jueves 2 de febrero de 2012
Lily
En su fuero interno, siempre se consideró como una puta. Vivía pendiente del móvil y en cada llamada concebía la esperanza de un cliente. Cuando esto ocurría, se la contrataba a domicilio, por horas, y cada ejecución de sus servicios respondía a demanda de cada uno de los clientes. Había que plegarse a la voluntad del que pagaba. Unos le insistían en el dormitorio, otros en la cocina, en la bañera, en la mesa del despacho, en el cuello de las camisas .... Tenía que demostrar, día a día, su profesionalidad.
El roto más grande que cada mañana aparecía en su corazón era no poder acompañar a su hijo al colegio. Le habría gustado ser como tantas de aquellas madres que preparaban la noche anterior el desayuno y la mochila con los libros y acompañaban a sus niños hasta la puerta del colegio, mientras repasaban la tarea en el trayecto. O disponer de los sábados para pasear por el Parque o por el Paseo Marítimo, cogidos de la mano, mientras escuchaba la versión de su pequeño relatando los consejos de la "seño" o las anécdotas de su compañero de círculo en el aula de la guardería. Pero el teléfono se imponía y la obligación le ayudaba a pagar las facturas a final de un maltrecho mes, siempre marcado por los círculos rojos que exigian el pago del alquiler, el agua, la luz y los plazos de cualquier artilugio adquirido, necesariamente, en la tienda de electrodomésticos.
A veces pensaba que, si supiera, podría escribir todo un libro, pues no en vano, nadie como ella conocía las interioridades de multitud de gentes pretenciosas que, sin embargo, atesoraban grandes miserias. Sus hábitos de vida, sus caprichos y manías más íntimas, el interior de sus viviendas, sus ropas y enseres: todo su mundo interior al descubierto del escaparate social que representaban. Pero sabía que su discreción, autoimpuesta como un secreto profesional similar al de la confesión, era la mejor garantía para sobrevivir en aquel competitivo mercado laboral sumergido.
El espejismo del país de las oportunidades se le quebró el mismo día en que aquel oriundo que se prendó de su juventud y belleza exótica, conoció la noticia de que había concebido un hijo suyo. Jamás volvió del trabajo para el que se había levantado aquella nefasta mañana lluviosa y ella tuvo que echar coraje y enfrentar su vida, y la que llevaba dentro, mientras intentaba hacerse entender en una lengua que tres meses antes le era totalmente desconocida. Aprendió con la rapidez que no se enseña en ninguna escuela, ni academia, sino en la universidad de la vida. Salió a la calle a comerse el mundo, antes de ser devorada por él, compró un móvil de tarjeta, puso pasquines en los troncos de los árboles que adornan las aceras y en todas las esquinas y se propuso esperar. Era todo lo que podía hacer.
Pronto comenzó a recibir solicitudes de hombres viejos que habían quedado viudos y su vida se convirtió, de repente, en precisada de atención. También, otros, que mantenían prestigio de rutilancia social; de algún que otro hombre de la iglesia y hasta de las mismas monjas de la Misericordia. Para unos, sólo eran trabajos ocasionales; otros le solicitaban servicios con más regularidad, incluso varios días alternos a la semana. Terminado el servicio, cobraba las horas al precio previamente convenido, se cambiaba de ropa y se marchaba. Con las monjas era distinto, pues tenía que lavar a mano los hábitos, dejarlos completamente planchados al pie de la cama, fregar de rodillas el suelo del convento y hasta baldear el patio de los restos de los dátiles espachurrados de aquellas palmeras centenarias que adornaban el jardín interior que, según le dijeron, habían sido plantadas por la Madre Fundadora, aunque el día que el Arzobispado decidió recalificarlo para construir pisos y las excavadoras entraron a saco arrancándolas, la madre superiora respondió a sus quejas manifestándole que seguramente no habían sido plantadas por la Fundadora sino por unos indianos propietarios anteriores del solar, que hacía un siglo hicieron una pía donación a la Congregación.
Había llegado a amar más a cada una de aquellas palmeras, de aquellos ficus, de aquellos rosales laureados, que a cualquier persona para las que trabajó. Quizá tuvo el sentimiento de que de todo lo conocido, de todos los lugares y personas en donde y para los que trabajó, eran aquellos árboles, aquel jardín interior, el único dueño que no prescindió de sus servicios de manera caprichosa y eventual, sino porque unos monstruos mecánicos y la avaricia de unas conciencias ensotanadas, al destruirlos y arrancarlos de raíz, la hicieron innecesaria.
Todo eso y más pensaba Lily, mientras se encaminaba en la cola de la Oficina de Empleo con aquel papel que le proporcionó el dueño de la última casa donde había encontrado trabajo y que el funcionario, tras sellarlo, le leyó resolviéndole sus dudas y dándole, al fin, seguridad: Seguridad Social.
lunes 19 de diciembre de 2011
El barrendero de tristezas
Todas las mañanas, Ramón ve amanecer. Nunca supo lo que es fichar y el único reloj que marca el inicio y final de su jornada, es la luz del sol.
Algunos opinan que Ramón no es de este mundo. Lo dicen porque ama entrañablemente cada palmo de tierra, porque sigue abonándola con estiércol de su ganado, porque conoce cada árbol y cada matojo y cuando pasa entre las hileras de olivos, acaricia sus hojas con la misma dulzura que se toca el cabello de una hermosa mujer, pero sobretodo porque su forma de reir posee una característica única en el mundo, pues como si de un fogonazo se tratara, surge de su interior una risotada ingenua, atronadora y asombrosamente ensordecedora. Ante cualquier pregunta, contesta con una desconcertante carcajada estrepitosa. Cuando cree que la respuesta es innecesaria, se calla, pero cuando la cree necesaria piensa sobre ella. A veces tarda dos horas en contestar, pero otras tarda todo un día. Mientras tanto, el otro, claro está, ha olvidado qué había preguntado, por lo que la respuesta de Ramón le sorprende. Nadie comprende que se tome tanto tiempo para no decir nunca nada que no sea verdad, pues, en su opinión, todas las desgracias del mundo nacen de las muchas mentiras, las dichas a propósito, pero también las involuntarias, causadas por la prisa o la imprecisión.
Podría decirse que Ramón vive sólo con su perro Zapatero entre olivares que dan amparo a su humilde cortijo y que sólo va al pueblo una vez al año, por el día de la Fiesta Mayor. Por eso, le extrañó mucho aquella carta, tan urgente como imprevista, que le llegó del propio Alcalde. En ella le comunicaba un hecho extraño y solicitaba su ayuda y consejo. En apenas los tres años anteriores, el pueblo había cambiado más y más en su aspecto. Los viejos barrios de los Pilrreles, del Santo, de Las Eturas y el del Cercaillo, se derribaban y se construían casas nuevas. A la vera del río, en Chavayanque, se extendían chalets en filas interminables, que se parecían como un huevo a otro. Y como todas las casas eran iguales, las calles también eran iguales, monótonas, que crecían y crecían extendiéndose hasta el horizonte como un desierto de monotonía. Ya nadie encalaba de blanco sus casitas, no ponían macetas en los maceteros de las fachadas ni en los portales y zaguanes de sus casas que mantenían cerradas; no había bullicio de verbenas en los patios, ni corrillos de sillas en las puertas de las casas al anochecer.... Todo era monótonamente aburrido. Del mismo modo discurría la vida de los hombres que vivían en ellas, que no tenían alegría ni sonrisa para dedicarla a los niños y que su vida se volvía, cada vez, más pobre, más monótona y más fría.
De la misma manera, había aparecido por el pueblo una legión de extraños hombres que circulaban por las calles en elegantes coches negros. Eran hombres vestidos con trajes de un color gris telaraña que llevaban siempre, cada uno, un maletín gris plomo y que inundaron las calles de citaciones de procedimientos hipotecarios y providencias de embargos que colocaron en los parabrisas de los coches, puertas de las casas y hasta en los troncos de las fincas de huertas y olivares. Y, de repente, en todo el pueblo se había instalado un frío muy especial, como no lo había notado nunca antes Mágina.
Ramón apareció al día siguiente portando un escobón que había fabricado él mismo. El mango era una gran estaca arrancada del almendro del Cerrillo de la tía Manuela a cuyo extremo prendía, atado con tomiza, una gran retama. Y se puso a barrer despaciosamente, pero con constancia; a cada paso una inspiración y a cada inspiración, una barrida. De vez en cuando, se paraba un momento y miraba pensativamente ante sí. Después, proseguía. Mientras se iba moviendo, con la calle sucia ante sí y la limpia detrás, se le ocurrían pensamientos, pero eran pensamientos sin palabras, pensamientos tan difíciles de comunicar como un olor del que uno a duras penas se acuerda, o como un color que se ha soñado. Pensaba en las mentiras que había oído todos aquellos años. Las de aquellos que las dijeron a propósito prestando dinero abundante, y las involuntarias de los que se las creyeron imaginando una vida de ambición y posesiones superfluas que cambiaría su apariencia y los haría mejorar igualándose a sus amigos de la gran ciudad. Y seguía barriendo...
Barría sin prisa, sin levantar la vista, porque si lo haces -pensaba-, ves que la calle no se hace más corta y empiezas a tener miedo hasta quedar sin aliento. Sólo pensaba en el paso siguiente, nunca más que en el siguiente. A menudo se paraba para arrancar los pasquines de las puertas de las casas y cuando sus dueños salían, les sorprendía con su risa estridente y retumbante. Y siempre tenía un rato para escucharlos. Ramón sabía escucharlos de tal manera que a la gente se le ocurrían, de repente, ideas inteligentes. No porque dijera o preguntara algo que llevara a los demás a pensar esas ideas, no; simplemente estaba allí y escuchaba con toda atención y simpatía. Sabía escucharlos de tal manera que la gente perpleja o indecisa, sabía muy bien, de repente, qué era lo que quería. O los tímidos se sentían, de súbito, muy libres y valerosos. O los desgraciados y agobiados se volvían confiados y alegres. Y cuando todos ellos creían que su vida estaba totalmente perdida, que eran insignificantes ante los hombres de la Gran Crisis y que no eran sino unos más entre millones y que no importaban nada y se les podía sustituir con la misma facilidad que una maceta rota, de modo misterioso mientras hablaban con Ramón, les resultaba claro que cada uno de ellos era, entre todos los hombres, único y por eso era importante, a su manera, para el mundo.
Y sólo una vez que hubo acabado de barrer el pueblo, Ramón habló. Fue cuando le preguntaron por su risa contagiosa "Porque la risa es vida y la vida está en el corazón, y el corazón que ríe es LIBRE" , respondió mientras se iba.
.
**
domingo 27 de noviembre de 2011
El loco "Pasolargo"
.
.
.
Nunca antes llegué a saber su nombre. Vivíamos a menos de cincuenta metros, separados tan sólo por la casa de Bartolomé, el policía, y, sin embargo, jamás pude pronunciar su nombre, porque lo desconocía.
Recuerdo cierto día que mi madre le decía a mi padre, en voz baja, como si pudieran oírle: "Mira, ahí va otra vez, pobre hombre". Noté en su voz una infinita compasión. Mi padre debía saber de quién hablaba, porque dejó lo que estaba haciendo, y se asomó a la ventana. Los vi a los dos mirando hacia la calle, en silencio. Era muy temprano, una de esas mañanas de invierno, blancas, frías, en lo que lo más fácil de todo es morir.
Recuerdo que pregunté: "quién es"?. Me subieron a una silla y me mostraron a un hombre joven que llevaba en brazos un bulto envuelto en una manta. Sus grandes zancadas hacían tremolar sus cabellos lacios, que se arremolinaban en la frente formando un profuso flequillo que, en forma de cortina, cubría parte del ojo derecho como si buscara abotonarse en el lóbulo de la oreja. Me explicaron que aquel hombre llevaba a su hijita a la casa de don Joaquín, el médico, cada vez que ésta tenía una crisis, lo que podía suceder a cualquier hora del día o de la noche. También me dijeron que, periódicamente, él también sufría crisis, pero que eran de otro tipo. Que cuando eso ocurría, permanecía varios días con la puerta cerrada por dentro, se amarraba a sí mismo con cinturones las piernas y las manos a los varales del cabecero de la cama y vociferaba imprecaciones contra todo y contra todos los vecinos del pueblo. Bueno, contra todos no, porque de mi madre y de mi hermano mayor siempre gritaba que eran unos santos.
La estampa de aquel hombre con la niña envuelta, a veces bajo la lluvia, corriendo con su flequillo al bies, hacia la Casa del Médico, había llegado a hacerse familiar desde el mismo día en que perdiera a su joven mujer de fiebres puerperales. Don Joaquín siempre le prestó asistencia. A veces, en las noches calurosas de verano, cubierto el cuerpo sólo por la bata blanca que prendía del brazo del perchero de la entrada sobre la que colgaba el fonendoscopio abrazado a su cuello. Otras, las largas y frías de invierno, en pijama de franela. Siempre atendió a la hijita de aquel hombre, pero nunca dio con lo que tenía.
Por eso, lo inaudito, no fue propiamente la muerte de aquella niña, sino el deseo de su padre de velarla en el zaguán, a puertas abiertas, sentado en una silla de enea al lado de la caja blanca, invitando a todos los niños del barrio a despedirla como si estuviera viva. Para muchos de nosotros fue nuestro primer muerto. También nuestra primera extremaución, aunque entonces únicamente sabíamos lo que decía Andrea "la moñiga" y Manuela la de luquillas: que aquel bultito que traía tapado entre las manos don Luis, vestido con sotana, alba y escapulina blanca y precedido por el monaguillo que agitaba la campanilla con prisa, era el viático.
No lo conocía, pero hoy, a doscientos kilómetros de aquella casa, mientras desayunaba, he reparado, entre el maremagnun de las propuestas electorales que publica el Diario local, en la nota necrológica de Ramón Catena Cobos a la que alguien encargó poner un entrecomillado: "el loco pasolargo".
.
.
.
.
domingo 23 de octubre de 2011
Levantate y anda
..
.
Había aprendido a fumar a los ocho años y se tragó el humo y el cigarro, por primera vez, aquel día en que su padre le descubrió fumando en el pabellón de la Era Nueva
En los días de hambre, utilizaba una caña de dos metros para robar las morcillas de la matanza que colgaban en los techos de los cortijos vecinos. La misma caña a la que, en otras ocasiones, solía unir una pestuga seca acabada en tridente para introducirla en agujeros y tejas haciéndola girar hasta liar la "bolina" de los nidos y sacar la puesta de huevos, estirándola. Lo importante era echarse algo caliente al estómago, engañar el intenso frío de Sierra Mágina que le cortaba hasta sus sueños de niño.
