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miércoles, 25 de octubre de 2017

Una vida permitida






            Me cuenta mi amigo Marcos que ha vivido toda su vida porque se la han permitido. Que en lo único que no lo hicieron fue al engendrarlo pero después, tuvo que pedir permiso para jugar, para coger nidos, para llegar más tarde de los tres silbidos, para levantarse de la mesa, para no ir a misa, para salir con la pandilla ... y hasta para escoger novia.

            Que pidió permiso a la novia para poder seguir preparando el examen final de Derecho Canónico sin salir a pasear y después, en la mili, permiso de pernocta. Pidió permiso a su mujer para hacer la jornada laboral completa, para la entrevista de su vida, para visitar a sus ancianos padres, para no ir de tiendas o para prolongar la hora de llegada ante la celebración de la cena de jubilación de su amigo de infancia.

            Pidió permiso en el trabajo para justificar la ausencia en la enfermedad propia o familiar y en sus vacaciones; venia para poder defender sus razones ante los Tribunales, y a sus hijos para viajar unos días y, al fin, pidió permiso al Gobierno para jubilarse tras más de cuarenta años cotizados para poder recuperar parte de lo que ingresó en su hucha vital.

            Hoy, jugando la partida de dominó de los jueves en el Centro de personas mayores, mientras la gana cerrándola con la blanca doble,  me dice que se ha declarado insumiso y no piensa pedir más permisos para vivir, que lo que le resta le pertenece exclusivamente a el y hará lo que le salga de sus "reales". Y a mí, cuando pago el café del perdedor, me embarga la emoción de pensar que el bueno de Marcos no es que se haya declarado insumiso, sino que, al fin, ha decidido ser feliz.



lunes, 19 de junio de 2017

Pan, pelota y chocolate.






En donde ahora vosotros veis un parque con terrazas de bares y columpios, en los años sesenta nuestra generación gozaba de una extensión yerma e inundada del alpechín que derramaba la fábrica de aceite de doña María. Era el comienzo de la "carretera vieja" que conducía hasta la "Quebrá" y nuestro único campo de fútbol donde nos adiestramos y entrenamos para intentar, sin éxito, vencer a los equipos de Torres y de Jimena. Allí donde Paquito y Mariano, hermanos pero rivales en la formación de cada equipo, sacaban a relucir su mala leche, donde Tomás ejercía de excepcional cancerbero cubriendo con éxito nuestra portería con poca habilidad pero con un tamaño descomunal que agotaba espacio y donde el rebote de la pelota en el charco de alpechín manchaba la indumentaria de los participantes que propiciaba la tremenda paliza de nuestras madres tras pronunciar aquello de ¡y ahora, a ver cómo quito yo esto!..

Cuando llegábamos de la escuela de don Manuel Quesada o de Don Francisco, nos faltaba tiempo para echar la cartera a volar bajo el grito: "¡Mamá, ya estoy aquí, quiero merendar!". Era como la liberación en busca de la libertad de la calle que habíamos perdido dentro del aula donde la educación se basaba sobre el fundamento de la disciplina y la autoridad del maestro estaba a la misma o superior altura que podía tener entonces la influencia de tu padre "si te ha pegado el maestro, algo malo habrás hecho".

Los castigos estaban tan presentes en el aula como el crucifijo que presidía la pared principal. El maestro te daba tu recompensa en la palma de las manos si no sabías señalar en el mapa mudo dónde estaba Palencia o te cazaba distraído hablando con el compañero de banca. Siempre había motivo para impartir justicia.

En la clase nos ponían firmes, nos mantenían en fila como si fuéramos aprendices de soldados, nos ordenaban cuándo entrar y salir, pasaban lista a diario y te revisaban las manos a diario a ver si tenías las uñas limpias. Había un cuarto oscuro, al que en nuestra mentalidad infantil asociábamos al "cuarto de las ratas", donde llevaban a los indisciplinados que no tenían remedio.

Por eso, no era de extrañar que cuando sonaba el timbre o la campanilla saliéramos corriendo abandonando la autoridad del colegio para recuperar la libertad que entonces representaba el campo de fútbol de doña María.

Lanzábamos la cartera y cogíamos el trozo de pan y la onza de chocolate negro con la pelota bajo el brazo. Muchos nos llevábamos la merienda porque sin ella no nos dejaban salir, pero acabábamos dejándola olvidada en el tranco de la puerta o en las piedras que colocábamos haciendo el marco de las porterías. Corríamos mientras le dábamos bocados al pan y masticábamos el polvo de la tierra con mantequilla o con aquellas lonchas de chorizo Revilla que se pusieron de moda en los anuncios de televisión.

Allí afuera no había límites y las normas las poníamos nosotros. Jugábamos con los amigos de verdad, los que nosotros habíamos elegido y no con los que compartían banca en el colegio.

Salíamos a la calle oliendo a limpio, a goma de borrar y a lápiz tal y como habíamos regresado de la escuela, y unas horas después regresábamos con las manos negras, la cara llena de churretes, los faldones fuera y las rodillas magulladas, convertidos en auténticos "cehomos", como nos llamaban nuestras madres. Y aunque no sabíamos lo que significaba eccehomo, que era el término correcto, ya nos imaginábamos que tenía que ser algo muy grave a tenor de la paliza con zapatilla que nos atizaban con el castigo de aquella noche y la promesa, siempre incumplida, de que no volveríamos a pisar la calle.

Y desde el otro lado virtual, me responde Paquito imaginando que a aquellos niños del  partido de futbol en la "punta de la carretera", Ildefonso Aguayo, por citar a un ilustrado, les hubiera dado una charla sobre la esperanza en la mejora de las condiciones de sus vidas, comentándoles, por ejemplo, cosas como que todos llegarían a tener un coche mucho mejor que el de Doña María, que con el tiempo no tendrían que ir al teléfono a pedir una conferencia con su padre en Pamplona, que ellos tendrían un teléfono chiquitillo en el bolsillo por donde no solo podrían hablar, sino también verlo en una pantalla chica, que en sus casa habría un baño mejor que el de la casa de Doña María y que no se pasaría frío ninguno en invierno ni calor en verano, que todos tendrían unas cocina que se encenderían con solo apretar un botón y sin leña, que tendrían un armario con frío para guardar la comida, que la cuadra de su casa sería un garaje para el coche,... Que en la tertulia del Hogar del Jubilado es conversación habitual la piel tan fina que ahora tiene la sociedad porque cuando te pegaba una galleta el maestro en tu casa no lo decías porque era muy probable que tu padre te diera otra mientras que ahora, la sola bronca verbal de un maestro, no solo provoca la reacción grosera y violenta del alumno, también la de su padre. Todo por una sobreprotección que no entendemos bien porque después de todo, en nuestras condiciones y contexto, tampoco salimos tantos tarados. Es más, aún las añoramos con nostalgia.

