios mío¡, miro, reparo, me fijo y encuentro con el suelo de la rinconera de la cocina, de líquido, cubierto.

Fue mi primer impulso - correa en mano, como estaba- ajustarle las cuentas a la mascota, pero cuando la serenidad de ánimo disipó la primera niebla de la ira, comprendí, por la magnitud de la inundación, que aquello era demasiada meada incluso para Mongui.

Y aquí es donde aparece Juan. Bueno, exactamente aquí y entonces no, pues se trataba de un sábado y de un fontanero que, como todos, no trabajan los sábados ni en caso de emergencia inundatoria de la mismísima Alcazaba, porque lo aprovechan para irse de weekend a la casita, con chimenea, que tienen en Abrucena. Pero a lo que iba. Que tras catorce llamadas fallidas y acabar por aprenderme de memoria la última de los Estopa, que es la que te sale en espera de llamada hasta saltar el contestador, ahí me tienes en pantalón corto, chanclas playeras y fregona en ristre.

¿ Fregona? ¡qué digo yo, :" la salvaora"¡. Jamás un adminículo tan humilde y poco ponderado, merece más el reconocimiento de la humanidad. Cuando próximos al comienzo de este nuevo milenio, las revistas científicas serias se devanaban en sesudas encuestas y trabajos demoscópicos a fin de obtener el criterio unánime del elemento que más había contribuido a la liberación femenina y a la igualdad entre sexos, recuerdo que acabaron proclamando vencedora, por k.o. técnico, a la píldora. Se basaban, según los sabios expertos, en que ningún otro invento había producido en la mujer un cambio tan radical, al permitirle controlar sexualidad y procreación, elevando ésta a un acto responsable que, separándolo del mero imperativo de impulso sexual, lo transformaba en conducta voluntaria...blá,blá,blá. Y no está mal, no. Pero ¿ que me dicen la humilde fregona?. Sí, sí, la fregona: ese artículo de droguería que, cuando lo compras, tanto cuesta introducir en el carrito del Carrefour y que acaba por enemistarte con el que te precede en la cola de la caja de pedidos de servicio a domicilio.

Y es que, ese día, comprendí que Manuel Jalón está necesitado de una estatua de cuerpo entero. Aquí o en Zaragoza. Es más, yo diría que cada pueblo y ciudad de España, deberían dedicarle una calle. Como a José Antonio o a Federico García Lorca, pues al fín y al cabo, todos inventaron algo, pero nadie como el riojano. Acostumbrado como estaba a tener el mundo a sus pies para lustrarle las botas y la vara de mando, no se arredró en convertirla en mocho para rescatar a nuestras mujeres del suelo para que pudiéramos admirarle las rodillas. Luego, como ellas son listas, se limitaron, simplemente, a pasar el testigo al homo erectus. Y aquí me tienes, recogiendo los ciento cincuenta litros del termo de VPC, que hacía aguas por la picadura del calderín.

Antonia, que por vocación y genética está siempre presta como el SALVAMAR, acudió en mi rescate y, entrada la anochecida, aparece con el "tape" de rabo de toro que dejó en su mesa mi inesperada ausencia. El aspecto, delicioso. Pero como uno es de pueblo y tiene confianza con los amigos, aunque desfallecido por las siete horas que duró el achique, tuve, sin embargo, la necesaria fuerza y coraje para hurgar en la entrepierna del marido antes de atacar la vianda; pues encontrando entero a Pedro y no siendo época de cartelera taurina, a lo más peor que podría ser, sería rabo de canguro. Y algo debió sospechar mi buen amigo, porque al despedirnos y agradecer con agasajo las dotes culinarias de su esposa, va y me dice: " ¡ hombre, p´a una cosa que tengo buena¡". Quiero pensar que se refería a su consorte....

Bueno, que me pierdo. Que estaba en lo del calentador y mi fontanero Juan.

A las nueve de la mañana, llega el artista (léase, el profesional de fontanería), y tras oscultar la panza cilíndrica del "paciente", emite su diagnóstico inapelable: " Pos esto va a ser que la cal, que es mu mala, ha picao el calderín". Hasta ahí perfecto, doctor, ¿...y?. "Pos que o cambiamos el calderín, o ponemos un calentador nuevo. Yo que usté compraría uno nuevo porque de haber recambio de calderín, va a salir lo comío por lo servío". Y tú, como ya llevas tres días sin agua en casa, te afeitas con agua mineral de Lanjarón y te lavas los dientes con gaseosa La Casera, le dices que él es el profesional; con lo que su profesionalidad se inclina por no complicarse la vida, porque el cliente es el que la tiene ya bastante complicada, y se va al almacén distribuidor por un calentador nuevo. Tan nuevo, tan nuevo, que hasta el precio ha variado ostensiblemente y cuando le pides que te de la factura para poder reclamar la garantía, va el tío y te dice que la garantía es él; que no te la puede dar porque lo ha sacado del distribuidor a su nombre y así su asesor fiscal se lo desgrava. Y en ese momento te preguntas si es que tú siempre has sido así, o es que te han visto cara de gilipollas; si has contratado a un fontanero o a un inversor bursátil, o si te controlas o lo ahogas escaldándolo en el calentador nuevo.

Aunque lo bueno estaba por llegar. Rompe el embalaje, arrastra el cilindro al rincón indicado y rosca dos tomas, la entrante de la general y la saliente para distribuir el agua calentada. ¿ Cuanto? ¿ Ha dicho seiscientos treinta y cinco euros?. Pues sí. Exactamente eso. Y entonces es cuando la confusión se apodera de tí, porque no aciertas a comprender si lo de "Fortuna" proviene de la rama paterna o de la profesional.

Como me pilla en situación comprometida y el interlocutor es un armario que me saca cabeza y tres cuatros, me acerco al cajero más próximo, que más que dinero me suelta insultos, pues la tarjeta de débito está hecha unos zorros. Aunque yo no me doy por enterado. O es que a ver si ahora vamos a tener que pensar que los Bancos son de ese tipo de instituciones que te regalan paraguas cuando sale el sol y te lo quitan cuando comienza a chispear. ¡Pues no¡. Si hay crisis hay que ser solidario. Como mi banco y como Juan, el fontanero, que por ayudar, hasta se ofreció a llevarse el calentador viejo...

Hasta ahí podíamos llegar, amigo. Este se queda aquí conmigo aunque no caliente, pero con la situación que se avecina no me vendrá mal para llenarlo de agua, sal, ajo y tomillo y echar en remojo unas aceitunas de cornezuelo.
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Y es que, cuando la crisis te muerde la pantorrilla,
o te las sabes ingeniar o te metes a fontanero.