Una de sus travesuras preferidas era profanar los bailes de los mayores, donde no dejaban entrar a los niños. Boicoteaba el guateque metiendo, por la gatera de la casa, una lata llena de ascuas de la lumbre y pimientos picantes, todo un cóctel que provocaba una intensa humareda y un olor tan insoportable que obligaba a los invitados a abandonar el baile de forma precipitada. Su padre lo castigaba utilizando un amplio repertorio de tortazos que el niño encajaba con valentía de hombre.
Un día, el pueblo se le quedó pequeño. Aquel mundo de sierra y pastoreo no era suficiente para un joven con sueños de abrirse nuevos caminos en la vida. No tenía catorce, cuando Antonio marchó a Cataluña en busca de trabajo. Allí pasó nueve años vendiendo telas por las calles antes de embarcarse en la aventura africana y emplearse en una panadería del Aiún. Pero también se cansó con ese trabajo y volvió a volar. Se fue a Francia donde se colocó de camarero en un café y logró que el establecimiento tuviera fama por los churros que ofrecía en los desayunos, hasta que la prematura muerte de su padre lo convirtió en cabeza de familia de cuatro hermanos y una madre viuda que había que sacar adelante. Regresó al pueblo para labrar el pedacito de tierra que tenían. Fueron muchos amaneceres en los que los viejos del lugar se encontraban en el camino a un mozalbete subido a lomos de una mula, o dormitando a la sombra de un cañal con la carga tirada en el suelo.
A lomos de aquella misma mula, asistió a momentos decisivos de la historia como la agonía de Franco y la proclamación de la Marcha Verde recorriendo caminos con su carga de fruta y verdura y hasta feliz por la libertad de su oficio y por el dinero que ganaba, suficiente para sobrevivir.
La escaramuza sesgó aquellos años de felicidad cuando fue movilizado y trasladado al Sahara para participar en la defensa de las minas de fosfatos de Fosbucrá, de las que se trajo una medalla al mérito del valor, una silla de ruedas y dejó dos piernas.
Antonio "el cojo" asumió con voluntad de hierro su incapacidad y dedicó la vida a hacerla más agradable a los demás. Toda la habilidad que ya no podía tener en las piernas, la almacenó en sus pulmones y se convirtió en un virtuoso de la armónica. Era la alegría del pueblo. No había fiesta en donde no se hiciera imprescindible su presencia, ni excursión donde no lo llevaran. Tocaba y contagiaba su pasión desenfrenada por la vida. Era el alma de verbenas y de los bailes que se organizaban en las puertas de las casas o en los patios. Tenía el don de escuchar una canción por la radio un par de veces y sacarla inmediatamente con la armónica. Era un personaje público, un tipo con don de gentes, inteligente y enamoradizo. Le hubiera gustado tener novia, pero su invalidez le condenó a la soltería y en ella se quedó, acompañado por su madre y sus hermanos.
En carnaval, más de una vez se vistió de recién nacido con pañales y un biberón lleno de vino en un maltrecho coche de bebé con el que recorría las calles, ajeno a la prohibición de la Guardia Civil. Otras veces, se metía en un cajón de madera con un agujero lateral y montaba un espectáculo ante los asombrados ojos de los curiosos que pagaban por contemplar el impresionante tamaño de su miembro viril.
Su vida cambió cuando conoció a Enrique. Ciego de nacimiento, siempre se negó a tener sus ojos en otro cuerpo. Por eso jamás aceptó a dejarse conducir por un perro. Él controlaba las formas, los olores y los espacios de su mundo.
Por eso, desde pequeño, accedió a ser el monaguillo menor de la iglesia y
Comenzó a ser frecuente la imagen del cojo Antonio paseado en silla de ruedas, empujado por un ciego, Enrique. Las escasas instrucciones eran advertencias claras y precisas. Nunca se oyó contar ningún accidente en los paseos cotidianos de tan curiosa pareja.
Acabaron formando un dúo que, arropado por unas cuantas botellas de vino, ensayaba canciones en la "era de las tontas", alejados del pueblo y de las miradas de los vecinos, hasta que llegaron a ser tan atractivos que incluso la pareja de la Guardia Civil, que rondaba por el lugar, terminaba por unirse a la fiesta.
Con Enrique acabó amenizando no sólo los guateques del pueblo, sino la fiestas locales propias y la de los pueblos vecinos. Eran atracción imprescindible en todo el contorno. También con él, aprendió a no creer en la justicia ni en el azar. Fue aquel día en las fiestas de Torres cuando el Ayuntamiento organizó la rifa de un coche y eligió como "mano inocente" para extraer del saco la bola premiada a Enrique, el ciego. Enrique, conocedor de su elección, obligó a Antonio a comprar una papeleta de la rifa y tras instarle a decirle el número otorgado, le rogó introducir la bolita de madera con idéntico número en el congelador. Cuando llegó el momento, introdujo las bolas en el saquito agitándolas y únicamente tuvo que palpar, de entre todas, la más fría. Con este simple gesto, Antonio fue el primer inválido de la zona que tuvo coche. Llegaba con la silla de ruedas hasta la puerta del coche, se colocaba en el asiento del conductor, echaba la el carrillo atrás y, con decisión, arrancaba en medio del alboroto y los aplausos de los amigos, que reconocían su coraje. Antonio, que en su tiempo de pastor en la cima de Sierra Mágina no había logrado encontrar a dios, ahora ya tampoco creía ni en la suerte ni en la justicia. Como tampoco creyó en la utilidad de aquel par de piernas protésicas que Enrique le compró en la ortopedia de la capital....
La fama de sus galas y el medio de transporte, redoblaron sus contratos y ganancias. Ahora, se desplazaban a los confines del término provincial dondequiera que su actuación era requerida. Y entonces apareció Cristóbal, aquél sordomudo que interpretaba los ritmos a través de las reverberaciones que el suelo le transmitía y que se convirtió en el percusionista de la banda. Tantas eran las ganancias que el trío hubo de ampliarse para dar entrada a "Juanillo seis dedos". Su discapacidad era por exceso, pues tenía el dedo pulgar desdoblado en dos y un don especial para la fotografía y el cálculo que hicieron de estas habilidades el mejor curriculum para incorporarlo como tesorero-contable y diseñador gráfico de tan extravagante grupo.
La aureola de fama que se generó entorno a ellos, hizo salir a la calle a centenares de marginados. Eran todos aquellos que, por tener algún defecto pronunciado, vivían postergados, sin vida propia y objeto de burla despiadada: "los baldaos". Así, en poco tiempo, los conciertos que celebraba la banda del "Cojo filaña" en las noches de verano a cielo abierto, resultaron poblados de seres que se desplazaban en "carretones", una tabla con ruedas de patines que, sentados encima, hacían desplazar impulsándola con tacos de madera que frotaban en el suelo con sus manos. Luego, el fragor de la música y el éxtasis de los espectadores, era aprovechado, desde el plano imperceptible del suelo donde nada tiene valor ni cuenta, para registrar los bolsos y sustraer cuanto en ellos había de valor..
Antonio recaló en su inusitada presencia y, lejos de reprenderlos, los organizó. Se constituyeron en elemento esencial de sus "actuaciones" con lo que el trabajo del "Seis Dedos" se triplicó, pues lo obtenido acababa en la caja común y luego rendía beneficios a los trabajadores ocasionales y de ocasión. Tan exagerada fue la campaña, que las continuas denuncias por hurto que se producían en cada concentración de la "Banda del cojo filaña" se acumularon en todos y cada uno de los cuartelillos por donde habían pasado. Todas señalaban como autor y cabecilla a Antonio "el cojo", quien todavía recuerda la noche que fue detenido y en la que tras ocho horas de interrogatorio fue abofeteado por el Comandante de Puesto de la Guardia Civil cuando inocentemente le preguntó: "Oiga, don Caradepalo, aquí dónde se mea". Nunca comprendió la reacción del Sargento, ni nunca llegó a saber que se llamaba Crescencio, porque jamás le explicaron que caradepalo sólo era el mote con el que era conocido en los contornos el tal Crescencio por su carácter y faz adusta.
Hasta los calabozos llegó Enrique con las piernas ortopédicas, su regalo ignorado y más despreciado por Antonio, y cuando a la mañana siguiente fué puesto Antonio a presencia judicial, todavía recordaba la única frase que su amigo Enrique pronunció en la visita del día anterior: ¡Levántate y anda¡. Antonio compareció con pantalón azul marino largo y camisa blanca y cuando fue llamado por el Juez, se incorporó asistido de un bastón. Ante tal comprobación "de visu" por parte de un Tribunal que juzgaba al autor de unos hurtos producidos por discapacitados cojos de ambas piernas que aprovechaban su desplazamiento en carretón para desvalijar bolsos, la acusación devino improcedente por insostenible. Si a ello unimos el hecho de que el Ministerio Fiscal, ajeno a las circunstancias personales, propuso de testigos de cargo a Enrique y a Cristóbal, la sentencia absolutoria resultó obligada.
La fama de Antonio se expandió como reguero de pólvora. Eran centenares, miles de "baldaos", los que solicitaban audiencia y pertenencia a su grupo, al que empezaron a considerar como escudo protector y hasta redentor de su situación. A todos ellos, Antonio acogió proporcionándoles cobijo y organización.
Feroz republicano de izquierdas, la Democracia le regaló a Antonio un rey que nunca quiso ni reconoció, un país fragmentado en taifas y dos leyes: La de Asociaciones y la de Integración Social de Minusválidos. Con la primera, Antonio obtuvo el marco perfecto para erigirse en capitoste nacional de disminuidos como consecuencia de una deficiencia, previsiblemente permanente, de carácter congénito o no, en sus capacidades físicas, psíquicas o sensoriales, que desde entonces dejaron de llamarse "baldaos" para ser tratados como discapacitados; con la segunda, el reconocimiento y obtención de subvenciones estatales y autonómicas.
Supo aprovechar los nuevos tiempos para exigir la integración laboral de sus asociados en los puestos de la Administración estableciendo la cuota correspondiente en las listas de contratación; pactó los derechos de reserva en las zonas de aparcamiento público, medró en los contratos y planes urbanísticos para garantizarse la contrata de elementos de accesibilidad y hasta logró concesión de la Sociedad Estatal de Loterías y Apuestas del Estado para organizar sorteos diarios mediante venta de cupón por parte de los miembros de su asociación. No en pocas ocasiones, Antonio prestó sus favores y los efectivos humanos de su entramado asociativo al político de la oposición de turno sacándolos a las calles en incendiarias manifestaciones de protesta por cualquier tema de candente actualidad, por los que recibió reconocimiento y poder, pues no sólo resultó nombrado hijo predilecto de su Comunidad, sino elegido Diputado en Cortes en todas las legislaturas por las más diversas formaciones del variopinto espectro político.
.
Hoy, Antonio, mientras enciende un cigarrillo tras otro, me confesaba que sigue sin creer en dios, ni en la justicia, el azar ni la política. Que no volverá a presentar su candidatura y se dedicará a pasar los días en el refugio que tiene en el gigantesco patio de su mansión, bajo la sombra de una higuera que mezcla sus aromas y ramas con un viejo limonero y a soñar con los bailes de juventud y los amores que se quedaron en el camino.
.
.
En el pueblo, todo el mundo lo conocía como Antonio "el cojo", el niño que se pasó la infancia por los montes mientras los demás niños estaban en la escuela de Micaela aprendiendo las primeras letras con don Manuel Quesada. Salía temprano de su casa, al amanecer, en busca del pasto para que comiera el rebaño. Se pasaba el día en la soledad del Caño del Aguadero o de la fuente del Espino, sin otra compañía que la de su perro Litri, las cabras y la petaca de picadura de tabaco "caldo de gallina" que sustituía, a menudo, por hojas secas de parra.
En los días de hambre, utilizaba una caña de dos metros para robar las morcillas de la matanza que colgaban en los techos de los cortijos vecinos. La misma caña a la que, en otras ocasiones, solía unir una pestuga seca acabada en tridente para introducirla en agujeros y tejas haciéndola girar hasta liar la "bolina" de los nidos y sacar la puesta de huevos, estirándola. Lo importante era echarse algo caliente al estómago, engañar el intenso frío de Sierra Mágina que le cortaba hasta sus sueños de niño.
Una de sus travesuras preferidas era profanar los bailes de los mayores, donde no dejaban entrar a los niños. Boicoteaba el guateque metiendo, por la gatera de la casa, una lata llena de ascuas de la lumbre y pimientos picantes, todo un cóctel que provocaba una intensa humareda y un olor tan insoportable que obligaba a los invitados a abandonar el baile de forma precipitada. Su padre lo castigaba utilizando un amplio repertorio de tortazos que el niño encajaba con valentía de hombre.
Un día, el pueblo se le quedó pequeño. Aquel mundo de sierra y pastoreo no era suficiente para un joven con sueños de abrirse nuevos caminos en la vida. No tenía catorce, cuando Antonio marchó a Cataluña en busca de trabajo. Allí pasó nueve años vendiendo telas por las calles antes de embarcarse en la aventura africana y emplearse en una panadería del Aiún. Pero también se cansó con ese trabajo y volvió a volar. Se fue a Francia donde se colocó de camarero en un café y logró que el establecimiento tuviera fama por los churros que ofrecía en los desayunos, hasta que la prematura muerte de su padre lo convirtió en cabeza de familia de cuatro hermanos y una madre viuda que había que sacar adelante. Regresó al pueblo para labrar el pedacito de tierra que tenían. Fueron muchos amaneceres en los que los viejos del lugar se encontraban en el camino a un mozalbete subido a lomos de una mula, o dormitando a la sombra de un cañal con la carga tirada en el suelo.
A lomos de aquella misma mula, asistió a momentos decisivos de la historia como la agonía de Franco y la proclamación de la Marcha Verde recorriendo caminos con su carga de fruta y verdura y hasta feliz por la libertad de su oficio y por el dinero que ganaba, suficiente para sobrevivir.
La escaramuza sesgó aquellos años de felicidad cuando fue movilizado y trasladado al Sahara para participar en la defensa de las minas de fosfatos de Fosbucrá, de las que se trajo una medalla al mérito del valor, una silla de ruedas y dejó dos piernas.
Antonio "el cojo" asumió con voluntad de hierro su incapacidad y dedicó la vida a hacerla más agradable a los demás. Toda la habilidad que ya no podía tener en las piernas, la almacenó en sus pulmones y se convirtió en un virtuoso de la armónica. Era la alegría del pueblo. No había fiesta en donde no se hiciera imprescindible su presencia, ni excursión donde no lo llevaran. Tocaba y contagiaba su pasión desenfrenada por la vida. Era el alma de verbenas y de los bailes que se organizaban en las puertas de las casas o en los patios. Tenía el don de escuchar una canción por la radio un par de veces y sacarla inmediatamente con la armónica. Era un personaje público, un tipo con don de gentes, inteligente y enamoradizo. Le hubiera gustado tener novia, pero su invalidez le condenó a la soltería y en ella se quedó, acompañado por su madre y sus hermanos.