Que nos declaramos incapaces de predecir cómo será la vida de nuestros nietos pero, eso sí, estamos seguros que materialmente será mucho mejor que la nuestra, aunque no somos capaces de ponernos de acuerdo en si también lo será emocionalmente. Que nosotros, en fin, a pesar de todo, nos acordamos con añoranza del campo de fútbol de la carretera, de la "chilanca de la quebrá", de la cueva de la harina,..... en realidad, de nuestra infancia.




jueves, 11 de mayo de 2017

NOS VAMOS YENDO




Y en esta inusual tarde de lluvia en la terraza del café Colón, reparo con mi contertulio en las imperceptibles torrenteras viales que se originan y llevan arrastrando multitud de burbujas, como náufragos con cabecita de cristal intentando asirse a la retama del ajardinado. Muchas de ellas se suicidan o estallan de pura alegría; otras, acaban despeñadas en la improvisada cascada del imberlón y siguen su ruta en la alcantarilla como simple líquido vivificador hasta su entrega gozosa al próximo mar.

Me dice José María que últimamente hasta presta más atención a las páginas de obituarios y esquelas de la prensa local que a los homenajes, porque aquellas ya le comienzan a ser familiares, puesto que aparecen nombres con los que compartió momentos, proyectos, ilusiones y actividades. "Nos vamos yendo, Manolo, nos vamos yendo, mecagoendíos", me dice este aragonés de pura cepa sin pena ni nostalgia, sino como constatación empírica de un hecho natural desde su perspectiva profesional de médico jubilado.

Que le produce extrañeza que concurra más a funerales que a ceremonias y actos intelectuales y lúdicos y que no haya encontrado "ningún muerto malo". Que son aquellos mismos quien en vida los denostaron y zancadillearon hasta el límite de la crudeza, sus propios "verdugos", los que hablen de la bondad del ya fenecido y las virtudes y méritos que en vida les adornaron. Queda pensativo y añade: "tuvieron toda una vida para demostrarlo y quieren repararlo en un momento".

Yo le respondo que a mí también me parece que no hay muertos malos, es como si en el tránsito al otro lado se redimiera todo; ¡pobrecillo! se suele exclamar, ¡con lo bueno que era!, aunque en vida hubiera sido un cabrón con pintas. Pero la muerte, nos humaniza e iguala; pobres, ricos, buenos, malos, altos, bajos, feos, guapos,... Es esa sensación lo que yo creo que redime todo lo malo que se haya hecho y borra los malos momentos pasados. Se recuerdan en general los ratos buenos, las alegrías y, el muerto se va con la comprensión e incluso el cariño de sus deudos, incluso de los que declararon odiarle en vida. Que a veces, cuando hablo con mi hermano Tomás o con mi madre les pido si pueden aclararme algo, pero no me dicen nada y que me lo tomo como un "¡déjate ya de tonterías!, ya te enterarás cuando te llegue el momento, como todo el mundo". Que vivir, en cierto modo, es un arte. Se está convirtiendo en un inventario de fechas, guarismos y rostros que se van recuperando o dejando en el desván del olvido, a medida que avanza el tiempo, a veces aliado, a veces enemigo, según la ocasión y el interés. Vivir es una travesía cada vez más pesada y fatigosa entre el dolor y el placer, tan cerca y tan lejos; entre el deber y el deseo de durar lo que se pueda, lo que nos dejen, oiga, lo que vayamos arrancando a la terca realidad. Y aquí seguimos, a la espera de que nos toque prefiriendo que sea muy, muy tarde.

José María, algo agnóstico y de izquierdas de toda la vida, mientras capa la colilla de su enésimo cigarro, me confiesa veladamente su fórmula secreta. Dice que se afana cada día por ofrecer lo poco que en la vida aprendió, por compartir todo lo que tiene e intentar que la gente que ama y a la que conoce, sea feliz cuando estén con él. Que la vida es la mina del más precioso metal que hay que ir depurando para apartar la escombrera de la materia prima esencial y por eso recicla, a diario, el carrito de su vida y planta y riega su jardín de interior arrancando la mala hierba que nada aporta y succiona, ya que nadie ha tenido viaje de vuelta para explicarle lo que es la eternidad ni la vida celestial o infernal gozando de coros angelicales o sufriendo las llamas del averno y en lo único que está empeñado es en preparar su vida y su alma para realizar acciones que queden en la repetida memoria de los demás, sembrar, porque si alguien en un segundo tuviera un recuerdo de él, está seguro que nunca moriría pues será como un pájaro cuco habitando, eternamente, en el nido de los demás.




viernes, 7 de abril de 2017

El cine de Hilario





            Recuerdo mis tardes de domingo en Mágina porque siempre las asocio con el cine de Hilario. Superada la Plaza de José Antonio, donde los adultos proseguían su "ligailla" en el bar de los Rubios, teníamos que ascender sesenta escaleras hasta llegar a la empinada cuesta donde, a la derecha, se encontraba la entrada del cine de Hilario. Era una nave rectangular cementada, con techo de uralita agujereada, sin salida de emergencia ni medida alguna de seguridad, donde la pared del fondo estaba revocada con yeso para su función como pantalla. En el interior había sillas de madera plegables y al fondo una serie de escaleras de cemento que hacían de gradas de "gallinero,pero que no eran sino el acceso al cuarto de proyección.

            En invierno los mayores iban provistos de paraguas para evitar las goteras y mi tía Carmen, la maestra y esposa del médico, don Gonzalo, se hacía acompañar de dos alumnas pelotas que le llevaban un brasero. Algunos se llevaban la cena y hasta el cántaro de agua por si les apretaba la sed y se les secaba la garganta mientras acompañaban las canciones del "Pequeño Ruiseñor" o de Antonio Molina.