Su vida cambió cuando conoció a Enrique. Ciego de nacimiento, siempre se negó a tener sus ojos en otro cuerpo. Por eso jamás aceptó a dejarse conducir por un perro. Él controlaba las formas, los olores y los espacios de su mundo.
Por eso, desde pequeño, accedió a ser el monaguillo menor de la iglesia y se movía por la sacristía como en su propio mundo. Conocía el cajón donde se guardaban las ropas litúrgicas y su tacto nunca lo defraudó. Escogía las apropiadas de cada tiempo litúrgico, preparaba vinajeras, cáliz, amito, cíngulo y hasta accedía por aquella endiablada escalera de caracol para voltear las campanas. El resto de los preparativos, los dejaba en manos de Miguelón, el monaguillo mayor, que siempre intentaba salir a misa en último lugar para obligarle a ocupar el lado derecho del altar, y que así oficiara encargándose de las tareas de encajar la cintilla roja del marca páginas del epistolario y del evangelio en la lectura del día. Enrique, aguantaba el envite y no se movía hasta que el párroco, comenzada la ceremonia sin asistentes, miraba de reojo a Miguelón, imponiéndole su presencia. La vista que el cielo le negó, se le recompensó en el tacto. Palpaba casi con ojos vivos y acariciaba las cuerdas de la guitarra del modo más sublime que pudiera imaginarse.
Acabaron formando un dúo que, arropado por unas cuantas botellas de vino, ensayaba canciones en la "era de las tontas", alejados del pueblo y de las miradas de los vecinos, hasta que llegaron a ser tan atractivos que incluso la pareja de la Guardia Civil, que rondaba por el lugar, terminaba por unirse a la fiesta.
Con Enrique acabó amenizando no sólo los guateques del pueblo, sino la fiestas locales propias y la de los pueblos vecinos. Eran atracción imprescindible en todo el contorno. También con él, aprendió a no creer en la justicia ni en el azar. Fue aquel día en las fiestas de Torres cuando el Ayuntamiento organizó la rifa de un coche y eligió como "mano inocente" para extraer del saco la bola premiada a Enrique, el ciego. Enrique, conocedor de su elección, obligó a Antonio a comprar una papeleta de la rifa y tras instarle a decirle el número otorgado, le rogó introducir la bolita de madera con idéntico número en el congelador. Cuando llegó el momento, introdujo las bolas en el saquito agitándolas y únicamente tuvo que palpar, de entre todas, la más fría. Con este simple gesto, Antonio fue el primer inválido de la zona que tuvo coche. Llegaba con la silla de ruedas hasta la puerta del coche, se colocaba en el asiento del conductor, echaba la el carrillo atrás y, con decisión, arrancaba en medio del alboroto y los aplausos de los amigos, que reconocían su coraje. Antonio, que en su tiempo de pastor en la cima de Sierra Mágina no había logrado encontrar a dios, ahora ya tampoco creía ni en la suerte ni en la justicia. Como tampoco creyó en la utilidad de aquel par de piernas protésicas que Enrique le compró en la ortopedia de la capital....
La fama de sus galas y el medio de transporte, redoblaron sus contratos y ganancias. Ahora, se desplazaban a los confines del término provincial dondequiera que su actuación era requerida. Y entonces apareció Cristóbal, aquél sordomudo que interpretaba los ritmos a través de las reverberaciones que el suelo le transmitía y que se convirtió en el percusionista de la banda. Tantas eran las ganancias que el trío hubo de ampliarse para dar entrada a "Juanillo seis dedos". Su discapacidad era por exceso, pues tenía el dedo pulgar desdoblado en dos y un don especial para la fotografía y el cálculo que hicieron de estas habilidades el mejor curriculum para incorporarlo como tesorero-contable y diseñador gráfico de tan extravagante grupo.
La aureola de fama que se generó entorno a ellos, hizo salir a la calle a centenares de marginados. Eran todos aquellos que, por tener algún defecto pronunciado, vivían postergados, sin vida propia y objeto de burla despiadada: "los baldaos". Así, en poco tiempo, los conciertos que celebraba la banda del "Cojo filaña" en las noches de verano a cielo abierto, resultaron poblados de seres que se desplazaban en "carretones", una tabla con ruedas de patines que, sentados encima, hacían desplazar impulsándola con tacos de madera que frotaban en el suelo con sus manos. Luego, el fragor de la música y el éxtasis de los espectadores, era aprovechado, desde el plano imperceptible del suelo donde nada tiene valor ni cuenta, para registrar los bolsos y sustraer cuanto en ellos había de valor..
Antonio recaló en su inusitada presencia y, lejos de reprenderlos, los organizó. Se constituyeron en elemento esencial de sus "actuaciones" con lo que el trabajo del "Seis Dedos" se triplicó, pues lo obtenido acababa en la caja común y luego rendía beneficios a los trabajadores ocasionales y de ocasión. Tan exagerada fue la campaña, que las continuas denuncias por hurto que se producían en cada concentración de la "Banda del cojo filaña" se acumularon en todos y cada uno de los cuartelillos por donde habían pasado. Todas señalaban como autor y cabecilla a Antonio "el cojo", quien todavía recuerda la noche que fue detenido y en la que tras ocho horas de interrogatorio fue abofeteado por el Comandante de Puesto de la Guardia Civil cuando inocentemente le preguntó: "Oiga, don Caradepalo, aquí dónde se mea". Nunca comprendió la reacción del Sargento, ni nunca llegó a saber que se llamaba Crescencio, porque jamás le explicaron que caradepalo sólo era el mote con el que era conocido en los contornos el tal Crescencio por su carácter y faz adusta.
Hasta los calabozos llegó Enrique con las piernas ortopédicas, su regalo ignorado y más despreciado por Antonio, y cuando a la mañana siguiente fué puesto Antonio a presencia judicial, todavía recordaba la única frase que su amigo Enrique pronunció en la visita del día anterior: ¡Levántate y anda¡. Antonio compareció con pantalón azul marino largo y camisa blanca y cuando fue llamado por el Juez, se incorporó asistido de un bastón. Ante tal comprobación "de visu" por parte de un Tribunal que juzgaba al autor de unos hurtos producidos por discapacitados cojos de ambas piernas que aprovechaban su desplazamiento en carretón para desvalijar bolsos, la acusación devino improcedente por insostenible. Si a ello unimos el hecho de que el Ministerio Fiscal, ajeno a las circunstancias personales, propuso de testigos de cargo a Enrique y a Cristóbal, la sentencia absolutoria resultó obligada.
La fama de Antonio se expandió como reguero de pólvora. Eran centenares, miles de "baldaos", los que solicitaban audiencia y pertenencia a su grupo, al que empezaron a considerar como escudo protector y hasta redentor de su situación. A todos ellos, Antonio acogió proporcionándoles cobijo y organización.
Feroz republicano de izquierdas, la Democracia le regaló a Antonio un rey que nunca quiso ni reconoció, un país fragmentado en taifas y dos leyes: La de Asociaciones y la de Integración Social de Minusválidos. Con la primera, Antonio obtuvo el marco perfecto para erigirse en capitoste nacional de disminuidos como consecuencia de una deficiencia, previsiblemente permanente, de carácter congénito o no, en sus capacidades físicas, psíquicas o sensoriales, que desde entonces dejaron de llamarse "baldaos" para ser tratados como discapacitados; con la segunda, el reconocimiento y obtención de subvenciones estatales y autonómicas.
Supo aprovechar los nuevos tiempos para exigir la integración laboral de sus asociados en los puestos de la Administración estableciendo la cuota correspondiente en las listas de contratación; pactó los derechos de reserva en las zonas de aparcamiento público, medró en los contratos y planes urbanísticos para garantizarse la contrata de elementos de accesibilidad y hasta logró concesión de la Sociedad Estatal de Loterías y Apuestas del Estado para organizar sorteos diarios mediante venta de cupón por parte de los miembros de su asociación. No en pocas ocasiones, Antonio prestó sus favores y los efectivos humanos de su entramado asociativo al político de la oposición de turno sacándolos a las calles en incendiarias manifestaciones de protesta por cualquier tema de candente actualidad, por los que recibió reconocimiento y poder, pues no sólo resultó nombrado hijo predilecto de su Comunidad, sino elegido Diputado en Cortes en todas las legislaturas por las más diversas formaciones del variopinto espectro político.
.
lunes 19 de septiembre de 2011
Una vida consagrada a los demás
mmm
MMM
mm
mmmm
Para dedicar la vida al prójimo, al otro, a los demás, no se necesita ser cándida novicia, enardecido misionero en la República Democrática del Congo, antes llamado Zaire, profesante de la orden religiosa creada por la Madre Teresa de Calcuta, bombero, o simple socorrista de piscina.
Existen personas que hacen de su vida una profesión a otra u otras personas a las que consagran todo su esfuerzo y hálito vital. Bien es cierto que esta afirmación admite los matices de un cuádruple enfoque, pues existen los que la consagran a vivir "por", a vivir "de", a vivir "tras", o a vivir "para" los demás
Aunque muchas veces, como en casi todo, existe la posibilidad de matizar el matiz. Es la teoría de la amplia gama de grises. Digo esto, porque los hay que no se sabe si viven "por" o "de" otro. Y me refiero aquí, no a los trasplantados de corazón, riñón o médula, que ya bastante tienen con darse prisa en vivir, para ellos solos, esa bendita segunda oportunidad que les tocó en la tómbola, injusta y caprichosa, de la vida sin pararse a pensar que son meros trasuntos de un muerto o un vivo generosamente despedazados, sino a las funerarias. Y es que, como dice mi amigo Pedro, el negocio de la muerte alimenta a muchos vivos que andan por la calle con sus pies y no con ellos por delante. Ellas viven por y de otros. Y además, son los únicas que no conocen época de recesión. Por eso, yo he pensado que, cuando sea mayor, no seré ni Registrador de la Propiedad, ni Médico Cirujano en el Hospital de San Jorge de Huesca, ni siquiera Director del Museo Naval del Viso del Marqués ( al fin y al cabo, como le dijo mi cuñado Ubaldo a su hijo cuando después de once años en la universidad privada le comunicó que había decidido dejar la carrera y poner un negocio de tatuajes en el Paseo Marítimo, "para comer y respirar, que de eso se trata, tampoco se necesita ser arquitecto"), sino sencillamente, empresario del tanatorio local, antes que muerto. En este oficio, el ladrillo sólo sirve para el envoltorio de la apariencia exterior, pero cuando has logrado conseguir una imagen de templo ateniense con el frontispicio triangular a lo Fidias en la portada y varias salas con "expositor" acristalado en el interior, ya no hay crisis que se resista pues la materia prima la tienes asegurada como en la teoría económicopolítica de Adam Smith sobre el concepto de producción a coste cero. Lo que ocurre es que en los libros de texto nos lo explicaban con ejemplos de fábricas embotelladoras de agua o de extracción de sal marina, que son actividades empresariales mucho menos "humanas" que la de la muerte. ¡A dónde va a parar¡. Sobre todo si te afanas en instalar una buena cafetería. La capilla también, por el qué dirán y porque siempre hay un cura en la familia al que una misa de difuntos extra le reporta un plus, así como una familia dispuesta a redimir, socialmente, al calavera de su pariente tieso. Yo he conocido a personas que, en vida, no es que fueran y se declararan ateos y apostatas convencidos, sino que durante el tiempo de su permanencia entre nosotros, maldecían a los coros celestiales y al supremo hacedor y a la madre que lo parió con tal vehemencia y asiduidad, que de existir el cielo, estará convertido en un estercolero maloliente, y que sin embargo sus familiares han pagado las misas de corpore in sepulto ( se dice así, ¿no?) más ostentosas que recuerdan los viejos del lugar. Por eso digo la importancia de lo de la capilla. Bueno, por eso y porque desde que conocí al joyero más importante de la capital que era el Presidente Provincial del Partido Comunista de España, uno ya está curado de espanto y de esperpento.
Cuando llega el inevitable momento, siempre existe la figura del encargado que sólo vive y está "por" el muerto, aunque en realidad eres tú quien le importa. Comienza por enseñarte el muestrario y te explica la calidad en pino, cerezo, nogal, y la forma: rectángulo, bañera, etc. También te explica las diferentes formas y hasta material y color de las urnas. Son muy coquetas y hasta decorativas. Se pueden poner sobre el basal de la chimenea para que las cenizas del finado conserven el rescoldo que en vida ni siquiera tuvo. Y tú allí. Con cara de gilipollas o compungido, según se mire, preguntándote qué cojones le importa a tu suegro si su último pijama es de madera de pino o de albaricoque, cuando todavía tenía en el cajón de la cómoda, sin estrenar, aquellos dos de Pedro del Hierro que les regalaron sus hijas por Navidad aprovechando la oferta del dos por uno de Cortefiel; si es tipo bañera o carece de jacuzzi, o si las coronas han de llevar clavellinas, azucenas o la socorrida gerbera. ¡ Si allí donde va, sólo huele a muerto¡. Que las estrecheces las pasó en vida y ahora le importa una mierda si la última parcela le queda revenida y estrecha o se bambolea a hombros de los de su quinta. Y, piensas, ¡ joder, qué putada. Y él que nunca quiso ser torero porque le daba vértigo salir en hombros¡. Pero, en fin, acabas por entender la figura del encargado de la funeraria y que tiene una vida consagrada a los demás. Tan sólo cuando has hecho la elección y tira de calculadora, te das cuenta que las preposiciones "por" y "de" están tan cerca, que se confunden. Al final acabáis escogiendo todo a medias entre los dos: modelo de tipo medio, coronas medianas y media misa con réquiem, hisopo de agua bendita y pésame a la salida. Eso sí, ha de insistirse en el nombre del difunto. Digo esto porque en el último funeral al que asistí, el sacerdote se pasó la ceremonia entera hablando de las virtudes que en vida adornaron al ya partido de este mundo, Serafín, cuando todos los que allí estábamos habíamos ido a consolar a los familiares de nuestro amigo Juan. Al principio creíamos que nos habíamos equivocado de Sala de Velatorios; después, que era que el celebrante vivía y rezaba "por" otro y, al final, los menos, y entre el cabreo general de los dolientes paganos, acabamos pensando que era algo expresamente dispuesto por Juan que estaba simulando su propio funeral, mirando desde la ventana de enfrente, para comprobar quien había ido a su entierro y quien merecía aumentar su cuota testamentaria. Al final, todo se resuelve. El pariente indignado pide el libro de reclamaciones, mientras otros que compartieron años en la mesa adjunta del Negociado de Medio Ambiente, se alegran de comprobar el poco grado de memoria que fuiste capaz de generar tras tantos años de esfuerzo por mantener a raya los decibelios de los" pubs" ubicados en las bajeras de tu barrio y que tanto tocaban las narices a la vecindad.
Mi amigo José Antonio es, por contra, el paradigma de la persona o personaje que vive "de" otro. Su laringectomía, nunca fue obstáculo, óbice, barrera, cortapisa o valladar para conectar con el prójimo. Tras perder su juventud como vigilante jurado de edificios oficiales, intentar infructuosamente regentar locutorios y montar un negocio de inversiones de capital extranjero especializado en el de envío de divisas a países sudamericanos por parte de la colonia de cuidadoras de ancianos de su ciudad de origen, acabó recalando en el más próspero de todos los quehaceres y actividades profesionales: vivir para uno mismo, pero a cuenta y cargo de otro.
La casualidad no se presenta y llama a tu puerta a la hora de la siesta. Hay que ayudarla. Así, que dicho y hecho. De impoluto traje azul marino y bigote nacionalsindicatolicista, trepó en las últimas elecciones sindicales del gremio hasta colocarse como Presidente de la Junta de Personal. Las tarjetas de visita, pagadas a cargo del sindicato, le abrieron puertas y hasta alguna cuenta corriente que solapaba en uso con las subvenciones gubernamentales. Lo demás fue coser y cantar. Tras empeñarse a fondo en su labor sindicalista, aprovechaba las entrevistas del despacho oficial para sondear el terreno femenino disponible en el sector. Él decía que así contribuía a erradicar la discriminación laboral entre sexos, pero lo que en realidad promocionaba era su propia prospectiva de futuro, siempre considerando los posibles y la ascendencia de la futura becaria. En poco tiempo, no sólo recuperó el hábito perdido como guarda jurado de dormir a sus horas, sino que el vivir durante el día le despertó su fino sentido en el arte del flirteo, antes desaprovechado por mor del cuadrante de trabajo. Se especializó en el raro don de hacer coincidir en el instante preciso las magnitudes espacio-tiempo, y lo demás sólo fue cuestión de esperar.
Clara Portocarrero y González de Perceval, era la única hija y heredera universal de don Facundo Portocarrero Fornovi, empresario del mármol, inventor del silestone y unas de las potencias exportadoras más insignes a nivel regional. Acababa de pasar los treinta y ocho abriles. Virginal, de rara belleza, interior e inescrutable, era proporcionalmente tonta al grado de su fortuna, lo que en su caso entrañaba ímproba dificultad y no poco mérito. José Antonio, con veintinueve años y mucho mundo, se cruzó en su camino como un torbellino de pasión y encandiló, sin remedio, a la hija del empresario. No es que fuera de su agrado y más de un disgusto se cobró, pues no en vano sus amigos de tertulia y dominó en el Casino aún comentan que se le oía a don Facundo referirse a su yerno como la única "china" en su vida que nunca pudo extraer y colocar lejos de su cantera, pero al final, para evitar morir sin herederos, y a la vez dar buen nombre a lo que saliera de la barriga de su hija Clara, ya en crecimiento imparable, no le quedó otro remedio que otorgar el permiso correspondiente. El resto, es de imaginar. Don Facundo acabó cediendo en años a la naturaleza y en cuartos y fortuna a su primogénita hábilmente asesorada por José Antonio quien, como administrador, siempre ha considerado que debe gozar del patrimonio como suyo puesto que sólo él es quien lo mueve, mientras que su mujer, a fin de cuentas, sólo ha puesto en el negocio el dinero, la casa, la herencia y un parto que resultó ser bastante fastidioso no se sabe bien si por su condición de cuarentona primeriza o por estrechez de caderas, que ambas cosas tenía.
Mas no sólo existen casos como el de mi sindicalista amigo. A veces, en este rinconcillo del sudeste hispano donde la patera arriva con cada noche de Levante mientras la oronda luna llena y la Patrullera de la Benemérita se distraen mirándose en el Mar de Alborán, el fenómeno inmigratorio ha puesto en el tapete social del Poniente, una de las variantes más jugosas de esta modalidad de vida consagrada a vivir de otro.
A Natacha, sólo le bastó el tiempo de tomarse el bocata de choppep con panceta que le facilitó el miembro de la Cruz Roja Española, para integrarse de pleno derecho en la madre patria. Dejó la mochila bajo la manta, por lo que todos creyeron ver un grave caso de hipotermia, y cuando llegó la dotación del 061, la Kornizszcaya ya se encontraba durmiendo entre cálidas sábanas de la habitación de un hotel que pagaba el camionero que la recogió en el túnel de Bayyana. Al fin y al cabo, él como ella, venía de lo más alejado de Europa de dejar la carga de hortalizas extratempranas, y llegaba cansado y de vacío.
Con diecinueve años, alta, rubia y dos poderosas razones, intercambiaron humores, pareceres y reflexiones. Rompió el matrimonio feliz del camionero quien no solo tuvo que dejar su casa, sino hasta el trabajo cuando se enteró que el constitucional beneficio de la duda no podía atribuírselo a la moscovita, porque ya su jefe se encargaba de beneficiársela sin dudar un instante, durante los trayectos que, cada vez más lejanos, le comisionaba. Las hortalizas, fuera la distancia que fuera, habían de llegar frescas, mientras la amiguita post-gorbachobiana se sazonaba a base de ascender en la pirámide socioeconómica que ella asociaba al tamaño de la billetera del nuevo conocido que se cruzara en su camino.
El hombre de campo almeriense, que siempre ha sido un ecologista vocacional y un cazador instintivo, contemplaba ahora aquellas bandadas de rumanas, rusas, eslovacas y polacas, como inmensas y providenciales colonias de avecillas migratorias que invernaban buscando comida y cobijo, digamos, en las partes más húmedas del Sur, y que, en ausencia de veda, todo les estaba permitido. Al fin y al cabo y en el argot cinegético, los había quienes las miraban no como fenómeno social del siglo, sino como piezas cinegéticas y las consideraban como combinación de ave de vuelo y animal de pelo: en plata, un conejo con muslos y pechuga. El fenómeno llegó a ser tan popular y generalizado, que hubo más divorcios entre los vegueros, que en la alta sociedad marbellí. Algunos, que incluso habían sido compañeros de mili en la Legión, acabaron enemistados de por vida por culpa de esa tan inusitada "cesión ilegal de mano de obra", pues según el resultado de la cosecha de calabacín que publicara la pizarra de la Lonja y de la extensión del invernadero, se tornaban de patrón en patrón con mayor frecuencia.
Algunos le llamaban a este fenómeno " interculturalidad", otros, "integración social", o exponente interracial de la Alianza de Civilizaciones, pero mi abuela Isabel, que por su edad no sabe nada de esas cosas, suele ofrecer el rezo del tercer misterio gozoso del rosario del primer y penúltimo día de cada semana, por tantísima puta suelta. Pero como decía Pedro, psicólogo y de erudición contemporánea, la visión correcta del tema pasa por entender el fenómeno, no tanto como objeto de estudio de Seminario sobre integración cultural, desarraigo afectivo o mecanismo de superación del temido síndrome comportamental de Ulises, sino como algo mucho más simple, una forma como cualquier otra de consagrar su vida a los demás, ya sea viviendo de, sobre o bajo otros. O dicho de otra forma, supone respetar un nuevo concepto de fidelidad donde se trata de hacerlo siempre con el mismo aunque, a ser posible, cada noche con un hombre diferente.
Un caso distinto completamente es el de Dolores Almazán. La "Yoyes", consagró todos sus días y noches a vivir tras de otro. No es que fuera sumisa y de apocado carácter, sino que desde que el acné de la pubertad le estallara como cráter piloso, decidió que de ser algo en la vida, sería o mujer barbuda en el Circo Price, o detective privado. Montó su propio chiringuito y a remolque de Susana Novillo, abogada especializada en violencia machista y cuernos comunitarios, su carrera profesional resultó imparable y sus servicios garantía de sentencias conocidas como dictadas al tipo de José Mª "El Tempranillo", pues siempre conseguían trasladar el rico patrimonio del marido para enriquecer a su pobre mujer. Todavía se recuerda el caso de la Asociación de Mujeres Vituperadas en que Yoyes aportó la prueba fundamental que propició la condena de la psicóloga asesora por maltrato psicológico, y que ella, a la que también acabó cayéndole una orden de alejamiento, nunca admitió su culpa y siempre mantuvo que fue por acercarse tanto a la verdad.
También el que esto escribe, hubo unos años que dedicó su energía vital y consagró su vida y persona poniéndola siempre al servicio y detrás de otra. Y no me refiero a la legítima, porque en la época a la que vengo a relatar aún no estaba casado. Me vengo a referir a mi época de guardaespaldas de la Concejala de Régimen Interior. Desde aquellos tiempos, aún sigo conservando el hábito de desconfiar de todo y de todos, de colocarme siempre en el interior de los edificios en zona desde la que divise la puerta, sentarme con la espalda apoyada en la pared y mirar los bajos de todas las cosas. Esto último empezó siendo por motivos de seguridad, pero una vez que la representante consistorial tomó conciencia de su puesto como servidora pública, acabé haciéndolo solamente los lunes, miércoles y viernes de cuatro a seis. También dejé de enfocar mi vida personal tras la concejala protegida, pues según y cómo, comprendí que todas las posturas y posiciones son mutantes y la tregua terrorista permitió que pudiéramos cambiar los planes.
Sin embargo, de todas las personas que consagran su vida a estar siempre tras el prójimo, la que más me ha subyugado es la de Don Alfredo. Titular del Juzgado Tutelar de Menores, don Alfredo se colocaba con tal donosura las puñetas de la toga en las sesiones de vista oral de la mañana, como la malla de profesor de aeróbic en las vespertinas del gimnasio del Club de Mar. Más que sentencias y resoluciones, don Alfredo dictaba la moda. Fiel convencido de la reinserción social del menor y de que la gran culpable de su descarrío es siempre la sociedad, era más partidario de imponer a los reos penas consistentes en trabajos en beneficio comunitario (al fin y al cabo, la comunidad somos todos y más con estos chicos de hoy día, tan altos y guapos) que las que supusieran internamiento, pues a nada conducen, se malean y acaban por convertirse en carne de cañón. Y es que, don Dito, que así lo conocían tanto las madres de los impúberes sometidos a su jurisdicción como los alumnos aspirantes a Nacho Cano, no es que fuera gay, es que era, sencillamente, maricón.
Pero el caso más claro de generosidad, de vida consagrada y entrega total es el de Filomena, mi tía política, y ex mujer de mi tío carnal Enrique Espadas. Nadie como ella vivió para el otro. Ya se que muchos de vosotros pensaréis que en todo matrimonio, la esposa contrae esa impagable tarea (lo de impagable lo he copiado de Letizia, claro) inculcada desde la cuna y el colegio concertado de monjitas, que se resume en no tener otra vida que vivir para el señor de la casa y esos puñeteros hijos que, cuando el error genético, la casualidad o el señor del butano se alían con una y le salen guapos y listos, siempre se parecen a la familia materna. Pero no se trata de eso, no. Lo de mi tía Filo es el summum de una vida entregada y vivida en su integridad para con mi tío.
Según pude saber, fue con ocasión de una Semana Santa cuando se conocieron. Acuciada por tanta procesión y olor a incienso y cera quemada, Filomena fue a buscar nuevas sensaciones a la periferia madrileña. Fue allí, en aquel pueblo serrano, donde paseando por la carretera del Calvario a la Quebrada encontró a Quique cuando, aburrido como ostra perlera, venía éste de sobar la armónica que por Reyes le regalaron. El paquetito impresionó a la forastera que ya no paró hasta cerciorarse que sabía tocarla (la armónica, claro). Teniendo en cuenta los tiempos que corrían y la edad de los protagonistas, no será difícil imaginar al lector lo que inevitablemente ocurrió. Dicen que cuando Jesús murió, bajó a los infiernos y hubo tres días de caos porque el mundo quedó a merced de nadie, pero mi tío Enrique piensa que el que debió dejar el sepulcro vacío fue otro y todavía está a la espera de salir del averno para que alguien ponga remedio a todo esto.
Por eso me cuenta, en primera persona, su historia personal que, como en todos los cuentos, la primera parte siempre sale bien. Que si cartas diarias, juramentos de amor eterno, besos furtivos, planes de futuro, árbol de las mariposas... ¡ Hasta ahí todo normal¡. Luego, con el reencuentro en la Universidad buscada de propósito para hacer coincidir la pasión vocacional con la otra, los primeros contactos íntimos y los cabreos más importantes que van emparejando el carácter y dejando claro quien es el que manda en la relación. Y no sólo eso, sino que así va a ser siempre. Pero ella, ya desde entonces, le deja claro, en cada mensaje, que sólo vive para él. Que no es que prefiera salir con las amigas y alternar de vez en cuando con los vecinos de residencia, pero que si lo hace es para no distraerle en las horas que tiene asignadas para preparar el examen de Derecho Canónico. Que no es que prefiera la discoteca al paseo romántico con chubasquero, sino que lo hace pensando en que se comunique y se distraiga mientras escucha los últimos grupos y temas musicales de moda, cosa muy importante para relacionarse aunque acabe arruinándole el presupuesto mensual y le prive del desayuno hasta el próximo giro postal que, como es habitual, llega con retraso.
Pero en fin, como no hay mal que cien años dure, a los cinco siguientes se encontró con un título bajo el brazo, una novia impaciente y un mercado laboral que se le antojaba inaccesible. Y cuando con los "méritos" de su expediente académico y la recomendación de aquel paisano que de joven tuvo mucho que agradecer a un tío abuelo suyo que mitigó los duros años de la postguerra regalándole, a escondidas, botellas de aceite de su maquila y ahora trabaja de Ordenanza en el Ministerio de Trabajo y Relaciones Sindicales, acaba consiguiendo plaza de Letrado Sindical en Gerona. Y allí se planta no sin sobresaltos, pues tras dar una cabezada en Despeñaperros y despertar en la Siete Veces Inmortal, oye hablar de una forma rara, pongamos que diferente, y se sobresalta pensando que se ha pasado la frontera de sopetón.