            Era todo un acontecimiento cuando se proyectaban aquellas películas del Oeste llenas de forajidos y deudas pendientes en las que siempre ganaban los buenos. La chiquillería se identificada tanto con sus protagonistas que, en un exceso de excitación, acababan convirtiendo las filas en una batalla campal (¡toma, toma..!), provocando que Hilario tuviera que abandonar la sala de proyección, vara de almendro en mano, para poner orden , cosa que también hacía cuando se presentía el beso del galán y su amada porque sus labios se acercaban hasta el corte de la censura, pero que llegaba tarde al prendido fuego de los espectadores exaltados que ya adivinaban el final. Más palos de Hilario con la vara larga de almendro y una advertencia: " Ya no os dejo entrar más!".




Y que conste que entrar en el cine de Hilario costaba dos reales de aquellos que tenían un redondel en medio y que algunos coleccionaban para ponerlos repujados en el cinturón y, además,  era todo un lujo en un pueblo de mil setecientas almas que no tenía Cuartel de Guardia Civil y tan solo un policía municipal, el buenazo de Joaquín, quien por agradar hasta se pasaba todas las mañanas haciendo que vigilaba en los Grupos Escolares para atravesar bajo el ojo del puente ,donde sabía que lo esperábamos para mearnos sobre su gorra de plato, pero era un lujo que nos igualaba a Torres y a Jimena, que también tenían cine.

            Los jueves Hilario era un puro nervio. Esperaba con impaciencia en la Era Nueva a que "la Chata" de los Pacomigueles - que era como se conocía al bus que efectuaba el trayecto diario de Albanchez a Jaén- trajera los rollos de película. Si llegaba, lo anunciaba el sábado con título y hora Eufrasio el pregonero, que antecedía su canto con toque de trompetilla por cada una de las esquinas y, llegado el ansiado momento, el domingo por la tarde, soñar era posible. Era el cine, el cine de Hilario. Aunque el sueño, para no llegar nunca a ser pesadilla, se interrumpía bruscamente con el cambio de rollo, para lo que se hacía un largo descanso en el que las sillas y los ánimos se recomponían, se comían pipas y las alumnas de mi tía Carmen avivaban y renovaban las ascuas de su brasero, ... ¡que para eso era Doña Carmen, la maestra!.

El resto de la semana seguía siendo rutinario: desayuno, escuela, recreo con leche en polvo y queso americano, guerrillas, bolas y cibilicerra en el tranco. Alguna borrachera de Hilario que provocaba alboroto y tuvo que ser reprendida por el alcalde, su gran amigo, con alguna que otra noche de calabozo y.... tiempo para soñar la próxima película.

            Después todo se complicó. Nos hicimos maduros, dejamos de soñar y dejamos de creer en las historias de vaqueros o romanos donde siempre ganaban los buenos. La ciencia ficción terminó robándonos nuestra sencilla realidad. Hilario cerró el cine, compró una máquina "comepiedras" y un camión con volquete. Consiguió del alcalde una concesión para triturar la montaña de la Serrezuela que soporta el castillo y se dedicó a vender gravilla con la que asfaltar la carretera que nos unía a Jimena. Había llegado el Progreso, pero perdimos nuestros Sueños.


lunes, 3 de octubre de 2016

UN BUEN HOMBRE




A veces pienso que nunca llegué a conocer bien a mi padre. Como cualquier adolescente estaba más preocupado por crecer y hacerme mayor que de comprender sus consejos, su forma de ser y comportarse, o de entender los motivos de sus decisiones. Sin embargo, lo que si recuerdo es la admiración y respeto que él sentía por aquel hombre, Andrés, a quien con frecuencia ponía de ejemplo. Siempre contaba de él la misma historia. En su juventud había sido el primer muchacho del pueblo a quien sus padres regalaron una escopeta de aire comprimido. Era el ídolo y atracción de toda la chiquillería, que porfiaban para que les prestara aquel artilugio que disparaba plomos con forma de diábolo o reloj de arena,  con los que alcanzaba a mucha distancia a los pájaros inaccesibles a los tirachinas. En una de esas algarabías de disputa multitudinaria por ser el adjudicatario de tan preciado préstamo a Andrés se le disparó el plomo de la carabina, con la mala fortuna que vació el ojo derecho de Fuensanta, la hija del panadero, quien, a pesar de salvar la vida, quedó tuerta. Andrés, que por entonces tendría dieciséis años, prometió que, en reparación de su culpa, se casaría con ella. Llegado el momento, aunque su familia había abandonado el pueblo, Andrés volvió y cumplió su promesa. Él era un hombre de palabra.

Un día, cuando yo tenía dieciséis años, Andrés apareció por el hotel donde yo trabajaba como botones desde los catorce. La repentina muerte de mi padre y la escasez de la pensión de viudedad de mi madre, habían sido factores decisivos para mi temprana incorporación al mundo laboral y, no pudiendo abandonar la casa ni a mi madre, aquel hotelito de las afueras del pueblo me pareció una buena opción.

Andrés llegó sólo y, a diferencia del resto de los huéspedes, no traía más equipaje que una mochila. Vestía ropa de cazador y llevaba una flamante y reluciente escopeta vacía de munición doblada en forma de V invertida colgada de su hombro izquierdo. Se registró en el hotel y yo le seguí camino de su habitación intentando ayudarle con la mochila. Me pasó su brazo libre por encima de los hombros y me pidió detalles del pueblo, de algunos vecinos, sobre si aún vivían o no, sobre la última cosecha de almendras o el veneno que había matado al quebrantahuesos aparecido en el Coto de los Hurones, en el Caño del Aguadero. Tuve la sensación que era él quien me acompañaba aunque fuese yo el que abrió la habitación y le mostré la estancia. Después de abrir las dos hojas del amplio balcón, repasó por unos instantes la fisonomía y paisaje del Aznaitín, que se veía desde allí, y me preguntó:

- ¿ Cómo te llamas?.

- Valentín-Alberto, señor. Pero todos me dicen Valentín, contesté.

- Te llamas lo mismo que a quien te pareces, Valentín. Yo me llamo Andrés, replicó

- Que tenga un buen día, don Andrés, dije tras colocar el ligero equipaje encima de la cómoda mientras me disponía a abandonar la habitación. Él, se me quedó mirando. Luego pareció recordar algo, esbozó una sonrisa y metió la mano en el bolsillo. Al tiempo que me daba unas monedas, me dijo:

- Tú llámame como quieras, pero mi nombre es Andrés, solo Andrés.