Y que cuando la democracia y la píldora traspasaron los Pirineos, a mi tío lo vuelve a pillar la vida con el paso cambiado, tres hijos y un sueldo congelado por cuatro años y seis meses (casi una condena de prisión menor) porque tuvo la mala idea de trabajar para el Movimiento Nacional y el Sindicato Vertical que era lo único que entonces existía y que, además, era lo único legal y correctamente político del momento. Pero que entonces, surge ella que siempre vive para tí. Y te susurra al oído la conveniencia de pedir un traslado y cambio de destino a otra ciudad con mayor calidad de vida que, no se por qué, siempre coincide con aquella en la que viven sus padres. Y allí te vas. Y te encuentras que ahora sigues teniendo los tres mismos hijos, el mismo sueldo de hace cuatro años y seis meses y, además, a tus suegros y a esa cuñada tuya que, como el monzón asiático, siempre está para ayudar. A tu mujer, que solo vive para ti, también. Es entonces cuando animado por el núcleo familiar que siempre vio en él posibilidades, se plantea la ídem del pluriempleo. Que sorteando horarios, legislaciones y competencia, ejercitó la profesión dejándose las pestañas en insomnes noches de plazos por vencer y ruedas desgastadas en infernales carreteras que no le aseguraban llegar a tiempo de fichar en la actividad pública, pero que le proporcionaban el sutil placer de considerarse un plusmarquista olímpico, pues mientras el atleta tarda en recorrer los cien metros lisos ocho segundos y siete décimas, él, que salía de la oficina a las tres de la tarde, llegaba a su casa a las dos y cuarto para no dejar fría la comidita que su esposa había preparado para él . Pero gracias a eso, los bancos te conceden la hipoteca y empiezas a sentirte importante porque ya debes dinero a alguien que ha depositado su confianza en ti por, al menos, veinticinco años garantizados que es más que lo que dura un matrimonio, aunque, eso sí, sea por otro tipo de interés: del doce setenta y cinco por ciento TAE, (que me pregunto yo, qué coño será eso).
Con esfuerzo, pero que acabas por integrarte en la nueva capa social del penúltimo destino (pues no en vano, el último sigue estando en manos de tu viuda que a la postre es la que decide si te inhuma o te incinera). Se produce el fenómeno deísta, pues empiezas siendo el yerno "de", el marido "de", el padre "de"... pero como le dijo mi amigo Antonio Martínez a Paquinín que siempre se quejaba de estar a socaire de su suegro: " Pues coño, Francisco, haz alguna fechoría tan gorda, tan gorda, que todo el mundo hable no del suegro de Paquínín, sino del yerno de don Servando el de la Telefónica". Y es que, cuando los niños crecen, te conceden la segunda hipoteca del chalecito de la playa y empiezas a ser criticado en el periódico local, es cuando te sientes plenamente realizado. Bueno, eso y cuando tu amante esposa que no ha dejado ni un sólo día de vivir para tí advirtiéndote de la maldad de todos aquellos con los que te relacionas, de los vecinos, de los clientes, deudos y parientes (a los ha a esas alturas has debido dejar de hablar para garantizar tu bienestar), decide que como ya tiene tiempo libre de sobra porque ha finalizado con sobresaliente cum laude el doctorado de la crianza, ahora quiera trabajar. Y la colocas. Pero en un sitio y con un jefe que, aunque tanto le debe a mi tío, a ella no la trata como se merece, por lo que hay que fundirlo, expedientarlo y arrojarlo de este mundo a los sones de una tonadilla tunantil. Y como eso no basta, pasa a ser la cotidiana confidente de los asuntillos que se cuecen en la sombra y de los que tú nunca te diste cuenta porque confías en tus amigos y subordinados de escalafón. Pero como ella vive sólo para tí, te desvela las intrigas palaciegas y acabas comprendiendo que nunca debiste tener amigos ni compañeros de trabajo, y te preguntas cómo pudiste prescindir tanto tiempo de su sabiduría psicológica, porque gracias a que se dedica a estar viviendo para tí, has dejado de ser el tonto de baba que has venido siendo durante los últimos veinte años en que toda la gente te apreciaba.
Como es muy escueto y parco en palabras, acaba diciéndome mi tío, para abreviar, que lo demás, casi carece de interés porque se produce esa etapa de normalidad conyugal en que con el biplaza recién estrenado y los chicos fuera de casa, te dedicas a conocer España en gozosos fines de semana. Y entonces, reparas en cuánta razón tenía don Ildefonso, el maestro de la escuela de tu pueblo, cuando la definía como un destino en lo universal, porque allá donde fueras, pueblo, villorrio, ciudad o autonomía, tu destino es la tienda de Zara, por lo que no aciertas a comprender la diversidad patria y empiezas a maliciar que eso que los políticos llaman respeto a la singularidad de las señas de identidad, es un perfecto camelo para chupar de las competencias y hacer de su capa un sayo. Porque dime tú a mi, - acababa preguntando mi tío Enrique- en qué se diferencia el Zara de Pontevedra del de Mérida, si hasta las cajeras tienen el mismo uniforme negro, el mismo corte de pelo, el mismo tic despegando el adminículo de seguridad de la prenda, y hasta la misma mala leche que acaba por rayar la banda magnética de la Visa para que te veas obligado a pagar al contado ( ¡oiga, señora, que no tengo toda la tarde, y, además, que me está formando cola¡). ¡ Encima, no te digo yo...¡. Lo único bueno que sacas de todo esto, según me dijo, es que al final, tu experiencia y el google saben discernir dónde el bueno de Amancio Ortega ha puesto su tienda frente a un monumento histórico artístico y te camelas a la parienta para visitar Soria y hacerle comprender que como no se puede fumar dentro, tienes que esperarla en la puerta mientras repasa la última temporada; tiempo que tu empleas en sacar de hurtadillo unas fotos a la fachada de Santo Domingo para luego presumir con tus compañeros de foro. Eso sí, que lo que peor que llevaba es que cuando la hospedas en los mejores Paradores, ella acaba diciendo que no te comprende. Que cómo después de toda una vida dedicada y consagrada a tí, has sido capaz de llevarla a un sitio tan viejo y enmohecido, que los castillos están demodé y los monasterios huelen a incienso y no a 212 de Carolina Herrera. Total un fracaso, y los ahorros y el sudor de un trimestre tirados irremisiblemente, a menos que tengas la suerte de encontrar abierta la nave de Rielves o el mercadillo de Consuegra y puedas enmendar tu mala programación con las compras de última hora para la despensa conyugal, aunque la distancia y el calor diezmen el cargamento de hortalizas y frutas adquiridas a un precio de "rincón del gourmet del Corte Inglés", pero más frescos y con olor más ecológico que las de la tienda de Carlos, en la esquina de tu propia casa. A dónde va a parar. No tiene ni color.
Y cuando la vida es un completo solaz porque has asumido que eres sexualmente más activo con el medio cuerpo que se encuentra por encima de la cintura que con el otro medio que está por debajo de ella ( de la cintura); que si tú no te cuidas de poner el recambio de papel higiénico aunque no seas el usuario mayoritario del mismo, te puedes ver en situaciones comprometidas; que la pasta de dientes has de exprimirla desde el fondo hacia arriba y levantar siempre la tapa completa del váter, aparece el síndrome menopáusico. O dicho más finamente como a la "sin papeles" que duerme con mi amigo Pedro le gusta decir, aparece la psicología inversa: entrar con la ajena para salir con la suya, que no es que se trate de una nueva modalidad de infidelidad o despiporre en la tercera edad ( que para eso ya se inventó el Inserso, hombre), sino de una máxima en el arte de la prudencia que el maestro Baltasar Gracián definiera como "estratagema para conseguir; importante dissimulo porque sirve de zebo la concebida utilidad para coger una voluntad ya que parécele que delante la suya cuando no es más de abrir camino a la pretensión agena".
Vuelven entonces las cosas a ponerse mejor, porque la que siempre ha vivido para tí, redobla su estratagema y te hace ver que si continúas con ese ritmo de trabajo, ahora que ya no lo necesitas tanto porque tus hijos tienen que buscarse la vida por ellos solos, se te pasará el último tren de la vida. Y que te pone, a diario, la canción de juventud aquella de Serrat que hablaba de una tal Penélope sentadita en el banco de pino verde del andén con sus zapatitos de tacón, y que tú no sabes si lo hace por recuerdos de mejores tiempos pasados que ya no volverán o por joderte, aunque a final acabas comprendiendo que a lo mejor es por ambas cosas ya que a veces se confunden. Y que como tú no acabas por arrancarte, porque todavía te ves medianamente capaz de ayudar a tus hijos que se debaten en el maremágnum de sus primeras hipotecas ampliadas, te gustan tus trabajos, piensas que la salsa de tu vida de ahora está en arrastrar el carrillo de tu nieto por plazas y terrazas de bares donde presumir de genes, y ves más próxima tu jubilación a la que quieres llegar topado de cotización, pues te resistes. Y ahí es donde sale la "suya".
En fin, que para no cansarte más, amigo, un día lo llama un abogado que le dijo conocer a su mujer, y tras quedar una tarde con él, acabó firmando un documento justo, de reparto de la sociedad legal de gananciales ( que ni es sociedad, sino a lo sumo cuenta en participación; ni legal, porque has intentado defraudar todo lo posible; ni de gananciales, porque el que único que ganaba en ella era el mismo que también perdía) en el que ella se atribuye todas aquellas pequeñas cosas que no tienen más valor que el puramente sentimental y son las que echaría de menos: las tarjetas de crédito, las cuentas corrientes, los bonos y letras del tesoro, las acciones de Repsol ( ¡ coño, si llega a saber lo que iba a subir el gasoil, seguro no lo firma¡) y las claves de las cuentas que tenía en paraísos fiscales..., y él, con todo lo demás, es decir, las hipotecas y créditos personales y hasta los apuntes de las compras a prueba, de la libretilla de cuentas pendientes en las tiendas de ropa.
Hasta aquí, todo normal. Pero sin embargo, que un día recibe la notificación de apertura de expediente disciplinario por incompatibilidad de oficio público con actividad privada. Y es entonces, cuando se da cuenta que lo que en más de treinta y tres años no pudieron incompetentes compañeros de profesión celosos de su cuota de mercado, ni políticos rastreros que escondían rencores preconstitucionales bajo consignas moralizantes de higiene social, lo ha logrado ella. Recuerda que no hay astilla mejor que la de la propia madera, pero que luego, cuando se sosiega y reflexiona fríamente, cae en la cuenta que no es eso, que lo que pasa es que es un mal pensado y que tiene razón su amiga Consuelo cuando dice que levanta pasiones, porque allá donde esté su queridísima ex, sigue viviendo para él. Al fin y al cabo, ella nunca quiso que trabajara tanto. Aunque en su fuero interno, según me confesó, lo que sigue creyendo mi tío de sí mismo es que en realidad lo que le ocurrió, fue que jamás supo superar con éxito su metamorfosis vital y no llegó a alcanzar su total trasformación en crisálida que le permitiera endurecer las alas en su fase de mariposa para poder volar y trascender de lo mundano, habiéndose quedado reducido a impenitente capullo.
Malvís. Mojácar, Almería, septiembre de 2011. Hemos logrado pasar las vacaciones. Luego ..., dios y la política económica de Zapatero, dirán.
Para dedicar la vida al prójimo, al otro, a los demás, no se necesita ser cándida novicia, enardecido misionero en la República Democrática del Congo, antes llamado Zaire, profesante de la orden religiosa creada por la Madre Teresa de Calcuta, bombero, o simple socorrista de piscina.
Existen personas que hacen de su vida una profesión a otra u otras personas a las que consagran todo su esfuerzo y hálito vital. Bien es cierto que esta afirmación admite los matices de un cuádruple enfoque, pues existen los que la consagran a vivir "por", a vivir "de", a vivir "tras", o a vivir "para" los demás
Aunque muchas veces, como en casi todo, existe la posibilidad de matizar el matiz. Es la teoría de la amplia gama de grises. Digo esto, porque los hay que no se sabe si viven "por" o "de" otro. Y me refiero aquí, no a los trasplantados de corazón, riñón o médula, que ya bastante tienen con darse prisa en vivir, para ellos solos, esa bendita segunda oportunidad que les tocó en la tómbola, injusta y caprichosa, de la vida sin pararse a pensar que son meros trasuntos de un muerto o un vivo generosamente despedazados, sino a las funerarias. Y es que, como dice mi amigo Pedro, el negocio de la muerte alimenta a muchos vivos que andan por la calle con sus pies y no con ellos por delante. Ellas viven por y de otros. Y además, son los únicas que no conocen época de recesión. Por eso, yo he pensado que, cuando sea mayor, no seré ni Registrador de la Propiedad, ni Médico Cirujano en el Hospital de San Jorge de Huesca, ni siquiera Director del Museo Naval del Viso del Marqués ( al fin y al cabo, como le dijo mi cuñado Ubaldo a su hijo cuando después de once años en la universidad privada le comunicó que había decidido dejar la carrera y poner un negocio de tatuajes en el Paseo Marítimo, "para comer y respirar, que de eso se trata, tampoco se necesita ser arquitecto"), sino sencillamente, empresario del tanatorio local, antes que muerto. En este oficio, el ladrillo sólo sirve para el envoltorio de la apariencia exterior, pero cuando has logrado conseguir una imagen de templo ateniense con el frontispicio triangular a lo Fidias en la portada y varias salas con "expositor" acristalado en el interior, ya no hay crisis que se resista pues la materia prima la tienes asegurada como en la teoría económicopolítica de Adam Smith sobre el concepto de producción a coste cero. Lo que ocurre es que en los libros de texto nos lo explicaban con ejemplos de fábricas embotelladoras de agua o de extracción de sal marina, que son actividades empresariales mucho menos "humanas" que la de la muerte. ¡A dónde va a parar¡. Sobre todo si te afanas en instalar una buena cafetería. La capilla también, por el qué dirán y porque siempre hay un cura en la familia al que una misa de difuntos extra le reporta un plus, así como una familia dispuesta a redimir, socialmente, al calavera de su pariente tieso. Yo he conocido a personas que, en vida, no es que fueran y se declararan ateos y apostatas convencidos, sino que durante el tiempo de su permanencia entre nosotros, maldecían a los coros celestiales y al supremo hacedor y a la madre que lo parió con tal vehemencia y asiduidad, que de existir el cielo, estará convertido en un estercolero maloliente, y que sin embargo sus familiares han pagado las misas de corpore in sepulto ( se dice así, ¿no?) más ostentosas que recuerdan los viejos del lugar. Por eso digo la importancia de lo de la capilla. Bueno, por eso y porque desde que conocí al joyero más importante de la capital que era el Presidente Provincial del Partido Comunista de España, uno ya está curado de espanto y de esperpento.
Cuando llega el inevitable momento, siempre existe la figura del encargado que sólo vive y está "por" el muerto, aunque en realidad eres tú quien le importa. Comienza por enseñarte el muestrario y te explica la calidad en pino, cerezo, nogal, y la forma: rectángulo, bañera, etc. También te explica las diferentes formas y hasta material y color de las urnas. Son muy coquetas y hasta decorativas. Se pueden poner sobre el basal de la chimenea para que las cenizas del finado conserven el rescoldo que en vida ni siquiera tuvo. Y tú allí. Con cara de gilipollas o compungido, según se mire, preguntándote qué cojones le importa a tu suegro si su último pijama es de madera de pino o de albaricoque, cuando todavía tenía en el cajón de la cómoda, sin estrenar, aquellos dos de Pedro del Hierro que les regalaron sus hijas por Navidad aprovechando la oferta del dos por uno de Cortefiel; si es tipo bañera o carece de jacuzzi, o si las coronas han de llevar clavellinas, azucenas o la socorrida gerbera. ¡ Si allí donde va, sólo huele a muerto¡. Que las estrecheces las pasó en vida y ahora le importa una mierda si la última parcela le queda revenida y estrecha o se bambolea a hombros de los de su quinta. Y, piensas, ¡ joder, qué putada. Y él que nunca quiso ser torero porque le daba vértigo salir en hombros¡. Pero, en fin, acabas por entender la figura del encargado de la funeraria y que tiene una vida consagrada a los demás. Tan sólo cuando has hecho la elección y tira de calculadora, te das cuenta que las preposiciones "por" y "de" están tan cerca, que se confunden. Al final acabáis escogiendo todo a medias entre los dos: modelo de tipo medio, coronas medianas y media misa con réquiem, hisopo de agua bendita y pésame a la salida. Eso sí, ha de insistirse en el nombre del difunto. Digo esto porque en el último funeral al que asistí, el sacerdote se pasó la ceremonia entera hablando de las virtudes que en vida adornaron al ya partido de este mundo, Serafín, cuando todos los que allí estábamos habíamos ido a consolar a los familiares de nuestro amigo Juan. Al principio creíamos que nos habíamos equivocado de Sala de Velatorios; después, que era que el celebrante vivía y rezaba "por" otro y, al final, los menos, y entre el cabreo general de los dolientes paganos, acabamos pensando que era algo expresamente dispuesto por Juan que estaba simulando su propio funeral, mirando desde la ventana de enfrente, para comprobar quien había ido a su entierro y quien merecía aumentar su cuota testamentaria. Al final, todo se resuelve. El pariente indignado pide el libro de reclamaciones, mientras otros que compartieron años en la mesa adjunta del Negociado de Medio Ambiente, se alegran de comprobar el poco grado de memoria que fuiste capaz de generar tras tantos años de esfuerzo por mantener a raya los decibelios de los" pubs" ubicados en las bajeras de tu barrio y que tanto tocaban las narices a la vecindad.
Mi amigo José Antonio es, por contra, el paradigma de la persona o personaje que vive "de" otro. Su laringectomía, nunca fue obstáculo, óbice, barrera, cortapisa o valladar para conectar con el prójimo. Tras perder su juventud como vigilante jurado de edificios oficiales, intentar infructuosamente regentar locutorios y montar un negocio de inversiones de capital extranjero especializado en el de envío de divisas a países sudamericanos por parte de la colonia de cuidadoras de ancianos de su ciudad de origen, acabó recalando en el más próspero de todos los quehaceres y actividades profesionales: vivir para uno mismo, pero a cuenta y cargo de otro.
La casualidad no se presenta y llama a tu puerta a la hora de la siesta. Hay que ayudarla. Así, que dicho y hecho. De impoluto traje azul marino y bigote nacionalsindicatolicista, trepó en las últimas elecciones sindicales del gremio hasta colocarse como Presidente de la Junta de Personal. Las tarjetas de visita, pagadas a cargo del sindicato, le abrieron puertas y hasta alguna cuenta corriente que solapaba en uso con las subvenciones gubernamentales. Lo demás fue coser y cantar. Tras empeñarse a fondo en su labor sindicalista, aprovechaba las entrevistas del despacho oficial para sondear el terreno femenino disponible en el sector. Él decía que así contribuía a erradicar la discriminación laboral entre sexos, pero lo que en realidad promocionaba era su propia prospectiva de futuro, siempre considerando los posibles y la ascendencia de la futura becaria. En poco tiempo, no sólo recuperó el hábito perdido como guarda jurado de dormir a sus horas, sino que el vivir durante el día le despertó su fino sentido en el arte del flirteo, antes desaprovechado por mor del cuadrante de trabajo. Se especializó en el raro don de hacer coincidir en el instante preciso las magnitudes espacio-tiempo, y lo demás sólo fue cuestión de esperar.
Clara Portocarrero y González de Perceval, era la única hija y heredera universal de don Facundo Portocarrero Fornovi, empresario del mármol, inventor del silestone y unas de las potencias exportadoras más insignes a nivel regional. Acababa de pasar los treinta y ocho abriles. Virginal, de rara belleza, interior e inescrutable, era proporcionalmente tonta al grado de su fortuna, lo que en su caso entrañaba ímproba dificultad y no poco mérito. José Antonio, con veintinueve años y mucho mundo, se cruzó en su camino como un torbellino de pasión y encandiló, sin remedio, a la hija del empresario. No es que fuera de su agrado y más de un disgusto se cobró, pues no en vano sus amigos de tertulia y dominó en el Casino aún comentan que se le oía a don Facundo referirse a su yerno como la única "china" en su vida que nunca pudo extraer y colocar lejos de su cantera, pero al final, para evitar morir sin herederos, y a la vez dar buen nombre a lo que saliera de la barriga de su hija Clara, ya en crecimiento imparable, no le quedó otro remedio que otorgar el permiso correspondiente. El resto, es de imaginar. Don Facundo acabó cediendo en años a la naturaleza y en cuartos y fortuna a su primogénita hábilmente asesorada por José Antonio quien, como administrador, siempre ha considerado que debe gozar del patrimonio como suyo puesto que sólo él es quien lo mueve, mientras que su mujer, a fin de cuentas, sólo ha puesto en el negocio el dinero, la casa, la herencia y un parto que resultó ser bastante fastidioso no se sabe bien si por su condición de cuarentona primeriza o por estrechez de caderas, que ambas cosas tenía.
Mas no sólo existen casos como el de mi sindicalista amigo. A veces, en este rinconcillo del sudeste hispano donde la patera arriva con cada noche de Levante mientras la oronda luna llena y la Patrullera de la Benemérita se distraen mirándose en el Mar de Alborán, el fenómeno inmigratorio ha puesto en el tapete social del Poniente, una de las variantes más jugosas de esta modalidad de vida consagrada a vivir de otro.
A Natacha, sólo le bastó el tiempo de tomarse el bocata de choppep con panceta que le facilitó el miembro de la Cruz Roja Española, para integrarse de pleno derecho en la madre patria. Dejó la mochila bajo la manta, por lo que todos creyeron ver un grave caso de hipotermia, y cuando llegó la dotación del 061, la Kornizszcaya ya se encontraba durmiendo entre cálidas sábanas de la habitación de un hotel que pagaba el camionero que la recogió en el túnel de Bayyana. Al fin y al cabo, él como ella, venía de lo más alejado de Europa de dejar la carga de hortalizas extratempranas, y llegaba cansado y de vacío.
Con diecinueve años, alta, rubia y dos poderosas razones, intercambiaron humores, pareceres y reflexiones. Rompió el matrimonio feliz del camionero quien no solo tuvo que dejar su casa, sino hasta el trabajo cuando se enteró que el constitucional beneficio de la duda no podía atribuírselo a la moscovita, porque ya su jefe se encargaba de beneficiársela sin dudar un instante, durante los trayectos que, cada vez más lejanos, le comisionaba. Las hortalizas, fuera la distancia que fuera, habían de llegar frescas, mientras la amiguita post-gorbachobiana se sazonaba a base de ascender en la pirámide socioeconómica que ella asociaba al tamaño de la billetera del nuevo conocido que se cruzara en su camino.
El hombre de campo almeriense, que siempre ha sido un ecologista vocacional y un cazador instintivo, contemplaba ahora aquellas bandadas de rumanas, rusas, eslovacas y polacas, como inmensas y providenciales colonias de avecillas migratorias que invernaban buscando comida y cobijo, digamos, en las partes más húmedas del Sur, y que, en ausencia de veda, todo les estaba permitido. Al fin y al cabo y en el argot cinegético, los había quienes las miraban no como fenómeno social del siglo, sino como piezas cinegéticas y las consideraban como combinación de ave de vuelo y animal de pelo: en plata, un conejo con muslos y pechuga. El fenómeno llegó a ser tan popular y generalizado, que hubo más divorcios entre los vegueros, que en la alta sociedad marbellí. Algunos, que incluso habían sido compañeros de mili en la Legión, acabaron enemistados de por vida por culpa de esa tan inusitada "cesión ilegal de mano de obra", pues según el resultado de la cosecha de calabacín que publicara la pizarra de la Lonja y de la extensión del invernadero, se tornaban de patrón en patrón con mayor frecuencia.
Algunos le llamaban a este fenómeno " interculturalidad", otros, "integración social", o exponente interracial de la Alianza de Civilizaciones, pero mi abuela Isabel, que por su edad no sabe nada de esas cosas, suele ofrecer el rezo del tercer misterio gozoso del rosario del primer y penúltimo día de cada semana, por tantísima puta suelta. Pero como decía Pedro, psicólogo y de erudición contemporánea, la visión correcta del tema pasa por entender el fenómeno, no tanto como objeto de estudio de Seminario sobre integración cultural, desarraigo afectivo o mecanismo de superación del temido síndrome comportamental de Ulises, sino como algo mucho más simple, una forma como cualquier otra de consagrar su vida a los demás, ya sea viviendo de, sobre o bajo otros. O dicho de otra forma, supone respetar un nuevo concepto de fidelidad donde se trata de hacerlo siempre con el mismo aunque, a ser posible, cada noche con un hombre diferente.
Un caso distinto completamente es el de Dolores Almazán. La "Yoyes", consagró todos sus días y noches a vivir tras de otro. No es que fuera sumisa y de apocado carácter, sino que desde que el acné de la pubertad le estallara como cráter piloso, decidió que de ser algo en la vida, sería o mujer barbuda en el Circo Price, o detective privado. Montó su propio chiringuito y a remolque de Susana Novillo, abogada especializada en violencia machista y cuernos comunitarios, su carrera profesional resultó imparable y sus servicios garantía de sentencias conocidas como dictadas al tipo de José Mª "El Tempranillo", pues siempre conseguían trasladar el rico patrimonio del marido para enriquecer a su pobre mujer. Todavía se recuerda el caso de la Asociación de Mujeres Vituperadas en que Yoyes aportó la prueba fundamental que propició la condena de la psicóloga asesora por maltrato psicológico, y que ella, a la que también acabó cayéndole una orden de alejamiento, nunca admitió su culpa y siempre mantuvo que fue por acercarse tanto a la verdad.
También el que esto escribe, hubo unos años que dedicó su energía vital y consagró su vida y persona poniéndola siempre al servicio y detrás de otra. Y no me refiero a la legítima, porque en la época a la que vengo a relatar aún no estaba casado. Me vengo a referir a mi época de guardaespaldas de la Concejala de Régimen Interior. Desde aquellos tiempos, aún sigo conservando el hábito de desconfiar de todo y de todos, de colocarme siempre en el interior de los edificios en zona desde la que divise la puerta, sentarme con la espalda apoyada en la pared y mirar los bajos de todas las cosas. Esto último empezó siendo por motivos de seguridad, pero una vez que la representante consistorial tomó conciencia de su puesto como servidora pública, acabé haciéndolo solamente los lunes, miércoles y viernes de cuatro a seis. También dejé de enfocar mi vida personal tras la concejala protegida, pues según y cómo, comprendí que todas las posturas y posiciones son mutantes y la tregua terrorista permitió que pudiéramos cambiar los planes.
Sin embargo, de todas las personas que consagran su vida a estar siempre tras el prójimo, la que más me ha subyugado es la de Don Alfredo. Titular del Juzgado Tutelar de Menores, don Alfredo se colocaba con tal donosura las puñetas de la toga en las sesiones de vista oral de la mañana, como la malla de profesor de aeróbic en las vespertinas del gimnasio del Club de Mar. Más que sentencias y resoluciones, don Alfredo dictaba la moda. Fiel convencido de la reinserción social del menor y de que la gran culpable de su descarrío es siempre la sociedad, era más partidario de imponer a los reos penas consistentes en trabajos en beneficio comunitario (al fin y al cabo, la comunidad somos todos y más con estos chicos de hoy día, tan altos y guapos) que las que supusieran internamiento, pues a nada conducen, se malean y acaban por convertirse en carne de cañón. Y es que, don Dito, que así lo conocían tanto las madres de los impúberes sometidos a su jurisdicción como los alumnos aspirantes a Nacho Cano, no es que fuera gay, es que era, sencillamente, maricón.
Pero el caso más claro de generosidad, de vida consagrada y entrega total es el de Filomena, mi tía política, y ex mujer de mi tío carnal Enrique Espadas. Nadie como ella vivió para el otro. Ya se que muchos de vosotros pensaréis que en todo matrimonio, la esposa contrae esa impagable tarea (lo de impagable lo he copiado de Letizia, claro) inculcada desde la cuna y el colegio concertado de monjitas, que se resume en no tener otra vida que vivir para el señor de la casa y esos puñeteros hijos que, cuando el error genético, la casualidad o el señor del butano se alían con una y le salen guapos y listos, siempre se parecen a la familia materna. Pero no se trata de eso, no. Lo de mi tía Filo es el summum de una vida entregada y vivida en su integridad para con mi tío.
Según pude saber, fue con ocasión de una Semana Santa cuando se conocieron. Acuciada por tanta procesión y olor a incienso y cera quemada, Filomena fue a buscar nuevas sensaciones a la periferia madrileña. Fue allí, en aquel pueblo serrano, donde paseando por la carretera del Calvario a la Quebrada encontró a Quique cuando, aburrido como ostra perlera, venía éste de sobar la armónica que por Reyes le regalaron. El paquetito impresionó a la forastera que ya no paró hasta cerciorarse que sabía tocarla (la armónica, claro). Teniendo en cuenta los tiempos que corrían y la edad de los protagonistas, no será difícil imaginar al lector lo que inevitablemente ocurrió. Dicen que cuando Jesús murió, bajó a los infiernos y hubo tres días de caos porque el mundo quedó a merced de nadie, pero mi tío Enrique piensa que el que debió dejar el sepulcro vacío fue otro y todavía está a la espera de salir del averno para que alguien ponga remedio a todo esto.