Durante su estancia entre nosotros nunca salió a cazar. Dedicaba el tiempo a dar largos paseos matinales desde Chavayanque hasta la Caldera del Tío Lobo para enjugarse la cara mojándose las manos en los "chilancones" del río y departir largas horas sobre la recolecta de plantas aromáticas que aquel huraño vecino que nunca visitaba el pueblo hacía pasar hervidas por la imponente tubería que servía de serpentín. Otras veces recorría toda la falda del Aznatín e iba hasta Cuadros, y desde allí subía a la Fuente del Espino, en pleno corazón de Sierra Mágina. Por las tardes le gustaba el Salón del Santo, desde cuyos grandes ventanales se divisaba un mar de olivares, al mismo tiempo que mareaba el periódico o subrayaba el libro que estaba leyendo, hasta que al atardecer, comenzaba su paseo entre los pinos hasta la hora de su frugal cena.

Era precisamente esa hora del atardecer la que yo más esperaba. Liberado de mis obligaciones por el escaso trajín de huéspedes, aguardaba en la puerta a que Andrés iniciara su paseo por el pinar. Él, consciente de mis intenciones, me buscaba con la mirada y movía la cabeza hacia un lado. Era la señal. Entonces yo le seguía un poco rezagado hasta que me pasaba un brazo por los hombros y comenzaba a hablarme de la importancia de la instrucción, de que la vida es un precioso regalo y desperdiciarla el más terrible de los pecados, de la igualdad y solidaridad de los seres humanos, y de mi derecho y deber de superarme mediante el esfuerzo y la disciplina porque a todos se nos ha dado el don de poder elegir...

En uno de esos paseos me contó que a su padre, ya mayor, le había tocado el Gordo de la Lotería. También que hacía años enviudó de la mujer más bella que jamás había visto en cuantos lugares frecuentó en sus muchos viajes por el mundo y a quien más amó en su vida, y por esa razón ahora viajaba sólo y ligero de equipaje. Fue entonces cuando me atreví a cuestionar sus consejos y, armándome valor, le dije:

- Mire, don Andrés, todo eso está muy bien, pero yo creo que sólo hay dos clases de gente: los ricos como usted y los pobres como yo.

- Yo no soy ni más rico ni menos que tú, Valentín. No hace falta ser rico para tener cuanto quieras, porque la verdadera riqueza está ahí, contestó mientras con su dedo índice presionaba con fuerza sobre mi corazón.

Aquella tarde me dijo que conocía las habladurías que corrían sobre él, pero que no era ni un rico estrafalario, ni un loco, ni un beato, ni maricón, ni anarquista ni nada. Que lo que intentaba, y no sin poco esfuerzo, era llegar a ser algún día un buen hombre, aunque no sabía si lo conseguiría. Que pronto se marcharía de allí y que esperaba que yo también lo hiciera, porque a pesar de que aquél fuese nuestro pueblo, la vida me esperaba al otro lado. Cuando le pregunté por qué llevaba siempre aquella escopeta tan reluciente colgada del hombro si quería ser un buen hombre, me contestó textualmente, "porque venía con el traje".

Se marchó cuatro días más tarde. Le acompañé hasta la curva del Barranco del Miedo, y hubiera ido con él al fin del mundo. Al despedirnos me dijo:

-Toma la mochila, Valentín. Es para ti. Es mi regalo de despedida. Creo que de tanto cargarla ya te pertenece más que a mí. Úsala siempre bien.

Vi alejarse su coche mientras me invadía un extraño sentimiento de gran aflicción, que rápidamente fue sustituido por el de la sorpresa recibida al abrir la mochila y encontrarla llena de billetes grandes.



Unos meses después de su partida quedé huérfano de madre y yo también abandoné el pueblo. No he vuelto hasta hoy, viudo y jubilado. Mis colegas y  compañeros decidieron hacerme un homenaje y no se por qué motivo elegí este mismo hotelito rural donde trabajé como botones. Hoy he leído la prensa en el mismo sillón del Salón en que él se sentaba. He recorrido el mismo paseo que hacíamos juntos cada tarde y hasta he sentido su brazo rodeando mi hombro y el ligero peso de la mochila que siempre le llevaba y que cambió mi vida. Luego he visitado a Diego, el único que queda de la pandilla de entonces. Juntos hemos recordados anécdotas, travesuras y amoríos de la infancia, y me ha dicho que le contaron que aquel cliente del hotel con quien yo paseaba murió, pero que no por accidente traumático, sino de muerte natural, muy natural. Se contaba que el día en que murió no vestía su traje de cazador, sino que apareció en el casino de la Capital vestido de esmóquin, y ante la extrañeza de sus amigos de tertulia por la novedosa vestimenta, respondió diciéndoles: "No. No voy a ninguna parte. Es que voy a morirme y quiero estar vestido para la ocasión". A la mañana siguiente Beatriz, su empleada de hogar, lo encontró encima de la cama muerto. Plácidamente muerto. "Siempre cumplía lo que decía, acabó el relato Diego. Era un hombre bueno, un hombre de palabra".

A mi homenaje de jubilación han asistido muchos colegas. En sus discursos han hablado de mi reconocido prestigio internacional y de los méritos y avances logrados por la medicina gracias a mis trabajos de investigación y descubrimientos en el campo de la cardiología, pero en ninguna de sus palabras he podido encontrar respuesta a si había conseguido o no ser un hombre bueno. Por eso, cuando pasada la medianoche vino a recogerme en su coche mi nieto Andrés, mientras recorríamos el trayecto de la puerta a la entrada del hotel que flanquean los pinos, me atreví a preguntarle:

- Oye, Andrés, ¿tú crees que soy un buen hombre?.

Mi nieto, absorto en sus pensamientos, no contestó, aunque ahora que lo pienso, quizá no lo hizo no porque estuviese distraído, sino porque comprendió que la pregunta no era para él.






viernes, 3 de junio de 2016

EL PRINCIPIO ACUSATORIO





Finalmente, accedió a la entrada de la Ciudad de la Justicia, mientras se frotaba los ojos despabilándose.

-¡Pase por el arco, por favor!. La cartera, el bolso, el móvil, las llaves y demás objetos metálicos, deposítelos en la bandeja.

-Sí, ya lo sé -dijo con toda la amabilidad de que era capaz.- Pero lo que quiero es entrar. Tengo un juicio que ha empezado hace veinte minutos y voy tarde. Mi pequeño, tuvo una noche horrible, por dolor en la tripa, por gases, y ya sabe como son esas cosas.