Por eso me cuenta, en primera persona, su historia personal que, como en todos los cuentos, la primera parte siempre sale bien. Que si cartas diarias, juramentos de amor eterno, besos furtivos, planes de futuro, árbol de las mariposas... ¡ Hasta ahí todo normal¡. Luego, con el reencuentro en la Universidad buscada de propósito para hacer coincidir la pasión vocacional con la otra, los primeros contactos íntimos y los cabreos más importantes que van emparejando el carácter y dejando claro quien es el que manda en la relación. Y no sólo eso, sino que así va a ser siempre. Pero ella, ya desde entonces, le deja claro, en cada mensaje, que sólo vive para él. Que no es que prefiera salir con las amigas y alternar de vez en cuando con los vecinos de residencia, pero que si lo hace es para no distraerle en las horas que tiene asignadas para preparar el examen de Derecho Canónico. Que no es que prefiera la discoteca al paseo romántico con chubasquero, sino que lo hace pensando en que se comunique y se distraiga mientras escucha los últimos grupos y temas musicales de moda, cosa muy importante para relacionarse aunque acabe arruinándole el presupuesto mensual y le prive del desayuno hasta el próximo giro postal que, como es habitual, llega con retraso.
Pero en fin, como no hay mal que cien años dure, a los cinco siguientes se encontró con un título bajo el brazo, una novia impaciente y un mercado laboral que se le antojaba inaccesible. Y cuando con los "méritos" de su expediente académico y la recomendación de aquel paisano que de joven tuvo mucho que agradecer a un tío abuelo suyo que mitigó los duros años de la postguerra regalándole, a escondidas, botellas de aceite de su maquila y ahora trabaja de Ordenanza en el Ministerio de Trabajo y Relaciones Sindicales, acaba consiguiendo plaza de Letrado Sindical en Gerona. Y allí se planta no sin sobresaltos, pues tras dar una cabezada en Despeñaperros y despertar en la Siete Veces Inmortal, oye hablar de una forma rara, pongamos que diferente, y se sobresalta pensando que se ha pasado la frontera de sopetón.
Y que cuando la democracia y la píldora traspasaron los Pirineos, a mi tío lo vuelve a pillar la vida con el paso cambiado, tres hijos y un sueldo congelado por cuatro años y seis meses (casi una condena de prisión menor) porque tuvo la mala idea de trabajar para el Movimiento Nacional y el Sindicato Vertical que era lo único que entonces existía y que, además, era lo único legal y correctamente político del momento. Pero que entonces, surge ella que siempre vive para tí. Y te susurra al oído la conveniencia de pedir un traslado y cambio de destino a otra ciudad con mayor calidad de vida que, no se por qué, siempre coincide con aquella en la que viven sus padres. Y allí te vas. Y te encuentras que ahora sigues teniendo los tres mismos hijos, el mismo sueldo de hace cuatro años y seis meses y, además, a tus suegros y a esa cuñada tuya que, como el monzón asiático, siempre está para ayudar. A tu mujer, que solo vive para ti, también. Es entonces cuando animado por el núcleo familiar que siempre vio en él posibilidades, se plantea la ídem del pluriempleo. Que sorteando horarios, legislaciones y competencia, ejercitó la profesión dejándose las pestañas en insomnes noches de plazos por vencer y ruedas desgastadas en infernales carreteras que no le aseguraban llegar a tiempo de fichar en la actividad pública, pero que le proporcionaban el sutil placer de considerarse un plusmarquista olímpico, pues mientras el atleta tarda en recorrer los cien metros lisos ocho segundos y siete décimas, él, que salía de la oficina a las tres de la tarde, llegaba a su casa a las dos y cuarto para no dejar fría la comidita que su esposa había preparado para él . Pero gracias a eso, los bancos te conceden la hipoteca y empiezas a sentirte importante porque ya debes dinero a alguien que ha depositado su confianza en ti por, al menos, veinticinco años garantizados que es más que lo que dura un matrimonio, aunque, eso sí, sea por otro tipo de interés: del doce setenta y cinco por ciento TAE, (que me pregunto yo, qué coño será eso).
Con esfuerzo, pero que acabas por integrarte en la nueva capa social del penúltimo destino (pues no en vano, el último sigue estando en manos de tu viuda que a la postre es la que decide si te inhuma o te incinera). Se produce el fenómeno deísta, pues empiezas siendo el yerno "de", el marido "de", el padre "de"... pero como le dijo mi amigo Antonio Martínez a Paquinín que siempre se quejaba de estar a socaire de su suegro: " Pues coño, Francisco, haz alguna fechoría tan gorda, tan gorda, que todo el mundo hable no del suegro de Paquínín, sino del yerno de don Servando el de la Telefónica". Y es que, cuando los niños crecen, te conceden la segunda hipoteca del chalecito de la playa y empiezas a ser criticado en el periódico local, es cuando te sientes plenamente realizado. Bueno, eso y cuando tu amante esposa que no ha dejado ni un sólo día de vivir para tí advirtiéndote de la maldad de todos aquellos con los que te relacionas, de los vecinos, de los clientes, deudos y parientes (a los ha a esas alturas has debido dejar de hablar para garantizar tu bienestar), decide que como ya tiene tiempo libre de sobra porque ha finalizado con sobresaliente cum laude el doctorado de la crianza, ahora quiera trabajar. Y la colocas. Pero en un sitio y con un jefe que, aunque tanto le debe a mi tío, a ella no la trata como se merece, por lo que hay que fundirlo, expedientarlo y arrojarlo de este mundo a los sones de una tonadilla tunantil. Y como eso no basta, pasa a ser la cotidiana confidente de los asuntillos que se cuecen en la sombra y de los que tú nunca te diste cuenta porque confías en tus amigos y subordinados de escalafón. Pero como ella vive sólo para tí, te desvela las intrigas palaciegas y acabas comprendiendo que nunca debiste tener amigos ni compañeros de trabajo, y te preguntas cómo pudiste prescindir tanto tiempo de su sabiduría psicológica, porque gracias a que se dedica a estar viviendo para tí, has dejado de ser el tonto de baba que has venido siendo durante los últimos veinte años en que toda la gente te apreciaba.
Como es muy escueto y parco en palabras, acaba diciéndome mi tío, para abreviar, que lo demás, casi carece de interés porque se produce esa etapa de normalidad conyugal en que con el biplaza recién estrenado y los chicos fuera de casa, te dedicas a conocer España en gozosos fines de semana. Y entonces, reparas en cuánta razón tenía don Ildefonso, el maestro de la escuela de tu pueblo, cuando la definía como un destino en lo universal, porque allá donde fueras, pueblo, villorrio, ciudad o autonomía, tu destino es la tienda de Zara, por lo que no aciertas a comprender la diversidad patria y empiezas a maliciar que eso que los políticos llaman respeto a la singularidad de las señas de identidad, es un perfecto camelo para chupar de las competencias y hacer de su capa un sayo. Porque dime tú a mi, - acababa preguntando mi tío Enrique- en qué se diferencia el Zara de Pontevedra del de Mérida, si hasta las cajeras tienen el mismo uniforme negro, el mismo corte de pelo, el mismo tic despegando el adminículo de seguridad de la prenda, y hasta la misma mala leche que acaba por rayar la banda magnética de la Visa para que te veas obligado a pagar al contado ( ¡oiga, señora, que no tengo toda la tarde, y, además, que me está formando cola¡). ¡ Encima, no te digo yo...¡. Lo único bueno que sacas de todo esto, según me dijo, es que al final, tu experiencia y el google saben discernir dónde el bueno de Amancio Ortega ha puesto su tienda frente a un monumento histórico artístico y te camelas a la parienta para visitar Soria y hacerle comprender que como no se puede fumar dentro, tienes que esperarla en la puerta mientras repasa la última temporada; tiempo que tu empleas en sacar de hurtadillo unas fotos a la fachada de Santo Domingo para luego presumir con tus compañeros de foro. Eso sí, que lo que peor que llevaba es que cuando la hospedas en los mejores Paradores, ella acaba diciendo que no te comprende. Que cómo después de toda una vida dedicada y consagrada a tí, has sido capaz de llevarla a un sitio tan viejo y enmohecido, que los castillos están demodé y los monasterios huelen a incienso y no a 212 de Carolina Herrera. Total un fracaso, y los ahorros y el sudor de un trimestre tirados irremisiblemente, a menos que tengas la suerte de encontrar abierta la nave de Rielves o el mercadillo de Consuegra y puedas enmendar tu mala programación con las compras de última hora para la despensa conyugal, aunque la distancia y el calor diezmen el cargamento de hortalizas y frutas adquiridas a un precio de "rincón del gourmet del Corte Inglés", pero más frescos y con olor más ecológico que las de la tienda de Carlos, en la esquina de tu propia casa. A dónde va a parar. No tiene ni color.
Y cuando la vida es un completo solaz porque has asumido que eres sexualmente más activo con el medio cuerpo que se encuentra por encima de la cintura que con el otro medio que está por debajo de ella ( de la cintura); que si tú no te cuidas de poner el recambio de papel higiénico aunque no seas el usuario mayoritario del mismo, te puedes ver en situaciones comprometidas; que la pasta de dientes has de exprimirla desde el fondo hacia arriba y levantar siempre la tapa completa del váter, aparece el síndrome menopáusico. O dicho más finamente como a la "sin papeles" que duerme con mi amigo Pedro le gusta decir, aparece la psicología inversa: entrar con la ajena para salir con la suya, que no es que se trate de una nueva modalidad de infidelidad o despiporre en la tercera edad ( que para eso ya se inventó el Inserso, hombre), sino de una máxima en el arte de la prudencia que el maestro Baltasar Gracián definiera como "estratagema para conseguir; importante dissimulo porque sirve de zebo la concebida utilidad para coger una voluntad ya que parécele que delante la suya cuando no es más de abrir camino a la pretensión agena".
Vuelven entonces las cosas a ponerse mejor, porque la que siempre ha vivido para tí, redobla su estratagema y te hace ver que si continúas con ese ritmo de trabajo, ahora que ya no lo necesitas tanto porque tus hijos tienen que buscarse la vida por ellos solos, se te pasará el último tren de la vida. Y que te pone, a diario, la canción de juventud aquella de Serrat que hablaba de una tal Penélope sentadita en el banco de pino verde del andén con sus zapatitos de tacón, y que tú no sabes si lo hace por recuerdos de mejores tiempos pasados que ya no volverán o por joderte, aunque a final acabas comprendiendo que a lo mejor es por ambas cosas ya que a veces se confunden. Y que como tú no acabas por arrancarte, porque todavía te ves medianamente capaz de ayudar a tus hijos que se debaten en el maremágnum de sus primeras hipotecas ampliadas, te gustan tus trabajos, piensas que la salsa de tu vida de ahora está en arrastrar el carrillo de tu nieto por plazas y terrazas de bares donde presumir de genes, y ves más próxima tu jubilación a la que quieres llegar topado de cotización, pues te resistes. Y ahí es donde sale la "suya".
En fin, que para no cansarte más, amigo, un día lo llama un abogado que le dijo conocer a su mujer, y tras quedar una tarde con él, acabó firmando un documento justo, de reparto de la sociedad legal de gananciales ( que ni es sociedad, sino a lo sumo cuenta en participación; ni legal, porque has intentado defraudar todo lo posible; ni de gananciales, porque el que único que ganaba en ella era el mismo que también perdía) en el que ella se atribuye todas aquellas pequeñas cosas que no tienen más valor que el puramente sentimental y son las que echaría de menos: las tarjetas de crédito, las cuentas corrientes, los bonos y letras del tesoro, las acciones de Repsol ( ¡ coño, si llega a saber lo que iba a subir el gasoil, seguro no lo firma¡) y las claves de las cuentas que tenía en paraísos fiscales..., y él, con todo lo demás, es decir, las hipotecas y créditos personales y hasta los apuntes de las compras a prueba, de la libretilla de cuentas pendientes en las tiendas de ropa.
Hasta aquí, todo normal. Pero sin embargo, que un día recibe la notificación de apertura de expediente disciplinario por incompatibilidad de oficio público con actividad privada. Y es entonces, cuando se da cuenta que lo que en más de treinta y tres años no pudieron incompetentes compañeros de profesión celosos de su cuota de mercado, ni políticos rastreros que escondían rencores preconstitucionales bajo consignas moralizantes de higiene social, lo ha logrado ella. Recuerda que no hay astilla mejor que la de la propia madera, pero que luego, cuando se sosiega y reflexiona fríamente, cae en la cuenta que no es eso, que lo que pasa es que es un mal pensado y que tiene razón su amiga Consuelo cuando dice que levanta pasiones, porque allá donde esté su queridísima ex, sigue viviendo para él. Al fin y al cabo, ella nunca quiso que trabajara tanto. Aunque en su fuero interno, según me confesó, lo que sigue creyendo mi tío de sí mismo es que en realidad lo que le ocurrió, fue que jamás supo superar con éxito su metamorfosis vital y no llegó a alcanzar su total trasformación en crisálida que le permitiera endurecer las alas en su fase de mariposa para poder volar y trascender de lo mundano, habiéndose quedado reducido a impenitente capullo.
------ oo0oo-----
Malvís. Mojácar, Almería, septiembre de 2011. Hemos logrado pasar las vacaciones. Luego ..., dios y la política económica de Zapatero, dirán.
MMM
La preciosa fotografía que encabeza el relato y en mi opinión obra maestra, esta tomada por del Sr. Clemente (Cleychar) de ojodigital.com
miércoles 31 de agosto de 2011
Reencuentro amoroso
.
.
Tras tanto tiempo sin palpar sus formas, casi olvidadas...
Tras años sin transmitir el calor de las manos sobre esa superficie curvada...
Tras no conseguir recordar cómo sonaban sus canciones… la cogió con suavidad, la acercó a sus labios, hizo una inspiración profunda, cerró los ojos y la besó.
.
Un dulce sonido fluyó de su interior.
No se había olvidado de cómo besarla.
Una armoniosa música llenaba el lugar, sus oídos y el interior de su corazón. Y esa canción del silencio le aportó gratos recuerdos de su juventud.
Y, luego, decidió ensayar con otros besos en busca de nuevas sensaciones, melodías y, en definitiva, nuevos momentos de su renovada juventud.
¿Magia? ....No.
.
Tras tanto tiempo sin palpar sus formas, casi olvidadas...
Tras años sin transmitir el calor de las manos sobre esa superficie curvada...
Tras no conseguir recordar cómo sonaban sus canciones… la cogió con suavidad, la acercó a sus labios, hizo una inspiración profunda, cerró los ojos y la besó.
.
Un dulce sonido fluyó de su interior.
No se había olvidado de cómo besarla.
Una armoniosa música llenaba el lugar, sus oídos y el interior de su corazón. Y esa canción del silencio le aportó gratos recuerdos de su juventud.
Y, luego, decidió ensayar con otros besos en busca de nuevas sensaciones, melodías y, en definitiva, nuevos momentos de su renovada juventud.
¿Magia? ....No.
Se trataba sólo de un instrumento para despertar una parte de su alma.
miércoles 29 de junio de 2011
La vez que estuve más cerca de Dios
.
Sólo pienso en escribir cuando estoy de bajón. Cargo normalmente con quien tengo más a mano, que suelo ser yo mismo. Y me doy cuenta de lo mezquina, insulsa, vana, y prescindible de ésta brizna a la que llamo mi existencia.