-Son las normas de seguridad y yo no las he inventado. Yo también he pasado toda la noche en vela por mi hijo, pero el deber es el deber y a las cinco y media estaba en mi puesto de trabajo. Espere un momento que voy a buscar la lista de personal autorizado para entrar sin pasar por el arco de seguridad.

Desapareció para volver tras unos veinte minutos -que  parecieron interminables- con unos folios escritos a máquina en los que se encontraba diversos nombres añadidos a mano.

-¿Cómo se llama usted?.

-Acusación, Acusación García. Pero, Juan, si usted me conoce desde hace años...

-Cuando estoy de servicio, no conozco ni a mi padre.

Recorrió toda la lista de cabo a rabo, tomándose su tiempo mientras repasaba cada nombre con el bolígrafo despuntado para no saltarse línea alguna.

-Lo siento, pero no le puedo permitir la entrada. Su nombre no figura en el listado de personas autorizadas por la Fiscalía Provincial.

-¡Evidentemente!. Yo soy la Fiscal Jefe de la Audiencia, la que firma la autorización.

-Eso a mí no me consta. Además, la firma es un garabato ilegible.

Con cara de fastidio, sacó su carnet de identidad y se lo mostró.

-Vea usted, Juan. Es la misma firma que la de mi DNI.

-Sí, efectivamente, se parecen, pero yo no soy perito calígrafo. De todas formas, lo único que puedo hacer es llamar a casa de la Fiscal Jefe para ver si me autoriza verbalmente su entrada.

-Pero, ¡oiga!. ¿ No le he dicho que la Fiscal Jefe soy yo?. En casa no hay nadie.

-Si no desea usted que llame, no lo haré, pero su actitud me parece muy sospechosa. Además, si usted es la Fiscal Jefe como dice y no se ha atrevido a poner su nombre en la lista de personas autorizadas, ¿quién soy yo para permitirle la entrada?.

-Pues entonces, tendrá que admitir que usted tampoco está en esa lista. -replicó ella.

-Bien mirado, tiene usted toda la razón. Pero es que yo no pertenezco a la Fiscalía.

-Entonces, dígame, ¿qué coño hace usted ahí dentro si no está autorizado?.

-¡Hostias, pues es verdad!. Ahora mismo salgo y haré guardia fuera.

Reconcomida por los nervios, acertó a pedir un último deseo:

-Por favor, ¿podría pasarme el móvil que está en la bandeja al otro lado del arco?. Es para avisar al Tribunal de la circunstancia y que suspenda o demore el acto de juicio hasta que solucionemos este malentendido.

-Lo siento, pero ya he salido fuera y usted me ha prohibido permanecer por no ser persona autorizada. Además, aquí dentro está prohibido el uso de móviles. ¿ Es que no lo ve en la pegatina de la pared?. Con gusto le dejaría el mío, pero es de empresa y nos tienen restringidas las llamadas. El reglamento es el reglamento, doña Acu.

Había transcurrido casi una hora en tal situación, cuando Juan contempló cómo por la escalinata central de aquel Palacio de Justicia bajaban dos personas sonrientes. Al llegar a la puerta, Juan abrazó al más joven y estrechó la mano a la que iba de traje negro. Después, tomó su móvil, llamó al Encargado de su empresa de seguridad y obtuvo el día libre para celebrar la absolución de su hijo, por ausencia del requisito constitucional del principio acusatorio.







miércoles, 13 de enero de 2016

Elogio al abuelo del Vespino.





El abuelo del Vespino, Derby o Mobilette, es un tipo humano del que ya quedan pocos ejemplares. Pueden verse éstos en el ámbito rural principalmente, siendo el pueblo su medio natural. Para desplazarse hasta la parcela que cultivan suelen usar una motocicleta de las marcas ya citadas. Llevan por lo general una caja frutera sujeta tras el asiento donde ponen la azada y los productos que cosechan. Suelen llevar en ella un perro pequeño, mestizo, que daría la vida por su amo sin pensarlo, de una fiereza extrema ante el intruso que ose acercarse, o al menos eso creen ellos.

Estos jubilados son hijos de una infancia y de una época donde hubo hambre y no sólo de pan. Cuando hablan en los bares siempre es de cosas realmente importantes: del tempero, de si maduran bien los tomates, si es tiempo ya de sembrar los ajos y en general de cómo anda la huerta. A veces tienen algunos animales, no muchos: gallinas, algún corderillo... A pesar del mimo con que los crían, los degüellan en su día sin atisbo alguno de compasión. Pocos han comprendido como ellos la primera y más cruda de las leyes naturales de la supervivencia.

Por las experiencias vividas, su adaptación al medio es de una sabiduría que pasma al que la desconoce. Se les ve en primavera a veces, andando con aire alelado y con una bolsa en la mano por las cunetas que han segado los de Fomento. Ellos recuerdan perfectamente dónde crecían las esparragueras y recogen los tiernos brotes que se apresuran a salir tras las primeras lluvias. Y así, mientras el aire de Mayo trae flotando a la huerta el olor del romero y de la tierra mojada, el abuelo en la cabaña da cuenta de su manjar recién cogido, más fresco que el lucero del alba, canturreando frente a la sartén.

En otras ocasiones por los caminos circulando muy quedo, se paran, se adentran en los bancales y vuelven a salir sin motivo aparente. Conocen sobradamente las choperas y allí donde antiguos tocones crían las setas más finas. Y así, cuando el cielo de Septiembre viste su azul con el raso de los lirios, el abuelo remueve en la cazuela el preciado botín con su cuchara de madera.


Los abuelos del Vespino saben más que los ratones coloraos y no hay quien los alcance ni de lejos en su apolille y merme de los recursos a su alcance. Se atreven a veces incluso a ejercer de apicultores de panales salvajes que encuentran en su merodeo. Y así, mientras el sol de Agosto se filtra entre las uvas de la parra, el abuelo se relame los dedos de lo que se le cae de la tostada.

Reyes y maestros de la rebusca, fueron disciplinados en ella por sus propios padres a los que solían acompañar de pequeños. De este modo es fácil verlos por bancales de cebollas, almendros, olivos... Allí donde algo ha quedado, están ellos. Van y vienen con su motocicleta ahora con medio saco de aceitunas, luego con otro medio de almendras o nueces, después con una pequeña carga de leña. Su actividad en casos así es imparable.

De todos los árboles silvestres del término tienen noticia regular sin que jamás se les haya perdido cosecha alguna por desidia. Antes al contrario, llegan a la sazón de los frutos un minuto después que los pájaros, y siguiendo la norma tácita del pobre, sacian al estómago antes de llenar la bolsa. Albaricoqueros, almendros, cerezos, ciruelos, higueras, membrilleros y nogales diseminados están todos bajo la invisible custodia de estos hombres.

Y así, cuando llega el crudo invierno y la parcela se tiñe del color de la ceniza, al abuelo siempre le pilla junto al fuego, ora desplumando unos tordos, ora degustando sus conservas, pimientos, tomates y berenjenas, pisto, buen aceite al pan y vino.



El Antonio es uno de éstos, al que yo un día ayudo a trasvasar el vino de una barrica a otra. Después de ello desayunamos al calor de la lumbre en la misma parcela, dentro de la caseta. El perro husmea las longanizas y el Antonio le grita: -¡Fuera de aquí, fascista!. Fuma Ideales y lleva boina de toda la vida. –¿Qué pasa?, dice; -Antes todo el mundo la llevaba.

Y se le humedecen los ojos cuando me cuenta su juventud, en parte por la cantidad de brandy que toma. Aunque una vez oída su historia, no entiendo cómo no va borracho todo el día. A mi también se me encoje algo por dentro con lo de los cuatro años que pasó "en el Africa", dos de mili y dos de guerra, mecagoenlaputaquelosparió. Jura, uy!, cómo jura este hombre!, comido de chinches, perdiendo su juventud. Yo pienso en la mía, y en cómo la apuré hasta el límite, mientras que a él se le pudrió en las manos lejos de su hogar.


Aún con todo, no se queja de cómo le ha tratado la vida, pues alcanzó lo que quiso y se culturizó mucho a posteriori. Su actitud ante los de mi quinta es de un desprecio que yo considero inmerecido y así se lo hago saber. Blandos e insolidarios es lo menos que nos llama. -Antes había en los pueblos una hermandad que bla, bla, bla... Cosas que a mí me suenan a que cuando los tiempos son duros, tendemos a "apretarnos" a los demás y, por nuestra condición "humana" -que es como decir baja y mezquina-, lo hacemos más por necesidad que por amor fraterno.

Él insiste e insiste: -Mira, me dice, -¿Tú, para empezar, no sabes de qué te estoy hablando, verdad?. Y yo pongo cara como de que sí. -Cuando has venido por el camino había muchas piedras ¿no?. Y le contesto: "Ya lo creo, que menudo camino de mierda que tenéis". Y me replica: -¿Pero a que tú no te has bajado del coche a sacar ninguna?, pues de ESO, de ESO, es de lo que te estoy hablando ...gilipollas". "No me quieras vender la historieta del feliz pasado de nuestros abuelos, le digo, historias del abuelo Cebolleta no, ¡eh! que tú podrías ser el mío y me has contado muchas privaciones." -Pasamos una guerra, hermano..., me dice mientras me mira a los ojos y me golpea el pecho a la vez con el revés de su mano como si yo fuera un niño. Y sigue el tipo: -Pero si lo de la economía colaborativa lo inventamos nosotros.... "Hala va!", le replico yo. -Nosotros, Rubén, nosotros... 




-Escucha esto: Llegamos a punta de día al pueblo donde mi madre recibió su herencia, llevaba desde muy joven lejos de él, viviendo en la masía de unos señores junto a varias familias. Allí nací yo. Andamos toda la noche con todos nuestros enseres en el carro del que tiraba una mula. Nuestra mula y una luz de carburo. Un vecino nos acomodó en su pajar a la entrada del pueblo junto al que había un pequeño solar. Fue mi padre a ver al alcalde y a decirle que venían a tomar posesión de las tierras heredadas. Era tiempo de siega y el pueblo a pesar de ser mediano estaba casi vacío.

Cuando cayó la tarde estaba en el solar junto al carro cuando empecé a escuchar sonido de gentes y caballerías que volvían de los campos. Se escuchaba cantar a las mujeres -porque antes de la radio las mujeres cantaban ¿sabes?-, ibas por los pueblos y oías cantar en las casas... El caso es que me fijé que la columna iba precedida por varios niños y adolescentes de mi edad con piedras en las manos. En la masía los niños les quitábamos la comida a los ratones, y a mis doce años tenía unos huevos así (y aprieta los puños). Con que mi reacción fue pensar en un escenario hostil mientras se me erizaba el vello y se me aceleraba el corazón. Cogí la primera piedra que vi e instintivamente hice acopio con mi pie de las que se hallaban a mi alrededor, todo sin perder de vista al grupo de cabeza que ya estaba muy cerca.


Se detuvieron los niños en el linde mirándome, yo apreté la piedra en mi mano jurándome abrir la cabeza del primero que pestañeara. Soltaron las piedras uno por uno en un montón frente a mí. Tras ellos, los adultos que venían con mulos y borriquillos y que llevaban otras mayores. Todos iban dejándolas en el montón. 

....Con aquéllas piedras empezó mi padre a construir nuestra casa".





Admiro a estos hombres pacientes, les admiro porque han elegido ser felices a pesar de todo.

Riviere

viernes, 4 de diciembre de 2015

Lanzamiento del primer libro del Mundo de Malvís


Si como dicen algunos, los libros eligen a sus autores y para comprender una vida, tienes que tragarte al mundo. Puedo decir con cierta satisfacción que la gestación de esta amalgama de vivencias que he ido tragando a los largo de los años....por fin ha dado a luz!

Aquí presento mi particular visión de este mundo en asimilación:



"SINFONÍA DE RELATOS PARA TARDES DE OTOÑO"


PRIMERA EDICIÓN AGOTADA!!! je,je


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martes, 1 de septiembre de 2015

Tú, más mayor y yo, más viejo.




            Es curioso que siendo tan de Albanchez te hayas quedado, para siempre, al otro lado del Puerto. Aunque, en realidad, tu has pasado más tiempo fuera que en el pueblo. En eso de estar y no permanecer, tenemos mucho en común.
        
         Pero esto, siendo así, a veces no me lo parece. En mis frecuentes visitas, en cuanto paso el Barranco del Miedo, ya noto tu presencia. Probablemente será porque, inmediatamente, uno llega a la Mojonera, tan cercana a tí. Los recuerdos me llegan de inmediato, claros, a pesar del tiempo que ha pasado.