Tomo conciencia de lo baja y ruin de su condición, que no es otra que la que me pertenece como humano, aunque yo hallo la mía más deleznable si cabe.
Aquellos que fueron capaces de las mayores perversiones, tienen más en común conmigo de lo que me esperaba, empezando por que nacieron de madre como yo.
Mis deseos me han arrastrado por el barro inmoral de la búsqueda del placer tratando de esquivar sus contrapartidas, cosa del todo imposible.
Buscando mi satisfacción encuentro insatisfacciones, que trato de eludir buscando satisfacción ...así es de necia y circular la carrera hacia la única meta.
Así pues no soy tan distinto de aquellos a los que aborrezco, aquellos cuya vileza consiste en ser esclavos de sí mismos cuando no de otros.
Como a ellos me sacuden las pasiones y me abandono a mis instintos, tratando de disimularlos, con disfraces que de tan vistos ya nadie cree.
Presto estoy a rendirme tras las primeras andanadas, a soltar timón y remos dejando al pairo mis esperanzas. Raudo acuden traidoras mis lágrimas cuando saben que conmueven, para pervertir mis escasos sentimientos.
Maldigo a ésa naturaleza que ha dejado que medren los de mi calaña sobre esta tierra que les sustenta y que no merecen. Mejor estaría poblada de animales, que hacen sin pensar lo que no debe pensarse.
Sin embargo, ésta estúpida brizna parece tener, no se por qué, ciertos fugaces instantes que la hacen excelsa, dulce como las palabras del amor, pura como el cielo de septiembre.
Son momentos luminosos, destellantes, que hacen que nos aferremos a la vida con todas nuestras fuerzas, casi olvidando que estamos aquí de paso, casi olvidando que somos menos que nada.
Si fuese creyente, podría trasladar a ese ente imaginario mis cuitas y pedirle como hijo un consejo y ayuda de padre. No es el caso, así que me tengo que espabilar yo solo, y encima en un momento en que encuentro más nobleza en la estirpe del gusano que en la mía.
Como hiena solitaria, no puedo esconder mi morro manchado de sangre, pues he husmeado en los cadáveres de varios dioses. He tratado de escapar de ésta miseria moral por las puertas doradas de quienes me hablan de su cielo de bondad, donde reina un ser omnipotente que desde su inmensa piedad, parece que va a ayudarme a pesar de conocerme tan bien.
Más todo ha sido al fin inútil, no he tenido la revelación, o quizás sí. Se me ha revelado que dios para mí fue una muleta, más ...es de los dos pies de los que cojeo.
La vez que estuve más cerca de Dios, fue en la terraza de un bar charlando con unos amigos. Hablaban, reían y el tiempo pareció detenerse. Por un momento, aquella voz interna que es testigo y juez a la vez de todo lo que hacemos había callado, y escuchaba las risas de mis amigos como un murmullo. Sus palabras llenaban mi interior, que jamás se sintió tan vacío y el mundo se hizo perfecto. Mi querido monstruo interno se hacía mudo dentro de su gruta.
¿Era ésa grata sensación de amor fraterno un signo de dios?, ¿era dios ésa sensación de ver que ya no eres el centro de tu propia circunferencia?.
No puedo nombrar lo innombrable, Dios le llame aquel día.
Llamé dios a un vértigo imparable que me nubló los sentidos, empecé a amar, y por tanto, a comprender.
Y aquel amor parecía abarcarlo todo, y hasta me pareció en cierto modo razonable mi existencia bajo su luz.
Así resultó que era cierto que "aquello" estaba en todas partes, que no hacía falta buscarlo en los templos, que estaba más cerca de lo que cabía suponer, y que ciertamente era una verdad sólo desvelada a los ojos de los sencillos.
Sólo pienso en escribir cuando estoy de bajón. Cargo normalmente con quien tengo más a mano, que suelo ser yo mismo. Y me doy cuenta de lo mezquina, insulsa, vana, y prescindible de ésta brizna a la que llamo mi existencia.
Tomo conciencia de lo baja y ruin de su condición, que no es otra que la que me pertenece como humano, aunque yo hallo la mía más deleznable si cabe.
Aquellos que fueron capaces de las mayores perversiones, tienen más en común conmigo de lo que me esperaba, empezando por que nacieron de madre como yo.
Mis deseos me han arrastrado por el barro inmoral de la búsqueda del placer tratando de esquivar sus contrapartidas, cosa del todo imposible.
Buscando mi satisfacción encuentro insatisfacciones, que trato de eludir buscando satisfacción ...así es de necia y circular la carrera hacia la única meta.
Así pues no soy tan distinto de aquellos a los que aborrezco, aquellos cuya vileza consiste en ser esclavos de sí mismos cuando no de otros.
Como a ellos me sacuden las pasiones y me abandono a mis instintos, tratando de disimularlos, con disfraces que de tan vistos ya nadie cree.
Presto estoy a rendirme tras las primeras andanadas, a soltar timón y remos dejando al pairo mis esperanzas. Raudo acuden traidoras mis lágrimas cuando saben que conmueven, para pervertir mis escasos sentimientos.
Maldigo a ésa naturaleza que ha dejado que medren los de mi calaña sobre esta tierra que les sustenta y que no merecen. Mejor estaría poblada de animales, que hacen sin pensar lo que no debe pensarse.
Sin embargo, ésta estúpida brizna parece tener, no se por qué, ciertos fugaces instantes que la hacen excelsa, dulce como las palabras del amor, pura como el cielo de septiembre.
Son momentos luminosos, destellantes, que hacen que nos aferremos a la vida con todas nuestras fuerzas, casi olvidando que estamos aquí de paso, casi olvidando que somos menos que nada.
Si fuese creyente, podría trasladar a ese ente imaginario mis cuitas y pedirle como hijo un consejo y ayuda de padre. No es el caso, así que me tengo que espabilar yo solo, y encima en un momento en que encuentro más nobleza en la estirpe del gusano que en la mía.
Como hiena solitaria, no puedo esconder mi morro manchado de sangre, pues he husmeado en los cadáveres de varios dioses. He tratado de escapar de ésta miseria moral por las puertas doradas de quienes me hablan de su cielo de bondad, donde reina un ser omnipotente que desde su inmensa piedad, parece que va a ayudarme a pesar de conocerme tan bien.
Más todo ha sido al fin inútil, no he tenido la revelación, o quizás sí. Se me ha revelado que dios para mí fue una muleta, más ...es de los dos pies de los que cojeo.
La vez que estuve más cerca de Dios, fue en la terraza de un bar charlando con unos amigos. Hablaban, reían y el tiempo pareció detenerse. Por un momento, aquella voz interna que es testigo y juez a la vez de todo lo que hacemos había callado, y escuchaba las risas de mis amigos como un murmullo. Sus palabras llenaban mi interior, que jamás se sintió tan vacío y el mundo se hizo perfecto. Mi querido monstruo interno se hacía mudo dentro de su gruta.
¿Era ésa grata sensación de amor fraterno un signo de dios?, ¿era dios ésa sensación de ver que ya no eres el centro de tu propia circunferencia?.
No puedo nombrar lo innombrable, Dios le llame aquel día.
Llamé dios a un vértigo imparable que me nubló los sentidos, empecé a amar, y por tanto, a comprender.
Y aquel amor parecía abarcarlo todo, y hasta me pareció en cierto modo razonable mi existencia bajo su luz.
Así resultó que era cierto que "aquello" estaba en todas partes, que no hacía falta buscarlo en los templos, que estaba más cerca de lo que cabía suponer, y que ciertamente era una verdad sólo desvelada a los ojos de los sencillos.
Así pues, Dios le llame aquel día.
-
lunes 6 de junio de 2011
La realidad pervertida
.
Qué fácil es hablar de lo que no se sabe, o juzgar lo que no se conoce. Estamos tan acostumbrados a hacerlo y a ver cómo los demás lo hacen, que se ha convertido en algo cotidiano. Todo, como siempre, comienza con un «me han dicho que aquel dice, que el otro día escuchó a alguien decir, que habían comentado a un vecino que se había enterado por el de enfrente, que el de la frutería había oído comentar…» Y así, estableciendo una cadena interminable de anónimos confidentes, soltamos la historia. Pienso que, en la mayoría de los casos, y es pensar de forma extremadamente positiva, estamos convencidos de la veracidad de lo que vamos a contar, y en otras ocasiones, las menos espero, somos muy conscientes de la falsedad o, por lo menos, de la falta de seguridad de nuestras afirmaciones.
Acabamos, por tanto, viviendo en un mundo pervertido por nuestra realidad imaginaria que depende de la colaboración activa de aquellos, conscientes o inconscientes, que nos rodean. Parece que se trate de la paja en ojo ajeno de la que en algún libro se trata, y así es. Se nos advierte de la realidad podrida que sólo unos pocos (locos) pueden sentir, y que los demás no ven, pero cuyo afán contribuye de forma decisiva a su existencia. Todo empieza con una MENTIRA.-
ññññññ
ññññññ
Complejos de todo tipo proyectados en los demás que tiene Envidio, ambiciones de D.ª Codicia, hambre del Sr. Gulo, sexo-dependencia de D. Lujurio… Todos estos, y algunos más, con nombre propio. Pero es que, además, los hay de apellido con solera como mi querido amigo, D. Avaricio Lujuria Gulo Pereza. Somos todos estos, y no nos vemos reflejados.
Volviendo a la realidad pervertida de la que hablábamos antes, vamos a tratar de verla imaginando, pues sólo se trata de imaginación podrida. Imaginemos a un cura que imagina que Cristo le hace una carta de presentación para el Vaticano; imaginemos a un gordo que imagina que todos son gordos menos él; imaginemos a un campesino que imagina que le da ordenes al dueño de la tierra que trabaja; imaginemos al promiscuo que imagina que todos lo son; imaginemos a un niño que imagina que es un hombre; imaginemos a un borracho que imagina que todos beben menos él… el mundo del revés ¿verdad?, creo que no.
Este mundo imaginario, es el mundo en el que vivimos; sólo abre los ojos e imagina que los demás imaginan.
ññññññññ
Matando el tiempo,
En la Cañada un dia de de junio
martes 17 de mayo de 2011
Volveremos
A Rocamunda,
de un Amigo
de un Amigo
..
..
.
.
..
..
.
.
.
Ella, sintió el llanto de su guitarra,
..
.
.
..
..
.
.
.
Ella, sintió el llanto de su guitarra,
y rompió sus copas en la madrugada.
Lloraba monótona, sin cesar,
como llora el agua,
como llora el viento
sobre la nevada.
Y era imposible callarla.
Lloraba por cosas lejanas.
Por cosas que ocurrieron
en la arena del Sur caliente;
Por una flecha sin blanco,
por una tarde sin mañana.
Por una guitarra sin guitarrista,
que dejó su corazón malherido
con seis cuerdas como espadas.
Pero llegó la primavera
y renació su esperanza.
Un disco metálico
arrancó sonidos al alba
y los recuerdos vividos
se convirtieron en ...
un paseo de gracia.
Imagen: Pintura de Patricia Muñoz
Imagen: Pintura de Patricia Muñoz
miércoles 27 de abril de 2011
PAZ SIN CALMA
Relato para una amiga anónima
.Sus padres siempre supieron que era especial. Tenía las hechuras de la cara bien acabadas, una melena negra y densa que le cubría los hombros y una sonrisa de luna menguante que sobrecogía el alma. Su madurez era impropia para su edad. Gustaba jugar haciendo pasar la escoba de su madre entre las piernas, a modo de caballito trotador y soñaba que con ella recorría pueblos, ciudades y países lejanos. Alguna vez, contaba a sus padres las experiencias vividas en sus viajes siderales y explicaba con minucioso detalle experiencias vividas en otros mundos, en otros espacios, con gentes diversas.
Los relatos que contaba, estaban lejos de la imaginación de una niña de tan corta edad. Por eso, le realizaron diversas pruebas y hasta consultaron con un milagrero que le restregó ortigas en la lengua y la purificó con agua bendecida. Así fue como se sembró la creencia mariana de que estaba embrujada. Luego, la compasión se mudó en respeto que, muchas veces, se parecía al miedo.
Con el tiempo, las gentes de aquel pueblo acabaron achacándole todo lo que acontecía: los tullimientos, las tormentas de pedrisco, el malparir de las vacas... Todo lo malo, porque jamás tenía que ver con las buenas noticias y hasta aquella sonrisa que partía su rostro como una tajada fresca de sandía, comenzó a ser un inconveniente, pues eran muchos los que decían que su alegria venia contra la moral y era una llamada al pecado.
El traslado a la gran ciudad no fue tanto una necesidad económica como un remedio. Don Severino, el médico, mantuvo una conversación con sus padres en las que tiró de recetario de curandero y aconsejó que recogieran los trebejos, sentenciando con una seguridad que no dejaba lugar a dudas: -No son imaginaciones, dijo.
La pubertad corrió entre bloques de cemento y clases de mecanografía. A veces, se refugiaba en su cuarto y montaba sobre el barredor, pero nunca tuvo historias qué contar, no volvió a relatar experiencias de otros mundos ni de otras gentes. Podría decirse que fueron tiempos en los que todos creyeron experimentar una gran sensación de paz, de rutina constante, en la que nadie reparaba que ella había perdido la calma de aquellos instantes fugaces en que pendía en el aire como si diera un brinco, como si levitara.
A pesar de su belleza, nunca se le supo de ningún novio hasta bien cercanos los treinta años, cuando un día, por la feria de San Isidro, creyó conocer a un arcángel. Se enamoró de él enseguida, no por sus ojos claros y empavonados, sino por ser el primero que aceptó su condición. -Para ser bruja, eres hermosa, dijo él.
Después, los prolegómenos familiares también le resultaron propicios, pues el día de la presentación oficial y tras que él la hiciera pasar al salón donde les aguardaban sus padres, al explicarles que aquella mujer por la que había perdido la cabeza estaba embrujada, la madre quedó un instante callada sin dejar de observarla y, acariciándole sus manos le dijo: -¡Eso no es problema si os amáis¡.
Fue tanta su felicidad que le brotó una sonrisa que a punto estuvo de hacerla levitar, como hacía con la escoba infantil, pero cayó pronto en la cuenta de su error y fue aplacando su sonrisa inoportuna hasta descender despacio.
Con él sintió de nuevo la calma y, cogida de sus alas volvió a levitar, subió a los cielos, viajó por países extraños y reconoció a gente tan diversa y tan igual como en su infancia. Engendró y adoptó a un gato de mascota. Comprobó que sus relatos ya no eran criticados por nadie, porque en aquella gran ciudad eran tomados como vivencias normales de viajes en días de vacaciones....
Suscribirse a:
Entradas (Atom)