         Veo a nuestro maestro, don Manuel Quesada, en la vieja escuela de casa Micaela. Veo la primera banca a la derecha de la mesa del maestro, Miguel Galafate y tu; la segunda banca, Gregorio Cupido y yo; tercera banca, Manuel el del Sordo y Antonio el de la Posada...., y así se me agolpan los recuerdos de aquella infancia que hoy, afortunadamente, consideraríamos de tercer mundo por las escaseces materiales, pero que tu y yo sabemos, fue de los períodos más felices de nuestras vidas. Me acuerdo de tantos detalles, de tantos momentos, en tan variadas circunstancias, que podría llenar cientos de páginas describiéndolas. Pero, qué curioso, no recuerdo sensaciones desagradables o malos ratos, pese a que, objetivamente, las hubo.

         ¿Te acuerdas de nuestros baños en la alberca de la Fuente de la Seda; tu, Manolo, Juanito "el Curilla", Mariano y yo?. Creo que tu estabas ya en Jaén, porque recuerdo que ya nadabas bien, o lo que yo entendía por bien, y no recuerdo haberte visto aprender a la vieja tradición, es decir, en pelotas, soga a la cintura y... ¡ al medio de la alberca¡. Además, te la "calabas", y eso te lo debieron enseñar en el colegio de Jaén.

         ¿Y cuando tu madre comentaba con la mía, orgullosa de la proeza gastronómica del niño, que te habías comido doce croquetas para desayunar?. Mi madre, parece que la estoy viendo, escuchaba envidiosa; yo siempre fui un melindres, por lo que mostraba una delgadez de tísico y, como recordarás, eso la ponía enferma.

         Cuántas anécdotas: los concursos del Ripalda, de los que fuiste campeón provincial; el examen de ingreso en el Instituto Virgen de la Cabeza, que me acuerdo sacaste matrícula. Fue, creo, el último año de don Manuel. Luego se fue a Quesada, supongo que para hacer honor a su apellido. Tu te fuiste a Jaén y yo me quedé un par de años más con Paco Campos. Después, yo también dejé Albanchez.

         Dejamos la niñez para ir, en pro de una mejor formación, al encuentro de lo desconocido. Tú a un colegio de Jaén y yo a otro de Madrid. Tu solo, yo con mi familia. Todo fue nuevo, extraño, sorprendente, diferente, duro a veces, fácil las menos. Pero bueno, era lo que había. Claro que luego, en verano, venía el reencuentro. La vuelta a Albanchez y otra vez las innumerables anécdotas, ahora ya de pubertad y primera juventud.




         ¿Recuerdas las tertulias mañaneras en el teléfono, aquel modem de comunicaciones del pueblo con el resto del mundo, en la vieja casa bajo la torre del reloj?. Lourdes, Carmencita, Paqui, Fali, las risotadas, la algarabía y el tito Valentín tratándo de enseñarnos a tocar la guitarra. ¿Recuerdas?, " ya están aquí, llegaron ya, a la llamada del amor, se está muriendo la mamá...". Y el tito: " mi, si, sol, re, fa, do, la, mi...". No pudo el pobre.

         La primera cerveza, los primeros pitillos, la llegada a la Luna, Casa Canario, Eduardo, "el Checa", Marcos "la calculadora", Diego y Juan "pacomiguel", Jorge, José Luís, el Pérez, Mariano y los "guarines": Juan Simón, Manolo, el Carlillos... Los primeros guateques en el patio de la casa de Jorge, con las chicas, algunas de sus madres y la abuela Encarnación. Los sesenta, ¡que tiernos!.

         Después tu vida de estudiante en Granada, de donde yo no tengo referencias directas, pero de las que he oído tanto de ti y del resto de los que vivisteis allí, que me parece haber estado con vosotros. ¿Recuerdas cuando Juan Tenorio, el canario, acabó Farmacia a los cuarenta y muchos años y vinieron a la despedida compañeros, que lo habían sido, con hijos ya grandes y que ya llevaban ejerciendo más de veinte años?. Eso ya no pasa.

         Así, entre risa y risa, nos fuimos haciendo mayores. La mili en Jaén con el Pérez. Ahí no os reísteis tanto. Nuestros primeros noviazgos formales, aquellos que no acabaron en boda como todo el mundo esperaba, incluso nosotros. El primer disgusto serio. La primera gran alegría. La carrera que se acaba brillantemente, como no podía ser de otra forma. Siempre fuiste un empollón, pero no de esos raros, sino majo, bueno, simpático. Bueno, más que simpático, con don de gentes y facilidad para caer bien. Ahora, los psicólogos llaman a eso empatía.

         Y siempre Albanchez como elemento de unión. La diáspora nos llevó a cada uno por un lado, pero siempre volvíamos. Y siempre volveremos, y seguiremos viviendo en el recuerdo; tu desde el otro lado del Puerto, y yo desde las inhumanas moles de la Gran Capital, pero nuestros espíritus, esos, siempre juntos, a la sombra de Mágina, en el nido donde crecimos. Placer de viejos amigos, casi hermanos, hermanos de leche al fin y al cabo.

         Hoy te tengo que dejar. Otros también quieren saludarte y recordar sus cosas contigo. Pero tenemos que seguir pues aún me queda todo lo que vivimos como hombres: tu época de Madrid, las oposiciones, las mujeres, las hijas, el trabajo... ¿recuerdas?.

         Nos hicimos mayores sin enterarnos.

         Siempre presumiste ser mayor que yo cinco días, y siempre me exigías el respeto que se debe a los mayores. ¡Por cinco días¡.

 Me dejaste desolado. Ahora siempre serás mayor que yo, y yo más viejo que tu. Esto es lo único que no te perdono.






Por Juan Francisco Martínez
( un día como éste, de hace diecisiete años)

         

domingo, 21 de junio de 2015

LA TOBA DE SAN JUAN

 
Foto: Antorchas en Albanchez- Diario Jaén

 

En ocasiones, lo sagrado está en las gentes y lo mágico en el aire y lo aprehendes sin consciencia. Ni siquiera el tío Martín "el pelao", ni Ildefonso Aguayo eran necesarios para explicártelo.

Por entonces, desconocía el significado de la primera puerta zodiacal: la celebración de la víspera de la noche de San Juan, cuyo nacimiento coincide con el solsticio estival. Festividad de gran raigambre en la mayoría de culturas y pueblos, que conserva una extraña convivencia entre el significado religioso que conlleva la celebración del nacimiento del santo que afirmaba su necesidad de disminuir para que El Nacido en el solsticio de invierno creciera, su carácter metafísico como "puerta de entrada de los hombres" a la caverna cósmica, e incluso hasta pagano que se le otorga a la noche más corta del año. Noche mágica, para muchos iniciática, que encierra la indicación más explícita en que se efectúa la marcha del ciclo anual, y que es celebrada con culto y protagonismo a esos elementos o fuerzas naturales que guardan relación con su explicación como motor y fuente de la propia vida que cursa, se regenera y se purifica cíclicamente: el agua y el fuego.



Fue así, cómo viviéndolo y respirándolo, a caballo entre lo sagrado y lo mágico, aprendí a arrancar la juncia del arroyo de Albanchez a su paso por el Puente de los Tres Ojos y pasar horas trenzándola, como si fuera pleita, para hacer las "porras"; esas especies de serpientes vegetales a las que añadíamos unos hilos de esparto el final y que batíamos al aire con un  movimiento circular sobre nuestras cabezas hasta cruzarlas, desde adelante hacia atrás, a la altura del hombro para hacer restallar al aire delante de la custodia en el día del Corpus. A caballo entre lo mágico y lo sagrado de Mágina, aprendí a comprender el rito renovador cuando Isabelilla "la balleta" o Juana "la pastora", sacaban las cantareras y las mesas de madera a la calle para lavarlas con lejía y el resto de trastos viejos para organizar la hoguera de San Juan, como prólogo de la verbena en el patín de la casa y los preparativos para cargar las caballerías con colchones y utensilios para bajar a habitar el cortijo de la Fuente de la Seda.

Pero, sobretodo, queda en mi memoria un acto que hoy veo ancestral  y mágico: las colgaduras o tobas de San Juan.


No recuerdo, en el pueblo de mi infancia, un sentimiento temeroso, ni siquiera ni previsor, frente a los desastres naturales que pudieran justificar esta tradición ancestral como referida a un elemento de carácter apotropaico o protector como ocurre en otras regiones del país, sino más bien, concebido como un código cultural transmitido de generación en generación, donde todos teníamos asumido el significado y significante del elemento vegetal utilizado y que siempre tenía a la mujer joven, a la "moza", como destinataria y un explícito sentimiento de expresión o de valoración afectiva como mensaje.

Contemplaba, con mis espatarrados ojos infantiles, los preparativos del ritual. Paquito, Mariano, Eduardo, Juan, Miguel, Antonio, y demás solteros unidos en cuadrillas, realizaban las colgaduras. Esperaban en el bar de "corregüela" hasta el anochecer para cortar las ramas de los árboles, previamente seleccionados, que habían de colgar, mientras bebían el típico ponche, bebida con vino blanco, agua, azúcar, canela en rama y melocotón, que, a partir de esa noche, se convertía en la bebida protagonista de las tardes-noches en las huertas del verano.



Era durante la noche, y a lo largo de toda ella, cuando los novios "formales" que ya habían pedido permiso a los padres de la muchacha para pelar la pava cada tarde en su puerta, le colgaban a sus novias, y sólo a ellas,  ramos de rosas, de las primeras cerezas o de peras sanjuaneras  arrancadas de balcones y huertos ajenos, con la tolerancia de sus dueños. ¡ Y cuántas veces Miguel, que colgaba este tipo de presentes, apartándose de la pandilla, terminaba la noche y la fiesta montando guardia ante el balcón de mi prima Manolita para vigilar conductas de integrantes de otras cuadrillas y asegurarse de su permanencia hasta la rompida del alba¡.

Con ese mismo código de silencios y elementos vegetales de nuestros campos, aprendimos a entender el significado de aquellas otras colgaduras que, lejos de constituir una expresión o manifestación amorosa, se convertían en pública manifestación del juicio de valor que merecía al autor el carácter de la afectada, ya por su carácter esquivo, díscolo, alocado, atrevido o terco... y que era patentizado, simbólicamente, mediante las ramas de higuera, manojos de garbanzos, ramas de parra, e incluso con cencerros de ganado,  albardas, jáquimas, serones y otros viejos aperos.



Y la más preciada para una muchacha sin pretendiente: la "toba", planta silvestre que nace a las afueras del pueblo, en los ribazos del Cercaillo, parecido al mítico cardo mariano, y al que este lenguaje profano y mítico de la tradición vernácula le asignó el más grande de los valores expresivos de esa noche mágica, porque era el reconocimiento de la existencia de un interesado en conquistar el corazón de la agraciada moza que dormía tras la reja de la ventana o balcón en donde la toba se prendía  y cuyo autor, pese a su alianza con la oscuridad nocturna y amparado por la tolerancia  discreta de Joaquín, el sereno, acababa, casi siempre, siendo entendido y descubierto por la destinataria quien, la mayoría de las veces, ya estaba avisada de sus intenciones por los "bordos" desgranados que, en el último carnaval, de él recibió. Y si no, para eso estaba Eufrasia, que esa noche no dormía vigilando su balcón y el de sus vecinas.

Noche de bullicioso trasiego y ajetreada alba de madres, ya manteniendo su despertar más tardío, ya madrugando más que nunca, según la colgadura que adornara la puerta, balcón o ventana de la casa; ora luciendo orgullosas, hasta media mañana, la toba, bien retirando y hasta sustituyendo, apresuradamente, las colgaduras inconvenientes al decoro y reputación de sus hijas, mientras en la "ligailla" de la taberna, la cuadrilla se conjuraba y prometía que, al año siguiente, la colgadura sería de tal envergadura que no podría ser retirada, llegando, si fuera preciso, a atrancar la puerta con las ramas o con cuerdas para que esta vez sí pudiera ser vista por todo el pueblo.

Sacralidad, magia, tradición o, puede ser que, simplemente, unjuego ritual que para mi adquiere hoy su carácter sagrado, precisamente por el hecho de ser el recuerdo de un proceso mucho más elemental del tiempo originario y un nuevo despertar de aquella conmoción.

Tiempo originario que hoy me revela cómo su esencia representaba los actos sagrados, y no un orden ya elaborado por el hombre, y que mientras en mi alma y recuerdo de niño siga conservando validez, vibrará aún, en la repetición de la memoria tardía, un resto de aquel elemento creador, de ese residuo, que es la característica principal del juego sagrado y mágico de lo que fue mi vida en  la querida Mágina.



Publicación 2006
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